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Revista
Anaquel de Estudios Árabes: Vol. 13 (2002): 131-150.
Editada por la Universidad Complutense de Madrid
Aprovechamos esta entrada para ofrecer un breve resumen de las notas que hemos
tomado sobre el resto de los fragmentos e informar de las conclusiones
extraídas; aunque lo hacemos desde un nuevo enfoque que permita percibir si las
observaciones que se vienen realizando sobre cada uno de ellos encuentran
explicación cuando se parte de la hipótesis de que el
Ajbâr fue compuesto por miembros
de la familia de Tammâm b. `Alqama.
3.1. Los anales de
reinado de `Abd al-Rahmân I
El
segundo fragmento en antigüedad es, para nosotros, el estudiado por Sánchez
Albornoz con el título del presente epígrafe y denominado por Chalmeta "historia
de los rebeldes" (101.2 -I
16.13/94-106). Se inicia con la muerte de al-Sumayl, concluye con la
del propio soberano "a los treinta y tres años y tres
meses de su mando", y contiene el relato de las sucesivas sublevaciones
que el príncipe ahogó en sangre a lo largo de su reinado. En lo que respecta a
la fecha de su puesta por escrito, Sánchez Albornoz y Chalmeta coinciden al
ubicarla poco después de las campañas de `Abd Al-Rahmán II contra Mérida
(828-33) (62) tesis que compartimos pero sólo en lo que atañe a la redacción
final, por considerar que, básicamente, es obra del autor de la crónica siria.
3.1.1.
Se ha repetido que este fragmento se diferencia claramente del anterior por el
tono, el estilo de la redacción y los contenidos. Para Sánchez Albornoz es "una
sombría y monótona historia de cadenas de rebeliones y de crueles castigos" en
la que "sólo se describen batallas, asesinatos, incendios y saqueos" y "no se
registran anécdotas devotas o actos de generosidad, ni se localizan frases
elogiosas del príncipe o que traten de su piedad o talentos literarios" (63).
En
nuestra opinión, es una crónica realista, que dibuja el retrato de un hombre
cuya única preocupación es sostenerse en el trono a cualquier precio, lo que le
impide entretenerse con las esclavas del harén o en tertulias literarias. Es la
historia de la vida de un monarca carente de escrúpulos que, una vez conseguido
el poder, decide olvidarse de los favores recibidos de antiguos aliados y,
obsesionado por asegurar su futuro, no duda en matar a todo aquél que, con o sin
razón, considera un enemigo en potencia. En esta crónica somos testigos de
sucesivas rebeliones, aplastadas de la forma más cruel, y de crímenes injustos.
Si faltan pasajes que permitan esbozar una sonrisa es porque se está reflejando
un periodo histórico en el que no hubo cabida para el divertimento o las
elucubraciones del espíritu; en el que la idea de sobrevivir acaparaban la
mente, sin dejar un espacio para el fervor religioso, la práctica de actos
piadosos o el disfrute de placeres mundanos.
También se ha señalado que el estilo de la redacción es muy distinto y las
narraciones "no están aderezadas con anécdotas que sirvan de oasis, ni con
detalles pintorescos y diálogos expresivos (64). Es cierto que abundan los
relatos en los que, de manera escueta, se informa de determinadas sublevaciones
y del castigo recibido por los insurrectos, relatos que se inician con un
"después de rebeló", formando una lista interminable. Pero, de la misma forma,
no faltan las narraciones de carácter anecdótico y novelesco, que en nada se
distinguen de otras consignadas en la crónica siria, y en las que contemplamos
escenas de gran fuerza dramática o escuchamos diálogos expuestos en un lenguaje
vivo y lleno de sensibilidad e ingenio.
Entre
otras podemos recordar la rebelión de al-`Alá' al Yahsubî
(101-3/95-7), que concluye con
el envío en unas alforjas de las cabezas de los rebeldes, las cuales serán
arrojadas por la noche en la plaza de Qayrawân; el asesinato de Abû Sabbâh,
aderezado de expresivas palabras y breves poemas y donde se plasman los
sucesivos movimientos y reacciones de los distintos protagonistas
(106/99); la descripción de la
campaña de Toledo dirigida por Badr y Tammâm b. 'Alqama
(104-5/97-8) con la
pormenorizada exposición de los incidentes que sobrevienen cuando los
prisioneros son conducidos a Córdoba y las palabras sarcásticas que se lanzan
los condenados a muerte; la violenta disputa entre Hafs b. Maymûn, que defendía
la superioridad de los Masmûda sobre los árabes, y Gâlib b. Tammâm que, en
contestación, le asestó una cuchillada produciéndole la muerte, "hecho que no
desagradó al Emir" (113.11),
así como la consecuencia de este suceso que costará también la vida al
hermano de la víctima. Nos referimos a cuando más tarde Wahb Allâh b. Maymûn
amenaza al príncipe, que se ha lavado las manos ante una afrenta hecha a un fiel
cliente beréber, y le dice: "Si los
Qurayš no salen en nuestra defensa, setenta mil espadas se alzarán en pro de
nuestra causa" (I 15.1-2). Relatos, éstos y otros, plagados de detalles que sólo han podido ser
conocidos por un testigo presencial, o por alguien que vivía en contacto muy
directo con los protagonistas (65)
Los
estudios realizados en torno al lenguaje revelan la presencia de voces y
expresiones localizadas en el fragmento anterior y de otras que empiezan a
utilizarse aquí y se repiten en páginas posteriores como si hubieran intervenido
dos manos, aspecto en el que no nos detenemos por haber sido analizado en
profundidad en otro artículo (66) Únicamente comentaremos un detalle destacado
por Sánchez Albornoz (1 15);
el de distinguirse de la crónica de las guerras civiles por carecer de
narraciones introducida por un "me contó', ausencia que a nosotros no nos ha
sorprendido, porque no estamos ante una "historia" que intenta ser lo más
completa posible, sino ante notas relativas a hechos que el autor conoce mejor
que nadie. Si en la "crónica siria" se ha visto precisado a acudir a compañeros
para poder informar de la vida de `Abd al-Rahmân antes de entrar en la
Península, o para explicar actos y reproducir conversaciones de los omeyas en
las que no ha participado; ahora y, si nuestra hipótesis es correcta, como
ministro y qâ`id no necesita
preguntar a ningún "narrador" para conocer lo sucedido en palacio o en un
determinado conflicto bélico.
