|
El debate que han
generado las palabras del presidente del Tribunal Constitucional, quizás
más ficticio que real, más político que histórico, ha puesto el
acento en la diferente importancia del agua en una y otra parte de la
Península y creo que eso merece alguna reflexión. Mi argumento es que,
en efecto, el agua tenía un significado distinto en el norte y en el
sur, por motivos históricos y culturales, aunque esto no implica en
absoluto una valoración sobre la calidad de estas sociedades ni en el
pasado ni en el presente.
El agua era un elemento esencial en la vida urbana del mundo romano.
Cualquier gobierno que se preciara tenía como misión primordial
garantizar su abastecimiento a las ciudades, expresión local del
Estado. Las termas eran lugares de ocio y de encuentro social y político.
No resultaba, sin embargo, imprescindible la existencia de un curso de
agua permanente en el campo, donde los cultivos típicos del mundo
mediterráneo procedían de este mismo ecosistema y se encontraban
adaptados a él hasta el punto de que básicamente les eran suficientes
las lluvias estacionales. Cuando el Estado romano cayó todo lo que
estaba ligado a él, como el comercio de largo alcance y la vida urbana,
sufrió igualmente una considerable crisis. Mientras ésta perduró en
el norte de la Península hasta los siglos centrales de la Edad Media
(siglos XI-XIII), en el sur supuso una revitalización de la
ciudad. Entre los siglos VIII y X florecen Córdoba, Murcia, Pechina,
Ilbira, Almería, etc. y con ellas la creación de nuevos sistemas de
abastecimiento hídrico. El agua estaba presente en todas partes, en las
curtidurías y alfarerías, en los baños públicos, en el entorno de
las mezquitas, así como en las propias casas y huertos.
La verdadera diferencia, no obstante, respecto al pasado romano, se
encontraba en el campo. El Islam habían traído plantas de climas
tropicales y subtropicales (algodón, arroz, caña de azúcar, cítricos,
sandía, espinacas, etc.) que para adaptarse al cálido pero seco estío
de la Península necesitaban irrigación artificial. Esta se utilizó
también para los cultivos tradicionales, permitiendo garantizar y
aumentar las cosechas. Mientras, en las regiones septentrionales, la
sociedad había ido evolucionando desde las sociedades tribales
pastoriles de la montaña hasta las aldeas campesinas de las zonas más
llanas. En ellas el sistema de agrícola estaba basado en el secano y se
obtenían una cosecha cada dos años o, en el mejor de los casos, a
partir del siglo XI, dos cada tres. Por el contrario, en al-Andalus el
regadío había permitido a veces eliminar el barbecho y recolectar dos
veces al año, además de mantener variados frutales por el espacio de
cultivo.
El agua era tan importante aquí que su control era fundamental. Su
distribución se hizo primero a los clanes o familias extensas, a cada
uno de los cuales correspondía un turno. Más tarde, sin embargo,
conforme sus propiedades se fraccionaron y dispersaron, el agua se asignó
a las parcelas por orden topográfico, que es el sistema de riego más
común en la actualidad. La manera de medir el agua era habitualmente
temporal, aunque también podía ser volumétrica. Los turnos
principales coincidían con la llamada del almuédano al salat,
pues era la manera más sencilla de fraccionar el día.
En el norte, en cambio, el agua no tenía un papel esencial para la
agricultura y el mundo urbano se desarrolló más tardíamente. Por otro
lado, el cristianismo, con su dicotomía entre cuerpo y alma,
consideraba el aseo con cierta sospecha y, de hecho, algunos santos
presumían de no haberse lavado nunca. Contrariamente a lo que pueda
parecer, sin embargo, la sociedad del norte se asemejaba a la del sur en
que también estaba estructurada de forma clánica, aunque con familias
extensas matrilineales, no patrilineales como las musulmanas.
Sorprendentemente organizaban sus espacios de cultivo, la base de su
supervivencia, de forma similar a las alquerías islámicas. Sólo la
aparición del feudalismo a partir del siglo X hará que tomen rumbos
opuestos. De esta manera, el uso más intensivo del agua en al-Andalus
estuvo ligado a condiciones históricas y climáticas. Por supuesto, no
puede explicarse por razones étnicas, ya que, de hecho, la islamización
fue sobre todo un fenómeno más cultural que racial.

|