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LA GUERRA DE BUSH |
EL CEREBRO OCULTO DEL DESORDEN MUNDIAL | ||
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BOLETIN Nº31 - octubre 2004 |
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¿Quién ha estado detrás de Clinton? ¿Quién maneja a Bush y a Blair? Los rostro visible del poder político anglosajón son sólo máscaras de otro poder invisible que aspira al control total y privado del planeta. Se trata de conseguir la supremacía para una elite que se cree superior y que no descarta guerras genocidas para alcanzar sus metas. Cuando cayó el muro de Berlín en 1989 el mundo respiró aliviado. Se creyó ingenuamente que el fin de la Guerra Fría, su constante amenaza de conflicto nuclear, abriría una nueva etapa de paz y prosperidad permanente. El politólogo americano Francis Fukuyama anunció el “fin de la historia” y el advenimiento de una era de democracia y libertad de comercio universal que alejaría la posibilidad de todo conflicto. La propuesta imaginaba una confederación planetaria de regiones, estructurada en una economía global y supranacional interdependiente. De ahí a un gobierno mundial centralizado y controlado por unos pocos sólo faltaba un paso. La creación de un imperio virtual, al que se someterían todas las administraciones locales del planeta, es un proyecto antiguo que surgió en el seno de las órdenes masónicas del siglo XVIII como estrategia a largo plazo a través del Gran Oriente inglés. Su sueño universalista se sostenía por la creencia de que una minoría iluminada, basándose en el progreso de las ciencias, la técnica y la producción, podría crear un mundo más racional y, por tanto, más acorde con los designios que Dios, o el Gran Arquitecto, les había inspirado. Un rebaño universal regido por una minoría superior suponía la superación de todas las creencias religiosas “irracionales” y la eliminación de los poderes de la nobleza y el clero. Los masones fundadores de Estados Unidos creyeron además que su tarea era mesiánica: encarnaban la tribu perdida de Israel, habían hallado la tierra prometida y crearían en ella la nueva Jerusalén. La mayor parte de los norteamericanos anglosajones de hoy siguen pensando que habitan una tierra bendecida por Dios y que han sido elegidos por Él para regir los destinos del mundo. UN MONSTRUO CON MUCHOS ROSTROS Tres años después del “ingenuo” anuncio de Fukuyama, el sociólogo y asesor de asuntos internacionales Samuel P. Huntington publicó un libro, El choque de las civilizaciones, donde afirmaba que no sólo la historia no había finalizado, sino que se abriría un período de grandes turbulencias y conflictos entre las diferentes culturas. El mundo “judeocristiano” confrontaría con el Islam y con China por la supremacía global. Aunque parezca contradictorio, tanto Fukuyama como Huntington son miembros activos de una sociedad civil conocida como Council on Foreing Relations (CFR), con sede en Nueva York. El Council publica la más influyente revista de política internacional, Foreing Affairs, y está hermanado con su par británico, el Royal Institute of International Affairs (RIJA). Sus miembros tienen un destacado papel en la dirección de otras organizaciones como el Carnegie Endowment for International Peace (CEIP), la Rand Corporation y una treintena de fundaciones menores. También participan en la dirección de la Trilateral Commission, una organización multinacional que incluye miembros de diversos países. En todo caso, el Council aparece como el centro virtual de una telaraña de poder que abraza el mundo, expone opiniones aparentemente contradictorias como las de estos expertos, pero apunta en una sola dirección. Hablar de telaraña de poder no es una metáfora vacía: sus 3.300 miembros —la nómina está abierta para quien quiera consultarla— detentan el poder real en las finanzas, la industria, la justicia, la política y los medios de comunicación. Desde la década de 1930 hasta nuestros días, la totalidad de los secretarios de Estado norteamericanos (el último, Colin Powell) han sido miembros del CFR. De los 16 secretarios de Defensa que se sucedieron a partir del gobierno de Kennedy -incluyendo al actual, Donald Rumsfeld-, 14 pertenecen al CFR; de 20 secretarios del Tesoro que ha habido desde el gobierno de Eisenhower, 18 salieron de las filas del CFR. Todos los directores de la CIA desde la presidencia Johnson vinieron del CFR. También la casi totalidad de los embajadores norteamericanos ante las Naciones Unidas