ISLAM Y AL-ANDALUS

  PUBLICACIONES DE LA YAMA'A

LOS ÁRABES NO INVADIERON JAMÁS ESPAÑA

«LA REVOLUCIÓN ISLÁMICA EN OCCIDENTE»

IGNACIO OLAGÜE

Capítulo 8

LA EVOLUCIÓN DE LAS IDEAS EN LA PENÍNSULA IBÉRICA: EL CRISTIANISMO UNITARIO

El descubrimiento de la biblioteca de Khenoboskión. La importancia de la gnosis en la Península Ibérica

La ermita de Santa María de Quintanilla de las Viñas. La interpretación gnóstica de sus bajorrelieves.

La obra de Prisciliano. Su condenación. El priscilianismo.

La penuria de textos arrianos. Sus causas. La política conciliadora de Leovigildo. La fórmula arriana de las monedas del siglo VIII. Discusión. La antífona malagueña. El sol, símbolo del monoteísmo Unitario.

 

La gnosis

Desde el comienzo de la historia escrita hasta nuestros días, ha oscilado constantemente el pensamiento humano entre dos polos: la creación mítica que satisface a la necesidad de expansión sentimental y religiosa que a sus horas siente la humanidad, y el uso de la razón. 1-la producido el primer principio las religiones irracionales; el segundo los conceptos matemáticos y el conocimiento científico. la evolución de las culturas y de las civilizaciones no se ha desarrollado desde la prehistoria hasta la era nuclear de acuerdo con este esquema abstracto, por obra del cual quedaban lentamente amenguadas las concepciones irracionales, corroídas por el juicio crítico para perder parte de su importancia, en un principio muy grande, en provecho de la razón y alcanzar así el florecimiento del pensamiento científico. Como todos los fenómenos de la naturaleza, sean físicos, sean biológicos o intelectuales, se ha realizado este lento caminar del pensamiento de acuerdo con oscilaciones múltiples entre estos dos polos, produciendo situaciones numerosas intermedias.

Enseña la historia de la Alta Edad Media en la Península Ibérica la existencia de movimientos pendulares. De modo paralelo a la propagación del cristianismo y de sus herejías, rompió sobre el país una oleada irracional con carácter extremado, llegada ella también de Oriente: la gnosis. Pero fue contenido y atenuado este movimiento por una acción racional más desenvuelta: el priscilianismo, afianzado años más tarde por el arrianismo, que llegó a ser en España durante más de ciento cincuenta años la religión oficial. Esta mutua oposición entre conceptos contrarios produjo un equilibrio; favoreció la formación del sincretismo musulmán, en donde lo sobrenatural quedaba reducido a la mínima expresión.

En su acepción primera, de acuerdo con la etimología de la palabra, es la gnosis el saber por excelencia; mas en los primeros siglos de la era cristiana se desfigura esta concepción estrictamente filosófica. Degenera, no en una religión como en mucho tiempo se creyó, sino en un vastísimo movimiento de ideas que se pusieron de moda porque permitían la superación de un politeísmo infantil. Sabían los adheridos a la gnosis, no por el ejercicio de la razón, sino por la revelación de secretos que transmitían los maestros a los discípulos. Por eso, según San Juan Crisóstomo, se llamaba a los iniciados «gnósticos», porque pretendían saber más que los demás. Estaban en posesión de conceptos y fórmulas, recibidos por una tradición de escuela que remontaba a las antiguas creencias de los sacerdotes de Isis o a las enseñanzas de los magos de Caldea; todo ello enriquecido por las aportaciones de algunos elegidos que habían gozado de contactos sobre. naturales. En una palabra, resulta ser la gnosis el producto de antiguas tradiciones mezcladas con revelaciones modernas, condimentado tan extraño pisto con las angustias apocalípticas de aquellos tiempos.

Emanantistas eran los gnósticos en cuanto a la creación. Dualistas, atribuían la existencia del mal a la imperfección del demiurgo que había creado el mundo temporal y por consiguiente negaban la Trinidad. Tanto sabían algunos acerca de la personalidad divina que podían los partidarios de Valentino precisar que la creación, por la existencia del mal, era una mancha sobre el vestido llevado por Dios. ¿Puédase de ello deducir que aceptaban algunos una concepción más o menos monoteísta de la divinidad? Difícil resulta contestar a la pregunta, pues en general desembocaba la gnosis en un panteísmo intelectual. La filosofía neoplat6nica de Alejandría se ha impuesto con toda evidencia sobre la gnosis egipcia, mientras que la siríaca dependía más bien de concepciones iranianas, cuya tradición había sido últimamente trastornada por el maniqueísmo.

Poseía la gnosis egipcia un estilo que por su carácter pietista y ascético la aproxima al cristianismo primitivo; de tal suerte que en la lectura de los textos se puede deslizar el error con suma facilidad. En 1946, se ha descubierto en el pueblo de Khenoboskión, en el Alto Egipto, una biblioteca gnóstica compuesta por libros desconocidos, aunque de algunos se conocían los títulos. Demuestran que la secta propietaria de la biblioteca, guardada en una jarra, estaba dominada por una simbiosis extraordinaria: la tradición mágica con la persona de Cristo. Lo maravilloso y la poesía están más desarrollados en estos apócrifos que en los Evangelios sinópticos.

Como lo apreciaremos en las páginas siguientes, ha ejercido la gnosis egipcia una influencia considerable sobre ciertas comunidades hispanas y sobre el desenvolvimiento de sus ideas. Estaba emparentado este movimiento con tradiciones locales, pero también con concepciones diversas llegadas de Oriente por otras vías, como el culto de Mitra. Arraigaron aquí y allá en razón de un similar estado de sensibilidad en las clases populares. Se formó, por lo menos en España se puede apreciar con claridad, un telón de fondo sobre el cual destacaron las principales doctrinas religiosas que desde el siglo IV se desarrollaron en el país: el cristianismo trinitario, el priscilianismo y el arrianismo.

Oscuros son los orígenes de la gnosis en España. Con certeza se puede asegurar que se esparcieron sus gérmenes con la primera oleada llegada de Oriente. Por lo que nos atestigua la arqueología de los siglos III y IV, lo que no implica que pudiera haberse desenvuelto con más lozanía en otras partes, pero no lo sabemos, adquirió la gnosis gran importancia en la parte occidental de la península. No hacen referencia a la misma los obispos reunidos en Elvira, pero el primer concilio celebrado en Zaragoza condenó «a varios de sus miembros»165. Por los textos posteriores se puede deducir que en los siglos V y VI dominaban el gnosticismo y sus variantes el noroeste del país. Grande fue entonces la confusión y el desbarajuste en los conceptos. La mayor parte del pueblo y de sus dirigentes religiosos, aquí y en otros lugares, no eran lo bastante cultos para ver la luz en tanta sutileza. Cuando la celebración del primer Concilio de Toledo, en el año 400, Patruino, obispo de Mérida, pronunció el discurso de apertura con el siguiente exordio: Quoniam singtdi coepimus in ecclesiis nostris Jacere diversa, quae usque scisma perveniunt... Porque cada uno de nosotros hemos empezado a obrar de distinta manera en nuestras iglesias, y de aquí se han originado escándalos que rayan cari en verdaderos cismas... A propuesta suya condenó el concilio proposiciones antitrinitarias y panteístas que componían el común denominador de los diversos movimientos de opinión que se difundían por la península. Dos, la XVI sobre la maldad del matrimonio por sus relaciones sexuales, y la XVII oponiéndose al vegetarianismo, aluden claramente al gnosticismo166.

