LA NATURALEZA ANDALUSÍ

EL AGUA EN AL-ANDALUS:

MIL AÑOS DE CULTURA

(Diario Ideal de Granada, jueves 30 enero 2003)

El debate que han generado las palabras del presidente del Tribunal Constitucional, quizás más ficticio que real, más político que histórico, ha puesto el acento en la diferente importancia del agua en una y otra parte de la Península y creo que eso merece alguna reflexión. Mi argumento es que, en efecto, el agua tenía un significado distinto en el norte y en el sur, por motivos históricos y culturales, aunque esto no implica en absoluto una valoración sobre la calidad de estas sociedades ni en el pasado ni en el presente.


El agua era un elemento esencial en la vida urbana del mundo romano. Cualquier gobierno que se preciara tenía como misión primordial garantizar su abastecimiento a las ciudades, expresión local del Estado. Las termas eran lugares de ocio y de encuentro social y político. No resultaba, sin embargo, imprescindible la existencia de un curso de agua permanente en el campo, donde los cultivos típicos del mundo mediterráneo procedían de este mismo ecosistema y se encontraban adaptados a él hasta el punto de que básicamente les eran suficientes las lluvias estacionales. Cuando el Estado romano cayó todo lo que estaba ligado a él, como el comercio de largo alcance y la vida urbana, sufrió igualmente una considerable crisis. Mientras ésta perduró en el norte de la Península hasta los siglos centrales de la Edad Media (siglos XI-XIII), en el sur  supuso una revitalización de la ciudad. Entre los siglos VIII y X florecen Córdoba, Murcia, Pechina, Ilbira, Almería, etc. y con ellas la creación de nuevos sistemas de abastecimiento hídrico. El agua estaba presente en todas partes, en las curtidurías y alfarerías, en los baños públicos, en el entorno de las mezquitas, así como en las propias casas y huertos.


La verdadera diferencia, no obstante, respecto al pasado romano, se encontraba en el campo. El Islam habían traído plantas de climas tropicales y subtropicales (algodón, arroz, caña de azúcar, cítricos, sandía, espinacas, etc.) que para adaptarse al cálido pero seco estío de la Península necesitaban irrigación artificial. Esta se utilizó también para los cultivos tradicionales, permitiendo garantizar y aumentar las cosechas. Mientras, en las regiones septentrionales, la sociedad había ido evolucionando desde las sociedades tribales pastoriles de la montaña hasta las aldeas campesinas de las zonas más llanas. En ellas el sistema de agrícola estaba basado en el secano y se obtenían una cosecha cada dos años o, en el mejor de los casos, a partir del siglo XI, dos cada tres. Por el contrario, en al-Andalus el regadío había permitido a veces eliminar el barbecho y recolectar dos veces al año, además de mantener variados frutales por el espacio de cultivo.


El agua era tan importante aquí que su control era fundamental. Su distribución se hizo primero a los clanes o familias extensas, a cada uno de los cuales correspondía un turno. Más tarde, sin embargo, conforme sus propiedades se fraccionaron y dispersaron, el agua se asignó a las parcelas por orden topográfico, que es el sistema de riego más común en la actualidad. La manera de medir el agua era habitualmente temporal, aunque también podía ser volumétrica. Los turnos principales coincidían con la llamada del almuédano al salat, pues era la manera más sencilla de fraccionar el día.


En el norte, en cambio, el agua no tenía un papel esencial para la agricultura y el mundo urbano se desarrolló más tardíamente. Por otro lado, el cristianismo, con su dicotomía entre cuerpo y alma, consideraba el aseo con cierta sospecha y, de hecho, algunos santos presumían de no haberse lavado nunca. Contrariamente a lo que pueda parecer, sin embargo, la sociedad del norte se asemejaba a la del sur en que también estaba estructurada de forma clánica, aunque con familias extensas matrilineales, no patrilineales como las musulmanas. Sorprendentemente organizaban sus espacios de cultivo, la base de su supervivencia, de forma similar a las alquerías islámicas. Sólo la aparición del feudalismo a partir del siglo X hará que tomen rumbos opuestos. De esta manera, el uso más intensivo del agua en al-Andalus estuvo ligado a condiciones históricas y climáticas. Por supuesto, no puede explicarse por razones étnicas, ya que, de hecho, la islamización fue sobre todo un fenómeno más cultural que racial.