ACERCA DEL ISLAM

SALAT

 

1. El Salat no es la oración

Los cristianos rezan. Tienen un diálogo con su dios, un encuentro personal. Por falso paralelismo, los orientalistas y arabistas han establecido que los musulmanes rezan al hacer el Salat.

Pero la diferencia es demasiado grande como para que la pasemos por alto. En la radical dirección unitaria que tiene el Islam, rezar no tendría sentido. Allah no es una segunda persona a la que dirigirse. Lo que hace el musulmán durante el Salat tiene fundamentalmente dos sentidos: en primer lugar, diluirse en la Unicidad absoluta de Allah para tener una experiencia completamente distinta a la de la oración; y en segundo lugar, con sus gestos describe una total entrega a Allah. Preferentemente lo hace en colectivo, es decir, expresa su voluntad de construir una Comunidad, basada en esta experiencia unitaria que erradica completamente los ídolos, que los destruye en un proceso que honra al ser humano y le hace comprender su esencia.

Salat, el término coránico que vamos a utilizar, procede del verbo "SALLA": "abrasarse, consumirse... en Allah", es decir, el musulmán durante esos instantes intensifica su 'Ibada vital, su sentido de la trascendencia.

El musulmán, durante el Salat, no imagina un interlocutor, como lo hace el cristiano. Muy al contrario lo que hace es fundirse con la naturaleza, recobrarse a sí mismo, estar muy cerca de Allah.

El salat, en el Islam, aparece como una disciplina, una práctica que educa, como hace el Corán, que elimina la torpeza y la brusquedad del ser humano, es decir, lo hace sutil, cuidadoso, respetuoso. El Salat tiene una forma estricta y unos momentos precisos. Su forma y sus momentos son respetados por todos los musulmanes del mundo.

 

 

2. -Awqat- los tiempos

Cada uno de los cinco Salawat principales tiene su instante. Nadie los dicta. El Salat del musulmán está regido por los ritmos de la naturaleza.

Cuando va a salir el sol, al amanecer, es el momento privilegiado del primer salat. Se le llama Subh y marca el inicio de la actividad diaria. Al mediodía solar, cuando el sol está en su cénit, el musulmán establece su segundo Salat, el Dohr. Es el instante de la plenitud de la luz, cuando lo abarca todo. A la media tarde, cuando la sombra de algo es igual a su tamaño, nos encontramos en el Asr, el Salat central, como dice el Corán. Cuando se está ocultando el sol, al anochecer, llega el preciso momento del Maghreb. Y por último, cuando aparecen las primeras estrellas, es la hora del 'Isha, que anuncia el comienzo del descanso nocturno.

Los musulmanes observan escrupulosamente estos momentos, los aprenden de la observación. Han adquirido la agudeza del que observa la naturaleza, la reconoce y la respeta. No son horarios arbitrariamente establecidos, van cambiando diariamente según la posición del sol, según la voluntad de Allah.

 

3. El Adzán -la llamada-

Desde todas las mezquitas del mundo, el muazzín anuncia el principio de cada uno de estos momentos.

El Islam escogió la voz humana como medio para convocar a los hombres: no es amante de estridentes campanas ni de cuernos estruendosos. El hombre llama al hombre, lo requiere para la asamblea necesaria, en la que la trascendencia protagoniza la reunión.

Desde el alminar, con voz poderosa, el muazzín proclama la absoluta grandeza de Allah, su Unidad por encima de cualquier concepto o imaginación, la constitución de la nación musulmana por Muhammad e invita a todos al Salat y al triunfo. Es una llamada grandiosa al encuentro del hombre con su Creador, una invitación a fundirse en la Comunidad de los musulmanes, a hacer de ese acto de unidad el reconocimiento de que todo es uno ante el Uno-Unico.

 

4. -El Wudu- la ablución

No se accede bruscamente al Salat. Previamente el musulmán realiza unas abluciones, como anuncio de su deseo de entrar en un estado diferente, en un Haram, en la Presencia de Allah donde todo se aúna y armoniza.

