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CULTURA ISLAMICA |
LOS PRIMEROS UNITARIOS EN EL CRISTIANISMO |
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BOLETIN Nº31 - octubre 2004 |
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Extraido del libro”Jesus, Profeta del Islam”
Los cristianos Apostólicos, como se llamó a los verdaderos seguidores de los seguidores de Jesús, la paz sea con él, produjeron un número de eruditos y santos cuya piedad y conocimiento son respetados incluso en nuestros días. La exégesis Apostólica de las Escrituras, que se conoce más comúnmente como Antioquena, era histórica y a diferencia de lo que hoy se conoce como el enfoque ortodoxo, no buscaba significados alegóricos ocultos en el texto, sino que aceptaba el significado más evidente de las palabras pronunciadas por el Profeta. Criticaban también la primacía de unas partes de la Biblia sobre otras. Insistían una y otra vez en la Unidad de Dios y aborrecían cualquier dogma que tuviera el más mínimo atisbo de triteísmo. Enfatizaban al Jesús histórico y evitaban pronunciar el término “hijo” cuando hablaban de él. Además de vivir en la Tierra Santa, muchos vivían en el norte de África. Algunos de los más importantes de estos seguidores de los seguidores de Jesús, eran:
Irineo (130 - 200 d.C.) Cuando nació Irineo, el cristianismo Antíoco se había extendido por todo el norte de África, España y el sur de Francia. Su nombre se menciona como portador de un mensaje de Pothinus, Obispo de Lyon, al Papa Elutherus de Roma. En este mensaje se pedía al Papa que pusiera fin a las persecuciones dirigidas contra los cristianos que no aceptaban la doctrina de la Iglesia Paulina. Irineo estaba todavía en Roma cuando se enteró de que todos los cristianos disidentes, incluido el obispo Pothinus, habían sido matados. A su regreso, Irineo sucedió a Pothinus como obispo de Lyon. En el año 190 d.C., Irineo escribió al Papa Víctor rogándole detuviera la masacre de cristianos Unitarios que estaban siendo asesinados por diferencias de creencia. La historia se repitió de nuevo y, como el obispo Pothinus, Irineo fue asesinado en el año 200 d.C. por abrazar la causa de los cristianos que no seguían al Papa. Irineo creía en un Dios Único y defendía la doctrina de la naturaleza humana de Jesús. Criticó contundentemente a Pablo, puesto que lo hacía responsable de haber introducido en el Cristianismo doctrinas provinientes de las religiones paganas europeas y de la filosofía platónica. Irineo citaba pro fusamente el Evangelio de Bernabé. Fue precisa mente después de leer los escritos de Irineo cuando Fray Marino comenzó a interesarse por este Evangelio, lo cual condujo a su vez al descubrimiento, en la biblioteca Papal, del manuscrito italiano del Evan gelio de Bernabé. Como veremos más adelante, este manuscrito es la versión más antigua del Evangelio que se conoce hoy en día.
Tertuliano (160 - 220 d.C.) Tertuliano pertenecía a la Iglesia Áfricana. Su nacimiento había tenido lugar en Cartago. Creía en la Unidad de Dios e identificaba a Jesús con el Mesías judío. Se enfrentó al Papa Callistus porque éste predicaba que el pecado original quedaba perdonado tras cumplir con la penitencia canónica. Tertuliano ponía un énfasis especial en la unidad del corazón con el resto de la existencia. Escribió. “La gente normal piensa de Cristo que es un hombre”. No deja de ser irónico que fuera Tertuliano quien introdujo el término ‘trinitas’ en los escritos latinos eclesiásticos a la hora de analizar y refutar esta extraña y nueva doctrina. El término ‘trinidad’ no aparece ni una sola vez en las Escrituras reveladas, lo cual confirma que era un concepto extraño incluso para Jesús. Orígenes (185 - 254 d.C.) Orígenes era egipcio de nacimiento. Es posible que naciera en Alejandría. Leónidas, su padre, había fundado un centro de enseñanza al frente del cual puso al célebre teólogo Clemente. Orígenes recibió allí su educación. La Iglesia Paulina no aprobaba las creencias defendidas por Leónidas puesto que seguía el Cristianismo Apostólico y rehusaba aceptar las interpretaciones e innovaciones de Pablo. Fue asesinado en el 208 d.C. Orígenes sufrió tal conmoción con este suceso que quiso ofrecerse como mártir, siendo disuadido por su madre. El maestro de Orígenes, Clemente, al ver que su vida corría peligro huyó de Alejandría. Muerto su padre y sin maestro, Orígenes se sintió obligado a darse a conocer. Ocupó el puesto de nuevo director de la escuela y pronto adquirió la reputación de ser persona de conocimiento y gran valor. Llevado de la piedad y el celo excesivo, llegó a automutilarse siguiendo las palabras de Mateo 19: 12: “Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender que entienda”. En el año 230 d.C. Orígenes fue ordenado sacerdote en Palestina, pero el obispo Demerius lo destituyó e hizo exiliar. Orígenes encontró donde refugiarse en Cesarea en el año 231 d.C. Siguiendo el ejemplo de su padre, estableció un centro de enseñanza en dicho lugar, adquiriendo la escuela gran renombre. Jerome —no el Jerome autor de la conocida Biblia Vulgata, la primera traducción al latín de la Biblia griega—, prestó en principio su apoyo a Orígenes, pero comenzó después a adherirse a la Doctrina de la Trinidad y terminó convirtiéndose en su enemigo. Jerome in tentó que la Iglesia condenara a Orígenes, pero debido a la popularidad de éste, el obispo Juan no se atrevió a hacerlo. De hecho, el desterrado fue Jerome. Sin embargo., en el año 250 d.C., Jerome logró su objetivo y Orígenes fue condenado por el Concilio de Alejandría. Puesto en prisión, fue sometido a una prolongada tortura que al fin le causó la muerte en el año 254 d.C. La razón esgrimida para el encarcelamiento de Orígenes fue su rechazo de la Doctrina de la Trinidad y su defensa de la Unidad de Dios. Orígenes creía que Dios era el Ser Supremo y que Jesús no era Su igual, sino Su esclavo. Orígenes escribió cerca de seiscientos opúsculos y tratados. Ha sido descrito como “uno de los personajes más atrayentes de la historia de la Iglesia”. Desde los tempranos días de su juventud hasta sus últimos momentos, Orígenes mostró en todo momento una valentía fuera de lo común. Tenía todas las cualidades del auténtico maestro y sus discípulos lo amaban. Su poder de discriminación, energía creativa y la universalidad de su conocimiento apenas han tenido parangón entre los cristianos.
Diodorus Diodorus era obispo de Tarso. Está considerado como uno de los dirigentes más importantes de la rama Antíoca del Cristianismo. Sostenía que el mundo está sometido al cambio y que esta condición implica la existencia de un principio y de un fin, a la vez que exige del observador la percepción de que el cambio oculta lo inmutable. En consecuencia, tanto la infinita variedad de formas presentes en la existencia como la sabiduría mostrada en el proceso de cambio en sí, al cual todas las formas están sujetas, apuntan hacia una unidad de origen subyacente e indican la presencia y existencia de un Creador y un Sostenedor y este Creador sólo puede ser Uno. Diodorus afirmó sin ambages la humanidad total de Jesús el cual solía enfatizar tenía alma y carne humanas.
Luciano (murió en el año 312 d.C.) La reputación alcanzada por Luciano por su temor de Dios era paralela a la alcanzada como hombre de conocimiento. Sabía hebreo y griego. Estuvo al margen de la comunión con la Iglesia desde el año 220 al 290 d.C. La pureza y profundidad de su conocimiento atrajo a un gran número de personas y su escuela se convirtió muy pronto en el semillero de lo que sería conocida más tarde como la doctrina Arriana. Arrio fue uno de sus discípulos. Luciano creía en la exégesis literal y gramatical de las Escrituras. Se oponía a la tendencia consistente en buscar significados simbólicos o alegóricos, creyendo más bien en el enfoque crítico y empírico de las Escrituras. El mero hecho de la existencia de esta controversia demuestra que a finales del siglo III d.C., la gente comenzaba a depender cada vez más de los documentos escritos y cada vez menos de la transmisión oral de lo que Jesús había enseñado. Esto sirve de indicación de lo rápido que se estaban perdiendo las enseñanzas de Jesús en su totalidad. Luciano era un gran erudito. Llevó a cabo la revisión del “Septuagento” la primera traducción al griego del Antiguo Testamento, y eliminó también muchos de los cambios que habían sido introducidos en los Evangelios cuando se tradujeron al griego desde el arameo o el hebreo. También seleccionó los cuatro Evangelios que, según su opinión, eran los más fiables de entre los Evangelios auténticos. Es tos Evangelios no eran los mismos que los común mente aceptados hoy en día por la Iglesia Paulina. Luciano creía que Jesús no era equiparable con Dios y que estaba subordinado a Él. Esta fue la razón de que se granjeara la enemistad de la Iglesia Paulina y, tras sufrir la tortura, fue finalmente asesinado en el año 312 d.C.
Arrio (250 - 336 d.C.) y Donato (muerto 355 d.C.). Las vidas de Arrio y Donato están tan interrelacionadas entre sí y con la del Emperador Constan tino, que no es posible comprender una sin conocer las otras. La historia de cómo Constantino se vio involucrado con la Iglesia cristiana comienza en Roma: Durante el siglo III los emperadores fueron abandonando Roma como residencia habitual. La amplitud del imperio precisaba de un centro mejor situado estratégicamente. En el siglo IV, Constantino tuvo la intuición de escoger Bizancio para su capital oriental. Reunía las ventajas de ser un puerto inexpugnable y una excelente base territorial y marítima contra los bárbaros del norte y del este; aseguraba los intercambios comerciales entre Europa y Asia y frente a la decadencia de Roma ofrecía la vitalidad del Oriente. Después de la victoria sobre su oponente Licinio, en el año 324, eligió Bizancio, la llamó Constantinopla y la convirtió en una ciudad llena de esplendor.
Las religiones y supersticiones orientales se habían extendido por el imperio, donde se mezclaban creencias singulares con ritos extraños. Los partidarios de los diferentes dioses competían entre ellos y favorecían la inestabilidad del imperio. El monoteísmo iba atrayendo a los espíritus superiores, mientras que el cristianismo, en silencio, proporcionaba una organización y un dogma.
Constantino llegó a la fe cristiana progresiva mente, y en ello influyeron circunstancias y consideraciones políticas. Constantino se dio cuenta de las posibilidades que le brindaba la Iglesia cristiana, siempre y cuando lograra obtener su lealtad, y decidió prestarle todo su apoyo.
Con este respaldo inesperado, la Iglesia cristiana acrecentó su influencia y Constantino supo utilizarla a su favor. En esa época, las tierras costeras con el Mediterráneo estaban salpicadas de iglesias cristianas y el Emperador utilizó su existencia, junto con la información que le prestaron muchos sacerdotes, en las guerras en las que estaba involucrado. Esta ayuda jugó un importante papel en los esfuerzos del Emperador que quería unir Europa y el Oriente Medio bajo su poder. Parte como muestra de su gratitud y parte para disminuir el poder de los sacerdotes romanos del Templo de Júpiter, que se habían negado a ayudarle, Constantino alentó a los cristianos de Constantinopla para que abrieran una iglesia en Roma.