Poseemos bastantes textos antignósticos, en particular las proposiciones condenadas en el primer concilio bracarense; pero, como lo apreciaremos en un párrafo posterior, es difícil distinguir, por el confusionismo que probablemente imperaba en las ideas de los obispos, lo que pertenecía al fondo gnóstico de las propias enseñanzas de Prisciliano y de las costumbres más o menos legitimas que pudieran haber implantado sus discípulos.

Mas ahora se desprende de lo que sabemos de esta época un he-dio evidente que viene a complicar aún más la cuestión: Eran conocidos los misterios gnósticos por mucha gente... con un lujo de detalles que ignoraban los historiadores modernos que habían estudiado la cuestión. Doresse en su análisis de los libros de Khenoboskión se da cuenta de que Prisciliano había leído algunos textos, las Actas y el Evangelio de Santo Tomás, por ejemplo, que se habían perdído167. Es decir que sabía más sobre la gnosis que los comentaristas que le habían criticado sin conocer sus escritos y, cuando fueron publicados, sin haberlos entendido. ¿Cómo podía haberse divulgado una doctrina que sólo debía ser transmitida en el secreto? Sencilla es la respuesta: Como así ha ocurrido muchas veces en la historia, las ideas gnósticas habían desbordado ampliamente los conventículos primitivos, más o menos herméticos, para divulgarse en una parte importante de la población. En esta transferencia habían sido atacados ciertos puntos de la doctrina por los autores trinitarios y otros, pero el fondo había resistido. Por una convergencia notable con las necesidades de aquellos tiempos, se puso de moda el estilo gnóstico. La llama que se desprendía de esta interna combustión se mantendría aún por varios siglos.

Un problema nuevo se presenta entonces al historiador. Nadie ha discutido la existencia de la gnosis en la península, con sus ramificaciones diversas dualistas o maniqueístas. No existe esta unanimidad para apreciar su importancia.

Al estudiar una documentación cuyo carácter dominante era la imprecisión, como toda moda en donde no se trasluce dogma alguno que podía servir de punto de referencia, cada cual según sus convicciones o sus preferencias extendía o disminuía en el espacio y en el tiempo su área y su constancia. Equivocados la mayoría por una tradición de escuela en donde se explayaba con insolencia el complejo que hemos anteriormente señalado han tenido tendencia los historiadores a reducir su acción en el curso de los años. Se había apagado la gnosis antes del siglo VI y hasta el descubrimiento de los escritos de Prisciliano se había confundido en este amplio y tupido movimiento de ideas concepciones paralelas o impregnadas de estilo gnóstico. Desconociendo una documentación posterior a esta fecha, habían tropezado en el mismo error que les había llevado a exagerar las consecuencias de la abjuración de Recaredo, sin darse cuenta de que las ideas y su simbolismo se habían mantenido en los monumentos arquitectónicos y en la literatura posterior, no sólo en los cristianos, sino también en los místicos musulmanes como se desprende de los estudios de Asín Palacios. Las obras de los autores de la época visigótica posterior y de la Escuela de Córdoba del siglo IX enseñan su persistencia en el campo trinitario. Así se entiende que no sólo tuviera por objetivo la cruzada de Cluny la reforma le una liturgia más o menos trasnochada, sino la transformación de un estilo y acaso de una mentalidad que se mantenía en estos ritos particulares168.

No pertenece al dominio de la fantasía la importancia que damos al desenvolvimiento de la gnosis en la sociedad hispana de la Alta Edad Media. Confirma nuestro criterio la arqueología. En el estado actual de las investigaciones, nos hallamos ante el hecho siguiente: Mientras que no se conoce documento arqueológico cristiano anterior a la mitad del siglo lv —y esto en el mejor de los casos— se han encontrado gnósticos que son mucho más antiguos y que se han recogido en los lugares más apartados de la península. Podrán discutir los especialistas la fecha de algunos. Estiman que son anteriores al siglo IV 169.

 

La arqueología gnóstica

Por su fecha tardía, por sus dimensiones y por su valor artístico destaca un testigo sobre todos los demás. Se trata de una ermita situada cerca de Burgos, en la carretera que une esta ciudad con Soria, llamada Santa María de Quintanilla de las Viñas, que da su nombre al pueblo cercano. Se llama así por el gran número de racimos de uva que la decoran. Sus bajorrelieves han maravillado y extrañado a todos sus visitantes170. Dan por fecha de su construcción la gran mayoría de los autores el siglo VII, criterio que suscribimos. (Véase la discusión en el apéndice IIL) Se han esforzado los arqueólogos en descifrar los numerosos enigmas que presenta, sobre todo los que se desprenden de su epigrafía. Mas, a pesar de que han reconocido todos su extraña configuración —el complejo religioso anteriormente mencionado— imponiendo su prejuicio, nadie se ha atrevido a confesar que no pertenecía a la ortodoxia trinitaria, salvo el holandés L. H. Grondijs, el cual intrigado por los signos astrológicos allí esculpidos advirtió que se trataba de un templo maniqueo171. Poseemos las pruebas requeridas para demostrar que esta capilla ha sido construida para el uso de una secta cuyo parentesco con la gnosis egipcia nos parece indiscutible. Hemos sido favorecidos en nuestras investigaciones por el descubrimiento de los manuscritos de Khenoboskión. La lectura de los textos publicados y los primeros estudios emprendidos nos han ayudado en la comprensión de los símbolos representados en Quintanilla.

Construida por una dama, Doña Flammola —se sabe el papel que han desempeñado las mujeres en las sectas gnósticas—, importantes bajorrelieves esculpidos con gusto y habilidad decoran el monumento. Lo reconocemos: Su interpretación que ha intrigado a todos los visitantes era imposible hasta nuestros días; lo que explica la desorientación de los eruditos. No era solamente que nuestros incompletos conocimientos acerca de la gnosis egipcia hacían indescifrables los motivos descritos sobre la piedra; era además necesario apartar el velo que el complejo trinitario había echado sobre tan extraordinaria obra de arte. En una palabra, era menester comprender que los símbolos que aparecían sobre las paredes de Quintanilla no eran cristianos. De ser así, había que admitir un criterio opuesto al que había sido mantenido hasta ahora por la historia clásica. Había ésta bautizado como cristianos todos los que se conocían en Occidente de la Alta Edad Media, involucrando en un mismo concepto aquellos cuya tradición trinitaria era evidente, aquellos que poseían una ascendencia pagana, aquellos que habían sido empleados por las sectas más diversas.

