Posee
el hombre sentidos apropiados a la escala de su estructura
particular y así, en razón de su constitución fisiológica,
está indinado a creer en la inmutabilidad de lo que le
rodea. Por feliz ventura le han enseñado en épocas
primitivas los riachuelos y más tarde los espejos en las
ciudades, que no siempre conservaba los rasgos de la
juventud, aunque todavía le alentara la sangre impetuosa.
Le demostraba la más sencilla de las observaciones la
ilusión de sus impresiones. Las estrellas, el sol, la
tierra, nada es estable en el universo. Son el movimiento
y el cambio la gran ley de la naturaleza.
Fontenelles
en el exquisito lenguaje empleado por los franceses del
siglo XVIII había explicado a su amiga, la marquesa, que
se trataba de una relación de proporciones. Si las rosas,
decía, cuya vida es tan breve, tuvieran una conciencia,
hubieran supuesto que era eterno el jardinero pues jamás
le habían visto envejecer. No hizo esta lección impacto
alguno en los historiadores que por mucho tiempo todavía
concibieron los acontecimientos del pasado con un
criterio inmovilista. Cierto, se sucedían las
generaciones las unas tras las otras; pero los hombres de
la antigüedad o que pertenecían a civilizaciones
alejadas en el espacio y en el tiempo, poseían todos un
similar espíritu, idénticas reacciones. Tenían la misma
idiosincrasia que los actuales. En estos últimos años,
sin embargo, demostraba un mejor conocimiento de la
evolución de las ideas que no era así. Podía a veces un
abismo separar generaciones que no estaban alejadas entre
sí por un número importante de fechas. Había cambiado
en corto plazo la manera de pensar y vivir de la población
de un territorio. De esta suerte existían en el mundo de
los conceptos verdaderos seísmos que habían echado por
tierra imponentes edificios construidos con laboriosidad
en el curso de los siglos. Habían podido por esta causa
otras estructuras levantarse sobre las ruinas de las
anteriores.
En
próximos capítulos tendremos la oportunidad de apreciar
una de estas gigantescas mutaciones, espirituales e
intelectuales. Conviene advertir sin embargo que no eran
estos cataclismos el fruto de una acción estrictamente
intelectiva. Muchas veces se había adelantado el seísmo
de la naturaleza al del espíritu; no seísmo que hace
temblar la tierra, fenómeno local y de limitadas
repercusiones. Mucho más grave era la catástrofe que había
destruido las más importantes civilizaciones de la antigüedad,
sus efectos mucho más terribles, pues se trataba de una
intensa transformación del paisaje que les había servido
de marco natural. Podía en nuestros días su mecanismo
ser comprendido y medidas las repercusiones producidas.
Estudios recientes demostraban la importancia de los lazos
que unen el hombre al suelo sobre el cual vive.
A
finales del siglo pasado, siguiendo las enseñanzas de
Ratzel, construyeron los geógrafos una nueva disciplina
científica: la geografía humana. En parte, era el hombre
producto del marco natural que le cercaba. Existía por lo
tanto un determinismo geográfico que el historiador no
podía ignorar. Se mostraba tanto más dominante a medida
que se remontaba en el pasado, en donde técnicas
rudimentarias exponían cada vez más el hombre sin
recursos a las cóleras de la naturaleza. Era tan fuerte
su imposición que el hombre quedaba señalado como con un
cuño. Gozaba el montero que perseguía el venado en las
tierras norteñas de otra idiosincrasia que la del nómada
que vivía en un desierto tórrido. El esquimal y el
tuareg poseían la misma constitución fisiológica; el
medio les había modelado de tal suerte que eran
diferentes. Ocurría lo mismo con las civilizaciones que
son el fruto de una sociedad, es decir, de un número
finito de individuos. Empezaron pues los geógrafos .a
analizar las relaciones que se establecen entre el cuadro
natural y la actividad social. Consiguieron destacar en el
anonimato de las masas esparcidas por el globo, sociedades
que se distinguen por un paisaje propio en donde domina un
rasgo sobresaliente: una especie biológica, una facies
botánica o morfológica. Han aislado de este modo los
investigadores las civilizaciones del reno, del camello,
de la miel. Han observado el hombre de los bosques, de las
montañas, de las islas, de las ciudades. Lentamente
esclarecía el destino humano una nueva comprensión de la
vida social.
Entonces
se dieron cuenta los historiadores de que no podían
ignorar estas nuevas enseñanzas. Para alcanzar el
verdadero espíritu que se desprende de las grandes
civilizaciones del pasado, de la civilización griega por
ejemplo, era necesario situar el idioma, la literatura, el
arte, la economía, la política, en suma los
acontecimientos históricos en el marco natural que les
correspondía. La exposición de los diversos
compartimientos de una cultura, estudiada aisladamente
como lo había hecho la historia clásica estaba
enranciada. Antes de emprender el enfoque de los hechos
era necesario establecer las relaciones que habían
existido entre el hombre y el paisaje en donde había
vivido. Siendo el medio totalmente diferente, su papel en
la historia, el caudal de conocimientos que había
transmitido a las civilizaciones que le habían sucedido a
orillas del Mediterráneo, la civilización helénica no
podía en nada asimilarse a la civilización maya que se
había desarrollado en un marco distinto.
Cuando
empezaban los historiadores a adaptarse a esta nueva
concepción de la vida humana, descubrieron los geógrafos
la existencia de otros fenómenos aún mucho más
complejos: las modificaciones constantes del contorno físico
y biológico en el que está inserto el hombre. Inmediata
era la deducción: No era igual el marco geográfico en
que habían florecido las civilizaciones históricas del
que se mantiene hoy día en los mismos lugares. Ciertos
caracteres de orden físico como el nivel del mar en el
Mediterráneo, el espesor de las capas de humus, el perfil
de los ríos, etc., habían cambiado de modo notable. Era
sobre todo el clima el que se había modificado. El
paisaje de Grecia en los tiempos de Pendes pocas
relaciones mantenía con el de nuestros días. Si por la
gracia divina recibiera ahora el gran legislador el
permiso de volver a la tierra, muchas dificultades padecería
para reconocer los contornos que le habían sido
familiares.
En
la segunda parte del siglo XIX, desenterraron los arqueólogos
de la arena del desierto ruinas a veces muy importantes:
los testigos de grandes ciudades que aparecían ante sus
ojos deslumbrados. Era evidente que ciertas civilizaciones
de la antigüedad habían existido en regiones que poseían
hoy día una facies árida, subárida o desértica.
