Al comienzo de esta obra, que es por una parte recopilación
de otros diversos estudios publicados en revistas dispersas y por otra una
ampliación con nuevas aportaciones, he creído muy interesante colocar, a modo
de prólogo, unas palabras del Prof. Domínguez Ortiz, con las que inicia su
estudio que titula “Felipe IV y los moriscos”:
“El título de este trabajo quizás sorprenda a quienes están
acostumbrados a pensar que después de la expulsión decretada en 1609 cesó de
existir una población morisca y un problema morisco. Es sabido, sin embargo,
que las repercusiones de tal medida se hicieron sentir durante mucho tiempo, y
que, a pesar del rigorismo oficial, un cierto porcentaje, difícil de evaluar,
de la población morisca permaneció en nuestro suelo. Muy apegados al terruño
(como corresponde a un pueblo de mentalidad campesina) los moriscos hicieron
esfuerzos inauditos por eludir el destierro, ya acogiéndose a lugares montañosos
y distantes, ya tratando de obtener certificados de cristiandad de los prelados,
ya ofreciéndose como esclavos a los cristianos viejos, pues les causaba más
dolor perder su Patria que su libertad personal".
A estas palabras pueden añadirse también las que Celestino López Martínez
sitúa, como consideraciones finales, en su libro Mudéjares y moriscos
sevillanos, que corroboran igualmente la pervivencia de los moriscos en España:
“Fracasado el propósito firme de unificar creencias religiosas
mediante la conversión en masa de mudéjares al cristianismo, y bien probado en
los moriscos el anhelo de restauraciones políticas con el auxilio de sus
hermanos de allende, no hubo otro remedio en garantía de la paz interna y del
sosiego exterior del Reino que decretar la expulsión de los moriscos...”.
“El total de los expulsados sin restar el crecido número de los que
volvieron, pese a lo dispuesto en contrario, no perturbó por lo reducido al
medio millón de moriscos que permanecieron tranquilos en sus hogares, ni menos
ocasionó baja sensible en la población de nuestra Patria...” ,
“...y llegaremos a convencernos de que la expulsión de los moriscos no
despobló a España; cual, acaso sin advertirlo, declaró Moncada al decir que
vinieron otros tantos extranjeros como fueron los moriscos expulsados”.
Cuando este autor habla de la obra de
Lafuente, acerca de los barros
vidriados sevillanos, afirma:
“... nos enseña que los alfares trianeros sumaba treinta a fines del
siglo dieciseis y años después de la expulsión se elevaron a ochenta y dos.
Y
luego continúa, con palabras tal vez un tanto apasionadas:
"Creemos
que los moriscos expulsados de España no fueron maestros ni siquiera oficiales
de ningún arte ni industria, sino obreros manuales propicios de continuo a
intervenir en conjuras y asonadas, tal vez en desquite de la vejatoria situación
política y económica que padecían. Los mudéjares y moriscos de calidad, los
que mostraron singular ingenio y suficiencia en el ejercicio de profesiones
liberales, en las artes de la construcción y decorativas, y en las industrias
agrícolas continuaron tranquilos en sus hogares, fábricas, talleres o
cortijos, amparados bajo el título de auténticos cristianos nuevos...
“Es lo cierto que en tesis de tanta monta han menester nuevas
investigaciones documentales, copioso y discreto cotejo de testimonios bibliográficos
antiguos y modernos, y hondas exploraciones en la vida social y en las
costumbres populares de villas y aldeas apartadas, que son los archivos donde más
y mejor se perpetuan las tradiciones indígenas de todo orden...”.
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