Capítulo
7
LA
EVOLUCIÓN DE LAS IDEAS EN
LA PENÍNSULA IBÉRICA: EL CRISTIANISMO TRINITARIO
Situación
especial de la Península Ibérica al fin del Imperio Romano. Ha
quedado oscurecida esta situación por el influjo de un velo tendido
sobre la época, debido a un complejo hispano-religioso.
Paralelismo
entre las provincias de Levante y del sur de la península con las asiáticas
del Imperio Bizantino.
La
permanencia de la idolatría.
Ausencia
de documentos hispanos en los tres primeros siglos. La carta de
San Cipriano. Testimonios de diversos autores de la Alta Edad Media
acerca de la minoría cristiana existente en España.
El
Concilio de Elvira, su carácter pagano y heterodoxo.
El
cristianismo triunfante del siglo IV. El pacto Constantiniano. El
suplicio de Prisciliano. El bache consiguiente con la torna del poder
por Eurico.
La
Iglesia bajo el gobierno arriano. Leovigildo, los cristianos y la
guerra civil promovida por Hermenegildo.
La
conversión de Recaredo y la realidad. Las personalidades trinitarias.
Las actas de los concilios de Toledo demuestran la existencia de un
ambiente heterodoxo.
Desde
el III Concilio de Toledo se hacen estas asambleas más y más políticas.
Acuerdos
de ayuda mutua
entre los reyes godos y los obispos.
intervención
de los obispos en la elección del rey y participación de los hombre:
de palacio en la firma de las actas conciliares.
Degeneración
de la Iglesia: el afán de lucro.
Legislación
especial por los crímenes cometidos por los obispos.
La
esclavitud clerical. La ignorancia. La liturgia. La depravación de
las costumbres, la homosexualidad clerical.
La
idolatría. Lis misas negras celebradas por los obispos.
No
ha alcanzado en el curso de la Edad Media la competición entre las
civilizaciones semitas e indoeuropeas el territorio de Occidente,
salvo el de la Península Ibérica. Estaba el frente situado a orillas
del Mediterráneo. Si se excluyen algunos incidentes ocurridos en
Italia, se encontraban los puntos álgidos en los dos extremos de este
mar; en España y en las provincias bizantinas. Más tarde, a fines
del XV se asiste a un doble y contrario movimiento. Cuando el ala
izquierda, Bizancio y su Imperio, queda sumergida por los turcos
islamizados, la derecha acaba por recobrarse. Así se explica cómo de
todas las naciones occidentales ha sido España, considerada en su
totalidad, la que ha sido cristianizada más tarde, al final de la
Edad Media, con por lo menos diez siglos de retraso sobre las demás.
En el siglo XVI, parte de su población era aún mahometana y fue sólo
después de la expulsión de los moriscos (1609-1614), cuando el
catolicismo se convirtió en la religión de todos los españoles113.
Se comprenderá ahora por qué la evolución de las ideas
religiosas se ha desarrollado en esta nación de modo diferente que en
el resto de Occidente.
Hasta
nuestros días no ha sido reconocida la divergencia de esta evolución
con lo que significaba para la formación y porvenir de la civilización
europea. Era debida esta ignorancia de la historia clásica a un
defecto de metodología: Han estado casi siempre dispuestos los
historiadores a describir los acontecimientos del pasado de acuerdo
con los testimonios de los vencedores. Es verdad que en la lucha
implacable por La existencia siempre está equivocado el vencido. En
la gran mayoría de los casos los documentos que hubieran podido enseñar
a la posteridad sus razones y su pensamiento han sido destruidos,
muchas veces de modo sistemático. Con falta de juicio crítico se ha
repetido demasiadas veces lo que precisamente deseaba el vencedor que
fuera dicho, y hasta lo que el mismo había pagado para ser dicho,
ocultando la verdad que no deseaba fuera conocida, pero que era la del
vencido. También arrastraba al historiador hacia su criterio una
cierta disposición de espíritu, sea que hubiera sido educado en el
mismo ambiente que había sido favorecido por la acción del
antepasado, sea que hubiera posteriormente adquirido una concepción
similar a la que había impuesto el vencedor, o en razón de su
sensibilidad afín a su constitución fisiológica. En una palabra, de
modo consciente o inconsciente, se ha generalmente desconocido, tenido
en menos, menospreciado o sencillamente silenciado la aportación de
los vencidos a la evolución general de las ideas.
Han
hecho creer por mucho tiempo el delenda
est Cartago y
la ruina de la potencia púnica en la total desaparición de
esta cultura semita, aniquilada por la del Lado. Se han dado cuenta
ahora los eruditos de que no había sido así. No podían desaparecer
de la noche a la mañana y sin dejar rastro alguno unas ideas y una
sociedad que habían florecido por casi un milenio. Se descubren hoy día
en estos lugares en que habían vivido los cartagineses o por ellos
habían sido dominados, recuerdos en el idioma, en la toponimia, en
las costumbres, en cierto énfasis del espíritu. Maravillados
quedaban estos estudiosos al comprobar cómo resurgían estos
caracteres disimulados por muchos siglos bajo el empaste de la
civilización romana. De nuevo aparecían como fantasmas de tiempos
remotos, al contacto con otra oleada de ideas, llegadas ellas también
de Oriente, rompiendo con fuerza una vez más con la expansión de
otra civilización semita, la arábiga.
Reducidos
a esquema por la lejanía se manifiestan estos hechos a la opinión
contemporánea con absoluta objetividad; pues no despiertan emoción
alguna que deba enmendar el razonamiento. No ocurre lo mismo si se
desea alcanzar una aproximada comprensión de la evolución de las
ideas en España. Su conocimiento puede impresionar a nuestra
mentalidad si se pertenece a uno de los dos bandos, semitas o
indoeuropeos, que contendieron en tantos años y si se sigue con
demasiada rigidez la tradición dogmática medieval, cristiana o
musulmana. Por ello, el autor y el lector deben situarse por encima de
las contiendas de antaño. Mas resulta difícil el esfuerzo, no por
fallo de la voluntad, sino por culpa del método histórico
anteriormente mencionado. A última hora había gozado el cristianismo
de una victoria definitiva con las consecuencias que esto implica;
pero además se había formado un complejo intricado debido a un sabio
enmascaramiento que se había tendido como un velo sobre la mayor
parte de la Edad Media. Engañados habían sido los historiadores y
desacertada la comprensión de los acontecimientos históricos. Así
se explica cómo se habían deslizado en los textos tantas
incoherencias manifiestas, el equívoco en la descripción de los
hechos. Se había adormecido el juicio crítico al amparo de una ilusión
formada por mitos maraviliosos114.
Cuando
habían cristalizado los principios que dividían a las religiones
mahometana y cristiana en dogmas absolutos, se enfrentaron desde
posiciones entonces claramente definidas; situación ya conseguida en
el siglo XV. Los intelectuales —teólogos, filósofos, historiadores
y demás comentaristas—, faltos de una visión adecuada del pasado
por ausencia de una historia científica, creyeron que el foso que
separaba ambas religiones había existido desde tiempo inmemorial.
Como siempre, la pasión y la ceguera retrotraían al pasado un estado
de opinión que acababa de manifestarse en el presente. Pertenecían
los musulmanes y los cristianos a dos concepciones de la vida
religiosa que jamás habían tenido entre ellas relación alguna. Tan
alejada estaba la una de la otra, como del budismo. Manifiesto es: en
los finales de la Edad Media el antagonismo entre Islam y cristiandad
era irreversible; no había sido así en otros tiempos. Pues habían
mamado ambos en la misma fuente. Se habían acentuado sus divergencias
desde un mismo punto; después de larga separación habían emprendido
una misma evolución paralela.
En
la Alta Edad Media apreciaban los cristianos en el Islam una sencilla
herejía. Llama el abate Esperaindeo en el siglo IX herejes a sus
adversarios; así lo atestigua en sus escritos115.