El Islam es la cultura del agua y la pulcritud. El agua, símbolo del principio vital, del origen de la vida y también de la sabiduría, es el elemento con el que los musulmanes a la vez que purifican sus cuerpos interiorizan su significado. El Corán insiste en la bondad de allah manifiesta en la lluvia, que da vida a la tierra muerta, al igual que el saber que comunica a los hombres da vida a sus inteligencias. La civilización musulmana ha mostrado un enorme respeto hacia el agua, creando ingeniosos medios de irrigación, haciendo de ella adornos de sus jardines, aprendiendo de su murmullo. El Wudu es uno de los homenajes del Islam al agua y, así, antes del Salat, el musulmán se lava las manos, la boca, la nariz, la cara, los brazos, el pelo, las orejas y los pies. Y entra así, en la mezquita predispuesto al Salat.

La palabra Wudu tiene su raíz en la noción de DAW, luz. Con el Wudu, el musulmán pretende presentarse ante su Señor tal como es, libre de lo que no es su propio ser, su propia naturaleza, es decir, iluminado con lo que él mismo es. El agua pura cumple esa función simbólica que lo restituye a su origen. Como símbolo del saber, lo alumbra, lo reviste con la pureza de la Revelación. En su significado de vida, renueva y da más intensidad a sus percepciones, lo hace más receptivo, más sensible. El agua de la vida y el saber lo predispone completamente a su Señor. La pureza del agua invita a una comunicación directa con la Existencia.

Cuenta un hadiz que un día comenzó a llover; el Profeta (s.a.s.) salió de su casa y se expuso al agua. Entonces, al verlo sus compañeros, lo llamaron para que se guareciera junto a ellos. El rechazó la invitación alegando que le gustaba exponerse a la lluvia porque así "recién había brotado de junto Allah".

 

5. -Qibla- la orientación

Tras el Wudu, el musulmán entra en la mezquita. En ella, un nicho (el mihrab) indica la dirección de la Kaaba, centro y eje del Islam. Se coloca frente a él y es entonces cuando puede establecer su Salat.

La Kaaba es la Qibla de los musulmanes: es la Casa Antigua (al-bayt al-'Atiq), el edificio erigido por Abraham (a.s.) como símbolo del corazón de todos aquéllos que declaran la Unidad y Unicidad de allah. Acerca de la importancia de la Kaaba hablaremos en el capítulo dedicado a la Peregrinación.

Antes del Islam, los árabes ya reverenciaban la Kaaba, herederos como eran de la tradición abrahámica. Sin embargo, no tardaron en degenerar en idolatría. Más bien convirtieron la Kaaba en símbolo de su identidad árabe. A la vez que la llenaron de ídolos, la honraban como vínculo intertribal. En la primera época de su misión profética, Muhammad (s.a.s.) y los musulmanes orientaron su Salat hacia Jerusalén (al-Quds). Con ello fueron depurando sus sentimientos hacia la Kaaba... Cuando dejaron de sentirla como símbolo de una nación concreta, cuando recuperaron plenamente su sentido unitario y universal, Allah los devolvió a ella. Los musulmanes se reconciliaban definitivamente de este modo con la tradición abrahámica y devolvían a la Kaaba su sentido primigenio, eliminando de ella todo vestigio de idolatría.

El Corán enseña que todos los pueblos tienen una orientación; tienen definida una meta hacia la que se dirigen. Allah está en todas esas direcciones: "Hacia donde vuelvas tu rostro, allí está la Faz de Allah". Este sentido absoluto de la trascendencia es el que integran en sí mismos los musulmanes al volverse hacia la Casa Antigua que erigió Abraham (a.s.) el Hanif, el unitario, el que fuera antes que los judíos, que los cristianos, que cualquier otro hecho religioso.

Volver la mirada hacia la Mezquita Haram de Meca es renunciar a cualquier intercesión posible entre el hombre y su Señor. La Noble Kaaba alude al corazón mismo del Universo, su eje alrededor del cual todo gira en el vértigo de la existencia.

