ISLAM Y AL-ANDALUS

  PUBLICACIONES DE LA YAMA'A

LOS ÁRABES NO INVADIERON JAMÁS ESPAÑA

«LA REVOLUCIÓN ISLÁMICA EN OCCIDENTE»

IGNACIO OLAGÜE

Segunda Parte

LA REVOLUCIÓN ISLÁMICA

Capítulo 5

EL MARCO GEOGRÁFICO: LA CRISIS CLIMÁTICA

  La evolución del marco geográfico en razón de las variaciones del clima que tuvieron lugar en el curso de la historia.

Su papel en la historia de España.

La desecación del Sahara. Fecha aproximada de la evolución de la facies árida hacia la desértica.

I.         Testimonios geográficos

a)        Los bosques antiguos.

b)        La hidrografía.

c)         La toponimia.

II.        Testimonios arqueológicos e históricos

  a)        Evolución del clima en las regiones centrales del Sahara.

      1)  La situación climática al comienzo del primer milenio.

      2)  La situación climática en el siglo V antes de J. C.

      3)  La última mutación de los testigos biológicos.

b)        El clima en el África del Norte al principio de la era cristiana.

III.       Conclusión


Posee el hombre sentidos apropiados a la escala de su estructura particular y así, en razón de su constitución fisiológica, está indinado a creer en la inmutabilidad de lo que le rodea. Por feliz ventura le han enseñado en épocas primitivas los riachuelos y más tarde los espejos en las ciudades, que no siempre conservaba los rasgos de la juventud, aunque todavía le alentara la sangre impetuosa. Le demostraba la más sencilla de las observaciones la ilusión de sus impresiones. Las estrellas, el sol, la tierra, nada es estable en el universo. Son el movimiento y el cambio la gran ley de la naturaleza.

Fontenelles en el exquisito lenguaje empleado por los franceses del siglo XVIII había explicado a su amiga, la marquesa, que se trataba de una relación de proporciones. Si las rosas, decía, cuya vida es tan breve, tuvieran una conciencia, hubieran supuesto que era eterno el jardinero pues jamás le habían visto envejecer. No hizo esta lección impacto alguno en los historiadores que por mucho tiempo todavía concibieron los acontecimientos del pasado con un criterio inmovilista. Cierto, se sucedían las generaciones las unas tras las otras; pero los hombres de la antigüedad o que pertenecían a civilizaciones alejadas en el espacio y en el tiempo, poseían todos un similar espíritu, idénticas reacciones. Tenían la misma idiosincrasia que los actuales. En estos últimos años, sin embargo, demostraba un mejor conocimiento de la evolución de las ideas que no era así. Podía a veces un abismo separar generaciones que no estaban alejadas entre sí por un número importante de fechas. Había cambiado en corto plazo la manera de pensar y vivir de la población de un territorio. De esta suerte existían en el mundo de los conceptos verdaderos seísmos que habían echado por tierra imponentes edificios construidos con laboriosidad en el curso de los siglos. Habían podido por esta causa otras estructuras levantarse sobre las ruinas de las anteriores.

En próximos capítulos tendremos la oportunidad de apreciar una de estas gigantescas mutaciones, espirituales e intelectuales. Conviene advertir sin embargo que no eran estos cataclismos el fruto de una acción estrictamente intelectiva. Muchas veces se había adelantado el seísmo de la naturaleza al del espíritu; no seísmo que hace temblar la tierra, fenómeno local y de limitadas repercusiones. Mucho más grave era la catástrofe que había destruido las más importantes civilizaciones de la antigüedad, sus efectos mucho más terribles, pues se trataba de una intensa transformación del paisaje que les había servido de marco natural. Podía en nuestros días su mecanismo ser comprendido y medidas las repercusiones producidas. Estudios recientes demostraban la importancia de los lazos que unen el hombre al suelo sobre el cual vive.

A finales del siglo pasado, siguiendo las enseñanzas de Ratzel, construyeron los geógrafos una nueva disciplina científica: la geografía humana. En parte, era el hombre producto del marco natural que le cercaba. Existía por lo tanto un determinismo geográfico que el historiador no podía ignorar. Se mostraba tanto más dominante a medida que se remontaba en el pasado, en donde técnicas rudimentarias exponían cada vez más el hombre sin recursos a las cóleras de la naturaleza. Era tan fuerte su imposición que el hombre quedaba señalado como con un cuño. Gozaba el montero que perseguía el venado en las tierras norteñas de otra idiosincrasia que la del nómada que vivía en un desierto tórrido. El esquimal y el tuareg poseían la misma constitución fisiológica; el medio les había modelado de tal suerte que eran diferentes. Ocurría lo mismo con las civilizaciones que son el fruto de una sociedad, es decir, de un número finito de individuos. Empezaron pues los geógrafos .a analizar las relaciones que se establecen entre el cuadro natural y la actividad social. Consiguieron destacar en el anonimato de las masas esparcidas por el globo, sociedades que se distinguen por un paisaje propio en donde domina un rasgo sobresaliente: una especie biológica, una facies botánica o morfológica. Han aislado de este modo los investigadores las civilizaciones del reno, del camello, de la miel. Han observado el hombre de los bosques, de las montañas, de las islas, de las ciudades. Lentamente esclarecía el destino humano una nueva comprensión de la vida social.

Entonces se dieron cuenta los historiadores de que no podían ignorar estas nuevas enseñanzas. Para alcanzar el verdadero espíritu que se desprende de las grandes civilizaciones del pasado, de la civilización griega por ejemplo, era necesario situar el idioma, la literatura, el arte, la economía, la política, en suma los acontecimientos históricos en el marco natural que les correspondía. La exposición de los diversos compartimientos de una cultura, estudiada aisladamente como lo había hecho la historia clásica estaba enranciada. Antes de emprender el enfoque de los hechos era necesario establecer las relaciones que habían existido entre el hombre y el paisaje en donde había vivido. Siendo el medio totalmente diferente, su papel en la historia, el caudal de conocimientos que había transmitido a las civilizaciones que le habían sucedido a orillas del Mediterráneo, la civilización helénica no podía en nada asimilarse a la civilización maya que se había desarrollado en un marco distinto.