En el siglo XIII, condena Dante a Mahoma al infierno, pero no lo
coloca en el lugar destinado a los bárbaros en donde más
tarde seguramente le hubiera puesto. Lo pone en compañía de los
cismáticos; es decir, con gentes que pertenecen a la familia
cristiana, aunque por sus culpas quedan aislados en una reserva
particular. Como castigo se abre en dos el pecho el Profeta, por haber
dividido en dos a la cristiandad. Si ya Renan hace un siglo había
advertido este criterio, posteriormente había enseñado Asín
Palacios que el mismo juicio se manifestaba en autores musulmanes como
Algazel, Ibn Arabí, etc.116
Por
su situación geográfica y la evolución de las ideas que había
conocido, se prestaba mejor España a ciertos análisis y descubiertas
que las provincias asiáticas de Bizancio, en donde se presentaba el
problema con mucha mayor complejidad. Bastaba para ello con apartar el
velo que los historiadores cristianos en la euforia del triunfo habían
tendido sobre épocas anteriores que les eran incomprensibles. Pues el
vencedor, alternativamente cristiano y mahometano, había destruido
todos los libros y documentos que le eran contrarios; los escasos
ejemplares que se habían salvado habían desaparecido, carcomidos por
el polvo de los tiempos. Las pérdidas bibliográficas con ser
importantísimas no eran las solas responsables. Insólita era la
postura adoptada por los intelectuales hispano-cristianos. Un complejo
de inferioridad les había envenenado de modo exagerado. Para
contrarrestar la presencia del Islam en su tierra querida, lo que les
perturbaba como una aberración, se habían empeñado para calmar sus
ansias en engañarse a si mismos, transmitiendo a la posteridad una
interpretación falseada de los acontecimientos. Los juegos malabares
de los autores de los siglos IX y X,
negándose o siendo incapaces de enfrentarse con la realidad, habían
sido superados por los historiadores posteriores que enfocaron los
acontecimientos anteriores a la expansión islámica con un criterio
tendencioso.
En
su deficiente concepción de la historia de la cristiandad, para no
parecer por culpa de los antepasados cristianos de segunda clase,
exageraron y pusieron por los cielos un cristianismo primitivo español
para convertirlo con su hinchazón en tan importante y respetado por
su importancia y ancianidad, como el de las Galias o el de las campiñas
romanas. Aceptaron concepciones míticas de origen cristiano que
mezclaron con las de las tesis de la contrarreforma musulmana, según
la cual la espada se había impuesto a la acción de las ideas. Se
transformó el oscuro cristianismo de los primeros días en una
doctrina cuya predicación había conquistado en los albores de
nuestra era a todos los habitantes de la península. No sólo había
venido San Pablo a predicar por tierras de España; había sido
secundado por personajes cuyo carácter fabuloso era manifiesto117.
Si
se admite el criterio expuesto por la mayor parte de los autores,
revestía la evolución de las ideas en España una simplicidad
grandiosa: Se identificaba con la del cristianismo, pero de un
cristianismo fundido en moldes de bronce desde los primeros años de
su predicación. Con majestad dominando la población, se había
mantenido incólume desde el final del Imperio Romano hasta que en el
siglo VIII fuera abatido, fulminado por el rayo, como por un
cataclismo que no se puede evitar. Mas ahora, si se reconocía la
inverosimilitud de una invasión de España por los árabes, se
desmoronaba tan simple arquitectura. Si era una leyenda, por lo menos
en los términos descritos por la historia clásica, había que
reconocer el fallo de tal concepción, pues eran los mismos españoles
los que se habían convertido al Islam de acuerdo con una evolución
de ideas heréticas, consecuencia de un largo proceso que se había
desenvuelto en varios siglos.
Se
sitúa así el nudo del problema en el momento de la dislocación del
Imperio Romano. Desde el siglo IV, se asiste en la Península Ibérica,
sobre todo en su parte meridional, al brote de conceptos religiosos y
a la aparición de hechos políticos sin parangón alguno con lo que
ocurría en el resto de Occidente, pero que eran extraordinariamente
parecidos a los acaecidos en las provincias asiáticas de Bizancio.
Desde
el siglo XVI habían empezado a sospechar ciertos ingenios de esta
anomalía, la que en términos actuales podríamos llamar divergente
evolución. Juan de Valdés, por ejemplo, había pasado gran parte de
su existencia en Italia y percibido entonces que conservaba mayor
parentesco el español con el latín que el italiano; lo que era bien
extraño, pues parecería que debiera haber sucedido lo contrario. Lo
han puesto de manifiesto los trabajos de los modernos filólogos. Para
explicarlo se ha recurrido a la historia y se ha observado que en
amplias zonas de la población española se había mantenido el latín
con mayor pureza que en el resto de Occidente. Cuando allí había
sido corrompido por el habla de los aldeanos, aquí se habían
impuesto los ciudadanos, pues existían en la península mayor número
de ciudades que en las otras provincias118.
Se desenvolvía en estas regiones una estructura económica que no
habían logrado desarrollar o no habían conseguido mantener las demás.
Por lo cual podía la Península Ibérica ser asimilada a las
provincias orientales119.
Ha
comparado Breasted el papel desempeñado en esta época por la Península
Ibérica con el de los Estados Unidos después de la guerra del año
14. Por su espléndido aislamiento geográfico se había convertido,
sobre todo desde el siglo III, en una tierra de refugio no sólo para
los capitales, sino también para las grandes familias romanas. En la
lenta dislocación del Imperio había sido la región de Occidente que
menos había sufrido por las luchas intestinas, por las revoluciones y
por las contiendas locales. Así se explicaba la vitalidad de la
cultura del Lacio en sus antiguas provincias hispánicas. Numerosos
son los testimonios que se podrían espigar por textos y documentos,
de tal suerte que ha podido escribir Bonilla San Martín, el
historiador de la filosofía española: «El
movimiento priscilianista, los trabajos de los concilios de Toledo,
las producciones de los escritores, atestiguan en la España de los
siglos IV y V una cultura excepcional. La invasión goda, lejos de
sofocar este progreso, lo acrecienta y estimula notablemente»120.
Otro
contraste con Occidente: Andalucía y el litoral mediterráneo, en
aquel tiempo acaso los lugares más ricos del Imperio occidental, habían
mantenido con Bizancio relaciones estrechas. Esto explica la conquista
de Justiniano. No hubiera arriesgado un basileus
tan prudente fuerzas importantes en regiones tan alejadas de sus
bases, si no hubiera contado con colaboraciones locales. No hay que
olvidarlo. Fue en el siglo VII, unos ochenta años antes de la
pretendida invasión arábiga, cuando Sisebuto y más tarde Suintila
acabaron por echar a los bizantinos fuera de la península121.
Esto permite la comprensión de muchas cosas. No ha evolucionado el
cristianismo en España como en el resto de Occidente. Se encontraba
este país ante circunstancias muy distintas. Se aproximaba más en
cuanto a su contextura económica y cultural —y lo apreciaremos en
las páginas siguientes en cuanto a su situación religiosa—, a lo
que existía en las provincias asiáticas y africanas del Imperio
Bizantino, que a lo sucedido en el Septentrión.
Cuando
en el siglo III empezó el cristianismo a propagarse por la Península
Ibérica, se encontró ante las mismas dificultades con que tropezaba
en Oriente. Tenía que arraigar en un ambiente más culto y
desarrollado que el de Occidente, envuelto aún en mayor barbarie
desde la caída de Roma. No habían padecido Bizancio y su Imperio los
trágicos acontecimientos ocurridos en esta parte del continente. Había
mantenido Oriente una mayor cohesión, mientras que la guerra civil y
la ruina económica y cultural permitieron aquí como mal menor la
toma del poder por parte de los germanos, quienes eran en el
desbarajuste la única fuerza capaz de mantener el orden. Entonces,
una de las leyes que rigen el cosmos tenía que imponerse. En el mundo
físico como en el de las ideas, atrae fatalmente el vacío a las
fuerzas circundantes. Dada su situación de inferioridad debida a la
crisis política, pero también a su retraso cultural, podía
considerarse Occidente como un lugar parecido al vacío en física.