Así se expresa el historiador alemán Hauttman sobre este asunto: «Muchos de los temas decorativos que la baja antigüedad empleaba sin asignarles significado alguno, paran a adquirir entonces un valor simbólico: Balo la figura del pez se esconde Cristo; la paloma simboliza para el cristiano el alma que vive en la paz eterna; el pavo real, la incorruptibilidad; la vid alude a la "verdadera viña"; flores y jardines representan el paraíso terrenal»172.

En esta tradicional interpretación notable es la mezcolanza. Símbolo cristiano auténtico, lo es el pez, mas no la paloma que empleada por los trinitarios lo ha sido también por los herejes, que han traspasado el concepto a los musulmanes hispanos. Lo han asimilado éstos tanto en obras literarias como en el arte escultórico173.Ocurre lo mismo con el pavo real cuyas manifestaciones son más importantes en las obras de los no cristianos que en los trinitarios. El área de su representación se extiende desde el Irán hasta Andalucía. ¿Por qué convertir la vid en un símbolo cristiano? Racimos y uvas pertenecen al arte decorativo helenístico y bizantino. Su empleo se ha mantenido por la menos hasta el arte musulmán hispano174. ¿No es un abuso reducir a un pensamiento religioso determinado un símbolo que ha sido empleado por todo el mundo y con distinta acepción?

Sea lo que fuere, los gnósticos se han valido con frecuencia del símbolo de la viña en sus textos y en su iconografía. Con exuberancia aparece en Quintanilla. ¿Por qué esta profusión?

Cierta luz nos aportan los libros de Khenoboskión, pues nos permiten entender con cierta aproximación el significado de sus enigmáticos bajorrelieves. En uno de estos tratados, anónimo y sin título, designado por Doresse con el número 40, se describe la historia de la creación. Entre otras cosas se lee lo siguiente: De pronto aparece Eros... De una belleza extremada hace que se prenden de él los Dioses y los ángeles, llega a ser poderoso sobre todas las criaturas del Caos. Trae las primicias de la voluptuosidad y de la unión carnal. 41 mismo tiempo, de la sangre derramada sobre la tierra nace la vid, luego surgen otros árboles. Entonces la Justicia, una de las potencias de Sabaot, crea el Paraíso apartado de los ciclos de la Luna y del Sol, en una tierra de delicias. Aquí se halla el árbol de la vida. Inmortales hará las almas de los Justos, los cuales saldrán de las tinieblas. Se alza hasta los cielos. Se asemejan sus ramales hermosísimos, similares a los cipreses, a racimos de uvas blancas175.

Descrito está el proceso de la creación en las piedras de Quintanilla. Están recubiertos los muros externos de la capilla con tres frisos que repiten los mismos temas decorativos. Dentro de círculos en forma de medallones, enlazados los unos con los otros, surgen representaciones de especies zoológicas y vegetales, los cuales al parecer tienen por objeto despertar en la mente del creyente la imagen del Paraíso terrenal. Con flores y racimos de uva se alza el árbol de la vida, el hom, que aparecerá más tarde en el arte arábigo-hispano y en los capiteles románicos del siglo XI, como en Silos, inspirados en el arte visigodo176. Luego entremezclada con plantas diversas se manifiesta una colección de pájaros: avestruces con sus patas altísimas y largo plumaje, águilas que se reconocen por sus picos encorvados y sus garras temibles, perdices rechonchas... En medallones especiales, con similar greca, se manifiestan cuadrúpedos varios: toros cuyos cuernos apuntan hacia los cielos, caballos, asnos, perros, especies en verdad difíciles de determinar... Aquí y allá, destacan letras misteriosas que forman combinaciones al estilo visigótico, como las del tesoro de Guarrazar, según observación de Elie Lambert. Han sido objeto de numerosas interpretaciones. (Ver apéndice III.)

Nos encontramos, si no nos equivocamos, ante alegorías gnósticas. El principio según el cual participa la naturaleza divina en la constitución de las piedras, de las plantas y de los animales, principio ensalzado por las teorías teosóficas, conocido era en España desde fechas muy anteriores. Tres siglos antes de la construcción de esta capilla, en su Apologeticus, se oponía Prisciliano a concepción semejante: «Anatema ait qui legens grifos, aquilas, asinos, elefantos, serpentes et bestias supervacuas conf usibilis observarztiae vanitae captivus velut mysterium divinae religionis adstruxerit... Sea anatema el que estudiando los grifos, las águilas, los asnos, los elefantes, las serpientes y los animales imaginarios, alcanzado por la estupidez de un culto insensato, lo concibe como un misterio de la religión divina.»

Líneas antes de este mismo texto se defendía el gran pensador de la acusación que le había sido hecha, la que le llevaría al cadalso, según la cual era un maleficus, un mago, un encantador. Pues había sido incriminado de consagrar los frutos de la tierra a la luna y al sol por medio de fórmulas adecuadas. Lo que no implica que estuviera muy bien informado acerca de la gnosis egipcia. Sabía que para ciertos de sus adeptos era la divinidad dual, compuesta de un principio femenino y de otro masculino, la que es el origen de todas las cosas. «Illis enirn, sicut ab infelicibus dicitur, masculofemina putetur deus... Por éstos, en efecto, como lo afinnan pobres gentes, es concebido dios masculino y femeninoMas ahora, en posesión de la clave que nos permitirá conocer el secreto de Quintanilla, penetremos en la capilla, en cuyo interior, lejos de la tierra de las delicias y del árbol de la vida, pues dejamos en el exterior sus manifestaciones simbólicas, aparte de todo, se venera la representación de los dos principios que gobiernan el mundo: la luna y el sol.

Encuadrando sobre el transepto el ábside rectangular, característico de las iglesias visigóticas, surge en gracioso vuelo un arco toral de herradura, maravillosamente decorado con pájaros y racimos de uva, similares a los que adornan los muros exteriores. Dos columnas sostienen sendos capiteles-impostas, también rectangulares, sobre los cuales descansan los dos extremos del arco. Han sido esculpidos los dos lienzos que dan sobre la nave: componen dos bajorrelieves admirables en su ingenuidad. De acuerdo con un precedente característico de arte helenístico que seguirá empleándose en España hasta el siglo XVI, dos ángeles sostienen un medallón177. Se repite el mismo tema en ambas impostas, sólo son diferentes los personajes representados. No están en adoración los enviados celestes ante la imagen situada en los medallones. Abiertas sus grandes alas como si descendieran del cielo, mantienen éstos en sus manos para traer a la tierra la efigie hierática.

Destaca en el medallón de la izquierda parcialmente roto una cara femenina. Sobre la cabellera lleva el cuerno lunar. Para que duda alguna no pueda perturbar la sesera del creyente, están esculpidas las letras formando la palabra: luna, por encima del emblema. Por entero se conserva el medallón de la derecha. Encuadra el rostro alargado de un hombre, guarnecido de bucles, coronada la cabeza por nueve rayos solares. Asimismo aparece la palabra: sol, con gran nitidez, identificando al personaje. En la parte superior del lienzo, en lugar preferente, pues nada similar existe en el capitel de la izquierda, está grabada una inscripción latina. Se descifra con facilidad:

Hoc eximium eximia off. do. Flammola votum d. (Ver en el apendice III su traducción e interpretación.) Se trata del ex voto de la señora Flammola, la que con probabilidad ha pagado los gastos del monumento.

