ISLAM Y AL-ANDALUS

  PUBLICACIONES DE LA YAMA'A

LOS ÁRABES NO INVADIERON JAMÁS ESPAÑA

«LA REVOLUCIÓN ISLÁMICA EN OCCIDENTE»

IGNACIO OLAGÜE

Capítulo 10

 

PRIMER TIEMPO DE LA CRISIS REVOLUCIONARIA HISPANA

 

Existencia de una relación entre la evolución de las ideas-fuerza y las modificaciones de los diversos cuadros naturales en una región, sometida a los efectos de una pulsación climática.

 

La idea religiosa y la revolución: El ejemplo almorávide en Mauritania: el marro geográfico, las ideas-fuerza y los testimonios históricos.

 

     En Oriente se ha realizado la revolución en dos tiempos:

     Primera época: Trastornos económicos y sociales producidos por la crisis climática. Guerras entre los bizantinos y los persas. Guerras civiles.

     Segunda época: Transgresiones y migraciones de las poblaciones. Aparición de una nueva civilización.

 

El cuadro geográfico de la Península Ibérica y la pulsación climática. El hambre causada por la sequía a fines del siglo VII y en el VIII.

 

Testimonios históricos de la pulsación: Primera, segunda y tercera crisis.

 

La caída del Estado teocrático. Existe una competición entre el poder local de las regiones naturales y el poder central que se esfuerza en implantar una política común. Con la abjuración de Recaredo se esfuerza la minoría trinitaria en crear un Estado teocrático similar al modelo de Bizancio. Fracas9 de esta política. Con el destronamiento de Vamba coincide la aparición de las primeras manifestaciones del hambre producida por la pulsación.

 

Los acontecimientos precursores de la guerra civil. El reinado de Egica. Las dos tradiciones: la trinitaria y la unitaria. Diversidad de las crónicas acerca del papel desempeñado por Vitiza. Ha favorecido su política al partido unitario.

 

La guerra civil. Surge con la muerte de Vitiza. Proclaman los godos trinitarios rey de España a Roderico. Su acción en Andalucía en contra de los partidarios del unitarismo. El papel del arzobispo de Sevilla, don Opas. La batalla de Guadalete.

 

Comentarios: El contexto histórico de los acontecimientos. La Tingitana es una provincia de la España visigoda. Lis tropas rifeñas del conde de Ceuta. El gobernador de la provincia, nombrado por Vitiza, que pertenece al partido unitario acude en auxilio de sus correligionarios. El verdadero papel desempeñado por Muza ibn Nosalr. No posee la batalla de Guadalete, de haber tenido lugar, ningún valor estratégico.

 


 

 

Hemos alcanzado el punto culminante de nuestra exposición. Nos es ahora posible establecer una relación entre la idea-fuerza expansionándose y el marco natural de algunas regiones que han sufrido simultáneamente una crisis económica, social y política, producida por la modificación de sus paisajes. Pues en razón de circunstancias históricas, probablemente fortuitas, ocurría que la evolución de las ideas religiosas daba una mayor energía a las tesis favorables al unitarismo en los mismos lugares que empezaban a padecer los efectos de la pulsación con todas sus consecuencias. Esta convergencia entre un fenómeno natural y la máxima intensidad lograda por la evolución de las ideas acerca de la divinidad, se ha presentado en la parte oriental de la cuenca mediterránea en los primeros años del siglo VII. En la parte occidental y en particular en la Península Ibérica se manifestó la relación un siglo más tarde.

Como lo hemos descrito en el capítulo quinto, a causa de la pulsación producida por una disminución progresiva de las depresiones atmosféricas, cada vez más escasas, una menor cantidad de agua regaba las regiones que pertenecen a un círculo de latitud al sur del Estrecho de Gibraltar. En relación con las distancias parecía que una oleada de sequía llegada del este asolaba progresivamente las tierras situadas al oeste, trayendo consigo unas doctrinas religiosas y unos principios culturales, en una palabra: la revolución. No hay que dejarse engañar por las apariencias. La falsa interpretación de un movimiento aparente realizado por los juegos de la naturaleza no debe inducirnos a error. Sabemos que la competición entre las ideas monoteístas, trinitarias y unitarias, existía desde los siglos III y IV. El empeño espiritual era muy anterior a la crisis climática; pero el trastorno económico experimentado por la sociedad en función de la pulsación seguía el ritmo de su intensidad a medida que hacía notar sus efectos de modo oscilante, pero progresivo, del este hacia el oeste. En otros términos, no era la revolución la que en intensa cabalgada, ya clásica, se había propagado hacia Poniente. Se producía el fenómeno natural en cada región por las mismas causas y al alcanzar un punto crítico, provocaba una crisis económica y social similar en todas partes. Como las poblaciones de estos países diferentes conocían la misma evolución de ideas religiosas, idénticas reacciones se manifestaban, mas con un desfase de tiempo considerable, debido a que los rigores de la pulsación disminuían a medida que los lugares en donde se presentaban se hallaban más al oeste, más cerca del Atlántico.

Los conocimientos adquiridos por la meteorología en este siglo han perfectamente explicado los motivos que mantienen en estrecha correlación los marcos geográficos en su actual posición y dependencia. Un año frío y lluvioso en las regiones nórdicas de nuestro hemisferio coincide con fenómenos climáticos concordantes en las regiones mediterráneas y hasta en las zonas xerofíticas situadas más al sur. Asimismo, una oleada de sequía en estas regiones puede producir buen tiempo y suavidad de la temperatura en el Septentrión. Es verdad que existen en estas variaciones circunstancias particulares que pueden amenguar sus efectos. Las formaciones verticales, la imposición de la orografía, los frentes fríos o calurosos de las altas capas atmosféricas y otras causas más, intervienen para dar a una localidad caracteres propios. Pero los fenómenos de la naturaleza deben siempre enfocarse en términos generales. Una vez reconocidas sus grandes líneas, entiende el naturalista su verdadero alcance y procura normas que interesan al historiador. Serán inducidas constantes que darán luz suficiente para la correcta interpretación de los acontecimientos.

Cuando en un momento determinado del pasado se manifiestan los efectos de la pulsación en una región de nuestro hemisferio, se acentuará la presión climática con mayor o menor intensidad según la latitud de los lugares afectados. Será entonces posible establecer un círculo de latitud con aquellos en que las perturbaciones hayan sido más grandes; es decir, de acuerdo con la modificación del paisaje. Podrá ser esto favorable o perjudicial para el incremento de las actividades humanas. Mas, para las necesidades de este estudio sólo interesan las regiones en que el paisaje se ha envilecido.

