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Capítulo
10
PRIMER
TIEMPO DE LA CRISIS REVOLUCIONARIA HISPANA
Existencia
de una relación entre la evolución de las ideas-fuerza y las
modificaciones de los diversos cuadros naturales en una región,
sometida a los efectos de una pulsación climática.
La
idea religiosa y la revolución: El ejemplo almorávide en
Mauritania: el marro geográfico, las ideas-fuerza y los testimonios
históricos.
En
Oriente se ha realizado la revolución en dos tiempos:
Primera época:
Trastornos
económicos y sociales producidos por la crisis
climática. Guerras entre
los bizantinos y los persas. Guerras civiles.
Segunda época:
Transgresiones
y migraciones de las poblaciones. Aparición de una nueva civilización.
El
cuadro geográfico de la Península Ibérica y la pulsación climática.
El hambre causada por la sequía a fines del siglo VII y en el VIII.
Testimonios
históricos de la pulsación: Primera, segunda y tercera crisis.
La
caída del Estado teocrático. Existe una competición entre el
poder local de las regiones naturales y el poder central que se
esfuerza en implantar una política común. Con la abjuración de
Recaredo se esfuerza la minoría trinitaria en crear un Estado teocrático
similar al modelo de Bizancio. Fracas9 de esta política. Con el
destronamiento de Vamba coincide la aparición de las primeras
manifestaciones del hambre producida por la pulsación.
Los
acontecimientos precursores de la guerra civil. El reinado de
Egica. Las dos tradiciones: la trinitaria y la unitaria. Diversidad de
las crónicas acerca del papel desempeñado por Vitiza. Ha favorecido
su política al partido unitario.
La
guerra civil. Surge con la muerte de Vitiza. Proclaman los godos
trinitarios rey de España a Roderico. Su acción en Andalucía en
contra de los partidarios del unitarismo. El papel del arzobispo de
Sevilla, don Opas. La batalla de Guadalete.
Comentarios:
El contexto histórico de los acontecimientos. La Tingitana es una
provincia de la España visigoda. Lis tropas rifeñas del conde de
Ceuta. El gobernador de la provincia, nombrado por Vitiza, que
pertenece al partido unitario acude en auxilio de sus
correligionarios. El verdadero papel desempeñado por Muza ibn Nosalr.
No posee la batalla de Guadalete, de haber tenido lugar, ningún valor
estratégico.
Hemos
alcanzado el punto culminante de nuestra exposición. Nos
es ahora posible establecer una relación entre la
idea-fuerza expansionándose y el marco natural de algunas
regiones que han sufrido simultáneamente una crisis económica,
social y política, producida por la modificación de sus
paisajes. Pues en razón de circunstancias históricas,
probablemente fortuitas, ocurría que la evolución de las
ideas religiosas daba una mayor energía a las tesis
favorables al unitarismo en los mismos lugares que
empezaban a padecer los efectos de la pulsación con todas
sus consecuencias. Esta convergencia entre un fenómeno
natural y la máxima intensidad lograda por la evolución
de las ideas acerca de la divinidad, se ha presentado en
la parte oriental de la cuenca mediterránea en los
primeros años del siglo VII. En la parte occidental y en
particular en la Península Ibérica se manifestó la
relación un siglo más tarde.
Como
lo hemos descrito en el capítulo quinto, a causa de la
pulsación producida por una disminución progresiva de
las depresiones atmosféricas, cada vez más escasas, una
menor cantidad de agua regaba las regiones que pertenecen
a un círculo de latitud al sur del Estrecho de Gibraltar.
En relación con las distancias parecía que una oleada de
sequía llegada del este asolaba progresivamente las
tierras situadas al oeste, trayendo consigo unas doctrinas
religiosas y unos principios culturales, en una palabra:
la revolución. No hay que dejarse engañar por las
apariencias. La falsa interpretación de un movimiento
aparente realizado por los juegos de la naturaleza no debe
inducirnos a error. Sabemos que la competición entre las
ideas monoteístas, trinitarias y unitarias, existía
desde los siglos III y IV. El empeño espiritual era muy
anterior a la crisis climática; pero el trastorno económico
experimentado por la sociedad en función de la pulsación
seguía el ritmo de su intensidad a medida que hacía
notar sus efectos de modo oscilante, pero progresivo, del
este hacia el oeste. En otros términos, no era la
revolución la que en intensa cabalgada, ya clásica, se
había propagado hacia Poniente. Se producía el fenómeno
natural en cada región por las mismas causas y al
alcanzar un punto crítico, provocaba una crisis económica
y social similar en todas partes. Como las poblaciones de
estos países diferentes conocían la misma evolución de
ideas religiosas, idénticas reacciones se manifestaban,
mas con un desfase de tiempo considerable, debido a que
los rigores de la pulsación disminuían a medida que los
lugares en donde se presentaban se hallaban más al oeste,
más cerca del Atlántico.
Los
conocimientos adquiridos por la meteorología en este
siglo han perfectamente explicado los motivos que
mantienen en estrecha correlación los marcos geográficos
en su actual posición y dependencia. Un año frío y
lluvioso en las regiones nórdicas de nuestro hemisferio
coincide con fenómenos climáticos concordantes en las
regiones mediterráneas y hasta en las zonas xerofíticas
situadas más al sur. Asimismo, una oleada de sequía en
estas regiones puede producir buen tiempo y suavidad de la
temperatura en el Septentrión. Es verdad que existen en
estas variaciones circunstancias particulares que pueden
amenguar sus efectos. Las formaciones verticales, la
imposición de la orografía, los frentes fríos o
calurosos de las altas capas atmosféricas y otras causas
más, intervienen para dar a una localidad caracteres
propios. Pero los fenómenos de la naturaleza deben
siempre enfocarse en términos generales. Una vez
reconocidas sus grandes líneas, entiende el naturalista
su verdadero alcance y procura normas que interesan al
historiador. Serán inducidas constantes que darán luz
suficiente para la correcta interpretación de los
acontecimientos.
Cuando
en un momento determinado del pasado se manifiestan los
efectos de la pulsación en una región de nuestro
hemisferio, se acentuará la presión climática con mayor
o menor intensidad según la latitud de los lugares
afectados. Será entonces posible establecer un círculo
de latitud con aquellos en que las perturbaciones hayan
sido más grandes; es decir, de acuerdo con la modificación
del paisaje. Podrá ser esto favorable o perjudicial para
el incremento de las actividades humanas. Mas, para las
necesidades de este estudio sólo interesan las regiones
en que el paisaje se ha envilecido.