Tenía que. rellenarse. Por tal motivo, ciertos movimientos ideológicos
llegados de Oriente pudieron explayarse y florecer con mayor lozanía
que en sus tierras de origen por obra de estas circunstancias
favorables.
Se
podrían agrupar estos conceptos en torno a dos polos opuestos, según
que fueran atraídos por un criterio crítico, como lo era el
arrianismo, o envueltos en un ambiente mágico e irracional como lo
era la gnosis. Se situaba el cristianismo entre ambos extremos.
Se
desenvolvieron estos principios en Oriente con suertes diversas según
el predominio de uno de ambos criterios. Las
enseñanzas de la filosofía clásica, la autoridad de la Escuela
de Alejandría, una riqueza material de gran envergadura, la ausencia
de una crisis económica aguda como la que se había abatido sobre las
trastornadas provincias de Occidente, no favorecían la expansión de
doctrinas con fondo revolucionario. Una supervivencia de la
intelectualidad pagana, sobre todo en la literatura griega, la
conservación de ideas y de costumbres ancestrales, se oponían cual
un obstáculo imponente. Eran incapaces las nuevas sectas de superarlo
sin el concurso de fuerzas externas considerables. Si no se equívoca
el autor, circunstancias algo parecidas, aunque en tono menor, se
mantenían en el sur y en el sureste de la Península Ibérica: lo que
explicaría la similar evolución histórica que tuvieron ambas
regiones en la mayor parte de la Edad Media.
No
estaba sólo el cristianismo en querer atraerse a las almas. Gran
competencia le hacían las herejías, en las que por su importancia
destacaba el arrianismo. Mas al no existir en Oriente la misma presión
política que le había combatido en Occidente, tuvieron los
partidarios de Arrio mucha mayor facilidad para propagarse, pues le
era más fácil adaptarse al ambiente existente. Con otras doctrinas más
racionales que las concepciones trinitarias, atraía con mayor
naturalidad hacia el monoteísmo a las masas adheridas a los cultos de
los dioses. Gozaba de mayor plasticidad para impresionar a las clases
cultas y más aún a los intelectuales. Algo similar ocurrió en España;
pues fueron las comarcas más ricas y cultas de la península las que
a la postre se convirtieron al unitarismo, mientras que las pobres e
incultas se adhirieron al cristianismo. Se mantuvo esta situación
hasta el siglo Xl en que la cruzada franca, coincidiendo con la almorávide,
cambió el curso de la evolución religiosa. Hasta entonces la España
unitaria siguió el mismo movimiento religioso y cultural que había
creado en las provincias bizantinas una nueva civilización. Del
sincretismo arriano se condensó el sincretismo musulmán.
Para
comprender pues la evolución de las ideas religiosas en España en la
Alta Edad Media, conviene apreciar en su justo valor las dificultades
con que tropezaron los conceptos orientales en su afán de extenderse
por Iberia. Llegaban desde dos mundos distintos pero emparentados por
relaciones múltiples: del complejo judío entonces alentado por la diáspora,
del de los arcanos mágicos del Irán. Con el judaísmo arraigado en
el país desde tiempos muy anteriores. se difundieron el cristianismo
y sus herejías. Pero con el siglo V adquirió gran preponderancia el
monoteísmo unitario, favorecido por los monarcas godos. Siguió su
evolución después de la abjuración de Recaredo, mas para apreciarla
era menester descorrer el velo lanzado sobre estos tiempos oscuros por
los primitivos cronistas cristianos, suscritos sin discernimiento por
la historia clásica.
Si
se había mantenido más puro el latín en la Península Ibérica que
en otras regiones de Occidente, lo mismo debía de haber ocurrido con
la cultura romana. Lo han reconocido hace tiempo los investigadores.
Pero, por culpa del velo anteriormente mencionado, no ha sido admitido
el hecho con todas sus consecuencias, a saber: en los lugares en donde
se había conservado lozana la cultura romana, con más obstáculos
había tropezado el cristianismo para arraigar122.
Los estudios recientes complican aún más la cuestión, pues se
advierte ahora que la tradición de una cultura pagana favorecía a
las concepciones unitarias en detrimento de las trinitarias. Así se
explica la expansión del sincretismo arriano en las regiones ricas y
cultas, en las que un juicio crítico más o menos racionalista había
conseguido sortear la tormenta que había acompañado la dislocación
del Imperio Romano de Occidente.
Estudios
hechos en nuestros días por especialistas enseñan la existencia de
relaciones hasta ahora insospechadas que facilitaban la lenta evolución
de ciertas concepciones paganas hacia la constitución de nuevos
dogmas. Jean Gagé demuestra el papel desempeñado por la mitología
solar, encarnada sea por Mitra, sea por la persona del Emperador, para
convertir a las masas hacia el monoteísmo unitario entrenándolas con
un largo ejercicio preparatorio, es decir: «acostumbrando
a las poblaciones del mundo romano a una visión monoteísta del
universo monárquico del orbis romanus»123.
Estas
relaciones entre concepciones tan diferentes por lo menos a primera
vista no pueden hoy día desconocerse. Existe en todo el Imperio y en
España una abundante iconografía que enseña la evolución de estas
ideas deslizándose tanto hacia la ortodoxia como hacia la herejía.
No sólo se había mantenido por largo tiempo el paganismo, sino que
había conocido en el siglo VII un auténtico resurgimiento. A esta
consecuencia viene a parar Maurice Boëns después de haber estudiado
los documentos arqueológicos referentes a la presencia tantas veces
señalada de hogares Votivos en los cementerios francos de Renania, de
Lorena y de Bélgica. «Hay que
advertir, escribe, que son
bastante tardíos (siglo VIII). Sin embargo, resulta difícil concebir
que hubieran aparecido espontáneamente prácticas tan conformes con
la mentalidad protohistórica al final de la época merovingia.
Debieron conocer pues una recrudescencia que ya anuncian los últimos
concilios de Toledo. En efecto. de 589 a 653 hacen constantemente
alusión a las supervivencias de la magia; en contraste, atestiguan
bajo el reinado de Recesvinto (653-672) una debilidad sensible de la
organización de la Iglesia católica cuya inmediata consecuencia ha
sido el resurgir del paganismo, del cual fue testigo el abate Valerio
por los años 680-690. La llegada en masa de laicos a los monasterios
tuvo por consecuencia la paganización de los monjes»124.
Consciente de ello prohibió el III Concilio de Zaragoza (a. 691) «que
los monasterios se conviertan en hospederías de seglares». Pues
con prudencia había dictaminado el XIV Concilio de Toledo (684) «que
se eviten has disputas con los herejes, para que no se discutan las
cosas celestiales, sino que se crean»125.
Como
Maurice Boëns se apoya para confirmar su tesis sobre documentos
hispanos, seria conveniente una investigación para esclarecer las
verdaderas causas de este resurgir del paganismo en casi todo
Occidente. El caso de España debió revestir un carácter
verdaderamente dramático, pues en la misma víspera de la subversión
del siglo VIII hubo de constituir en el barullo un elemento de gran
importancia.
Es
difícil por nuestra parte determinar los motivos que favorecieron
esta reaparición del paganismo. Más claras nos parecen las causas
del decaimiento del catolicismo a fines del siglo VII, hecho
reconocido por todos los autores. ¿Qué debilitaba al cristianismo
trinitario? ¿El contagio con la herejía o la falta o ineficacia de
la presión del poder público? ¿No se habían hecho demasiadas
ilusiones las minorías gobernantes del poder público y de la
Iglesia? ¿No habían perdido contacto con la realidad, es decir, con
la masa de la población? Es probable que en la ecuación a resolver,
los acontecimientos del siglo VIII, intervinieran todos estos
elementos conocidos y otros mucho más oscuros o que ignoramos. Para
desentrañar el problema estudiaremos por de pronto la evolución de
las ideas trinitarias en la península126.