desde su fundación y todos los presidentes de la Reserva Federal (banco central) en los últimos 50 años. Da escalofríos comprobar que, salvo Ronald Reagan, desde el gobierno de Truman los presidentes han surgido de la cantera del CFR. Cuando bajamos de nivel y recorremos el amplio abanico de las subsecretarías, las comisiones de Defensa o Presupuesto, o el cuerpo diplomático, la lista comienza a hacerse interminable. El gobierno en los Estados Unidos surge formalmente del voto pero, según se ve, emerge de estructuras que utilizan la democracia como pantalla de una minoría que detenta el poder real sobre más de 250 millones de norteamericanos y sobre gran parte del mundo. Esta minoría es el cuerpo visible y ejecutivo de políticas que surgen de una instancia superior y oculta. Un miembro del CFR afirmó cínicamente: “No importa si ganan Demócratas o Republicanos, siempre gobernamos nosotros’ Pero, ¿quiénes son los superiores desconocidos? LOS ILUMINADOS DE SIEMPRE ¿Cuál es el perfil dominante de los miembros del CFR? En su mayoría son americanos blancos, anglosajones, destacados profesionales y miembros de las familias más tradicionales y económicamente poderosas. Pero también participan las figuras más notables de la comunidad financiera y tecnocrática judía. En todos los grandes acontecimientos políticos, económicos y sociales del siglo XX aparece la sombra del Council y sus organizaciones conexas. Paul Móritz Warburg, un banquero alemán de origen judío que obtuvo la nacionalidad americana fue, junto a miembros de la banca Morgan, coautor del proyecto para la creación en 1914 de la Reserva Federal americana y, poco después, su primer presidente. Desde ese cargo utilizó todos los recursos financieros para ahogar a la Alemania del Kaiser (su país de origen), provocar la derrota y establecer las insoportables indemnizaciones de guerra que se introdujeron en el Tratado de Versalles. Paradójicamente, el director del Banco Central alemán que aceptó esas vergonzosas condiciones era su hermano, Max Warburg. En 1921, cuando se funda el CFR, tanto P. M. Warburg como miembros de J. P. Morgan aparecen en la primera nómina. Esto muestra el carácter supranacional de la minoría selecta que pretende controlar el mundo.
CON IZQUIERDAS Y DERECHAS La humillación del Tratado de Versalles y sus consecuencias de miseria e hiperinflación, crearon las condiciones necesarias para la aparición del nacionalsocialismo alemán y su mitología de superioridad racial y cultural. Si Hitler creció ante un mundo políticamente “impotente” fue porque la élite europea, la angloamericana y sobre todo la inglesa, eran tan racistas como él. La aristocracia británica —incluyendo a futuro rey Eduardo VIII, que tuvo que renunciar al trono por su amistad con Hitler— no ocultaba su abierta simpatía por los mitos de supremacía blanca. Tanto ingleses como americanos miraron hacia otro lado mientras crecía el movimiento nazi. Tenían la certeza de que el Führer sería el instrumento que acabaría primero con la izquierda alemana y luego atacaría la Unión Soviética. Con los soviéticos destruidos y Alemania desangrada, el dominio británico y americano quedaría asegurado. Aunque no sucedió lo que estaba previsto, la derrota de Alemania y de Japón y la división del mundo en dos áreas de influencia potenció como nunca a Estados Unidos como base principal del proyecto mundialista. En los 45 años que duró la Guerra Fría, cada área de influencia se vio obligada a vivir bajo la tutela de la potencia dominante, a convivir con el terror ante un posible holocausto nuclear, o a ser territorio de guerras de desgaste como Corea, Vietnam, Angola, Afganistán, Guatemala, Nicaragua, Camboya u Oriente Medio. El anticomunismo fue el pretexto para instaurar las dictaduras militares de América Latina y abrir la economía a la voracidad de las grandes corporaciones. Del lado soviético, el anticapitalismo sirvió para someter sangrientamente a Hungría y Checoslovaquia. VIEJOS CONOCIDOS Fueron dos expertos del CFR, George Kennan y Paul Nitze, quienes desarrollaron la táctica y la estrategia para acabar con la Unión Soviética. Tanto el memorando secreto NSC68 de Kennan como el documento anónimo X (más tarde reconocido por Nitze) establecieron la política desarrollada por el Consejo Nacional de Seguridad desde Eisenhower hasta Bush padre. Miembros mayoritarios del CFR y de instituciones satélites participaron de las comisiones asesoras y de los cargos ejecutivos que determinaron la política de contención, minado y disolución del bloque soviético, gestaron la OTAN y la creación de las Naciones Unidas, apoyaron la unidad europea y fundaron el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. En ese mismo período, el capital financiero internacional con base en Estados Unidos instauró al dólar como moneda universal, desarrolló las empresas multinacionales, expandió el control sobre los mercados de materias primarias e hizo crecer de forma exponencial la especulación bursátil, concentrando el manejo de los ahorros del público en muy pocas manos. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta los años 90 se crearon los instrumentos necesarios para globalizar la economía, enlazar interdependencias absolutas, debilitar a los estados nacionales y generar mayores espacios regionales de influencia. Con el derrumbe “programado” del bloque soviético se cierra un período y se abre otro. LA GRAN CONCENTRACIÓN Basta un comentario de Alan Greenspan, actual presidente de la Reserva Federal americana y miembro del CFR y la Trilateral, para que los mercados mundiales de divisas o de acciones se hundan o se eleven. No importa ya en qué país se viva: los gobiernos nacionales carecen de poder ante una economía “globalizada” y controlada por los centros financieros. En lo político, la democracia formal que se pretende imponer a todos los países consiste en un bipartidismo descafeinado, con candidatos a los que el público conoce sólo a través de los medios de comunicación. No existe una democracia real en la que los pueblos tengan auténtico poder de decisión. Ascienden los dirigentes que resultan funcionales a la política oculta del mundialismo. Peor aún, esa misma élite política está siendo utilizada, desacreditada y descartada por la creciente privatización del poder. En efecto. La ola privatizadora de los últimos años ha devorado a las empresas estratégicas de propiedad pública —energía, telecomunicaciones, fábricas de armamentos y medios de comunicación—, y ha avanzado sobre la salud, las pensiones, los servicios, los medios de transporte y el suelo. De forma paralela, las grandes corporaciones están apropiándose de las empresas medianas. La ola de fusiones y de Ofertas Públicas de Adquisición de Valores (OPA’s produce que cada vez haya más poder en menos manos. ¿Cuáles serán los próximos pasos? UN FUTURO PELIGROSO ¿Estamos acaso ante el “Gran Imperio Americano”? Sería un error creerlo. Estados Unidos es hoy el gran instrumento de la globalización, pero su destino como nación también estaría comprometido por la tendencia a la privatización del poder. Su rol es determinante para ciertos fines: liderar la lucha “democratizadora” contra el terrorismo islámico —el nuevo enemigo que han contribuido a crear— y acentuar la inseguridad y el miedo en Occidente. El terror puede hacer aceptables para la opinión pública las masacres a las que pueden ser sometidos los pueblos que, casualmente, poseen la mayor parte del petróleo mundial. Las corporaciones necesitan controlar todo el corredor de energía que abarca Afganistán, las ex repúblicas del sur ruso, Irán, Irak y Arabia Saudita. La finalidad de esta acción, además de asegurarse suministros, es sabotear el crecimiento y la expansión independiente de la única nación que todavía no controlan: China. ¿Podrán conseguir sus objetivos? Si no se frena esta tendencia, el mundo se enfrentará a agudas crisis financieras –otra forma de concentrar poder—, traspaso de recursos de los más pobres a los más ricos y múltiples focos de guerra y terror generalizado. La meta es minar las identidades culturales, desplazar los poderes políticos locales y crear una administración “privada y eficiente” que maneje la economía y la seguridad global. Los ejércitos privados mercenarios ya han irrumpido en Irak; lo mismo está ocurriendo en la seguridad interna de los países. La prensa “seria” toma a broma la idea de una conspiración oculta, pero los hechos muestran que, lejos de esconderse, ya es una amenaza abierta. Las culturas tradicionales, las identidades nacionales, las economías locales y aun la supervivencia de muchos pueblos corren peligro. ¿Surgirá alguna contracorriente de envergadura suficiente como para detener este proceso? Una sentencia del Tao Te King deja abierta la esperanza: “Quien intenta darle forma al mundo, Modelarlo a su capricho, Difícilmente lo logrará. El mundo es un Vaso espiritual, Que no se puede manipular, Quien lo retiene lo pierde.”
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