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CULTURA ISLÁMICA |
VOLVER A KIRKUK: LA TRAGEDIA DE LOS KURDOS |
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BOLETIN Nº31 - octubre 2004 |
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Un pueblo grande, de larga historia y siempre dividido, clama por su independencia. MANUEL MARTORELL narra un siglo de lucha y muerte de los kurdos de Irak, que hoy aspiran al autogobierno dentro de un Estado federal.
A comienzos de los años setenta, los peshmergas del general Mustafá Barzani se saludaban o se despedían antes de entrar en acción con la consigna: “¡El año que viene, en Kirkuk!”. Kirkuk era su gran objetivo, la capital del futuro Kurdistán autónomo, algo que no podía aceptar el Gobierno de Bagdad, porque suponía renunciar a su principal enclave petrolífero. No era la primera vez que se plantaba este enfrentamiento en la llamada “cuestión kurda” de Irak; en realidad, desde su independencia en 1932 todos los intentos por resolver los problema internos del país han tropezado en esta misma piedra. Ocurrió durante las sublevaciones del cheik Mahmud Berzenji contra los británicos en los años 20, después con la monarquía del rey Feisal y la dictadura del general Karim Kasem y, más tarde, con los sucesivos gobiernos del Partido Árabe Socialista del Renacimiento (Baas). Incluso, acabada la Guerra del Golfo de 1991, las negociaciones entre los kurdos y Sadam Husein fracasaron por el mismo motivo. Tras el último conflicto, el contencioso kurdo vuelve a ser uno de los problemas más difíciles de resolver para la administración norteamericana. El origen del problema se remonta a la formación del Estado de Irak, desgajado del Imperio Otomano al ser derrotados los turcos en la I Guerra Mundial (ver La Aventura de la Historia, n° 53, “Irak, encrucijada de ambiciones” y n° 55, “El reparto del botín otomano”). Los territorios kurdos del actual Irak no formaban parte, antes de la Gran Guerra, de la histórica región árabe, integrada por los vilayatos de Bagdad y Basora y más conocida entonces como Baja Mesopotamia. Al contrario, el Kurdistán iraquí coincidía con el vilayato de Mosul, que ni siquiera estaba ocupado por los británicos cuando se firmó el Armisticio de Mudros en 1918. Cuando Gran Bretaña ofreció la independencia a los árabes por combatir junto a T. E. Lawrence “de Arabia” contra los otomanos, este vilayato quedaba fuera del proyecto de Gran Arabia del cherif de La Meca, Husein ben Alí, cuyos límites eran el mar Mediterráneo, Egipto, el mar Rojo, Adén, el Golfo Pérsico y, por el norte, los vilayatos de Mosul y Alepo, poblados por los kurdos que hoy viven en Irak y Siria.
Tierra irredenta La realidad es que los territorios kurdos del vilayato de Mosul y los árabes de la Baja Mesopotamia, representan dos países distintos, separados por una “frontera” natural que delimitan los montes Sinjar, el cauce del río Tigris desde el norte de la ciudad de Mosul hasta la confluencia con el Pequeño Zab y los montes Hamrin. Al norte de esta línea aumenta considerablemente la vegetación y el arbolado y abundan los ríos y manantiales; el terreno se levanta progresivamente hasta alcanzar los 3.000 metros en los montes Zagros, y allí es frecuente la lluvia y las nieves en invierno. Esta zona permite los cultivos de cereales y la fruta y la ganadería. Todo es distinto en este territorio, aunque la mayor diferencia de todas es el origen étnico de su población, su lengua, sus costumbres y tradiciones, la forma de vestir e, incluso, los vínculos sociales de sus gentes, determinados por la organización clánica en aldeas de montaña. Estas diferencias hunden sus