Si de acuerdo con las tesis de Hungtinton, completadas con otras aportaciones, tomamos como punto de referencia para los siglos VII y VIII el círculo de latitud correspondiente al grado 35, esto es, un poco más al sur del Estrecho de Gibraltar, deduciremos ciertas conclusiones que serán importantes para los fines de esta investigación. Los cuadros naturales que se encuentran en las regiones extremas al sur o al norte de esta línea poco habrán padecido las consecuencias de la pulsación, mientras que los situados en su cercanía habrán sido perjudicados. Así, por ejemplo, no causaba daños la crisis en las comarcas del norte de Europa. Muy al contrario, un alivio progresivo de la temperatura las ha favorecido, como ha sido el caso en Irlanda y en Islandia por estas fechas.

En el polo opuesto, en nada mejoraban las zonas ya desérticas del Sahara, aquellas sobre todo pertenecientes a su parte oriental petrificadas por la acción del clima acentuándose. Era capaz el geógrafo de apreciar la degradación de la facies; el nómada que las atravesaba nada advertía. Los efectos del clima ya conocidos y previstos de antemano para emprender sus viajes no modificaban a corto plazo los incidentes de su vida de trashumancia. Los niveles freáticos de los oasis disminuían, pero como los pozos son poco frecuentes en el desierto y sus niveles muchas veces alimentados por aguas fósiles, no presionaba de modo inmediato la crisis a las poblaciones por definición escasas y repartidas en inmensas extensiones.

No ocurría lo mismo en las regiones situadas en el eje o en la proximidad del círculo de latitud mencionado. Según los lugares dos fenómenos podían producirse: En aquellos que poseían un paisaje verdoso, parecido al de la actual Europa meridional, varios años secos sucedían a otros lluviosos. Provocaban entonces las malas cosechas una crisis económica más o menos larga, pues no era suficientemente potente la pulsación en estos lugares para modificar el paisaje. Un equilibrio acababa finalmente por establecerse. El malestar era determinante por un cierto tiempo, podía provocar o no incidentes políticos; los cuales dependían de la coyuntura de una situación local. En el peor de los casos aparecía una inestabilidad que apuntaba el historiador. Por el contrario, en las regiones en donde se realizaba una modificación del paisaje, se convertía la transformación del marco natural en una verdadera catástrofe para las poblaciones. Si se hallaban bastante cercanas a comarcas menos castigadas, allí se dirigían los agricultores arruinados. Si, por otra parte, degradaba la acción climática la facies subárida de un lugar en esteparia, para salvar sus rebaños invadían los ganaderos las tierras cultivadas de los agricultores. Si no encontraba pastos el nómada en su estepa emprendía una algara arrasándolo todo como una nube de langosta. Si transformaba definitivamente la naturaleza la estepa en desierto, abandonaba el hombre los parajes en donde habían vivido sus antepasados.

En la ¿poca objeto de nuestro estudio, el marco natural de Arabia estaba ya asentado en la facies desértica desde por lo menos el fin del segundo milenio. Atestigua la Biblia que poseía la región del Sinaí una facies subárida y esteparia cuando en el principio del primer milenio buscaron en ella refugio los hebreos perseguidos por los carros egipcios. Por consiguiente debían de encontrarse en un proceso más acentuado las regiones situadas al sur de este accidente tectónico. Es legítimo pensar que la pulsación del siglo VII de nuestra era no produciría ningún trastorno a las poblaciones arábigas, vivieran en el desierto o en los oasis. Es difícil averiguar si favoreció la pulsación al Profeta en el reclutamiento de nómadas para hostigar y apoderarse de las ciudades de Medina y de la Meca. Parece indudable que los árabes constituían una masa ínfima de gentes desparramadas en un territorio inmenso y que se trataba por otra parte de acontecimientos de alcance local. Un cuadro natural tan pobre y exiguo no podía poner en movimiento estas invasiones militares con carácter universal que nos ha descrito la historia clásica de modo harto simplista.

Las regiones próximas al Mediterráneo y aquellas que componen el Creciente Fértil padecieron al contrario una crisis agudísima que explica los acontecimientos que relatan los textos. En su mayor parte pertenecían al Imperio Bizantino, eran sus provincias asiáticas. Sacudidas por terribles convulsiones, conservaron sus riquezas pues el paisaje en poco se modificó. Se transformaron así en un crisol en donde se fundirían los elementos que compondrían la futura civilización árabe. Pero las zonas áridas y las subáridas que se encontraban en proximidad o al interior del continente fueron completamente perturbadas por la pulsación. Enfocadas en conjunto, fueron sacudidas estas regiones diversas por una terrible agitación, envenenada por las pasiones religiosas, que conmovió todo el siglo VII: guerras interminables entre bizantinos y persas, sublevaciones de las poblaciones autóctonas, incursiones de los nómadas, disturbios populares en los barrios de las grandes ciudades, etc. En la tormenta perdió el Imperio Bizantino el control de sus provincias africanas y gran parte de las asiáticas.

Provocó la pulsación grandes movimientos demográficos. Grupos de nómadas que transitaban por las regiones subáridas o esteparias, emprendieron la marcha hacia el oeste, éxodo que había empezado siglos antes, pero que se reanudaba de nuevo; mas a tan lenta velocidad que las tribus hilalianas que abandonaron el sur de Arabia en el siglo X, sólo alcanzaron el Magreb en el siglo XIV256. De acuerdo con nuestros actuales conocimientos, se trata del único tránsito de población árabe hacia el oeste que conocemos con una documentación precisa. No tuvo lugar en el siglo VII o en el VIII. Las primeras vanguardias aparecieron en el sur de Berbería en el XI. Ninguna preocupación política ha dirigido estas emigraciones. Marçais que ignoraba la existencia de la pulsación y por consiguiente las verdaderas causas del fenómeno escribe sobre el particular: Generalmente no manifiestan los árabes ningún deseo de vivir aventuras. El mayor error Consistiría en considerar a los nómadas como vagabundos o exploradores. No gustan los nómadas de marchas inútiles. Su movilidad está estrictamente regida por las condiciones de su existencia. (Los lugares de pasto y los pozos de agua257) Demuestran estos movimientos demográficos del este hacia el oeste el azote de la pulsación; y su lentitud, la necesidad de sustentar a los rebaños. Pero esta acción de envergadura local, limitada a las zonas esteparias de África del Norte y por otra parte mínima en cuanto a la masa de población, no ha desempeñado ningún papel en el desarrollo de los acontecimientos históricos.