Finalmente, característica particular de este cuerpo es la no localización de
fecha alguna, aunque se señala el día en que ocurrió un determinado suceso e
incluso, en una narración, se precisan los movimientos del príncipe en diversos
días de la semana.
3.1.2.-En lo que respecta a la personalidad de su autor,-Sánchez- Albornoz (68)
cree ver en estas páginas "la pluma de un guerrero", pero no, como pensaba
Ribera, "la del mismo guerrero qurayší de la crónica de las guerras civiles"; porque este segundo no
pronuncia "ni una palabra que descubra su devoción por los omeyas", añadiendo
que es, además, un hombre insensible a la muerte o al dolor y al que no le
merecen simpatía los rebeldes. Si bien coincidimos con él en apoyar que fue un
guerrero y que en nada se parece "al alfaquí o alfaquíes
autores de la historia de los emires cordobeses", discrepamos básicamente
en lo que respecta al resto de sus apreciaciones.
Para
nosotros, su autor es un hombre de edad avanzada, desilusionado por el
comportamiento de ese monarca al que ha prestado su apoyo, de ese ser cruel e
injusto, que basa su poder en el terror. Sus sentimientos se traslucen a lo
largo de todo el fragmento y son, claramente, de pesar y rabia. No olvidemos que
se inicia con la muerte de al-Sumayl, de la que no parece querer hablar, como si
le embargara el dolor al pensar en ello, relato que termina con unas palabras
muy sentidas: "su hijo Muhammad quedó sólo y desamparado en la tierra" (69). Si,
como sospechamos, es el autor de las guerras civiles, éste ha tenido que
sentirse afectado al ver cómo son aniquilados uno tras otro sus antiguos
compañeros yemeníes y beréberes que junto a él lucharon por la causa del
príncipe y que ahora reciben la muerte como pago; al constatar que busca
disculpas para asesinar al-Sumayl, a pesar de que una vez firmada la paz le ha
sido fiel y se ha negado a secundar a Yúsuf; que manda matar a los yemeníes
sevillanos que permanecen a su lado, cuando tiene lugar la sublevación de otros
contríbulos (109.1); que
falta a su palabra con Abû Sabbâh a quién engaña y mata, acción que mueve a
`Abd
Allâh b. Jâlid, que había actuado de intermediario, a renunciar a su empleo
(105.16-106.1); que se comporta
cruel e injustamente con los beréberes, a los cuales ordena pasar a cuchillo, a
pesar de haber cumplido su promesa de emprender la huida en mitad del combate,
arrastrando al resto de las tropas para conseguir, de esa forma, que el príncipe
alcance la victoria (108.1 I). Desde luego el tono de esta parte es muy distinto
porque las circunstancias lo exigen, pero eso no significa que el cronista sea
otro o carezca de sentimientos, sino todo lo contrario. Ese hombre joven y lleno
de vitalidad, que escribe la historia de su grupo y que se siente ilusionado con
la idea de que sus esfuerzos permitan construir un mundo mejor, se ha convertido
en un ser triste y temeroso que mira al futuro sin esperanzas.
Por
otro lado si, como dice Sánchez Albornoz (110-I I), su autor
"no acertó a destacar
la figura magnífica de `Abd al-Rahmân" ni
"a comprender la
trascendencia de sus actos y cuánto le debió el Islam hispanol",
es precisamente porque, al ser testigo de los sucesos que narra y sentirse
afectado por ellos, el dolor le ha impedido juzgarlos con objetividad o adquirir
una visión de futuro. Sólo un cronista que escribe desde la lejanía puede
analizar fríamente los hechos históricos y calibrar hasta qué punto los
resultados alcanzados compensa o disculpan los medios utilizados.
Para
el mismo erudito, su autor vivió en tiempos de `Abd al-Rahmán II, tuvo en sus
manos la crónica de las guerras civiles y gozó de la amistad de `Abd al-Rahmán
b. `Abd al-Hamid b. Gânim", ministro de dicho príncipe. La primera afirmación la
apoya en diversos argumentos pero, sobre todo, en la anécdota de al-Sadfûrî
(845,182-3) incrustada en la
historia de las guerras civiles, anécdota que concluye con las siguientes
frases: "cuando envejecía el turbante -que había servido como bandera a Ibn
Mu'áwíya- se cubrían los viejos trozos con un turbante nuevo", "costumbre que
continuó todo el tiempo de Hi š ám, al-Hakam y `Abd al-Rahmán II, hasta las
campañas de Mérida, momento en que "Abd al-Rahmân b. Gânim y al Iskandarî los
desataron y arrojaron". La segunda, la sustenta en el convencimiento de que a
él, y no al compilador, debe atribuirse la paternidad del pasaje relativo a las
circunstancias bajo las cuales Ibn Mu'áwiya entregó la esclava llamada Kiltâm a
`Abd al-Hamîd b. Gânim (100/94)
(70) , pasaje
localizado también en el fragmento anterior. La tercera, en las continuas
referencias al citado ministro y, de modo especial, a su padre, por considerar
que sólo un hombre vinculado por fuertes lazos de afecto a los Banû Gânim ha
podido incluir en estos anales dos alusiones -en el relato de la compra del
esclavo Bâzi` (109/101) (71) y en el de la sublevación de al-Yazîdî (110/101)
(72) - a un personaje - como `Abd al-Hamîd b Gânim que no destacó en la escena
política de su tiempo.