Si
de acuerdo con las tesis de Hungtinton, completadas con
otras aportaciones, tomamos como punto de referencia para
los siglos VII y VIII el círculo de latitud
correspondiente al grado 35,
esto es, un poco más al sur del Estrecho de
Gibraltar, deduciremos ciertas conclusiones que serán
importantes para los fines de esta investigación. Los
cuadros naturales que se encuentran en las regiones
extremas al sur o al norte de esta línea poco habrán
padecido las consecuencias de la pulsación, mientras que
los situados en su cercanía habrán sido perjudicados. Así,
por ejemplo, no causaba daños la crisis en las
comarcas del norte de Europa. Muy al contrario, un alivio
progresivo de la temperatura las ha favorecido, como ha
sido el caso en Irlanda y en Islandia por estas fechas.
En
el polo opuesto, en nada mejoraban las zonas ya desérticas
del Sahara, aquellas sobre todo pertenecientes a su parte
oriental petrificadas por la acción del clima acentuándose.
Era capaz el geógrafo de apreciar la degradación de la
facies; el nómada que las atravesaba nada advertía. Los
efectos del clima ya conocidos y previstos de antemano
para emprender sus viajes no modificaban a corto plazo los
incidentes de su vida de trashumancia. Los niveles freáticos
de los oasis disminuían, pero como los pozos son poco
frecuentes en el desierto y sus niveles muchas veces
alimentados por aguas fósiles, no presionaba de modo
inmediato la crisis a las poblaciones por definición
escasas y repartidas en inmensas extensiones.
No
ocurría lo mismo en las regiones situadas en el eje o en
la proximidad del círculo de latitud mencionado. Según
los lugares dos fenómenos podían producirse: En aquellos
que poseían un paisaje verdoso, parecido al de la actual
Europa meridional, varios años secos sucedían a otros
lluviosos. Provocaban entonces las malas cosechas una
crisis económica más o menos larga, pues no era
suficientemente potente la pulsación en estos lugares
para modificar el paisaje. Un equilibrio acababa
finalmente por establecerse. El malestar era determinante
por un cierto tiempo, podía provocar o no incidentes políticos;
los cuales dependían de la coyuntura de una situación
local. En el peor de los casos aparecía una inestabilidad
que apuntaba el historiador. Por el contrario, en las
regiones en donde se realizaba una modificación del
paisaje, se convertía la transformación del marco
natural en una verdadera catástrofe para las poblaciones.
Si se hallaban bastante cercanas a comarcas menos
castigadas, allí se dirigían los agricultores
arruinados. Si, por otra parte, degradaba la acción climática
la facies subárida de un lugar en esteparia, para salvar
sus rebaños invadían los ganaderos las tierras
cultivadas de los agricultores. Si no encontraba pastos el
nómada en su estepa emprendía una algara arrasándolo
todo como una nube de langosta. Si transformaba
definitivamente la naturaleza la estepa en desierto,
abandonaba el hombre los parajes en donde habían vivido
sus antepasados.
En
la ¿poca objeto de nuestro estudio, el marco natural de
Arabia estaba ya asentado en la facies desértica desde
por lo menos el fin del segundo milenio. Atestigua la
Biblia que poseía la región del Sinaí una facies subárida
y esteparia cuando en el principio del primer milenio
buscaron en ella refugio los hebreos perseguidos por los
carros egipcios. Por consiguiente debían de encontrarse
en un proceso más acentuado las regiones situadas al sur
de este accidente tectónico. Es legítimo pensar que la
pulsación del siglo VII de nuestra era no produciría
ningún trastorno a las poblaciones arábigas, vivieran en
el desierto o en los oasis. Es difícil averiguar si
favoreció la pulsación al Profeta en el reclutamiento de
nómadas para hostigar y apoderarse de las ciudades de
Medina y de la Meca. Parece indudable que los árabes
constituían una masa ínfima de gentes desparramadas en
un territorio inmenso y que se trataba por otra parte de
acontecimientos de alcance local. Un cuadro natural tan
pobre y exiguo no podía poner en movimiento estas
invasiones militares con carácter universal que nos ha
descrito la historia clásica de modo harto simplista.
Las
regiones próximas al Mediterráneo y aquellas que
componen el Creciente Fértil padecieron al contrario una
crisis agudísima que explica los acontecimientos que
relatan los textos. En su mayor parte pertenecían al
Imperio Bizantino, eran sus provincias asiáticas.
Sacudidas por terribles convulsiones, conservaron sus
riquezas pues el paisaje en poco se modificó. Se
transformaron así en un crisol en donde se fundirían los
elementos que compondrían la futura civilización árabe.
Pero las zonas áridas y las subáridas que se encontraban
en proximidad o al interior del continente fueron
completamente perturbadas por la pulsación. Enfocadas en
conjunto, fueron sacudidas estas regiones diversas por una
terrible agitación, envenenada por las pasiones
religiosas, que conmovió todo el siglo VII: guerras
interminables entre bizantinos y persas, sublevaciones de
las poblaciones autóctonas, incursiones de los nómadas,
disturbios populares en los barrios de las grandes
ciudades, etc. En la tormenta perdió el Imperio Bizantino
el control de sus provincias africanas y gran parte de las
asiáticas.
Provocó
la pulsación grandes movimientos demográficos. Grupos de
nómadas que transitaban por las regiones subáridas o
esteparias, emprendieron la marcha hacia el oeste, éxodo
que había empezado siglos antes, pero que se reanudaba de
nuevo; mas a tan lenta velocidad que las tribus hilalianas
que abandonaron el sur de Arabia en el siglo X, sólo
alcanzaron el Magreb en el siglo XIV256.
De acuerdo con nuestros actuales
conocimientos, se trata del único tránsito de población
árabe hacia el oeste que conocemos con una documentación
precisa. No tuvo lugar en el siglo VII o en el VIII. Las
primeras vanguardias aparecieron en el sur de Berbería en
el XI. Ninguna preocupación política ha dirigido estas
emigraciones. Marçais que ignoraba la existencia de la
pulsación y por consiguiente las verdaderas causas del
fenómeno escribe sobre el particular: Generalmente
no manifiestan los árabes ningún deseo de vivir
aventuras. El mayor error Consistiría en considerar a los
nómadas como vagabundos o exploradores. No gustan los nómadas
de marchas inútiles. Su movilidad está estrictamente regida
por las condiciones
de su existencia. (Los lugares de pasto y los pozos de
agua257)
Demuestran estos movimientos demográficos del este
hacia el oeste el azote de la pulsación; y su lentitud,
la necesidad de sustentar a los rebaños. Pero esta acción
de envergadura local, limitada a las zonas esteparias de
África del Norte y por otra parte mínima en cuanto a la
masa de población, no ha desempeñado ningún papel en el
desarrollo de los acontecimientos históricos.