Razonable era de ello deducir que el medio actual no había
podido sustentar las necesidades de estas antiguas
sociedades. Atravesando estos lugares, observando estas
ruinas y discurriendo sobre sus enormes dimensiones,
viajeros adiestrados en otros métodos de trabajo que los
empleados por los historiadores, concluyeron que las
tierras circundantes a las ruinas, hoy en día degradadas,
habían sido antaño fértiles. Para explicar esta situación,
recordando las enseñanzas de las ciencias geológicas de
las que dominaban la técnica, determinaron dichos
exploradores geográficos que había cambiado el clima en
los tiempos históricos.
De
acuerdo con múltiples e increíbles descubrimientos últimamente
realizados por las ciencias paleontológicas, acababan
nuevas perspectivas de trastornar los conocimientos acerca
del origen del hombre, la historia de la tierra y de su
vida. Remontándose desde nuestros días hacia el pasado,
el antropomorfo se había convertido en homo
faber hacia unas fechas que se podían situar en los
alrededores del millón de años. En tan larga existencia
modificaciones fundamentales del clima habían
transformado nuestro hemisferio, evolucionando varias
veces desde una situación atmosférica calidísima a una
polar y viceversa. Había sufrido el hombre en este lapso
de tiempo, el cuaternario, cuatro importantes
glaciaciones. Durante la regresión de la última, hace
unos ocho mil años, había descendido la banca polar
hasta la desembocadura del Támesis. Poseía el Sahara en
esta época un clima templado y los pueblos que lo
habitaban crearon una civilización adecuada. Desde
entonces la retirada de los hielos hacia el norte se hizo
lentamente con una serie
de movimientos oscilantes.
A
finales del siglo XIX, cuando empezaban estas ideas a
perfilarse con precisión en la mente de los sabios, el príncipe
Kropotkine, amigo del geógrafo francés Elysée Reclus,
descubrió en las estepas del Turkestán bosques de árboles
desecados, a veces solidificados, que se extendían sobre
centenares de kilómetros cuadrados. Célebre por sus
trabajos de geografía y sus ilusiones anarquistas, no
solamente comprendió el ruso que se trataba de un cambio
brusco del duna que apuntaba hacia una repentina aparición
de la sequía; fue el primero en deducir del fenómeno
consecuencias de orden histórico. Habían comenzado a
padecer los efectos de una crisis climática las altas
planicies de Asia Central hacia el tercer milenio antes de
la era cristiana. La degradación de las tierras había
provocado la emigración de los nómadas hacia el Oeste en
donde se hallaban mejores pastos. Así se explicaba la
llegada de los alpinos a Occidente y, mucho más tarde, el
trasiego por estas regiones de hordas bárbaras; en una
palabra, el desplazamiento de una gran masa de gente hacia
las llanuras verdes y fértiles de nuestro continente.
Para
confirmar estas observaciones subvencionó en 1903 el
Instituto Camnegie de Washington un largo viaje de
exploración por el Turkestán. Estaba dirigida la
expedición por el geógrafo americano Rafael Pimpelly.
Reconocieron los excursionistas la importancia del área
de los árboles desecados; los más frecuentes eran chopos
o álamos. Estaban acompañados los sabios yanquis por un
joven estudiante que llegaría pronto a ser célebre:
Ellsword Huntington. Se hizo cargo inmediatamente de la
importancia de los cambios de clima que habían tenido
lugar en la historia. Dedicó La primera parte de su vida
a su estudio. Por de pronto confirmó en sus trabajos las
hipótesis de Kropotkine, para lo cual emprendió largos
estudios para poner a punto métodos diversos de
investigación. Estas búsquedas le ocuparon desde el año
1905,
en que publicó sus notas sobre el Turkestán, hasta 1924,
fecha de la tercera y definitiva edición de su obra: Civilization
and clirnate, síntesis de sus esfuerzos
54.
Huntington
y otros especialistas convencidos por sus enseñanzas,
acometieron indagaciones numerosas para averiguar las
variaciones del nivel de las aguas en ciertos lagos asiáticos,
en relación con la situación de algunas ruinas
conocidas. Se desprendía de estas encuestas, sirviendo
los monumentos de punto de referencia, el hecho de grandes
oscilaciones en el régimen de las aguas cuya superficie
subía o bajaba según las épocas y su pluviosidad. El
Caspio, mar cerrado, testigo de un océano terciario
desaparecido, era particularmente favorable a estas
pesquisas, pues en sus orillas se habían desarrollado en
el curso del tiempo importantes civilizaciones. También
estudiaron otros investigadores las modificaciones de las
facies, fueran botánicas o zoológicas, en regiones que
hoy día son desérticas. Penck, uno de los fundadores de
la morfología glacial, observó los movimientos de la
vegetación y de las dunas en el Sahara del Sur.
Confirmaron sus trabajos los de Huntington: Se
manifestaban las oscilaciones de la naturaleza hacia una
climatología polar o tórrida de acuerdo con una sucesión
de marcos geográficos, siguiéndose con un orden
determinado, caracterizados por asociaciones geobotánicas
precisas. No podía desaparecer bruscamente el manto
vegetal subpolar para dejar el sitio a especies subáridas.
Una serie de cuadros intermedios debían de haber existido
encadenados a ambos extremos; lo que era de importancia
capital para reconstruir el paisaje en un momento dado del
pasado.
Grant
ajustó otro método de investigación muy curioso.
Dedicado al estudio del desierto de Siria, consiguió con
la ayuda de testimonios históricos establecer estadísticas
con las cuales podía apuntar las variaciones del número
de las caravanas que lo atravesaban para ir de Damasco a
Caldea. Asimismo pudo determinar las fechas de los cambios
de los trayectos, el momento en que las rutas convertidas
ya en peligrosas por la ausencia de agua fueron
abandonadas. Demostraban estos hechos las oscilaciones de
la pluviosidad y la actividad de la sequía en estas
regiones, antaño ricas y fértiles como lo atestiguaban
los textos y la arqueología.
Con
estos métodos semigeográficos, semihistóricos, que podían
sacar de apuro al historiador en un caso muy particular,
se lograba solamente enunciar proposiciones generales: Había
cambiado el clima desde la antigüedad. Se adquiría la
certeza de que un proceso de aridez se había manifestado
desde el siglo II después de J. C. y habla adquirido
sucesivamente un carácter agudo. Imposible era determinar
una situación climática precisa con referencia a una
región en un momento del pasado; lo único permitido al
sabio era inducir relaciones entre la crisis climática y
los acontecimientos que estudiaba.
Ya
no fue lo mismo con otros procedimientos discurridos por
Huntington que poseían el rigor de los cálculos
matemáticos; con lo cual se les podía aplicar a todas
las circunstancias de espacio y de tiempo. Por de pronto,
entendió que las dobles impresiones radiales que aparecen
en las secciones transversales de árboles corpulentos
aserrados, si se calcula el promedio en un número
importante de individuos, determinan el año y también su
característica de sequedad o de humedad. Existe en
California un árbol gigantesco, la Sequoia
washingtoniana, cuya edad alcanza los 3.500 años.