No obstante, no decidió hacerse cristiano puesto que muchos de sus súbditos aún creían en Júpiter y en el resto de dioses del Panteón romano. A fin de tranquilizarlos, Constantino tomó algunas decisiones que parecían de mostrar su adoración de los dioses romanos. Todo parecía ir de perlas cuando la antigua disputa entre las Iglesias Paulina y Apostólica cobró un nuevo vigor y se intensificó sobremanera.
El líder de la Iglesia Apostólica, que continuaba afirmando la creencia en la Realidad Única, era en esos momentos un presbítero llamado Arrio. Era libio de nacimiento. Su presencia dio nuevas fuerzas a la Iglesia Apostólica. Seguía las enseñanzas de Jesús y rehusaba aceptar las innovaciones introducidas por Pablo. La frase definitiva de Arrio era: “Seguid a Jesús tal y como él os ha enseñado”. La importancia del papel jugado por Arrio es que su nombre se convirtió, y aún lo sigue siendo en nuestros días, en sinónimo del Unitarismo.
La Iglesia Paulina recibió una violenta sacudida de manos de Arrio. No se trataba de un mero “reventador”, como hubiesen deseado sus enemigos que creyera la gente, sino que ellos mismos se veían obligados a admitir que Arrio era un presbitero sincero e intachable. En un tiempo en el que la tradición oral que había mantenido viva la enseñanza de Jesús comenzaba a debilitarse, y cuando la comprensión de lo que se había puesto por escrito comenzaba a decaer, Arrio revitalizaba y renovaba ambas con su vigor y su sabiduría. Se mantuvo al margen ante la alianza establecida entre el Emperador Constantino y la Iglesia organizada.
Arrio era discípulo del crítico más destacado de la Iglesia Paulina: el venerado mártir Luciano de Antioquía. Luciano era conocido por su gran sabiduría y, al igual que sus predecesores, había sido asesinado por defender ideas contrarias a la Iglesia Paulina. Así pues, Arrio era consciente de los peligros contenidos en las creencias que diferían de esta Iglesia.
A pesar de que los comienzos de su vida están cubiertos de misterio, se sabe que en el año 318 d.C., Arrio estaba al frente de la iglesia de Baucalis en Alejandría. Esta iglesia era de las más antiguas y una de las más importantes de la dudad. Las pocas noticias de las que disponemos describen a un Arrio alto y delgado. Podría haber tenido un aspecto atractivo a no ser por su excesiva delgadez, la palidez de su rostro y su tendencia a mantener la mi rada en el suelo, que estaba provocada por una debilidad en la visión. Sus ropas y su porte en general eran los de un asceta. Solía vestirse con una larga túnica de manga corta. Los cabellos enmarañados caían sobre sus hombros. Por lo general callado, si se presentaba la ocasión irrumpía con un ardiente discurso. Sin embargo, su voz tenía tal dulzura, y su talante, aunque decidido, era tan cautivador, que todos los que se encontraban con él quedaban cautivados. Se le consideraba uno de los más destacados presbíteros de Alejandría y gozaba de la estima de todo el que le conocía:
“Su fama de trabajador infatigable que llevaba una vida estricta y ascética, de predicador enérgico que exponía con arrojo y franqueza los grandes principios de la fe, pronto se extendió más allá de los confines de la ciudad de Alejandría. Tenía los dones de la palabra y del encanto personal. Era también capaz de infundir en los demás el entusiasmo que él mismo sentía. Al igual que todos los grandes líderes religiosos era sin cero hasta el fanatismo, y la doctrina que predicaba era fecunda y vital”. Se sabe que entre sus seguidores había cerca de setecientas mujeres cristianas de Alejandría. Hasta esa época, la fe cristiana no había sido impuesta bajo coacción. Existían diferencias entre las sectas, a veces amargas y profundas, pero la creencia personal estaba basada en la convicción y en la sinceridad del individuo. En este periodo siguiente a la desaparición de Jesús de la faz de la tierra, había santos y mártires que renunciaban a su propia vida antes que renunciar a sus creencias. Las espadas que esgrimían los detentadores del poder se usaban para destruir estas creencias, pero no para imponerlas. Sin embargo, cuando Constantino estableció su primera alianza con la Iglesia, la situación experimentó un cambio trascendental.
A pesar de seguir siendo Pontifex Maximus y máximo dirigente de la religión estatal pagana, Constantino mostró abiertamente su apoyo a la Iglesia cristiana; es probable que en estos capítulos inicia les hiciera poca o nula distinción entre las ramas Paulina y Apostólica de la Iglesia. Estas muestras de favor pusieron al Cristianismo bajo una nueva luz y, con el paso del tiempo, se convirtió en el culto oficial del Emperador romano. De esta manera, el Cristianismo se iba a convertir también en una cuestión política y de conveniencia. Algunos de los que se habían mantenido alejados no tardaron en afiliarse con la ayuda de una cierta presión gubernamental. Así fue como muchas de las conversiones al Cristianismo dejaron de estar motivadas por el corazón y pasaron a ser el resultado de un tipo de convicción totalmente diferente. El Cristianismo se había convertido en un movimiento de masas. Sin embargo, era un movimiento que propiciaba aún más la ruptura entre las Iglesias Paulina y Apostólica.
Los que se hacían cristianos por conveniencia escogían las exigencias más suaves de la Iglesia Paulina. La Iglesia Apostólica sólo admitía a los que deseaban seguir el camino de Jesús de forma sincera.
Constantino, que en ese momento de su vida no en tendía ni creía en el Cristianismo, vio no obstante el beneficio político de tener una Iglesia unificada que le obedeciera y cuyo centro estuviese en Roma en vez de en Jerusalén. Cuando los miembros de la Iglesia Apostólica rehusaron aceptar sus deseos, Constantino trató de obligarles por la fuerza. Pero la presión ex-terna no produjo el resultado esperado. Además, había un cierto número de comunidades de la Iglesia Apostólica que todavía se negaban a aceptar el mandato del Obispo de Roma. Pensaban que los deseos de Constantino eran parte de un ardid político totalmente extraño a las enseñanzas de Jesús, concebido por un gobernante extranjero.
La primera revuelta tuvo lugar entre las comunidades Beréberes del norte de África. No fue dirigida por Arrio sino por un hombre llamado Donato. Como grupo, los Beréberes habían mantenido creencias básicas, la más firme de las cuales era la de la Unidad Divina. También podían creer en Jesús como Profeta pero no como Dios. Dado que Jesús jamás se había pronunciado sobre Roma como centro de su enseñanza, los Beréberes no admitían esa idea ni se la atribuían a Jesús con carácter retrospectivo. En el año 313 d.C. Donato fue elegido obispo por esta gente. Durante cuarenta años fue el dirigente de una Iglesia que siguió floreciendo en abierta oposición al Obispo de Roma. Según Jerome, en una generación el “Donatismo” se convirtió en la religión de la mayor parte del norte de África sin que hubiera fuerza ni argumento capaz de cambiarla.
El Obispo de Roma intentó instalar a uno de sus obispos en Cartago para reemplazar a Donato. Su nombre era Cacealian. El prestigio de Constantino era tal que, en el conflicto provocado por este nombramiento, las dos partes recurrieron a él. Es posible que pensaran que quien consiguiera el apoyo del Emperador ya no tendría más batallas que luchar. Este intento de obtener el patronazgo de Constantino significó un cambio importante en la historia del Cristianismo. Era la primera vez que el cisma y la heterodoxia se convertían en ofensa punible por la ley secular. Esta armadura secular estaba a disposición de todo aquel que pudiera probar su “ortodoxia”, pudiendo luego utilizarse en contra de los que diferían con este nuevo patrón ortodoxo. Constantino decidió a favor de Cacealian.
Cuando llegaron a Cartago las noticias de la decisión de Constantino, el pueblo se reunió frente a la residencia del procónsul romano y denunció a Cacealian. A Constantino le desagradó lo ocurrido pero nombró no obstante un tribunal presidido por el Obispo de Roma para oír a las dos partes en litigio. Donato no estaba presente ni tampoco nadie que defendiera su postura. La decisión fue promulgada en su contra, pero la Iglesia Apostólica del norte de África rehusó aceptar el veredicto ex parte del Obispo romano.
Constantino estaba escandalizado de que “los ministros de Dios disputaran entre ellos como los pleiteantes más comunes”. A pesar de su enojo, estableció un nuevo tribunal en Arles. Las dos partes en litigio debían acudir por caminos diferentes a fin de evitar cualquier enfrentamiento antes del juicio. Los donatistas perdieron otra vez. La decisión fue que“los obispos se encontraron tratando con personas peligrosas que no tenían respeto por la autoridad ni por la tradición. Sólo servían para ser condenados” ‘ Al igual que las sentencias anteriores, la nueva decisión tampoco fue aceptada por los cristianos del norte de África. La realidad es que apenas respetaban al procónsul romano ni al resto de oficiales imperiales. Bajo sus órdenes, los cristianos habían sufrido persecuciones durante generaciones y los contemplaban como emisarios de Satán. Y ahora iban a ser perseguidos de nuevo por no ser buenos cristianos. Los cristianos del norte de África no podían tolerar el hecho de que los oficiales del Imperio Romano se hubiesen convertido en servidores de Dios de la no che a la mañana, simplemente porque querían hacer cumplir la decisión del obispo de Roma. Hasta ese momento Donato había sido su obispo. Ahora se convirtió en el líder del pueblo.
Muy poco es lo que se sabe de este hombre extra ordinario. Tanto los libros que escribió como su preciada biblioteca de manuscritos fueron quemados por los soldados romanos. Lo habían hecho en nombre de la Iglesia cristiana romana que, con el apoyo de un Emperador pagano, acrecentaba cada vez más su fuerza e importancia. Así pues, poco es lo que se sabe de los orígenes de Donato, su aspecto físico, amigos y los acontecimientos que jalonaron su vida.
Se sabe que era un gran orador y un líder nato. En los lugares que visitaba se le recibía con tal entusiasmo que su recuerdo perduraba después de su muerte. Sus seguidores solían jurar por sus “canas”. Donato parece haber personificado la aversión popular hacia los eclesiásticos mundanos que estaban seguros de vivir bien en esta vida y en la otra siempre que supieran maniobrar de forma políticamente adecuada. La integridad y honestidad de Donato eran re conocidas tanto por amigos como por enemigos. Tenía fama de ser un reformador religioso “que había purificado la Iglesia de Cartago de todo error” . La gente lo consideraba dotado de la capacidad de hacer milagros y tenía fama de ser un santo más sabio que Daniel. Donato se mantuvo firme como una roca ante todos los intentos de destruir y alterar las enseñanzas de Jesús.