raíces en la Historia, remontandose al período en que la alianza medo-escita (indoeuropea) de las montañas destruyó el Imperio Asirio (semita) de las llanuras mesopotamicas en el siglo VII antes de Cristo, dando pie al surgimiento del poderoso Imperio Persa. En total, son 75.000 kilómetros cuadrados y entre cuatro y cinco millones de habitantes —con importantes minorías asirias (cristianos) y turcomanas—, que representan, respectivamente, el 17 por ciento de todo el territorio iraquí y el 16 por ciento de su población. Del Kurdistan histórico, los partidos kurdos hace décadas que han dejado de reivindicar la ciudad de Mosul y las comarcas de Badra y Mandali —habitadas por kurdos feli junto a la frontera iraní a la altura de Bagdad— pero consideran irrenunciables tanto la ciudad de Kirkuk como la de Kanaquín y la región de Sinjar, situada entre Mosul y la frontera con Siria. Sobre estas tres zonas estriba el irredentismo kurdo y, por tanto, la estabilidad de todo el país, ya que el Gobierno central no está dispuesto a entregarlas a los kurdos, por el valor económico y estratégico que tienen. Sin embargo, los partidos kurdos están dispuestos a reemprender la guerra si esos territorios no son incluidos en su proyecto autonómico. Sinjar está habitado por yezidíes —kurdos de religión zoroastriana— y su territorio “cierra” la principal ruta comercial a Europa por Turquía, tiene importantes reservas petrolíferas y una importante producción cerealística, al punto que está considerado el granero de Irak. Kanaquín controla la ruta estratégica y comercial que, desde Estambul, comunica Anatolia con Irán a través de Mesopotamia; finalmente, Kirkuk representa la primera fuente de reservas de crudo del país, extendiéndose, además, las bolsas de petróleo del noroeste al sureste de la zona.
La chispa de la sublevación Las cláusulas del Armisticio de Mudros de 1918 colocaron a las autoridades turcas en una posición claudicante que les obligó a renunciar, en el Tratado de Sévres de 1920, a unos territorios que consideraban intrínsecamente unidos al Imperio Otomano. Este tratado, además, reconocía en el Título III, referido al Kurdistán, el derecho a la autodeterminación del pueblo kurdo, de la misma manera que se hacía con los armenios y los árabes. La vinculación del vilayato de Mosul a los territorios árabes entregados al rey Feisal por los británicos provocó la primera sublevación del cheik Mahmud Berzenji y las maniobras de Turquía para alzar en armas a otras tribus kurdas de la región. Para aplacar las protestas de los kurdos y abortar las maniobras de Turquía, el nuevo reino de Irak y Gran Bretaña prometieron —declaración oficial a la Sociedad de Naciones, el 24 de diciembre de 1922— a los habitantes del vilayato de Monsul autonomía política y un gobierno propio, con la posibilidad de decidir “por sí mismos” el tipo de relación que tendrían tanto con Bagdad como con Londres. Mahmud Berzenji, que también era un importante jefe religioso de la orden de los kaderis —musulmanes sufíes heterodoxos— aprovechó esta oportunidad histórica para proclamarse hokemdar (gobernador) y después rey del Kurdistán; diseñó una bandera —verde con un círculo rojo y una media luna blanca en el centro—, un escudo —dos janyares (puñales curvos con empuñadura en forma de T)—, nombró un gobierno y creó un ejército que tenía fuerzas de caballería y ametralladoras pesadas. Londres, que inicialmente toleró el autogobierno aunque advirtiendo que Kirkuk quedaba fuera de su jurisdicción, terminó aplastando el conato independentista, utilizando la aviación y fuerzas expedicionarias integradas por sijs y gurkas llevados desde la India.