No
ocurría lo mismo con la transformación producida por el
violento trastrueque de las ciases sociales pertenecientes
a las zonas agrícolas, ricas e intensamente pobladas.
Alcanzó la agitación tales extremos que el carácter político
y hasta religioso de estos acontecimientos fue desbordado
por las mutaciones sociales. Se trataba de una verdadera
revolución. Cristalizó la civilización árabe.
Intervinieron en esta creación varios fermentos. Uno de
los más importantes se destaca: la doctrina del
unitarismo predicada por Mahoma, la que propagada después
de su muerte por sus discípulos se impuso poco a poco a
las sectas diversas existentes en las partes cultas de
aquellas regiones. Por esto logró imponerse a los
trastornos sociales la enseñanza del Profeta como la idea
que domina la turbamulta de las acciones menores. Pues en
su simplicidad había conseguido eliminar las sectas cuyos
dogmas eran, si no a veces extravagantes, demasiado
complicados para el común de los mortales, como el
monofisismo. Por causas similares y por parecidas
circunstancias se ha manifestado este incentivo en las
regiones meridionales del Mediterráneo en donde la
propagación de los mismos principios religiosos se
combinaba de tal suerte con los efectos de la crisis que
había sido muy difícil para los historiadores distinguir
ambos elementos en el producto final. Hemos llamado a este
complejo: la Revolución Islámica.
Por
consiguiente, lo que nos parece decisivo en aquellos
acontecimientos no es la predicación de Mahoma entre sus
compatriotas politeístas, acción que reviste desde
nuestra actual perspectiva un mero interés local. Lo único
que importa es la idea. Igual que un germen en un caldo
apropiado, ha sido lanzada por el Profeta en un momento
preciso de la evolución histórica adecuado para
acogerla. Era su doctrina de la unicidad de pura esencia bíblica.
Era familiar a muchos. Se propagaba en una inmensa región
en donde estaban los espíritus dispuestos a recibirla en
razón de una larga tradición anterior, pero encontraba
un aliento extraordinario para su propagación en el drama
material de la crisis climática que había trastornado
las clases sociales. Como ocurre siempre en toda revolución
la minoría culta y acomodada de las generaciones
anteriores, aferradas a un estilo de vida ya superado,
sacrificadas en las guerras civiles, habían sido
substituidas por nuevas gentes imbuidas de otras ideas.
Se
realizaba la revolución en el marco urbano de las
ciudades, en las que a pesar de las calamidades se había
logrado mantener la esencia de la enorme riqueza
intelectual acumulada desde los tiempos de la Escuela de
Alejandría. Esto explica el carácter universal que
pronto adquirió el impulso dado. Dependían de su actuación
el porvenir de la humanidad y en particular el de las
civilizaciones europeas. En otros términos, la aparición
de nuevas clases sociales, el afianzamiento con la redacción
del Corán de una nueva religión, la ascensión del árabe
hacia las cimas propias de un idioma literario, la forja
de nuevos principios, todo esto ha sido la obra de
revolucionarios ciudadanos que no se han arriesgado en
aventuras lejanas. La expansión del Islam y de la
civilización árabe ha sido el fruto de la idea-fuerza.
No han sido impuestos por el filo de la cimitarra,
esgrimida por nómadas, beduinos y otros hijos del
desierto. Salvo acaso una estricta minoría que en un
principio pudo haber desempeñado el papel de fuerza de
choque, jamás han podido evadirse de él y lo más
probable jamás lo han intentado258.
Poseía
tal envergadura la revolución islámica que se había
reducido al mínimo su carácter político. Que un
condotiero, un profeta o un mimus
habendi cualquiera, se hubiera hecho dueño de una
ciudad, de una comarca o de una región, no condicionaba
consecuencia de mayor envergadura. Se trataba de un
sencillo episodio. De aquí la extrañeza de los
historiadores modernos que observaban que jamás había
existido un Estado árabe. A esto se debieron las grandes
dificultades que tuvieron que vencer para lograr seguir
los acontecimientos. Por el contrario, la transformación
de la sociedad se manifiesta con suma claridad. Todo es
nuevo: la religión, el lenguaje, los principios
intelectuales... Las sociedades que vivían en el
Creciente Fértil estaban a tal punto conmocionadas que en
la plasticidad resultante de tal congoja pudo el genio
creador surgir a la superficie social, mezclando con dosis
sabiamente medidas la herencia considerable recibida de
los antepasados con el impulso de la imaginación. En el
curso de un centenar de años —lo que desde el punto de
la evolución histórica debe interpretarse como una auténtica
mutación— se asentaba una nueva civilización sobre
bases potentes. Un hiatus importante separaba entonces lo
pasado del presente. Ponía en acción la revolución islámica
tales recursos de energía que desbordaba el marco
restringido de una nación o de una región para adquirir
un sentido universal que interesaba directamente a la
historia del hombre en la tierra.
Para
el historiador se presenta, sin embargo, una dificultad.
¿Cómo podía una tal revolución florecer empleando tan
sólo como arma de choque la doctrina monoteísta del
unitarismo? ¿En virtud de qué principios han sido las
masas enardecidas hasta el punto de haber derruido las
anteriores estructuras de su nación y sociedad? ¿Qué
ariete poseían, por ejemplo, para quebrantar la potencia
del Imperio Romano Bizantino, su feroz dogmatismo
respaldado por la fuerza? No posee la enseñanza de Mahoma
ningún carácter sedicioso. La guerra en contra del
infiel es un acto estrictamente religioso, en la mente del
Profeta una lucha dirigida en contra de los politeístas
del Hedjaz. Por esto, pueblos importantes han sido
convertidos al Islam sin que padecieran ninguna
transformación social o económica. Al contrario, parecería
como si protegiera el Islam la estructura social
existente. Adquiere el historiador esta convicción desde
las primeras horas de su predicación. Se percibe un
similar espíritu conservador en la mayoría de las
grandes religiones del pasado. Jamás han provocado el
cristianismo o el budismo una arción que requiriese la
violencia. Siendo ante todo espiritualistas,
menospreciaban los bienes de la tierra, dando a César lo
que le pertenecía, para consagrarse a las perspectivas de
otro mundo en donde se penetra con el permiso de la
muerte.
Insoluble
era el problema hasta nuestros días. Ha podido el fenómeno
histórico ser entendido cuando se ha podido medir de modo
objetivo la importancia del impacto causado en la sociedad
por la pulsación climática. Por consiguiente, no es la
predicación de Mahoma, ni la de sus discípulos, las que
desbarataron la estructura política precedente, sino la
acción de los trastornos atmosféricos. La habían
trastornado en época muy anterior a las revelaciones del
Profeta.
