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Cuando se viaja por las campiñas andaluzas, las del valle del Guadalquivir o las que chocan con las primeras estribaciones de la sierra y surge ante el viajero el asombro de los pueblos blancos, destaca en él, sobre todo, esa iglesia andaluza antigua mezquita irrepetible y su índice agudo: la torre –blanca y azul, blanca y verde- moteada de color y fulgor por la cerámica.
Y lo mismo sucede en las ciudades. Póngase usted en el puente de Triana mirando para Sevilla y se le vendrá hacia los ojos la espadaña de la Magdalena haciendo cabriolas con sus ladrillos. Y si se vuelve verá a San Jacinto emergiendo detrás de un magnolio, mientras allá lejos, a la izquierda, los bojes de Las Delicias están siempre iniciando la asunción
Esa arquitectura, tan propia, tan nuestra, que nos rodea aquí y allá, en la ciudad y en el campo tuvo unos exponentes, unos aglutinadores, recreadores del ser de este pueblo, aunque no sepamos por qué: Los Figueroa. Poco importa que su primer miembro LEONARDO DE FIGUEROA naciera en tierras conquenses. Desde el momento en que es arrastrado como tantos otros, por ese pulpo que se llama Sevilla y descubre todas las inmensas posibilidades truncadas por la conquista, adopta la personalidad andaluza, se convierte en un recreador de su mundo y su cultura, se adentra por las vastas e inexploradas regiones de su pasado, hasta hacerse el padre del auténtico estilo sevillano.
Leonardo de Figueroa se estableció en la ciudad entre los años 1670-1675; se casó dos veces con sevillanas y pasó el resto de su vida (su muerte tuvo lugar en 1730) investigando y construyendo. No sabemos dónde aprendió las reglas de la arquitectura, pero es seguro que cuando llegó por aquí traía una bien ganada fama de buen arquitecto. Leonardo era un manierista y, como tal, heterodoxo, uno de los que ha sido capaz de romper esa estaticidad decadente del último renacimiento que amenazaba con dejar inmóvil el arte y sometido a las reglas de una estructura eclesiástica e imperial, pretendiente de la eternidad por el camino de la quietud. Para los manieristas no existían las reglas fijas ni la jerarquización. Creían que los elementos debían tener la disposición que el artista les diese y no los que estuvieran pre-fijados por un canon.
Es seguramente por que parte de estos presupuestos, por lo que no tiene ningún inconveniente para ajustar elementos provenientes de distintos lugares y de diversas corrientes: de Borrominí, de los antiguos arquitectos andalusíes, y de los jesuitas que en ese tiempo intentaban crear un estilo propio, el estilo salomónico, con indudable ánimo de desplazar a otras órdenes del primer puesto oficial en la escalera del poder.
Pero el mayor descubrimiento de Leonardo Figueroa está en la vuelta a la arquitectura andalusí basada en la combinación de dos colores y en la profusa utilización de la cerámica, aparte de reponer al ladrillo como elemento base de la construcción. No podemos olvidar que desde el reinado de Carlos V en la Andalucía de Oriente y Occidente ha primado la piedra, como si el Emperador quisiera con sus construcciones –dispuestas muchas veces al lado o en medio de las realizadas en Al-Andalus- humillar a la antigua cultura de esta tierra.
El arquitecto Figueroa defiende al ladrillo como elemento imprescindible en Andalucía, racionalizador de sus edificios y, hasta si se quiere, mucho más conveniente de cara a los terremotos que, no podemos pasarlo por alto, habían conmovido en aquélla época a nuestra sociedad, física y moralmente.
Las realizaciones de Leonardo fueron numerosas y gran parte de ellas se conservan. Restauró el claustro mudéjar del Convento de San Pablo, hoy irremediablemente perdido y reconstruyó la iglesia, quedando de la antigua tan sólo la capilla de tres bóvedas de media naranja, hasta hace poco cubiertas con yeserías barrocas y que en la actualidad es la capilla de la Hermandad de la Quinta Angustia; y el ábside, oculto por una casa. El claustro fue derribado en el siglo pasado, y podemos admirarlo en algunos grabados de la época.
La iglesia de San Pablo (hoy Parroquia de la Magdalena) que construye Leonardo Figueroa, rompe con todo lo hecho anteriormente. Gracias a la introducción del ladrillo puede realizar una ornamentación con gran profusión de curvas y contracurvas que recuerdan la perfección de los antiguos albañiles mudéjares. Destacan, sobre todo, la cúpula octogonal, rematada por una original linterna cuajada de piezas de cerámica y la espadaña, cuya figura repetiría después en otras iglesias.