Compone el conjunto una unidad de gran belleza. Mas, a pesar de la emoción que siente el visitante sensible ante la magia de la obra de arte, choca a su espíritu algo anómalo. Acaso extrañado por el contacto con un estilo para él desconocido, abre bien los ojos para convencerse. Después de un instante tiene que rendirse ante la evidencia: En una capilla que posee las trazas de una iglesia cristiana, se alzan en las partes más visibles, de tal suerte que no pudieran no verlas la concurrencia de los fieles... ¡ las imágenes de la luna y del sol!

Estamos en presencia de los dos principios masculofemina, según la terminología de Prisciliano, que caracterizan a la gnosis egipcia. Esculpidos en la piedra, están representados en Quintanilla por dos símbolos astrológicos. Pues sabemos hoy día que el culto primitivo del sol y de la luna ha sufrido en la antigüedad transposiciones sucesivas hasta conseguir con la gnosis y otras sectas un alcance religioso..., a veces hasta filosófico.

Pitágoras enseñó el camino hacia estas concepciones, si no son aún más antiguas. Según Yámblico, su biógrafo, eran el sol y la luna islas en donde moraban los bienaventurados. Más tarde, bajo la influencia de los sacerdotes egipcios, se vio en el sol el principio generador de la vida y sin duda, por su potencia genésica, que siempre ha inspirado admiración y envidia a los humanos, ha sido representada por la imagen del toro178. Cuando invadieron Roma las ideas orientales, reconociendo la importancia del culto solar, se hicieron retratar los emperadores con sus atributos como si asimilaran de este modo para su uso particular algún reflejo de su divinidad. Lo que al fin y al cabo era simplemente un medio para reforzar su autoridad. Llevan las monedas romanas del tiempo de Constantino un monograma cristiano y en el revés se puede leer: Soli invicto comiti, invocación al dios solar, dios del ejército y del emperador desde Claudio II hasta Aureliano179.

Varias transposiciones del mito solar se han dado también en la península. Poseía el padre Flórez una moneda ibérica que ya mostraba una muy característica. En una de sus caras estaban grabados un atún y letras de este alfabeto; en la otra un toro con una estrella de cinco puntas; es decir, la potencia genésica y el sol180. Adquiere la yuxtaposición de ambos símbolos una importancia considerable porque demuestra la tradición hispana afianzada desde tiempos muy remotos de representar al generador de la vida por una u otra imagen. Según Macrobio se mantenía el culto solar con gran lozanía entre los gaditanos en el siglo V de la era cristiana. Era substituido el astro por un Marte radiante, con estilo similar al de las efigies de los emperadores en las monedas. «Occitani hispana gens simulacrum martas ornatum máxima relígione celebrant, Neton yocantes... Los pueblos hispánicos de Cádiz (o de Andalucía) reverencian con el mayor culto la imagen de Marte radiante, que llaman Netón»181. En caso de duda se encarga el autor de explicarnos que Marte es el sol: «¿Marten solem este qui dubitet?... ¿Quién duda que Marte es el sol?» Con el curso del tiempo quedó la estrella generalmente adornada con ocho puntas en vez de la única representación del principio. Se la encuentra en abundancia en la Alta Edad Media. Apreciaremos más adelante el papel que ha desempeñado como símbolo religioso y político en la gran revolución del siglo VIII.

Al principio de nuestra era un alud de conceptos irrumpiendo de lo más hondo de Oriente logra impregnar las capas diversas de las sociedades que componen entonces el Imperio Romano. «Todas las religiones paganas del Próximo Oriente y del Mediterráneo, escribe Doresse, han acomodado sus creencias a los grandes mitos de la astrología, admitida tan formalmente como si fuera una ciencia, según la cual se encuentra el hombre desde su nacimiento basta su fin encadenado al curso de la fatalidad»182. Puesch ha demostrado que estaban íntimamente ligadas estas concepciones con la noción del tiempo. Cuando para los helenos es circular en razón del eterno retorno e irreversible para los cristianos desde la creación hasta el fin del mundo, para los gnósticos está dominado el tiempo por la fatalidad, cuyo origen y acción son astrológicos183. Entonces, ¿cómo luchar contra estas intervenciones que pueden ser perjudiciales? Implorando la protección de los astros más poderosos, la luna y el sol; mas, no con la simplicidad de sus primitivos adoradores. Una mitología y un dogma bastante complicados fueron elaborados involucrándose con las primitivas ideas cristianas; y a estas nuevas creencias fueron adaptados los viejos conceptos de la magia caldea y egipcia.

Para los gnósticos se sitúa en un lugar privilegiado la figura de Cristo-Salvador en la sucesión de las diversas transposiciones que del mito solar hemos descrito. Esto produce una cierta confusión, como lo atestiguan los escritos de los autores de Khenoboskión184. Parece, sin embargo, que logró el principio fundamental mantenerse, es decir, que fue transfigurado según las necesidades que imponía la moda religiosa: Barbelo-Madre-Luna, de una parte, que representan el principio femenino; toro-sol-Cristo-Salvador-luz, que representan el principio masculino. Así se explica la presencia de las dos efigies revestidas de los atributos astrológicos en el sitio más importante de la pequeña capilla de Quintanilla.

Existe en Egipto, en K5m de Bauit, en la orilla izquierda del Nilo, a mitad de camino entre Tebas y Herakleópolis, las ruinas de una iglesia que tiene por fecha el V o el VI siglo. Una expedición llevada a cabo por Chassinat Klebat en 1901, ha traído al Museo del Louvre frisos, capiteles, bajorrelieves, cuyos temas y decoración se asemejan de modo sorprendente con los de Quintanilla de las Viñas. Con esta diferencia: Desde un enfoque artístico pertenece el monumento egipcio a un estilo helenístico decadente, en donde todo está embarullado, relamido, farragoso, mientras que los motivos decorativos de la capilla castellana son daros, de una simplicidad ingenua que heredará con su encanto el arte románico.

Como Quintanilla, conserva Kóm de Bauit frisos decorados con volutas floronadas helenísticas o adornados con flores y racimos de uvas que sugieren ellos también la alegoría del Paraíso terrenal. Expone el Louvre un bajorrelieve de esta iglesia tan extraordinario como los que hemos descrito anteriormente. Se trata de un paño de piedra (un metro de largo por 0,40 de altura aproximadamente) en donde está esculpida la cabeza de una mujer formando un tema similar a los castellanos. Ella también está encuadrada en un medallón, pero no lo sostienen dos ángeles, revestidos con sus largas túnicas acanaladas, sino dos genios, desnudos y regordetes, el uno masculino, el otro femenino. Los pechos abultados de la figura principal, los órganos sexuales de ambos genios y la decoración general cuyo carácter pagano se trasluce de modo evidente para que se pueda atribuir la imagen a una personalidad cristiana, recuerdan más bien el barroco de las divinidades orientales de más allá del Indo185. Sea lo que fuere, cabe preguntarse si tan extraña figura emparentada con la del cuerno lunar de Quintanilla, pertenece ella también a la mitología gnóstica representando el principio femenino.