Existe
aún otra dificultad que es preciso resolver como si fuera
un corolario de la proposición precedente. Visto el carácter
conservador de las religiones, ¿cómo una revolución de
la envergadura que ha alcanzado el Islam ha podido
emprenderse con el único auxilio de una idea metafísica?
¿No existe una contradicción entre estos términos? ¿Puede
una revolución ser religiosa? Ha habido guerras civiles
religiosas, como las del XVI en Occidente que han opuesto
a católicos y protestantes. Se han proyectado y realizado
invasiones en países lejanos para satisfacer —esto se
nos asegura— un sentimiento religioso, como las
expediciones de los cruzados a Palestina. Ninguna relación
tienen estas acciones con una revolución que ante todo es
una transformación de la sociedad llevada a cabo con
violencia. ¿Qué lazo unía la revolución islámica con
la doctrina monoteísta del unitarismo que por esencia
ignora todo proceso de subversión...?
Han
explicado en nuestros días las ciencias el mecanismo de
los principales fenómenos de la física terrestre. Los ha
utilizado la técnica para satisfacer las necesidades
primordiales de la humanidad. Nos ha proporcionado grandes
medios materiales, pero también ha permitido a un mayor número
gozar de una independencia intelectual y espiritual que
eran antaño el privilegio de unas cuantas mentes
esclarecidas. Explican así estas circunstancias por qué
la gran mayoría de nuestros contemporáneos,
impresionados por el enorme progreso actual, están
demasiado dispuestos a subestimar el papel que el
determinismo geográfico ha desempeñado en el pasado. En
general, el hombre de la ciudad y naturalmente los sabios
poseen hoy día un conocimiento rudimentario de la
naturaleza y escasa experiencia de sus manifestaciones.
Jamás o escasas veces han padecido el erudito, el
historiador, el filósofo sus rigores: una tormenta de
nieve en la montaña, una tronada en un macizo calcáreo
en donde no existen refugios, las rompientes del Océano
desencadenado o el torbellino de un tifón tropical.
Protegidos por las comodidades de la vida moderna, no han
sentido en lo más hondo de la carne la congoja del corazón
que se contrae ante la impotencia del individuo para hacer
frente a los elementos desatados. Pero este terror que han
experimentado el alpinista, el navegante o el explorador
no era en otros tiempos pasajero, como ocurre en nuestros
días. Constante a lo largo de las horas, era un
imperativo en la vida de las sociedades que nos han
precedido desde el paleolítico hasta la era atómica.
Para
superar el terror producido por el determinismo geográfico
ha buscado el hombre en la religión una defensa psicológica.
En las épocas primitivas poseían los más elementales
fenómenos de la naturaleza un carácter sobrenatural.
Eran el tributo impuesto por la voluntad divina. Como el
hecho era incomprensible, pero determinante en la vida del
individuo, quedaba obsesionado por los actos o el
pensamiento de los seres superiores que podían
recompensar o castigar su comportamiento, que él mismo
juzgaba de modo favorable o desfavorable. La historia de
la humanidad desde el descubrimiento del fuego hasta el
del átomo ha sido la del esfuerzo constante realizado por
mentes esclarecidas para superar este complejo; pues las
necesidades materiales le acuciaban a un esfuerzo
constante y progresivo para desentrañar los misterios de
la naturaleza, comprender el determinismo geográfico y
dominarlo. Por otra parte, no se debe olvidar que ha sido
uno de los agentes más importantes de la evolución de
las especies. A medida que la inteligencia humana lograba
reducir de modo progresivo su alcance, limitaba también
las relaciones que ligaban las religiones antropomorfas a
los fenómenos de la física terrestre. Aligerado de estas
contingencias terrestres, podía el hombre aspirar a
alcanzar una mayor espiritualidad.
Si
es así, para entender y describir un trozo cualquiera de
la vida en los tiempos pasados, debe el historiador no
solamente reconstituir en cada época y en cada sociedad
estudiada el marco geográfico que entonces la encuadraba,
sino también analizar las relaciones que unían el
determinismo natural con las concepciones religiosas
existentes.
Cualquier
crisis geofísica o social, un terremoto, el hambre, la
sedición, la guerra, sobre todo si imponía la esclavitud
para el vencido, siempre han reanimado el sentimiento
religioso de las masas. A veces, la llamarada era
circunstancial, como se ha observado en los tiempos
presentes en Occidente, entre las dos guerras mundiales;
pero en las antiguas sociedades se transformaba la
calamidad pública en una acción siempre dominada por el
pensamiento del más allá. Los trastornos agrícolas,
producidos por la sequía que asolaba una parte de las
regiones mediterráneas y cuyas consecuencias económicas
y sociales se prolongaban en un cierto número de años,
forzosamente ejercían una presión sobre la angustia
religiosa de los individuos. Era determinante esta desazón
en las sociedades cuyo cuadro geográfico padecía una
profunda transformación; lo que exigía una readaptación
de la vida cotidiana. Terrible era la crisis para las
poblaciones que vivían en las zonas áridas y subáridas,
situadas en las orillas del Creciente Fértil cuya extensión
era mayor antaño que ahora. Se dirigieron hacia otros
pastos los nómadas de la estepa, pero los agricultores
fueron arruinados sin esperanza de recuperación. Aquellos
que poseían secanos no los podían cultivar. No había
agua que corriese por las acequias. Los pozos se secaban.
Los niveles freáticos descendían en el subsuelo.
Tuvieron que buscar otros medios de existencia los
labradores. Emigraron hacia lugares regados por una mayor
pluviosidad. En su desgracia fueron seducidos por la
predicación mahometana. Como para sobrevivir se
dirigieron hacia las grandes ciudades que sufrían ellas
también de gran efervescencia, formaron un nuevo «proletariado
interior», según expresión de Toynbee, que intervino en
los acontecimientos políticos. Contribuyeron de este modo
y de manera activa a la propagación del monoteísmo
unitario.
No
se trata de un alarde de imaginación. Debe intervenir el
razonamiento con tanto rigor en una demostración de la
vida social histórica como en un teorema matemático.
Desde la óptica de una confirmación positiva, sólo nos
puede dar la antigüedad por deducción la prueba de la
relación existente entre el cuadro geográfico y la
religión, por la sencilla razón de que nuestra
documentación sobre las civilizaciones antiguas es
demasiado escasa. En la época de la predicación de
Mahoma parece destacar el lazo causal con mayor precisión,
sin que nadie haya reunido los elementos requeridos, salvo
error, para establecer una conexión fundada de una parte
sobre los textos, de otra sobre datos geográficos. Mas
ocurre una circunstancia importante: Existe el ejemplo de
acontecimientos similares a los que estamos estudiando,
ocurridos tres siglos más tarde en la parte occidental
del Sahara. Se trata del movimiento almorávide que empezó
hacia la mitad del siglo XI. Se conservan los textos
requeridos para establecer la conexión buscada.