En la
misma línea hemos de preguntarnos por qué en esta parte y en la anterior se
nombra tan a menudo a Tammâm b. 'Alqama e, incluso, qué sentido tiene el
mencionar la disputa de su hijo Gâlib b. Tammâm con Hafs b. Maymûn al hablar de
la sublevación de Ibn al-`Arabi, disputa que a muy pocos podía interesar y es
silenciada por otros cronistas.
3.1.3.
En suma, estamos ante apuntes del creador de la "historia de las guerras
civiles", pero redactados en un periodo posterior. Es posible que en un momento
dado, quizá tras la muerte de al -Sumayl, el dolor le moviera a poner punto
final a la "crónica siria". Sin embargo, como hombre amante de la historia, y
que gustaba narrar tradiciones y contestar con precisión a preguntas sobre esos
hechos que había presenciado, decidió, antes de que su memoria fallara, reunir
notas que le sirvieran de memorándum. Por un lado prepararía esa larga lista de
sublevaciones con los nombres de sus protagonistas; por otro, describiría con
todo detalle sucesos que habían llamado su atención. Naturalmente, como
"narrador", ofrecería versiones distintas en función de la audiencia y sólo
dentro del círculo familiar o de amigos íntimos contaría esa historia que
reflejaba en sus papeles.
Ahora
bien, el fragmento, tal y como ha llegado a nosotros, no puede decirse que sea
por entero obra suya. No dudamos de que su tataranieto, Tammâm b. 'Ámir fue el
responsable tanto de la redacción definitiva de este cuerpo y del anterior como
de esas interpolaciones que se atribuyen a un contemporáneo de `Abd al-Rahmán II,
tesis en consonancia con las mencionadas observaciones de Sánchez Albornoz y a
las que se pueden sumar otros argumentos.
No se
ha de olvidar que formó parte de la corte de 'Abd al-Rahmán II, donde
continuaría la amistad entablada por su antecesor con los Banû Gânim, y que
escribió una célebre crónica en verso, cuyos contenidos coinciden con los
consignados en el título del Anónima; además de considerarse redactada por las mismas fechas que Sánchez
Albornoz y Chalmeta (73) atribuyen a estos "anales de `Abd al-Rahmân I".
Asimismo, resulta natural que, como poeta, fuera el responsable de los muchos
versos que se incluyen a partir de señalarse la muerte del primer soberano omeya
andalusí.
Finalmente, si nuestra hipótesis es correcta, Tammâm b. 'Amir, al copiar los
papeles de su antepasado, haría los cambios precisos para evitar se supiera la
procedencia de estas tradiciones, no precisamente pro-omeyas. Es posible que en
una primera redacción sustituyera relatos en primera persona por un "dijo Tammâm",
para más tarde suprimir dicho nombre, hecho que nos ha sido sugerido al
constatar la presencia, únicamente en "la crónica siria", de un extraño
qâla aislado, que no parece
tener cabida en el texto, al no señalarse previamente nombre alguno que dé a
conocer al personaje que está hablando (74) Asimismo, nos hemos preguntado por
el sentido de una curiosa frase
"Aquí se vuelve a una
parte de la historia de 'Abd al-Rahmân, la relativa a lo que nos trajo al cerco
de al-Sumayl, con el propósito de presentar el
relato en
orden"
(67/70), frase que se le pudo haber escapado, al tratar de hacer los
cambios necesarios para ocultar al verdadero autor, y frase sugeridora de que,
en los papeles originales, éste señalaba, de acuerdo con la realidad histórica,
haber formado parte de las tropas que salieron en auxilio de al-Sumayl.
3.2.
Crónica de la Conquista y de sus walíes hasta el 740
Una
tercera crónica es la que narra la historia de la conquista de al-Andalus y el
periodo de los gobernadores que precedieron a 'Abd al Malik b. Qatan
(2.1-30.10/1642), concluyendo
justo antes de indicarse la salida de Kultûm. Para Chalmeta se redactó,
posiblemente, en las mismas fechas que los dos fragmentos siguientes, o sea,
hacia el 835 . Para Sánchez
Albornoz es obra del compilador y a la vez autor de "las noticias sobre el
reinado de Abd al-Rahmân III" y, por lo tanto, de un alfaquí y noble quray š i
que escribe en el primer tercio del siglo XI. Para nosotros es una crónica
basada únicamente en tradiciones orales, a la que se dio forma definitiva hacia
mediados del siglo IX, después de subir al trono Muhammad, tesis que basamos en
el análisis de su terminología.
En
este sentido hemos de señalar que, a las observaciones realizadas por Sánchez
Albornoz sobre el uso, en esta parte y no en las dos posteriores, de los
vocablos Granada y Málaga, podemos añadir las conclusiones expuestas en dos
trabajos sobre la expresión los "mawâlî" (75) muy utilizada por Ibn
al-Qûtiyya.