Para el especialista constituyen verdaderos archivos
meteorológicos. Huntington estudió minuciosamente 450
y con el cálculo estableció gráficos exactos y
precisos55.
Fueron confirmados por otro método, éste de orden químico,
que también logró poner a punto de modo ingenioso. A
escasa distancia de las sequoias se encuentra un lago
salado, el lago Owens, alimentado por un río del mismo
nombre cuyas aguas son conducidas a Los Angeles. Cuando la
estancia de Huntington en California para el estudio de
sus árboles gigantescos, había llevado a cabo la
sociedad contratista de la explotación análisis
numerosos de las sales que se encuentran en el lago y en
el río. Con esta comparación es posible deducir de
acuerdo con un proceso que no podemos aquí exponer la
evolución del clima en la región. Los gráficos
establecidos de modo matemático coincidían en todos sus
puntos con los de las sequoias.
Eran
estos datos de capital importancia para el historiador
porque las sequoias y el lago se hallan en la misma
latitud que el mar Mediterráneo. Pero estos horizontes
fueron ensanchados todavía más por los trabajos de los
meteorólogos. Han logrado explicar, en parte por lo
menos, las causas de las situaciones climáticas
existentes en nuestro hemisferio. Se ha sabido así que la
pluviosidad de una región depende del paso de los
ciclones que llegan del oeste. Tienen su origen en el Pacífico,
en donde se realiza la mayor concentración de moléculas
de agua en la atmósfera, debido a la mayor cantidad de
agua marina acumulada en aquella parte del globo. Son
desplazadas estas moléculas hacia el este por la rotación
terrestre. Formando nubes en oleadas sucesivas atraviesan
el continente americano en su parte norteña y de allí se
esparcen por Eurasia de acuerdo con el juego complicado de
las presiones. Según que sea más o menos numeroso el
paso de estas depresiones por un lugar, será más o menos
constante su pluviosidad. Como había adquirido Huntington
la certeza de que las regiones en donde antaño se habían
desarrollado grandes civilizaciones, habían sido también
fértiles aunque fueran ahora áridas, lanzó la hipótesis
de que esto era debido a que en otros tiempos había sido
más numeroso que ahora el paso de las oleadas ciclónicas.
Fueron
confirmados los gráficos obtenidos con el estudio de las
sequoias y de las sales del lago Owens por los trabajos
del morfólogo sueco De Geers en 1940
sobre los depósitos que dejan los glaciares en su
retirada por el hecho de la llegada de temperaturas más
elevadas
(Varvas)56.
Consiguió establecer una cronología de la situación
climática a lo largo de los últimos milenios. Los
resultados obtenidos con este método tan diferente de los
empleados por Huntington por de pronto confirmaron los términos
del problema y eliminaron todo recelo. Se puede en
nuestros días estudiar la evolución del clima en los
tiempos históricos y fijar con datos precisos las grandes
crisis atmosféricas
57.
En
resumen, ha evolucionado Europa en estos últimos diez mil
años desde un clima polar o de glaciación hacia una
situación de temperaturas templadas o de ínter glaciación.
Con toda evidencia se manifiesta en nuestros días otra
crisis climática. Para la gran mayoría de las gentes
pasan desapercibidos los síntomas del fenómeno; lo que
se explica por la constancia de la vegetación, que se
defiende contra las oscilaciones de la naturaleza. Salvo a
una minoría de especialistas que manejan un instrumental
adecuado, induce a error en sus principios el fenómeno,
lo mismo a los contemporáneos que a los hombres cultos
del pasado que no han podido transmitirnos noticias. De
aquí la incomprensión de los historiadores que sólo se
fían en textos escritos.
Cambia
el clima en nuestros días con sus pertinentes
oscilaciones. Asciende cada vez más hacia el norte la
gran banca polar. Permite el deshielo el paso de barcos en
invierno por el Ártico, lo que era imposible hace algunos
años. Las asociaciones botánicas y zoológicas se
encuentran en movimiento. Retroceden los glaciares en
todas partes. Ha aumentado la temperatura. Así lo
atestiguan los archivos del observatorio meteorológico de
Toulouse, en Francia, el más antiguo, después de cien años
de diarias observaciones, cuyo promedio ha sido publicado
en la celebración de su centenario. Roe la sequía de
modo activo las regiones mediterráneas y extensas partes
del globo. En una palabra, se asiste hoy
día a modificaciones climáticas producidas por un
fenómeno que con más o menos agresividad se ha
manifestado varias veces en el pasado. La observación
directa confirma la existencia de crisis semejantes
ocurridas en la historia.
Consta,
e importa subrayarlo, que el paso de una situación de frío
extremo, hace diez mil años, a una situación de calor
relativo en los días actuales, no se ha realizado ni de
modo uniforme, ni en razón de un brusco desfase. Se ha
manifestado esta evolución por oscilaciones, en etapas
sucesivas. Los períodos de frío y de pluviosidad han
sido, en alternancia recíproca, seguidos por olas de
calor y de sequía. En correspondencia con este ritmo, se
mantenían durante un cierto tiempo las asociaciones
geobotánicas con su paisaje característico. Luego, se
producía bruscamente la mutación en la decoración,
debido a la aparición de otras asociaciones mejor
adaptadas a las nuevas circunstancias. Pero esta sucesión
de marcos siempre señalaba una dirección, en nuestro
hemisferio, desde hace unos ocho mil años: la ínter
glaciación. Por esto, siguiendo a Huntington y a su
escuela, llamamos a estas series de oscilaciones dirigidas
en un sentido determinado: pulsaciones.
Ya
no pueden ignorar los historiadores estas enseñanzas.
Importantes civilizaciones, como las que se habían
desarrollado en Mesopotamia, habían desaparecido corroídas
por la sequía. La erosión eólica había sepultado bajo
las arenas Sumer, Nínive, la inmensa Babilonia. Por el
contrario, han sido derruidas otras civilizaciones por el
fenómeno opuesto: Las de los mayas, de los khmers que
construyeron los templos magníficos de Angkor, y otras
menores menos conocidas, fueron enterradas bajo el bosque
tropical. Aparecido de pronto, había desfondado las
ciudades, sus construcciones civiles y religiosas, cuyas
ruinas se descubrían bajo imponentes masas de hojarasca.
En el estado actual de los conocimientos, las
modificaciones del clima en el curso de los tiempos
pasados, cambiando el ambiente y la ecología de las
sociedades antiguas, eran una de las claves para entender
la evolución de
la historia universal.