Es legítimo sentir dudas acerca del parentesco entre la figura femenina egipcia y la gnosis; la filiación gnóstica de las representaciones de Quintanilla nos parece más segura. La sola presencia de la mujer llevando el cuerno lunar podría sugerir su pertenencia a una secta religiosa distinta de las de la gnosis, aunque emparentada con ella como ocurre con el maniqueísmo. Así lo había supuesto Grandijs. Pero el conocimiento que hemos adquirido con los textos de Khenoboskión elimina cualquier duda sobre la identidad del personaje que identificamos con el principio masculino. Pues demuestran, por lo menos en el estado de la cuestión cuando fue estudiada por Doresse, la transposición de Cristo-Salvador con la representación del símbolo solar. Nuevas investigaciones sobre los textos gnósticos comparándolos con su arqueología proporcionarán aún más de una sorpresa. De lo que se desprende por ahora, parecería que la asimilación del sol con Cristo era para la gnosis egipcia un lugar común.

El violento contacto entre las concepciones cristianas y la antigua astrología oriental producía así un extraño resultado. «El Salvador Jesús, escribía Doresse al condensar el pensamiento de los textos de Khenoboskión, debe romper la fatalidad, modificando la rotación de las esferas para atenuar sus efectos»186. Mas entonces, afirma la señora Meyerovitch, de acuerdo con la tradición gnóstica según la cual Cristo sería el demiurgo, «Cristo es asimilado al sol, como el dios de los siete rayos de la gnosis caldea»187. En las transposiciones anteriores al siglo VII, Marte y los emperadores habían sido representados con aureolas. Basta fijarse en el bajorrelieve castellano para apreciar que la figura del Cristo-sol está aureolada con rayos varios, dispuestos como en las efigies imperiales de las monedas romanas. De donde es legítimo concluir no sólo que el símbolo indicado pertenece al ambiente gnóstico, sino también que el artista para figurarlo en la piedra había seguido la tradición local, es decir, la tradición romana y pagana que se mantenía aún en la península, como lo atestiguan numerosos documentos.

Con el paso de los años, los dogmas, la mitología y el estilo gnóstico se han fundido en dos movimientos religiosos, unitario y trinitario, los cuales se enfrentarán para alcanzar la supremacía religiosa en España. Planteada así la cuestión, no cabe duda de que en el siglo VII, época en que fueron construidos los bajorrelieves de Quintanilla, es decir, en fecha tan tardía, poseía aún el movimiento gnóstico una lozanía y una influencia que nadie hace poco hubiera podido concebir. Se pueden hallar fácilmente en los siglos posteriores testimonios de esta supervivencia, tanto en los unitarios premusulmanes, como en los trinitarios.

Conocen perfectamente los autores de la Escuela de Córdoba (siglo IX) la doctrina gnóstica. Llama Alvaro de Córdoba maniqueo a Félix, el hijo del juez Graciano. ¿Era exacta la afirmación o tratábase de una injuria? Difícil es determinarlo. Un estudio completo de las obras de la Escuela podría aportar mayores confirmaciones. Desde un enfoque artístico los símbolos gnósticos se encuentran en los libros miniados y en las esculturas de las iglesias cristianas posteriores. Así, los motivos vegetales y zoológicos de Quintanilla ocupan gran lugar en las distintas copias de los Comentarios al Apocalipsis de Beato de Liébana, en los manuscritos visigóticos o de este estilo conservados en San Isidoro de León, en ciertos motivos decorativos de San Pedro de la Nave y en los capiteles románicos del siglo XI.

Los símbolos de la luna y del sol se mantendrán en la iconografía cristiana por toda la Edad Media. Mas, han olvidado los artistas que ambos astros representan los principios masculino y femenino que gobiernan el mundo. Para los escritores se convierten en una imagen literaria. Manifiesta su reminiscencia Pablo de Mérida cuando escribe glosando los méritos del diácono Inocencio, «cuyus doctrina hactenus rutilat et fulget Ecclesia, ut sol et luna.., cuya doctrina hasta nuestros días hace lucir y brillar la Iglesia, como la luna y el sol»188.

Para los artistas se convierten los dos astros en un tema de decoración más o menos ligado a una antiquísima tradición, de la que no se sospecha los orígenes. Realzan ambos la Crucifixión. Desde un sencillo punto de vista astronómico, es mero disparate. Para la gente antigua que observaba los movimientos de los astros con una atención perdida hoy por el gran público, el hecho resulta sospechoso: ¿seguirían los artistas una tradición que remontaba a una fuente sencillamente antignóstica? Luego se había repetido el tema por rutina. Sea lo que fuere, ha sido reproducido hasta el Renacimiento y por los imagineros populares hasta nuestros días.

En los unitarios, la yuxtaposición de los dos principios quiebra por obra del arrianismo. Se desvanece el principio femenino, queda sólo dominante el masculino fundiéndose con la idea unitaria. Pero la influencia del estilo gnóstico se conserva en España por lo menos en el Islam. Varios de los símbolos que decoran Quintanilla, racimo de uvas, árbol de la vida, flores, animales, se encuentran en el arte arábigo-andaluz. Si algunos pueden desempeñar un papel meramente decorativo, es difícil no apreciar en otros un significado emparentado con el de antaño: así el del árbol de la vida. Por otra parte, como lo apreciaremos en la tercera parte de esta obra, el arte arábigo en España es la prolongación en una misma curva de evolución del ibero y del visigótico. La parte de la Mezquita de Córdoba, por ejemplo, agrandada por Abd al Ramán II en el siglo IX, está decorada con racimos de uvas similares a las de Quintanilla. Asimismo con otros símbolos que nos son familiares, los cuales poseen una tradición oriental y también hispánica, como lo estudiaremos más adelante. Adornan los objetos tallados en marfil de la gran época del califato.

Para el objeto de nuestras tesis reviste una importancia considerable la última transposición del mito solar en simbolismo abstracto. Convertido el sol en el principio generador de la vida, se desprende de toda mitología pagana anterior, tanto en los unitarios como en los trinitarios. Tenía esto lontana ascendencia. Para San Juan como para los gnósticos Dios es la luz189. Se ha mantenido este criterio más o menos inconscientemente en toda la Edad Media cristiana y algunas de sus manifestaciones se han conservado en las tradiciones locales190.Ya para  los partidarios del unitarismo en el siglo VIII, la concepción de un mediador, Salvador-Jesús, también se ha desvanecido. Para hacer la idea más pura y concreta, el mismo sol es reducido a la mínima expresión, a la representación de una estrella que llegará a ser el signo de afiliación de los antitrinitarios. Pues el sol-Salvador-luz-estrella, se transfigura en el símbolo del unitarismo: un solo Dios con el resplandor de toda su potencia.

