En la primera
postura, de rechazo absoluto, no sería difícil encontrar las huellas de un
marxismo vulgar, no ya sólo distante de una realidad que supera con mucho sus
premisas, sino también perfectamente pertrechado con unas anteojeras que le
impiden distinguir formas, fondos y perfiles.
En la segunda
interpretación, sospechosamente paternalista, es fácilmente perceptible la
intención de bautizar, cristianizar, en suma de hacer digerible, un fenómeno
que desborda ampliamente los esquemas habituales de la reflexión occidental. Y
en ambas aproximaciones hay una más que irritante coincidencia: el empeño por
mantener encerrado en unos mezquinos límites metafísicos un hecho civilizador
de dimensiones globalizadoras.
Por lo general,
tras lo expresado huelga la especificación: los dos supuestos son conatos
explicatorios absolutamente ajenos al universo concreto cuya singularidad se
intenta descubrir. No pequeña parte de culpa en estas aproximaciones
minimizadoras recae sobre el cuerpo oficial y tradicional de orientalistas
europeos al uso, orientalistas que, por lo demás, desempeñaron en su momento
eficientemente en el Próximo Oriente y en el Norte de África un papel análogo
al que, en su época, interpretaron los misioneros o cualquier otro de los
instrumentos de penetración colonial y cultural, desarticuladores de
identidades peculiares, que abrieron el camino a los militares y a los
mercaderes.
De tal forma
que no gratuitamente se ha escrito que "el Islam accedió al conocimiento
europeo por vía de la etnografía colonial, que devaluó las significaciones y
dislocó el sistema hasta el punto de hacer inoperantes las investigaciones que
realizaba sobre el terreno".
Lamentablemente,
en gran medida, los musulmanes hemos ido asumiendo inconscientemente el discurso
colonial acerca del Islam. Es como si el abrumador "corpus
orientalista" no pudiera ser puesto en duda y fuera absolutamente necesario
recurrir una y otra vez a él. Generaciones enteras de musulmanes han sido
formadas en la interpretación que ha hecho Occidente del Islam. Así, cuando
intentan explicar el Islam cometen graves errores que distorsionan lo que
presienten en sí mismos y acaban comunicando una visión que no es la que
tienen pero que es la que han aprendido de arabistas y africanistas. La imagen
que los occidentales tienen del Islam es corroborada así por los propios
musulmanes como resultado de una extraña y disimulada conspiración que no han
advertido los musulmanes que se expresan en lenguas europeas.
Este breve
ensayo es un intento por ofrecer una visión honesta y clara de lo que es
verdaderamente el Islam, subrayando sus elementos vertebradores que hacen de él
una civilización universal, sus ideas-fuerza que laten bajo las formas con las
que se expresa y con las que construye al musulmán y cimenta una comunidad
musulmana. Intentamos desterrar el falso lenguaje colonial y cristianizador,
abriéndonos así a la posibilidad de una comprensión real. Es un esfuerzo por
remontarnos a los verdaderos significados, denunciando las máscaras con las que
han sido camufladas. En resumen, entendemos que el Islam no es una religión;
es, como dijo Blas Infante, un estilo: "Identidad que vertebra al hombre y
al colectivo". Lo intuible sobrepasa con mucho los datos objetivos que sólo
son espacio para la reflexión y la polémica; los "etnólogos" se han
perdido en el campo de lo anecdótico cuando lo interesante son los significados
últimos de lo que representa el Islam.
Nos mueve a
ello una realidad esencial e inmediata: nuestro "ser andalusíes",
nuestra conciencia de pueblo al que se le ha prohibido la memoria. Entendemos
que los andaluces "queremos volver a ser lo que fuimos", y sólo es
posible recuperando el recuerdo de lo que somos verdaderamente, para a partir de
ese momento vivir nuestro presente y fundamentar nuestro futuro. El Islam dio
sentido a nuestra Nación, la vertebró históricamente como identidad que hemos
heredado de nuestros mayores. Retomar el Islam significa para nosotros un acto
de liberación, tanto por lo que es en sí como por lo que significa para
nuestro pueblo.
Es fundamental,
por tanto, una presentación leal del Islam al pueblo andaluz, como hecho
diferenciador e integrador en todas las dimensiones de la vida. Por mucho que se
niegue, el andaluz sigue presintiendo el Islam, lo lleva dentro, le resulta
inevitable. Una "educación" dirigida a negarle la memoria, a borrarle
el recuerdo, a someterlo a los designios de un Estado colonizador surgido de la
destrucción de Al-Andalus, de su país, ha logrado consumar una enorme
contradicción y ruptura en el espíritu andaluz, tal como vemos que sucede
actualmente en el resto del mundo musulmán. Se nos ha "formado" en
una visión del Islam que lo tiene por algo lejano, exótico, a veces terrible,
pero no podemos evitar su fantasma en lo más íntimo de nuestro ser.
La dura represión
que durante más de cinco siglos ha sufrido nuestro pueblo lo ha hecho
individualista y receloso; en su momento el individualismo sirvió para mantener
vivas muchas señas de identidad soterradamente islámicas, así como el recelo
le permitió no integrarse ni ser asimilado definitivamente por un modo de vida
que le es ajeno.
Es necesario,
ahora que tenemos la oportunidad, transformar esas actitudes convirtiéndolas en
solidaridad activa y apertura hacia nosotros mismos, recobrándonos, recuperando
todo lo que somos.