Cuando empezaban los historiadores a adaptarse a esta nueva concepción de la vida humana, descubrieron los geógrafos la existencia de otros fenómenos aún mucho más complejos: las modificaciones constantes del contorno físico y biológico en el que está inserto el hombre. Inmediata era la deducción: No era igual el marco geográfico en que habían florecido las civilizaciones históricas del que se mantiene hoy día en los mismos lugares. Ciertos caracteres de orden físico como el nivel del mar en el Mediterráneo, el espesor de las capas de humus, el perfil de los ríos, etc., habían cambiado de modo notable. Era sobre todo el clima el que se había modificado. El paisaje de Grecia en los tiempos de Pendes pocas relaciones mantenía con el de nuestros días. Si por la gracia divina recibiera ahora el gran legislador el permiso de volver a la tierra, muchas dificultades padecería para reconocer los contornos que le habían sido familiares.

En la segunda parte del siglo XIX, desenterraron los arqueólogos de la arena del desierto ruinas a veces muy importantes: los testigos de grandes ciudades que aparecían ante sus ojos deslumbrados. Era evidente que ciertas civilizaciones de la antigüedad habían existido en regiones que poseían hoy día una facies árida, subárida o desértica. Razonable era de ello deducir que el medio actual no había podido sustentar las necesidades de estas antiguas sociedades. Atravesando estos lugares, observando estas ruinas y discurriendo sobre sus enormes dimensiones, viajeros adiestrados en otros métodos de trabajo que los empleados por los historiadores, concluyeron que las tierras circundantes a las ruinas, hoy en día degradadas, habían sido antaño fértiles. Para explicar esta situación, recordando las enseñanzas de las ciencias geológicas de las que dominaban la técnica, determinaron dichos exploradores geográficos que había cambiado el clima en los tiempos históricos.

De acuerdo con múltiples e increíbles descubrimientos últimamente realizados por las ciencias paleontológicas, acababan nuevas perspectivas de trastornar los conocimientos acerca del origen del hombre, la historia de la tierra y de su vida. Remontándose desde nuestros días hacia el pasado, el antropomorfo se había convertido en homo faber hacia unas fechas que se podían situar en los alrededores del millón de años. En tan larga existencia modificaciones fundamentales del clima habían transformado nuestro hemisferio, evolucionando varias veces desde una situación atmosférica calidísima a una polar y viceversa. Había sufrido el hombre en este lapso de tiempo, el cuaternario, cuatro importantes glaciaciones. Durante la regresión de la última, hace unos ocho mil años, había descendido la banca polar hasta la desembocadura del Támesis. Poseía el Sahara en esta época un clima templado y los pueblos que lo habitaban crearon una civilización adecuada. Desde entonces la retirada de los hielos hacia el norte se hizo lentamente con una serie de movimientos oscilantes.

A finales del siglo XIX, cuando empezaban estas ideas a perfilarse con precisión en la mente de los sabios, el príncipe Kropotkine, amigo del geógrafo francés Elysée Reclus, descubrió en las estepas del Turkestán bosques de árboles desecados, a veces solidificados, que se extendían sobre centenares de kilómetros cuadrados. Célebre por sus trabajos de geografía y sus ilusiones anarquistas, no solamente comprendió el ruso que se trataba de un cambio brusco del duna que apuntaba hacia una repentina aparición de la sequía; fue el primero en deducir del fenómeno consecuencias de orden histórico. Habían comenzado a padecer los efectos de una crisis climática las altas planicies de Asia Central hacia el tercer milenio antes de la era cristiana. La degradación de las tierras había provocado la emigración de los nómadas hacia el Oeste en donde se hallaban mejores pastos. Así se explicaba la llegada de los alpinos a Occidente y, mucho más tarde, el trasiego por estas regiones de hordas bárbaras; en una palabra, el desplazamiento de una gran masa de gente hacia las llanuras verdes y fértiles de nuestro continente.

Para confirmar estas observaciones subvencionó en 1903 el Instituto Camnegie de Washington un largo viaje de exploración por el Turkestán. Estaba dirigida la expedición por el geógrafo americano Rafael Pimpelly. Reconocieron los excursionistas la importancia del área de los árboles desecados; los más frecuentes eran chopos o álamos. Estaban acompañados los sabios yanquis por un joven estudiante que llegaría pronto a ser célebre: Ellsword Huntington. Se hizo cargo inmediatamente de la importancia de los cambios de clima que habían tenido lugar en la historia. Dedicó La primera parte de su vida a su estudio. Por de pronto confirmó en sus trabajos las hipótesis de Kropotkine, para lo cual emprendió largos estudios para poner a punto métodos diversos de investigación. Estas búsquedas le ocuparon desde el año 1905, en que publicó sus notas sobre el Turkestán, hasta 1924, fecha de la tercera y definitiva edición de su obra: Civilization and clirnate, síntesis de sus esfuerzos 54.

Huntington y otros especialistas convencidos por sus enseñanzas, acometieron indagaciones numerosas para averiguar las variaciones del nivel de las aguas en ciertos lagos asiáticos, en relación con la situación de algunas ruinas conocidas. Se desprendía de estas encuestas, sirviendo los monumentos de punto de referencia, el hecho de grandes oscilaciones en el régimen de las aguas cuya superficie subía o bajaba según las épocas y su pluviosidad. El Caspio, mar cerrado, testigo de un océano terciario desaparecido, era particularmente favorable a estas pesquisas, pues en sus orillas se habían desarrollado en el curso del tiempo importantes civilizaciones. También estudiaron otros investigadores las modificaciones de las facies, fueran botánicas o zoológicas, en regiones que hoy día son desérticas. Penck, uno de los fundadores de la morfología glacial, observó los movimientos de la vegetación y de las dunas en el Sahara del Sur. Confirmaron sus trabajos los de Huntington: Se manifestaban las oscilaciones de la naturaleza hacia una climatología polar o tórrida de acuerdo con una sucesión de marcos geográficos, siguiéndose con un orden determinado, caracterizados por asociaciones geobotánicas precisas. No podía desaparecer bruscamente el manto vegetal subpolar para dejar el sitio a especies subáridas. Una serie de cuadros intermedios debían de haber existido encadenados a ambos extremos; lo que era de importancia capital para reconstruir el paisaje en un momento dado del pasado.

Grant ajustó otro método de investigación muy curioso. Dedicado al estudio del desierto de Siria, consiguió con la ayuda de testimonios históricos establecer estadísticas con las cuales podía apuntar las variaciones del número de las caravanas que lo atravesaban para ir de Damasco a Caldea. Asimismo pudo determinar las fechas de los cambios de los trayectos, el momento en que las rutas convertidas ya en peligrosas por la ausencia de agua fueron abandonadas. Demostraban estos hechos las oscilaciones de la pluviosidad y la actividad de la sequía en estas regiones, antaño ricas y fértiles como lo atestiguaban los textos y la arqueología.