No ocurría lo mismo con la transformación producida por el violento trastrueque de las ciases sociales pertenecientes a las zonas agrícolas, ricas e intensamente pobladas. Alcanzó la agitación tales extremos que el carácter político y hasta religioso de estos acontecimientos fue desbordado por las mutaciones sociales. Se trataba de una verdadera revolución. Cristalizó la civilización árabe. Intervinieron en esta creación varios fermentos. Uno de los más importantes se destaca: la doctrina del unitarismo predicada por Mahoma, la que propagada después de su muerte por sus discípulos se impuso poco a poco a las sectas diversas existentes en las partes cultas de aquellas regiones. Por esto logró imponerse a los trastornos sociales la enseñanza del Profeta como la idea que domina la turbamulta de las acciones menores. Pues en su simplicidad había conseguido eliminar las sectas cuyos dogmas eran, si no a veces extravagantes, demasiado complicados para el común de los mortales, como el monofisismo. Por causas similares y por parecidas circunstancias se ha manifestado este incentivo en las regiones meridionales del Mediterráneo en donde la propagación de los mismos principios religiosos se combinaba de tal suerte con los efectos de la crisis que había sido muy difícil para los historiadores distinguir ambos elementos en el producto final. Hemos llamado a este complejo: la Revolución Islámica.

Por consiguiente, lo que nos parece decisivo en aquellos acontecimientos no es la predicación de Mahoma entre sus compatriotas politeístas, acción que reviste desde nuestra actual perspectiva un mero interés local. Lo único que importa es la idea. Igual que un germen en un caldo apropiado, ha sido lanzada por el Profeta en un momento preciso de la evolución histórica adecuado para acogerla. Era su doctrina de la unicidad de pura esencia bíblica. Era familiar a muchos. Se propagaba en una inmensa región en donde estaban los espíritus dispuestos a recibirla en razón de una larga tradición anterior, pero encontraba un aliento extraordinario para su propagación en el drama material de la crisis climática que había trastornado las clases sociales. Como ocurre siempre en toda revolución la minoría culta y acomodada de las generaciones anteriores, aferradas a un estilo de vida ya superado, sacrificadas en las guerras civiles, habían sido substituidas por nuevas gentes imbuidas de otras ideas.

Se realizaba la revolución en el marco urbano de las ciudades, en las que a pesar de las calamidades se había logrado mantener la esencia de la enorme riqueza intelectual acumulada desde los tiempos de la Escuela de Alejandría. Esto explica el carácter universal que pronto adquirió el impulso dado. Dependían de su actuación el porvenir de la humanidad y en particular el de las civilizaciones europeas. En otros términos, la aparición de nuevas clases sociales, el afianzamiento con la redacción del Corán de una nueva religión, la ascensión del árabe hacia las cimas propias de un idioma literario, la forja de nuevos principios, todo esto ha sido la obra de revolucionarios ciudadanos que no se han arriesgado en aventuras lejanas. La expansión del Islam y de la civilización árabe ha sido el fruto de la idea-fuerza. No han sido impuestos por el filo de la cimitarra, esgrimida por nómadas, beduinos y otros hijos del desierto. Salvo acaso una estricta minoría que en un principio pudo haber desempeñado el papel de fuerza de choque, jamás han podido evadirse de él y lo más probable jamás lo han intentado258.

Poseía tal envergadura la revolución islámica que se había reducido al mínimo su carácter político. Que un condotiero, un profeta o un mimus habendi cualquiera, se hubiera hecho dueño de una ciudad, de una comarca o de una región, no condicionaba consecuencia de mayor envergadura. Se trataba de un sencillo episodio. De aquí la extrañeza de los historiadores modernos que observaban que jamás había existido un Estado árabe. A esto se debieron las grandes dificultades que tuvieron que vencer para lograr seguir los acontecimientos. Por el contrario, la transformación de la sociedad se manifiesta con suma claridad. Todo es nuevo: la religión, el lenguaje, los principios intelectuales... Las sociedades que vivían en el Creciente Fértil estaban a tal punto conmocionadas que en la plasticidad resultante de tal congoja pudo el genio creador surgir a la superficie social, mezclando con dosis sabiamente medidas la herencia considerable recibida de los antepasados con el impulso de la imaginación. En el curso de un centenar de años —lo que desde el punto de la evolución histórica debe interpretarse como una auténtica mutación— se asentaba una nueva civilización sobre bases potentes. Un hiatus importante separaba entonces lo pasado del presente. Ponía en acción la revolución islámica tales recursos de energía que desbordaba el marco restringido de una nación o de una región para adquirir un sentido universal que interesaba directamente a la historia del hombre en la tierra.

Para el historiador se presenta, sin embargo, una dificultad. ¿Cómo podía una tal revolución florecer empleando tan sólo como arma de choque la doctrina monoteísta del unitarismo? ¿En virtud de qué principios han sido las masas enardecidas hasta el punto de haber derruido las anteriores estructuras de su nación y sociedad? ¿Qué ariete poseían, por ejemplo, para quebrantar la potencia del Imperio Romano Bizantino, su feroz dogmatismo respaldado por la fuerza? No posee la enseñanza de Mahoma ningún carácter sedicioso. La guerra en contra del infiel es un acto estrictamente religioso, en la mente del Profeta una lucha dirigida en contra de los politeístas del Hedjaz. Por esto, pueblos importantes han sido convertidos al Islam sin que padecieran ninguna transformación social o económica. Al contrario, parecería como si protegiera el Islam la estructura social existente. Adquiere el historiador esta convicción desde las primeras horas de su predicación. Se percibe un similar espíritu conservador en la mayoría de las grandes religiones del pasado. Jamás han provocado el cristianismo o el budismo una arción que requiriese la violencia. Siendo ante todo espiritualistas, menospreciaban los bienes de la tierra, dando a César lo que le pertenecía, para consagrarse a las perspectivas de otro mundo en donde se penetra con el permiso de la muerte.

Insoluble era el problema hasta nuestros días. Ha podido el fenómeno histórico ser entendido cuando se ha podido medir de modo objetivo la importancia del impacto causado en la sociedad por la pulsación climática. Por consiguiente, no es la predicación de Mahoma, ni la de sus discípulos, las que desbarataron la estructura política precedente, sino la acción de los trastornos atmosféricos. La habían trastornado en época muy anterior a las revelaciones del Profeta.

