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El sentido de la palabra “gorrón” actualmente
en el diccionario de la Real Academia es muy amplio: “Que tiene por hábito
come, vivir, regalarse o de vestirse a costa ajena”. Para “gorrona” dice
escuetamente “Ramera”.
María Moliner viene a decir lo mismo con otras
palabras: gorrón, “Aprovechado. Se dice de la persona que abusa de otra haciéndose
invitar o no pagando las cosas o servicios que utiliza” , y para el femenino,
“prostituta”.
Dado el matiz moral resbaladizo que fue tomando
este vocablo, no puede extrañarnos la abundancia de su empleo en el lenguaje de
germanía, entre las gentes del mal vivir. Alonso Hernández, en su léxico del
marginalismo, recoge algunos de los matices que pueden deducirse de los textos:
1, como “estafa; sobre todo en el sentido de comer y beber a cuenta de otro”
; 2, “estafador o gorrón” ; 3, “el que vive a cuenta de otros y sin
trabajar; el que estafa a los demás para vivir”, y cita un texto que nos
lleva al extremo de la gorronería:
“Hállase precisado el arrollador de tumbas a
gorjearlo de balde, y la
parroquia a recibirlo de mogollón, y son gorras en la vida y en la muerte”
(Visitas por Madrid, 382).
Añade aún algunos textos muy significativos:
“convocó tres o cuatros gorrones de su profesión
y éstos a otros ( Aventuras del bachiller Trapaza, IV).
“y ahora son utelas de perdularios, escondite de
gorrones y jaula donde se aporrean
los tunantes sopones...” (Visitas por MADRID, 432).
Define a la gorrona también como “ramera”,
pero añade una extensa explicación muy significativa: “En un tipo muy
parecido al de la buscona hasta el punto que puede decirse que se confunden
frecuentemente. La diferencia está en que la
buscona, coloca todo su afán en sacar dinero u otras cosas a sus
admiradores sin que por ello se prostituya obligatoriamente en pago del bien
recibido; en cambio, la gorrona parece que se prostituye siempre, de manera que
el acto de recibir presupone el de entregarse a cambio. Además, la gorrona es
casi siempre una prostituta callejera, sin grandes ganancias ni pretensiones,
mientras que la buscona puede ser, aunque sólo sea en apariencias, una mujer de
un cierto bienestar”
; su degradación física y moral la lleva al escalón ínfimo de la sociedad:
“si – le dije – aquí verás pobres, pobras y
pobretas, gorronas de puchero en cinta, de las que se arriendan en la corte...
por un zoquete de pan de munición y un par de coces; a estas no las prenden por
gorronas, sino por infelices” (Visitas por Madrid, 398).
Alonso Hernández describe a la gorrona de puchero
en cinta como “la ramera que se prostituye, normalmente por cuenta propia y
casi siempre por la comida”.
En cuanto a la aplicación del vocablo “gorra”,
en el sentido de ‘gorrón’, Covarrubias advierte sobre el error de
identificar esta palabra con la prenda de cubrir la cabeza, cuando dice:
“Solemos dezir Fulano se hizo gorra o es un gorrón, y es término muy usado y
poco entendido, porque tiene diferntes origen... Pues digo, assi que están en
la conversación desean echarle della, y para mas encarecerlo le llaman gorrón.
En el siglo XVIII el diccionario de Autoridades le
da un sentido a la palabra “gorra” totalmente desligado también: “Metaphóricamente
significa el entrometimiento de alguna persona sin ser llamada (a comer y beber,
a algún festín, o cosa semejante). Esto es lo que se dice entrarse de
gorra”, y cita, a continuación, el siguiente texto:
“Y reparó en yo me había hecho gorra, y comido
de mogollón ( La pícara Justina, fol. 105).
Y da otra segunda acepción: “Vale también la
misma persona entremetida y no llamada para alguna cosa”, con la cita de
Quevedo:
“Mirará antes la mesa, y en viéndola
sin pegote, moscón ni gorra, echará la bendición” (Carta del Caballero de
la Tenaza).
Para la palabra “gorrón” se dice también en
Autoridades: “ Se llama el estudiante que en las Universidades anda de gorra,
y de esta suerte se entremete a comer, sin hacer gasto”, acompañado del
siguiente texto:
“Mudando hábito en el de un gorrón, se acomodó
a servir a aquel desenvuelto sacerdote” ( P. Juan Eugenio Nieremberg, Varones
ilustres. Vida del P: Juan Núñez Barreto, I).
En las siguientes acepciones figuran algunas en las
que el sentido peyorativo va en aumento: “Se llama también el hombre perdido
y vicioso, que trata con las gorronas y mugeres de mal vivir”, citando a Góngora:
“Que con los gorrones
de
las plumas ricas
os
hagáis gorrones,
y
os mostréis harpyas”
(Rom.
Bur. 10).
Y de gorrona dice: “Las mugeres de baxa suerte,
que sale a prostituir su cuerpo para ganar torpemente su vida”. Con la
siguiente cita de Moreto:
“Tú lo eres como fregona,
que
estás ya con el afeite:
yo
te he visto ir por azeite,
con
capilla de gorrona”
(Comedias.
El Licenciado Vidriera, jorn. 2).
Con
el aumentativo gorronazo, se llega a la cumbre de este escalafón
picaresco: “ El gorrón que hace gala de serlo”, con la cita de Quevedo:
“Decía un estudiante de estos de la capacha
gorronazo”
(Vida
del gran Tacaño, cap. 15).
En cuanto al origen etimológico de estos vocablos,
ya Covarrubias decía: “ Y hase de advertir que Diego de Urrea dize que
gorrón es nombre arábigo, de ‘gurarum’, que vale engaño, del verbo ‘gare’,
que significa engañar”. Creo que estas voces árabes a las que se hace alusión
están referidas al verbo ‘garra’, cuya primera acepción, efectivamente, es
la de ‘engañar’ alucinar a alguien con falacias, seducirlo cegándolo por
algunas cosa, inspirar
a alguien una confianza ciega o una vana esperanza con respecto a alguna
cosa’, según lo traduce Kazimirski, el cual da también las acepciones de
‘matar a alguien ciegamente, como haría un asesino a sueldo’ y, la más
interesante para este caso, de’cebar (a su cría), alimentarla introduciendo
su pico en el suyo (se dice de los pájaros)’.
Como nombre de acción de este verbo figuran ¿gurr
y girar’, el primero de los cuales habría de dar al castellano, en una
evolución fonética normal, las voces “gorro” y “gorra”.
La voz ‘gurr’ significa en primer lugar
‘alimento que un pájaro mete con su pico en el pico del pollo’. No es
necesario tener mucha imaginación para encontrar una relación directísima
entre nuestro “comer de gorra” y la forma de alimentarse los polluelos:
claramente se alude a la acción de comer valiéndose del esfuerzo de otros, en
este caso los padres, sin tener que realizar mayor trabajo que abrir muy bien la
boca para que, opíparamente, los que han buscado la comida, afanosamente, le
llenen el buche hasta que esté bien repleto. Para mí, este polluelo,
esperando en el nido a que le traigan su pitanza, es el más claro símbolo de
lo que la sociedad vino a llamar después un “gorrón”.
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