Constantino escribió una carta dirigida a las dos Iglesias apremiándoles a que olvidaran las diferencias y a que se unieran bajo la Iglesia que él apoyaba. La importancia de la carta radica en que muestra cómo Constantino se sentía superior a la Iglesia, fuera cual fuera, y en que toda referencia a Jesús brillaba por su ausencia. La carta no surtió efecto ni tampoco hubo avance alguno con respecto a la decisión del tribunal que se había reunido en Arles.
En julio del año 315 d.C. el Emperador regresó a Roma. Era necesario ir a Milán para reprimir las incursiones de los Francos en el norte de Italia. Cuando pudo disponer de tiempo, Constantino nombró una comisión para viajar a África, examinar la situación y poner fin a la disputa. Cuando la comisión llegó al norte de África, fue boicoteada y se formó tal revuelta que los miembros de la comisión tuvieron que regresar a Italia si haber logrado ninguno de sus objetivos. Esas noticias llegaron a Constantino en el año 316 d.C. Entonces decidió ir a África en persona y definir de una vez cómo debía ser adorada la Deidad Suprema.
Es interesante comprobar que Constantino considerase competencia suya emitir tal juicio. En la carta que había mandado a las dos Iglesias de África, concluía diciendo:
“Qué más puedo hacer, de acuerdo con mis prácticas constantes y mi cargo de príncipe, que una vez erradicados el error y destruida la mala opinión, hacer que todos los hombres acuerden seguir la religión verdadera y una vida sencilla y prestar al Dios Todopoderoso la adoración que Le es debida”
Es evidente que, una vez olvidado o ignorado el ejemplo de Jesús, la cuestión de la “religión verdadera” se convertía en un asunto basado en la opinión —y no había opinión más favorecida por Constantino que la suya propia. Que Constantino enfocara el tema del Cristianismo de esta manera es lo que justifica su interés por los asuntos internos de una religión que aún no seguía. Constantino se consideraba una persona que hablaba con autoridad superior a la de los dirigentes de las Iglesias, pareciendo incluso que se atribuía el papel de vicario de Dios por encima de cualquier otro mortal. Los obispos Paulinos presentes en el juicio de Arles parecen haber tenido la misma opinión que Constantino. Llegaron a declarar que sus “disposiciones” estaban siendo anotadas “en la presencia del Espíritu Santo y los ángeles” . Y sin embargo, cuando la sentencia fue ignorada, donde buscaron ayuda fue en el Emperador.
El tiempo pasaba y Constantino no llegó a viajar a África tal y como había planeado. Fue informado de que los donatistas habían adquirido tanta fuerza que no era aconsejable tomar parte en la disputa entre Donato y Cacealian, ya que si su intervención personal no tenía éxito, su prestigio se vería muy perjudicado. En vez de viajar proclamó un decreto que condenaba a Donato y le llamaba la atención sobre “las ventajas contenidas en la adoración correcta de la Deidad Suprema” Al ser ignorado el decreto, se envió a África “una ley extremadamente severa”: las iglesias que estaban en manos de los donatistas debían ser confiscadas y sus dirigentes enviados al exilio. Cacealian intentó primero sobornar a los líderes de la Iglesia Donatista, pero no tuvo éxito. Los donatistas desafiaron el mandato imperial, ignoraron los sobornos e hicieron públicas las ofertas de dinero. Entonces Cacealian recurrió a la fuerza y fue pronto descrito como “un hombre 179 más cruel que un carnicero y más brutal que un ti rano”.
La Iglesia de Roma, que ahora había adoptado el epíteto de “Católica” para indicar la universalidad de su enfoque respecto a la adoración de Dios, pidió a los donatistas que se unieran a ella. La invitación no tuvo éxito y Donato rehusó entregar sus iglesias a Caceahan. Finalmente el ejército romano entró en acción.
Hubo una masacre. Los cadáveres eran arrojados a los pozos y los obispos asesinados en sus iglesias. Sin embargo, los donatistas supervivientes se mantuvieron firmes y el movimiento cobró aún más fuerza. Llamaron a su Iglesia la “Iglesia de los Mártires”. Estos acontecimientos ahondaron todavía más la brecha entre los donatistas y la Iglesia Católica. Y ya que la Iglesia Católica trabajaba aliada con los magistrados paganos y sus soldados, los católicos fueron tachados de cismáticos y sus iglesias identificadas como lugares de “odiada idolatría”.
Constantino, que era un buen administrador, se dio cuenta de la futilidad del intento de restaurar por la fuerza la armonía religiosa y la unidad. Tras decidir que la prudencia era la mejor parte de la valentía, dejó en paz a la gente del norte de África. No obstante, estos sucesos y sus consecuencias jugaron un papel importante a la hora de tomar la decisión que le hizo convocar el conocido Concilio de Nicea. IV. Los Primeros Unitarios en el Cristianismo
Antes de volver a la historia de Arrio, que en esos momentos ya comenzaba a dejarse oír, sería interesante presentar un breve resumen de la historia de los donatistas hasta la llegada del Islam. Cuando Constantino decidió concentrar su atención a otras partes del Imperio y dejar en paz el norte de África, la persecución de los donatistas disminuyó considerablemente y su número aumentó de nuevo. Llega ron a ser tan poderosos que cuando el Emperador hizo construir en el año 330 d.C. una iglesia para los católicos del norte de África, los donatistas se apoderaron de ella. El Emperador se enfadó enormemente pero no pudo hacer nada excepto prometer a los católicos suficiente dinero para que construyeran otra iglesia. El movimiento Donatista llegó a Roma, donde llegaron a tener un Obispo al que siempre se consideró de rango inferior al de Cartago y Nicomedia
Donato disfrutó de autoridad soberana en Cartago. La gente le consideraba superior al resto de los mortales. Jamás se le llamó obispo sino que era conocido como “Donato de Cartago”. En cierta ocasión Agustín llegó a quejarse de que los donatistas reaccionaban con más furor ante un insulto dirigido contra Donato que ante una blasfemia contra Jesús, hecho fácilmente comprensible por el lenguaje utilizado por muchos de los católicos cuando hablaban de Donato.
Cuando finalizó el reinado de Constantino, los donatistas continuaron trabajando por la independencia de su Iglesia y oponiéndose a cualquier injerencia por parte del Emperador o sus representantes en cuestiones de religión. Sin embargo, los donatistas no eran sectarios a ultranza. El mismo Augusto hacía notar que los donatistas no oprimían a los católicos incluso cuando los sobrepasaban en número.
Los católicos, siempre dispuestos a exigir tolerancia cuando sus intereses estaban en juego, no estaban dispuestos a concedérsela a los donatistas, y de nuevo las fuerzas imperiales fueron enviadas a África para dominarlos. A pesar de la continua persecución a la que eran de nuevo sometidos, los donatistas no consintieron que el Emperador alterase su forma de adorar a Dios. En su opinión, “los católicos eran sacerdotes depravados que se habían aliado con los reyes del mundo. Llevados por la confianza en los favores reales habían renunciado a Cristo”
Tras la muerte de Donato la gente del norte de África continuó su ejemplo, y durante trescientos años siguieron fieles a las enseñanzas de Jesús. Cuando les llegó el Islam no dudaron en abrazarlo; estaban preparados para ello siendo como era, al fin y al cabo, una extensión y confirmación de la guía que habían seguido hasta entonces.
En el sur de Egipto existió otro movimiento similar al de Donato, aunque era bastante independiente. Enel 324 a.C. Constantino preparaba una nueva incursión en el territorio cristiano del norte de África, cuando los acontecimientos de Egipto, país sumido en revueltas y descontento, reclamaron su atención. En tiempos de Diocleciano las persecuciones contra los cristianos llegaron a su punto álgido y muchos de ellos abjuraron de sus creencias a fin de evitar sus efectos. Un sacerdote llamado Meletius declaró que los sacerdotes que habían renegado públicamente de su Cristianismo durante la persecución de Diocleciano, no podían asumir de nuevo las funciones clericales. Afirmaba también que no debían asistir a las reuniones dedicadas al culto a no ser que probaran suficientemente su penitencia. Pedro, que en esa época era patriarca de Alejandría, sugirió acciones menos tajantes. No obstante, la mayor parte de la población apoyó las sugerencias de Meletius.
Cuando Alejandro ocupó el trono episcopal, desterró a Meletius a trabajos forzados en las minas. Cuando Meletius volvió de su destierro, muchos seguidores comenzaron a reunirse en torno suyo. Ordenó obispos, sacerdotes y diáconos y fue responsable de la construcción de muchas iglesias. El grupo rehusó someterse a sus perseguidores. Al igual que los donatistas, Meletius llamó a su Iglesia la “Iglesia de los Mártires” —en oposición a los seguidores de Alejandro que se llamaban Católicos y seguían la versión Paulina del Cristianismo. Tras la muerte de Meletius, Alejandro prohibió a sus seguidores organizar reuniones para el culto. A fin de oponerse a esta orden, enviaron una delegación a Constantino. La ayuda de Eusebio de Nicomedia les permitió ver al Emperador. Su presencia en la corte fue otro de los factores que motivaron en Constantino la convocatoria del Concilio de Nicea. Eusebio era amigo de Arrio y esta entrevista fue lo que propició el contacto entre los movimientos Arriano y Meletiano.
El movimiento liderado por Arrio tuvo como escenario los acontecimientos protagonizados por es tas dos similares, aunque separadas, Iglesias de los Mártires. Prácticamente lo que se había escrito de una manera imparcial sobre Arrio y su movimiento ha sido destruido. Los libros que existen hoy en día acerca de Arrio han sido escritos por sus enemigos. En consecuencia nos encontramos con la imposibilidad de obtener una relación completa de su vida. Si unimos los fragmentos que nos han llegado, vemos que: Pedro, el Obispo de Alejandría, ordenó diácono a Arrio pero luego lo excomulgó. Achulas, sucesor de Pedro, lo ordenó sacerdote otra vez. Arrio llegó a ser tan popular que a la muerte de Achulas, parecía ser su sucesor más seguro. No obstante, Arrio se hizo a un lado, así que Alejandro fue el escogido para sentarse en el trono episcopal. Al poco tiempo se formularon quejas contra Arrio por lo que predicaba. Su rival se convirtió en juez y Arrio fue de nuevo excomulgado.
Hasta este momento, había existido una gran libertad en lo que respecta a las creencias de los cristianos. Las contenidas en la Doctrina de la Trinidad eran aceptadas por muchos de los llamados cristianos a pesar de que nadie estaba seguro de su signifi cado. Algunos las afirmaban ciegamente; otros, como Meletius y Donato, las rechazaban enérgica mente, y los que se encontraban entre ambas posturas eran libres de explicar las nuevas doctrinas de la mejor manera posible. Después de más de dos siglos de discusiones, nadie había sido capaz de resumir dichas creencias de forma que estuvieran exentas de errores. Arrio lanzó el reto y desafió a cualquiera que osara definirlas claramente.
Alejandro estaba desconcertado. Cuanto más trataba de explicarlas, mayor era su confusión. Arrio, haciendo uso del sentido común y basándose en la autoridad de las Escrituras, demostró la falsedad de las nuevas doctrinas.