El papel de Ataturk La situación internacional cambió radicalmente al triunfar en Turquía la revolución nacional de Mustafá Kemal , que más tarde sería conocido como Ataturk (Padre de los Turcos), que expulsó a los aliados de Asia Menor, derrotó a los griegos y logró la anulación del Tratado de Sévres al tiempo que forzaba el de Lausana, que no hacía mención alguna a la independencia kurda y durante cuyas negociaciones Turquía hizo patentes sus derechos sobre el vilayato de Mosul. Ismet Inonu, primer ministro, mano derecha de Ataturk y jefe de la delegación turca, defendió estos derechos argumentando el claro predominio étnico no árabe —kurdos, turcos y asirios— del territorio que Londres quería integrar en el nuevo reino de Irak. Al no haber acuerdo, el Tratado de Lausana (Artículo 3) dejó la delimitación de las fronteras entre Irak y Turquía en manos de una comisión, que elaboró su informe justo cuando en el sureste de Turquía estallaba una gigantesca insurrección kurda liderada por el cheik Said, igualmente para reclamar la autonomía prometida en el Tratado de Sevres. El temor a asumir un grave problema interno llevó al Gobierno de Ataturk a aceptar, a regañadientes, la decisión que la Sociedad de Naciones tomó el 16 de diciembre de 1925 fijando la actual frontera entre Turquía e Irak y adjudicando el vilayato de Mosul al nuevo reino hachemita, al que Londres concedió primero una Constitución (1924) y la independencia ocho años después. La nueva Constitución iraquí se olvidaba igualmente de la autonomía y gobierno kurdos para remitirse a unas futuras leyes especiales (artículos 109, 110 y 111) que reglamentarían las formas de gobierno municipal y provincial. El tratado británico-iraquí de 1930 preparando la declaración de independencia de ese reino, ni siquiera mencionaba al pueblo kurdo y se refería a esta región como “Norte de Irak”. La respuesta no se hizo esperar. Las protestas de personalidades kurdas y las manifestaciones callejeras iniciaron una revuelta al frente de la cual volvió a ponerse el cheik Mahmud Berzenji. El 6 de septiembre de ese año, el recién creado ejército iraquí disolvió a tiros una manifestación multitudinaria en Suleimania provocando treinta muertos; la Royal Air Force bombardeó esta ciudad y otros feudos rebeldes, utilizando bombas incendiarias por primera vez contra la población kurda. Desde entonces, las insurrecciones kurdas no han cesado, reclamando siempre aquellos territorios incluidos en el vilayato de Mosul. A Mahmud Berzenji le relevó Mustafá Barzani en los años 1943 y 1944. Tras apoyar la fundación de la frustrada República de Mahabad (Irán, 1946-1947) y retornar de su exilio Soviético, en 1958, desencadenó la Guerra de liberación nacional (1961-1975), de la que surgirían los dos principales movimientos políticos que llegan a nuestros días: el Partido Democrático del Kurdistán (PDK), liderado por su hijo Masud Barzani, y la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), de Jalal Talabani. Los peshmergas —literalmente: quienes caminan frente a la muerte—, con la ayuda del Sha de Persia, lograron controlar la mayor parte del territorio kurdo durante la “guerra de liberación’ dirigida por Mustafá Barzani; el Ejército iraquí, poco preparado para la guerra de guerrillas, cosechaba derrota tras derrota, incluso en batallas que duraban semanas enteras y en las que participaban miles de soldados, como la del monte Hendrin (mayo-junio de 1966), en la que las fuerzas iraquíes tuvieron cientos de muertos y abandonaron una batería completa de artillería de montaña, cuatro morteros pesados, seis ametralladoras, cientos de fusiles y munición de todos los calibres.