Luego esbozaremos un análisis de las concepciones
unitarias, gnósticas, priscilianas y arrianas. Nos será entonces
posible enfocar la situación en vísperas de la revolución del VIII,
en la que se condensaban los elementos creadores del sincretismo
arriano y más tarde musulmán.
EL
CRISTIANISMO TRINITARIO
Los
primeros siglos
Numerosos
e importantes son en España los testimonios concernientes a la religión
de Mitra y al gnosticismo, pero no poseemos ningún documento ni
literario, ni arqueológico, anterior al siglo IV que tuviera un carácter
paleocristiano. Tal es la realidad por lo menos en el estado actual de
los conocimientos. El padre García Villada, el moderno campeón de
las tradiciones legendarias del primitivo cristianismo hispano, lo
reconoce: «La
ausencia de documentos
históricos pertenecientes a los cuatro primeros siglos es
verdaderamente desoladora», escribe. Para explicarla
encuentra una cabeza de turco en la persona de Diocleciano «que
había ordenado al principio del siglo IV quemar los archivos eclesiásticos,
los cuales desaparecieron en su totalidad»127.
A juicio de este erudito jesuita existían en aquel entonces,
como en nuestros días, archivos diocesanos que pudieron ser
localizados y destruidos por los enemigos del cristianismo. Para
confirmar esta suposición por demás sorprendente cita un himno de
Prudencio, el primero de su Peristefanon128.
Basta leerlo para darse cuenta de que hace referencia el poeta a
dos cristianos de Calahorra, Emeterio y Celedonio, mártires, cuyas
actas habían sido quemadas por el poder público; lo que pudo
ser causa de su olvido. Mas no se debe de este caso particular y local
inferir una ley general de la envergadura concebida por nuestro
jesuita. Por otra parte, de haber existido esta orden de Diocleciano
hubiera sido impuesta a todo el Imperio y no sólo a España; nada
sabemos de ello ni de quemas de archivos en las otras provincias en
donde los mártires no fueron olvidados.
Esto
rectificado, tampoco debe caerse en un juicio contrario, monolítico y
a rajatabla. La ausencia de documentos no prefigura la inexistencia de
cristianos en aquellos primeros siglos. Acaso descubrirán algún día
los arqueólogos los testimonios de su presencia. Solamente se debe
deducir de esta penuria que los adheridos al cristianismo eran
entonces una minoría. Se explica así el escaso número de sus
manifestaciones, literarias y arquitectónicas y la menor probabilidad
de su conservación en el curso de los tiempos. Es evidente que si los
cristianos hubieran sido más numerosos nos hubieran alcanzado un
mayor número de documentos.
Poseemos
una carta de San Cipriano, obispo de Cartago, dirigida a las
comunidades de Astorga, de León y de Mérida. Habían sido estos
cristianos abandonados por sus obispos, Basilides y Marcial, que habían
apostatado. En su desconcierto pedían consejo. Ha sido escrita esta
epístola hacia la mitad del siglo III. Se pueden leer estas palabras:
«No
os asustéis si en algunos de los nuestras se vuelve la fe dudosa, si
el inconsistente temor de Dios vacila y si desaparece la concordia...»
Más
lejos: «.. .A pesar de que se
ha aminorado en nuestros días la potencia del Evangelio en la iglesia
de Dios y que periclita la fuerza de la virtud y de la fe cristiana...»129.
Afirmativo
es el texto. No sólo estaba constituido el cristianismo en esta parte
de la península por una minoría; estaba sujeta a crisis graves.
Apostataban los obispos; pero lo más extraño es comprobar que los
fieles abandonados, desamparados e ignorantes, se vejan en la
necesidad de pedir consejo a una personalidad extranjera que vivía a
millares de kilómetros del lugar de su residencia, con el mar de por
medio. ¿No existían en la península autoridades eclesiásticas a
quienes dirigirse? Está uno tentado de pensarlo. Más aún. La
contestación de San Cipriano nos enseña el método que debían de
emplear estos fieles para nombrar a sus obispos. Esto es muy útil
para el historiador, pero demuestra la ignorancia de estas gentes.
Como la autenticidad y la fecha del documento no inducen a sospecha,
se impone reconocer que en estas tierras ibéricas tan alejadas de
Oriente en donde por aquellas fechas se enderezaba su estructura tan
peculiar, era el cristianismo muy endeble en cuanto a la doctrina, al
número y a la disciplina de sus
adheridos.
Afirman
textos diversos que la propagación del cristianismo en España ha
tropezado con grandes obstáculos; lo que explicaría la lentitud de
su difusión y el escaso vigor de su asentamiento en el país. Se
refiere a este hecho Sulpicio Severo (360425?) en su crónica famosa130.
Asegura el abate Valerio del Bierzo, fallecido en 690, en una
carta que escribió a sus hermanos en religión para animarles a
seguir el ejemplo de la virgen Aetheria, la célebre viajera, que en
su tiempo, es decir, a fines del siglo IV, empezaba solamente el
cristianismo a propagarse en el norte de la península. Tan arraigada
estaba la idea en su espíritu que la repite en la vida que escribió
de San Fructuoso131.
Se
halla la misma afirmación en las actas de Santa Leocadia de
Toledo y en las de los mártires Vicente, Sabina y Cristeta de Avila132.
Supone
García Villada que la Pasión
de San Fermín, cuyo autor es francés, ha sido la fuente de
estos escritos del VII. En ella se asegura que lo mismo ocurría en
las Galias, con lo cual deduce nuestro jesuita que se trata de un
lugar común133.
Cómodo es el argumento para apartar textos enojosos, mas poco
convincente. Pues, si con la mayor condescendencia aceptáramos el «lugar
común» del Padre para los españoles del VII, quedarían por
desvirtuar las palabras de un autor de tanta autoridad como Sulpicio
Severo. Vivía en el siglo y siendo galo no podía haber padecido la
influencia que nos dice García Villada.
Los
primeros textos de la Iglesia cristiana hispánica que se conocen son
las actas de un concilio celebrado en Elvira, la antigua Granada, en
el principio del siglo IV, bajo el reinado de Constantino, constantini
temporibus editum, según
reza el preámbulo. Están de acuerdo todos los autores en que la
fecha de esta reunión debe situarse después de la persecución de
Diocleciano y Maximiano. Muere éste en 310. En 312 vence Constantino
a su cuñado Majencio, hijo de Maximiano. En 313 proclama el nuevo
emperador el Edicto de Milán que señala el triunfo del cristianismo.
En 314, hace referencia al Concilio de Elvira el de Arles. De modo que
fue por los años anteriores a esta fecha cuando tuvo lugar el primer
concilio hispano. Nadie ha discutido la autenticidad de sus actas. Se
conservan varias copias que se escalonan desde el siglo VII al X. Sólo
asistieron diecinueve obispos, pero acudieron de los lugares más
apartados de la península: naturalmente de Levante y Andalucía, pero
también de Braga, de León, de Toledo, de Zaragoza y hasta de
Calahorra, es decir, de las ciudades romanas que eran entonces
importantes. De aquí el gran interés de sus determinaciones, pues
son la síntesis del pensamiento más granado de la autoridad eclesiástica
en aquel momento de la vida del cristianismo en España.
Nos
enseñan que la civilización romana se mantiene aún con todo
esplendor. Las carreras de carros y los cómicos entretienen a las
muchedumbres. El canon LXII prohíbe el bautismo a los aurigas y a los
mimos (Pantomimus) a menos
de renunciar a su oficio. Nos confirma Prisciliano la existencia de
representaciones teatrales en estas fechas tardías en su Liber
de fide et Apocryphis134.