En ellos mostramos que empieza a emplearse a partir de la muerte de 'Abd al-Rahmân
II para definir a un grupo social integrado por los considerados "parientes" de
los omeyas, y del que forman parte tanto los llamados
Banû Umayya en la crónica siria
del VIII y sus descendientes, como los que han establecido lazos de clientela
con los soberanos a partir de 'Abd al-Rahmán I. El hecho de que el único
testimonio consignado en el Ajbâr (6.14) se localice en estas páginas revela, a nuestro entender, la
imposibilidad de haber sido redactadas antes de la fecha señalada. Por otro
lado, se ha de destacar la aparición de una extraña frase acreditativa de que se
escribió después de ponerse en limpio el siguiente fragmento. Aparece en el
relato de `Abd al-Mâlik b. Qatan cuando se dice que quedó dueño de al-Andalus
hasta la entrada de Bal ŷ , momento en que se agrega "ya hemos descrito la causa
de su entrada en historias que vendrán después de esto” (76).
3.2.1.
Estamos ante una crónica muy diferente a las examinadas con anterioridad. En
ella se reúnen datos, noticias y anécdotas recogidas de narradores de etapas
diversas y de distinta educación, sin señalarse en ningún momento de quién o de
donde se toman.
En lo
que respecta a su contenido éste ha de calificarse de muy irregular Unas veces
se describe de manera concisa una serie de hechos o se menciona el nombre de
determinados gobernadores, sin agregar información alguna sobre sucesos
acaecidos bajo su mandato; en otras ocasiones se ofrecen narraciones con todo
tipo de pormenores y acompañadas de diálogos y curiosas anécdotas (77). Dentro
de estas últimas, únicamente diremos unas palabras de la que cuenta la recepción
en la que el gobernador de lfrîqiya `Ubayd Allâh b. al-Habhâb recibe a `Uqba al
Salûlî por mencionarla Ribera y Sánchez Albornoz como prueba de la ascendencia
quray ši del redactor, cuando nosotros pensamos que refleja todo lo contrario.
El estudio que hemos realizado sobre ella (78) nos ha llevado a apoyar que su
autor trata de denunciar comportamientos de los soberanos y de sus mawâlî
omeyas, y que Ibn al-Qûtiyya, molesto por sus contenido, decidió contestarle en
el relato de Artobas (79)
Coincidimos con Sánchez Albornoz en creer que en esta parte hay "una larga serie
de errores, ignorancias, contradicciones y olvidos" (47),
pero no en
considerarlos "prueba de su modernidad"
(49). A nuestro entender, si hubiera sido redactada, como él piensa,
a comienzos del XI y a partir de crónicas conocidas, no tendrían sentido todos
esos defectos, porque habría resultado fácil copiar de ellas, por ejemplo, la
lista completa de los gobernadores, o presentar sobre diversos hechos
información puntual y no datos vagos e imprecisos.
SI
volvemos sobre el lenguaje y nos centramos de manera paralela en el estilo de la
redacción, podemos informar que, en este fragmento se registran expresiones
localizadas en la crónica siria y en los anales de `Abd al-Rahmán I (80), y
vocablos exclusivos así como otros que sólo volverán a consignarse a partir de
las estampas de los emires omeyas (81) En cuanto a la estructura se sigue el
mismo esquema que en la crónica siria, es decir, se incluyen avisos de que se
corta el relato para enlazar con otro precedente (29.9) o con el propósito de
recordar que más tarde se referirá el suceso al que se acaba de aludir (28.1 I).
3.2.2.
Resulta muy difícil concretar la personalidad del autor o autores de este
cuerpo. Primero, porque se ha fraguado a partir de tradiciones orales que han
podido ser tomadas de narradores de etapas históricas diversas y, a la vez, ser
reproducidas literalmente o redactadas en un lenguaje distinto al escuchado.
Segundo, porque el análisis de la terminología y del estilo de la redacción,
caracterizado por su irregularidad, sólo autoriza a extraer conclusiones
relativas al responsable de la redacción final, pero no a destacar el momento en
que los diversos relatos fueron por primera vez puestos por escrito. De todas
formas, el análisis de su contenido hace visible que no estamos ante la recogida
sistemática de los principales ajbâr sino de esas historias que, por motivos diversos, han acaparado la
atención de un grupo familiar con gustos muy particulares.
3.2.3.
Al tratar de precisar cuál es la aportación exacta de cada uno de los dos "Tammâm
b. `Alqama que pudieron participar en este fragmento nos vemos obligados a
movemos en el terreno de las hipótesis. Es lógico que el más antiguo, el que
entró en al-Andalus con Bal ŷ , se interesara por el pasado de las tierras donde
vino a establecerse y, tras preguntar a los baladíes con los que convivía sobre
la historia de la conquista y de sus gobernadores, tomase notas que su sucesor
utilizaría, aunque, de ser así, éstas serían ordenadas y retocadas. Una segunda
posibilidad es que fuese el autor de la
ur ŷ ûza el que, quizá, como paso previo a la composición de su
poema, reuniera información sobre el primer periodo, pero de nuevo no
encontramos datos que permitan conocer si todas o parte de las noticias le han
sido transmitidas dentro del círculo familiar o si las tomó de narradores de
oficio, de cortesanos e incluso de cronistas de su tiempo.
3. 3.