Con estos métodos semigeográficos, semihistóricos, que podían sacar de apuro al historiador en un caso muy particular, se lograba solamente enunciar proposiciones generales: Había cambiado el clima desde la antigüedad. Se adquiría la certeza de que un proceso de aridez se había manifestado desde el siglo II después de J. C. y habla adquirido sucesivamente un carácter agudo. Imposible era determinar una situación climática precisa con referencia a una región en un momento del pasado; lo único permitido al sabio era inducir relaciones entre la crisis climática y los acontecimientos que estudiaba.

Ya no fue lo mismo con otros procedimientos discurridos por Huntington que poseían el rigor de los cálculos matemáticos; con lo cual se les podía aplicar a todas las circunstancias de espacio y de tiempo. Por de pronto, entendió que las dobles impresiones radiales que aparecen en las secciones transversales de árboles corpulentos aserrados, si se calcula el promedio en un número importante de individuos, determinan el año y también su característica de sequedad o de humedad. Existe en California un árbol gigantesco, la Sequoia washingtoniana, cuya edad alcanza los 3.500 años. Para el especialista constituyen verdaderos archivos meteorológicos. Huntington estudió minuciosamente 450 y con el cálculo estableció gráficos exactos y precisos55. Fueron confirmados por otro método, éste de orden químico, que también logró poner a punto de modo ingenioso. A escasa distancia de las sequoias se encuentra un lago salado, el lago Owens, alimentado por un río del mismo nombre cuyas aguas son conducidas a Los Angeles. Cuando la estancia de Huntington en California para el estudio de sus árboles gigantescos, había llevado a cabo la sociedad contratista de la explotación análisis numerosos de las sales que se encuentran en el lago y en el río. Con esta comparación es posible deducir de acuerdo con un proceso que no podemos aquí exponer la evolución del clima en la región. Los gráficos establecidos de modo matemático coincidían en todos sus puntos con los de las sequoias.

Eran estos datos de capital importancia para el historiador porque las sequoias y el lago se hallan en la misma latitud que el mar Mediterráneo. Pero estos horizontes fueron ensanchados todavía más por los trabajos de los meteorólogos. Han logrado explicar, en parte por lo menos, las causas de las situaciones climáticas existentes en nuestro hemisferio. Se ha sabido así que la pluviosidad de una región depende del paso de los ciclones que llegan del oeste. Tienen su origen en el Pacífico, en donde se realiza la mayor concentración de moléculas de agua en la atmósfera, debido a la mayor cantidad de agua marina acumulada en aquella parte del globo. Son desplazadas estas moléculas hacia el este por la rotación terrestre. Formando nubes en oleadas sucesivas atraviesan el continente americano en su parte norteña y de allí se esparcen por Eurasia de acuerdo con el juego complicado de las presiones. Según que sea más o menos numeroso el paso de estas depresiones por un lugar, será más o menos constante su pluviosidad. Como había adquirido Huntington la certeza de que las regiones en donde antaño se habían desarrollado grandes civilizaciones, habían sido también fértiles aunque fueran ahora áridas, lanzó la hipótesis de que esto era debido a que en otros tiempos había sido más numeroso que ahora el paso de las oleadas ciclónicas.

Fueron confirmados los gráficos obtenidos con el estudio de las sequoias y de las sales del lago Owens por los trabajos del morfólogo sueco De Geers en 1940 sobre los depósitos que dejan los glaciares en su retirada por el hecho de la llegada de temperaturas más elevadas (Varvas)56. Consiguió establecer una cronología de la situación climática a lo largo de los últimos milenios. Los resultados obtenidos con este método tan diferente de los empleados por Huntington por de pronto confirmaron los términos del problema y eliminaron todo recelo. Se puede en nuestros días estudiar la evolución del clima en los tiempos históricos y fijar con datos precisos las grandes crisis atmosféricas 57.

En resumen, ha evolucionado Europa en estos últimos diez mil años desde un clima polar o de glaciación hacia una situación de temperaturas templadas o de ínter glaciación. Con toda evidencia se manifiesta en nuestros días otra crisis climática. Para la gran mayoría de las gentes pasan desapercibidos los síntomas del fenómeno; lo que se explica por la constancia de la vegetación, que se defiende contra las oscilaciones de la naturaleza. Salvo a una minoría de especialistas que manejan un instrumental adecuado, induce a error en sus principios el fenómeno, lo mismo a los contemporáneos que a los hombres cultos del pasado que no han podido transmitirnos noticias. De aquí la incomprensión de los historiadores que sólo se fían en textos escritos.

Cambia el clima en nuestros días con sus pertinentes oscilaciones. Asciende cada vez más hacia el norte la gran banca polar. Permite el deshielo el paso de barcos en invierno por el Ártico, lo que era imposible hace algunos años. Las asociaciones botánicas y zoológicas se encuentran en movimiento. Retroceden los glaciares en todas partes. Ha aumentado la temperatura. Así lo atestiguan los archivos del observatorio meteorológico de Toulouse, en Francia, el más antiguo, después de cien años de diarias observaciones, cuyo promedio ha sido publicado en la celebración de su centenario. Roe la sequía de modo activo las regiones mediterráneas y extensas partes del globo. En una palabra, se asiste hoy día a modificaciones climáticas producidas por un fenómeno que con más o menos agresividad se ha manifestado varias veces en el pasado. La observación directa confirma la existencia de crisis semejantes ocurridas en la historia.

Consta, e importa subrayarlo, que el paso de una situación de frío extremo, hace diez mil años, a una situación de calor relativo en los días actuales, no se ha realizado ni de modo uniforme, ni en razón de un brusco desfase. Se ha manifestado esta evolución por oscilaciones, en etapas sucesivas. Los períodos de frío y de pluviosidad han sido, en alternancia recíproca, seguidos por olas de calor y de sequía. En correspondencia con este ritmo, se mantenían durante un cierto tiempo las asociaciones geobotánicas con su paisaje característico. Luego, se producía bruscamente la mutación en la decoración, debido a la aparición de otras asociaciones mejor adaptadas a las nuevas circunstancias. Pero esta sucesión de marcos siempre señalaba una dirección, en nuestro hemisferio, desde hace unos ocho mil años: la ínter glaciación. Por esto, siguiendo a Huntington y a su escuela, llamamos a estas series de oscilaciones dirigidas en un sentido determinado: pulsaciones.