Arrio comenzó la refutación de las explicaciones de Alejandro centrándose en el tema de Jesús: si Jesús era en realidad el “hijo de Dios”, decía Arrio, ello implicaba que el padre tenía que haber existido antes que el hijo. En consecuencia, se deduce que tuvo que haber un tiempo en el que el hijo no existía. A esto se guía la conclusión de que el hijo era una criatura formada con una esencia o ser que no había existido desde siempre. Como Dios es en esencia Eterno, sin principio ni fin, Jesús no podía tener la misma esencia que Dios.
Arrio utilizaba siempre la lógica y el sentido común, y como Alejandro no podía esgrimir argumentos razonables, éste último acababa enfadándose. “Dadas las premisas” solía decir Arrio, ¿“dónde está el fallo en mi deducción y dónde se invalida mi silogismo”? Ya por el año 321 d.C., Arrio tenía fama de ser un sacerdote rebelde, sumamente popular, seguro de sí mismo y comprometido con sus creencias.
Después, Alejandro convocó un sínodo provincial para pronunciarse sobre la doctrina de Arrio. Asistieron al mismo cerca de cien obispos de Libia y Egipto. Arrio defendió su postura con valentía, y expuso sus razonamientos con gran habilidad: hubo un momento en el que Jesús no existía mientras que Dios existía eternamente. Dado que Jesús fue creado por Dios, su ser era finito, y en consecuencia no podía poseer el atributo de la Eternidad. Sólo Dios es Eterno. Como Jesús era un ser creado, estaba sometido al cambio como todas las demás criaturas racionales. Sólo Dios es Inmutable. Así pues, afirmó Arrio, es evidente que Jesús no es Dios. Además de sus lógicas argumentaciones, Arrio se apoyó en numerosos versículos de la Biblia en la que en ningún momento se menciona que Jesús sea Dios, quejas contra Arrio por lo que predicaba. Su rival se convirtió en juez y Arrio fue de nuevo excomulgado.
Hasta este momento, había existido una gran libertad en lo que respecta a las creencias de los cristianos. Las contenidas en la Doctrina de la Trinidad eran aceptadas por muchos de los llamados cristianos a pesar de que nadie estaba seguro de su significado. Algunos las afirmaban ciegamente; otros, como Meletius y Donato, las rechazaban enérgica mente, y los que se encontraban entre ambas posturas eran libres de explicar las nuevas doctrinas de la mejor manera posible. Después de más de dos siglos de discusiones, nadie había sido capaz de resumir dichas creencias de forma que estuvieran exentas de errores. Arrio lanzó el reto y desafió a cualquiera que osara definirlas claramente.
Alejandro estaba desconcertado. Cuanto más trataba de explicarlas, mayor era su confusión. Arrio, haciendo uso del sentido común y basándose en la autoridad de las Escrituras, demostró la falsedad de las nuevas doctrinas.
Arrio comenzó la refutación de las explicaciones de Alejandro centrándose en el tema de Jesús: si Jesús era en realidad el “hijo de Dios”, decía Arrio, ello implicaba que el padre tenía que haber existido antes que el hijo. En consecuencia, se deduce que tuvo que haber un tiempo en el que el hijo no existía. A esto se guía la conclusión de que el hijo era una criatura formada con una esencia o ser que no había existido desde siempre. Como Dios es en esencia Eterno, sin principio ni fin, Jesús no podía tener la misma esencia que Dios.
Arrio utilizaba siempre la lógica y el sentido común, y como Alejandro no podía esgrimir argumentos razonables, éste último acababa enfadándose. “Dadas las premisas” solía decir Arrio, ¿“dónde está el fallo en mi deducción y dónde se invalida mi silogismo”? Ya por el año 321 d.C., Arrio tenía fama de ser un sacerdote rebelde, sumamente popular, seguro de sí mismo y comprometido con sus creencias. Después, Alejandro convocó un sínodo provincial para pronunciarse sobre la doctrina de Arrio. Asistieron al mismo cerca de cien obispos de Libia y Egipto. Arrio defendió su postura con valentía, y expuso sus razonamientos con gran habilidad: hubo un momento en el que Jesús no existía mientras que Dios existía eternamente. Dado que Jesús fue creado por Dios, su ser era finito, y en consecuencia no podía poseer el atributo de la Eternidad. Sólo Dios es Eterno. Como Jesús era un ser creado, estaba sometido al cambio como todas las demás criaturas racionales. Sólo Dios es Inmutable. Así pues, afirmó Arrio, es evidente que Jesús no es Dios. Además de sus lógicas argumentaciones, Arrio se apoyó en numerosos versículos de la Biblia en la que en ningún momento se menciona que Jesús sea Dios. Si Jesús dijo: “Mi padre es superior a mí” pensar que Dios y Jesús son iguales o idénticos de alguna manera, decía Arrio, significa negar la veracidad de las Escrituras.
Los argumentos de Arrio eran irrefutables, pero Alejandro, en virtud de su posición en la jerarquía de la Iglesia, lo excomulgó. El gran número de seguidores arrianos y el rechazo al decreto promulgado por Alejandro de muchos obispos de Oriente impedía a la iglesia Paulina ignorar a Arrio. La controversia que había estado fraguándose durante casi trescientos años llegaba ahora a su punto álgido. Alejandro estaba profundamente molesto de que tantos obispos del Oriente apoyaran a Arrio, cuyo principal aliado era Eusebio de Nicomedia.
Eusebio de Nicomedia y Arrio era antiguos amigos. Ambos habían sido discípulos de Luciano, hombre que, como ya hemos visto, había sido respetado universalmente por su pureza y su conocimiento. Es posible que el martirio de Luciano en el año 312 d.C. estrechara aún más los lazos de amistad y la decisión compartida por ambos discípulos.
Existe todavía una carta que Arrio escribió a Eu en Constantinopla después de ser excomulgado. Arrio se queja en ella de la persecución a la que lo tenía sometido Alejandro. En aquel momento intentaba expulsarle de Alejandría bajo la acusación de ateo, porque tanto él como sus compañeros rehusaban admitir las doctrinas profesadas por el obispo:
“Somos perseguidos” escribía Arrio “porque decimos que Jesús tuvo un comienzo mientras que Dios no lo ha tenido”.
El resultado fue que Arrio recibió al apoyo reno vado de Eusebio que tenía mucha influencia, no sólo entre la gente sencilla, sino incluso en el palacio imperial. A pesar de este respaldo, parece que Arrio se inclinaba más hacia la reconciliación que a la oposición, al menos en lo que se refería a la disciplina in terna de la Iglesia.
Desafortunadamente, las informaciones existentes sobre esta disputa son más bien escasas, aunque hay unas pocas cartas que muestran cómo la única intención de Arrio en todo el asunto era mantener las enseñanzas de Jesús en su forma más pura y a salvo de cualquier alteración, además de evitar las disputas entre los cristianos. Por otra parte, las cartas escritas por Alejandro demuestran que el obispo utilizaba a menudo un lenguaje desmesurado contra Arrio y sus seguidores. En una de estas cartas, Alejandro escribe: “están poseídos por el Diablo que mora en ellos y los incita a la furia; son fraudulentos y tramposos, conjuradores inteligentes de palabras seductoras; son bandidos que tiene guaridas donde maldicen a Cristo día y noche... consiguen prosélitos a base de utilizar mujeres jóvenes licenciosas de la ciudad”. El uso por parte del Patriarca de este len guaje violento e inadmisible hace sospechar que él mismo era consciente de la debilidad de su situación. Eusebio se sintió sumamente ofendido por el tono del Patriarca de Alejandría. Convocó el sínodo de los obispos de Oriente y presentó el caso ante ellos. El resultado de la reunión fue una carta, enviada a todos los obispos, tanto de Oriente como de Occidente, en la que se les rogaba presionaran a Alejandro para que aceptase de nuevo a Arrio en el seno de la Iglesia. No obstante, lo que Alejandro quería era la rendición total de Arrio. Y cuando Arrio regresó a Palestina y continuó ejerciendo las funciones eclesiásticas entre sus seguidores, Alejandro publicó una extensa carta dirigida a “todos sus compañeros de la Iglesia Católica” en la que atacaba a Arrio otra vez. En la carta había una referencia mordaz sobre Eusebio en la que mencionaba su nombre y le acusaba de creer “que el bienestar de la Iglesia dependía de su consentimiento” . Decía también que Eusebio apoyaba a Arrio, no porque creyera en la doctrina Arriana, sino para fomentar así sus ambiciones personales. De esta manera, la controversia eclesiástica degeneró en un conflicto personal entre los obispos de Oriente y Occidente.
Los temas del debate salieron del círculo de los obispos y llegaron a la gente del pueblo. Gregorio de Nicea escribe:
“Cada esquina de Constantinopla era un lugar de discusión: las calles, el mercado, las tiendas de los cambistas, los tenderos en general. Preguntad a un comerciante cuánto dinero quiere por uno de los artículos de su tienda y os contestará con la disquisición del ser engendrado o no engendrado. Preguntad por el precio del pan y el panadero os dirá: “El hijo está subordinado al padre”. Preguntad al criado si está listo el baño y responderá: “El hijo salió de la nada”. “Grande es el único Engendrado” proclamaban los católicos; y los Arrianos añadían: “más grande aún Quien lo ha engendrado” . Los argumentos iban de lo más sublime a lo más ridículo, hasta el punto de que había gente que preguntaba a las mujeres si el hijo podía existir antes de haber nacido. En los círculos eclesiásticos más elevados el debate era también amargo y acalorado. Se ha transmitido que “en todas la ciudades los obispos discutían obstinadamente con los obispos. La gente se enfrentaba con la gente... y llegaban a enfrentamientos vio lentos entre sí”.
Constantino se vio obligado a intervenir y escribió una carta a Alejandro y a Arrio. En ella manifestaba que su único deseo era la unificación de la opinión religiosa dado que ésta era la mejor garantía para obtener la paz. Se sentía profundamente molesto por los acontecimientos del norte de África, ya que había confiado en el surgimiento de lo mejor en el “seno de Oriente”, lugar donde en su tiempo había surgido “el amanecer de la Luz Divina”. Y luego continuaba: “ ah, Gloriosa y Divina Providencia! Qué herida recibieron no sólo mis oídos sino también mi corazón, cuando fui informado de que entre vosotros había divisiones aún peores que las de África. Hasta el punto de que vosotros, cuya influencia con fiaba sería la cura de los otros, necesitáis un reme dio más poderoso que el suyo. Y sin embargo, cuando hago una detallada investigación sobre el origen de tales disputas, encuentro que la causa de las mismas es insignificante y totalmente desproporcionada con la magnitud del conflicto... Parece que la controversia actual se originó de la manera siguiente: por tu parte Alejandro, surge cuando preguntaste a cada uno de los presbíteros su opinión acerca de un pasaje de las Escrituras, o mejor dicho, lo que pensaba sobre ciertos aspectos de una pregunta estúpida. Y tú Arrio, sin la consideración debida, impusiste unas condiciones que nunca debieron ser concebidas, o en caso de haberlo hecho, tenían que haber sido enterradas bajo el silencio. Ha aparecido la discordia, la comunión ha sido prohibida y la mayor parte de la gente, partida por la mitad, no ha podido mantener la unidad de un cuerpo común a todos”.
