Muchas de las normas seguidas
por los traductores se deben sólo a convenciones y están sujetas a cambio. Una
es la que aconseja que, con salvedades, no se traduzcan los nombres propios
extranjeros. Ahora bien, como este patrón se estableció no hace mucho, aún
nos resultan familiares usos como Federico Nietzsche.
Hay, sin embargo, un caso manifiesto en
que el seguimiento de la norma ocasiona una importante pérdida. Me refiero a la
costumbre de no traducir los nombres, y ni siquiera los sobrenombres y algunos títulos,
de los gobernantes islámicos medievales. Una ilustración célebre la ofrece el
primer califa omeya de Córdoba, conocido en nuestros libros como Abderrahmán
III. En Alandalús, como en otras sociedades islámicas medievales, era
costumbre reconocer la autoridad suprema de un gobernante invocando su nombre en
el sermón del viernes y en las monedas. Tomemos éstas como texto tipo. Las de
Abderrahmán III llevan inscritos, junto con otras leyendas, su nombre y
sobrenombre: ‘abdu lraHmân, alnâSiru lidîni llâh.
Para traducir esto según la convención,
basta con identificar al personaje transliterando su nombre y utilizando el
ordinal romano: Abderrahmán III, o bien transliterándolo todo. No
obstante, el original, vertido palabra por palabra, dice: El siervo (dócil) del
Clemente (nombre), que socorre a la religión (Din) de Allah (sobrenombre),
donde se acumulan ideas de gran contenido religioso y político, que sin duda
tenían de algún modo presentes quienes manejaban aquellas monedas.
El mantenimiento de una convención,
tal vez provechosa al traducir de lenguas más cercanas o en determinados
textos, no es siempre razón suficiente para que queden ocultos contenidos
semejantes. Más aún, cuando sí se admite la contravención de la norma en lo
que hace a nombres de reyes occidentales, siendo así que, por ejemplo, la
traducción del nombre del monarca francés Francisco I apenas aporta
nada. En contraste, la alternativa de traducir nombres y sobrenombres tendría,
en casos como el señalado, la virtud de iluminar de manera sencilla e inmediata
un sector de la realidad histórica.