Cuando
emprendimos nuestros estudios sobre la decadencia de España,
como nuestros antecesores, nos encontramos en presencia de
una gran cantidad de documentos, redactados al final del
siglo XVI o en el comienzo del XVII,
que poseen todos un mismo carácter. Directa o
indirectamente reflejan los efectos de una crisis
econ6aiica que había entonces asolado las dos Castillas.
Ha servido de base a los historiadores el estado de opinión
producido por las calamidades para diagnosticar la
decadencia de nuestra nación. Pero, sin intervenir en una
discusión acerca de este criterio que por cierto no
estaba confirmado por los acontecimientos políticos,
contemporáneos o posteriores, ocurría que los
investigadores especializados en el análisis de esta época
no se ponían de acuerdo para averiguar de lo que se
trataba. Cierto, existía una crisis. Era la evidencia
misma. Mas, cuando estimaban algunos que era el resultado
de actos políticos, afirmaban otros que era estrictamente
económica. Los más listos, para contentar a ambos
bandos, aceptaban las dos proposiciones. Nadie, sin
embargo, había logrado averiguar las causas de esta
situación; tanto más que los esfuerzos de los
historiadores del siglo pasado para explicarla buscando
argumentos en asuntos bastante alejados del verdadero
problema, como la Inquisición, la expulsión de los
moriscos o las guerras de religión, estaban
desacreditados por los progresos realizados en la
investigación histórica.
Advertidos
por los trabajos de Huntington, hemos comprendido que los
hechos descritos y la oleada de malhumor que entonces
descargó sobre los poderes públicos, eran la
consecuencia de una crisis climática que había asolado
la alta planicie castellana. Padecía la Península Ibérica
un recrudecimiento de las oscilaciones atmosféricas que
se traducía por la extensión de la sequía. Para
demostrarlo, discurrimos varios métodos inspirados en los
empleados en paleontología.
Los hemos llamado biohistóricos y nos han permitido
descubrir una pulsación cuyas manifestaciones se
traslucen de modo positivo a partir de 1550.
Desde
entonces se imponía una enseñanza: La evolución histórica
de la península estaba en función de un fenómeno físico
de importancia decisiva. Por sus enormes dimensiones geográficas
podía servir de punto de referencia. Era la desecación
del Sahara Occidental que se ha realizado sucesivamente
desde el siglo III de nuestra era, oscilando desde una
facies árida hacia una facies desértica. Para determinar
esta acción hay que remontarse a la pre y a la
protohistoria.
Se
destaca claramente en estas épocas remotas la acción
determinante del clima por el hecho de la enorme escala de
las transformaciones. Resulta fácil la observación del
fenómeno porque sus efectos resaltan con caracteres
voluminosos. Estaba recubierto el norte de Europa por la
banca polar, la Península Ibérica dominada por la acción
de los glaciares y el Sahara convertido en una zona
templada. Para comprender esta situación no se requiere
un microanálisis. Admitido el hecho, el simple
razonamiento deduce la conclusión:
Si
la gran banca polar en vez de situarse como en nuestros días
en Groenlandia descendía hasta la desembocadura del Támesis,
y por otra parte gozaba el Sahara de humedad con las
praderas consiguientes, era evidente que para alcanzar la
Península Ibérica la facies árida que en su mayor parte
la caracteriza ahora, tuvieron que haberse sucedido dada
su posición geográfica una serie de situaciones
intermedias, propias del paisaje de las regiones
templadas. Es decir, desde los fríos de antaño hasta
nuestros días, se habían sucedido unos cuadros
naturales, con una fisionomía norteña, que explican en
parte su evolución histórica.
Se
presentaba, sin embargo, al historiador una gran
dificultad: Había que fechar cada mutación del paisaje,
cada marco natural, si no quería uno resbalar
conscientemente en anacronismos rutilantes. Había poseído
la península en la Edad Media otro clima que en los
tiempos modernos. Era responsable este desconocimiento
entre otras causas del carácter mítico de la historia de
España. Por consiguiente, para esclarecer el caso
particular que nos interesa en esta obra, los hechos
oscuros que han tenido lugar en el siglo VIII, es menester
reconstruir el marco natural entonces existente, en razón
de la evolución general del clima en nuestro hemisferio.
Como estaba en correlación con la situación atmosférica
existente en el Sahara, se reducía el problema a
determinar de una manera positiva su última transformación;
es decir, la fecha en que había pasado de la facies
esteparia a la facies desértica. De acuerdo con nuestros
actuales conocimientos, como será demostrado en las páginas
siguientes, es razonable situar esta mutación en la Alta
Edad Media. Si esto es exacto, se debe admitir la
existencia de una conexión entre la mutación del paisaje
y la crisis económica y política que había arrasado en
la misma época el Magreb y la mayor parte de la Península
Ibérica. En otros términos, la revolución islámica
estaba en función recíproca con ci proceso de desecación
del Sahara.
Concuerdan
la mayoría de los geógrafos en el principio siguiente:
Los desiertos actuales son de formación reciente. Podrá
discutirse el mecanismo climático; lo indudable es que el
proceso de aridez acentuándose hacia el desierto no ha
sido en todas las regiones simultáneo en el tiempo. Hay
desiertos antiguos, los hay más recientes. En razón de
las gigantescas dimensiones del Sahara: unos cinco mil kilómetros
desde el Mar Rojo al Atlántico, unos dos mil desde el
Atlas hasta el Sudán, cerca de diez millones de kilómetros
cuadrados, no ha podido ser igual en todos los lugares el
proceso de aridez. La facies
desértica de su parte occidental es mucho más
reciente que la oriental
58.
¿Cómo
apreciar esta diferencia? Gauthier, uno de los primeros
estudiosos del Sahara, empleaba una frase acertada: Decía
que los desiertos antiguos como el de Libia estaban en
estado «aséptico». Quería así
expresar el hecho de que en estas regiones las
condiciones geofísicas y climáticas se imponían con tal
rigor que era la vida prácticamente inexistente. La fauna
y la flora habían desaparecido. Las caravanas no las
atravesaban. Con los medios antiguos nadie se atrevía con
el intento. Por el contrario, el desierto occidental, de
formación mucho más reciente, poseía pozos importantes;
rastros de vegetación atestiguaban una situación
anterior ya desvanecida. Aún subsiste una fauna
especializada y desparramada. En ciertos sitios aparecen
pastos suficientes para alimentar en el invierno algunos
rebaños de cabras y de camellos. Nómadas y caravanas
discurren aún por estos lugares. Las rutas empleadas y
las abandonadas, así como la antigua toponimia, se
conservan en la memoria de los guías.
La
facies geofísica confirma también la existencia de una
divergencia con respecto a la época en que el suelo se ha
deteriorado. En cl Sahara Oriental la red fluvial se
encuentra colmada y taponada por la erosión eólica.
