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La
palabra “hampa” pertenece a la lengua de Germanía y se emplea para designar
la vida de los maleantes y, concretamente, la “clase social” maleante; está
documentada por primera vez en 1605, en la pícara Justina; Quevedo habla de
“los galanes de la ampa”; el Diccionario de Autoridades define este vocablo:
“brabata,
baladronada: lo que es mui usado entre los hombres que hace professión de
“guapos”, y también de las
mujeres de mal vivir, a que llaman Gente de la hampa” y cita el siguiente
texto de la obra que constituye su primera documentación:
“Como
el bellaco oyó que le hablaba de lo de venta y monte, y que yo había tomado el
adobo de la hampa que él practicaba, le
pesó de vello”.
Cita
también Alonso Hernández algunos textos interesantes del Siglo de Oro, donde
llama la atención que sus referencias se hagan precisamente sobre personajes
andaluces y castellanos:
“ Soy el Corvatón de Utrera
y de toda la hampa el trueno...”
......
“el
joven de toda la ampa
castellana
y andaluza......”
De
ella derivaría, probablemente, también “hampón”, que Autoridades define
por ‘hueco, ancho, pomposo’, cualidad propia de estas gentes que formaban
parte de la valentónica hispana, citando una poesía de Solís:
“ Aquel sí que era galán,
airoso, hampón y alentado,
donde en efecto lucía
la persona su trabajo”.
Corominas
y Pascual la definen como ‘ vida maleante’ y le dan un origen incierto,
aunque dicen que puede sospecharse que “gente de hampa” aplicado al
principio sólo a los bravucones y “rufianes” , significarse primitivamente
‘ gentes de armas’ y procediese del francés “hampe” , ‘fuste de lanza
y de otras armas’ , palabra a su vez de origen incierto’.
Yo
creo cabría dentro de lo posible que “hampa” procediese, como tantos
nombres de la Germanía, de un étimo árabe y que éste podría entroncarse con
el vocablo anba, nombre de acción del verbo anaba, ‘beber vino’, según
Pedro de Alcalá. No tendría nada de extraño, ya que las tabernas fueron
siempre el refugio de los maleantes y los borrachos se multiplicaban entre las
gentes de mal vivir, poblando las ventas de bravucones y matones, las más de
las veces delincuentes, y cuyo lenguaje se hizo proverbial como “tabernero”.
El Diccionario de Autoridades cita un texto de Quevedo muy significativo:
“Tú que me llamas
inconsiderada y borracha, acuérdate que hablaste por boca de ganso en Leda...
que has hecho otras mil picardías, y locuras” (La Fortuna con seso).
La
aparición de la palabra “borracho” sin duda está ligada con el nombre de
la “borracha” o ‘bota para el vino’, del árabe burraya, derivado del
verbo baraya, ‘comer y beber mucho’; una relación semejante existe entre el
castellano· “zaque”, tantas veces citado por Cervantes (moderno
“saque”), con el valor “odre para el vino” y de “ borracho “ , doble
semantica que Covarrubias justifica diciendo:
“ÇAQUE. El odre pequeño de cuero en que traigan agua
o vino , y como dezimos del que está borracho, que está hecho un cuero,
se dize en el reyno de Toledo que está hecho u çaque, que significa lo mesmo.
Todos dizen ser nombre arábigo...”.