Existe aún otra dificultad que es preciso resolver como si fuera un corolario de la proposición precedente. Visto el carácter conservador de las religiones, ¿cómo una revolución de la envergadura que ha alcanzado el Islam ha podido emprenderse con el único auxilio de una idea metafísica? ¿No existe una contradicción entre estos términos? ¿Puede una revolución ser religiosa? Ha habido guerras civiles religiosas, como las del XVI en Occidente que han opuesto a católicos y protestantes. Se han proyectado y realizado invasiones en países lejanos para satisfacer —esto se nos asegura— un sentimiento religioso, como las expediciones de los cruzados a Palestina. Ninguna relación tienen estas acciones con una revolución que ante todo es una transformación de la sociedad llevada a cabo con violencia. ¿Qué lazo unía la revolución islámica con la doctrina monoteísta del unitarismo que por esencia ignora todo proceso de subversión...?

Han explicado en nuestros días las ciencias el mecanismo de los principales fenómenos de la física terrestre. Los ha utilizado la técnica para satisfacer las necesidades primordiales de la humanidad. Nos ha proporcionado grandes medios materiales, pero también ha permitido a un mayor número gozar de una independencia intelectual y espiritual que eran antaño el privilegio de unas cuantas mentes esclarecidas. Explican así estas circunstancias por qué la gran mayoría de nuestros contemporáneos, impresionados por el enorme progreso actual, están demasiado dispuestos a subestimar el papel que el determinismo geográfico ha desempeñado en el pasado. En general, el hombre de la ciudad y naturalmente los sabios poseen hoy día un conocimiento rudimentario de la naturaleza y escasa experiencia de sus manifestaciones. Jamás o escasas veces han padecido el erudito, el historiador, el filósofo sus rigores: una tormenta de nieve en la montaña, una tronada en un macizo calcáreo en donde no existen refugios, las rompientes del Océano desencadenado o el torbellino de un tifón tropical. Protegidos por las comodidades de la vida moderna, no han sentido en lo más hondo de la carne la congoja del corazón que se contrae ante la impotencia del individuo para hacer frente a los elementos desatados. Pero este terror que han experimentado el alpinista, el navegante o el explorador no era en otros tiempos pasajero, como ocurre en nuestros días. Constante a lo largo de las horas, era un imperativo en la vida de las sociedades que nos han precedido desde el paleolítico hasta la era atómica.

Para superar el terror producido por el determinismo geográfico ha buscado el hombre en la religión una defensa psicológica. En las épocas primitivas poseían los más elementales fenómenos de la naturaleza un carácter sobrenatural. Eran el tributo impuesto por la voluntad divina. Como el hecho era incomprensible, pero determinante en la vida del individuo, quedaba obsesionado por los actos o el pensamiento de los seres superiores que podían recompensar o castigar su comportamiento, que él mismo juzgaba de modo favorable o desfavorable. La historia de la humanidad desde el descubrimiento del fuego hasta el del átomo ha sido la del esfuerzo constante realizado por mentes esclarecidas para superar este complejo; pues las necesidades materiales le acuciaban a un esfuerzo constante y progresivo para desentrañar los misterios de la naturaleza, comprender el determinismo geográfico y dominarlo. Por otra parte, no se debe olvidar que ha sido uno de los agentes más importantes de la evolución de las especies. A medida que la inteligencia humana lograba reducir de modo progresivo su alcance, limitaba también las relaciones que ligaban las religiones antropomorfas a los fenómenos de la física terrestre. Aligerado de estas contingencias terrestres, podía el hombre aspirar a alcanzar una mayor espiritualidad.

Si es así, para entender y describir un trozo cualquiera de la vida en los tiempos pasados, debe el historiador no solamente reconstituir en cada época y en cada sociedad estudiada el marco geográfico que entonces la encuadraba, sino también analizar las relaciones que unían el determinismo natural con las concepciones religiosas existentes.

Cualquier crisis geofísica o social, un terremoto, el hambre, la sedición, la guerra, sobre todo si imponía la esclavitud para el vencido, siempre han reanimado el sentimiento religioso de las masas. A veces, la llamarada era circunstancial, como se ha observado en los tiempos presentes en Occidente, entre las dos guerras mundiales; pero en las antiguas sociedades se transformaba la calamidad pública en una acción siempre dominada por el pensamiento del más allá. Los trastornos agrícolas, producidos por la sequía que asolaba una parte de las regiones mediterráneas y cuyas consecuencias económicas y sociales se prolongaban en un cierto número de años, forzosamente ejercían una presión sobre la angustia religiosa de los individuos. Era determinante esta desazón en las sociedades cuyo cuadro geográfico padecía una profunda transformación; lo que exigía una readaptación de la vida cotidiana. Terrible era la crisis para las poblaciones que vivían en las zonas áridas y subáridas, situadas en las orillas del Creciente Fértil cuya extensión era mayor antaño que ahora. Se dirigieron hacia otros pastos los nómadas de la estepa, pero los agricultores fueron arruinados sin esperanza de recuperación. Aquellos que poseían secanos no los podían cultivar. No había agua que corriese por las acequias. Los pozos se secaban. Los niveles freáticos descendían en el subsuelo. Tuvieron que buscar otros medios de existencia los labradores. Emigraron hacia lugares regados por una mayor pluviosidad. En su desgracia fueron seducidos por la predicación mahometana. Como para sobrevivir se dirigieron hacia las grandes ciudades que sufrían ellas también de gran efervescencia, formaron un nuevo «proletariado interior», según expresión de Toynbee, que intervino en los acontecimientos políticos. Contribuyeron de este modo y de manera activa a la propagación del monoteísmo unitario.

No se trata de un alarde de imaginación. Debe intervenir el razonamiento con tanto rigor en una demostración de la vida social histórica como en un teorema matemático. Desde la óptica de una confirmación positiva, sólo nos puede dar la antigüedad por deducción la prueba de la relación existente entre el cuadro geográfico y la religión, por la sencilla razón de que nuestra documentación sobre las civilizaciones antiguas es demasiado escasa. En la época de la predicación de Mahoma parece destacar el lazo causal con mayor precisión, sin que nadie haya reunido los elementos requeridos, salvo error, para establecer una conexión fundada de una parte sobre los textos, de otra sobre datos geográficos. Mas ocurre una circunstancia importante: Existe el ejemplo de acontecimientos similares a los que estamos estudiando, ocurridos tres siglos más tarde en la parte occidental del Sahara. Se trata del movimiento almorávide que empezó hacia la mitad del siglo XI. Se conservan los textos requeridos para establecer la conexión buscada.