El
marco geográfico
Mauritania,
la parte del Sahara occidental situada al sur del Atlas
entre este altísimo macizo de montañas y los ríos Níger
y Senegal, gozaba en la Edad Media de una mayor humedad
que en los días actuales. Se aprecia un contraste
poderoso entre el clima y el paisaje que existían en
aquellos lugares y la situación presente. El Río de Oro,
por ejemplo, que constituye una parte de la zona costera y
que disfruta por la vecindad del Océano de una mayor
influencia marítima que las regiones del interior, sufre
a pesar de ello las consecuencias adversas de la facies
desértica. Los pozos son muy escasos de tal suerte que su
población es casi inexistente: 15.000 habitantes poco más
o menos para 285.000 kilómetros cuadrados, o sea un
territorio que dobla con creces el de Inglaterra. No era
así en tiempos de los almorávides. Para convencerse de
ello basta con leer a los geógrafos antiguos: El Bekri
(siglo XI) y El Idrisi (siglo XII) y los historiadores:
Ibn El Atir (siglo XII) e Ibn Kaldún (siglo XIV).
Por
de pronto una observación se impone: Llamaban los
antiguos autores «desierto» a una región no por sus
caracteres adversos, sino por su ausencia de población.
No afinaban las facies; mas no se designa hoy día con
esta palabra territorios con caracteres áridos o subáridos
o esteparios que poseen en ciertas partes del año pastos
suficientes para alimentar rebaños de camellos, de cabras
o de ovejas. La tierra que recorren los nómadas es la
estepa subárida y xerofítica, no el desierto que puede
el hombre atravesar, pero en donde no encuentra los medios
para poder subsistir. En la época de El Bekri, habitaban
en el Sahara varias tribus. La más importante era la de
los Beni Lantunas
«que
viven como nómadas y recorren el desierto. La región por
donde transitan se extiende en largo y en ancha hasta una
distancia de dos meses de marcha y separa el país de los
negros del de los blatzcos»259.
A pesar de ello, es probable que en las regiones
centrales del Sahara, en el Tanezruft, estuviese ya el
desierto en formación, sino del todo establecido. Según
parece, en muchos lugares los niveles freáticos no se habían
hundido demasiado en el subsuelo: se encontraba agua
cavando en la arena. Según este geógrafo del que
extractamos estos datos, se puede atravesar el Sahara
central siguiendo la antigua ruta romana recorrida antaño
por los carros; es decir, de Tadameka a Gadamés, de
Es-Suk cercano de Gao sobre la curva del Níger hasta la
antigua Cidamus en el sur tunecino, caminando cuarenta días
y realizando esta operación cada tres días260.
Debía de ser empleado frecuentemente este recurso,
pues nuestro geógrafo cordobés apunta varias veces su
utilidad en sus descripciones de ruta. Sólo tenía que
cavar dos o tres codos el viajero para salir de apuros.
Por
otra parte, la extensión de las zonas fértiles,
cultivadas o dedicadas al pastoreo, era mucho mayor que en
los días actuales; por lo menos en el sur argelino y
tunecino. «Nul
Lanta, escribe El Idrisi, se
encuentra a tres jornadas de marcha del mar tenebroso (el
Océano) y a quince
jornadas de Sid jilmasa. (Ciudad importante, hoy día
desaparecida que era entonces la capital del Tafilalet.)
Poseen
los habitantes de Nul Lanta muchas vacas y ovejas y por
consiguiente leche y mantequilla en abundancia»261.
En vista de su proximidad al mar, su latitud y la
abundancia de las nieves del Alto Atlas, conservaba aún
esta región el paisaje de praderas que hemos descrito en
el capitulo quinto, dominando la casi totalidad de las
regiones saharianas al fin del último milenio. El Sus,
que constituye una región intermedia entre el Alto Atlas,
al norte, y el Anti-Adas al sur, por el hecho de su
situación geográfica y la proximidad de las altas cimas,
producía según este mismo autor tal cantidad de caña
que exportaba azúcar
«a
todo el universo»262.
Ocurre lo mismo en las regiones situadas en
el 300 más
al interior, sobre el meridiano de Coulomb Béchar. Señala
El Bekri que a cien kilómetros más al sur, «al
Occidente de Igli, gran ciudad situada en una llanura
corre un río importante que se dirige del mediodía hacia
el norte (¿Uad Guir o Saura?) y
que
atraviesa una continuidad de jardines. Se encuentran en
grandes cantidades frutos y los productos necesarios. En
esta región la caña de azúcar se convierte en el
producto más importante. Con un cuarto de dinar se puede
comprar una tan gran cantidad que un hombre a duras penas
puede levantarla. Se fabrica mucho azúcar cuya medida se
vende a dos meticales y aún menos»263.
Ocurría lo mismo en la región de Tamedelet
que se encuentra a seis jornadas de Igli, hacia el sur. «Toda
esta comarca, nos asegura el mismo autor, está
cubierta de jardines. El río (probablemente el Saura)
da vueltas a un
gran número de molinos. El territorio de Tamedelet es
notable por la fertilidad del suelo y el esplendor de la
vegetación»264.
En una palabra, se han convertido estos lugares prósperos
en estepas, en la antesala del desierto. Gracias a su
proximidad del Atlas ha mantenido el Sus algo de sus
antiguas riquezas, pero las llanuras se han degradado al
punto de que la erosión eoliana ha convertido su mayor
parte en ergs y
en hamadas.
La
idea fuerza
Se
conserva la documentación requerida para reconstituir el
origen del movimiento almorávide. Nació en las regiones
antiguamente áridas y subáridas de Mauritania, hoy día
desérticas. Entonces mantenían holgadamente a las tribus
de los Beni Lantunas. Los testimonios de Ibn El Atir y de
El Bekri son contemporáneos de estos acontecimientos.
Redactó este último su obra de geografía en 1067,
cuando los almorávides no habían aún invadido Marruecos265.
Han sido confirmadas sus noticias por Ibn Kaldún.
Volviendo
de la peregrinación de la Meca, en el año de 1046, uno
de los jefes de la tribu de los Beni Lantunas, Yahia ibn
lbrahim, se hizo cargo que sus compatriotas, si en verdad
no eran idólatras, tampoco eran verdaderos musulmanes,
por lo menos tal como debían de serlo según los «integristas».