Ya no pueden ignorar los historiadores estas enseñanzas. Importantes civilizaciones, como las que se habían desarrollado en Mesopotamia, habían desaparecido corroídas por la sequía. La erosión eólica había sepultado bajo las arenas Sumer, Nínive, la inmensa Babilonia. Por el contrario, han sido derruidas otras civilizaciones por el fenómeno opuesto: Las de los mayas, de los khmers que construyeron los templos magníficos de Angkor, y otras menores menos conocidas, fueron enterradas bajo el bosque tropical. Aparecido de pronto, había desfondado las ciudades, sus construcciones civiles y religiosas, cuyas ruinas se descubrían bajo imponentes masas de hojarasca. En el estado actual de los conocimientos, las modificaciones del clima en el curso de los tiempos pasados, cambiando el ambiente y la ecología de las sociedades antiguas, eran una de las claves para entender la evolución de la historia universal.

Cuando emprendimos nuestros estudios sobre la decadencia de España, como nuestros antecesores, nos encontramos en presencia de una gran cantidad de documentos, redactados al final del siglo XVI o en el comienzo del XVII, que poseen todos un mismo carácter. Directa o indirectamente reflejan los efectos de una crisis econ6aiica que había entonces asolado las dos Castillas. Ha servido de base a los historiadores el estado de opinión producido por las calamidades para diagnosticar la decadencia de nuestra nación. Pero, sin intervenir en una discusión acerca de este criterio que por cierto no estaba confirmado por los acontecimientos políticos, contemporáneos o posteriores, ocurría que los investigadores especializados en el análisis de esta época no se ponían de acuerdo para averiguar de lo que se trataba. Cierto, existía una crisis. Era la evidencia misma. Mas, cuando estimaban algunos que era el resultado de actos políticos, afirmaban otros que era estrictamente económica. Los más listos, para contentar a ambos bandos, aceptaban las dos proposiciones. Nadie, sin embargo, había logrado averiguar las causas de esta situación; tanto más que los esfuerzos de los historiadores del siglo pasado para explicarla buscando argumentos en asuntos bastante alejados del verdadero problema, como la Inquisición, la expulsión de los moriscos o las guerras de religión, estaban desacreditados por los progresos realizados en la investigación histórica.

Advertidos por los trabajos de Huntington, hemos comprendido que los hechos descritos y la oleada de malhumor que entonces descargó sobre los poderes públicos, eran la consecuencia de una crisis climática que había asolado la alta planicie castellana. Padecía la Península Ibérica un recrudecimiento de las oscilaciones atmosféricas que se traducía por la extensión de la sequía. Para demostrarlo, discurrimos varios métodos inspirados en los empleados en paleontología. Los hemos llamado biohistóricos y nos han permitido descubrir una pulsación cuyas manifestaciones se traslucen de modo positivo a partir de 1550.

Desde entonces se imponía una enseñanza: La evolución histórica de la península estaba en función de un fenómeno físico de importancia decisiva. Por sus enormes dimensiones geográficas podía servir de punto de referencia. Era la desecación del Sahara Occidental que se ha realizado sucesivamente desde el siglo III de nuestra era, oscilando desde una facies árida hacia una facies desértica. Para determinar esta acción hay que remontarse a la pre y a la protohistoria.

Se destaca claramente en estas épocas remotas la acción determinante del clima por el hecho de la enorme escala de las transformaciones. Resulta fácil la observación del fenómeno porque sus efectos resaltan con caracteres voluminosos. Estaba recubierto el norte de Europa por la banca polar, la Península Ibérica dominada por la acción de los glaciares y el Sahara convertido en una zona templada. Para comprender esta situación no se requiere un microanálisis. Admitido el hecho, el simple razonamiento deduce la conclusión:

Si la gran banca polar en vez de situarse como en nuestros días en Groenlandia descendía hasta la desembocadura del Támesis, y por otra parte gozaba el Sahara de humedad con las praderas consiguientes, era evidente que para alcanzar la Península Ibérica la facies árida que en su mayor parte la caracteriza ahora, tuvieron que haberse sucedido dada su posición geográfica una serie de situaciones intermedias, propias del paisaje de las regiones templadas. Es decir, desde los fríos de antaño hasta nuestros días, se habían sucedido unos cuadros naturales, con una fisionomía norteña, que explican en parte su evolución histórica.

Se presentaba, sin embargo, al historiador una gran dificultad: Había que fechar cada mutación del paisaje, cada marco natural, si no quería uno resbalar conscientemente en anacronismos rutilantes. Había poseído la península en la Edad Media otro clima que en los tiempos modernos. Era responsable este desconocimiento entre otras causas del carácter mítico de la historia de España. Por consiguiente, para esclarecer el caso particular que nos interesa en esta obra, los hechos oscuros que han tenido lugar en el siglo VIII, es menester reconstruir el marco natural entonces existente, en razón de la evolución general del clima en nuestro hemisferio. Como estaba en correlación con la situación atmosférica existente en el Sahara, se reducía el problema a determinar de una manera positiva su última transformación; es decir, la fecha en que había pasado de la facies esteparia a la facies desértica. De acuerdo con nuestros actuales conocimientos, como será demostrado en las páginas siguientes, es razonable situar esta mutación en la Alta Edad Media. Si esto es exacto, se debe admitir la existencia de una conexión entre la mutación del paisaje y la crisis económica y política que había arrasado en la misma época el Magreb y la mayor parte de la Península Ibérica. En otros términos, la revolución islámica estaba en función recíproca con ci proceso de desecación del Sahara.

Concuerdan la mayoría de los geógrafos en el principio siguiente: Los desiertos actuales son de formación reciente. Podrá discutirse el mecanismo climático; lo indudable es que el proceso de aridez acentuándose hacia el desierto no ha sido en todas las regiones simultáneo en el tiempo. Hay desiertos antiguos, los hay más recientes. En razón de las gigantescas dimensiones del Sahara: unos cinco mil kilómetros desde el Mar Rojo al Atlántico, unos dos mil desde el Atlas hasta el Sudán, cerca de diez millones de kilómetros cuadrados, no ha podido ser igual en todos los lugares el proceso de aridez. La facies desértica de su parte occidental es mucho más reciente que la oriental 58.

¿Cómo apreciar esta diferencia? Gauthier, uno de los primeros estudiosos del Sahara, empleaba una frase acertada: Decía que los desiertos antiguos como el de Libia estaban en estado «aséptico». Quería así expresar el hecho de que en estas regiones las condiciones geofísicas y climáticas se imponían con tal rigor que era la vida prácticamente inexistente. La fauna y la flora habían desaparecido. Las caravanas no las atravesaban. Con los medios antiguos nadie se atrevía con el intento. Por el contrario, el desierto occidental, de formación mucho más reciente, poseía pozos importantes; rastros de vegetación atestiguaban una situación anterior ya desvanecida. Aún subsiste una fauna especializada y desparramada. En ciertos sitios aparecen pastos suficientes para alimentar en el invierno algunos rebaños de cabras y de camellos. Nómadas y caravanas discurren aún por estos lugares. Las rutas empleadas y las abandonadas, así como la antigua toponimia, se conservan en la memoria de los guías.