Aunque
Covarrubias se inclina por un étimo hebreo, es lo más probable que éste el
sinónimo árabe zaqq o ziqq, que Alcalá traduce como “odrina assi (odre de
buey)” y “zaque para agua”, mientras para el verbo zaqqa (formaII) dice
“beuer del todo” ; este verbo significa, en formato, ‘alimentar al
polluelo metido el pico en el suyo,
embuchar’. No cabe duda de que la frase
familiar castellana “tener buen saque”, como ‘comer o beber mucho de cada
vez’, no debe relacionarse con el verbo “sacar”, sino que tiene un
entronque directo con esta raíz árabe, en la cual figura el nombre zaqaq como
‘el que bebe agua comiendo y teniendo todavía en la boca lo que come’, y
zuqq significa ‘vino’
Según
frase de Deleito: “Eran los pícaros muy aficionados al vino y aún al
aguardiente. En esas bebidas, en los bodegones y en el juego, gastaban sus
ganancias. Ciertos oficios, sin ser peculiares de aquellos, solían dar
inclinación a la vida picaresca. Así pasaba con los venteros”; y de esta
costumbre de andar por las tabernas no se libraban tampoco las mujeres que
llegaban a Madrid de todas partes, pues como dice este autor más adelante,
citando a Mireya: “En el año de 1631 fueron muchas las mujeres que vinieron
en busca de acomodo, y que luego hallaron más fácil rodar, haciendo trato con
su cuerpo, entregándose a todos, y pasar día y otro día por bodegones, haciéndose
con ello vagas”, incitando a hombres hasta el extremo de que a veces eran
condenadas a galeras. Las Ordenanzas castigaban severamente a tales vagabundas,
sobre todo a partir de una orden de 1613.
Acerca
de la vida de estas gentes marginadas, en el siglo XVI, dice Bernard Vincent,
refiriéndose al reino de Valencia: "En los procesos abundan los casos de
mujeres desgraciadas, tanto moriscas como cristianas viejas, huérfanas desde
pequeñas, abandonadas por su marido o por un seductor precoz, que sirven en
posadas o que se vuelven a casar, que llevan una existencia errante a merced de
la gente que van hallando en el camino. Los lupanares, como sabemos, albergaban
muchas moriscas moras de allende, muy apreciadas por sus encantos. Y a la
inversa, muchos rufianes iban por los pueblos moriscos llevando en su carro a
las blancas cortesanas...”.
En
el estudio de José Luis Alonso Hernández, que titula El lenguaje los maleantes
españoles en los siglos XVI y XVII La Germanía, es sumamente
interesante el apartado que dedica a la “Jerarquización de Valentónica”,
cuyo núcleo central es el “rufián-valentón”; describe en este autor el
proceso de las diversas fases por las que ha de pasar el aspirante a seguir esta
“carrera” de la delincuencia profesional. Muchos los nombres que van a
recibir, en cada una de las etapas que ha de superar, están enraizadas en la lengua
árabe y sobre ellos iremos haciendo un estudio detallado.
Parece
ser que la cualidad indispensable para iniciar el ingreso en estos cursos era la
calidad de “chulo” (“chulamo” o “chulillo”), calificativo que
generalmente se conservaba hasta llegar al doctorado: la iniciación se hacía,
como aprendiz, con la categoría de “mandil”, cuya denominación procede del
árabe mandil (“trainel”, “pagote” o “mandilete”), tomado
quizás no tanto de la prenda de este nombre, a modo de delantal, cuanto por su
oficio de recadero entre “rufianes” y prostitutas, puesto que mandil es
el nombre de instrumento del verbo nadala, 'transportar de un lado a
otro', según puede verse en los siguientes versos del Romancero General:
“Al mandil llaman trainel,
porque
lleva y trae recados...”
De
aquí se pasaba a la categoría de “rufián” (“rudio”, “pendencia”,
“gancho”...), y de “rufián” se ascendía posteriormente a la posición
de “jaque” “bravo”, “valentón”, “valiente”). Esta categoría
se completaba en la de “jaque-rufián” (algo así como teniente-coronel de
estas milicias), el cual recibía también los nombres de “germano”, “matón”
y “guapo”, a mas de algún otro.
El
grado máximo del personal en activo era el de “jayán”, también llamado
“chericol”. Yo creo, como Eguílaz, que “jayán” viene del árabe y que
su étimo es la palabra hayyan, ‘vivo, animoso, fuerte’, pero que este étimo
sólo sería adecuado al castellano para la acepción como ‘persona de gran
estatura, robusta y de muchas fuerzas’. En este sentido se les tilda de “jaquetonas”;
así se dice en el tranco VII de El Diablo Cojuelo: “y en un balcón grande de
la fachada va la Esperanza: una jayana vestida de verde, muy larga de estatura,
y muchos pretendientes por abajo...”
