LA GUERRA DE BUSH

EL OSCURO PODER DEL ORO NEGRO

BOLETIN Nº31 - octubre 2004

 

  David Zurdo

 

El petróleo no es una fuente de energía inagotable. Sin embargo, ¿por qué lo consideramos imprescindible e insustituible en nuestras vidas? ¿Existen intereses ocultos que nos obligan a no considerar otro tipo de energías más baratas y limpias?

  

Petróleo versus energías renovables

 El petróleo es uno de los motores esenciales del mundo tal y como lo conocemos y concebimos hoy en día. Gracias a él se mueven nuestros coches y se genera gran parte de la energía que las industrias necesitan para llevar a cabo su producción. Es innegable que el mundo se ha hecho más rápido, más eficaz, más productivo –y hasta más luminoso-, por obra suya. Su influencia es tan profunda que se ha llegado a considerar insustituible e imprescindible. Esta visión ha sido y es fomentada por los países productores de petróleo, pero aún más por las poderosas compañías que se encargan de su extracción, tratamiento y venta. Pero, ¿es ésta una visión certera?, ¿realmente no podemos imaginar un futuro sin petróleo?. Echemos un vistazo al mundo del petróleo, a las zonas en sombra que sus rutilantes luces no consiguen ilulminar….

 

Petróleo y poder

 Cuando se habla de la riqueza de un país es habitual referirse a los recursos naturales de que dispone, con una mención especial a sus reservas de petróleo. Pero en varios grandes productores, como Venezuela, reina el caos político y social, por no hablar de la situación en estados africanos y árabes también ricos en el preciado “oro negro”.

Ese es un nombre acertado, sin duda, ya que el petróleo, al igual que el oro, ha sido, desde que comenzó a extraerse de la tierra, una fuente inagotable de conflictos, de ambiciosos intereses y, en suma, de toda clase de (nunca mejor dicho) negras maquinaciones.

Quizá el primero en darse cuenta de que el petróleo podía traer consigo poder político además de económico fue el célebre John D. Rockefeller. Este magnate creó el más grande monopolio petrolífero en los Estados Unidos de finales del siglo  diecinueve (controlaba el noventa por ciento de la producción), usando métodos éticamente discutibles. El significado del nombre de la gigantesca empresa que fundó, Standard Oil, era una declaración de intenciones: Rockefeller consiguió realmente estandarizar el mercado del petróleo e imponer en él sus normas. Y se encargó también de hacer al petróleo cada vez más insustituible. Eso le reportó un enorme poder; la Bolsa de Wall Street temblaba con sus decisiones, y éstas eran capaces de hacer tambalearse no sólo a la economía de Estados Unidos, sino a la del resto del mundo. Indudablemente, eso debía tener un peso importante en las decisiones políticas que pretendiera tomar cualquier gobierno y que afectaran al mercado del petróleo.

Con el tiempo, los monopolios como el de Standard Oil fueron prohibidos. Aun así, lo cierto es que las compañías petrolíferas han perdido muy poco de su poder real, y a menudo establecen las reglas del juego, tanto en países ricos como –sobre todo- en países en desarrollo, con la connivencia de sus dirigentes. En el petróleo está la cusa de muchas corrupciones políticas, desigualdades sociales, chantajes a escala mundial, crisis económicas, y también golpes de estado, guerras, asesinatos…

 

Ricos y Pobres

En la práctica, la aparentemente clara relación entre el poder económico de un país y su riqueza en recursos naturales es una mera ilusión. Según demuestra un estudio del prestigioso economista Jeffrey D. Sachs, director del Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia y consejero especial del secretario de las Naciones Unidas, Kofi Annan, las economías de las naciones ricas en recursos naturales crecen a un ritmo mucho menor que el de otras más pobres en ellos. Hay varias razones que explican este desequilibrio. Para Terry Karl, profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de Stanford, ‘cuando se derrama petróleo en naciones débiles, el resultado es una creciente inestabilidad política”. O dicho más claro: todos quieren llevarse su trozo del pastel, lo que provoca intrigas y corrupción en dirigentes o grupos de poder de esas naciones, que hipotecan demasiadas veces su presente y su futuro en beneficio propio y en el de un puñado de multinacionales.