Sacrificaban los flámines a los ídolos, pues los cánones II, III, y
IV se refieren a estos personajes. La sexualidad y las costumbres
paganas se mantenían lozanas; la mayor parte de las actas del
concilio están encaminadas a combatirlas, a veces de modo
descabellado y arbitrario; lo que en poco ayudaría a la conversión
de los idólatras135.
La
lectura de las actas da la impresión de una mera acción defensiva.
Los cristianos son una estricta minoría y tratan sus pastores de
apartarles del ambiente circundante. La fe era precaria. Tienen que
acudir los obispos a medidas draconianas. Así reza el primer canon,
como si fuera su mayor preocupación: «El
adulto que habiendo recibido
la fe del bautismo de salvación acuda al templo de los ídolos para
idolatrar y cometiere este crimen capital, por ser la mayor maldad,
decidimos que no reciba la comunión ni aun al fin de su vida».
No
las tienen todas consigo. No deben los fieles tener ídolos en su
propia casa, «pero si
temen la violencia de sus esclavos, al menos ellos consérvense puros.
Si no lo hicieren sean excluidos de la Iglesia» (canon
XII). Los fieles deben vivir aislados de sus conciudadanos paganos. No
pueden con ellos casarse136.
No pueden aceptar el cargo de magistrados y duumviros (canon LVI).
Lógica y natural era esta situación de inferioridad, tratándose de
pequeñas capillas cristianas incrustadas en una sociedad pagana. Mas
no era esto sólo. Tenían los obispos a un temible competidor: el
judaísmo.
Cuando
desembarcaron en España los primeros cristianos encontraron
comunidades judías, algunas importantes, que estaban arraigadas en el
país desde hacía muchos siglos; asimismo ocurría en otros lugares
del Mediterráneo. Como es sabido de las primitivas predicaciones, en
ellas hicieron sus adeptos. Era entonces el cristianismo una secta herética
de la sociedad hebraica. No se debe de silenciar el hecho de que las
minorías judías hispanas eran probablemente mucho más desarrolladas
y cultas que en otras partes de Occidente. Poseían una tradición
comercial y cultural considerable. Desde el primer milenio relaciones
e intercambios comerciales se mantenían entre Iberia y Palestina. Cádiz
había sido fundada por los fenicios hacia 1200 antes de Cristo y
fueron frecuentes las relaciones entre semitas e hispanos. Ello se
deduce de los textos bíblicos y otros, así como de los testimonios
arqueológicos que con gran frecuencia se descubren en el sur de la
península. Dadas estas condiciones y la importancia y esplendor de
las ciudades romanas en el principio de la era cristiana, no es
aventurado suponer que las juderías en ellas albergadas podían ser
comparadas con las que vivían en Berbería, en Egipto y en Asia
Menor; es decir, en una zona de cultura semita en la que el
cristianismo no consiguió propagarse.
Con
la diáspora la familia judía al desparramarse por la tierra ha
aumentado el número de los adheridos al judaísmo. En 1945,
resumiendo sus trabajos sobre el clima y el medio geográfico de
Palestina en la época de Cristo, calculaba Huntington que sus
habitantes ascendían a los dos millones137.
A pesar de las desgracias de la emigración, de las persecuciones
y de la desaparición de colonias enteras, como las de Cirenaica
agostadas por la sequía en el siglo III, el número de los judíos
parece haber crecido. Si no poseyéramos otros testimonios, era de
suponer que el hecho era debido a una acción de proselitismo. Puede
resultar oscuro para los primeros años, mas luego se trasluce con
evidencia. Tenemos la convicción de que masas enteras de gentes
pertenecientes a los pueblos más diversos se han convertido al judaísmo.
La más extraordinaria de las conversiones ha sido la de los kasares
del sur de Rusia que tuvo lugar en los siglos VIII, IX y X. Sin
embargo, no se ha advertido la importancia que se desprende de la
posibilidad de una expansión del judaísmo en Occidente, con las
consecuencias que eran de suponer, entre ellas las del mestizaje. ¿Qué
razón podía impedir a un galo, a un celta, a un ibero hacerse judío,
cuando podía elegir entre el bautismo y la circuncisión? Estaban
entonces las ¡nasas de Occidente dispuestas a ilusionarse con
cualquier idea que llegaba de Oriente, fuera el culto de Mitra, la
gnosis u otra. ¿Por qué no iba a desempeñar su papel en tan magno
alud de conceptos el monoteísmo mosaico? Se requería para destacar
el hecho con una documentación adecuada eliminar los prejuicios
inherentes al problema judío.
Se
plantea esta cuestión en Iberia desde los primeros tiempos de la era
cristiana. Se puede apreciar al leer las actas del Concilio de Elvira
una verdadera competición entre judaísmo y cristianismo. Se expresa
en los siguientes términos el canon XLIX: «Amonéstese
a aquellos que cultivan las tierras, no permitan que sus frutos,
recibidos de Dios como acción de gracias, sean bendecidos por los judíos,
para que no aparezca vana y burlada nuestra bendición. Si alguno
después de esta prohibición continuare haciéndolo, sea totalmente
excluido de la Iglesia». Demostraba
esta confesión la existencia de un verdadero desafío... ¡ de
bendiciones...! El canon L prohíbe a los clérigos y a los fieles
tomar sus manjares con los judíos. En el caso contrario, «se
abstengan de la comunión a fin de que se enmienden». Se
podría creer que se trataba de una muestra del espíritu mezquino que
a veces se manifiesta en la gens eclesiástica. Pero, ante las
dimensiones que iba a alcanzar la comunidad judía en España en la
Edad Media, es muy probable que esta prohibición fuera una política
defensiva para apartar a los cristianos del proselitismo de gentes
afines por ser monoteístas, pero que eran peligrosos por concebir la
divinidad desde un punto de vista unitario. En la lucha de ideas
polarizada en torno a los principios unitario y trinitario, el judaísmo
representaba la punta de lanza de las sectas contrarias al
cristianismo. De aquí el odio y el temor que manifiestan los últimos
reyes godos y su persecución despiadada, creyendo que en tal
proselitismo se jugaba el porvenir de su corona138.
Estaba
tan extendida la opinión unitaria que no tuvieron efecto tan
terribles medidas; en gran parte porque no fueron aplicadas por piedad
de los mismos obispos y demás cristianos o por algún otro motivo.
Las lamentaciones de reyes y obispos quejándose de la obstinación de
los judíos se repiten en todos los últimos concilios, pues las
conversiones fueron escasas o de circunstancia 139.
En lugar de menguar, la población judía aumentó por obra sin
duda del proselitismo. Esto explica la reacción de los poderes políticos
y religiosos católicos a lo largo de la Edad Media. En el siglo XIII
había en Castilla 800.000 judíos que papaban el impuesto de capitación.
Como esta cantidad representa otros tantos fuegos, supone una población
de varios millones de personas140.
No podía ser tan gran masa de gentes los descendientes de los
primitivos emigrados de Palestina. Como ocurrió en otras partes, la
mayor parte eran autóctonos cuyos antepasados se habían convertido
al judaísmo.
En
la Alta Edad Media representa el monoteísmo enseñado por Moisés un
papel similar al de un catalizador que atrae y arrastra a las ideas
afines, es decir, a las unitarias, sobre todo después de la conversión
de Recaredo cuando el culto arriano fue suprimido. Se entiende ahora
el sentido de las relaciones políticas que mediaron entre gobernantes
y súbditos: las terribles persecuciones emprendidas por los primeros,
las reacciones dé los segundos sin duda decisivas en los
acontecimientos del siglo VIII.
Las
actas del Concilio de Elvira escasa relación mantienen con las
lecciones del Evangelio. Los obispos que las han redactado no parecen
cristianos. Se pueden espigar en los textos cánones escandalosos.