El Emperador les exhorta a continuación a que olviden y perdonen la pregunta imprudente y la des considerada respuesta: “El tema no debiera haber sido sacado a la luz, puesto que siempre habrá maldad para que las ma nos ociosas se ocupen y los cerebros desocupados trabajen. Las diferencias entre vosotros no han surgido a partir de doctrinas fundamentales contenidas en las Escrituras, ni tampoco se ha introducido nuevas doctrinas. Los dos defendéis la misma postura. Así pues, la reunificación es posible”.
El Emperador continúa en su carta mencionando el ejemplo de los filósofos paganos que acuerdan discrepar en algunos detalles sin abandonar por ello los mismos principios generales. ¿Cómo es entonces posible —preguntaba— que los hermanos actúen entre sí como enemigos por culpa de meras e insignificantes diferencias verbales? En su opinión esa conducta era: “...vulgar, infantil y petulante, impropia de los sacerdotes de Dios y personas dotadas de sentido común... Son las tentaciones y artimañas del Diablo. Acabemos con ello. Si no podemos estar de acuerdo en ciertos temas unámonos al menos en los puntos esenciales. Y en lo que respecta a la Divina Providencia, que haya una sola fe y una única comprensión, una opinión unificada respecto a Dios”. La carta termina diciendo: “Devolvedme la tranquilidad de mis días y la paz de mis noches a fin de poder mantener la alegría, el contento de la vida pacífica. De lo contrario, gemiré y estaré anegado en lágrimas sin poder experimentar consuelo hasta la muerte. ¿Cómo podré estar tranquilo si el pueblo de Dios, mis queridos súbditos, están divididos de esta manera, y sumidos en una controversia tan ilegítima como perniciosa?”
La carta demuestra el profundo desconocimiento del Emperador, no sólo del Cristianismo, sino de cualquier religión, puesto que asume que para la persona es lo mismo adorar a Dios como le place que de la manera que Él ha indicado. Afirmar que la disputa entre Alejandro y Arrio era una mera algarada verbal sobre tópicos superficiales y carentes de importancia, es absurdo. Calificar las diferencias de “insignificantes”, muestra claramente que Constantino no sabía de qué estaban hablando. La presencia, por un lado, de la certeza absoluta sobre la Unidad Divina y por el otro, la creencia en un concepto que inevitablemente llevaba a creer en la Trinidad de Dios, son posturas radicalmente opuestas. El contenido de la carta indica que a Constantino no le concernía la naturaleza de la Realidad; lo que realmente le preocupaba era su propia tranquilidad y la estabilidad de su Imperio. No debiera sorprender nos que la carta no obtuviera resultado alguno. Hosius de Córdoba fue quien la llevó a Alejandría. 193 Tras un corto período de tiempo en la ciudad, regresó con las manos vacías para informar al Emperador del fracaso de la misión.
Justo cuando esto sucedía, Constantino se había enfrentado y dado muerte en el campo de batalla a su cuñado Licinus. Licinus había sido partidario de Arrio, y su muerte debilitó aún más la posición de Arrio en la corte del Emperador. Sin embargo, Constantino comprobó que era posible ganar una guerra, y aun así, perder la paz. Tras el fracaso de la misión de Hosius, la situación en Oriente estaba extremadamente desestabilizada. Los discursos de Arrio habían producido derramamientos de sangre en Alejandría, y el malestar se había extendido por toda la zona oriental del Imperio. Los disturbios llegaban también al norte de África. Constantino se daba cuenta de que sus aliados de la Iglesia Paulina no eran lo suficientemente fuertes como para eliminar estos problemas. Su experiencia al tratar con los norteafricanos, que había producido en parte su ida a Oriente, parecía haberle enseñado una lección: no se debe tomar partido abiertamente.
De nuevo convocó una reunión de todos los obispos cristianos a fin de zanjar el asunto. Al ser “pagano”, decía, disfrutaba de una gran ventaja, puesto que al no pertenecer a ningún sector ni partido en la contienda, podía enjuiciar el asunto con imparcialidad. Confiaba en resolver el problema al que se enfrentaban los obispos, incapaces de nombrar a un presidente que arbitrara en las reuniones. A esta reunión de obispos presidida por Constantino, se le conoce en nuestros días como el Concilio de Nicea (ciudad que hoy pertenece a Turquía).
El Concilio de Nicea: 325 d.C. Se cursaron las invitaciones, cuyos gastos fueron ‘por el emperador con fondos del tesoro imperial. Dejando aparte a los líderes de los dos grupos contendientes, la mayoría de los invitados no destacaban precisamente por su erudición. Es importante señalar que ninguno de los miembros de la Iglesia de Donato fue invitado a pesar de que Cacealian, el principal opositor de Donato, sí lo fue. Entre los obispos más importantes participantes en el Concilio estaban:
Eusebio de Cesarea Eusebio de Cesarea es el padre de la historia eclesiástica. Su obra es la fuente principal de las tradiciones que unen el siglo 1 d.C. con el siglo IV de la era cristiana. Destacó como un vasto erudito que ejercía una gran influencia debido en parte a que era intérprete, capellán e incluso confidente del Emperador. Parece ser que era el único de los prelados orientales capaz de adivinar sus pensamientos. No 195 obstante en su interior era partidario de Arrio y disfrutaba del apoyo de la mayor parte de los obispos de Palestina.
Eusebio de Nicomedia Eusebio de Nicomedia procedía de una familia aristocrática y era discípulo de Luciano en la misma época que Arrio. Su prominencia espiritual era re conocida universalmente. Teníamos pues en esta época a dos importantes hombres de Dios con el mismo nombre, lo que causó gran confusión entre muchos de los historiadores de ése periodo. Eusebio de Nicomedia era el más decidido de los partidarios de Arrio; sus seguidores lo conocían como Eusebio “el grande”. También se le atribuían milagros. Fue obispo de Beirut y luego trasladado a Nicomedia, capital del Imperio Oriental. Había sido gran amigo de Licinus, cuñado y rival del Emperador, y ejercía una cierta influencia sobre Constan- tina, hermana de Constantino. Poco tiempo después de que Licinio se enfrentara al Emperador y perdiera la vida por ello, Constantina se trasladó a vivir al Palacio Imperial. Así fue como, a través de ella y de su algo distante relación con la familia imperial, Eusebio continuó manteniendo lazos con la corte. De hecho, fue gracias a su influencia el que Constantino acabara por aceptar el Cristianismo en la Iglesia de Arrio y muriera como creyente en la Unidad Divina. Atanasio Atanasio era un joven y decidido partidario de las creencias que formaron más tarde la escuela Trinita ria de Teología. Alejandro, persona de avanzada edad que había sido vencido por Arrio en numerosas ocasiones, decidió enviar a Atanasio como su representante en Nicea en vez de asistir personalmente.
Hosius Hosius era el principal consejero del Emperador. Su importancia residía en ser el representante de la Iglesia Paulina de Occidente, zona en la que la in fluencia del Emperador era más débil. Hosius tenía fama de ser erudito en teología por derecho propio. En la historia se le conoce como el venerable anciano al que Atanasio llama “santo”. La rectitud de su carácter era un hecho admitido por todos. Su importancia había disminuido debido a sus relaciones demasiado estrechas con el Emperador. Además de por estos escasos eruditos, el Concilio estaba formado por hombres de piedad reconocida, hombres de corazón puro pero carentes de saber cuyas lenguas no siempre podían expresar lo que sentían:
Spiridem Spiridem era un obispo tosco, más bien simple y casi iletrado que formaba parte de la mayoría del grupo de obispos de la Iglesia cristiana en esa época. El estudio detallado de su persona servirá de ilustración para entender la clase de hombres que eran. Spiridem era un pastor que había sufrido persecuciones y, no obstante, seguía firme en su creencia. Su conocimiento de la política de la religión era bastante superficial. La razón de su nombramiento como obispo eran los milagros que se le atribuían. Una vez ocupado el cargo, no cambió sus vestimentas toscas y campesinas. Siempre se desplazaba a pie de un lado a otro. No era del agrado de los demás “príncipes” de la Iglesia Paulina y estaban deseosos de que no llegara a tiempo para el Concilio de Nicea. Cuando Spiridem recibió la invitación del Emperador se dio cuenta de que, si quería llegar a tiempo, tendría que viajar utilizando un mulo como montura. Se puso en camino acompañado de un criado, a diferencia de los demás obispos, que viajaban con todo un cortejo. Spiridem y su criado viajaron en dos mu los, uno blanco y otro con manchas de colores. Se cuenta que una noche que estaban alojados en una posada llegaron a la misma un grupo de los obispos que no querían que Spiridem tomara parte en las de liberaciones del Concilio. A la mañana siguiente, y mientras Spiridem y su criado estaban dormidos, le cortaron la cabeza a los dos mulos y siguieron su camino. Al despertar, Spiridem dijo a su criado que diera de comer y ensillara los mulos. El sirviente descubrió los animales muertos y comunicó el su-ceso a su amo. Spiridem le dijo que pusiera la cabeza de cada mulo junto al resto del cuerpo seccionado, en el lugar que ésta ocupaba anteriormente. En la oscuridad del establo, el criado se confundió y puso la cabeza del mulo blanco en el cuerpo del que tenía manchas de colores y viceversa. Una vez terminada la operación, los mulos recobraron la vida y continuaron su camino. Al poco tiempo adelantaron a los obispos autores de la fechoría que daban por sentado que Spiridem se había quedado atrás y jamás podría llegar a tiempo a Nicea. Su sorpresa fue aún mayor cuando vieron que ¡el mulo blanco tenía la cabeza del picazo y éste la del mulo blanco!
Patammon Patammon era un sencillo ermitaño.
Oesius Oesius era famoso por su extremado puritanismo.