Estampas de los emires omeyas
Una
cuarta crónica es la relativa a la historia de los emires omeyas. Según Sánchez
Albornoz y Chalmeta, se inicia con los poemas y anécdotas sobre `Abd al-RahmánI
(116.14/106), consignados
tras indicarse su muerte; se continúa con el reinado de Hi š ám
(120. 4/109) y concluye al
cerrarse el capítulo correspondiente a `Abd Allâh
(153.10/133) o
, según otros, a `Abd al-Rahmân
III (165.9 /142) (82)
. Para el primero fue escrita
hacia el año 900 , por un
alfaquí, devoto y cortesano, que conoció la época de los emires Muhammad, al-Mundîr
y `Abd al-Allâh; para Chalmeta, hacia el 940
o bien en el reinado de al-Hakam
(83); y para Ribera fue redactada, al igual que la siguiente,
"en los mejores tiempos del califato omeya,
los de `Abd al-Rahmân III" . En cuanto a nuestra opinión, hemos
creído distinguir dentro de ella dos partes, ambas del mismo autor; la primera
(116.14-141.13), concebida
como continuación de la historia de Ibn Mu'âwiya, se extendería hasta `Abd
al-Rahmán
II , inclusive; la última
(141.14-151.10), escrita en fecha posterior, correspondería a notas
tomadas a lo largo del reinado de los tres últimos emires.
3.3.1
. Este fragmento se aparta
claramente de los anteriores en cuanto a contenidos, forma y lenguaje, lo que
hace pensar que todo él se debe a un literato que no copia notas de otros o
recoge tradiciones orales, sino que redacta a tenor de su estilo, utilizando las
palabras y frases que de forma natural salen de su pluma.
Si
comenzamos por los contenidos vemos que no es una historia propiamente dicha en
la que se transmitan, de manera cronológica y ordenada, los principales
acontecimientos del gobierno de sucesivos monarcas. Es una crónica cortesana que
reúne, como representativo de la vida de cada emir, anécdotas de procedencia
variada, escenas palatinas o callejeras descritas por testigos oculares o por el
mismo autor, a la vez que en ella se reproducen cartas, diálogos y poemas, y se
ofrece un retrato más o menos detallado de los soberanos, en el que se destaca
su piedad, sus dotes literarias, sus cualidades e incluso sus defectos. El
interés del autor se centra en las personas que viven en la corte o que, por
diferentes motivos, entran en contacto con los príncipes; ello explica que las
mujeres, ausentes en los dos fragmentos anteriores, jueguen aquí un papel
importante. No sucede lo mismo con los conflictos armados que, si bien abundaron
en dicha época, no llaman la atención del compositor. Las alusiones a
levantamientos forman parte de anécdotas, sirven para introducir un poema o son
instrumento que permite resaltar la generosidad, inteligencia, astucia o valor
del príncipe. Es como si el autor, frente al del fragmento anterior, no se
sintiera afectado por el derramamiento de sangre, pero sí impresionado por las
acciones heroicas, aunque sean protagonizadas por rebeldes, quizá porque es un
cortesano no dispuesto a entregar su vida por causa alguna. (84)
En lo
que atañe al lenguaje son claras las diferencias con el propio de los fragmentos
anteriores. Como ejemplo podemos aludir a la terminología introductora de
anécdotas o relatos. Si en los precedentes la palabra
hadît se repite doce veces (85),
aquí es sustituida por ajbâr
(86) y no vuelven a aparecer expresiones del tipo
hudittu (37.3) kâna yuhadditu (72.14) o qâla al-muhadditt (77.14); ahora nos encontramos con
haká naqala-I-ajbâr (135.13) o hakâ Fulânun
(120.1 I, 131.6-7), a la vez que se utilizan nuevos verbos en las
expresiones impersonales
"se cuenta, se narra de
Fulano" : - dukira unna
(105.15; 124. 15); - dukira 'an (120.12, 121.2, 141.15): hukiya `an (126.4,
135.11) y hukiya min, (130. 13).
El
estudio de la terminología empleada permite sumar dos nuevas observaciones. Esta
parte, frente a las anteriores, carece de versiones divergentes, y contiene
locuciones indicativas de que el autor ha elegido un determinado
jabar, o está reproduciendo uno
de los varios poemas, cartas, etc., de un príncipe o de otro personaje (87).
Mayor interés tiene señalar la existencia de frases acreditativas de que el
compositor ha tomado el relato directamente de un contemporáneo suyo por ser
éstas las que permiten fechar el fragmento, lo que sucede en dos ocasiones, que
corresponden a: "decía `Utmán b. al Mutanná" (133.10), preceptor (muerto en 886)
de los hijos de `Abd al-Rahmân II y de los de Muhammad (88) y "nos contó
Muhammad b. Walid" (147.2),
célebre tradicionista, que perteneció al círculo del emir `Abd Allâh y falleció
en 921. (89)
Otra
particularidad es la de no estar estructurada de manera homogénea. Las
narraciones dedicadas a Hi' š âm, al-Hakam I, `Abd al-Rahmân II y Muhammad se
inician con la frase: "y era el emir... hijo de ..." seguida de una breve
descripción de sus virtudes (bondadoso, generoso, honrado, valiente, hombre
esforzado, erudito, liberal, etc.) (90) mientras que las de al-Mundir y de `Abd
Allâh semejan ser complemento de la historia relativa a su antecesor Muhammad.