Para atenuar su ferocidad no basta con invocar la barbarie de los
tiempos, porque ésta ha sido la norma en los siglos anteriores y
posteriores a la Edad Media. Sin embargo, han existido en todos los
tiempos mentes escogidas, filósofos o religiosos, que han dado
ejemplo y han predicado la caridad y las relaciones humanas entre los
hombres. No pertenecen a esta minoría esclarecida los autores de las
actas del Concilio de Elvira. No estaban obcecados como políticos
obsesos por los problemas que les agobiaban, ni temerosos por la
responsabilidad y las consecuencias de sus actos, como los hombres de
guerra sujetos a condiciones de lucha implacables. Eran diecinueve
obispos, los cuales plácidamente reunidos representaban en su tiempo
la mentalidad de una comunidad religiosa que se decía cristiana.
Así
reza el canon quinto: Si
alguna mujer instigada por el furor de los celos, azotare a su
esclava, de modo que ésta muriera entre dolores dentro del tercer día,
como no se sabe si la muerte sobrevino casual o intencionadamente: si
fue intencionada, después de siete años, cumplida la conveniente
penitencia, sea admitida a ¡a comunión; si casualmente, después de
cinco años. Pero si dentro de esto! plazos enfermare, recibirá la
comunión.
Canon
séptimo: Si
algún fiel después de haber incurrido en el delito de fornicación y
de haber hecho la penitencia correspondiente, volviere otra vez a
fornicar, no recibirá la comunión ni aun al final de su vida.
De
esta confrontación se deduce una extraña moral: un cristiano
homicida que mata a su víctima con los dolores de un suplicio, ha
cometido una falta menor, castigada con siete años de excomunión,
que el reincidente en el pecado de fornicación; pues queda prácticamente
apartado de la comunidad141.
Están
en contradicción con la ortodoxia algunos cánones. El XXXVI es
iconoclasta; reminiscencia acaso de las antiguas relaciones que habían
mantenido las minorías cristianas con las comunidades judías.
Volveremos a tratar de la cuestión en un capítulo próximo142.
Por el momento nos limitaremos a una sencilla observación: Ha sido
desobedecida esta orden por los cristianos de la península; lo que
demuestra la existencia de una divergencia de opinión entre los
obispos de Elvira y la masa de los fieles; asunto por otra parte muy
oscuro143.
Algunos años más tarde después de la celebración del concilio,
escribe Prudencio versos para ilustrar escenas bíblicas, pintadas en
las paredes de las iglesias. Pueden atribuirse a un estilo
paleocristiano los testimonios arqueológicos más antiguos que
conocemos del siglo IV 144.
En
los ochenta y un cánones del Concilio de Elvira, unos veinte privan
de la comunión a algunos penitentes para toda su vida; en algunos
casos hasta en la hora de la muerte. Naturalmente la mayoría de los
teólogos han condenado estas normas sospechosas de novacianismo y de
montanismo145.
Entre ellos numerosos protestantes que han seguido el ejemplo de
Calvino. Entre los católicos se hallan los más eminentes: César
Boronio, Tomás Bocio, Belarmino y Melchor Cano. Por nuestra parte,
sin intervenir en una discusión que no interesa a nuestro problema,
nos limitaremos a destacar el hecho de que el primer concilio del
cristianismo trinitario hispano desprende un cierto perfume herético
indudable146.
Aparece desde entonces en la amplia familia de los
seguidores de Cristo un equívoco que irá con el transcurso
de los años en aumento constante.
La
abjuración de Recaredo
En
el curso del siglo IV se modifica la actitud defensiva que manifiestan
las actas del Concilio de Elvira. Adquiere el cristianismo hispano su
mayoría de edad, aunque el número de sus afiliados ha debido de ser
reducido según se desprende de lo que sabemos de su historia y
evolución. Ocurría lo mismo en las otras provincias del Imperio,
pero aquí como allá destacaba por su dinamismo la minoría cristiana
sobre la pasividad de la mayoría pagana147.
Se acostumbraron ambas a vivir juntas y perdieron los bautizados
el recelo y la desconfianza que caracterizan a los perseguidos. Su
proselitismo fue alentado por la política «ambigua> de
Constantino que se esforzó probablemente en buscar un punto de
equilibrio entre lo antiguo y lo moderno. Corno consecuencia de esta
política se establecieron unas relaciones particulares entre los
poderes públicos y las autoridades religiosas; lo que con razones más
o menos históricas se ha llamado el pacto Constantiniano.
Tácitamente
en un principio, con documentos escritos más tarde, acuerdan ambos
poderes, el político y el religioso, reunir sus fuerzas coercitivas y
espirituales para apoyarse mutuamente: Reforzaba el religioso con su
autoridad moral a la persona que representaba el Estado y su política
—siempre y cuando no perjudicaran los intereses de la Iglesia—; y
por otra parte, se comprometía el Estado a perseguir con su fuerza
armada a todos aquellos que se burlaran de las decisiones dogmáticas
y disciplinarias tomadas por la autoridad religiosa. En la Edad Media
la aplicación de este pacto condujo a varias naciones a la constitución
de un Estado teocrático, cuyo modelo más perfecto ha sido el de
Bizancio y su Imperio. Tuvieron lugar en España varios intentos para
conseguir ambas potestades estas recíprocas ventajas. Se puede
afirmar que la formación de un Estado teocrático por parte de los
reyes godos y de los obispos ha sido una
constante y común aspiración. Lo consiguieron con sus altas y
bajas a lo largo de los siglos VI y VII, con las consecuencias que
eran previsibles dadas las circunstancias que existían en la nación:
la crisis revolucionaria.
En
el siglo IV las consecuencias de este acuerdo fueron manifiestas: la
persecución de los arrianos en varios lugares del Imperio, sobre todo
en sus provincias orientales, y, en España, la condenación y suplido
de Prisciliano. Este último acto, aunque llevado a cabo en Alemania,
demuestra el apoyo que prestaron los poderes públicos a las
autoridades eclesiásticas en los finales del siglo. Esto debió de
favorecer la conversión muchas veces aparente de la gente que siempre
se une al carro del vencedor y por ende el auge del cristianismo
hispano. Pero los defectos gravísimos del sistema muy pronto se
pusieron de manifiesto: Eurico se alzó con el poder. Las autoridades
romanas que esperaban mantenerse en el candelero con ayuda del crisma
místico fueron aniquiladas. Los godos que gobernaron España eran
arrianos. Contraproducente se volvía el pacto Constantiniano.
En
el año 400, coincidiendo con la independencia y subida al trono de
Eurico, se reúne en Toledo el primer concilio de los celebrados en
esta ciudad. Ha sido el más importante de los visigodos, porque los
diecinueve obispos congregados proclaman el dogma trinitario y su
adhesión al Concilio de Nicea. Como el poder público y gran parte de
la nación eran unitarios o favorables a estas ideas, se dividen desde
entonces los habitantes de la península en dos bandos que se
persiguieron mutuamente. Sin la comprensión de este hecho y de la
evolución divergente de las ideas que del mismo se desprende, el
desarrollo de los acontecimientos en España no tiene sentido.
El
arrianismo fue la religión oficial del Estado desde entonces hasta la
abjuración de Recaredo en 589; es decir, por unos ciento ochenta años.
Los reyes godos llevaron a cabo una política que en términos
modernos, sensu
lato, se llamaría liberal. Tuvo entonces la suerte el débil
cristianismo hispánico de no ser perseguido. Se ha demostrado hoy día
que el mismo Leovigildo a pesar de cierta tradición no había
hostigado a los cristianos trinitarios148.
Hasta los judíos pudieron practicar en paz su religión. Tuvieron
por consecuencia estos hechos el auge del unitarismo en general y del
arrianismo en particular, con la consiguiente flaqueza de los
trinitarios. Por esto pudo escribir Gregorio de Tours (muere en 594)
que en la España de su tiempo los «cristianos», es decir, los de
obediencia romana eran muy pocos (pauci)149.