 

 

6. Takbir

Llegado este momento, el musulmán está preparado para comenzar el Salat. Entonces alza las manos a la altura de la cabeza, diciendo: "Allahu Akbar" (Allah es más grande). A esta frase se la conoce con el nombre de Takbir.

Entra así en el espacio y el tiempo inviolables del Salat, en el Haram del Salat. Co el Wudu, la ablución, había accedido al Haram de la Tahara, de la Pureza con la que el ser humano está preparado, ha dado su primer paso. Con el Takbir ya está en presencia del Señor de los Mundos. Desde ese momento hasta que acaba el Salat, no puede prestar atención ni dedicación a ningún otro asunto. El Salat le exige absoluta presencia: es indispensable que mientras dure esté en lo que hace con todo su cuerpo, su palabra y su intención. Se trata de un recogimiento íntegro. En ese momento debe estar solo ante Allah y ausente a todo lo demás.

Con la pronunciación del Takbir, se sumerge en la contemplación de la grandeza de Allah. En la inmensidad de Allah todo se diluye. Esta percepción de lo inmenso y de lo grande hace que toda otra realidad desaparezca del entendimiento del "musalli" (aquél que está haciendo el Salat). "Allahu Akbar", es una afirmación aparentemente interrumpida: "Allah es más grande que... cualquier cosa, cualquier pensamiento, cualquier imaginación o idea". Todo es relativizado, se extingue y es absorbido en la nada con la simple mención de la Grandeza infinita. El mismo establecedor del Salat, el musalli, queda disuelto en ese espacio inconmesurable que ya no es ni espacio ni tiempo: él y toda la creación son pulverizados en el Dzikr, en el recuerdo de Allah. Todo desaparece, sólo Allah permanece. Es así como se inicia el proceso que va mutando la apreciación del musalli, un proceso que retira los velos que antes le impedían una visión verdadera: el Salat lo asoma a la Unidad que da formas a la existencia entera, a la Unidad real que todo lo sostiene y a todo le da sentido.

Por otra parte, "Allahu Akbar" es el grito con el que los musulmanes se oponen a toda tiranía, a toda injusticia, a toda usurpación. El Takbir les da confianza en sí mismos porque lo iguala todo; es conciencia de que todas las criaturas están situadas en un mismo nivel ante su Creador, ante su verdadero Señor. La grandeza de Allah nos sitúa en un mismo entendimiento de la vida, nos ofrece la visión de una realidad en la que todos participamos en la misma medida, de la que formamos parte indisoluble, iguales porque somos el fruto de un mismo acto creador. Cualquier usurpación de la Grandeza de Allah es decididamente combatida por los musulmanes, y ante ella caen los reyes y los tiranos. Sólo Allah es Grande.

 

7. Qiyam

El Salat se empieza de pié. En esta posición, a la que se llama Qiyam, el musalli recita fragmentos del Corán.

El Nafs es un concepto islámico con el que se da un nombre general al conjunto de los rasgos psicológicos que individualizan al ser humano. Si el Ruh es su dimensión universal, el Nafs hace de él un ser concreto y singular: lo separa de la creación, lo distingue de sus semejantes. El Nafs preside la vida propia de cada ser humano y genera el concepto que tiene de sí mismo como entidad personal. Es el Yo, que cuando se pervierte es el Ego. El Nafs como ego es un veneno mortal; hace del hombre un ser insolidario, egoísta, avaro, cobarde, interesado, lo arrastra a los más perversos crímenes, lo hunde en los vicios más deplorables. En cierto modo, el Salat es un ejercicio para doblegar el Nafs y acabar convirtiéndolo en un "yo" que, sin renunciar a su conciencia, tiende puentes hacia el Ruh. Por ello, el Salat comienza con una postura, el Qiyam, que simboliza la manifestación ideal del "yo": es el hombre como tal que se coloca erguido ante su verdadero Señor y empieza a renunciar al egoísmo sumergiéndose en el océano del Corán, el Libro del Todo.

