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CAPÍTULO
7 :
YIHAD
La
palabra Yihad significa “esfuerzo, lucha”, y es el fundamento mismo
del Islam. Algunos autores lo consideran el sexto pilar,
pero en realidad es el cimiento de la religión en términos de paz
espiritual, el Islam propone la acción como vía hacía la realización
de los valores a los que aspira.
El
mito de la paz espiritual tiene su historia. Cuando Ghandi predica
su credo de la no-violencia introduce en Occidente el ideal de la
religiosidad oriental basada en un concepto pasivo de renuncia a todo lo
mundanal. Esto sirve, sin lugar a dudas, a los objetivos del
imperialismo. Algo parecido ya había sido ensayado durante siglos por
la propia Iglesia cristiano, pero sin convicción alguna, debido a su
propia historia. Se intento convencer de lo mismo a los musulmanes
asistiendo sobre su proverbial fatalismo, tan conveniente en momentos en
los que eran sometidos a toda suerte de humillaciones. Se lleva al
paroxismo del mito la figura de Ghandi: gracias a su política de
no-acción y no-violencia, habría logrado la independencia de su país,
liberándolo de las garras inglesas. Es mentir. Llevaban los musulmanes
siglos luchando contra la dominación británica en la India hasta
agotarla. Pero le interesaba más a las autoridades coloniales entregar
el país a un “pacifista”, asegurándose de este modo la lealtad y
obediencia de la excolonia. Lo mismo se haría en todos los territorios,
prácticamente todo el mundo, ocupado por los europeos. El mito convenció
fundamentalmente a los propios occidentales, que empezaron a mirar con
admiración hacia un Oriente ancestral donde aún funcionaba la práctica
de ofrecer la otra mejilla al enemigo.
El
Islam era otra cosa: oponía una resistencia enconada a la ocupación de
sus tierras. Ahí donde había musulmanes, el colonialismo conquistaba
cada palmo de tierra a base de fuego y sangre, incluso una vez
“pacificado” el país, los colonos debían permanentemente estar en
alerta. No podían reconocer el origen de ese espíritu de lucha con el
que los “indígenas” defendían decididamente sus casas y
familia, eran incapaces de comprender qué mecanismos se ponían en
marcha aglutinando a pueblos enteros más allá de estructuras
organizadas y Estados. Faltos de explicaciones, se justificaron
recurriendo al tópico oportuno del sanguinario fanatismo musulmán.
Este “análisis” conoció un inmediato triunfo, y legiones de
expertos se pusieron a estudiar el fenómeno. Era necesario descubrir
las fuentes del problema para atajarlo. Era imprescindible desprestigiar
el Islam ante cierto auditorio occidental que empezaba a criticar los
genocidios que se perpetraban en nombre de la civilización. El mito de
la barbarie musulmana servía a todas las causas: ; justificaba el
fracaso de los misioneros, que no lograban evangelizar a los
“testarudos moros”; justificaba las masacres de los militares, que
no hacían sino defenderse de tribus salvajes que se negaban a ser
pacificadas y recibir los dones de la civilización mundial;
tranquilizaba las conciencias en Europa, sobre todo la de sus
banqueros… y había que desacreditar el Islam ante los propios
musulmanes, había que desarraigarlos para hacerlos inofensivos. Se
insistió hasta la saciedad en lo del fanatismo, y toda la historia del
Islam fue interpretada bajo la luz de esa clave.
Había
que explicar, entre otras cosas, cómo había podido difundirse el Islam
entre pueblos tan distintos. Sólo la sed de sangren connatural al
Islam, arrastrado en pos de sí a naciones bárbaras deseosas de botín,
pudo reclutar ejércitos con los que conquistar el mundo. El triunfo se
debió a la crueldad el asesinato y la humillación. Los vencidos se hacían
musulmanes bajo terribles presiones o para librarse del pago de
impuestos. Es suficiente leer cualquier manual de uso en las escuelas
para descubrir la pervivencia de estas tonterías. En estas
creencias hemos sido educados. El Islam es sinónimo de “Guerra
Santa”…
Lo
que sucede en realidad, lo que está en el trasfondo de todo, es que la
incomprensión y el interés funcionan creando mentiras a las que
aferrarse, el Yihad, núcleo central del Islam, se transforma en el
mayor de los peligros. No pudiendo ser interpretado según los
modelos asumidos como propios de la espiritualidad es frontalmente
combatido. A los musulmanes cuando se defienden, se les acusa de
agresividad, terrorismo y violencia, y como el Islam les ha inculcado
esa necesidad imperios de rechazar las imposiciones, es el responsable
directo del fanatismo que impide a los “nativos”absorber la única
civilización posible, Occidente. Hay tanta hipocresía en esto que es
difícil analizarlo con sangre fría:¿ Como es aceptar sin más los crímenes
que se han cometido tras el escaparate de la bondad europea?. Se ha
masacrado a pueblos y después se ha dicho, claro que eran unos
salvajes.