Esconden las arenas el relieve antaño esculpido por las
aguas. Adquiere así el paisaje un carácter particular,
una uniformidad grandiosa, pero lunar. En contraste, la
parte occidental del Sahara conserva una red fluvial fósil.
No corre el agua, mas grandes valles cuaternarios,
excavados por ríos en nuestros días desecados, pueden
reconocerse perfectamente. Contrastan con una red menos
aletargada, situada más al oeste, en la cual los uadi
despiertan algunos días en el año, cuando la riada
formada por la tormenta en ellos se precipita
violentamente para luego desaparecer tragadas mansamente
por las tierras permeables de lagunas situadas
generalmente en el fondo de cubetas morfológicas. Si se
aproxima uno más al Atlántico, conservan los uadi
su contextura geofísica como los ríos europeos. Así,
se puede percibir en el Río de Oro los meandros del
SeguiaalHamra, cuyas riberas están desprovistas de
vegetación, pero cuyo lecho mantiene aún el trazado
sinuoso de un río en vida.
Algunos
autores, como Gauthier, que ignoraban los trabajos de la
escuela de Huntington, habían sin embargo reunido pruebas
suficientes para enseñar que este proceso de aridez y
desertización era moderno. Como desconocían la
existencia de cambios climáticos en épocas recientes,
atribuían la formación del desierto a un proceso mecánico,
producido por ciertas condiciones características de
tiempo y lugar: calor tórrido en el día, frío nocturno,
acción química, erosión eólica, etc. Hemos apuntado en
otros trabajos nuestros el papel que desempeña la orografía
en la dispersión de los ciclones por la Península Ibérica.
Mas es indiscutible que las formaciones geotectónicas son
secundarias comparándolas con el fenómeno principal. Así
como en nuestra tierra, la escasez del paso de los
ciclones en nuestros días es más importante que el papel
desempeñado por la orografía, lo mismo en el Sahara la
mecánica física es mera consecuencia de la ausencia de
lluvias. De no ser así hubiera sido sincrónico el
proceso en todas las regiones de este inmenso desierto.
Como lo demuestra la observación, las condiciones físicas
mecánicas tenían más largo abolengo en la parte
oriental del Sahara. Se mostraba el fenómeno mucho más
reciente en la occidental. El criterio expuesto por los
primeros exploradores era indefendible, pues la
pluviosidad favorece la vegetación y frena ésta la erosión
de un suelo descamado e indefenso. Se podía concluir que
la acción mecánica era subsiguiente a la sequía y por
otra parte, el proceso de desertización no había sido
sincrónico en toda la inmensidad de este vastísimo
territorio. El oeste, próximo al Océano, había sido
favorecido en detrimento del este.
No
podía ser de otra manera: Nos consta que en nuestro
hemisferio vienen siempre los ciclones desde el Atlántico
impulsados por la rotación terrestre. Se trata pues de
una constante histórica que ha debido de manifestarse
desde las primeras horas de la formación del globo. En
consecuencia, las regiones que se hallaban cerca del mar
gozaban desde el final de la última glaciación de una
mayor probabilidad de recibir lluvias abundantes que las
alejadas por varios millares de kilómetros.
Quedaban
así confirmadas las tesis de Huntington. En el curso de
los tiempos históricos, el paso de las depresiones por la
zona del Estrecho de Gibraltar se hacía cada vez menos
frecuente; sus ramales meridionales perdidos hacia el sur,
aquellos que podían regar el Sahara Central y Oriental,
menguaban de más en más. A medida que las depresiones
aumentaban en el norte de Europa, parecía que las del sur
escaseaban. No poseyendo la potencia de antaño, se
desvanecían sin haber llegado a franquear distancias
importantes. Se comprende ahora cómo los efectos de la
aridez se habían manifestado en un principio en las
regiones más alejadas del mar, en las altas planicies de
Asia Central. Siguiendo los impulsos de la naturaleza, la
ola de humedad se había retirado paulatinamente del este
hacia el oeste, produciendo modificaciones climáticas que
tenían en los pueblos que las padecían repercusiones
económicas, sociales y políticas.
En
lo que concierne nuestras tesis sólo nos interesan las
regiones del Sahara Central y Occidental. En el estado
actual de los conocimientos poseemos una información
suficiente para poder establecer una cronología
aproximada de su proceso de aridez. Nos basta precisar las
fechas de las modificaciones del paisaje en el norte de África
para comprender el papel que desempeñaron en los
acontecimientos del siglo VIII.
Dadas
sus dimensiones no podían las regiones centrales y
occidentales del Sahara escapar a la regla. Tampoco eran
sus procesos de aridez sincrónicos y sus facies
uniformes. Las centrales han sufrido una acción más
pronunciada. Existe en ellas un Tanezruft o sea un
desierto de la sed, que alcanza de ciento cincuenta a
trescientos kilómetros en sus dimensiones de norte a sur.
Está rodeado el núcleo desértico por estepas xerofíticas
muy alteradas, en las que se modifica la facies hacia una
vegetación subárida y luego meramente árida, a medida
que se dirige uno’ hacia el Mediterráneo o hacia el Níger.
Como por principio sabemos además que existe en un área
de gran extensión una sucesión de marcos naturales, el
proceso de desertización del Tanezruft implicaba automáticamente
un proceso
de degradación de los marcos geobotánicos superiores,
escalonados sea hacia la facies ecuatorial de las regiones
situadas más al sur, sea hacia la facies de los climas
templados a medida que se subía hacia el norte. En otras
palabras, correlativo con el aumento de aridez, la formación
y la extensión del Tanezruft coincidía con una
modificación de las zonas periféricas envileciéndose.
Las áridas se transformaban en subáridas, las subáridas
en esteparias y así sucesivamente.
Esta
ley de correlación permite reconstituir la sucesión de
los paisajes que han existido en el pasado. Basta para
ello reunir los testimonios requeridos en número
suficiente para determinar la existencia de los marcos
naturales antiguos; y hasta en ciertos casos es posible
establecer la cronología segura de sus mutaciones.
Resulta tanto más fácil esta labor ya que este proceso
es reciente. Pueden aún reconocerse los testigos de orden
geobotánico y biológico. Como lo veremos mas adelante,
dada su cercanía en el tiempo puede también confirmarse
con testimonios históricos: empresa bien ingrata de
llevar a cabo si fuera menester estudiar un desierto en
estado de asepsia, como el del Sahara Oriental.
1.