 

El empuje racional

En el estado actual de los conocimientos, cuanto más desde el descubrimiento de los libros de Khenoboskión, hay que rechazar la antigua concepción según la cual era la gnosis una herejía cristiana. Por ciertas circunstancias reducida a una enseñanza hermética y esotérica, en una palabra teosófica, su estilo pietista y ascético había anchamente desbordado la doctrina confusa y abigarrada, para envolver la casi totalidad de las concepciones religiosas brotadas en Oriente. Ocurría esto precisamente en el momento en que unas inquietudes apocalípticas angustiaban a los pueblos mediterráneos; así se explica el afán creador de conceptos ultraterrestres. Por ello les era fácil a los historiadores reconocer su impacto en el cristianismo primitivo y descubrir su influencia tardía en el Islam.

A esta oleada, cuyo carácter irracional era manifiesto, se opuso una reacción contraria. A pesar del renacimiento neoplatónico de la filosofía alejandrina cuyos autores judíos estaban contagiados por el ambiente, no se habían olvidado del todo las lecciones de los grandes maestros paganos. Su prestigio se mantenía incólume en los espíritus esclarecidos e impedía que el racionalismo griego y latino quedara sumergido por la marea viva, irrumpiendo tanto en las naciones ricas y cultas como en las pobres e ignorantes. Entonces trataron algunos, imbuidos de la fe religiosa, mas no al punto de haber olvidado las enseñanzas recibidas en la escuela, de conciliar la razón con sus nuevas convicciones. Se trasluce ya este esfuerzo por alcanzar un equilibrio con las primeras herejías. La constitución del dogma cristiano ha sido una constante tira y afloja entre estos dos polos de atracción: lo racional y lo irracional.

En el siglo IV, después de las oscuras discusiones del anterior en las cuales cuaja la concepción trinitaria de la divinidad, se distinguen por su genio y su predicación dos hombres: Arrio en Oriente, Prisciliano en España. Tuvieron sus ideas gran divulgación. Aceleraron la división de los monoteístas, favoreciendo con su racionalismo a los partidarios del unitarismo en detrimento de la irracionalidad trinitaria. A la larga, sus enseñanzas condujeron al sincretismo musulmán.

Mucho más complicada resulta la evolución de estas ideas en Oriente que en Occidente, porque en las provincias asiáticas de Bizancio se encontraba el arrianismo en lucha con otros dos movimientos paralelos y potentes: el nestorianismo y el monofisismo. Destacan claramente estos tres conceptos en la turbamulta de los secundarios. Pero esta profunda agitación de ideas religiosas, que poseían todas un común denominador antitrinitario, ha producido una enorme confusión. En mucho tiempo no han podido los historiadores en tal algarabía distinguir el hilo que conducía al sincretismo musulmán. En España se plantea el problema con mayor simplicidad. Contrariamente a lo ocurrido en Oriente, sólo dos principios heterodoxos destacan claramente sobre los demás que tuvieron escasa resonancia: el priscilianismo y el arrianismo.

Esto permite una mayor comprensión de la evolución de las ideas cuyo proceso se realiza aquí más lentamente que en Oriente. Puesto en movimiento poco más o menos en la misma época, cristalizaría mucho más tarde en un dogma no cristiano con la contrarreforma almorávide y almohade. Mas se desenvolvió a paso lento, como a velocidad reducida la proyección de una película. De donde la posibilidad de situar puntos en una misma curva; lo que al fin y al cabo conducía a una similar consecuencia, a la misma finalidad: lo que Runciman expresó con las siguientes palabras: Vino el Islam, «simplificó las cosas y barrió a las sectas»191. Tuvo así Mahoma el gran mérito de reducir el irracionalismo de las anteriores concepciones religiosas a la mínima expresión, al volver al puro monoteísmo mosaico.

Con el descubrimiento de los escritos de Prisciliano, encontrados en 1885 en la biblioteca de la Universidad de Wuzburgo por George Schepps, hubo que inclinarse ante la evidencia: No era Prisciliano un gnóstico como por tanto tiempo se había creído. Conocía muy bien las enseñanzas de la secta, porque genio curioso y ecléctico gustaba de enterarse de todo aquello que tuviera alguna relación con la religión. Antes del descubrimiento de sus obras, anegados en la confusión que había oscurecido una mejor comprensión de la gnosis, habían aceptado los historiadores el criterio de las autoridades religiosas que le habían condenado. Mas ahora se presenció una bien extraña discusión, que manifestaba el escaso juicio crítico que habían demostrado ciertos eruditos. Era gnóstico Prisciliano porque así lo estimaron las autoridades religiosas de la época, sin molestarse en averiguar si los gnósticos eran ellos de la misma opinión. Las declaraciones que se hallan en sus escritos según las cuales anatematizaba los principios gnósticos no debían tenerse en cuenta: ¡ Eran el fruto de la duplicidad!

¡Santo Cielo! Existen mentirosos en esta tierra, se pueden hallar entre la gente intelectual.., y hasta entre los eclesiásticos. Mas, ¿puede admitirse tal argumento como principio de método histórico? Era muy cómodo para rechazar los testimonios fastidiosos o engorrosos. Para prescindir de la propia autoridad de los textos de Prisciliano, había que demostrar que no era sincero y que sus escritos eran mentiras; lo que desde nuestros días con tal lejanía y la escasez de documentos era descabellado tan sólo intentarlo. Para sospechar de la duplicidad del heresiarca se han atrincherado algunos autores tras el argumento sorprendente de que había mentido para salvaguardar el juramento prestado durante su ingreso en la secta. Era correr la posta a la ligera, pues sabemos por múltiples testimonios, confirmados por la lectura de los libros de Khenoboskión, que muy anteriormente al siglo IV se habían divulgado los secretos gnósticos. Estaban por lo visto al alcance de cualquiera deseoso de informarse. En resumidas cuentas, gustara o no gustara, bastaba para conocer el pensamiento de Prisciliano con leer sus escritos con imparcialidad.., y con el seso alumbrado.

Poseía Prisciliano una inteligencia sintética. Había perfectamente comprendido el sentido de la evolución de las ideas que en su tiempo se dirigían en gran parte de las regiones mediterráneas hacia el racionalismo del sincretismo arriano. Era un precursor y como tantos otros con su cabeza pagó la superioridad de su inteligencia que le permitía percibir lo que era vedado a los obtusos. Por consiguiente, se podría suponer que se esforzaba este ingenio extraordinario y tan moderno en crear un sincretismo cuyo eje fuera la figura de Cristo, mas desprendido de todo dogmatismo; lo que permitía al juicio crítico desenvolverse con libertad. Si se hubiera impuesto esta concepción, hubiera superado el sincretismo arriano que padecía de un entumecimiento tan dogmático como el trinitario. Acaso con el curso de los años, de haber prosperado hubiera hecho innecesario o hubiera quitado hierro en gran cuantía al sincretismo musulmán. Así se entiende por qué se esforzaba en rebuscar en todos los ámbitos criterios a veces opuestos, pero que pudieran fundirse en un todo. Acaso había aceptado reglas ascéticas y pietistas gnósticas, acción que sus discípulos exageraron; pero que no dejaron los autores antiguos, con o sin razón, de destacar192.