Los relatos de ambos son muy breves y se abre, el primero, señalando que estaba
en la guerra de la cora de Rayya cuando conoció la muerte de su padre y, el
segundo, con la indicación de que `Abd Allâh, el mismo día en que falleció
al-Mundir
y se hizo cargo del poder, se encontraba sitiando a lbn Hafsûn y fue abandonado
por sus tropas al divulgarse la noticia. Dicha irregularidad nos lleva a
preguntamos si su autor no iniciaría la redacción de este cuarto cuerpo con el
propósito de sumar a la historia de `Abd al-Rahmán I solamente la de sus tres
inmediatos sucesores, Hi š ám, al-Hakam I y `Abd al-Rahmân II, y fue más tarde
cuando decidió tomar notas sobre el resto de los emires omeyas con el
pensamiento de ampliar su crónica. Suposición que, de ser acertada, obligaría a
dividir "las estampas de los emires" en dos secciones, la segunda de las cuales
sería copiada y concluida por el último redactor. La idea de que esta historia
forma parte de un proyecto inacabado podría explicar el anuncio de un relato que
no se registra (91), o el hecho de que, si bien, en la historia de `Abd al-Rahmân
II, tras citarse por primera vez su nombre, se añade:
rahima-hu Allâh, prueba de que
había muerto, no se da el mismo tratamiento a Muhammad, a pesar de se inicia
siguiendo el esquema de la anterior. Por otro lado, al alabar los escritos y
poesías de `Abd Allâh viene a decir que ninguno de "sus predecesores" le igualó
(152.2-3), no incluyendo
alusión alguna a sus "sucesores" como más tarde hará el cronista de
`Abd al-Rahmán
III (156.6).
3.3.2.
En lo que respecta a su autor no hay duda de que estamos ante un hombre de
temperamento, educación y aficiones muy distintas a las del compositor de los
dos fragmentos precedentes. Para Sánchez Albornoz es un alfaquí, un cortesano,
un adulador de príncipes y un apasionado por la buena poesía, "que escribe de
primera mano y no a cierta distancia de los sucesos"
(140). Para nosotros es un
literato y poeta que vive en la corte y que, ansioso de no perder su status
social, no duda en alabar a los monarcas y en plegarse a sus deseos. Por otro
lado coincidimos plenamente con el mencionado erudito cuando insiste en
destacar, basándose en múltiples argumentos, la indiscutible amistad con Walîd
b. `Abd al-Rahmân b. Gânim. (92)
3.3.3.
En suma, el perfil que se viene trazando del autor de este fragmento encaja
perfectamente con la figura de Tammâm b. `Ámir, literato, historiador y poeta, a
la vez que ministro de Muhammad, al-Mundir y `Abd AllÂh. Su posición en la corte
le permitiría describir esas escenas que, se piensa, el autor contempló, o
reproducir palabras y escritos que sólo un testigo presencial o un amigo de los
protagonistas podía conocer. Por otro lado resulta natural que, en las reuniones
palatinas, gustara narrar anécdotas de los soberanos a los que había tratado y
memorizar, para luego tomar nota y repetir, aquellos relatos que otros
contertulios sacaban a colación, lo que explicaría la presencia en esta parte de
narraciones y anécdotas consignadas en otras crónicas hispanoárabes pues, no
olvidemos que el primero de la saga de los Râzî (m.
890) también formó parte de la
corte de Muhammad y que contemporáneos suyos son conocidos historiadores como `Abd
al-Mâlik b. Habîb. Finalmente, todas esas afirmaciones sobre los vínculos de
afecto que le unían a los Banû Gânim han de considerarse lógicas cuando sabemos
(93) que tanto 'Abd al-Rahmân como su hijo Walîd fueron también literatos y
poetas y que el segundo desempeñó, al igual que Tammâm, el cargo de ministro
bajo Muhammad.
3.4.
Noticias sobre el reinado de `Abd al-Rahmün III
Ribera
consideró que la historia del reinado de 'Abd al-Rahmân III
(151.11-165.7/ 133-142) formaba
un sólo cuerpo con la de sus predecesores, tesis comúnmente admitida aunque la
rebatió Sánchez Albornoz, esgrimiendo, entre otros argumentos, la existencia de
discrepancias en cuanto al estilo y a la personalidad de sus autores así como la
imposibilidad de que un mismo cronista tratase a uno de los alarifes de alHakam,
y a la vez hubiera sido testigo de la muerte de 'Abd alRahmân III (94). Según su
opinión, el redactor de estos últimos folios era el compilador y escribía en los
días de las revoluciones cordobesas, es decir, a comienzos del XI. Nosotros
coincidimos en apoyar que estamos ante un personaje diferente, pero no en lo que
respecta a su labor recopiladora ni a la fecha de redacción. Esta última la
ubicamos en el periodo de al-Hakam II; primero, por considerar improbable que un
cronista del XI o de tiempos posteriores no haga ninguna alusión a sucesos de
importancia capital que tuvieron lugar tras la muerte del primer califa omeya;
segundo, porque no es posible fijar una data anterior, cuando se dice que el
reinado de 'Abd al-Rahmân III duró cincuenta años, palabras que sólo pueden
salir de labios de alguien que escribe después de su muerte.
En lo
que atañe al otro punto, no creemos fuera el responsable de esas muchas frases y
breves párrafos que, perteneciendo a los tres primeros fragmentos, suelen
recibir el calificativo de "interpolaciones" y atribuirse al redactor de la
última parte (95). Sin embargo no desechamos la posibilidad de que a él se
debiera la introducción de las fechas y de esa frase que ha despertado el
interés de los estudiosos por considerarla clave para conocer la época de su
redacción final. Nos referimos a la localizada en el relato del gobierno de al-Samh
donde, tras indicarse la intención del califa 'Umar de hacer salir a la gente de
al-Andalus por lo muy alejadas que estaban de (los paises) musulmanes, se añade
(23.13): "y ojalá Dios le hubiera permitido vivir para hacerlo porque el destino
les depara un fin desastroso, a no ser que Dios se apiade de ellos", frase que
se acopla muy bien al carácter de este cronista y fase que, curiosamente, repite
Ibn Hayyân con las mismas palabras, pero agregando "con los infieles" (96)
3.4.1.