Myser de Nicolás El nombre de Myser de Nicolás ha pasado a la historia, especialmente recogido por los historiadores de la Iglesia, porque cada vez que Arrio hablaba, Myser se tapaba los oídos. Así pues, el Concilio estaba formado en su mayor parte por obispos que mantenían su fe de forma sin-cera y ardiente, pero sin demasiado conocimiento intelectual de las bases que utilizaban como fundamento. De repente, estos hombres se encontraron frente a los representantes más sutiles de la filoso fía griega de la época. Su forma de expresión era tal, que estos obispos, sinceros pero sencillos, apenas podían entender lo que se estaba diciendo. Incapaces de explicar racionalmente su conocimiento o de discutir con sus oponentes, la única posibilidad que tenían era aferrarse a sus creencias en silencio o asentir ante cualquier decisión del Emperador. Los delegados llegaron a Nicea unos días antes del inicio del Concilio. Se reunían en pequeños grupos en los que los temas más candentes se discutían con ardor y emoción. En estas reuniones, que tenían lugar en el gimnasio o en algún espacio al aire libre, los filósofos griegos lanzaban con precisión sus dar dos llenos de argumentos o con ansias de provocar el ridículo, causando así no poca confusión entre los delegados presentes. Por fin llegó el día señalado y los invitados se reunieron para la ceremonia de inauguración del Concilio, que iba a ser presidida por el Emperador en persona. El recinto preparado para celebrar las reuniones era un salón del palacio largo y rectangular. En el centro de la habitación se habían colocado copias de 200 todos los Evangelios conocidos, que entonces eran cerca de trescientos. Todas las miradas se dirigían al trono imperial, de madera tallada y chapado en oro. El trono estaba colocado en un extremo del salón entre dos filas de asientos colocados frente a frente. El profundo silencio se rompió con los sonidos lejanos de la procesión que se acercaba a palacio. Al poco rato, los dignatarios de la corte fueron entrando uno tras otro. En un momento dado, una señal procedente del exterior anunció que el Emperador estaba a punto de llegar. La totalidad de los presentes se puso en pie y, por primera vez para muchos de ellos, posaron sus asombradas miradas en el Emperador Romano, Constantino, el Augusto, el Grande. Su gran estatura, su cuerpo bien proporcionado, la anchura de los hombros y la elegancia de sus rasgos estaban en total armonía con lo elevado de su posición. Su expresión era tal, que muchos de los presentes lo tomaron como una manifestación de Apolo, el dios-sol romano. Muchos de los obispos estaban impresionados por la deslumbrante, aunque bárbara, suntuosidad de sus vestiduras. La larga cabellera estaba coronada con una diadema imperial cuajada de perlas. El manto escarlata resplandecía con piedras preciosas y bordados de oro. Calzaba con zapatos de color escarlata, privilegio exclusivo del Emperador ¡que ahora siguen utilizando los Papas! Osio y Eusebius se sentaron a ambos lados del Emperador. Eusebius dio comienzo a la ceremonia con un discurso dirigido al Emperador. Este contestó con una corta alocución en latín que fue traducida al griego, lengua que pocos entendían, incluido el Emperador, cuyo conocimiento del griego era más bien escaso. Una vez iniciada la reunión, se abrieron de par en par las compuertas de la controversia. Con un griego entrecortado, Constantino concentraba la energía de su discurso en un solo punto: conseguir una decisión unánime. Informó a los presentes que había quemado todas las peticiones que había recibido días antes procedentes de los diferentes partidos. Les aseguró que al no haberlas leído, su mente estaba abierta a cualquier postura sin mostrar predisposición hacia un grupo u otro. El representante de la Iglesia Paulina quería poner tres “partes” de Dios en el Trono Divino pero en las Escrituras sólo podía encontrar suficientes argumentos para dos. A pesar de ello, la tercera “parte” de Dios, esto es el “Espíritu Santo”, fue proclamada la tercera persona de la “Trinidad”, aunque no se esgrimió razón alguna que apoyara esta innovación, Por otro lado, los discípulos de Luciano estaban seguros del terreno que pisaban y obligaron a los Trinitarios a cambiar, de una posición intolerable, a otra aún peor que la anterior. Los Trinitarios buscaban la manera de definir al cristiano de forma que Arrio y el resto de los cristianos Unitarios quedasen excluidos de la definición, ya que la creencia en la Doctrina de la Trinidad, principal factor de diferencia entre ambos grupos, no aparecía mencionada en los Evangelios. Los Trinitarios decían que el “Hijo” lo era “de Dios”. Los Arrianos contestaban diciendo que ellos también lo eran puesto que en las Escrituras se dice: “Todas las cosas son de Dios” En consecuencia, decían, si se utiliza este argumento se demuestra la naturaleza Divina de todo lo que existe. Los obispos Paulinos decían entonces que Jesús no sólo era “de Dios” sino también “de la Esencia de Dios”. El nuevo matiz provocó la oposición de los cristianos ortodoxos ya que, según ellos, estas palabras no aparecían en las Escrituras. Así pues, el in lento de probar que Jesús era Dios, en vez de unir a los cristianos los dividía cada vez más. En un intento desesperado, los Trinitarios dijeron que las Escrituras afirman que “Jesús es la imagen eterna del Padre y el Dios Verdadero” 60 Los Arrianos replicaron argumentando que las Escrituras también dicen que “Los seres humanos son la imagen y la gloria de Dios”. En consecuencia, si se utilizaba este argumento, no sólo Jesús, sino todas las personas podían pretender la Divinidad. La discusión continuaba, no sólo en la sala de reuniones sino también en el interior del Palacio Imperial: Helena, la reina madre, prestaba su apoyo a la Iglesia Paulina. Era un animal político y la conveniencia administrativa corría por sus venas. Por otro lado, Constantina, la hermana del Emperador, creía en la Unidad Divina y era partidaria de Arrio. En su opinión, Arrio seguía la enseñanza original de Jesús. Constantina odiaba las intrigas y amaba y temía a Dios. El debate se extendía por toda la corte. Lo que había empezado como un Con cilio se había convertido en una intriga palaciega en la que el eunuco imperial y el cocinero de palacio jugaban papeles importantes. El Emperador, consumado estratega, se mantenía al margen haciendo que todo el mundo se preguntase cuál era su postura. Al ser pagano, no pertenecía a ninguna secta. En su opinión, esta era la posición más favorable. Cuanto más se prolongaba el debate más evidente era para los partidos en contienda que el Concilio no sería capaz de llegar a una decisión clara al respecto. No obstante, el apoyo del Emperador se consideraba necesario por ambas partes ya que, para la Iglesia Paulina significaría un mayor poder y para la Iglesia del norte de África el fin de las persecuciones. A fin de obtener el favor de Constantino, los obispos presentes acordaron introducir algunos cambios en su religión. La princesa Constantina había manifestado a Eusebio de Nicomedia que el Emperador deseaba sobre todo una Iglesia unida, ya que la división era una amenaza para el Imperio. Si no se llegaba a un acuerdo en el seno de la Iglesia, bien pudiera ser que el Emperador perdiese la paciencia y terminara por retirar su apoyo al Cristianismo. De ser éste el caso, la situación de los cristianos sería peor incluso que antes, y la enseñanza correría peligro. Aconsejado a su vez por Eusebio, Arrio y sus seguidores eligieron una postura pasiva, aunque decidieron no apoyar los cambios adoptados por el Concilio: Como en esa época la adoración del dios sol romano era un hecho muy extendido en el Imperio, y como al Emperador se le consideraba la encarnación en la tierra de dicha deidad, la Iglesia Paulina declaraba: • El sabbath cristiano sería el día del sol romano por eso se denomina día del sol (Sunday) y no porque Jesús le diera ese nombre. • El día del nacimiento de Jesús se establecía el 25 de diciembre día del nacimiento del dios sol puesto que para ese entonces nadie recordaba el día verdadero en que Jesús había nacido. • El emblema del Cristianismo sería el mismo emblema que el del dios sol, esto es, la cruz de luz. • Aunque la imagen de Jesús reemplazaría desde entonces al ídolo del dios sol, se decidió incorporar al culto cristiano muchas de las ceremonias que formaban parte de los ritos de la celebración del nacimiento del dios sol. No cabe duda de que para Constantino era reconfortante ver cómo disminuía la distancia existente entre el Cristianismo y la religión del Imperio. Y es probable que para la Iglesia Paulina esto supusiera un aumento de la estima imperial y el apoyo decidido a esta Iglesia que resurgía ahora con renovada firmeza. Por último, las nuevas creencias y conceptos que hasta este momento apuntalaban el dogma de la Trinidad, fueron aceptados como doctrinas fundamentales de lo que ahora se podía llamar “Cristianismo oficial”. Es posible que incluso en estos primeros esta dios, algunos de los defensores de las creencias y conceptos Paulinos tuvieran todavía un cierto grado de experiencia directa de la Unidad Divina y continuaran afirmándola, a pesar del nuevo lenguaje que se utilizaba. Para éstos, las nuevas doctrinas, que en un momento dado pasarían a formar parte de la doctrina oficial de la Trinidad, eran en realidad el me dio de describir sus propias experiencias. Como el lenguaje de la Unidad utilizado por Jesús estaba perdido en su mayor parte, estas personas habían recurrido a utilizar la terminología de la filosofía neo-platónica la cual, a pesar de no ser la más adecuada para estos propósitos, era todo lo que les que daba para indicar lo que sabían. Sin embargo, esta perspectiva sólo era accesible a unas pocas personas. “Paso por alto en silencio” escribía Apuleius “esas doctrinas sublimes y Platónicas que sólo comprenden unos pocos de entre los más piadosos y que son total mente desconocidas para los profanos” De forma similar, Platón observaba que: “Descubrir al Creador es difícil, pero explicárselo al vulgo es imposible” Pitágoras había dicho: “Hablar de Dios entre personas de opiniones predispuestas no es seguro. Decir la verdad o la mentira es igual mente peligroso” Aunque el uso de la terminología griega estaba justificado en el caso de aquellos que intentaban explicar la naturaleza de la Unidad Divina, la realidad era que intentarlo conducía al fracaso. No había manera de que el concepto griego “theos” —palabra que no estaba basada en ningún mensaje revelado—, pudiera abarcar la enseñanza superior que había sido revelada a Jesús. Las innovaciones de Pablo y de sus seguidores eran lo único que pare cían hacer posible este “matrimonio” de conceptos. Y para los que no podían aprehender las ideas de los filósofos griegos, la confusión era aún mayor. Este era el caso de la mayor parte de las personas que entraban en contacto con las nuevas creencias y conceptos que en un momento dado se amalgamaron y dieron luz a la doctrina “oficial” de la Trinidad. La confusión provocada dio lugar a una incesante especulación, hecho de sobra demostrado por el desarrollo tomado por el Concilio de Nicea. Así pues, a pesar de que la Doctrina de la Trinidad sigue siendo incomprensible para aquel que sea intelectualmente honesto y sincero, sí que es al menos posible comprender cómo tomó cuerpo dicha doctrina: aceptada de manera informal al comienzo, acabó siendo la conclusión oficial del Concilio de Nicea. También está claro, debido a la confusión causada por dicha doctrina, por qué Arrio insistía una y otra vez en buscar la guía en las fuentes del Cristianismo, en vez de recurrir al pensamiento de los filósofos griegos que, evidentemente, no procedía de la revelación