En lo que concierne a la evolución de las ideas en España, dos puntos de su doctrina nos interesan: su concepción atenuada, de sabor sabeliano, de la Santa Trinidad; su racionalismo cristiano que le emparenta con los tiempos modernos y que le sitúa a una legua de todo dogmatismo exagerado, por consiguiente del gnóstico.

Existe en el cristianismo primitivo hispano un hecho extraño desde cualquier punto de vista en que uno se coloque. En la Alta Edad Media citan diferentes autores textos del Nuevo Testamento que no coinciden con la lectura de los más antiguos manuscritos griegos, ni con la Vulgata. Mas ocurre que Prisciliano ha incluido en su Liber apologeticus una frase que se ha vuelto célebre a propósito de la Santa Trinidad. En el siglo VIII ha sido interpolada en un versículo de la primera Epístola de San Juan. Se trata del comma johanneum, del que hemos hecho mención en un capítulo anterior. Para demostrar que existe en los libros canónicos un testimonio indiscutible referente a la Santa Trinidad, había enzurronado un ingenio agudo en el texto de San Juan la frase, convincente a pedir de boca. Ahora bien, en su profesión de fe acerca de la divinidad de Jesucristo, había citado Prisciliano en su libro el versículo de San Juan con la frase que servirá para la interpolación; pero con esta particularidad: no coincide del todo su texto con el que ha copiado e interpolado el tramposo.

He aquí el texto de San Jerónimo con la frase interpolada puesta entre paréntesis: Quoniam tres sunt (qui testimonium dant in coelo: Pater, verbum el Spiritus Santus; et hi tres unum sunt. El tres sunt) qui testimonium dant in terra: spiritus el aquae et sanguis: et hi tres unum sumt193.

Dice así el texto de Prisciliano: Sicut Johannes ait: tria sunt quae testimonium dicunt in ten-a aqua caro el sanguis el haec tria in unum sunt, el tria sunt quae testimonium dicunt in coelo pater, verbum et spiritus el hae tria unum sunt in Cristo Jesu194.

Las últimas palabras de Prisciliano no aparecen en la interpolación. Poseen un perfume demasiado sabeliano que no convenía a los autores de la superchería195. Este ejemplo y algunos otros que pudieran espigarse en sus escritos acaso dejar suponer que no estaba inclinado a aceptar una concepción de la Trinidad por demás rígida.

Prisciliano no ha establecido una doctrina fija y precisa que se estudia y discute. Como lo han advertido varios autores, entre los cuales destacan Menéndez y Pelayo y el padre Villada, se pueden leer sus escritos sin encontrar una proposición que sea contraria a la doctrina católica196. Por ello no aparece en la historia como un verdadero heresiarca. En su tiempo lo han defendido hombres honestos y esclarecidos y en nuestros días especialistas como Babut197. Entonces, ¿por qué el clamor clerical en su tiempo? Aparte cierto juicio que mencionaremos más adelante, era Prisciliano un hombre culto, muy inteligente e independiente; de ahí el odio de los obispos, sus colegas y compatriotas, que no lucían estas cualidades. Le permitía interpretar esta libertad de criterio las concepciones cristianas con el mismo desenfado que las gnósticas.

He aquí un ejemplo característico: Hemos trascrito en un párrafo anterior una de sus frases acerca de los dos principios que según la gnosis componen la esencia de la divinidad, la que es concebida masculina y femenina. Pero inmediatamente añadía de su propia cosecha escudándose tras un versículo del Génesis: «Nobis autem, et in mascula et in femina dei spiritus est, sicut scriptum est: Fecit deus hominem ad imaginem el similitudinem suam: masculam et feminam» (Liber apologeticus)198.

Acaso demasiado comprometido en sus discusiones eludía Prisciliano con una pirueta el fondo del problema. Mas, para hacerla sin romperse la crisma, requerido era poseer un espíritu de tal independencia que no rehusara emplear el razonamiento199. En este sentido se agiganta por encima de sus contemporáneos. Por esto se sitúa su pensamiento en los antípodas de la gnosis, irracional por definición. ¿Por qué ha sido entonces considerado por las autoridades religiosas de su tiempo como gnóstico? Según nuestro leal saber y entender, porque enseñaba que no debía reducirse solamente la literatura cristiana oficial al uso de los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, tales como desde entonces están seleccionados. Autores antiguos tenían tanto mérito como los ya admitidos para ser incluidos en las colecciones canónicas. Entre ellos señalaba libros apócrifos apreciados por los gnósticos. En otras palabras, si era necesario aceptar la tradición, había que aceptarla en bloque y no realizar una selección en la tradición.

Se funda su convicción en la siguiente argumentación: «Se hace referencia en los libros canónicos a materias cuya precisa descripción no se halla en ningún lugar de la Biblia. Tenía pues que existir en otros textos cuyo carácter debe ser tan venerable y sagrado. Por otra parte, se encuentran en la Biblia referencias claras e indiscutibles a estos libros. Entonces, ¿por qué rechazarlos ?»

Pero el historiador debe situar esta cuestión en el mismo tiempo en que fue planteada, en el siglo IV. Estaba entonces en gestación el dogma. Entran en competición textos diversos cuyos partidarios estimaban que debían ser considerados como sagrados. De la supervivencia de estos escritos, del olvido de otros, dependía el porvenir del cristianismo tal como hoy día lo conocemos. De aquí el valor de la escritura más o menos formal de estos textos. No hay que olvidarlo. Empezó San Jerónimo la traducción al latín del Antiguo y del Nuevo Testamento después del suplicio de Prisciliano. Su informe hecho en defensa de libros que habían sido rechazados o que inducían sospechas, había por lo visto levantado una oleada de discusiones. Por donde el disgusto de ciertas personalidades. El papa San Dámaso y San Ambrosio en Milán no quisieron recibirle cuando emprendió el viaje a Italia para defenderse de la acusación que le había sido hecha de ser gnóstico.

Por presión de las autoridades religiosas le hizo decapitar el Emperador tomando por pretexto el tribunal su condición de mago, calificativo que demuestra la calidad moral de sus perseguidores. Sulpicio Severo nos advierte también de las razones particulares que habían movido al autócrata. Los partidarios de Prisciliano eran gente rica, padecía Maximiano estrecheces dolorosas. Encontró cómodo perseguir a estos heréticos de los cuales según la ley recibiría las herencias en beneficio. Al mismo tiempo se congraciaba con Roma. ¡Dos presas con un solo tiro! Existía, sin embargo, una dificultad jurídica.., una nimiedad. ¿En qué fundarse para condenarle? No se podían hallar en sus escritos proposiciones culpables, como había ocurrido en Nicea con las de Arrio. No se prestaba su pensamiento a tales juicios fundidos en bloques de acero. No podían acusarle por sus esfuerzos de exegeta porque en aquellos tiempos era inconcebible esta disciplina. Se deshicieron de él porque ejercía la magia. Con algunos de sus discípulos le cortaron la cabeza en 385.