El Nafs es dulcificado por la adopción de cualidades elogiables, los Ajlaq; con ellos retoma su naturaleza primigenia, su Fitra. Los Ajlaq consisten en actuar recta, juiciosa y justamente. Se trata de asimilar la naturaleza de la Verdad, materia prima con la que Allah ha creado la existencia; el Corán al-Karim enseña que Allah lo creó todo con la Verdad. Ajustarse a la Verdad, esencia del mundo, es hacerse musulmán. Por ello hay que educar al Nafs en las cualidades de la verdad; se evitará así la mentira, la calumnia, la envidia, el rencor, la intolerancia, la traición... y se fomentará en el ánimo sus contrarios. De este modo es como se va creando una individualidad virtuosa y fuerte que no se ajusta meramente a una moral, sino que busca los significados de Allah.

 

8. Ruku'

Seguidamente el musalli se inclina. La vida del musulmán es un camino, una vía. Es la Tariqa, la senda que sigue en su afanosa búsqueda, en su entrega espontánea a la Trascendencia. Si los Ajlaq tienden a hacer del musulmán un ser sociable, inmerso en un colectivo, afilando sus rudezas y elevando sus méritos, la Tariqa doblega su ego ante Allah mismo. La Tariqa le niega el ego, lo somete a la voluntad de Allah, lo va haciendo sabio.

Con el Ruku' el musulmán simboliza su abandono absoluto en la inmensidad de Allah. Durante esta inclinación dice: "Subhana Rabbi al-'Adim" (Exaltado sea mi Señor el Inmenso). Va perdiendo de vista al mundo, a sí mismo, se arroja sin nada al mar de la Unidad, donde no hay orillas ni clavos a los que aferrarse, sino sólo la Presencia de Allah...

 

 

 

9. Suyud

Finalmente se prosterna, arrodillándose y llevando la frente al suelo. Es el momento cumbre del Salat. El musalli se ha adentrado en el Mundo de la Realidad. Ha perdido su Nafs, sus referencias, y ya sólo existe Allah. No hay más apariencias sino la Verdad desnuda.

Un relato sufi cuenta:

Un buscador llegó a las puertas de Allah. Llamó, y desde dentro le preguntaron: "¿Quién es?". Respondió: "Yo". Y se le dijo: "Aquí no cabemos dos yo". Al cabo de los años volvió el peregrino, de nuevo llamó, y la misma voz le preguntó: "¿Quién es?". -"Tú", respondió. Y entonces se le dejó entrar.

 

10. Yulus

Tras el Suyud, el musalli se sienta (yulus). Vuelve del mundo de Allah al mundo del yo, a nuestro mundo. Pero ya su Nafs es distinto, ha sido apaciguado, se ha vuelto sabio. No vuelve a la postura erguida del yo, sino a la del que está sentado, posición intermedia entre el Qiyam y el Suyud. En el Corán está escrito que Allah dice: "Oh, Nafs que está en calma, entra en Mi Jardín"

El musulmán aspira a ese conocimiento, a esa sabiduría que hace de él un ser con una calma interior inquebrantable. El ego ya no lo agita, no lo hace insolidario, no lo aisla del universo. Pero tampoco es un místico, no abomina de lo creado por Allah. Por ello concluye el Salat dirigiendo un saludo de paz (salam) a ambos lados volviendo transformado a su mundo cotidiano.

 

11. Du'á

Habiendo acabado el Salat, el musalli, aún sentado, alza sus manos hacia el cielo del que ha descendido y en el que ha contemplado la grandeza y la nobleza de Allah, y entonces está en disposición de hacer el Du'á. Pide a Allah, se vuelve hacia El y espera que la rectitud siga guiando su vida y la de todos los musulmanes. Se le ha ordenado hacerlo: invocar a Allah, solicitar su Rahma, su bondad sin límites, y su Mághfira, su disculpa con la que evita al ser humano los males que pueden dañarlo, es reafirmarse en su caracter de faqir, de pobre ante Allah. No vuelve del Salat con soberbia, sino que su retorno es reencuentro con su calidad humana. Por ello dice el Hadiz que el Du'á es "el cerebro de la 'Ibada", es haber entendido el Salat en toda su dimensión.