Pero,
sin embargo, el sentido que en castellano se dio a este vocablo como ‘rufián
y matón’, está más próximo de la voz árabe jayyún, 'traidor' ,que
expresa la profesionalidad del ja’ín, ‘el que es malo, ruin,
perverso, malvado, merodeador, bandido’ y al que Pedro de Alcalá traduce por
“maldadoso”. Podrían incluirse en este nombre de oficio todas las
acepciones del verbo jana: ‘traicionar, engañar, abandonar, violar,
romper, fallar, perjudicar; ser infiel, ser perjuro, delator, malversador;
infestar las rutas y cometer bandidaje; robar’; el sustantivo jawána es
‘fullería, trampa en el juego, trapacería’. En la semántica de esta raíz
j-w-n se encuentra concentrada toda la gama de actuaciones que eran
propias de un auténtico “jayán”, jefe máximo en activo de la valentónica
germanesca, a quien todos respetaban, y que al jubilarse podía aspirar a ser
miembro del Trono Subido o consejo supremo.
Nuestra
literatura del Siglo de Oro se vio seducida, a veces, por este mundo aparte de
la picaresca, que disponía de un léxico absolutamente peculiar; como dice
Deleito, “la chusma del hampa usaba una jerga especial, que se llamaba
de germanía por extensión: por aplicarse esta palabra, que significa
‘hermandad’, a la asociación de pícaros, hermanos o germanos, que
formaban un grupo aparte de la sociedad corriente. Usaban aquel lenguaje para su
seguridad, como forma de entenderse entre sí, sin que los profanos penetrasen
el sentido de sus palabras” .
A
este lenguaje de Germanía se le llamaba también “jacarandina”,
“jerigonza” y “algarabía”, del árabe al-arabiyya, “la lengua
arábiga”, lo que hace suponer que entre estas gentes militaban muchos arabófonos
todavía ; esto, unido a la abundancia de apodos o “alias” y de patronímicos,
tan característicos en la onomástica árabe, que se encuentran entre los
nombres de personajes que se hicieron célebres en la picaresca española,
apoyan el convencimiento de que la aportación prestada por los moriscos en este
estrato social debe de ser tenida en cuenta.
Si
investigamos profundamente sobre el origen de las palabras de esta lengua
peculiar, vemos que muchas de ellas son fácilmente reconocibles en el
vocabulario árabe, según podremos ir comprobando. Por ejemplo, entre los
nombres que recibían las mujeres de vida pública, rameras que convivían en
este ambiente del “hampa”,se citan algunas que nos resultan insólitas en la
lengua castellana, como: “iza”
o más antiguo “yça”, que creo
se correspondería con la voz ‘assa’ (en árabe granadino, por la imala convertido
en 'issa, ‘la que ronda o busca de noche’; “rabiza”, probablemente de
rabisa,
‘la que acecha, está apostada, agúarda o espera a alguien’;
“gaya”, quizás de gayya, ‘seductora; la que descarrían, pierde
o extravía’, voz que pasaría también a Francia ; podrían citarse otras
muchas calificaciones, algunas o “marquida”, “marquisa” o “marquiza”,
sinonimos también de “coima”, “maraña”, “pencuria”, “hurgamandera”,
“chula” y “chulama”, “bizmaca”, “golfa”, “godeña” (las
de más alcunia y que ganaban más),' “dama de achaque”, “tusona” (dama
del “tusón”,por “toisón”), “cantonera”... Según Bonnecase, en el
siglo XVII había en la Corte de Madrid unas 300.000 mujeres públicas. El francés
Brunel, refiriéndose a Madrid, decían:
“No
hay ciudad en el mundo donde se vean más meretrices a todas horas del día. Las
calles y los paseos están llenos.