Debía
de decir la verdad, pues en el caso contrario no tiene explicación el
comportamiento de los cristianos trinitarios en la guerra civil
desencadenada por la rebelión dé Hermenegildo contra su padre
Leovigildo. Era este monarca un arriano convencido, su hijo se había
hecho cristiano. Desde el punto de vista de la historia clásica era
de suponer que esperaría el muchacho en la lucha contra su padre
recibir el apoyo de sus nuevos correligionarios. Nada de esto ocurrió.
Se mantuvieron los trinitarios tan alejados del bando del padre como
del hijo, probablemente para no comprometerse dado su escaso número y
la situación falsa en que se hubieran colocado. «La revuelta fue
esencialmente un conflicto de godos contra godos, no de godos contra
romanos»150.
Más sospechoso aún resulta el comportamiento de los trinitarios
después de la abjuración de Recaredo, encabezado por Isidoro de
Sevilla que habla desfavorablemente de Hermenegildo.
«En
España, escribe
Thompson, hubo
entonces una conspiración de silencio en todo lo relativo a
Hermenegildo»151.
Se han dado varias explicaciones a hecho tan extraño: Hasta
nuevos conocimientos difíciles de adquirir dado lo oscuro de aquellos
tiempos, se puede sospechar que tan curiosa postura era debida en gran
parte a la situación incómoda en que se encontraba el cristianismo
trinitario. Después de la repentina conversión de Recaredo no estaba
el horno para bollos y los vencedores debían de obrar con prudencia.
La rebelión de un cristiano contra su padre no era un ejemplo que se
debiese pregonar. Más prudente era no menear asunto tan vidrioso.
El
8 de mayo de 589 reunió Recaredo en Toledo el III Concilio de los de
esta ciudad. Se presentaron los obispos en número de 62, en los
cuales estaban comprendidos los obispos arrianos que abjuraron después
del rey y algunos de los suyos. El arrianismo fue condenado. En el
discurso que pronunció el monarca y que ha sido reproducido en las
actas, aparece el primer equívoco, clave de los acontecimientos
futuros. Se mantendrá con la confusión correspondiente a lo largo de
los 102 años en que se reunieron los reyes godos trinitarios y los
obispos de España y de Septiminia. Pues este buen señor —o le han
atribuido estas palabras—, no sólo abjura en nombre propio, lo que
era su perfectísimo derecho, sino en nombre también de la raza goda:
ut
tam de eius conversione quam de gentis Gothorum innovatione. Lo
que era bastante atrevido o sospechoso. La pregunta viene a los
labios: ¿Los había previamente consultado? Bastaba el sentido común
para advertir que si en verdad había Recaredo pronunciado las
palabras antedichas, había que interpretar su gesto o como una
sencilla manifestación piadosa, o como un
puro disparate. Pues no se hace cambiar de religión a millares de
personas sobre las cuales ejerce su autoridad el converso, cuando
muchas de las mismas poseen poderes civiles y militares, con un
sencillo ordeno y mando. El disparate, si en verdad tuvo lugar, fue
repetido por los historiadores que aceptaron estas palabras al pie de
la letra. Así concluyeron que la gran mayoría, si no la nación
entera, se había hecho cristiana y trinitaria como por arte de una
varita encantada. ¡Se habían borrado de repente las diferencias
confesionales que dividían a los habitantes de la península!
Si
era adecuado el razonamiento según el cual los súbditos siguen a
ciegas las opiniones religiosas de quien les gobierna, debía haberse
confirmado con anterioridad; cuando sus reyes eran arrianos, ¿se
convirtieron todos los españoles al arrianismo? Sabemos que no lo
hicieron. ¿Por qué el empleo tan diferente de un mismo argumento en
tan pocos años? Por otra parte, enseña la historia que en cualquier
relación de tiempo y lugar nadie puede hipotecar el íntimo
pensamiento de los individuos, y menos todavía si son cultos o
poderosos. Enrique IV de Francia se hizo católico por razones políticas;
sus numerosos súbditos protestantes no se consideraron obligados a
hacer el mismo gesto.
Innecesarias
eran las evidencias del sentido común. Demostraban los hechos
posteriores la falacia del dicho o la estupidez del acto. En una carta
dirigida a Leandro de Sevilla, Gregorio el Grande recomienda que, para
distinguirse de los arrianos —que efectúan el bautismo en una
triple inmersión—, los romanos lo realicen en una sola. La carta
está escrita en 591, es decir, dos años después del Tercer Concilio
de Toledo. Para que desde tan lejos interviniera el Papa en este
asunto, hay que suponer que el acto de Recaredo no abolió las prácticas
arrianas tan radicalmente como tantos han creído.
Se
sublevaron los jefes godos por todas partes. Tuvo que guerrear
Recaredo. No volvió la paz a las tierras hispanas. Al morir fue
degollado su hijo por Viterico de quien se ha dicho que intentó
restaurar el arrianismo. Desde entonces adquirió la aristocracia goda
la costumbre de conspirar, matar o deponer a sus reyes: ejercicio en
que se adiestraron sus miembros en cada generación hasta el episodio
final del VIII. Se la ha culpado de todas las iniquidades; pero es
también necesario comprender que no se puede gobernar al puro
capricho de uno, contando con el apoyo de una minoría con quien se
comparte el poder sin un consenso por lo menos mayoritario.
Con
la abjuración de Recaredo debieron de ser muchos los que también
cambiaron de postura para no ser menos que el rey. Se ha dicho que
godos e hispanos mudaban de religión como de camisa. Es indudable que
una parte de la población se adhirió entonces al cristianismo
trinitario. Mas, tuvieron tendencia los historiadores a aumentar su
importancia engañados por el realce que le dieron unas personalidades
esclarecidas que lo gobernaron desde sillas episcopales como un
Braulio o un Idelfonso, o que dieron un gran realce a su literatura
como un Isidoro de Sevilla. El prestigio de estos hombres ha
contribuido a aumentar el equívoco de los historiadores. Pues, si se
adentra uno en el fondo de la cuestión, hay que admitir, sin quitar
un ápice al mérito de estos próceres, que su labor ha sido
meramente intelectual:
Braulio
en la elaboración del derecho hispano-godo, Isidoro en el fomento y
transmisión de los conocimientos. Ninguno se ha metido en el meollo
de los hechos, para tratar de cambiar el sentido de la evolución de
las ideas, sea porque no percibían su necesidad, sea porque eran
incapaces de intentarlo, sea porque las ideas-fuerza, cuando han
alcanzado un cierto dinamismo, son irreversibles y tan fatales como
las fuerzas telúricas.
No
es elucubración nuestra esta descripción encaminada a reforzar las
tesis que defendemos, sino mera consecuencia de un estudio meditado de
los concilios que tuvieron lugar en España después del convocado por
Recaredo. Propios y extraños han dicho su admiración por estos
textos, sobre todo por los XVII toledanos cuyas actas han llegado
hasta nosotros. Mas, debido al complejo mencionado, pocos se han
apercibido no de la luz que derraman, abundante y apreciada, sino de
las sombras que inevitablemente tenían que recortar. Pues, silos preámbulos
de las actas están siempre escritos con ánimo triunfante, aparece
luego la realidad con las medidas que ante los hechos era menester
tomar. En fin de cuentas, ¿qué nos enseñan estos cánones? Si los
españoles, salvo los judíos y unos cuantos aldeanos paganos viviendo
en lugares apartados, eran cristianos trinitarios, ¿por qué tantas
reiteradas declaraciones? Los XVII Concilios de Toledo proclaman con
unanimidad su fe trinitaria, a veces con una premiosidad inacabable,
siempre con una constancia que parece excesiva. Si España era
trinitaria, ¿para qué tantas repeticiones enfadosas?