La facies geofísica confirma también la existencia de una divergencia con respecto a la época en que el suelo se ha deteriorado. En cl Sahara Oriental la red fluvial se encuentra colmada y taponada por la erosión eólica. Esconden las arenas el relieve antaño esculpido por las aguas. Adquiere así el paisaje un carácter particular, una uniformidad grandiosa, pero lunar. En contraste, la parte occidental del Sahara conserva una red fluvial fósil. No corre el agua, mas grandes valles cuaternarios, excavados por ríos en nuestros días desecados, pueden reconocerse perfectamente. Contrastan con una red menos aletargada, situada más al oeste, en la cual los uadi despiertan algunos días en el año, cuando la riada formada por la tormenta en ellos se precipita violentamente para luego desaparecer tragadas mansamente por las tierras permeables de lagunas situadas generalmente en el fondo de cubetas morfológicas. Si se aproxima uno más al Atlántico, conservan los uadi su contextura geofísica como los ríos europeos. Así, se puede percibir en el Río de Oro los meandros del SeguiaalHamra, cuyas riberas están desprovistas de vegetación, pero cuyo lecho mantiene aún el trazado sinuoso de un río en vida.

Algunos autores, como Gauthier, que ignoraban los trabajos de la escuela de Huntington, habían sin embargo reunido pruebas suficientes para enseñar que este proceso de aridez y desertización era moderno. Como desconocían la existencia de cambios climáticos en épocas recientes, atribuían la formación del desierto a un proceso mecánico, producido por ciertas condiciones características de tiempo y lugar: calor tórrido en el día, frío nocturno, acción química, erosión eólica, etc. Hemos apuntado en otros trabajos nuestros el papel que desempeña la orografía en la dispersión de los ciclones por la Península Ibérica. Mas es indiscutible que las formaciones geotectónicas son secundarias comparándolas con el fenómeno principal. Así como en nuestra tierra, la escasez del paso de los ciclones en nuestros días es más importante que el papel desempeñado por la orografía, lo mismo en el Sahara la mecánica física es mera consecuencia de la ausencia de lluvias. De no ser así hubiera sido sincrónico el proceso en todas las regiones de este inmenso desierto. Como lo demuestra la observación, las condiciones físicas mecánicas tenían más largo abolengo en la parte oriental del Sahara. Se mostraba el fenómeno mucho más reciente en la occidental. El criterio expuesto por los primeros exploradores era indefendible, pues la pluviosidad favorece la vegetación y frena ésta la erosión de un suelo descamado e indefenso. Se podía concluir que la acción mecánica era subsiguiente a la sequía y por otra parte, el proceso de desertización no había sido sincrónico en toda la inmensidad de este vastísimo territorio. El oeste, próximo al Océano, había sido favorecido en detrimento del este.

No podía ser de otra manera: Nos consta que en nuestro hemisferio vienen siempre los ciclones desde el Atlántico impulsados por la rotación terrestre. Se trata pues de una constante histórica que ha debido de manifestarse desde las primeras horas de la formación del globo. En consecuencia, las regiones que se hallaban cerca del mar gozaban desde el final de la última glaciación de una mayor probabilidad de recibir lluvias abundantes que las alejadas por varios millares de kilómetros.

Quedaban así confirmadas las tesis de Huntington. En el curso de los tiempos históricos, el paso de las depresiones por la zona del Estrecho de Gibraltar se hacía cada vez menos frecuente; sus ramales meridionales perdidos hacia el sur, aquellos que podían regar el Sahara Central y Oriental, menguaban de más en más. A medida que las depresiones aumentaban en el norte de Europa, parecía que las del sur escaseaban. No poseyendo la potencia de antaño, se desvanecían sin haber llegado a franquear distancias importantes. Se comprende ahora cómo los efectos de la aridez se habían manifestado en un principio en las regiones más alejadas del mar, en las altas planicies de Asia Central. Siguiendo los impulsos de la naturaleza, la ola de humedad se había retirado paulatinamente del este hacia el oeste, produciendo modificaciones climáticas que tenían en los pueblos que las padecían repercusiones económicas, sociales y políticas.

En lo que concierne nuestras tesis sólo nos interesan las regiones del Sahara Central y Occidental. En el estado actual de los conocimientos poseemos una información suficiente para poder establecer una cronología aproximada de su proceso de aridez. Nos basta precisar las fechas de las modificaciones del paisaje en el norte de África para comprender el papel que desempeñaron en los acontecimientos del siglo VIII.

Dadas sus dimensiones no podían las regiones centrales y occidentales del Sahara escapar a la regla. Tampoco eran sus procesos de aridez sincrónicos y sus facies uniformes. Las centrales han sufrido una acción más pronunciada. Existe en ellas un Tanezruft o sea un desierto de la sed, que alcanza de ciento cincuenta a trescientos kilómetros en sus dimensiones de norte a sur. Está rodeado el núcleo desértico por estepas xerofíticas muy alteradas, en las que se modifica la facies hacia una vegetación subárida y luego meramente árida, a medida que se dirige uno’ hacia el Mediterráneo o hacia el Níger. Como por principio sabemos además que existe en un área de gran extensión una sucesión de marcos naturales, el proceso de desertización del Tanezruft implicaba automáticamente un proceso de degradación de los marcos geobotánicos superiores, escalonados sea hacia la facies ecuatorial de las regiones situadas más al sur, sea hacia la facies de los climas templados a medida que se subía hacia el norte. En otras palabras, correlativo con el aumento de aridez, la formación y la extensión del Tanezruft coincidía con una modificación de las zonas periféricas envileciéndose. Las áridas se transformaban en subáridas, las subáridas en esteparias y así sucesivamente.

Esta ley de correlación permite reconstituir la sucesión de los paisajes que han existido en el pasado. Basta para ello reunir los testimonios requeridos en número suficiente para determinar la existencia de los marcos naturales antiguos; y hasta en ciertos casos es posible establecer la cronología segura de sus mutaciones. Resulta tanto más fácil esta labor ya que este proceso es reciente. Pueden aún reconocerse los testigos de orden geobotánico y biológico. Como lo veremos mas adelante, dada su cercanía en el tiempo puede también confirmarse con testimonios históricos: empresa bien ingrata de llevar a cabo si fuera menester estudiar un desierto en estado de asepsia, como el del Sahara Oriental.