El marco geográfico

 

Mauritania, la parte del Sahara occidental situada al sur del Atlas entre este altísimo macizo de montañas y los ríos Níger y Senegal, gozaba en la Edad Media de una mayor humedad que en los días actuales. Se aprecia un contraste poderoso entre el clima y el paisaje que existían en aquellos lugares y la situación presente. El Río de Oro, por ejemplo, que constituye una parte de la zona costera y que disfruta por la vecindad del Océano de una mayor influencia marítima que las regiones del interior, sufre a pesar de ello las consecuencias adversas de la facies desértica. Los pozos son muy escasos de tal suerte que su población es casi inexistente: 15.000 habitantes poco más o menos para 285.000 kilómetros cuadrados, o sea un territorio que dobla con creces el de Inglaterra. No era así en tiempos de los almorávides. Para convencerse de ello basta con leer a los geógrafos antiguos: El Bekri (siglo XI) y El Idrisi (siglo XII) y los historiadores: Ibn El Atir (siglo XII) e Ibn Kaldún (siglo XIV).

 

Por de pronto una observación se impone: Llamaban los antiguos autores «desierto» a una región no por sus caracteres adversos, sino por su ausencia de población. No afinaban las facies; mas no se designa hoy día con esta palabra territorios con caracteres áridos o subáridos o esteparios que poseen en ciertas partes del año pastos suficientes para alimentar rebaños de camellos, de cabras o de ovejas. La tierra que recorren los nómadas es la estepa subárida y xerofítica, no el desierto que puede el hombre atravesar, pero en donde no encuentra los medios para poder subsistir. En la época de El Bekri, habitaban en el Sahara varias tribus. La más importante era la de los Beni Lantunas «que viven como nómadas y recorren el desierto. La región por donde transitan se extiende en largo y en ancha hasta una distancia de dos meses de marcha y separa el país de los negros del de los blatzcos»259. A pesar de ello, es probable que en las regiones centrales del Sahara, en el Tanezruft, estuviese ya el desierto en formación, sino del todo establecido. Según parece, en muchos lugares los niveles freáticos no se habían hundido demasiado en el subsuelo: se encontraba agua cavando en la arena. Según este geógrafo del que extractamos estos datos, se puede atravesar el Sahara central siguiendo la antigua ruta romana recorrida antaño por los carros; es decir, de Tadameka a Gadamés, de Es-Suk cercano de Gao sobre la curva del Níger hasta la antigua Cidamus en el sur tunecino, caminando cuarenta días y realizando esta operación cada tres días260. Debía de ser empleado frecuentemente este recurso, pues nuestro geógrafo cordobés apunta varias veces su utilidad en sus descripciones de ruta. Sólo tenía que cavar dos o tres codos el viajero para salir de apuros.

Por otra parte, la extensión de las zonas fértiles, cultivadas o dedicadas al pastoreo, era mucho mayor que en los días actuales; por lo menos en el sur argelino y tunecino. «Nul Lanta, escribe El Idrisi, se encuentra a tres jornadas de marcha del mar tenebroso (el Océano) y a quince jornadas de Sid jilmasa. (Ciudad importante, hoy día desaparecida que era entonces la capital del Tafilalet.) Poseen los habitantes de Nul Lanta muchas vacas y ovejas y por consiguiente leche y mantequilla en abundancia»261. En vista de su proximidad al mar, su latitud y la abundancia de las nieves del Alto Atlas, conservaba aún esta región el paisaje de praderas que hemos descrito en el capitulo quinto, dominando la casi totalidad de las regiones saharianas al fin del último milenio. El Sus, que constituye una región intermedia entre el Alto Atlas, al norte, y el Anti-Adas al sur, por el hecho de su situación geográfica y la proximidad de las altas cimas, producía según este mismo autor tal cantidad de caña que exportaba azúcar «a todo el universo»262. Ocurre lo mismo en las regiones situadas en el 300 más al interior, sobre el meridiano de Coulomb Béchar. Señala El Bekri que a cien kilómetros más al sur, «al Occidente de Igli, gran ciudad situada en una llanura corre un río importante que se dirige del mediodía hacia el norte (¿Uad Guir o Saura?) y que atraviesa una continuidad de jardines. Se encuentran en grandes cantidades frutos y los productos necesarios. En esta región la caña de azúcar se convierte en el producto más importante. Con un cuarto de dinar se puede comprar una tan gran cantidad que un hombre a duras penas puede levantarla. Se fabrica mucho azúcar cuya medida se vende a dos meticales y aún menos»263. Ocurría lo mismo en la región de Tamedelet que se encuentra a seis jornadas de Igli, hacia el sur. «Toda esta comarca, nos asegura el mismo autor, está cubierta de jardines. El río (probablemente el Saura) da vueltas a un gran número de molinos. El territorio de Tamedelet es notable por la fertilidad del suelo y el esplendor de la vegetación»264. En una palabra, se han convertido estos lugares prósperos en estepas, en la antesala del desierto. Gracias a su proximidad del Atlas ha mantenido el Sus algo de sus antiguas riquezas, pero las llanuras se han degradado al punto de que la erosión eoliana ha convertido su mayor parte en ergs y en hamadas.

La idea fuerza

 

Se conserva la documentación requerida para reconstituir el origen del movimiento almorávide. Nació en las regiones antiguamente áridas y subáridas de Mauritania, hoy día desérticas. Entonces mantenían holgadamente a las tribus de los Beni Lantunas. Los testimonios de Ibn El Atir y de El Bekri son contemporáneos de estos acontecimientos. Redactó este último su obra de geografía en 1067, cuando los almorávides no habían aún invadido Marruecos265. Han sido confirmadas sus noticias por Ibn Kaldún.