Consiguió convencer a un partidario del derecho
malequita, Abd Alá ibn Yasín, oriundo de Sidjilmasa, de
seguirle por las estepas del sur a fin de convertirles. En
poco tiempo, a pesar de fracasos importantes, de intrigas
múltiples, de reticencias y burlas por parte de las
tribus y hasta de combates, adquirió tal prestigio que
llegó a ser el maestro espiritual de todos los nómadas
saharianos. Tomaron el apodo de almorávides, que quiere
decir los adheridos a la fe. En realidad les transformó
en las fuerzas de choque del «integrismo» musulmán
occidental. Entonces, se pregunta uno cómo este jefe
religioso ha logrado en tan poco tiempo enrolar bajo su
bandera a tan importante población, diseminada por tan
vasto territorio, de tal suerte que fueron capaces sus
jefes militares posteriores de conquistar Marruecos,
Argelia y una parte de la Península Ibérica. En verdad,
fueron efímeras estas conquistas y pueden explicarse por
motivos de orden político que ahora no podemos exponer.
Basta saber que estos nómadas almorávides se habían
convertido en condotieros religiosos que sus partidarios,
«integristas» de las naciones vecinas, llamaban en su
auxilio para que les prestara ayuda con el fin de luchar
contra el enemigo común, el musulmán «liberal», el
incrédulo y el cristiano. Mas, lo que ahora nos interesa
es comprender el mecanismo en virtud del cual una
predicación emprendida por un
jefe religioso ha podido convertirse en una acción
militar en razón de una crisis climática.
De
todos los grupos humanos determinados por el marco geográfico,
es el nómada el más individualista. Si es así, ¿cómo
pudo realizar el milagro Ibn Yasín, que sucedió a
Ibrahim, de forjar en una sola unidad estas personalidades
rudas y diversas, desparramadas por inmensas soledades? No
basta la sola predicación con la magia del verbo y el
poder de atracción de los conceptos; tanto más que en
aquella época la idea para propagarse requería un cierto
tiempo, quedando supeditada a las comunicaciones. Sólo se
explica el milagro por la acción de una causa superior
que superaba ¡y en qué medida! las virtudes de la
palabra. Era la pulsación, la crisis climática, erguida
como un fantasma del Apocalipsis, la que domaba todas las
voluntades. En otras palabras, no podía la estepa quemada
por el sol dar de comer al mismo número de personas que
anteriormente. Disminuía el pasto para los rebaños. El
equilibrio entre la producción y el consumo estaba roto.
La emigración era el único recurso que a todos podía
salvar. En otras circunstancias, cuando el abandono de los
lugares ancestrales no había podido realizarse de modo
natural, el equilibrio entre el marco geográfico y la
demografía se restablecía, sea con medidas draconianas
ordenadas para restringir la procreación, como más tarde
ocurrirá en los oasis, sea con guerras intertribales que
eliminaban los elementos menos fuertes. La presencia de
los dos amigos en la estepa para predicar su reforma,
coincidía con una crisis social cuya solución era
decisiva para la supervivencia común. Llegaban en el
momento más oportuno, pues en realidad predicaban la
guerra santa contra las gentes del norte, los habitantes
de Sidjilmasa, de Taraudant, de Igli y otros, que para
estos «integristas» vivían en la impiedad, pero que tenían
con qué beber y comer. Esto fue el comienzo de una ambición
que pronto llegaría a ser desmesurada.
En
otros términos, favorecía la predicación de estos
profetas los intereses de todos los nómadas de la estepa.
Encauzaba la emigración el exceso de población que no
podía vivir en los lugares ancestrales. Resolvía una
situación difícil, lo que exigía los mayores
sacrificios. Tanto es así que el alistamiento se hizo a
una velocidad asombrosa, dadas las dimensiones de los
lugares. Por otra parte, la adhesión a la secta en un
principio ofrecía escasos incentivos: Para borrar sus
pecados anteriores, idolatría, superstición,
incredulidad, etc., recibía el neófito nada menos que
cien latigazos (El Bekri). Una vez admitido la disciplina
era terrible. La menor infracción se castigaba con la
flagelación. Para someterse a disciplina tan feroz, tenían
que estar impulsados estos millares de nómadas por
razones gravísimas: La sequía quemaba los escasos pastos
de la estepa. El hambre y la miseria acechaban por
doquier, pero transformaban a nuestros dos compadres en
profetas enviados por el cielo para salvarles. Pues no sólo
les daban garantías de gozar de los placeres paradisíacos
en la otra vida; les procuraban en la presente el beber y
el comer. En el pasado la guerra, santa o diabólica, era
rentable para el vencedor. No tenían nuestros
predicadores escrúpulo para enloquecer a estos
desgraciados con promesas fantásticas: Si moría en el
combate el soldado almorávide, asegurado tenía los gozos
edénicos; si se salvaba, ahí estaban las riquezas
extraordinarias de países lejanos, como España, en donde
podían hacerse ricos y disfrutar en esta tierra de los
deleites del Paraíso.
Así
estaba lanzada la idea como por formidable catapulta. En
tiempos normales, existen aventureros que por razón de su
genio particular abandonan su familia y la vida sedentaria
para desfogarse por los caminos y vivir las mil y una
aventuras que depara la casualidad. Son la excepción. Le
disgusta a la masa cambiar sus costumbres, abandonar sus
riquezas por modestas que sean, mas presentes y palpables
contra un porvenir incierto. El éxodo de estos nómadas
huyendo de la estepa y
abandonando sus pobres rebaños nos enseña, si no lo
supiéramos, la calamidad en que se encontraban. Mas
ahora, la relación existente entre la modificación del
paisaje y el impulso de la idea-fuerza, puede demostrarse
con textos contemporáneos de estos acontecimientos.
Testimonios
históricos
No
puede discutirse el empeoramiento de la crisis climática
del siglo XI. Poseemos testimonios numerosos del proceso
de aridez acentuándose en el Sahara. En esta época empezáronse
a construir las primeras fogaras
de los oasis. No sólo destruye la sequía la vegetación,
la erosión eólica sepulta ríos y ciudades. Nos lo
asegura El Idrisi266.
Por otra parte, si bien nos comunica el geógrafo los
primeros hechos de la secta, el historiador Jbn el Atir
(1160-1233) ha conocido a sus últimos partidarios. Con
los textos de estos autores contemporáneos de la epopeya
almorávide podemos reconstruir las grandes líneas de los
acontecimientos.