TESTIMONIOS GEOGRAFICOS
a)
Los
bosques antiguos
Está
demostrado que en épocas recientes existían en el sur
argelino y en las regiones centrales del Sahara bosques
importantes. Según Lionel Balout el hecho es
incontestable en lo que se refiere a la prehistoria:
«En
esta época una humedad mayor del clima,
escribe,
está atestiguada
por la rubefacción de las arenas de la zona del litoral más
lejos, en el interior, una indicación análoga es dada
por el análisis de carbones, rescoldos apagados de las
hogueras prehistóricas. En el yacimiento de Uad Djouf-el-Djemel,
en el corazón de los Nemenchas, quemaba el hombre
ateriense el fresno espinoso, el cual se ha refugiado en
nuestros días en la alta montaña. El paisaje actual de
Uad Djouf consiste en algunos pistacheros en el valle y
brotes de alfa en los alrededores»59.
Esto
naturalmente es muy antiguo, pues el hombre ateniense
pertenece al VII milenio a. de C. Pero de los datos
recogidos por este autor conviene destacar dos hechos
interesantes:
1)
Las caracoleras, lugares en donde se preparaban los
caracoles para su exportación y su consumo, se hallan por
millares en el sur de Túnez. El análisis de las cenizas
de las hogueras permite localizar los antiguos bosques y
clasificar las especies más frecuentes. Pertenecen
ciertas caracoleras a edades más modernas, desde la
civilización capsiense (VI milenio) hasta las culturas
neolíticas del último milenio que se confunden con los
tiempos históricos.
2)
Ciertos yacimientos tienen grandes dimensiones: «Bajo
el grandioso paredón de Relilai, 5.000 m de cenizas
representan unos 500.000 m3 de madera
carbonizada y toda la depresión de Tlidjene, al suroeste
de Tebessa (sur de. Constantiina) posee numerosos
yacimientos análogos bajo refugios y basta en cuevas» (Lionel
Balout)60.
Como se trata de estaciones sencillas, la importancia
de los depósitos demuestra la continuidad en el tiempo de
las especies botánicas.
No
conocemos (1960) trabajos que permitan a grandes rasgos
establecer las fechas aproximativas de las modificaciones
sucesivas del manto vegetal en África del Norte. Es
probable que de acuerdo con un orden cronológico se
hallen escalonadas según las regiones de acuerdo con la
orografía. Existen testigos diversos que parecen
confirmarlo, hasta en el Tanezruft. El botánico Lavandan,
nos dice Gauthier, había encontrado en esta región
muestras evidentes de un desecamiento reciente61.
Por
nuestra parte podemos aportar el dato siguiente: El señor
Picq, meteorólogo que ha vivido en los observatorios del
Sahara, nos ha comunicado que existe un frente de
silicificación de especies vegetales que se extiende
entre Ausogo y Mieneca, en el sureste del Sahara, en las
regiones situadas al norte del Níger. Sobre las orillas
del río se desarrolla una flora característica, pero
cuando se dirige uno hacia el norte empiezan los bosques
de madera dura. Más arriba aparece entonces el proceso de
silicificación. Derechos se yerguen todavía los árboles
muertos y desecados, La sílice llevada por el viento
penetra en las fibras de la madera. Se convierte el tronco
en monolito. Más arriba aún hacia el norte, se les halla
tumbados por el viento, y por el suelo se esparcen sus
trozos rotos en piedras gruesas. Se les encuentra todavía
más arriba en pedazos más pequeños con los cuales los
indígenas hacen mangos para los cuchillos. Se trata del
mismo fenómeno que había observado Kropotkine en el
Turkestán. Este proceso de silicificación, escalonado en
una extensión tan
grande, señala de un modo preciso un desecamiento de
estos lugares en fechas no muy lejanas en el pasado, un
desecamiento que ha sido además rápido.
La
existencia de especies corpulentas en el Sahara ha sido
recientemente confirmada por la observación directa. Se
conservan aún coníferas en el centro del desierto. En el
curso de una expedición llevada a cabo en 1950 para
copiar pinturas rupestres en el Tasili, el explorador y
arqueólogo Henri Lothe ha hallado en Tamrit cipreses
(Cupressus
dupreziana) «cuyos troncos miden ¡seis metros de
circunferencia! Los cipreses que se destacaban ante
nosotros son una de las curiosidades más singulares del
desierto. Exi.rtían antaño en el Hoggar en donde un
viejo tronco fue bailado hace pocos años. Jamás había
visto esta especie en la región. El guía me explica que
existen en los montes vecinos numerosos árboles muertos
hace mucho tiempo... Proceden ellos también
de la prehistoria y son los raros testimonios de un
pasado mucho más húmedo.. Quedan aún un centenar, pero
el inventario que hicimos con minuciosidad enseña que
fueron numerosos en las cumbres del Tasili... Así, las
sierras del Hoggar y del Tasili gozaban antaño de un
clima mediterráneo y por consiguiente no debe extrañar
que estuvieran poblados estos montes»62.
El
testimonio es indiscutible. Basta con saber que estos
testigos de los tiempos pasados han podido conservarse en
esta región desértica por el hecho de la orografía. La
meseta del Tasili en donde se hallan los cipreses de
Tamrit tiene una altura de 1500 a 2000 metros.
b)
La
hidrografía
Hemos
indicado anteriormente que el Sahara Occidental se
caracteriza por una red fluvial de ríos muertos, cuya
morfología puede aún hoy día distinguirse muy bien.
Son
muy importantes algunos de estos uadi.
Han acarreado en otros tiempos grandes masas de agua.
El uad Saura
que desciende del Atlas marroquí se extiende hasta
quinientos o seiscientos kilómetros hacia el centro del
Sahara. Pero, como el agua corre tan sólo unos cuantos días
al año, resulta evidente que no es su fuerza la que ha
escarbado el lecho del río, seco en estado normal. Ocurre
lo mismo con Otro uad,
éste ya fósil,
que poseía en otros tiempos dimensiones impresionantes,
el antepasado del Igargar. «Tenía
su fuente en los trópicos y su cubeta terminal cerca de
Biskra: un millar de kilómetros a vuelo de pájaro; una
longitud intermedia entre el Danubio y el Rhin. El Igargar
corría del sur al norte, del corazón del desierto a su
periferia; al revés exactamente que el Saura. En lugar de
descender del Atlas, va este río hacia la montaña. Las
consecuencias de este hecho son considerables» (Gauthier)63.
Una
causa explica tan extraña morfología: En tiempos
antiguos existía en las regiones centrales del Sahara una
pluviosidad importante, cuyas aguas alimentaban un río de
grandes dimensiones que había esculpido los valles y
formado una inmensa red fluvial. De esta suerte el Igargar
seguía una dirección paralela a la del Nilo; pero, era
menos largo, se hallaba su fuente al norte del término
ecuatorial en una comarca cuyo dima fue convirtiéndose
paulatinamente en desértico. Por el contrario, las
fuentes del Nilo se hallan en el corazón de la zona
ecuatorial. Tiene dos ramas que le alimentan y dos
reservas naturales de enorme alcance, situadas en regiones
regadas en ciertas épocas del año por una pluviosidad
extraordinaria. Por esta razón ha podido el Nilo mantener
su corriente en su paso por el desierto, para alcanzar el
Mediterráneo; mientras que el Igargar se ha fosilizado.
