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ZAWIYA |
IMAN |
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BOLETIN Nº31 - octubre 2004 |
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“Cree y practica lo que por Revelación y Sabiduría has aceptado y conoces como válido después de tu proceso de búsqueda, aquello que equivale a Iqân, a Certidumbre. Y descubre La Verdad Esencial, Aquella que se guarda en todo cuanto existe, porque solo así mantendrás la Conciencia de quién eres”.
La búsqueda de la Sabiduría, como todos aquellos logros que han sido determinantes, nos exige un cierto esfuerzo, una Yihad, que nos ayude a romper el velo, Hiyab, “...cuyo mantenimiento es exigido por la cortesía de Allah”, según las palabras del Sheyh al Alawi. Seguramente recordaremos, por las veces que lo hemos comentado, que la Creación es “un velo” tras el que se oculta La Verdad Esencial, Haqiqa, sin cuya presencia todo cuanto existe perdería su razón de ser. Esto es lo mismo que decir que, la Creación, es el Dunia, el mundo ilusorio. También hemos comentado sobre el poder de seducción del Dunia, de los “cantos de sirena”, capaces de embaucarnos con lo atractivo de sus múltiples ofertas, de sus luces y colores. Pero si, al igual que Ulises, queremos concluir felizmente nuestra epopeya, hemos de hacernos capaces de impulsar la nave de nuestra naturaleza hasta la Ítaca deseada. Para el feliz cumplimiento de esta singladura se nos han dado los instrumentos que, hábilmente manejados, nos sirven para sortear los escollos, para diferenciar lo que es contingente y transitorio de lo que es Esencial y, sin distracciones, alcanzar La Haqiqa.
Iniciamos nuestro proceso aplicándonos al desarrollo de una visión diferente sobre lo cotidiano. Y realizamos el esfuerzo que nos permita percibir como un milagro lo sencillo de cada día, ya que cada día guarda su propia complejidad dentro de su aparente simplicidad. Siempre, en todo momento, en toda criatura y situación, habrá una incursión más de Lo Trascendente en lo inmanente. Este esfuerzo en el desarrollo de la “visión”, es una forma de Yihad, un estado habitual de esfuerzo y alerta debido a nuestra aguda observación del entorno. Y habrá de verse recompensado por la íntima sensación de paz que, unida al esfuerzo, siente el que busca por buen camino. El que observa por el “Recto Sendero” descubre. Quien descubre crece, y quien crece en Sabiduría se haya en estado de Islam, es decir; “en estado de Paz tras el esfuerzo”, pues este es el significado de Islam. Este “estado de Paz durante el esfuerzo y después de él”, esta percepción del concepto de Islam, es la primera de las grandes herramientas, y solo bajo esta perspectiva decimos que hay armonía y sabiduría. Solo el musulmán, es decir, el buscador de Paz, es capaz de hacerse dócil a la dinámica Creadora. Y sin importar el idioma o la forma de liturgia o expresión con la que afronte esta realidad, habrá descubierto el estado espiritual, aún cuando no conozca el concepto de Islam. Estas son unas afirmaciones que, de no ser observadas en el contesto de este libro, pueden conducir a una mala interpretación de exclusivismo fanático, y nada más lejos de la intención y de la realidad. Así pues, ya sabemos que la primera gran herramienta a nuestra disposición es el descubrimiento de un estado de paz tras el esfuerzo de la búsqueda y el acrisolamiento personal. Y ya sabemos que esto es lo que significa el concepto Islam, cuyo fluir y perfeccionamiento en nosotros se verá realizado por la práctica de los ejercicios, la ´Ibadat.
La segunda herramienta es Imán. Es la aceptación y práctica de lo que, por Revelación y Sabiduría, conocemos como “Verdadero”. En nuestro proceso de búsqueda, es caminar sobre la Certidumbre, el Iqân.