confiada al Profeta Jesús. Una vez asegurados estos cambios en el Concilio de Nicea, fue posible alejarse un paso más de la enseñanza de Jesús y lo que conocemos hoy en día como el Credo Niceno fue redactado y juramentado por todos lo presentes con el apoyo total del Emperador Constantino. Este Credo entronizaba la visión de los cristianos Paulinos y tenía como apéndice los siguientes anatemas para así refutar las enseñanzas de Arrio: “Pero con respecto a los que dicen: ‘Ya existía cuando él no existía, y antes de nacer aún no era, y que vino a la existencia procedente de la nada’, o los que afirman que el Hijo de Dios es de sustancia o hipóstasis diferente, o ha sido creado, o está sujeto a alteración o cambio... Estas afirmaciones son anatematizadas por la Iglesia Católica”. Entre los firmantes del Credo Niceno, había quienes creían en él, otros que pretendían hacerlo a pesar de no saber en realidad qué estaban firmando y otros, la mayoría de los delegados asistentes al Concilio, que no estaban de acuerdo con la Doctrina de la Trinidad, pero firmaron el Credo con cierta reserva mental para así complacer al Emperador. Uno de los asistentes llegó a decir: “El alma no va a estar peor por un poco de tinta” 65 Refiriéndose a esta frase, el Profesor Gwatkin se queja de que ésta no era una es cena agradable para cualquier historiador. Es posible que la queja del Profesor Gwatkin se deba a que escribió su comentario no como historiador, sino como ¡un abogado que acepta el encargo de defender un caso perdido! Así fue como se decidió, bajo la presidencia de un Emperador pagano, cuál iba a ser la prueba de validez del cristiano ortodoxo. El resultado fue una sorpresa tanto para los cristianos Paulinos como para el grupo Unitario de Arrio. Es posible que nadie, excepto Constantino, imaginara este desenlace como producto de las reuniones. La idea de someterse a una prueba de validez universal para determinar qué significa ser cristiano, era un cambio revolucionario. A nadie le gustó. La inserción de una condena directa del Arrianismo era un paso más grave. Incluso los que habían consentido jurar el Credo lo habían hecho con cierto recelo; y ahora que se trataba de aceptar un anatema que contenía una terminología que no existía en ninguna de las Escrituras, y que tampoco había sido utilizado por Jesús ni por ninguno de sus compañeros más cercanos, los asistentes tuvieron que auto-convencerse de que lo habían hecho sometidos a una cierta coacción. El Concilio, que había comenzado con tantas expectativas, había fracasado por completo a la hora de obtener algún resultado. La única persona que sabía exactamente lo que es taba haciendo era el Emperador Constantino. Era consciente de que un Credo que no estaba basado en la convicción sino sólo en los votos no podía ser tomado en serio. Se puede creer en Dios, pero no se Le puede elegir con procedimientos democráticos. Constantino sabía cómo y por qué habían firmado el Credo los obispos, pero estaba decidido a impedir que se creyera que, en cierta manera, había obligado a los obispos a firmar en contra de sus propias convicciones. Así que se decidió recurrir a un milagro divino para reafirmar y asegurar las decisiones del Concilio: Todas las copias de los Evangelios —la relación escrita de las enseñanzas de Jesús y, en algunos casos, la transformación sufrida por dichas enseñanzas estaban todavía colocados en el centro del salón donde había sido puestos al comienzo del Concilio. ¿Cuáles de estas Escrituras eran las más verídicas y fiables?. Según una de las fuentes, en aquélla época existían al menos 270 versiones del Evangelio, aunque hay otras fuentes que aseguran la existencia de 4.000 Evangelios diferentes. Incluso en el caso de aceptar la cantidad más reducida, este número debía de ser bastante desconcertante para cualquier cristiano erudito de la época. La formulación de un credo a partir de conceptos ajenos a los Evangelios y, en algunos casos, en contradicción directa con éstos, hacía sin duda las cosas más confusas para los que se basaban en su lectura; por otra parte, la existencia de tal número de Evangelios era sin duda incómoda para otras personas. Se decidió que las copias de los diferentes Evangelios se colocasen debajo de una mesa en el Salón del Concilio. Luego todo el mundo abandonó la habitación, que se cerró con llave. Se pidió a los obispos que rezaran toda la noche pidiendo que las versiones más correctas y fiables del Evangelio de Jesús aparecieran sobre la mesa. Lo que no se sabe es quién guardó la llave del Salón del Concilio aquella noche. A la mañana siguiente, los Evangelios más aceptables para Atanasio, el representante de Alejandro —Mateo, Marcos, Lucas y Juan— estaban cuidadosamente colocados sobre la mesa. Entonces se decidió, a fin de facilitar el asunto, que se quemaran los demás Evangelios que aún quedaban bajo la mesa. A partir de entonces, la posesión de uno de los Evangelios no autorizados se convirtió en delito capital. El resultado de tal acción fue la muerte de más de un millón de cristianos Unitarios en los tres años siguientes a las decisiones tomadas en el Concilio de Nicea. Esta fue la forma expeditiva que utilizó Atanasio para alcanzar la unidad de los cristianos. Al volver de Nicea, los obispos no tardaron en reiniciar la disputa que habían dejado a un lado al ser llamados por el Emperador. La batalla comenzó de nuevo y el antiguo conflicto siguió con toda la fuerza de los episodios anteriores. Pronto se olvidaron de que el Credo Niceno que habían firmado significaba la aceptación de una profesión de fe. Los partidarios de Arrio no hicieron nada por ocultar la realidad: no creían que el Credo fuese una afirmación del auténtico Cristianismo. Atanasio era el único que seguía fiel al Credo, pero incluso sus partidarios tenían dudas al respecto. Mientras tanto, en Occidente el Credo apenas llegó a ser conocido. San Hilario, que aún no lo conocía treinta años después de la celebración del Concilio de Nicea, escribió lo siguiente: “Anatemizamos a los que defendemos. Condenamos las doctrinas de los demás en nosotros mismos o bien las nuestras en las de los demás y, despedazándonos recíprocamente, nos hemos convertido en la causa de la ruina mutua. La traducción (del Credo) del griego al latín era imperfecta ya que los términos griegos de la filosofía platónica, que habían sido consagrados por la Iglesia, no podían expresar los misterios de la fe cristiana. Los defectos de expresión en las Escrituras pueden introducir en la teología latina una larga serie de errores o incluso producir la confusión” . Sabinas, uno de los primeros obispos de Tracia, describe a los que se reunieron en Nicea como a un grupo de simples ignorantes. Califica la declaración de fe efectuada por el Concilio de haber sido promulgada por personas ignorantes que no sabían nada sobre el tema. Socritus el historiador, compara a los dos grupos en litigio con dos ejércitos que luchan en la noche sin saber los significados de las palabras que utilizan. El Dr. Stanley dice que si Atanasio, de joven, hubiese ejercitado la moderación que le caracterizó en la vejez, la Iglesia Católica no se habría dividido, habiéndose así evitado el derramamiento de mucha sangre. ***** Así fue como el Concilio de Nicea, en vez de eliminar la separación entre las sectas cristianas, lo que hizo fue aumentarla, incrementándose también la amargura existente entre ambos grupos. La aversión de la Iglesia era tal que, olvidando las virtudes de la razón y la persuasión, aprendió la eficacia de la violencia, comenzando así la primera gran carnicería contra los Arrianos. Poco tiempo después, los Godos y los Lombardos fueron “convertidos” de la misma manera. Luego siguió la terrible pérdida de vidas humanas como consecuencia inevitable de las Cruzadas. Durante la Guerra de los Treinta años en Europa, se estableció que la creencia en la Trinidadya no era suficiente: debía obedecerse también a la elite de gobierno de la Iglesia Paulina. Durante la Reforma tampoco las acciones de Lutero se dirigieron a recobrar la enseñanza auténtica de Jesús, sino que formaron parte de las luchas por el poder. Volviendo a los acontecimientos ocurridos inmediatamente después del año 325 d.C., nos encontramos que con el fallecimiento del obispo Alejandro en el año 328 d.C., se abrió un proceso muy agitado para la elección del Patriarca de Alejandría. Los Arrianos y los Meletianos presentaron batalla con todos los medios a su alcance, pero finalmente Atanasio fue elegido, proclamado y consagrado obispo. La elección fue puesta en duda. Los que se oponían a la misma se quejaron de persecución, intrigas políticas e incluso magia. Mientras tanto, en la corte imperial, Constantina, la hermana del Emperador, amante y temerosa de Dios, seguía denunciando la matanza de cristianos. Jamás intentó ocultar el hecho de que, para ella, Arrio representaba el Cristianismo verdadero. También se oponía al trato que había recibido Eusebio de Nicomedia, a quien el Emperador había desterrado por sus creencias. Por fin consiguió su propósito y a Eusebio se le permitió regresar. Su vuelta fue un duro golpe para el grupo de Atanasio. Sin embargo, poco a poco, el Emperador comenzó a mostrar sus simpatías hacia el grupo de Arrio. Cuando Constantino se enteró de la controversia surgida en torno a la elección de Atanasio, le pidió que viniera a la capital del Imperio. Sin embargo, Atanasio esgrimió algunas excusas y no fue a Constantinopla. En el año 335 d.C. se celebró un Concilio en Tiro para celebrar los treinta años del reinado de Constantino. Esta vez Atanasio se vio obligado a asistir. Fue acusado de tiranía episcopal y la atmósfera es taba tan cargada de oposición hacia su persona, que decidió abandonar el Concilio sin esperar a oír las posibles decisiones tomadas al respecto. Atanasio fue condenado. A continuación, los obispos se reunieron de nuevo en Jerusalén, donde se confirmó la condena de Atanasio. Arrio fue recibido de nuevo en el seno de la Iglesia y se le permitió recibir la comunión. Arrio y su amigo Euzous fueron invitados a Constantinopla por el Emperador. La paz entre Arrio y el Emperador estaba ya prácticamente sellada y, para ir aún más lejos, los obispos volvieron a condenar oficialmente a Atanasio. Presa de la desesperación, Atanasio decidió enfrentarse al león en su propia guarida. Fue a Constantinopla y el Emperador le concedió audiencia. Eusebio de Nicomedia también estaba presente. Eusebio sabía que las decisiones tomadas en el Concilio de Nicea estaban dirigidas contra Arrio por razones políticas. Así que, en vez de iniciar un debate eclesiástico que el Emperador no habría comprendido, Eusebio acusó a Atanasio de obstaculizar el su ministro de grano con destino a la capital. Esta táctica cogió a Atanasio totalmente por sorpresa. Descubrió con amargura que había otro capaz de jugar el juego en que él era tan experto. La acusación fue probada fácilmente y Atanasio fue enviado a Trier, en la Galia. Arrio fue nombrado Obispo de Constantinopla. Sin embargo, murió envenenado poco tiempo después, en el año 336 d.C. La Iglesia Paulina dijo que era un milagro, pero el Emperador sospechaba el asesinato. Nombró una comisión para investigar la muerte que había ocurrido de manera tan misteriosa. Se descubrió que Atanasio era el responsable y fue condenado por el asesinato de Arrio. El Emperador, profundamente conmovido por la muerte de Arrio e influenciado por su hermana sin duda alguna, se convirtió al Cristianismo poco tiempo después. Fue bautizado por Eusebio de Ni comedia y murió un año más tarde, en 337 d.C. Así fue como Constantino, que había dedicado parte de su reinado a perseguir a los que afirmaban la Unidad Divina y apoyar a sus detractores, murió en la fe