Mas, el agostamiento y la muerte de estos grandes ríos
han tenido lugar en fecha reciente. Lo confirman dos
testimonios:
Como
el uad aún no ha sido tapado por la erosión eólica, hay
que reconocer que la fecha de su desecación no puede
estar muy alejada en el pasado; pues, en contraste, el
relieve de la red hidráulica del Sahara Oriental ha
desaparecido. Por tal motivo el fenómeno físico está
corroborado por testimonios biológicos. Se encuentra
actualmente en el antiguo sistema fosilizado del lgargar
una fauna acuática residual, últimos descendientes de
especies que en razón de su constitución fisiológica
habían vivido en otros tiempos con abundancia de agua.
Tampoco pueden situarse aquellos años en fecha muy
lejana. Posee la vida recursos insospechados de
resistencia y de adaptación; pero, en fin de cuentas, está
siempre condicionada por ciertos límites extremos. No
puede repetirse constantemente el milagro y es ya un
milagro la supervivencia de estos testigos.
«Que
haya fluido el agua por los valles muertos del lgargar en
fecha reciente,
escribe
Gauthier,
lo
atestiguan no sólo sus formas aún juveniles. Desde hace
tiempo se conoce en Biskra y en los oasis del “uad"
Rir, es decir en la cubeta terminal del Igargar
cuaternario, pececitos tropicales, los "chromys”.
Abundan hoy día en las charcas de agua, en las acequias
de los palmerales. Se les ha viste surgir de los pozos con
las aguas artesianas. Se refugian en donde pueden en los
veneros subterráneos. Recientemente, en esta misma región
se ha encontrado un pez mucho más grande: el «Clarias
lazera», un siluro que en inglés tiene un nombre
popular: «cat fish». En el viejo mundo se trata de un
pez tropical. Pululan en Egipto, porque han seguido el
Nilo; pero es un intruso en el mundo mediterráneo. En el
Sahara argelino se le encuentra a todo lo largo del
Igargar desde las lagunas en donde antaño desaparecía
basta sus fuentes, en charcas enlodadas donde vive de modo
precario. En esta misma región de Biskra se baila un
compañera de estos peces mucho más célebre: el áspid
de Cleopatra, la serpiente de los encantadores. Es la
cobra indostánica, también emigrada de los trópicos. Su
presencia en el sur argelino es inexplicable si no se hace
intervenir el Igargar cuaternario. El hecho se hace más
evidente todavía con el cocodrilo. Se le ha encontrado en
las charcas del «uad» Mihero, una arteria del Igargar.
Acaso sea el último superviviente. Hay que imaginarse el
milagro biológico que representa el vivir este animal en
tal ambiente. Pero es una realidad innegable. Todo esto
nos lleva a una época en la que el Igargar y el «uad»
Taj asaset se empalmaban por sus fuentes, estableciendo
una comunicación por agua entre los trópicos y el mundo
mediterráneo. No puede remontarse esta época muy lejos
en el pasado, porque si hm muerto los ríos, han
sobrevivido algunos elementos de su fauna»64.
¿En
qué fecha situarla? Conviene fijar los términos de la
pregunta. ¿Se trata del gran río sahariano cuando se
deslizaba majestuoso por su valle, como en nuestros días
el Danubio, o cuando violento esculpía su lecho en la
roca? Este último caso se remonta a edades geológicas.
Nos interesan más los rasgos finales del Igargar, cuando
se asemejaba a los ríos de la cuenca del Mediterráneo,
sin haber desmerecido tanto como para ser llamado uad.
De acuerdo con las noticias que tenemos acerca de su fauna
residual, es muy probable que su larga agonía haya
alcanzado tiempos muy cercanos, es decir históricos.
Queda
esto confirmado por otros datos que poseemos hoy día
acerca de estas regiones desérticas. Existe en el Tasili,
región montañosa situada en el Sahara Central, un pequeño
oasis, Iherir, «que
es el lugar del desierto más rico en agua. Hecho
inconcebible en otros lugares, se suceden los lagos sin
interrupción en el lecho del uad. (Acaso un afluente
del Igargar.) Alcanzan
algunos el kilómetro de longitud y diez o doce metros de
profundidad» (Lhote)65.
Durante la primera expedición francesa al Tasili, había
advertido el capitán Touchard la presencia, por sus
numerosos rastros de los últimos grandes saurios del
Sahara. Dos años más tarde fue cazado uno por un
subalterno del capitán Niegen y disecado decora el
laboratorio de zoología de la Universidad de Argel. El último
ejemplar lo sacrificó en 1924 el teniente Bauval. En el
curso de su expedición de 1950, Henri Lhote a pesar de
sus muchas búsquedas no descubrió ya ninguno. Falta de
alimentos se había acabado la especie. Con el
desecamiento del país había desaparecido poco a poco la
fauna y a su vez el cocodrilo, voraz carnívoro, había
sucumbido él también al no hallar nada con que
sustentarse. Como perfectamente lo ha entendido Lhote, «esto
es un magnífico testimonio sobre el pasado húmedo del
Sahara, en un tiempo en que una extensísima red fluvial
lo atravesaba de norte a sur, poniendo en relación la
fauna de las lagunas saldas (chotts)
de
Berbería con las del Níger y el Tchad»66.
Sin lugar a dudas la presencia de estos reptiles enseñan
que la fecha de la desecación del Sahara no se remonta
muy lejos, por la sencilla razón de que el testigo no ha
podido sobrevivir mucho tiempo a la desaparición de su
marco natural.
Los
últimos vestigios de este medio se han conservado en el
Tasili en razón de su altitud. Pero, ¿qué ocurría en
las llanuras del Sahara? Otro hecho se impone: Existen
bajo los uadi importantes
niveles freáticos. Es otra supervivencia del clima. Para
alcanzar el agua han construido los indígenas pozos y fogaras.
Son estas últimas galerías subterráneas que han
sido objeto de un trabajo considerable. Espaciosas, puede
un hombre recorrerlas. Alcanzan a veces la profundidad de
setenta metros. Poseen pozos de aireación y sus
dimensiones son considerables. Según Gauthier, en
Tamentit, miden cuarenta kilómetros67.
No han podido estas obras ser emprendidas cuando los
niveles freáticos se encontraban a gran profundidad, como
seria el caso si el régimen climático y fluvial hubiese
cambiado en tiempos lejanos, pues los indígenas no tienen
los medios técnicos requeridos para descubrirlos bajo
tierra. la construcción de los pozos y de las jogaras
ha empezado cuando las venas de agua se encontraban en
la superficie. A medida que el clima empeoraba, empezaron
a cavar el suelo de’ modo sincrónico con la baja del
nivel. Descendían a medida que aumentaba la sequía
68.