El examen comparativo de estos últimos folios con las páginas precedentes
permite captar claras diferencia en cuanto al estilo de la narración y al tipo
de relatos que incluye, sobre todo cuando nos fijamos en la primera parte cuya
estructura es bastante extraña y en nada se asemeja a la de las anteriores. Se
inicia con un brevísimo esbozo de las actuaciones del califa para detenerse
repentinamente, al hablar de la toma del castillo de Ibn Hafsûn, y anunciar la
próxima llegada de dos sucesivas catástrofes. Después, va a ofrecer de nuevo una
visión de conjunto de lo que fue la vida de dicho califa, en la que, como si
estuviera recitando una lección de memoria, presenta, sin aderezo alguno, un
resumen de sus logros al que adiciona la crítica de determinados
comportamientos. Su interés reside en informar de la duración de su mandato, de
la conquista de ciudades y castillos en tierras andalusíes y africanas, del
sometimiento de rebeldes, obligándoles a convertirse en sus aliados, del envío
de gobernadores y tropas para evitar la pérdida de loa territorios anexionados a
su imperio y de la destrucción de comarcas y fortalezas; en una palabra, de sus
incontestables victorias sobre todo enemigo, sin olvidarse de mencionar su
dedicación a los placeres y a la construcción de nuevos monumentos y de citar a
los hombres de estado o sabios de los que se rodea. Es una exposición fría pero
precisa en la que sólo deja transparentar sus sentimientos al hablar de la falta
de piedad del monarca y de su cambio de actitud justo antes de celebrarse la
batalla de Alhandega. Es entonces cuando, como si lo sufriera en sus propias
carnes, critica de manera despiadada el comportamiento del soberano, al relegar
a la nobleza árabe a un puesto secundario, situando por encima de ella a gentes
de baja ralea, y cuando, además, parece alegrarse de la denota del califa. (97)
En
esta parte no se reproducen diálogos, ni se escenifican hechos sucedidos, ni
tampoco se narran anécdotas, a pesar de que su autor confiesa conocer muchas
(156.6-7). Sólo cuando da por
concluido este "resumen sobre su vida", que termina con la enumeración de los
hombres eminentes e ilustres que gozaron del favor del soberano, se detiene para
añadir relatos de carácter distinto, informar del contenido de algunas cartas y,
sobre todo, incluir poemas; parte, esta segunda, en la que cambia el estilo
quizá porque repite de memoria palabras de otros.
El
lenguaje no es tampoco idéntico al de las páginas anteriores aunque en una
ocasión utiliza la expresión impersonal
dukira anna (154.6). Comienza el fragmento con un
amma Abd alRabmân, no emplea el
"Dios tenga misericordia de él" (98) sino "Dios le perdone"
(155. 9) añadiendo incluso "y
también nos perdone a nosotros"
(156.14), e introduce dichos del soberano mediante
amma qawlu-hu (162.9). Por otro
lado, si nuestra sospecha -de que completó los apuntes de la historia del último
emires acertada, a él pertenece también la fórmula
amma ba'd, que sólo encontramos
como apertura de un pasaje sobre `Abd Allâh
(152.8-9).
3.4.2.
No hay duda de que este fragmento es obra de un autor de temperamento, carácter
y aficiones diferentes a las de los otros dos redactores. No es un literato ni
un poeta de espíritu sensible al que atraigan los relatos pintorescos o las
anécdotas curiosas. No es tampoco un adulador sino un hombre frío e
intransigente, que se atreve a juzgar al califa y a criticar su vanidad, su
inclinación por los placeres mundanos y que se rodee de ineptos y villanos por
no saber elegir a las personas apropiadas. Características que nos llevan a
identificarle con un alfaquí, categoría social a la que suelen pertenecer gentes
puritanas e incluso fanáticas que no perdonan desliz alguno cuando se trata de
seguir las prescripciones coránicas.
Por
otro lado semeja ser un hombre al que preocupan los vaticinios, a no ser que su
inclusión responda a motivos personales, o sea, a augurar el fin de la dinastía
omeya si el soberano no cambia de actitud. Lo cierto es que reproduce aquí una
de esas profecías escatológicas que circulaban en los siglos IX y X, en las que
se anunciaba la caída de los omeyas andalusíes y la llegada del fin del mundo.
3.4.3.
Finalmente y en lo que atañe a identificar a su autor con una persona en
particular, hemos de confesar la carencia de datos suficientes. La escasa
información que ofrecen los biógrafos sobre ese sabio y, posiblemente alfaquí
toledano, Abû Gâlib Tammâm nos obliga a movernos de momento en el terreno de las
hipótesis, a la espera de encontrar nuevas noticias sobre él o de localizar a
algún pariente o allegado de dicha familia que encaje con el perfil del autor de
estos últimos folios.
CONCLUSIONES
Aprovechamos este último epígrafe, el propio de las conclusiones, para ofrecer
nuestra opinión sobre cómo se fue creando esta obra y la participación de los
mencionados autores en sus diferentes fragmentos, aunque lo hacemos conscientes
de que podemos no acertar en algunas de nuestras apreciaciones.
- El
Ajbâr Maŷmû' a
es una obra original que ha sido básicamente concebida por dos miembros de una
familia árabe, que conjuntamente gozaron de la amistad de los sucesivos
soberanos omeyas, desde Ibn Mu'áwiya hasta 'Abbd Allâh, inclusive, y a los que
biógrafos e historiadores denominan de la misma forma.
-
La inició Tammâm b. 'Alqama en el siglo VIII,
cuando aún vivía 'Abd alRahmân I, con el propósito de que no cayera en el olvido
la historia de esos sirios que, junto a él, entraron en la Península con Bal ŷ ,
en el 741.