 

1. TESTIMONIOS GEOGRAFICOS

a) Los bosques antiguos

Está demostrado que en épocas recientes existían en el sur argelino y en las regiones centrales del Sahara bosques importantes. Según Lionel Balout el hecho es incontestable en lo que se refiere a la prehistoria:

«En esta época una humedad mayor del clima, escribe, está atestiguada por la rubefacción de las arenas de la zona del litoral más lejos, en el interior, una indicación análoga es dada por el análisis de carbones, rescoldos apagados de las hogueras prehistóricas. En el yacimiento de Uad Djouf-el-Djemel, en el corazón de los Nemenchas, quemaba el hombre ateriense el fresno espinoso, el cual se ha refugiado en nuestros días en la alta montaña. El paisaje actual de Uad Djouf consiste en algunos pistacheros en el valle y brotes de alfa en los alrededores»59.

Esto naturalmente es muy antiguo, pues el hombre ateniense pertenece al VII milenio a. de C. Pero de los datos recogidos por este autor conviene destacar dos hechos interesantes:

1) Las caracoleras, lugares en donde se preparaban los caracoles para su exportación y su consumo, se hallan por millares en el sur de Túnez. El análisis de las cenizas de las hogueras permite localizar los antiguos bosques y clasificar las especies más frecuentes. Pertenecen ciertas caracoleras a edades más modernas, desde la civilización capsiense (VI milenio) hasta las culturas neolíticas del último milenio que se confunden con los tiempos históricos.

2) Ciertos yacimientos tienen grandes dimensiones: «Bajo el grandioso paredón de Relilai, 5.000 m de cenizas representan unos 500.000 m3 de madera carbonizada y toda la depresión de Tlidjene, al suroeste de Tebessa (sur de. Constantiina) posee numerosos yacimientos análogos bajo refugios y basta en cuevas» (Lionel Balout)60. Como se trata de estaciones sencillas, la importancia de los depósitos demuestra la continuidad en el tiempo de las especies botánicas.

No conocemos (1960) trabajos que permitan a grandes rasgos establecer las fechas aproximativas de las modificaciones sucesivas del manto vegetal en África del Norte. Es probable que de acuerdo con un orden cronológico se hallen escalonadas según las regiones de acuerdo con la orografía. Existen testigos diversos que parecen confirmarlo, hasta en el Tanezruft. El botánico Lavandan, nos dice Gauthier, había encontrado en esta región muestras evidentes de un desecamiento reciente61.

Por nuestra parte podemos aportar el dato siguiente: El señor Picq, meteorólogo que ha vivido en los observatorios del Sahara, nos ha comunicado que existe un frente de silicificación de especies vegetales que se extiende entre Ausogo y Mieneca, en el sureste del Sahara, en las regiones situadas al norte del Níger. Sobre las orillas del río se desarrolla una flora característica, pero cuando se dirige uno hacia el norte empiezan los bosques de madera dura. Más arriba aparece entonces el proceso de silicificación. Derechos se yerguen todavía los árboles muertos y desecados, La sílice llevada por el viento penetra en las fibras de la madera. Se convierte el tronco en monolito. Más arriba aún hacia el norte, se les halla tumbados por el viento, y por el suelo se esparcen sus trozos rotos en piedras gruesas. Se les encuentra todavía más arriba en pedazos más pequeños con los cuales los indígenas hacen mangos para los cuchillos. Se trata del mismo fenómeno que había observado Kropotkine en el Turkestán. Este proceso de silicificación, escalonado en una extensión tan grande, señala de un modo preciso un desecamiento de estos lugares en fechas no muy lejanas en el pasado, un desecamiento que ha sido además rápido.

La existencia de especies corpulentas en el Sahara ha sido recientemente confirmada por la observación directa. Se conservan aún coníferas en el centro del desierto. En el curso de una expedición llevada a cabo en 1950 para copiar pinturas rupestres en el Tasili, el explorador y arqueólogo Henri Lothe ha hallado en Tamrit cipreses (Cupressus dupreziana) «cuyos troncos miden ¡seis metros de circunferencia! Los cipreses que se destacaban ante nosotros son una de las curiosidades más singulares del desierto. Exi.rtían antaño en el Hoggar en donde un viejo tronco fue bailado hace pocos años. Jamás había visto esta especie en la región. El guía me explica que existen en los montes vecinos numerosos árboles muertos hace mucho tiempo... Proceden ellos también  de la prehistoria y son los raros testimonios de un pasado mucho más húmedo.. Quedan aún un centenar, pero el inventario que hicimos con minuciosidad enseña que fueron numerosos en las cumbres del Tasili... Así, las sierras del Hoggar y del Tasili gozaban antaño de un clima mediterráneo y por consiguiente no debe extrañar que estuvieran poblados estos montes»62.

El testimonio es indiscutible. Basta con saber que estos testigos de los tiempos pasados han podido conservarse en esta región desértica por el hecho de la orografía. La meseta del Tasili en donde se hallan los cipreses de Tamrit tiene una altura de 1500 a 2000 metros.

 

b) La hidrografía

Hemos indicado anteriormente que el Sahara Occidental se caracteriza por una red fluvial de ríos muertos, cuya morfología puede aún hoy día distinguirse muy bien.

Son muy importantes algunos de estos uadi. Han acarreado en otros tiempos grandes masas de agua. El uad Saura que desciende del Atlas marroquí se extiende hasta quinientos o seiscientos kilómetros hacia el centro del Sahara. Pero, como el agua corre tan sólo unos cuantos días al año, resulta evidente que no es su fuerza la que ha escarbado el lecho del río, seco en estado normal. Ocurre lo mismo con Otro uad, éste ya fósil, que poseía en otros tiempos dimensiones impresionantes, el antepasado del Igargar. «Tenía su fuente en los trópicos y su cubeta terminal cerca de Biskra: un millar de kilómetros a vuelo de pájaro; una longitud intermedia entre el Danubio y el Rhin. El Igargar corría del sur al norte, del corazón del desierto a su periferia; al revés exactamente que el Saura. En lugar de descender del Atlas, va este río hacia la montaña. Las consecuencias de este hecho son considerables» (Gauthier)63.