El
Yihad es la respuesta del Islam a todo intento de someter a los
musulmanes a cualquier esclavitud. Es el esfuerzo individual y colectivo
que debe emprenderse contra las agresiones. El Islam entiende que la
vida y la dignidad están por encima de todo y deben ser defendidas como
causa que se antepone a todos los intereses. El Yihad tiene un valor
supremo: cuando un musulmán lucha por su tierra está luchando por
Allah; cuando combate por su gente, está haciendo un “préstamo”.a
Allah, que si lo devolverá con creces. El Islam es radicalmente
solidario y hace suya la causa de todos los oprimidos: la
injusticia es enemiga del Din, cualquiera que sea su forma. El tirano es
el verdadero Taghut, el ídolo a combatir, el demonio contra el que se
ejerce el exorcismo del Yihad. Esto, que puede parecer ideal, es una
constante en la historia del Islam.
Los
musulmanes aspiran al Salam, a la paz que es esencia del Islam. El Salam
no es la propuesta de un pacifismo hipócrita. El pacifismo que predica
Occidente, por samas que sean las intenciones de la gente normal, es
todo menos un verdadero deseo de diálogo entre las
culturas; es un arma arrojadiza con la que se exige a los pueblos del
tercer mundo la más absoluta de las sumisiones. En la actualidad, el
Islam sufre los ataques de enemigos emboscados en muchos frentes: el
peor es el de los Estados surgidos tras las independencias formales,
Estados concebidos para ejercer el mismo papel coercitivo contra los
pueblos musulmanes y servir a intereses extranjeros. El Islam estará
siempre fuera de los mecanismos que Occidente inventa para dominar a los
seres humanos. Eso es lo que le es connatural, y por ella el Yihad
formara parte del entresijo más íntimo de los musulmanes. Esa rebeldía
brota de modo natural de la idea clara de que Allah es Uno, y sólo
ÉL es el Señor de los Mundos. La esclavitud, la indignidad, son
contrarios a la aspiración del que sabe que sólo Allah es más Grande.
El Islam ensaña un igualitarismo que se basa en una concepción de la
existencia y no en un discurso demagógico.
No
sin razón, se ha afirmado que los musulmanes son radicalmente
tolerantes hasta la ingenuidad. El Islam siempre ha sido una cultura
abierta, pronta a recibir las aportaciones de la humanidad entera, esta
actitud está fuertemente enraizada en la personalidad de cada pueblo
musulmán. Es suficiente con pasear por un zoco para detectar esta
realidad. El Islam, ya lo hemos repetido, es un lugar de encuentros, no
una religión ni un dogma; es una aspiración expresada por el Corán
mismo que invita a las gentes a hermanarse en lo que les es común, la
libertad en Allah, esa libertad tiene su garante en el Yihad, entendido
como esfuerzo por superar las barreras que constriñen al ser humano.
Por ello, es multiforme. Muhammad (s.a.s.) hablaba de los dos combates
que debe emprender cada musulmán. A uno lo llamaba Yihad menor, que
consiste en luchar contra los ídolos, las falsedades que reducen al
hombre a la miseria. Al otro lo llamaba Yihad mayor, que es el afán por
superarse, la conquista de la libertas en lo más íntimo de la propia
personalidad. Y también enseñaba que esas luchas no tienen techo, que
siempre habría alguna mentira que derribar, porque lo radicalmente
humano es la acción, la vida como movimiento continuo, el trasiego como
finalidad en sí mismo, el trabajo como satisfacción en el que el
hombre trasciende todos los límites y se alza sobre todos los muros y
divisa el espacio infinito del que lo ha creado y del que ha brotado.

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