La tercera de las herramientas es el Ihsân. Es la primera percepción intuitiva y la posterior experiencia vivencial del Tawhid, de la Unicidad de la Naturaleza Divina en todo cuanto existe, y en concreto en cada portador de Conciencia. Este Ihsân, del que hablamos, se inicia con la práctica de la vigilancia, “murâqaba”. Es el estado de alerta sobre cuanto hacemos y cuanto sucede, de forma que seamos dueños de nuestra determinación, y no marionetas en manos del Dunia. Por la vía del Ihsân alcanzamos el Istislam, la Excelencia, lo que nos permite “La Visión” o “Musâhada”.
A la Musâhada o Visión se refería Ibn al Árabi cuando decía; “Si es que posees el Secreto haz tu ablución, ´udu, con el “agua de Lo Invisible” -lo que por la Unión reside en el corazón del Sufi-, y si no lo posees hazlo con agua, con tierra o con una piedra”.
Es la profundidad de su “Visión” lo que le permite al Sufi conocer otras posibilidades ocultas tras las primeras enseñanzas. Pongamos un ejemplo extraído del Qor´ân. En la Sura XIII; Aleya 17, se dice; “Él hace descender agua del cielo y los valles se inundan con ella según su capacidad”. Este no es sino un comentario, sencillo y evidente, ha primera vista no podría decirse que pueda guardar algo más. Pero para el ´Arif, el Gnóstico, además de lo evidente del comentario, que podría considerarse innecesario por su obviedad, se guarda una enseñanza. Por ejemplo; “Él hace descender el agua -la Sabiduría- del cielo y los valles -los corazones- se inundan con Ella según su capacidad”. Esta interpretación no es gratuita, sino que tiene su inspiración en esta otra Aleya 4 de la Sura XLVIII; “El es quien ha hecho descender el Espíritu de Paz -Islam- sobre los corazones de los creyentes, a fin de que adquieran una nueva fe por encima de su fe”.
Siempre recomiendo que los ejercicios de la ´Ibadat deben de estar regidos por la plena consciencia y significado de su contenido, pues solo de esta forma pueden proporcionarnos todo el beneficio para el que nos fueron aconsejados. Así por ejemplo, el recuerdo de Allah -el dikr Allah-, es uno de los ejercicios que nos conduce al Conocimiento, pero solo cuando el dikr se sustenta sobre la consciencia del valor de lo que se hace.
El Gran Conocimiento siempre es previo al Amor verdadero y este Amor es absolutamente diferente al experimentado en las primeras etapas. Esto no significa que, inicialmente, no haya, o no pueda haber, ningún movimiento afectivo desde el principiante hacia la Trascendencia, más bien al contrario. Lo que sucede es que los afectos iniciales se fundamentan sobre “la imagen” adquirida del Único, y más tarde el Conocimiento despeja cualquier imagen y abre la puerta a un Amor no condicionado a ninguna expectativa. El Conocimiento Profundo y el Amor Verdadero interaccionan posteriormente, pero al inicio, durante los primeros estadios de la evolución espiritual, lo cognoscitivo –ma´arifi- a de ser previo a lo afectivo -´atifi- cuando se aspira a la autenticidad.
No se puede pretender el Fanâ fi Lah, la extinción o “reabsorción” en Allah (s.a.w), sin el concurso de nuestra plena consciencia en todos y cada uno de los ejercicios de la ´Ibadat, o del método por el que, sabiamente, nos hayamos podido decidir. Somos aparentes individualidades en lo criatural, sujetos a una ley inmutable, la de lo transitorio e inestable, pero con una función única; el paso desde la naturaleza finita hacia la Naturaleza Plena.
Por esta causa; “Los ejercicios y las palabras sobre los que no esté comprometida la Conciencia y el corazón, son como los huevos vacíos, no aprovechan a nadie”.
Así nos enseña el proverbio Sufí cuando nos aconseja; “Toma el conocimiento del corazón de las personas, no solo de sus palabras”.
Todo cuanto hasta el presente hemos comentado, tiene un solo objetivo, un solo Conocimiento implícito en la experiencia. Es que “entre” Allah y la Conciencia albergada en el ser humano, puede haber un “entre” que sobra y Una Sola Realidad por descubrir.
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