Volviendo de la peregrinación de la Meca, en el año de 1046, uno de los jefes de la tribu de los Beni Lantunas, Yahia ibn lbrahim, se hizo cargo que sus compatriotas, si en verdad no eran idólatras, tampoco eran verdaderos musulmanes, por lo menos tal como debían de serlo según los «integristas». Consiguió convencer a un partidario del derecho malequita, Abd Alá ibn Yasín, oriundo de Sidjilmasa, de seguirle por las estepas del sur a fin de convertirles. En poco tiempo, a pesar de fracasos importantes, de intrigas múltiples, de reticencias y burlas por parte de las tribus y hasta de combates, adquirió tal prestigio que llegó a ser el maestro espiritual de todos los nómadas saharianos. Tomaron el apodo de almorávides, que quiere decir los adheridos a la fe. En realidad les transformó en las fuerzas de choque del «integrismo» musulmán occidental. Entonces, se pregunta uno cómo este jefe religioso ha logrado en tan poco tiempo enrolar bajo su bandera a tan importante población, diseminada por tan vasto territorio, de tal suerte que fueron capaces sus jefes militares posteriores de conquistar Marruecos, Argelia y una parte de la Península Ibérica. En verdad, fueron efímeras estas conquistas y pueden explicarse por motivos de orden político que ahora no podemos exponer. Basta saber que estos nómadas almorávides se habían convertido en condotieros religiosos que sus partidarios, «integristas» de las naciones vecinas, llamaban en su auxilio para que les prestara ayuda con el fin de luchar contra el enemigo común, el musulmán «liberal», el incrédulo y el cristiano. Mas, lo que ahora nos interesa es comprender el mecanismo en virtud del cual una predicación emprendida por un jefe religioso ha podido convertirse en una acción militar en razón de una crisis climática.

De todos los grupos humanos determinados por el marco geográfico, es el nómada el más individualista. Si es así, ¿cómo pudo realizar el milagro Ibn Yasín, que sucedió a Ibrahim, de forjar en una sola unidad estas personalidades rudas y diversas, desparramadas por inmensas soledades? No basta la sola predicación con la magia del verbo y el poder de atracción de los conceptos; tanto más que en aquella época la idea para propagarse requería un cierto tiempo, quedando supeditada a las comunicaciones. Sólo se explica el milagro por la acción de una causa superior que superaba ¡y en qué medida! las virtudes de la palabra. Era la pulsación, la crisis climática, erguida como un fantasma del Apocalipsis, la que domaba todas las voluntades. En otras palabras, no podía la estepa quemada por el sol dar de comer al mismo número de personas que anteriormente. Disminuía el pasto para los rebaños. El equilibrio entre la producción y el consumo estaba roto. La emigración era el único recurso que a todos podía salvar. En otras circunstancias, cuando el abandono de los lugares ancestrales no había podido realizarse de modo natural, el equilibrio entre el marco geográfico y la demografía se restablecía, sea con medidas draconianas ordenadas para restringir la procreación, como más tarde ocurrirá en los oasis, sea con guerras intertribales que eliminaban los elementos menos fuertes. La presencia de los dos amigos en la estepa para predicar su reforma, coincidía con una crisis social cuya solución era decisiva para la supervivencia común. Llegaban en el momento más oportuno, pues en realidad predicaban la guerra santa contra las gentes del norte, los habitantes de Sidjilmasa, de Taraudant, de Igli y otros, que para estos «integristas» vivían en la impiedad, pero que tenían con qué beber y comer. Esto fue el comienzo de una ambición que pronto llegaría a ser desmesurada.

En otros términos, favorecía la predicación de estos profetas los intereses de todos los nómadas de la estepa. Encauzaba la emigración el exceso de población que no podía vivir en los lugares ancestrales. Resolvía una situación difícil, lo que exigía los mayores sacrificios. Tanto es así que el alistamiento se hizo a una velocidad asombrosa, dadas las dimensiones de los lugares. Por otra parte, la adhesión a la secta en un principio ofrecía escasos incentivos: Para borrar sus pecados anteriores, idolatría, superstición, incredulidad, etc., recibía el neófito nada menos que cien latigazos (El Bekri). Una vez admitido la disciplina era terrible. La menor infracción se castigaba con la flagelación. Para someterse a disciplina tan feroz, tenían que estar impulsados estos millares de nómadas por razones gravísimas: La sequía quemaba los escasos pastos de la estepa. El hambre y la miseria acechaban por doquier, pero transformaban a nuestros dos compadres en profetas enviados por el cielo para salvarles. Pues no sólo les daban garantías de gozar de los placeres paradisíacos en la otra vida; les procuraban en la presente el beber y el comer. En el pasado la guerra, santa o diabólica, era rentable para el vencedor. No tenían nuestros predicadores escrúpulo para enloquecer a estos desgraciados con promesas fantásticas: Si moría en el combate el soldado almorávide, asegurado tenía los gozos edénicos; si se salvaba, ahí estaban las riquezas extraordinarias de países lejanos, como España, en donde podían hacerse ricos y disfrutar en esta tierra de los deleites del Paraíso.

Así estaba lanzada la idea como por formidable catapulta. En tiempos normales, existen aventureros que por razón de su genio particular abandonan su familia y la vida sedentaria para desfogarse por los caminos y vivir las mil y una aventuras que depara la casualidad. Son la excepción. Le disgusta a la masa cambiar sus costumbres, abandonar sus riquezas por modestas que sean, mas presentes y palpables contra un porvenir incierto. El éxodo de estos nómadas huyendo de la estepa y abandonando sus pobres rebaños nos enseña, si no lo supiéramos, la calamidad en que se encontraban. Mas ahora, la relación existente entre la modificación del paisaje y el impulso de la idea-fuerza, puede demostrarse con textos contemporáneos de estos acontecimientos.

Testimonios históricos

 

No puede discutirse el empeoramiento de la crisis climática del siglo XI. Poseemos testimonios numerosos del proceso de aridez acentuándose en el Sahara. En esta época empezáronse a construir las primeras fogaras de los oasis. No sólo destruye la sequía la vegetación, la erosión eólica sepulta ríos y ciudades. Nos lo asegura El Idrisi266. Por otra parte, si bien nos comunica el geógrafo los primeros hechos de la secta, el historiador Jbn el Atir (1160-1233) ha conocido a sus últimos partidarios. Con los textos de estos autores contemporáneos de la epopeya almorávide podemos reconstruir las grandes líneas de los acontecimientos.