Aparece Sadam Husein Este fracaso militar de los primeros gobiernos del Baas fueron determinantes en el ascenso de Sadam Husein al poder, ya que para la tendencia baasista liderada por Sadam Husein y los “tikriti”, la resolución del problema kurdo era fundamental si se quería conseguir el objetivo de crear la gran Nación Árabe; para ello era necesario, en primer lugar, crear un Irak fuerte dotándose del ejército más moderno y poderoso de la región, y, en segundo lugar, llegar a un acuerdo con Mustafá Barzani. Fue Sadam Husein quien llevó personalmente las negociaciones con Barzani y, de nuevo, el principal obstáculo para un acuerdo fue la delimitación de la futura autonomía. Finalmente se acordó, el 11 de marzo de 1970, que el gobierno autónomo administraría una región que unificaría los distritos con mayoría kurda, para lo que se debía elaborar un nuevo censo. Inicialmente se comenzó a aplicar la autonomía en las provincias de Dahok, Arbil y Kirkuk, mientras que la inclusión de las zonas sensibles —Sinjar, Kirkuk y Kanaquín— debía ser resuelta con el nuevo censo en la mano. Las negociaciones siguieron hasta la proclamación oficial de la autonomía cuatro años después —el 11 de marzo de 1974—. La víspera, solamente quedaba por superar el principal escollo: Kirkuk. El Gobierno de Bagdad se negaba a efectuar un nuevo censo sobre la ciudad y propuso un gobierno mixto —kurdo/árabe— de la provincia de Kirkuk, pero dependiendo del Gobierno central. Al día siguiente, los representantes kurdos realizaron tres contraofertas, una de las cuales contemplaba un “estatutu especial” para este centro petrolífero, pero el Baas proclamó unilateralmente el “estatuto de autonomía”, que fue rechazado por Mustafá Barzani. Los combates se reanudaron en todos los frentes. La activa resistencia kurda fue quebrada por los llamados “acuerdos de Argel”, auspiciados por el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, entre Sadam Husein y el sha Reza Phalevi, ya que Irán se comprometía a bloquear la ayuda a las fuerzas kurdas a cambio de la margen derecha del estuario Shat al Arab, por el que desembocan en el Golfo Pérsico los ríos Tigris y Éufrates. Sin refugios en Irán, sin fuentes de aprovisionamiento y presionados por todo el potencial militar iraquí, la resistencia kurda se desplomó. A partir de entonces, especialmente después de que Sadam Husein asumiera la presidencia, en julio de 1979, comenzó una política de arabización forzada de las zonas disputadas —Sinjar, Kirkuk y Kanaquín— y también de otras incluidas inicialmente en el estatuto de autonomía. La campaña de limpieza étnica afectó muy especialmente a la provincia y ciudad de Kirkuk. El estudio llevado a cabo por el jurista Nuri Talabani, avalado por la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de los Lores británica, indica que la población kurda de Kirkuk se ha reducido de un 66 a un 40 por ciento durante el siglo XX.. Las medidas municipales para disminuir el predominio kurdo de esta ciudad consistían, fundamentalmente, en colocar trabas administrativas que obligaban a muchas familias a emigrar: construcción de nuevos barrios árabes, destrucción paralela de los viejos barrios kurdos —incluida la antigua ciudadela—, apertura de grandes avenidas por zonas pobladas por kurdos, rechazo de permisos para reformar las casas, prohibición de adquirir nuevas viviendas, fomento de matrimonios mixtos, despido de trabajadores kurdos de la industria petrolífera, de la administración y de los centros educativos.., pero la más “popular” fue la llamada “Campaña de los Diez Mil Dinares”, que consistía en ofrecer esta cantidad de dinero, más casa y trabajo, a aquellos matrimonios árabes procedentes de otras partes de Irak que decidieran instalarse en esta ciudad.