A la vez que trabajaba en la iglesia de la Magdalena, comenzaba obras de gran importancia: la construcción de la iglesia del Divino Salvador, la de San Luis, para los jesuitas y el Hospicio de Venerables Sacerdotes. La iglesia del Salvador se levantaba sobre el solar de la antigua mezquita de tiempos de ‘Abd al Asís que había sido derribada, incomprensible y bárbaramente, una veintena de años antes y Leonardo la tomó cuando la nueva iglesia estaba a medio levantar. De ahí que, tanto su planta, como su fachada estén a medio camino entre la edificación renacentista y la barroca y que su estructura tenga un cierto aire de primitivismo. El arquitecto planteó como obra suya, las bóvedas, la cúpula, la decoración interior y el remate del campanario que, milagrosamente –o quizás porque no daba a la plaza y quedaba escondido en la actual calle de Córdoba- no había sido arrasado, como tampoco lo fue, afortunadamente, el pequeño patio de abluciones.
La iglesia de San Luis es, sin lugar a dudas, la obra cumbre de Leonardo de Figueroa, la obra en la que el maestro logró juntar sin estridencias estilos muy distintos como el estilo jesuítico, desarrollado a partir de la colina Quirinal que contiene las tumbas de Luis Gonzaga y Estanislao de Kotskas, el más puro estilo borrominesco y los antiguos modos de construcción andalusíes. El templo está diseñado, indudablemente, para ser una iglesia de comunidad: con planta de cruz griega, pequeña y vertical. Pero, a la vez, tiene que ser la iglesia de la orden que, después de casi un siglo, ha conseguido obtener la primacía dentro de la Iglesia Católica frente a franciscanos y dominicos. Los jesuitas son un Estado-puente entre el Vaticano y el Imperio español; tienen, incluso, sus propios territorios en América y, por lo tanto, su propio oro. Sus templos serán una señal de todo esto, y la iglesia de San Luis en Sevilla, una señal inequívoca. De todo ello saldrá esta construcción barroca, la más esplendorosa, con mucho, de Sevilla y de Andalucía. Porque San Luis es una locura de formas, retorcimientos, colores y resplandores donde las columnas salomónicas se mezclarán con las actitudes geniales de las esculturas de Duque Cornejo, los innumerables relicarios y los espejos que repiten todo ello hasta el infinito... Estamos, sin duda alguna, ante un nuevo Temple, una nueva orden misteriosa y conspirativa. La iglesia, comenzada en 1699 no sería terminada hasta 1731. Sólo podrían disfrutarla treinta años sus propietarios.
El hospicio para Venerables Sacerdotes que Leonardo de Figueroa emprende en 1696 es muy interesante, desde el punto de vista de la recuperación de los elementos propios de la arquitectura andalusí. Vuelve a lucir el ladrillo, sin estucos, en la fachada y, sobre todo, vuelve la quietud y el sosiego a su patio, escondido por diferencias de alturas, construido para una vida oculta, sin ostentosidades traídas por los nuevos ricos de más allá de Despeñaperros.
Un poco antes de terminar la iglesia de San Luis, ha comenzado dos obras: la capilla del Sagrario de Santa Catalina, sintetizadora en una pequeña extensión de todo el saber de Leonardo, y la fachada del palacio de San Telmo para la que el arquitecto se inspira en motivos ultramarinos –cuatro atlantes sostienen el gran balcón semicircular sobre la puerta de entrada- recordando que el palacio había estado dedicado a Universidad de Mareantes. No podemos saber cómo era el último cuerpo de la portada, destruido por un rayo y vuelto a levantar con mayor sobriedad decorativa.
Pocos años antes de morir se le encargaría la restauración del Convento de la Merced, que hoy es Museo de Bellas Artes. Leonardo se ha ido adentrando en el espíritu de la Sevilla de otra época y apenas retocará su patio de bella arcada. Lo dejará simple y claro, como hoy todavía podemos admirarlo.
Leonardo Figueroa escribió un tratado de arquitectura que no nos ha llegado. Sin embargo, es más que presumible que las enseñanzas que dejara allí, sean en gran parte las que, después, extenderían sus hijos.
MATIAS JOSE DE FIGUEROA que nació en el año 1698 y murió en el de 1765, era el hijo mayor de Leonardo y el continuador de los estudios teóricos de su padre sobre materiales y formas. A él se le atribuye un tratado de mazonería, construcción de cal y canto, muy extendido en la Sevilla de su tiempo. Asimismo, disertó ampliamente sobre la conveniencia y la economía del ladrillo como material-base.
