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CAPÍTULO
8 :
HALAL Y HARAM
El
pecado se define como ofensa que el hombre hace a Dios. Tal concepto,
evidentemente, no puede existir en el Islam. Para un musulmán es
impensable que el ser humano tenga esa facultad que le permita cometer
alguna injusticia contra Allah. El Corán así lo enseña: “No podéis
oprimir a Allah; es a vosotros mismos a quienes os hacéis daño”.
Todo el montaje cristiano en tormo a la redención carece de sentido en
el Din de la naturaleza. El mito de un dios que entrega a su hijo a la
cruz para salvar al mundo del pecado suena, a oídos de un musulmán,
como simple charlatanería. Simplemente, carece de sentido. El hombre no
es malvado en su esencia, y la vida no es un valle de lágrimas en el
que purgar faltas ancestrales. Algún pensador occidental ha dicho con
razón que el concepto de libertad aparece en el pensamiento de la
Iglesia con el fin de hacer más pesada la carga del hombre y su sentido
de culpa: no sólo peca, sino que elige libremente el pecado. El tema
del pecado, la angustia que crea, el lenguaje condenatorio de la
Iglesia. La amenaza continua, sólo tiene como fin atar a la gente a una
institución que carece de cualquier otra base que la de arrogarse el
derecho a interceder entre los fieles y un dios ofendido.
Islam,
entre otras cosas; significa salud. En él hay un criterio justo con el
que el hombre recupera el sentido común y un juicio recto. De lo que se
trata es de que deje de hacerse daño a sí mismo: con ello se acerca a
Allah. Como enseña el Corán, el hombre fue creado en la más hermosa
de las formas. Retornar a esa belleza es volver a lo que Allah ha
querido. Es reencontrarse con Voluntad que, al crearte, deseó lo mejor
para ti. Dañarse significa alejarse de ese bien de esa fuente de vida.
Todo lo que daña al hombrees llamado Haram: el alcohol, la usura, la
carne de cerdo, la mentira, la violencia, la traición… Física o
moralmente. Todo lo destruya algo en el ser humano debe ser abandonado
por el musulmán. Lo opuesto a todo ello es lo Halal, aquello en lo
que hay bien para el hombre. No hay en el acto de apartarse de lo Haram
nada de ascético. No se trata de renunciar a nada bueno, todo lo
contrario, el Corán considera entupido y sin sentido volver la espalda
a las cosas agradables que Allah ha creado. El musulmán es invitado a
disfrutar de aquello que Allah ofrece en la magnificencia de su
generosidad: ese disfrute del musulmán es meritorio. Pues íntimamente
significa que lo agradece, que reconoce a Allah en todo lo bueno. Las
privaciones no son aconsejables por la Sunna de Rasulullah. Cuando
algunos de sus compañeros le comunicaron que deseaban abandonar a sus
mujeres y hacer voto de celibato para así dedicarse exclusivamente a la
observancia de la ´Ibada, recibieron un duro reproche en el que
Muhammad (s.a.s.) les decía: “Quien se aparte de mi Sunna no es de
los míos”. ÉL (s.a.s.) enseñaba que la moderación era la regla que
bacía fructífero el afán del hombre.
La
moderación significa equilibrio. El Corán enseña que la Nación
musulmana es una comunidad situada entre los extremos: ni es judía ni
cristiana, ni mundana ni asceta. Estos son, a nuestro entender, los parámetros
en los que hay, que situar la cuestión del Halal y el Haram. La
traducción usual de ambos términos lo lícito y lo ilícito en el
Islam, tiene una carga jurídica que no se corresponde con la verdad. El
Halal no es lo lícito, ni lo Haram el lo ilícito o el pecado. Ambas
palabras tienen para el musulmán otros valores mucho más importantes.
El Halal lo sitúa con honestidad dentro del Islam: es el sentido común
al que se adhiere. Significa que se valora a si mismo, que se reconoce
como califa al que Allah ha honrado con cosas buenas, al que Allah
adorna con cualidades hermosas. El musulmán se acerca a lo Halal como
lo haría a un obsequio que le llega directamente de Allah, y al
recibirlo se acerca a El. Se aleja de lo Haram porque le distancia de
todo lo verdadero, porque le perjudica, porque es un daño que se hace a
sí mismo y le impide realizar aquello de lo que es capaz, que es
superarse, trascender, escalar un camino que lo conduce a la inmensidad
de la Rahma de Allah. Y el musulmán se acerca alo Halal y se
aparta de lo Haram sin obsesiones ni tabúes. El mismo Corán le enseña
que debe ser moderado incluso en su moderación. Cuando por ejemplo, se
estableció el ayuno del Ramadán, durante el cual no se puede mantener
relaciones sexuales de día, algunos de los primeros musulmanes,
quisieron hacer extensible a la noche la renuncia a sus parejas.
Inmediatamente, el Córan puso las cosas en su sitio, declarando que no
se trataba de que los musulmanes “se castraran”, lo que pretende el
ayuno es demostrar al hombre de lo que es capaz, pero en ningún momento
significa que deba abandonar su naturaleza humana. La Sira, la Vida de
Muhammad (s.a.s.), es un continúo ejemplo de prudencia, sensatez y
ausencia de obsesiones.
Con
todo lo anterior hemos querido perfilar el alcance de esta cuestión,
que habitualmente ha sido malinterpretada al homologarla a
consideraciones de tipo jurídico o cristianas con las que no tiene
relación. Cuando un musulmán evita la carne de cerdo no lo hace por no
cometer un pecado o un delito, sino porque pertenece a una cultura donde
los valores y las prioridades, donde los símbolos, son otros. Es muy fácil
establecer paralelismos para evitarnos el trabajo de analizar en
profundidad los comportamientos en otras civilizaciones, pero ello sólo
supone una negativa a comprender realmente los móviles que inducen a
pueblos enteros a actuar de una determinada manera. Para los musulmanes,
el Halal y el Haram son un marco de referencias en el que también
establecen señas de identidad; los dota, por tanto, de personalidad
cultural.

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