En sus Anales del Magreb y de España describe Ibn el Atir los hechos siguientes: «El 27 de febrero de 1058, después de una sequía que asoló estas regiones (las estepas de Mauritania), Ibn Yasín envió a los más míseros (de los nómadas de la tribu de los Beni Lantunas) al Sus para cobrar el sekat (el impuesto ritual). Novecientos hombres así se adelantaron basta Sidjilmasa, hicieron una cosecha de algún precio y luego regresaron donde los suyos. Entonces, les pareció el desierto demasiado pequeño y desearon para propagar la palabra de la verdad pasar a España y combatir a los infieles. Penetraron en Sus El Akza, pero se unieron sus habitantes para resistirles de modo tan eficaz que tuvieron que huir los almorávides, mientras que el hombre de ley, Abd Alá ibn Yasín, quedaba muerto. Abu.Bekr (su sucesor en el mando) juntó un nuevo ejército de mil hombres a caballo, pero se encontró enfrente de doce mil jinetes de los Zenatas. Les rogó que les dejaran pasar para poder ir a España a combatir a los enemigos del Islam»267. A esta pretensión se opusieron los Zenatas. Hubo un combate que acabó con la victoria de los nómadas. Diezmados los sedentarios acabaron sometiéndose. La relación de los hechos no aparece muy clara. Los almoravides se volvieron hacia el este y conquistaron la ciudad de Sidjilmasa, en donde según Ibn Kaldún se apoderaron de cincuenta mil camellos268.

 

En este escrito destacan algunos hechos que confirman el contexto establecido.

1.º Existe una sequía que alcanza caracteres graves, pues ha tenido lugar en invierno, época de las lluvias.

2.º De acuerdo con la ley de Breasted Ibn Yasín envía a los más desgraciados de sus discípulos al Sus para cobrar el importe de un impuesto; lo que parece más bien una limosna lograda por la fuerza. Como empeora por lo visto la situación climática, les parece el desierto pequeño para sus ambiciones. Predica entonces el profeta a los nómadas las ventajas de la guerra santa, mas no para llevarla hacia las tierras vecinas de los negros, míseros e idólatras, sino a las ricas de Marruecos y de Andalucía.

3.º Prepara Yasín el éxodo de sus discípulos. Empieza la conquista militar que conducirán más tarde jefes enérgicos y vigorosos.

 

En una palabra, para satisfacer sus ambiciones religiosas y su pasión de mando había aprovechado Ibn Yasín las circunstancias sociales recién aparecidas en estas regiones. Si no hubiese obligado la sequía a los más pobres a buscar fortuna para satisfacer sus necesidades las más inmediatas, es muy probable que en lugar de morir en un combate hubiera acabado sus días en compañía de su amigo Ibrahim en el morabito que habían construido a orillas del Senegal al principio de su predicación.

Tiene para nuestras tesis el episodio almorávide una gran importancia, porque permite comprender los acontecimientos ocurridos cuatro siglos antes en el Próximo Oriente. Es similar el cuadro geográfico, iguales las repercusiones de la crisis climática, idénticas las depresiones económicas y sociales. Con pretextos religiosos parecidas algaras se realizan como una reacción en cadena en los limites de las facies. La transformación del medio y el contexto histórico son semejantes. En una palabra, la causa que ponía en movimiento la idea-fuerza en los dos casos en relación con el desplazamiento de las poblaciones era la misma. Sólo era diferente la hora de la historia. Yasín era un reaccionario desprovisto de recursos intelectuales, el juguete de circunstancias que acaso él mismo no había comprendido. Al contrario, era Mahoma un hombre que por el esfuerzo de su inteligencia había restablecido y dado otra vida al puro monoteísmo. Con su palabra intervenía en la génesis de una nueva civilización. Con su dogmatismo insensato contribuyeron Yasín y los suyos a petrificar estos mismos principios. Si Marruecos no supo resistir al impacto de los mauritanos, logró la cultura arábigo-andaluza mantenerse aún por dos siglos en España, a pesar de la reacción almohade que sucedió a la almorávide. Estaba fatalmente condenada por el destino269.

Podemos establecer ahora las directrices que han canalizado la revolución islámica en Oriente. Distinguiremos a lo largo de esta crisis, cuya duración puede estimarse en casi un siglo, dos tiempos perfectamente determinados que se hallan en estrecha relación con la evolución de los marcos naturales, los fértiles y los áridos, trastornados y a veces completamente asolados por la pulsación climática.

Primer tiempo (600-632)270

Produce la crisis atmosférica un desorden general en la economía del Próximo Oriente. Así se explica por qué la guerra entre bizantinos y persas se hace crónica. Considerables son los destrozos causados por la acción de la naturaleza y por las hostilidades. Se prolongan los disturbios producidos por años sucesivos de hambre. Quedan arruinadas las clases dirigentes, ricas y conservadoras. Decrece el poder de Bizancio. Alcanza el desastre tal magnitud que la civilización helenística, que había alcanzado en Siria y sobre todo en Egipto una tradición milenaria, desaparece para siempre de estos lugares. Sólo quedará de ello un recuerdo lejano en la perspectiva histórica. En las regiones áridas y subáridas del Creciente Fértil se envilece el paisaje y se deteriora transformándose en la facies inferior. Se deseca la estepa. Enloquecidos, multiplican los nómadas sus incursiones por las tierras de los sedentarios, en donde las cosechas quemadas por el sol pueden dar de comer a sus rebaños de ovejas, de cabras y de camellos. Mucho mis al sur, en los desiertos y en los oasis, ajeno a estas desgracias, iluminado, predica Mahoma la doctrina del monoteísmo unitario.

Segundo tiempo (632.693)271

Condiciona la ley de Breasted una serie de acontecimientos que poseen un carácter local, pero que repercuten los unos sobre los Otros como una reacción en cadena. Componen así un complejo con rasgos similares. Cual una oleada impulsada por la tempestad se propaga por las regiones que padecen la crisis climática: lo que induce a los historiadores a interpretar estos acontecimientos como si fueran el fruto de una concepción militar concebida y realizada por una personalidad, un príncipe, un emir cualquiera, cuando en realidad se trataba de un movimiento mimético originado por unas mismas causas naturales. Abandonan las estepas un cierto número de nómadas que emigran hacia el norte. Esperan allí encontrar alimentos para. sus rebaños. Por ellos son empujados hacia las tierras áridas los cultivadores de las tierras subáridas, por tradición semisedentarios. De repente se ven los labradores, arruinados por la sequía, invadidos por la llegada tumultuosa de estos vecinos molestos; pierden con sus depredaciones lo poco que les quedaba. Se dirige este gentío hambriento hacia las tierras regadas que generalmente se encuentran en las cercanías de ciudades importantes. Se multiplican los tumultos, las riñas; verdaderos combates entre gentes pertenecientes a tribus diferentes tienen lugar. Destaca en este embrollo un hecho cierto: Una masa importante de aldeanos que vivían en tierras de secano lograron fundirse con las turbas urbanas alborotadas por el hambre para formar un nuevo proletariado. Esto se deduce de la aparición del árabe popular en los núcleos ciudadanos cultos en donde por ser rural gozaba de escaso prestigio. En esta transferencia sufrió el idioma un proceso de decantación sobre el cual se incrustaron fórmulas sabias.