Una causa explica tan extraña morfología: En tiempos antiguos existía en las regiones centrales del Sahara una pluviosidad importante, cuyas aguas alimentaban un río de grandes dimensiones que había esculpido los valles y formado una inmensa red fluvial. De esta suerte el Igargar seguía una dirección paralela a la del Nilo; pero, era menos largo, se hallaba su fuente al norte del término ecuatorial en una comarca cuyo dima fue convirtiéndose paulatinamente en desértico. Por el contrario, las fuentes del Nilo se hallan en el corazón de la zona ecuatorial. Tiene dos ramas que le alimentan y dos reservas naturales de enorme alcance, situadas en regiones regadas en ciertas épocas del año por una pluviosidad extraordinaria. Por esta razón ha podido el Nilo mantener su corriente en su paso por el desierto, para alcanzar el Mediterráneo; mientras que el Igargar se ha fosilizado. Mas, el agostamiento y la muerte de estos grandes ríos han tenido lugar en fecha reciente. Lo confirman dos testimonios:

Como el uad aún no ha sido tapado por la erosión eólica, hay que reconocer que la fecha de su desecación no puede estar muy alejada en el pasado; pues, en contraste, el relieve de la red hidráulica del Sahara Oriental ha desaparecido. Por tal motivo el fenómeno físico está corroborado por testimonios biológicos. Se encuentra actualmente en el antiguo sistema fosilizado del lgargar una fauna acuática residual, últimos descendientes de especies que en razón de su constitución fisiológica habían vivido en otros tiempos con abundancia de agua. Tampoco pueden situarse aquellos años en fecha muy lejana. Posee la vida recursos insospechados de resistencia y de adaptación; pero, en fin de cuentas, está siempre condicionada por ciertos límites extremos. No puede repetirse constantemente el milagro y es ya un milagro la supervivencia de estos testigos.

«Que haya fluido el agua por los valles muertos del lgargar en fecha reciente, escribe Gauthier, lo atestiguan no sólo sus formas aún juveniles. Desde hace tiempo se conoce en Biskra y en los oasis del “uad" Rir, es decir en la cubeta terminal del Igargar cuaternario, pececitos tropicales, los "chromys”. Abundan hoy día en las charcas de agua, en las acequias de los palmerales. Se les ha viste surgir de los pozos con las aguas artesianas. Se refugian en donde pueden en los veneros subterráneos. Recientemente, en esta misma región se ha encontrado un pez mucho más grande: el «Clarias lazera», un siluro que en inglés tiene un nombre popular: «cat fish». En el viejo mundo se trata de un pez tropical. Pululan en Egipto, porque han seguido el Nilo; pero es un intruso en el mundo mediterráneo. En el Sahara argelino se le encuentra a todo lo largo del Igargar desde las lagunas en donde antaño desaparecía basta sus fuentes, en charcas enlodadas donde vive de modo precario. En esta misma región de Biskra se baila un compañera de estos peces mucho más célebre: el áspid de Cleopatra, la serpiente de los encantadores. Es la cobra indostánica, también emigrada de los trópicos. Su presencia en el sur argelino es inexplicable si no se hace intervenir el Igargar cuaternario. El hecho se hace más evidente todavía con el cocodrilo. Se le ha encontrado en las charcas del «uad» Mihero, una arteria del Igargar. Acaso sea el último superviviente. Hay que imaginarse el milagro biológico que representa el vivir este animal en tal ambiente. Pero es una realidad innegable. Todo esto nos lleva a una época en la que el Igargar y el «uad» Taj asaset se empalmaban por sus fuentes, estableciendo una comunicación por agua entre los trópicos y el mundo mediterráneo. No puede remontarse esta época muy lejos en el pasado, porque si hm muerto los ríos, han sobrevivido algunos elementos de su fauna»64.

¿En qué fecha situarla? Conviene fijar los términos de la pregunta. ¿Se trata del gran río sahariano cuando se deslizaba majestuoso por su valle, como en nuestros días el Danubio, o cuando violento esculpía su lecho en la roca? Este último caso se remonta a edades geológicas. Nos interesan más los rasgos finales del Igargar, cuando se asemejaba a los ríos de la cuenca del Mediterráneo, sin haber desmerecido tanto como para ser llamado uad. De acuerdo con las noticias que tenemos acerca de su fauna residual, es muy probable que su larga agonía haya alcanzado tiempos muy cercanos, es decir históricos.

Queda esto confirmado por otros datos que poseemos hoy día acerca de estas regiones desérticas. Existe en el Tasili, región montañosa situada en el Sahara Central, un pequeño oasis, Iherir, «que es el lugar del desierto más rico en agua. Hecho inconcebible en otros lugares, se suceden los lagos sin interrupción en el lecho del uad. (Acaso un afluente del Igargar.) Alcanzan algunos el kilómetro de longitud y diez o doce metros de profundidad» (Lhote)65. Durante la primera expedición francesa al Tasili, había advertido el capitán Touchard la presencia, por sus numerosos rastros de los últimos grandes saurios del Sahara. Dos años más tarde fue cazado uno por un subalterno del capitán Niegen y disecado decora el laboratorio de zoología de la Universidad de Argel. El último ejemplar lo sacrificó en 1924 el teniente Bauval. En el curso de su expedición de 1950, Henri Lhote a pesar de sus muchas búsquedas no descubrió ya ninguno. Falta de alimentos se había acabado la especie. Con el desecamiento del país había desaparecido poco a poco la fauna y a su vez el cocodrilo, voraz carnívoro, había sucumbido él también al no hallar nada con que sustentarse. Como perfectamente lo ha entendido Lhote, «esto es un magnífico testimonio sobre el pasado húmedo del Sahara, en un tiempo en que una extensísima red fluvial lo atravesaba de norte a sur, poniendo en relación la fauna de las lagunas saldas (chotts) de Berbería con las del Níger y el Tchad»66. Sin lugar a dudas la presencia de estos reptiles enseñan que la fecha de la desecación del Sahara no se remonta muy lejos, por la sencilla razón de que el testigo no ha podido sobrevivir mucho tiempo a la desaparición de su marco natural.

Los últimos vestigios de este medio se han conservado en el Tasili en razón de su altitud. Pero, ¿qué ocurría en las llanuras del Sahara? Otro hecho se impone: Existen bajo los uadi importantes niveles freáticos. Es otra supervivencia del clima. Para alcanzar el agua han construido los indígenas pozos y fogaras. Son estas últimas galerías subterráneas que han sido objeto de un trabajo considerable. Espaciosas, puede un hombre recorrerlas. Alcanzan a veces la profundidad de setenta metros. Poseen pozos de aireación y sus dimensiones son considerables. Según Gauthier, en Tamentit, miden cuarenta kilómetros67. No han podido estas obras ser emprendidas cuando los niveles freáticos se encontraban a gran profundidad, como seria el caso si el régimen climático y fluvial hubiese cambiado en tiempos lejanos, pues los indígenas no tienen los medios técnicos requeridos para descubrirlos bajo tierra. la construcción de los pozos y de las jogaras ha empezado cuando las venas de agua se encontraban en la superficie. A medida que el clima empeoraba, empezaron a cavar el suelo de’ modo sincrónico con la baja del nivel. Descendían a medida que aumentaba la sequía 68.