Van con velos negros, y los repliegan sobre el rostro, no dejando sino un ojo al
descubierto. Hablan de modo atrevido a la gente, mostrándose tan impúdicas
como disolutas....Estas pecadoras campan con entera libertad por Madrid, porque
las grandes damas y las mujeres de bien no salen apenas
A
los burdeles se les llamaba también “manflas” y “piflas”, y es muy
probable que la misma palabra “burdel”, de origen incierto, proceda del
verbo árabe bartala, ‘corromper, sobornar, untar la mano’, de su forma
pasiva burtila, que significaría, como la V, reflexiva, ‘corromperse,
venderse, dejarse sobornar’, y en cuya raíz se encuentra el sustantivo birtil,
‘soborno, cohecho’, que pudo ser su étimo. Sería necesario hacer un
estudio muy detenido y profundo sobre este singular vocabulario, en donde hay un
verdadero derroche de matices:
“Vilos,
jaques y mandiles,
coimas,
marquizas, chulamas...”
También
sus costumbres sociales eran muy peculiares. Las bodas solían realizase al
margen de la iglesia, a la que llamaban “altana” o “antana”, y así
llamaban “altanarse”, según palabras de Alonso Hernández, al hecho de “casarse a la manera de los rufos y putas, es
decir, ponerse un hombre y una mujer de acuerdo para vivir juntos y repartir las
ganancias que del oficio de la mujer se deducen”.
Se hizo, incluso, una poesía rufianesca, a la que se le dio el nombre de
“jácara” del árabe yakkara, ‘hacer rabiar, molestar a alguno’.
Como muestra de este léxico de la picaresca, podemos leer en la jácara de
Quevedo, que titula "Carta de Escarramán a la Méndez", frases como
éstas:
“Ya
está guardado en la trena
tu
querido Escarramán, que unos alfileres vivos me prendieron
sin
pensa.
Prendiéronme
en la bayuca, entrándome a
remojar
cierta pendencia mosquito que se ahogó en
vino y pan
Como
el ánima del sastre suelen los diablos llevar, iba en poder
de la gura tu
desdichado jayán.
A
la Pava del cercado,
la
Quirinos y Cerdán,
a
la Escobedo y la Téllez,
a
la Rocha y la Guzmán,
a
Mama, y a Taita el viejo,
que
en la guarda vuestra estan,
y
a toda la gurullada ,
mis
encomiendas darás.
Fecha
en Sevilla, a las once
de
este mes que corre ya.
El
menor de tus rufianés
y
el mayor de los de acá.”
Escarramán fue un famoso jaque sevillano, que vivio en los
principios del siglo XVII, según lo afirma Cervantes en su entremés El
rufián viudo,y sus hazañas se cantaban ya en los romances populares.
La plana mayor de la Germanía, formada por los jubilados distinguidos,
era el llamado Trono subido y también Padres de la Jerigonza de la
Facultad Matante, Tercio de la Liga, etc.
La
gente del “hampa” constituía un mundo aparte dentro de la sociedad, un
mundo reconocido y admitido como normal, aunque las fronteras que lo delimitaban
eran fácilmente transgredidas, pues muchos hijos de
buenas familias se pasaban a esta vida desenfadada e irresponsable, atraídos
por el deseo de aventura y libertad, tanto física como moral. El mismo
Cervantes hace una crítica de esta ruptura de la separación entre estos dos ámbitos:
la sociedad convencional, ajustada a las normas
preestablecidas, y el mundo de los hampones y los pícaros; en El
coloquio de los perros, cuando Berganza hace alusión a la fábula de
Esopo, sobre el asno que quería hacer a su señor las mismas caricias que su
perrilla, saliéndose de sus capacidades, dice:
Parecióme
que en esta fábula se nos dio a entender que la gracias y donaires de algunos
no están bien en otros: apode el truhán juegue de manos y volteo el
histrión, rebuzne el pícaro... y no lo quiera hacer el hombre principal, a
quien ninguna habilidad déstas le
puede dar crédito ni nombre honroso...que me pesa infinito cuando veo que un
caballero se hace chocarrero que sabe jugar los cubilétes y las agallas, y que
no hay quien como él sepa bailar la chacona!”.