Guerra química Mucho más dura fue la represión del nuevo movimiento guerrillero, que reanudó la lucha aprovechando la guerra entre Irak e Irán. El Ejército iraquí se dedicó, especialmente a partir de 1988, a destruir sistemáticamente pueblos y ciudades kurdas, provocando desplazamientos en masa de la población y bombardeando con armas químicas las zonas más conflictivas. De acuerdo con los estudios realizados en base a la documentación localizada tras la Guerra del Golfo de 1991, la denominada Ofensiva Anfál destruyó más de 4.000 localidades, entre ellas ciudades importantes como Kala Diza (70.000 habitantes). Otro estudio, éste de Christine Gosden, de la Facultad de Medicina de Liverpool, concluye que durante esta ofensiva al menos 200 pueblos fueron atacados con bombas químicas y que, aproximadamente, el 10 por ciento de la población kurda de Irak estuvo expuesta, de una u otra forma, a los agentes químicos. Las autoridades kurdas aseguran que el número de sus muertos y desaparecidos se acercaba a los 180.000. Cuando terminó la Guerra del Golfo de 1991, el genocidio kurdo de Irak estaba en su fase final y la creación de las zonas de exclusión aérea permitió a los kurdos recuperar el control de su territorio e iniciar una experiencia de autogobierno que devino lo más parecido a un Estado independiente. La forma en que ha terminado la pasada guerra de Irak, no solamente alienta las esperanzas kurdas de legalizar esta “independencia” en un futuro Estado federal, sino también de reclamar los territorios hasta ahora negados por el Gobierno central: Sinjar, Kanaquín y, sobre todo, Kirkuk, habitada actualmente por kurdos, turcómanos, árabes y cristianos asirios. Las principales fuerzas kurdas que han colaborado con Estados Unidos en la pasada guerra proponen resolver definitivamente este problema, instaurando un modelo federal semejante al de Bélgica, en el que dos entidades federadas —kurdos y árabes— convivan en Kirkuk bajo un estatuto especial, aunque situado dentro de la autonomía. La solución es extremadamente difícil, sobre todo, porque primero hay que resolver el problema de miles de familias kurdas que fueron expulsadas de la ciudad y que ahora quieren regresar a sus hogares, muchos de los cuales están ahora ocupados por árabes. Además, los grupos turcómanos de Kirkuk, apoyados por el Gobierno de Ankara, se oponen a este tipo de solución y desean declarar a Kirkuk capital de una entidad autónoma turca, algo que no aceptan los partidos kurdos, que están dispuestos a volver a tomar las armas por este motivo, lo cual colocaría de nuevo a Irak al borde de la guerra civil. Aunque se haya nombrado un consejo municipal de carácter provisional, los nuevos administradores de Irak tienen un gran reto en Kirkuk, ya que si logran resolver este histórico contencioso, garantizarían, al menos, la estabilidad y coexistencia de árabes chiíes, suníes, kurdos, turcómanos y cristianos asirios en el norte del país.
¿TRIBALISMO O REVOLUCION?
urante la pasada guerra de Irak, cuando la cuestión kurda volvió al primer plano de la actualidad, se repitieron algunos tópicos sobre los movimientos políticos de este pueblo, calificando, por ejemplo, a sus dirigentes —especialmente a Masud Barzani Jalal Talabani— de jefes tribales, poco menos que de feudales señores de la guerra. Es cierto que la sociedad kurda históricamente se ha estructurado a través de vínculos tribales y clánicos debido al peculiar habitat de los kurdos: aldeas aisladas en las montañas. Pero también lo es que esa organización social ha desaparecido en buena parte debido a la destrucción sistemática de esos pueblos —sólo en Irak, más de 4.000— a la eliminación física de muchos de los clanes, a la intensa urbanización que ha sufrido en los últimos 30 años el Kurdistán iraquí, precisamente debido al traslado de la población kurda a las grandes ciudades, en las que los partidos han tomado el relevo a los jefes tribales. De todas formas, ni siquiera en el caso del mítico general Mustafá Barzani padre de Masud— y mucho menos en el de Jalal Talabani —profesor universitario de formación marxista—, se puede hablar de liderazgo tribal. Mustafá Barzani (1904-1979) ni siquiera era el jefe del clan, cargo que correspondía a su hermano mayor, Ahmed, quien, cuando Mustafá inició su guerra de liberación nacional, declaró neutral la comarca de Barzán, feudo