Recientes son estas obras. Según ciertos testimonios históricos han sido creados los oasis en el curso de la era cristiana, entre los siglos VI y XVIII. Según Gauthier los más antiguos son los de Gurara:

«En el bajo Tuat, los procedimientos orientales de irrigación, las fogaras, es decir los palmerales tal como existen hoy día, alcanzarían el siglo III de la Héjira, nuestro siglo X después de J.C. En el Tidikelt, los palmerales más antiguos no datan más allá del XIIl y los más recientes del XVJII 69.

Esto es un testimonio de suma importancia. La fecha de construcción de las fogaras señala, años mis o menos, la época en que la desecación del Sahara Central empezó a adquirir un carácter grave; es decir el momento en que su marco natural ha pasado de la facies subárida a la esteparia y de la esteparia a la desértica. Se puede concluir que ha alcanzado la crisis climática su momento decisivo entre los siglos VI y X.

 

c) La toponimia

No está todavía «aseptizado» el Sahara Central. No posee la vida que tuvo antaño, pero guarda el recuerdo. Están conformes todos los exploradores en el hecho siguiente: En otros tiempos estaban habitadas las regiones centrales del desierto, hasta el temido Tanezruft. Se encuentran por todas partes esparcidos por el suelo los testimonios de antiguas poblaciones, y aun en ciertos lugares privilegiados los de una vida troglodita. Es importante la abundancia de grabados y de pinturas rupestres. Demuestran estos documentos no sólo la densidad demográfica de estas regiones, hoy día desérticas, sino también la existencia de tina fauna y de una flora desaparecidas. En la mitad del Erg, en el Tenere, es decir en la región más desdichada hoy día del Sahara, ha encontrado Lhote los restos de campamentos de pescadores, unos imponentes montículos de huesos de pescado «que podrían llenar varios carros». Se encuentran diseminados por el suelo, en el Tanezruft como en el Río de Oro, rollos y grandes morteros tallados en la piedra de una sola pieza. Servían para aplastar el grano y reducirlo a harina. Ninguna duda sobre su uso. Se asemejan estos instrumentos a los que se emplean todavía en el Sudán. Pero se encuentran hoy día en lugares en donde no existe la menor señal de vegetación.

Importantes son estos objetos y otros diversos testimonios recogidos para que sea posible establecer un esquema de la evolución de las culturas en las regiones centrales del Sahara, desde el paleolítico más antiguo, el de los pebblestools, los instrumentos de piedra más primitivos, hasta los tiempos históricos. Sin embargo, para las necesidades de este análisis, sólo nos interesa la ¿poca en el curso de la cual han conocido las poblaciones saharianas la gran crisis climática en su carácter más agudo. las fechas de la construcción de las fogaras son determinantes por su modernidad. Nos lo confirma la existencia de la toponimia actual del Sahara Central. Nos enseña que las poblaciones han abandonado estos lugares en fecha muy reciente.

En un verdadero desierto «aséptico», por consiguiente viejo, no existe toponimia alguna. Como nadie lo ha atravesado durante centenares de años y acaso milenios, los antiguos nombres geográficos, si existieron, han sido desde entonces olvidados.

Por causa de esta carencia se han visto obligados los explorado. res a bautizar los puntos sobresalientes del relieve según su leal saber y entender. No ocurre lo mismo en el Sahara Central y Occidental. Se admira al contrario el viajero de la abundancia de los nombres que le señalan los guías. ¿Cómo explicar esta riqueza toponímica en lugares tan alejados de cualquier concentración urbana? Hay que admitir forzosamente que existía en otros tiempos una importante población que había dado un nombre a los diversos puntos del relieve. Reciente es su desaparición porque esta toponimia nos ha llegado por mediación de las caravanas.

Para asegurar su orientación tenían interés los guías en conservarla y así se ha mantenido la tradición de padres a hijos. No podía ser muy antigua. Con el incremento de las condiciones adversas ha ido disminuyendo el paso de las caravanas por el desierto. Sabemos por ejemplo que durante los tiempos modernos, en el XVI, franqueaban con asiduidad el desierto central, del sur tunecino a Tombuctú. A veces se componían de varios millares de camellos. Pero no fue solamente el comercio marítimo el que redujo su número, sino también el riesgo cada vez mayor supuesto por el clima. De donde una aminoración progresiva de su importancia. El hecho es indiscutible. Cuando el europeo empezó a explorar el Sahara, se había restringido el número de las caravanas hasta el mínimo. En otros términos, si no hubiera intervenido el europeo con sus recursos técnicos, la toponimia del Sahara Central también hubiera acabado por desaparecer. Pero la existencia de esta toponimia confirma lo reciente de la despoblación y por lo tanto de la crisis climática.

 

II. TESTIMONIOS ARQUEOLOGICOS E HISTORICOS

Los textos de la antigüedad, los de Herodoto, de Hannón, del PseudoScylax, los de Plinio, etc., confirman las modernas observaciones hechas por los exploradores y los geógrafos, sea por el estudio de la morfología del Sahara, sea por el análisis de los testigos biológicos. Se desprende de estas lecturas una impresión general. Para los antiguos no era África del Norte una tierra árida. Muy al contrario, de acuerdo con una opinión unánime, poseía una gran riqueza agrícola y ciertas regiones como Berbería o la Cirenaica eran, con Iberia y Egipto, el granero del Imperio Romano. Hay que confesarlo: una confusión más o menos grande ha oscurecido los trabajos de los historiadores que han traducido estos autores. Insuficientemente documentados en ciencias geográficas, poseyendo sobre África noticias escasas e inciertas, se han esforzado en adaptar las frases desparramadas de los antiguos a los datos locales actuales, generalmente incompletos, que no lograban interpretar. Ignorando que había cambiado el clima no podían acertar con el método requerido. Antes de aventurarse en la exégesis de los textos, convenía ante todo reconstituir el antiguo marco geográfico de estas regiones con la ayuda de procedimientos científicos que pertenecen a la técnica de las ciencias naturales. Solamente entonces se esclarecían los textos por ellos mismos y se ajustaban con suma sencillez al paisaje anteriormente reconstituido. No era necesario retorcerlos para hacerles confesa