En el terreno práctico, Matías José, se encuentra entre el estilo de su padre y otros, como el del arquitecto Diego Antonio Díaz y las influencias de Francisco Bautista, que siguen formas autóctonas y están más alejados del estilo italianizante. Su obra principal es la iglesia de San Jacinto de Triana, con un cierto parecido a la que Francisco Baustista construyera en Madrid, dedicada a San Isidro, pero combinando en la misma todos esos elementos que descubriera, o mejor redescubriera y aplicara su padre. La fachada tiene connotaciones con la de la iglesia de la antigua universidad sevillana, aunque rematada por una espadaña, de decoración sobrecargada que, a su vez, tiene a su costado otra mayor en la que se aloja el cuerpo de campanas.
AMBROSIO DE FIGUEROA, hermano menor de Matías José, dos años menor que aquél y que morirá en 1775 es un seguidor más estricto de su padre que su hermano. En su quehacer profesional se va a abrir hacia los pueblos en los que construirá hermosas iglesias, mientras en la ciudad se dedica a obras menores como son las capillas de algunas iglesias que determinadas hermandades quieren remodelar o recargar ornamentalmente para dedicarla a sus titulares o al Santísimo Sacramento. Nos estamos aproximando al rococó que, en Sevilla tendrá unas características especiales, que se fundirán completamente con ese estilo propio. En este sentido, sus obras más notables serán las capillas sacramentales de la parroquia de San Vicente y la del Cristo de los Desamparados en el viejo patio de los naranjos, o de las abluciones de la iglesia del Salvador que ya nombramos en la biografía del padre.
Entre las construcciones realizadas en los pueblos destaca la capilla del Sagrario de la iglesia de San Sebastián de Marchena, edificada entre 1758 y 1762. Su obra sería continuada por su hijo ANTONIO MATIAS DE FIGUEROA, último eslabón de la dinastía. Este, nace en 1734 y, no hace falta decirlo, echa los dientes en el oficio. Con todo el acierto que su abuelo, su tío y su padre le han legado, compone su propio estilo que ya no está en la transición del barroco, sino que podría ser definido más claramente como rococó. La pesada ornamentación de su abuelo se vuelve una línea capaz de ser seguida con la mirada, y las formas tienen algo de antropomórficas.
Su bautismo como arquitecto lo efectuará en la remodelación de la iglesia parroquial de Campillos, un pueblecito malagueño en las proximidades de Antequera. Es quizás en esas salidas a los pueblos sonde toma para su estilo la aplicación de elementos que siempre han estado presentes en el arte popular, como son las torres puntiagudas de las iglesias rurales que se introducirán desde aquí también en las ciudades.
Antonio Matías ejecuta diversas portadas de iglesias en los pueblos en que esos años están revitalizándose gracias a la puesta en explotación de nuevas tierras. La de la iglesia parroquial de Algodonales, en la sierra de Cádiz está llena de esa monumentalidad que la nobleza pretende que esté presente en sus pueblos en esta época de adaptaciones. También realiza nuestro arquitecto las fachadas de la iglesia de Santa María, de Ecija y la de la iglesia parroquial de Bollullos del Condado en la provincia de Huelva.
Sin lugar a dudas, su obra cumbre está en la construcción de la parroquia de la Palma del Condado, la ciudad que quiere arrebatar la cabecera comarcal a Bollullos. Su imagen se ha visto plasmada muchas veces en carteles de turismo e incluso llevada al cine, indudablemente por su gracilidad y elegancia. La iglesia de la Palma va a inaugurar una larga serie de templos blancos que motearán toda Andalucía y cuyas torres puntiagudas, de esquinas redondeadas y abundante ornamentación de cerámica destacarán sobre el recortado de los pueblos.
También inaugura Antonio Matías la moda de torres agiraldadas con la de la parroquia de San Pedro de Carmona. Este campanario que, inmediatamente, comenzó a ser llamado Giralda la chica, extenderá su figura a otros que se construirá en Ecija, Lebrija, Moguer...
Por último, hay que resaltar la labor de construcciones civiles que realizará el último de los Figueroa y que queda compendiado, de algún modo en el palacio de los Domecq, en Jerez de la Frontera y en el de Bertemati, fechado en el año de 1785, ya en pleno período de ascenso de la burguesía comercial andaluza.
Familiarmente, Antonio Matías cierra la serie de arquitectos Figueroa, pero su estilo seguirá, en gran parte, vivo hasta nuestros días en la mayor parte del territorio andaluz.-
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