Uno de los objetos más
conocidos en la España islámica fue el dirham almohade, moneda de plata que
circuló en el siglo XII
d.C. El texto de su reverso es aleccionador para la historia reciente de la
traducción del árabe. Son tres frases: Al-láhu rabbuna. Muhammad
rasúluna.
Almahdi imámuna, que suelen traducirse: «Allah es nuestro señor. Mahoma,
nuestro profeta. El Mahdi, nuestro imán». Veamos los seis términos y algunos
de los problemas que entrañan.
Al-láhu. Arabistas y numismáticos
sustituyeron hace unos cuarenta años Alá por Dios. La
alternativa supone que se expliciten o no las distancias entre el Islam y el
cristianismo.
Rabbuna. El dominio actual de señor
para rabb referido a Allah es indiscutido; amo o dueño,
más fieles, parecen haberse eliminado por suavizar lo chocante.
Muhammad. Frente al tradicional Mahoma,
hay una tendencia emergente que apoya Muhámmad, por respeto y para
esquivar connotaciones históricas negativas.
Rasúluna. Descartado apóstol,
el estándar enviado es fruto de la interpretación lingüística,
pero aquí ocasiona ambigüedad («nuestro enviado»: ¿quién lo envía?). Aún
más insatisfactorio es profeta, para el que hay otro término árabe (nabi).
Almahdi. El aludido es el
fundador del movimiento heterodoxo almohade. El estándar consiste en no
traducirlo («el Mahdi»), ocultando su significado etimológico: ‘el
Encaminado’, y huyendo de su sentido religioso: ‘el Mesías’, por motivos
imaginables esto último.
Imámuna. La versión estándar
de la frase («El Mahdi es nuestro imán») es opaca, incomprensible. El sentido
del término: ‘guiador’, desaparece tras el cultismo imán y tras
la antigua versión política: príncipe.
Estos problemas
reflejan el desconocimiento que sigue caracterizando las relaciones entre el Islam y Occidente, y la pervivencia de un conflicto histórico, pero también
—nótese— los deseos de resolverlo.
(¿Otra versión posible? «Allah es
nuestro amo. Muhámmad, quien nos ha sido enviado. El Mesías, nuestro guiador».)