de los que había sentenciado a muerte. Arrió jugó un papel fundamental en la historia del Cristianismo. No fue sólo el medio principal por el que Constantino aceptó el Cristianismo, sino que también representó a los que seguían las enseñanzas de Jesús. Cuando la guía estaba empezando a ser seriamente erosionada, y cuando la memoria de Jesús como hombre que encarnaba su mensaje comenzaba a desvanecerse, Arrio destacó entre los hombres de su tiempo como una persona que no es taba dispuesta a aceptar con complacencia este desarrollo de los acontecimientos. Arrio creía que Dios es Uno y que, en consecuencia, esta creencia era sumamente sencilla. Arrio creía que Dios es el Único no engendrado, el Único Eterno, el Único sin principio, el Único Bueno, el Único Todopoderoso, el Único Inmutable e Inalterable y su Ser está oculto por un misterio eterno ante el ojo externo de todo ser creado. Arrio era contrario a cualquier idea que atribuyera características humanas a Dios. Arrio predicaba con fervor que se siguiera a Jesús totalmente. Estaba dispuesto a reconocer en Jesús cualquier atributo compatible con su naturaleza humana y que, a su vez, no estuviera en contradicción con los atributos y la Unidad de Dios. En con secuencia, rehusaba aceptar cualquier idea que propiciara la creencia en una Divinidad múltiple, rechazando en concreto todo dogma que aceptase a Jesús como ser divino. Según su opinión, la esencia principal de la Divinidad es que ni engendra ni es engendrada, con lo cual jamás podrá haber “hijo” de Dios en el sentido estricto. Si se atribuye a Dios la posibilidad de engendrar, decía Arrio, el concepto en sí constituye un ataque contra la peculiaridad única de Dios. Es una forma de atribuir a Dios, aunque sólo sea de forma indirecta, la corporalidad y las pasiones que son atributos del ser humano, además de implicar con ello que el Todopoderoso está sometido a la necesidad, lo cual es evidentemente falso. Así pues, en cualquier caso, es imposible imputar a Dios la posibilidad de engendrar. Arrio declaraba también que Jesús, como ser finito, era diferente a Dios, que es Eterno. Es posible imaginar un momento en el que Jesús no existía, lo cual demuestra también que Jesús es diferente a Dios. Jesús no es parte de la Esencia de Dios sino una criatura de Dios, lo mismo que el resto de los seres creados, aunque es evidente su singularidad con respecto al resto de los seres humanos al carecer de padre y haber sido escogido como Profeta. Arrio argumentaba que en vez de compartir la Esencia Divina de alguna manera, Jesús ni siquiera comprendía totalmente su propia esencia. Tenía que de pender, como cualquier otro ser creado, de la ayuda de la gracia Divina mientras que Dios es total mente independiente. Jesús, como cualquier otro ser humano, tenía libre albedrío y una naturaleza h mana que podía conducirle a acciones que fueran agradables o no a Dios. Sin embargo, añadía Arrio, aunque Jesús fuera potencialmente capaz de actuar de manera desagradable ante Dios, la pureza y la virtud que Dios le había otorgado, le impedían hacerlo. Estos postulados básicos contenidos en las creencias de Arrio han perdurado hasta nuestros días y son todavía los fundamentos de la creencia de muchos cristianos Unitarios. Tras la muerte de Constantino en el año 337 d.C., el siguiente emperador, Constancio, aceptó también la fe de Arrio, y la creencia en la Unidad Divina si guió siendo oficialmente aceptada como la forma del Cristianismo “ortodoxo”. Una conferencia que tuvo lugar en Antíoca en el 341 d.C. aceptaba el monoteísmo como la auténtica base del Cristianismo. Esta disposición fue confirmada por otro Concilio celebrado en Sirmium en el 351 d.C., al que asistió el Emperador que estaba en el poder. Así pues, en esos momentos, la enseñanza a la que Arrio se había aferrado con tanta certeza estaba siendo aceptada por la gran mayoría de los cristianos, tanto del Imperio Romano Oriental como del norte de África. En el año 359, San Jerome escribía que: “el mundo en tero se quejaba y se maravillaba de descubrir a Arriano”. En los años siguientes, los cristianos Trinitarios aumentaron en número, pero incluso en el año 381 d.C., la religión oficial del Emperador de Constantinopla todavía se declaraba Arriana. Sin embargo, el Concilio de Constantinopla del año 381 d.C. otorgó oficialmente el estatus divino al Espíritu Santo, y una vez “conseguido” esto, ya fue más fácil que antes argumentar que la doctrina de la Trinidad no sólo era posible, sino también correcta. Desde ese momento, la doctrina de la Trinidad comenzó a ser aceptada gradualmente como la base del Cristianismo en Europa Occidental. Este fenómeno de “Concilios” y declaraciones “oficiales” demuestra lo mucho que los cristianos “ortodoxos” de la Europa Oriental se habían apartado de lo enseñado por Jesús, la paz sea con él. Jesús nunca había recurrido a estos procedimientos, que solamente tenían lugar en las cortes de los gobernantes, ¡puesto que la sabiduría y la discusión son incompatibles! En el 387 d.C., Jerome había completado su conocida “Biblia Vulgata”. Era esta la primera traducción al latín de parte de las Escrituras que habían sido traducidas al griego a partir de textos hebreos. Incluía lo que hoy conocemos como el Antiguo Testamento. Esta Biblia es la que se convirtió en el texto básico para las Biblias traducidas a otras lenguas y fue la adoptada por las Iglesias Católicas Romanas —y más tarde también por las Protestantes— como libro canónico oficial. Una vez establecida esta versión, el resto de Evangelios y Escrituras no incluidas en la selección hecha por Jerome, fueron casi destruidas por estas dos Iglesias Trinitarias en un momento u otro. Así fue como, a la vez que la versión “canónica” se iba asentando, el contacto con el Jesús real se iba perdiendo. En nuestros días, por ejemplo, son pocos los cristianos conscientes de la cantidad de Evangelios que llegó a haber o del por qué o cuándo fueron destruidos. La mayor parte de los que conocen esta realidad histórica lo explican declarando que los Evangelios desaparecidos habían sido escritos por “herejes”, o bien que eran meros duplicados de lo que constaba en los Evangelios oficialmente acepta dos, o incluso dicen que carecían de fiabilidad por alguna otra razón. Más aún: la mayor parte de los cristianos desconocen totalmente la investigación llevada a cabo, especialmente durante este siglo, sobre la autenticidad, exactitud y fiabilidad de los contenidos de la Biblia. Al no estar informados de los descubrimientos y conclusiones de dicha investigación es probable que mantengan, a pesar de contradecir lo que ya saben los líderes de las Iglesias establecidas, que los contenidos de la Biblia son la “palabra de Dios” traducida a su propio idioma a partir de textos auténticos que narran con toda exactitud los acontecimientos escritos por testigos presénciales. Todo esto es debido, como indica el Dr. Bucaille en su obra “La Biblia, el Corán y la Ciencia”, a que estos cristianos han sido deliberadamente engañados: “En las ediciones de la Biblia producidas para el gran público, las notas introductorias presentan a me nudo un repertorio de ideas encaminadas a persuadir al lector de que los Evangelios apenas presentan problemas en lo que se refiere a las personalidades de los autores, la autenticidad de los textos y lo verídico de las descripciones. A pesar de existir tal desconocimiento con respecto a los autores, de cuya identidad ni siquiera estamos seguros, encontramos en estas no tas de la introducción una gran cantidad de información que parece muy precisa. A menudo presenta como certeza lo que es pura hipótesis, o declaran que tal y tal evangelista era testigo presencial de los sucesos, a pesar de existir especialistas que afirman justo lo contrario. El tiempo transcurrido entre el final de la presencia de Jesús y la aparición de los textos, es exageradamente reducido. Podría hacernos creer que es tos textos fueron escritos por una persona a partir de tradiciones orales, cuando la realidad es que los especialistas han mostrado adaptaciones hechas en los textos. Por supuesto que se mencionan ciertas dificulta des de interpretación aquí y allí, pero pasan por alto contradicciones manifiestas que sin duda sorprenden a quien medite sobre ellas. En los pequeños glosarios, que junto con los apéndices complementan un prefacio tranquilizador, se observa cómo las improbabilidades, las contradicciones o los errores más evidentes han sido ocultados o enterrados bajo argumentaciones inteligentes de naturaleza apologética. Esta situación, que muestra la naturaleza engañosa de tales comentarios, no deja de ser preocupante”. El Dr. Bucaille continúa diciendo: “La mayor parte de los cristianos creen que los Evangelios fueron escritos por testigos presénciales de la vida de Jesús, y que constituyen en consecuencia una prueba incuestionable en lo que se refiere a los sucesos que marcan su vida y enseñanzas. Ante la existencia de tales garantías de autenticidad, es asombroso pensar que sea posible discutir las enseñanzas derivadas de los mismos y que pueda ponerse en duda la validez de la Iglesia como institución, si se aplican las instrucciones generales dadas por Jesús. Las ediciones más populares del Evangelio de hoy en día, contienen comentarios cuyo fin es la propagación de estas ideas entre el público en general. La validez de los autores del Evangelio como testigos presénciales se ha presentado a los creyentes como un principio indiscutible. A mediados del siglo II, San Justino tituló a los Evangelios: las “Memorias de los Apóstoles ‘ Por otra parte, hay tantos detalles especificados en relación con los autores que es asombroso dudar de su fiabilidad; se dice incluso que hablaban arameo y griego. Mateo era una persona de sobra conocida, “un funcionario de aduanas que prestaba servicios en el fielato de Cafarnaún”. Marcos es fácilmente identificable como el compañero de Pedro; no hay duda de que también él era un testigo presencial. Lucas es el “querido médico” mencionado por Pablo: la información sobre él es muy precisa. Juan es el apóstol que estaba siempre cerca de Jesús; era hijo de Zebedeo, un pescador del mar de Galilea. Pero los estudios más recientes sobre los orígenes del Cristianismo demuestran que esta manera de presentar las cosas apenas se corresponde con la verdad. Veremos quiénes eran en realidad los autores de los Evangelios. Por lo que respecta a las décadas siguientes a la misión de Jesús, debe entenderse que los acontecimientos no ocurrieron de la manera que se describe y que la llegada de Pedro a Roma no significó el establecimiento de las bases de la Iglesia. Antes al contrario, desde que Jesús dejó la tierra y hasta la segunda mitad del siglo II, existió una disputa entre dos grupos. Uno de ellos podría llamarse el del Cristianismo Paulino y el otro el Judeocristiano. Lenta, pero paulatinamente, el primero suplantó al segundo y el Cristianismo Paulino ganó la partida”. Desde entonces, y como resultado de este “triunfo”, la naturaleza del conflicto ha sido ocultada por la Iglesia Trinitaria —hasta el punto de que a la mayor parte de los cristianos se les enseña que los cristianos Trinitarios son los “verdaderos” cristianos y los Unitarios unos “herejes” extraviados cuyas creencias no deben tomarse en consideración bajo ninguna circunstancia. En este punto sería de mucha ayuda considerar, aunque sólo sea brevemente, los orígenes, autenticidad, exactitud y fiabilidad no sólo del Nuevo Testamento, sino también de las dos Escrituras primeras que fueron condenadas por la Iglesia Trinitaria pero que sobrevivieron a los intentos de destrucción: “El Evangelio de Bernabé” y “El Pastor de Hermas”.
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