Causó indignación el asesinato. Para oponerse a la oleada de protestas se reunió en 397 o en 400 el primer Concilio de Toledo con el propósito de condenar las ideas de Prisciliano. Sus partidarios eran ya tan numerosos que no tenía sentido acusarle por sus habilidades en brujerías, ya que esta facultad personal no se transmite a través de las generaciones. Se cargó sobre las espaldas del muerto todas las herejías que habían visto la luz desde la fundación del cristianismo y como no era bastante también le colaron actividades extrarreligiosas como la astrología, que era entonces considerada como una ciencia, o el vegetarianismo200. Renegaron de la secta, que ya poderosamente había cuajado con el martirio, varios obispos y presbíteros. Pero un obispo heroico, un tal Herenas, se levantó en la asamblea y tuvo la osadía de proclamar la inocencia de Prisciliano y el gran escándalo de acusar a los obispos sus enemigos. Así se expresa parte de la copia de la sentencia definitiva sacada de las actas:

Herenas prefirió más bien seguir a sus clérigos, los cuales espontáneamente, sin ser preguntados, habían aclamado a Prisciliano como católico y santo mártir, y él mismo dijo que había sido católico hasta el final y que había padecido la persecución de parte de los obispos, afirmando lo cual había culpado  por su propia cuenta a todos los santos, muchos de los cuales ya habían muerto, y algunos todavía viviendo en este mundo, y decretamos que éste debe ser depuesto del episcopado con todos aquellos, tanto clérigos suyos como los demás obispos, esto es: Donato, Acuno, Emilio que apartándose de la profesión de fe de los santos, habían preferido seguir en la compañía de los perdidos..201

Queda así testimonio de la creación del cisma, lo que sin duda no habían previsto los culpables de la muerte de Prisciliano. Probablemente había dicho la verdad Herenas con respecto al comportamiento de los obispos enemigos del Mártir. Pero el juicio de San Martín de Tours, muerto en 397, revestía mucho mayor alcance, pues apuntaba a la política que siguió la Iglesia desde aquellas fechas hasta nuestros días; lo que se ha llamado el pacto constantiniano: La injerencia del poder público en las discusiones teológicas, declaró entonces, resolviéndolas con la espada sería a la larga para la Iglesia una intervención nefasta.

«En medio de la gran libertad de interpretación que aplica a los textos sagrados, escribe Menéndez y Pelayo..., muestra Prisciliano una erudita curiosidad y cientos  vislumbres de espíritu critico que sorprenden en épocas tan remotas.» Es el primer exegeta que aparece en la historia, si se da a esta palabra el sentido que hoy en día posee. Mas el espíritu destaca sobre la letra. El cristianismo de Prisciliano es meramente bíblico. Por esto Paret, uno de los primeros autores que lo han estudiado en sus textos recientemente descubiertos, lo colocan «por cierto género de libre examen» entre los precursores del protestantismo; criterio que reconoce Menéndez y Pelayo. El libre examen le eleva por encima de la mayoría que prepararon el camino a la Reforma. El concepto religioso es un mero símbolo. El símbolo es obra de Dios. «Symbolum opus domini est.» El mito es por consiguiente más importante que la historia de los hechos. Por la acción del mito cada uno escucha en su corazón la voz de Dios. Por su mediación brota la fe202.

Hacía ya mucho tiempo que el simbolismo era empleado por las sectas más diversas; se sabe el amplio empleo que del mismo hicieron los gnósticos. Acaso sus textos extravagantes no tenían otro objeto que sugerir un estado de espíritu, careciendo la letra de importancia. Es posible que Prisciliano en su fuero interno concibiera la persona de Cristo como un símbolo; lo que explicaría por qué Sinfosius, obispo priscilianista de Galicia, en su abjuración en el primer Concilio de Toledo rechazó la doctrina según la cual jamás el Hilo podía haber nacido de modo físico. «In qua dicebatur Filius innascibilis.» Ahora bien, Prisciliano en sus escritos jamás ha dicho tal cosa y el obispo Sinfosius afirma que ha leído esta proposición «poco ha, en no sé que pergamino». Como por las actas del concilio nos enteramos de que corrían de mano en mano libros con proposiciones heréticas, entre ellas los que confesó haber escrito el obispo Dictino, ignoramos si las proposiciones condenadas pertenecían a Prisciliano o eran de la cosecha de los muchos que entonces daban un cuarto al pregonero; lo que los obispos mayoritarios se cuidaron muy mucho de no precisar203.

Sea lo que fuere, legítimo es concluir que a finales del siglo IV existía en España una efervescencia de ideas religiosas, de la que no se halla nada parecido en el resto de Occidente; efervescencia popular, pero respaldada por una literatura heterodoxa desde entonces desaparecida y por lo tanto ignorada de los historiadores. Así se explica que después de la muerte del Mártir adquiriese el priscilianismo un impulso considerable, de tal suerte que se ramifica en numerosas sectas paralelas, cuyo conocimiento se nos alcanza por la lectura de los posteriores concilios. Mas, considerado en un todo, consta que se mantuvo hasta fines del siglo VII204. Lo importante fue que su acción consciente o inconsciente se sumó al ambiente antitrinitario que evolucionó en aquellos años hasta desembocar en el siglo IX en el sincretismo musulmán.

Pertenecía Prisciliano a una familia importante, probablemente pagana, pues parece que fue bautizado en edad tardía. Poseía facultades intelectuales notables como lo han reconocido sus contemporáneos; entre ellos Sulpicio Severo. Ya mayor fue nombrado obispo de Ávila por aclamación de la muchedumbre. No fue condenado, como se ha dicho, por el Concilio de Zaragoza205. Después de su decapitación ocurrida en Aquisgrán, transportaron su cuerpo con grandes procesiones y ceremonias a Galicia, de donde se supone que era oriundo. Es muy probable, como ha sugerido Unamuno, que había sido enterrado en Compostela. Con el curso de los siglos, la evolución de las ideas y el terrible impacto de los acontecimientos —fue Galicia varias veces sacudida por las revoluciones y las invasiones—, se olvidó el culto de Prisciliano. Con la cruzada cluniacense, acaso antes, el recuerdo de un gran profeta cuyo cuerpo había sido traído desde tierras lejanas por sus discípulos, quedó transpuesto en la persona de Santiago206.

Después de la muerte de Prisciliano sus propias ideas, más las ajenas, alcanzan las proporciones de una Iglesia cismática con su culto propio. Sabemos que poseían los priscilianistas una literatura, himnos, cánticos, etc.; llevaban los clérigos y lectores una tonsura especial que los distinguía de los ortodoxos; tenían unas traducciones del Antiguo Testamento para su uso particular. Ha sido tan importante la nombra-día de Prisciliano que han ocupado algunos de sus escritos un lugar preeminente en la literatura cristiana hispana. Se conservan unos ocho ejemplares de Biblias del IX y del X que guardan aún los comentarios de Prisciliano a las Epístolas de San Pablo. Afirman ciertos autores que fueron posteriormente corregidos; lo que no desdice, de ser esto cierto, de lo extraordinario del caso, tratándose de un heresiarca que había sido condenado.