Jefes de las tribus emigradas, personalidades con fuerte ascendencia que destacan de la masa aprovechan el desorden para apoderarse del poder, en manos hasta entonces del Imperio Bizantino tambaleante. Se esfuerzan en poner orden en la anarquía. Al lograrlo adquieren estos pocos afortunados un prestigio que irradia al exterior. Pronto les favorecen los movimientos oscilatorios de la pulsación. En algunas regiones sosiegan los estómagos mejores cosechas; se encalman los espíritus y sus energías. Pues esta gigantesca subversión no se ha realizado en algunos años. Estos diversos movimientos migratorios, la fusión de los labriegos desarraigados con los ciudadanos, ha requerido el curso de casi un siglo. Así se explica cómo desde un punto de vista religioso —desde la. muerte de Mahoma en 632 hasta la redacción del Corán hecha por mandato de Otmán en 653— hayan pasado tantos años; pues la fijación del texto fue obra de intelectuales que vivían en las ciudades. Así se comprende la inexistencia de un Estado árabe y la corta vida de esos califas asesinados, cuyo poder por otra parte debía de ser escaso.

Si se adapta más o menos esta concepción a la realidad, no debe de concebirse la historia de Oriente Medio en el siglo VII como si fuera un Imperio Arábigo, sino como un hervidero revolucionario, cuyos límites en el espacio eran muy imprecisos, en donde la guerra civil, el crimen, la división del poder y la anarquía eran las características dominantes. Nos enseña la historia situaciones parecidas. El ejemplo más singular pudiera ser el estado turbulento del Imperio Chino desde la revolución de Sun Yat Sen hasta la hegemonía comunista.

Se encuentran en los documentos de la época los testimonios o los recuerdos de esta gigantesca subversión. No hemos hecho investigaciones en los textos orientales, porque nos apartaríamos de los límites de nuestros propósitos. Nos contentaremos con exponer la opinión de un escritor latino anónimo que vivía en Andalucía a fines del siglo IX o a principios del X. Ha escrito varias obras históricas que no han llegado hasta nosotros y una crónica célebre que durante mucho tiempo ha sido atribuida a un fantástico e inexistente obispo: Isidoro Pacense. (Ver apéndice II.) Demuestra su lectura que conocía textos griegos y árabes que son desconocidos de los especialistas. Así describe los acontecimientos del siglo VII ocurridos en Oriente:

105. Huius temporis, in era

sexcentesima quinquagestma tertia,

Anno imperii eius quarto Slavi Graeciam occtípant,

Sarracern tyrannisant

Et, in era sexcentesima quinquagesima sexta,

Amno imperii Eraclii septimo, Syriam,

Arabiam et Mesopotamiam

Furtim magis quam virtute

Mammet eorum ducabore rebellia adhortante,

Sibi vindicant.

Atque non tam publicis irruptionibus,

Quantum clanculis incutsationibus,

Perseverando, vicinas provincias vastant,

Sicque modo, arte

Fraudeque, non virtute,

Cunctas adiacentes

Imperii civitates

Stimulant

Et post modum, ingum e cervice excutientes,

Aperte rebellant.

«En su tiempo, transcurriendo la era 653, en el cuarto año de su reino, ocupan Grecia los eslavos y tiranizan los sarracenos; y en el curso de la era 656> durante el año séptimo del reinado de Heraclio, excitados a la rebelión por su jefe Mahoma, se apoderan de Siria, de Arabia y de Mesopotamia, más bien por la astucia que por el valor. Asolan las provincias vecinas, realizando correrías no tanto a la luz del día como incursiones clandestinas; de tal suerte que conmueven ¡odas las ciudades limítrofes pertenecientes al Imperio, más bien por treta y fraude que por el poder. Más tarde, sacudiendo el yugo se rebelan abiertamente»272.

 

Así se desacopla el mecanismo que ha puesto en movimiento y luego dirigido la revolución islámica. Dos ideas-fuerza se precisan en este magma destructor y a la vez regenerador. Traen a las ciudades los aldeanos del sur con sus costumbres ancestrales las nuevas ideas religiosas que se están propagando en sus lugares y a las que se han adherido. Por otra parte, por su número imponen su idioma rural, tosco y primitivo. Se familiarizan los ciudadanos con su tradición oral que pertenece al fondo común. Surge una simbiosis con la herencia cultural que ha dejado el helenismo en todas partes en regresión. Un idioma y una literatura adquieren en los centros urbanos formas nuevas.

A lo largo de las incursiones emprendidas por los nómadas árabes, los emigrantes de las tierras intermedias que son la mayoría del proletariado interior, en su desamparo físico e intelectual han quedado subyugados por la personalidad y la predicación de los profetas que dirigen a los hijos del desierto. Son los discípulos de Mahoma. Arrebata la simplicidad de la doctrina a los espíritus perturbados y desorientados. En su desplazamiento a las ciudades gozan los neófitos y los propagandistas de un ideal tangible que destaca en el ambiente religioso ya desmayado. Pues las ideas teológicas de las clases dirigentes por demás complicadas, como el monofisismo o el nestorianismo, están en regresión. Se expansiona tanto más fácilmente el monoteísmo musulmán cuanto que coincide con lo que domina en el inconsciente colectivo el sincretismo arriano. Se realiza así en todo el final del siglo una fusión de elementos dispares: El hablar rural se transforma en un idioma escrito. El ambiente unitario, judaico y arriano, queda expresado por el Corán. Para comienzos del siglo VIII lengua escrita y religión se funden en un todo con otros nuevos conceptos: la civilización árabe.

En razón de la lejanía de los lugares en que se forjaban las nuevas ideas y del desfase en el espacio y en el tiempo de la pulsación, se llevó a cabo la revolución islámica en la Península Ibérica palmo a palmo. Los dos momentos que han permitido la gestación de la civilización