del clan. La realidad es que los Barzani han jugado un papel aglutinante de una serie de organizaciones y personalidades nacionalistas de la más variada procedencia ideológica. De hecho, el movimiento político —el Partido Democrático del Kurdistán (PDK)— de Mustafá Barzani responde a los planteamientos nacionalistas de la burguesía de Su leimania, con las que entró en contacto cuando fue deportado por los británicos a esta ciudad; igualmente, su trayectoria recuerda más al proyecto nacional del cheik Mahmud Berzenji —de Suleimania— que a las revueltas tribales de su tierra natal. Uno de sus principales apoyos durante su primera sublevación (1943-1944) fue el grupo Hewa (Esperanza), integrado por jóvenes e intelectuales progresistas, del que surgiría el Partido Comunista Chorech (Revolución). Cuando Barzani regresó de su exilio en la URSS, tras haber apoyado a la República pro-soviética de Mahabad (Kurdistániraní), estaba claramente influenciado por el marxismo. Además, en su ausencia, el PDK había estado dirigido por Ibrahim Ahmed, que le dio una orientación claramente le ninista. Durante estos años, el PDK disputó al Partido Comunista de Irak la misma base social, hasta el punto de que en junio de 1957 la sección kurda del PCI se integró en el PDK, obligando a la dirección del PCI a reorganizar el partido en el Kurdistán partiendo de cero. Finalmente, al poner en marcha “la guerra de liberación” en 1961, Barzani reestructuró el partido, colocando en su comité ejecutivo a cinco dirigentes ajenos a la región de Barzán, ideológicamente de izquierda y con formación universitaria. De ahí surge la consolidación del PDK actual, que se definía, en su programa de 1966, como un “partido democrático, revolucionario y de vanguardia que representaba los intereses de los obreros, campesinos, asalariados, artistas e intelectuales revolucionarios del Kurdistán”. Antes de morir en el exilio en 1979, Barzani entregó el testigo a su hijo Masud, el actual líder del PDK, quien, como su padre, se ha rodeado de colaboradores que no pertenecen a su entorno familiar.
DÍAS MEJORES No siempre Turquía se ha negado a reconocer la existencia del pueblo kurdo, de su lengua y de su país, el Kurdistán. Hubo un tiempo en que el propio Gobierno turco lo defendía frente a las pretensiones coloniales de Francia y Gran Bretaña. Ocurrió durante las negociaciones del Tratado de Lausana, 1922 y 1923, cuando la delegación turca, presidida por Ismer Inonu, reclamaba el vilayato de Mosul como parte integrante de la nueva Turquía instaurada por Mustafá Kemal. Ismet Inonu, mano derecha de Ataturk y primer ministro, llegó a afirmar durante estas conversaciones que “el pueblo kurdo y sus representantes (en la Gran Asamblea Nacional turca) no aceptan que sus hermanos del vilayato de Mosul sean separados de la madre-patria”. “Desde siempre los kurdos han disfrutado en Turquía —dice en otro apartado de las negociaciones con los británicos— de todos los derechos como ciudadanos y jamás han considerado al Gobierno turco, con el cual política y socialmente siempre han colaborado, como un gobierno extranjero”. Y refiriéndose a las propuestas autonómicas británicas para el vilayato de Mosul, Ismet Inonu dice: “No existe un solo kurdo que quisiera cambiar una situación semejante (igualdad de derechos en Turquía) por la de estar sujeto a un Estado extranjero, en un territorio que, sea cual sea su nombre, no sería más que una colonia (...) Los kurdos saben que, en todo caso, no tendrían ninguna influencia efectiva sobre los destinos de su país”.
Más adelante, Tevfik Rustu Aras, ministro turco de Exteriores, declaraba en 1925 que los turcos y los kurdos son “los dos pueblos que gobiernan conjuntamente el país”, en una respuesta al jefe de la delegación británica en la Sociedad de Naciones, M. Amery. “Se nos pregunta qué régimen aplicaremos a los kurdos del vilayato de Mosul. ¿Tenemos que responder a tal pregunta? Todos los kurdos poseen en Turquía, sin ninguna restricción, todos los derechos que poseen los turcos; tienen derecho a tener diputados, ministros, gobernadores... El Gobierno de la República (de Turquía) tiene, más que ningún otro Estado, el derecho de hablar en nombre del pueblo kurdo, del que la mayoría se encuentra en Turquía y gobierna Turquía con el pueblo turco”.
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