En
sus Anales del
Magreb y de España describe Ibn el Atir los hechos
siguientes: «El 27
de febrero de 1058, después de una sequía que asoló
estas regiones (las estepas de Mauritania), Ibn
Yasín envió a los más míseros (de los nómadas de
la tribu de los Beni Lantunas) al
Sus para cobrar el sekat (el impuesto ritual). Novecientos
hombres así se adelantaron basta Sidjilmasa, hicieron una
cosecha de algún precio y luego regresaron donde los
suyos. Entonces, les pareció el desierto demasiado pequeño
y desearon para propagar la palabra de la verdad pasar a
España y combatir a los infieles. Penetraron en Sus El
Akza, pero se unieron sus habitantes para resistirles de
modo tan eficaz que tuvieron que huir los almorávides,
mientras que el hombre de ley, Abd Alá ibn Yasín,
quedaba muerto. Abu.Bekr (su sucesor en el mando)
juntó
un nuevo ejército de mil hombres a caballo, pero se
encontró enfrente de doce mil jinetes de los Zenatas. Les
rogó que les dejaran pasar para poder ir a España a
combatir a los enemigos del Islam»267.
A esta pretensión se opusieron los Zenatas.
Hubo un combate que acabó con la victoria de los nómadas.
Diezmados los sedentarios acabaron sometiéndose. La
relación de los hechos no aparece muy clara. Los
almoravides se volvieron hacia el este y conquistaron la
ciudad de Sidjilmasa, en donde según Ibn Kaldún se
apoderaron de cincuenta mil camellos268.
En
este escrito destacan algunos hechos que confirman el
contexto establecido.
1.º
Existe
una sequía que alcanza caracteres graves, pues ha tenido
lugar en invierno, época de las lluvias.
2.º
De acuerdo con la ley de Breasted Ibn Yasín envía a los
más desgraciados de sus discípulos al Sus para cobrar el
importe de un impuesto; lo que parece más bien una
limosna lograda por la fuerza. Como empeora por lo visto
la situación climática, les parece el desierto pequeño
para sus ambiciones. Predica entonces el profeta a los nómadas
las ventajas de la guerra santa, mas no para llevarla
hacia las tierras vecinas de los negros, míseros e idólatras,
sino a las ricas de Marruecos y de Andalucía.
3.º
Prepara Yasín el éxodo de sus discípulos. Empieza la
conquista militar que conducirán más tarde jefes enérgicos
y vigorosos.
En
una palabra, para satisfacer sus ambiciones religiosas y
su pasión de mando había aprovechado Ibn Yasín las
circunstancias sociales recién aparecidas en estas
regiones. Si no hubiese obligado la sequía a los más
pobres a buscar fortuna para satisfacer sus necesidades
las más inmediatas, es muy probable que en lugar de morir
en un combate
hubiera acabado sus días en compañía de su amigo
Ibrahim en el morabito que habían construido a orillas
del Senegal al principio de su predicación.
Tiene
para nuestras tesis el episodio almorávide una gran
importancia, porque permite comprender los acontecimientos
ocurridos cuatro siglos antes en el Próximo Oriente. Es
similar el cuadro geográfico, iguales las repercusiones
de la crisis climática, idénticas las depresiones económicas
y sociales. Con pretextos religiosos parecidas algaras se
realizan como una reacción en cadena en los limites de
las facies. La transformación del medio y el contexto
histórico son semejantes. En una
palabra, la causa que ponía en movimiento la
idea-fuerza en los dos casos en relación con el
desplazamiento de las poblaciones era la misma. Sólo era
diferente la hora de la historia. Yasín era un
reaccionario desprovisto de recursos intelectuales, el
juguete de circunstancias que acaso él mismo no había
comprendido. Al contrario, era Mahoma un hombre que por el
esfuerzo de su inteligencia había restablecido y dado
otra vida al puro monoteísmo. Con su palabra intervenía
en la génesis de una nueva civilización. Con su
dogmatismo insensato contribuyeron Yasín y los suyos a
petrificar estos mismos principios. Si Marruecos no supo
resistir al impacto de los mauritanos, logró la cultura
arábigo-andaluza mantenerse aún por dos siglos en España,
a pesar de la reacción almohade que sucedió a la almorávide.
Estaba fatalmente condenada por el destino269.
Podemos
establecer ahora las directrices que han canalizado la
revolución islámica en Oriente. Distinguiremos a lo
largo de esta crisis, cuya duración puede estimarse en
casi un siglo, dos tiempos perfectamente determinados que
se hallan en estrecha relación con la evolución de los
marcos naturales, los fértiles y los áridos,
trastornados y a veces completamente asolados por la
pulsación climática.
Primer
tiempo (600-632)270
Produce
la crisis atmosférica un desorden general en la economía
del Próximo Oriente. Así se explica por qué la guerra
entre bizantinos y persas se hace crónica. Considerables
son los destrozos causados por la acción de la naturaleza
y por las hostilidades. Se prolongan los disturbios
producidos por años sucesivos de hambre. Quedan
arruinadas las clases dirigentes, ricas y conservadoras.
Decrece el poder de Bizancio. Alcanza el desastre tal
magnitud que la civilización helenística, que había
alcanzado en Siria y sobre todo en Egipto una tradición
milenaria, desaparece para siempre de estos lugares. Sólo
quedará de ello un recuerdo lejano en la perspectiva histórica.
En las regiones áridas y subáridas del Creciente Fértil
se envilece el paisaje y se deteriora transformándose en
la facies inferior. Se deseca la estepa. Enloquecidos,
multiplican los nómadas sus incursiones por las tierras
de los sedentarios, en donde las cosechas quemadas por el
sol pueden dar de comer a sus rebaños de ovejas, de
cabras y de camellos.
Mucho mis al sur, en los desiertos y en los oasis, ajeno a
estas desgracias, iluminado, predica Mahoma la doctrina
del monoteísmo unitario.
Segundo
tiempo (632.693)271
Condiciona
la ley de Breasted una serie de acontecimientos que poseen
un carácter local, pero que repercuten los unos sobre los
Otros como una reacción en cadena. Componen así un
complejo con rasgos similares. Cual una oleada impulsada
por la tempestad se propaga por las regiones que padecen
la crisis climática: lo que induce a los historiadores a
interpretar estos acontecimientos como si fueran el fruto
de una concepción militar concebida y realizada por una
personalidad, un príncipe, un emir cualquiera, cuando en
realidad se trataba de un movimiento mimético originado
por unas mismas causas naturales. Abandonan las estepas un
cierto número de nómadas que emigran hacia el norte.