- Si
bien en dicho periodo redactó un primer cuerpo que concluía con la muerte del
último gobernador Yûsuf, siguió tomando nota de los tristes acontecimientos que,
afectando directamente a antiguos compañeros, sembraron de sangre la Península
durante el reinado del restaurador de la dinastía omeya andalusí. Es probable
que en ellos incluyera algunos apuntes sobre los dos siguientes emires, en cuya
corte vivió, y/o referentes a la época de la conquista aunque, de ser así,
estaríamos ante anotaciones sueltas que precisarían ser ordenadas y redactadas
de nuevo.
-
Cuando Tammâm b. 'Amir, a la muerte de su tatarabuelo, se hizo cargo de los
papeles del archivo familiar decidió ampliarlos y proseguir su crónica. Todo
parece indicar que primero copió fielmente la "crónica siria" y "los anales de 'Abd
alRahmán I”, reproduciendo incluso palabras y expresiones que habían caído en
desuso pero completándolos con todas esas interpolaciones-que se atribuyen a un
alfaquí de tiempos de Abd al-Rahmán II. De su pluma ha salido la anécdota de
alSadfûrî, varios añadidos cuya función es actualizar noticias proporcionadas
por su antepasado y diversas menciones a Abd al-Rahmân b. Gânim. Por otro lado,
dado su carácter nada valiente y su posición en la corte decidió hacer los
cambios necesarios para que no fuera posible descubrir a ese pariente que
criticaba comportamientos de los omeyas.
- Este
segundo personaje es el que continuó el llamado Ajbâr Maŷmú'a con dos nuevos
capítulos que debió redactar poco después de la muerte de `Abd al-Rahmán II,
aunque, en este caso, resulta muy difícil precisar el orden que siguió. Del
relativo a la conquista y al gobierno de los
walíes sólo creemos estar
seguros de que no se puso definitivamente por escrito antes del periodo de
Muhammad y se basa en tradiciones orales de procedencia diversa como lo prueba
el que en ellas se mezcle el lenguaje propio de épocas distintas. Algunas
podrían recoger notas de su antepasado, otras el haber sido tomadas de
narradores o de compañeros palatinos, pero todas compartirán la función de
transmitir acaeceres de una primera etapa histórica que atrajeron la atención de
una familia en particular.
- En
lo que respecta a "las estampas de los emires cordobeses" es nuestra opinión que
concluiría, al igual que su uryuza, con la muerte de `Abd al-Rahmán II y sería redactada poco antes o
poco después del poema, según fuera su propósito reunir información del periodo
que pensaba narrar en verso o concebirla como historia en prosa que sirviera de
complemento a la anterior. Asimismo, creemos que fue años más tarde cuando
decidió ampliar de nuevo los contenidos del
Ajbâr y que, después de iniciar
la historia de Muhammad, ateniéndose al esquema elegido para los tres príncipes
precedentes, siguió tomando apuntes con el propósito de ordenarlos y
completarlos más adelante, propósito que la muerte le impidió llevar a cabo.
-
Existe un tercer redactor en cuyas manos cayó esta obra inacabada y que
decidió concluirla aunque su aportación y su nombre resultan más difíciles de
concretar. Es posible que fuera el mencionado sabio de la corte de al-Hakam, Abû
Gâlib Tammâm, pero también pudo serlo otro miembro de la familia, cuya historia
desconocemos, o incluso un discípulo o amigo de los Tammâm b. `Alqama que
compartía sus mismos sentimientos. En uno u otro caso respetó el contenido de
los papeles, en los que únicamente realizó, según nuestra opinión, un mínimo de
interpolaciones, las señaladas con anterioridad. Una vez concluida esta primera
tarea, copió la historia de los tres últimos emires omeyas, completó la de `Abd
Allâh, compuesta tal vez por apuntes desordenados donde se recogían poemas y
anécdotas, sin señalarse su muerte, y sumó la crónica de `Abd al-Rahmân III, el
último soberano omeya, ya fallecido, del que no guardaba buenos recuerdos.
-
Finalmente, creemos que el
Ajbâr se
concluyó en tiempos de al-Hakam II cuando dicho príncipe ordenó que se
pusieran por escrito "las narraciones que podían perderse". Como miembro o amigo
de la familia, el último redactor quiso que esta historia fuera conocida, pero
tuvo mucho cuidado de presentarla como obra de procedencia ignorada que había
caído en sus manos, para conseguir, de ese modo, no manchar la imagen de un
grupo familiar que todos consideraban ligado a los omeyas y que, por lo tanto,
no podía ser responsable de frase alguna que pudiera ofenderlos.
No hay
duda de que logró su propósito y que, gracias a él salió a la luz una historia
de al-Andalus muy distinta a la transmitida por los cronistas oficiales,
historia que muchos utilizaron pero cuya existencia ninguna se atrevió a
confesar. Si buscamos el motivo, podríamos sugerir dos razones. Primero, porque
cuando se alteran los textos que se copian, por no compartir su espíritu, es
lógico que se silencie el nombre de la fuente objeto de manipulación. Segundo,
porque no se puede atribuir una obra a una familia que, para no comprometerse,
niega su autoría, aunque en tales circunstancias no es posible impedir la
propagación de rumores que con el tiempo alguien termina plasmando por escrito,
como pudo suceder con Ibn Dihyá, biógrafo que atribuye a "Tammâm b. `Alqama" la
composición de una crónica en prosa. Noticia que carece de sentido si en
círculos literarios no hubieran surgido voces asociando dicho nombre con el del
compositor o compositores de una historia de al-Andalus que bien podría ser este
misterioso Ajbâr M a ŷ
mú'a , que tantas interrogantes
ha planteado.

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