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CAPÍTULO
9 :
LA MUJER
La
situación de la mujer en un contexto islámico es una de las piedras
angulares de toda crítica occidental al mundo musulmán. La imaginería
europea ha elaborado un espectáculo fantástico de harenes, mujeres
sumisas y crueles déspotas que ejercen contra ellas toda suerte de
iniquidades. La mujer es el prototipo de la marginación en una sociedad
dominada por el hombre: oculta tras su velo vive una existencia en la
que carece de protagonismo, victima de una opresión sin límites que
sufre con ancestral fatalismo. Por supuesto, Occidente ha descubierto
otra de sus misiones históricas, liberar a las musulmanas de su triste
realidad.
Lo
que sucede es que se ha inventado morbosamente una imagen satisfactoria
y sobre ella se trabaja, al margen de que responda o no a una situación
verdadera. Incluso se ha convertido en un negocio rentable: las librerías
de todo el mundo cuentan con un magnifico surtido de obras que traducen
el grito desesperado de mujeres destrozadas que piden socorro desde el
anonimato de sus vidas escondidas tras espesos velos que les niegan la
condición humana. Y son libros con éxito garantizado. Nada hay que le
guste más a Occidente que esas tragedias que le hacen olvidar sus
propios crímenes. El discurso sobre la mujer musulmana está plagado de
tópicos que, al convertirse en usuales, parecen prácticamente
irrefutables. Son repetidos hasta la saciedad y ejemplificados con patéticos
relatos que inciden siempre en lo mismo.
Es
verdad que la mujer musulmana es invisible e irrelevante, pero hay que añadir
que así es sólo para los occidentales. Efectivamente, no les interesa
para nada la mujer musulmana, sino el cumplimiento de sus estereotipos.
Con una arrogancia estúpida se presentan ante el mundo musulmán con
sus arquetipos de moda, constatan que no se cumplen, y no tienen reparos
en denunciar al Islam como retrogrado. Lo que sucede es que el Islam no
se doblega ante la última idea de ninguna vanguardia salvífica. La
mujer musulmana no es vista por los occidentales, no les interesa, no
les preocupa cuáles pueden ser sus problemas o inquietudes. A Occidente
lo único que le mueve es el tenaz deseo de corroborarse una y otra vez.
Tan inseguro está de sus valores que necesita comprobar que son
universalmente aceptados y aplaudidos.
La
mujer musulmana es invisible para Occidente, pertenece a un mundo que
todavía no ha podido violar, y ello exaspera a una cultura que cree que
lo puede manipular todo. Incapaz de rasgar el velo, se satisface en las
mentiras que inventa sobre aquello que está detrás de lo que no puede
desvelar. La mujer musulmana simboliza todo ese universo interior e
inexplicable del Islam al que no llega la mirada de quien no tiene
respeto.
Ofuscado
por sus propias convicciones, Occidente no quiere percatarse de que la
mayoría de los verdaderos problemas que afectan a la mujer musulmana
derivan de las contradicciones a las que ha sometido al mundo musulmán.
No queriendo sentirse culpable, lanza acusaciones contra las tradiciones
islámicas: ¿quiere esto decir que el bien de la mujer musulmana está
en negarse a sí misma completamente y rendirse a los supuestos logros
de quienes la humillan como parte de pueblos a los que se han impuesto
por la fuerza? Si la civilización occidental fuera lo que
pretende, la única posible y destino obligado de la humanidad, había
que reconocer que las musulmanas han sido capaces de dar pasos mucho más
rápidos que las propias europeas. Pero esto en lugar de ser señal de
la superioridad occidental, lo es de la vitalidad de la mujer que se
supone absolutamente negada por el Islam. Pero como no es cierto que
Occidente sea un modelo válido para todas las culturas, las musulmanas
optan, por doloroso que resulte a la prepotencia imperialista de
Occidente, por el Islam como valor en el que se sienten cómodas y
protagonistas. Son las mujeres las que están dando fuerza a los
movimientos islámicos que luchan por la supervivencia del Islam en su
propia tierra. Son las mujeres las que dan un carácter intensamente islámico
a esos movimientos. Aunque no se suela decir, son precisamente las más
cultas las que abanderan las causas de los pueblos musulmanes, y sin
complejos absurdos se revisten con sus velos afirmando su condición de
mujeres musulmanas, signo de sus protestas y de su adhesión a una forma
de entender la vida que nada tiene que ver con la histeria y crispación
del “mundo civilizado”.
Podemos,
si queremos, repetir hasta la saciedad que el Islam es un atraso para
las mujeres. Pero no estaremos diciendo nada. El Islam es, para la mujer
como para el hombre, esencialmente lo mismo: una vía que conduce a
Allah, es decir, un camino de superación, una puerta hacia un infinito
que significa desembarazarse de tonterías, recuperando una cordura
imprescindible para todos. El Islam es sabiduría, y sabiduría es la
conjunción de conocimiento y acto. Necesitamos de la sensatez del Islam
para construir un mundo mejor. El criterio, válido para todos los seres
humanos, está contenido en la Shahada. En el “no” a los dioses. En
la continúa búsqueda de Allah, que siempre lo trasciende todo y, en
esa búsqueda, progresar en el sentido de la tolerancia y el
universalismo, fomentando en encuentro verdadero entre las diversas
manifestaciones del genio del Hombre.
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