Esperan allí encontrar alimentos para. sus rebaños. Por
ellos son empujados hacia las tierras áridas los
cultivadores de las tierras subáridas, por tradición
semisedentarios. De repente se ven los labradores,
arruinados por la sequía, invadidos por la llegada
tumultuosa de estos vecinos molestos; pierden con sus
depredaciones lo poco que les quedaba. Se dirige este
gentío hambriento hacia las tierras regadas que
generalmente se encuentran en las cercanías de ciudades
importantes. Se multiplican los tumultos, las riñas;
verdaderos combates entre gentes pertenecientes a tribus
diferentes tienen lugar. Destaca en este embrollo un hecho
cierto: Una masa importante de aldeanos que vivían en
tierras de secano lograron fundirse con las turbas urbanas
alborotadas por el hambre para formar un nuevo
proletariado. Esto se deduce de la aparición del árabe
popular en los núcleos ciudadanos cultos en donde por ser
rural gozaba de escaso prestigio. En esta transferencia
sufrió el idioma un proceso de decantación sobre el cual
se incrustaron fórmulas sabias.
Jefes
de las tribus emigradas, personalidades con fuerte
ascendencia que destacan de la masa aprovechan el desorden
para apoderarse del poder, en manos hasta entonces del
Imperio Bizantino tambaleante. Se esfuerzan en poner orden
en la anarquía. Al lograrlo adquieren estos pocos
afortunados un prestigio que irradia al exterior. Pronto
les favorecen los movimientos oscilatorios de la pulsación.
En algunas regiones sosiegan los estómagos mejores
cosechas; se encalman los espíritus y sus energías. Pues
esta gigantesca subversión no se ha realizado en algunos
años. Estos diversos movimientos migratorios, la fusión
de los labriegos desarraigados con los ciudadanos, ha
requerido el curso de casi un siglo. Así se explica cómo
desde un punto de vista religioso —desde la. muerte de
Mahoma en 632
hasta la redacción del Corán hecha por mandato de Otmán
en 653— hayan pasado tantos años; pues la fijación del
texto fue obra de intelectuales que vivían en las
ciudades. Así se comprende la inexistencia de un Estado
árabe y la corta vida de esos califas asesinados, cuyo
poder por otra parte debía de ser escaso.
Si
se adapta más o menos esta concepción a la realidad, no
debe de concebirse la historia de Oriente Medio en el
siglo VII como si fuera un Imperio Arábigo, sino como un
hervidero revolucionario, cuyos límites en el espacio
eran muy imprecisos, en donde la guerra civil, el crimen,
la división del poder y la anarquía eran las características
dominantes. Nos enseña la historia situaciones parecidas.
El ejemplo más singular pudiera ser el estado turbulento
del Imperio Chino desde la revolución de Sun Yat Sen
hasta la hegemonía comunista.
Se
encuentran en los documentos de la época los testimonios
o los recuerdos de esta gigantesca subversión. No hemos
hecho investigaciones en los textos orientales, porque nos
apartaríamos de los límites de nuestros propósitos. Nos
contentaremos con exponer la opinión de un escritor
latino anónimo que vivía en Andalucía a fines del siglo
IX o a principios del X. Ha escrito varias obras históricas
que no han llegado hasta nosotros y una crónica célebre
que durante mucho tiempo ha sido atribuida a un fantástico
e inexistente obispo: Isidoro Pacense. (Ver apéndice II.)
Demuestra su lectura que conocía textos griegos y árabes
que son desconocidos de los especialistas. Así describe
los acontecimientos del siglo VII ocurridos en Oriente:
105.
Huius
temporis, in era
sexcentesima
quinquagestma tertia,
Anno
imperii eius quarto Slavi Graeciam occtípant,
Sarracern
tyrannisant
Et,
in era sexcentesima quinquagesima sexta,
Amno
imperii Eraclii septimo, Syriam,
Arabiam
et Mesopotamiam
Furtim
magis quam virtute
Mammet
eorum ducabore rebellia adhortante,
Sibi
vindicant.
Atque
non tam publicis irruptionibus,
Quantum
clanculis incutsationibus,
Perseverando,
vicinas provincias vastant,
Sicque
modo, arte
Fraudeque,
non virtute,
Cunctas
adiacentes
Imperii
civitates
Stimulant
Et
post modum, ingum e cervice excutientes,
Aperte
rebellant.
«En
su tiempo, transcurriendo la era 653, en el cuarto año de
su reino, ocupan Grecia los eslavos y tiranizan los
sarracenos; y en el curso de la era 656> durante el año
séptimo del reinado de Heraclio, excitados a la rebelión
por su jefe Mahoma, se apoderan de Siria, de Arabia y de
Mesopotamia, más bien por la astucia que por el valor.
Asolan las provincias vecinas, realizando correrías no
tanto a la luz del día como incursiones clandestinas; de
tal suerte que conmueven ¡odas las ciudades limítrofes
pertenecientes al Imperio, más bien por treta y fraude
que por el poder. Más tarde, sacudiendo el yugo se
rebelan abiertamente»272.
Así
se desacopla el mecanismo que ha puesto en movimiento y
luego dirigido la revolución islámica. Dos ideas-fuerza
se precisan en este magma destructor y a la vez
regenerador. Traen a las ciudades los aldeanos del sur con
sus costumbres ancestrales las nuevas ideas religiosas que
se están propagando en sus lugares y a las que se han
adherido. Por otra parte, por su número imponen su idioma
rural, tosco y primitivo. Se familiarizan los ciudadanos
con su tradición oral que pertenece al fondo común.
Surge una simbiosis con la herencia cultural que ha dejado
el helenismo en todas partes en regresión. Un idioma y
una literatura adquieren en los centros urbanos formas
nuevas.
A
lo largo de las incursiones emprendidas por los nómadas
árabes, los emigrantes de las tierras intermedias que son
la mayoría del proletariado interior, en su desamparo físico
e intelectual han quedado subyugados por la personalidad y
la predicación de los profetas que dirigen a los hijos
del desierto. Son los discípulos de Mahoma. Arrebata la
simplicidad de la doctrina a los espíritus perturbados y
desorientados. En su desplazamiento a las ciudades gozan
los neófitos y los propagandistas de un ideal tangible
que destaca en el ambiente religioso ya desmayado. Pues
las ideas teológicas de las clases dirigentes por demás
complicadas, como el monofisismo o el nestorianismo, están
en regresión. Se expansiona tanto más fácilmente el
monoteísmo musulmán cuanto que coincide con lo que
domina en el inconsciente colectivo el sincretismo
arriano. Se realiza así en todo el final del siglo una
fusión de elementos dispares: El hablar rural se
transforma en un idioma escrito. El ambiente unitario,
judaico y arriano, queda expresado por el Corán. Para
comienzos del siglo VIII lengua escrita y religión se
funden en un todo con otros nuevos conceptos: la
civilización árabe.
En
razón de la lejanía de los lugares en que se forjaban
las nuevas ideas y del desfase en el espacio y en el
tiempo de la pulsación, se llevó a cabo la revolución
islámica en la Península Ibérica palmo a palmo. Los dos
momentos que han permitido la gestación de la civilización
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