Recientes
son estas obras. Según ciertos testimonios históricos
han sido creados los oasis en el curso de la era
cristiana, entre los siglos VI y XVIII. Según Gauthier
los más antiguos son los de Gurara:
«En
el bajo Tuat, los procedimientos orientales de irrigación,
las fogaras, es decir los palmerales tal como existen hoy
día, alcanzarían el siglo III de la Héjira, nuestro
siglo X después de J.C. En el Tidikelt, los palmerales más
antiguos no datan más allá del XIIl y los más recientes
del XVJII
69.
Esto
es un testimonio de suma importancia. La fecha de
construcción de las fogaras
señala, años mis o menos, la época en que la
desecación del Sahara Central empezó a adquirir un carácter
grave; es decir el momento en que su marco natural ha
pasado de la facies subárida a la esteparia y de la
esteparia a la desértica. Se puede concluir que ha
alcanzado la crisis climática su momento decisivo entre
los siglos VI y X.
c)
La
toponimia
No
está todavía «aseptizado» el Sahara Central. No posee
la vida que tuvo antaño, pero guarda el recuerdo. Están
conformes todos los exploradores en
el hecho siguiente: En otros tiempos estaban habitadas
las regiones centrales del desierto, hasta el temido
Tanezruft. Se encuentran por todas partes esparcidos por
el suelo los testimonios de antiguas poblaciones, y aun en
ciertos lugares privilegiados los de una vida troglodita.
Es importante la abundancia de grabados y de pinturas
rupestres. Demuestran estos documentos no sólo la
densidad demográfica de estas regiones, hoy día desérticas,
sino también la existencia de tina fauna y de una flora
desaparecidas. En la mitad del Erg, en
el Tenere, es decir en la región más desdichada hoy
día del Sahara, ha encontrado Lhote los restos de
campamentos de pescadores, unos imponentes montículos de
huesos de pescado «que
podrían llenar varios carros». Se encuentran
diseminados por el suelo, en el Tanezruft como en el Río
de Oro, rollos y grandes morteros tallados en la piedra de
una sola pieza. Servían para aplastar el grano y
reducirlo a harina. Ninguna duda sobre su uso. Se asemejan
estos instrumentos a los que se emplean todavía en el Sudán.
Pero se encuentran hoy día en lugares en donde no existe
la menor señal de vegetación.
Importantes
son estos objetos
y otros diversos testimonios recogidos para que sea
posible establecer un esquema de la evolución de las
culturas en las regiones centrales del Sahara, desde el
paleolítico más antiguo, el de los pebblestools,
los instrumentos de piedra más primitivos, hasta los
tiempos históricos. Sin embargo, para las necesidades de
este análisis, sólo nos interesa la ¿poca en el curso
de la cual han conocido las poblaciones saharianas la gran
crisis climática en su carácter más agudo. las fechas
de la construcción de las fogaras
son determinantes por su modernidad. Nos lo confirma
la existencia de la toponimia actual del Sahara Central.
Nos enseña que las poblaciones han abandonado estos
lugares en fecha muy reciente.
En
un verdadero desierto «aséptico», por consiguiente
viejo, no existe toponimia alguna. Como nadie lo ha
atravesado durante centenares de años y acaso milenios,
los antiguos nombres geográficos, si existieron, han sido
desde entonces olvidados.
Por
causa de esta carencia se han visto obligados los
explorado. res a bautizar los puntos sobresalientes del
relieve según su leal saber y entender. No ocurre lo
mismo en el Sahara Central y Occidental. Se admira al
contrario el viajero de la abundancia de los nombres que
le señalan los guías. ¿Cómo explicar esta riqueza
toponímica en lugares tan alejados de cualquier
concentración urbana? Hay que admitir forzosamente que
existía en otros tiempos una importante población que
había dado un nombre a los diversos puntos del relieve.
Reciente es su desaparición porque esta toponimia nos ha
llegado por mediación de las caravanas.
Para
asegurar su orientación tenían interés los guías en
conservarla y así se ha mantenido la tradición de padres
a hijos. No podía ser muy antigua. Con el incremento de
las condiciones adversas ha ido disminuyendo el paso de
las caravanas por el desierto. Sabemos por ejemplo que
durante los tiempos modernos, en el XVI, franqueaban con
asiduidad el desierto central, del sur tunecino a Tombuctú.
A veces se componían de varios millares de camellos. Pero
no fue solamente el comercio marítimo el que redujo su número,
sino también el riesgo cada vez mayor supuesto por el
clima. De donde una aminoración progresiva de su
importancia. El hecho es indiscutible. Cuando el europeo
empezó a explorar el Sahara, se había restringido el número
de las caravanas hasta el mínimo. En otros términos, si
no hubiera intervenido el europeo con sus recursos técnicos,
la toponimia del Sahara Central también hubiera acabado
por desaparecer. Pero la existencia de esta toponimia
confirma lo reciente de la despoblación y por lo tanto de
la crisis climática.
II.
TESTIMONIOS ARQUEOLOGICOS E HISTORICOS
Los
textos de la antigüedad, los de Herodoto, de Hannón, del
PseudoScylax, los de Plinio, etc., confirman las modernas
observaciones hechas por los exploradores y los geógrafos,
sea por el estudio de la morfología del Sahara, sea por
el análisis de los testigos biológicos. Se desprende de
estas lecturas una
impresión general. Para los antiguos no era África
del Norte una tierra árida. Muy al contrario, de acuerdo
con una opinión unánime, poseía una gran riqueza agrícola
y ciertas regiones como Berbería o la Cirenaica eran, con
Iberia y Egipto, el granero del Imperio Romano. Hay que
confesarlo: una confusión más o menos grande ha
oscurecido los trabajos de los historiadores que han
traducido estos autores. Insuficientemente documentados en
ciencias geográficas, poseyendo sobre África noticias
escasas e inciertas, se han esforzado en
adaptar las frases desparramadas de los antiguos a
los datos locales actuales, generalmente incompletos, que
no lograban interpretar. Ignorando que había cambiado el
clima no podían acertar con el método requerido. Antes
de aventurarse en la exégesis de los textos, convenía
ante todo reconstituir el antiguo marco geográfico de
estas regiones con la ayuda de procedimientos científicos
que pertenecen a la técnica de las ciencias naturales.
Solamente entonces se esclarecían los textos por ellos
mismos y se ajustaban con suma sencillez al paisaje
anteriormente reconstituido. No era necesario retorcerlos
para hacerles confesa