Si tenemos en cuenta la cantidad de moriscos que habían sido
anteriormente gandules o monfís y los otros muchos que posteriormente habrían
de seguir sus mismas rutas, al no resignarse con su destino de deportados, no
puede extrañar que entre esta “gente del hampa” se encontrasen gran
abundancia de ellos. Basta recordar, como muestra de esta conducta, bastante
habitual, las palabras que cita Janer acerca de los procedimientos que el doctor
Liébano hacía por comisión del Consejo contra
los moriscos, de donde resulta:
“Que
desde 1577á 1581 se habían hallado muertas más de 200 personas con muy
crueles heridas cerca de lugares muy poblados como son Toledo, Alcalá,
Guadalajara, Valladolid, Sevilla y otras partes. Se atribuían todas las muertes
y los robos a los moriscos que se trajeron del reino de Granada”.
“Está
averiguado que 6 ó 7 cuadrillas de moriscos han hecho todas las muertes
y robos y traen desasosegada toda
la tierra”.
“Casi
todos los salteadores son de los que se rebelaron en Granada y se atreven a
hacer las muertes en caminos públicos, llanos y descubiertos, confiados que están
seguros con recogerse á cualquier
casa de hombre de su nación”.
“Matan
comúnmente por los caminos arrieros, gente que anda sola y desarmada, y
generalmente todos los moriscos que beben vino son salteadores”.
“Llevaron
los moriscos a Castilla el año 157... y no comenzaron á saltear hasta el 77
porque no conocían la tierra para acogerse y eludir la pena”.
“Con
no haberse guardado las leyes habían cobrado ánimo y muchos volvían á
Granada, y los mismos corregidores y personas autorizadas les tenían
miedo”.
“Que
el número de los moriscos es grande y multiplica mucho, porque no consume número
la guerra, ni religión, y son tan industriosos que con haber venido á Castilla
diez años há sin tener un palmo de tierra y haber sido los años estériles,
están todos validos y muchos ricos, en proporción que de aquí a veinte años se
puede esperar que los servirán los naturales..”.
Con
respecto a los moriscos granadinos deportados en Sevilla, la situación que se
ofrecía era especialmente conflictiva. Sobre este asunto, dice Domínguez Ortiz
que en esta ciudad menudeaban los avisos acerca del peligro que éstos
representaban, pues, en contra de las ordenanzas, “moraban juntos en gran número
en los corrales o casas de vecindad de los barrios populares; allí alborotaban
con sus fiestas y zambras, hablaban su algarabía, se confirmaban en el afecto a
su antigua ley, se confabulaban para cometer robos y otras fechorías con la
complicidad de taberneros y bodegoneros; porque si bien la mayoría
de la población morisca estaba integrada por artesanos, comerciantes y
hortelanos, no dejaban de aportar su contingente a la crecida hampa sevillana
, máxime cuando muchos arrancados a su suelo natal, habían perdido el hábito
del trabajo regular y honrado”, y continúa más adelante, hablando de la
dificultad de que pudiera realizarse la tan deseada fusión de razas, diciendo:
“Para que se hubiera realizado hubiera sido preciso una gran suma de buena
voluntad por ambas partes y, sobre todo, un larguísimo espacio de tiempo para
superar mentalidades tan distintas; pero la expulsión total vino a los 40 años,
y este lapso, si bien muy largo para la vida individual, es demasiado corto para
encerrar en sí procesos históricos de tal complejidad”.
Todas
las guerras, y sobre todo las guerras civiles, han favorecido la aparición de
gentes desesperadas que, después de su derrota, “se echan al monte”. La
guerra de la Reconquista, la más larga de nuestras guerras civiles, donde
luchaban españoles cristianos contra españoles musulmanes, no había terminado
aún para los vencidos moriscos, cuando todavía soñaban con la ayuda de los
turcos o de los franceses para poder regresar de nuevo y abiertamente a sus
tierras. Mientras tanto, se fueron acomodando al ritmo que les marcaban los
tiempos.

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