En
la historia de la Iglesia no ha habido más que un Concilio de Nicea,
con una solemne exposición del dogma trinitario. Establecida esta
doctrina, podrá haberse explicado posteriormente algún punto oscuro
o dudoso, pero no se han reunido cada quince años los obispos para
repetir lo acordado en aquella reunión. Como conocían los obispos
españoles mejor que nosotros el ambiente contrario o indiferente que
les rodeaba, reiteraban sus machaconas repeticiones como si trataran
de impresionar al adversario. El Concilio de Mérida, celebrado en
666, es elocuente en la materia: Después de una profesión de fe más
breve que lo acostumbrado en estas circunstancias, acaba su Credo con
las siguientes palabras: Si
alguno no creyera o no
confesara que el Padre
y el Hijo y el Espíritu
Santo son un solo Dios en la Trinidad, sea anatema. Con
esta concisa fórmula estaban despachados todos los unitarios; mas era
también la solemne confesión de que por aquellas fechas, al final
del siglo VII, existían herejes en la nación. Si no los hubiera
habido, como lo han creído tantos historiadores, no se hubieran
producido tantas declaraciones reiteradas, tantos anatemas, por no
tener objeto. Por otra parte, queda el convencimiento que da la marcha
de la historia. Si materialmente no pudieron invadir, conquistar e
imponer su religión los árabes a los españoles, había que explicar
el modo según el cual se habían hecho musulmanes. Por haber sido
destruida no tenemos documentación suficiente para seguir paso a paso
la evolución de estas ideas religiosas. Pero conocemos los dos
estados, anterior y posterior, de esta evolución. La lectura de los
concilios visigodos enseña al lector advertido la existencia de esta
opinión contraria, aunque no sabemos cómo se desenvolvió. Tan
solamente consta el hecho indiscutible: Bastó una crisis política y
social más aguda que las precedentes para que se manifestara como una
explosión.
La
crisis del siglo VII
El
número de los Concilios de Toledo y sus actas enseñan los esfuerzos
emprendidos por los obispos y por los reyes godos que los convocaban,
para establecer en la península un Estado teocrático. Entre el año
400, fecha del primero, y 589, fecha del III, han transcurrido 189 años.
Sólo dos de ellos son nacionales. Los reyes arrianos no debían
favorecerlos, pero tuvieron oportunidad los obispos para reunirse en
otros lugares152.
En todos ellos se dedican a asuntos estrictamente de su
incumbencia. El II de Toledo, celebrado siendo
obispo Mantano el 17 de mayo, año quinto del reinado de nuestro señor
Amalarico, con asistencia de ocho obispos, es característico:
Para nada interviene la política153.
Entre el III toledano y el XVII, de 589 a 702, es decir, en 113 años
hubo quince concilios nacionales, más otros diez sinodales. Se asiste
entonces a una intervención progresiva de la política. Los XII, XIII
y XIV, de 682 a 684, no tuvieron otro objeto.
En
el III, en donde abjuraron Recaredo y su esposa Bado, reina
gloriosa, firmaron igualmente la profesión de fe, los
obispos, los presbíteros y los próceres del pueblo godo, pero no
firmaron éstos los cánones. A partir del año 633, fecha del IV
Concilio toledano, mientras gobernaba Sisenando, cambia por entero la
situación. Se nombran los obispos mediadores entre el pueblo y el
Estado. Así se expresa el canon III: «Todos
aquellos que tengan algo contra
los obispos o los jueces o los poderosos o contra cualquier otro, acudirán
al concilio.» ¿Quién podía ser este cualquier
otro, si no era
el propio rey? Prosigue el texto: «Cualquier
abuso de cualquiera
que sea, que se descubriera en las
indagaciones conciliares,
será reparado a instancias del ejecutor regio». En una
palabra se convertía el concilio en un tribunal supremo, en una
institución más poderosa que el mismo monarca. Pero la práctica
enseñó que este poder lo disfrutaban los obispos cuando el rey, como
en el caso de Ervigio, era débil y su monigote, mientras que eran
sumisos cuando el monarca era enérgico como Vamba, al que no
perdonaron los obispos y con sus zancadillas lograron hundir. Desde el
IV Concilio, es decir, ochenta años antes de la catástrofe final, se
acelera el movimiento. En el tira y afloja, cosa normal dada la
condición humana, entre el rey y los obispos, nunca se puso reparo a
la ejecución del pacto Constantiniano. Salvo acaso Vitiza cuya
actuación analizaremos próximamente, jamás intentaron los reyes
godos una acción en contra del dogma trinitario y los obispos siempre
dispusieron de los gendarmes reales para perseguir a sus enemigos. Con
el curso de los años la simbiosis entre los dos poderes se hace cada
vez más íntima.
Ya
en el III Concilio toledano había de modo indirecto pedido auxilio
Recaredo a los obispos, metiendo además la cuchara en lo que no le
importaba: «... debemos
esforzarnos con todas las
fuerzas en poner orden en
las costumbres humanas y refrenar el furor de los insolentes con el
poder real...». A renglón seguido decreta «su autoridad» que
se rece el credo en todos los lugares de España para
consolidar la reciente conversión de nuestro pueblo y da como
ejemplo la costumbre de las
regiones orientales, es decir, el Imperio Bizantino en donde el
proceso teocrático estaba más avanzado.
Desde
el siglo VI en adelante los concilios de Toledo se hacen cada vez más
políticos: 1.2 Porque los obispos necesitaban más y más de la
fuerza armada para imponer sus ideas en un ambiente cada ‘vez más
hostil. 2.2 Porque los reyes ante la inestabilidad de su situación
personal piden a los obispos el concurso de su acción espiritual para
confundir a sus enemigos. De aquí una serie de cánones, de elogios,
de disposiciones edificantes que se pueden espigar en las actas de los
concilios de este siglo. Los VI y VIII establecen las normas que se
deben seguir para elegir un nuevo rey. El sexto determina
taxativamente que debe ser de raza goda y de buenas costumbres: Nisi
genere Gothus et moribus
digus (Canon
XVII). Thompson ha demostrado que los obispos godos constituían la
tercera parte del episcopado hispánico154.
Se desprende entonces el hecho siguiente: Tenían los obispos españoles
la mayoría en el concilio, pero no se atrevían a declarar que un
hispano gozaba de título suficiente para ser nombrado rey. Temían
sin duda alguna la reacción de la aristocracia goda, mas, en este
caso, ¿por qué prestarse a tales cambalaches? Es muy sencillo: A
cambio de su vergonzosa sumisión disfrutaban de fueros personales y
de prebendas. Se comprenderá en tales circunstancias el alto
prestigio que gozarían entre sus feligreses.
Ya
el V Concilio toledano había establecido con cierta vaguedad que el
rey debía ser nombrado por "elección natural". En el VIII,
a cambio sin duda de la intromisión del poder laico en las
deliberaciones del concilio, se determina que el nuevo rey será
elegido con el voto de los obispos y de los nobles de palacio. Cum
puntificum maioremque palati.
Recesvinto había introducido en esta asamblea por él
convocada en el año 653 nuevas costumbres. Después de un pequeño
discurso entregó a los obispos un libro en el que constaban sus
deseos, los cuales naturalmente debían cumplirse. Después se retiró,
pero quedaron con los obispos y otros tonsurados «varones ilustres
del oficio palatino»: oficii
palatini, para sin duda recordarles la presencia regia. En
su discurso había mencionado Recesvinto la antigua costumbre según
la cual asistían los jefes de palacio a las deliberaciones
conciliares. Remontaba, como lo hemos ya apreciado, al III de Toledo,
pero hasta ahora no habían firmado las actas de los concilios. Ya lo
hacen desde ahora. Estamparon sus rúbricas y pusieron su sello, junto
con los obispos, los abades y los vicarios, dieciocho condes que regían
las diferentes administraciones del reino.
La
colusión entre los reyes y los obispos ha llegado a la más estrecha
colaboración. Se ocuparán de aquí en adelante los obispos de
asuntos políticos menores, como la defensa de los familiares del rey
difunto, o mayores como cuando intervinieron en los Concilios XII y
XIII para confirmar el destronamiento de Vamba, el nombramiento de
Ervigio, o, para apaciguar los celos P |