Junto a estos y otros negativos efectos económicos y sociales, la asentada economía del petróleo tiene graves implicaciones medioambientales: las emisiones de gases y otras sustancias por parte de vehículos e industrias son responsables de gran parte de la contaminación del aire y del agua, y periódicamente se producen desastres ecológicos como el del buque Prestige. El resultado de esta contaminación permanente es devastador, y ya no tiene sólo un efecto local, como puede atestiguarse por el cambio climático acelerado que se sufre el planeta hoy día.

En lo que respecta a la producción energética como tal, es importante recordar que el petróleo no es ilimitado. Recientes estudios afirman que las reservas de petróleo conocidas de Estados Unidos durarán sólo diez o quince años más. Claro que la mejora de los sistemas de detección de recursos, de perforación y de tratamiento, y la eventual explotación de reservas submarinas cada vez más profundas permitirán alargar un poco esa lenta agonía. Sin embargo, el sistema está condenado.

 INTERESES OCULTOS

Como puede verse, hay multitud de razones por las que el petróleo —y otros combustibles fósiles— debería ser sustituido. Esto es lo que buscan iniciativas responsables y ambiciosas como la del ya algo antiguo “Protocolo de Kioto”, que varios países en vías de desarrollo, y también naciones ricas, entre ellas Estados Unidos -principal contaminador mundial-, siguen negándose a suscribir. Hay demasiados intereses económicos en juego. Quizá, los mismos intereses que mueven a entidades como el Banco Mundial a invertir cantidades ingentes de dinero en proyectos de extracción de petróleo, gas o minerales, en detrimento de otros orientados al desarrollo de energías renovables, mucho menos contaminantes.

Los sectores empresariales privados tampoco parecen muy dispuestos a invertir en ese campo; ni siquiera las empresas del sector energético que, por razones bastante evidentes, serian las más indicadas para desarrollarlo. Sin embargo, en la actualidad existen opciones más que suficientes:  varias fuentes de energías renovables, que en la mayor parte de los casos representan un porcentaje ínfimo del panorama energético mundial, pero que con las debidas inversiones e investigaciones podrían llegar a hacerse más eficientes y competitivas (ver recuadro).

 

FUSIÓN NUCLEAR, LA SOLUCIÓN

La más controvertida fuente de energía renovable es la fisión nuclear. De hecho, incluso se ha discutido mucho si es una energía renovable. En la fisión nuclear, la energía se genera al romperse núcleos de uranio o plutonio bombardeándolos con neutrones. La principal ventaja de la fisión es que permite producir mucha energía a partir de una pequeña cantidad de materia prima. El inconveniente fundamental es que se producen desechos radiactivos muy peligrosos.

Ese inconveniente quedaría resuelto si se consiguiera la que, según muchas opiniones acreditadas, será la auténtica fuente de energía del futuro: la fusión nuclear, en la que la energía se produce por la unión de dos átomos de deuterio o tritio —isótopos del hidrógeno—, bien calentándolos a temperaturas elevadísimas (fusión caliente) o bien aprovechando fenómenos naturales en los que se genera la enorme cantidad de energía necesaria a temperatura ambiente (fusión fría). La materia prima de la fusión nuclear se obtendría a partir del agua. Además, esa materia prima no es radiactiva, y los desechos derivados del proceso tendrían una radiactividad baja. Por tanto, aquí está el principio de la solución, y el mundo dará un gran paso cuando se construya finalmente el ITER, un reactor de fusión nuclear en caliente que pretende demostrar la viabilidad de la fusión como alternativa energética a los combustibles fósiles.