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ISLAM EN AMÉRICA DESPUÉS DEL DESCUBRIMIENTO |
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EL GAUCHO: Su origen y carácter hispanomusulmán
Por R. H. Shamsuddín Elía |
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NAIDES
ME PUEDE QUITAR AQUELLO
QUE DIOS ME DIO (del Martín Fierro)
EL
CAUDILLO DE LA GUERRA GAUCHA UNA
BATALLA NAVAL GANADA POR LA CABALLERÍA EL
TESTIMONIO DE LEOPOLDO LUGONES LAS
INSIDIOSAS CONTRADICCIONES DE SARMIENTO
EL
MEJOR ALUMNO DEL IMPERIALISMO FORJADORES
DE LA PRIMERA INDEPENDENCIA El
personaje del gaucho, errante y solitario, es el símbolo de la más
genuina tradición del pueblo argentino. Hábil jinete, domador y
resero, poseedor de cualidades como la cortesía, el altruismo y el
valor, fue quien combatió con mayor denuedo a ingleses y españoles por
igual en la llamada “Guerra Gaucha” durante la primera mitad del
siglo XIX, de la cual surgió por primera vez una Argentina libre e
independiente. Sus orígenes, sin embargo, se remontan a principios del
siglo XVI, cuando sus antepasados, los moriscos, se fugan de España a
América iniciando esa larga huella de persecuciones, sufrimientos y
soledades que modelaron su idiosincracia y características. Esta
tesis, amparada en investigaciones de escritores y tradicionalistas
argentinos de la talla de Leopoldo Lugones, Federico Tobal, Emilio
Daireaux y Carlos Molina Massey, o las del propio presidente Domingo E
Sarmiento, apunta fundamentalmente a consolidar la hermandad de razas y
culturas de cuatro continentes profundamente fusionadas. Hoy, la
perversidad del sistema capitalista toma su venganza contra la libre e
irreprensible originalidad, llevando a la humanidad a los límites de la
alienación y la desesperación. El hombre, sin embargo, guiado
instintivamente por la Sabiduría y la Naturaleza Divinas, lenta pero
seguramente vuelve el rostro hacia sus más puras raíces y tradiciones,
anudando lazos históricos, para sentirse armado, sobrevivir y triunfar.
No hay para ello mejor coraza que la representada por la Memoria, la
Identidad, la Autoestima, la Ideología y la Fe. El
tema del gaucho, empezando por
la palabra misma que lo nombra, ha originado una infinidad de trabajos
que comportan hipótesis diversas, lo cual, para nosotros, tiene una
explicación: cuando una sustancia es compleja, las definiciones no
pueden ser simples, y esto vale mucho más cuando se trata de una
entidad histórica, extensa en cuanto a su geografía física y
espiritual. La
premisa vale también para el caso de este valioso estudio de R. H.
Shamsuddín Elía, en cuyo texto hay una búsqueda del “origen y carácter
hispanomusulmán” del personaje, y también una relación entre el
pasado morisco y lo religioso del mundo gaucho, tan claramente visible
en el Martín Fierro. El autor
ha tenido que mascar mucho para echar esta bravata y el resultado, en
los aspectos históricos, muy poco deja por desear. Faltaba,
sin duda, un trabajo como el presente que pusiese al día todo lo
rastreado y elaborado para reconstruir una historia apasionante, capítulo
fundamental de la historia argentina. Como historiador e investigador de
nuestra cultura criolla considero oportuno y necesario, sin embargo, señalar
algunos puntos, diríamos de complementación antes que de divergencia,
que conciernen al tema. El
autor cita a Richard W. Slatta en que este profesor de Carolina del
Norte expresa: “Los hispanistas
acentúan las raíces andaluzas o árabes de la cultura ecuestre de la
pampa”. Sin negar tal aserto es menester señalar que el gaucho más
prototípico se da también en provincias de muy escasa o nula
influencia andaluza, como Entre Ríos y Corrientes, sin olvidarnos de Río
Grande del Sur, donde sigue habiendo cultura ecuestre. En
cuanto a la etimología de la palabra gaucho, la cuestión no es sencilla y lo que hay escrito, a
raudales, así lo confirma. No vale la pena discutir este verdadero
“botón de pluma” idiomático, rodeado de posturas tan diversas que
van, por ejemplo, de la de Roberto Lehmann-Nitsche quien en 1927
descubre orígenes gitanos al bendito término—, hasta la de Berta E.
Vidal de Battini, quien lo deriva de gaudio
y camilucho. Compartimos esta última tesis, a partir del hecho que
la palabra aparece escrita por primera vez en Río Grande del Sur y la
Banda Oriental. También tienen razón quienes buscan el origen en una
formación mixta de castellano y araucano. En
resumidas cuentas, R. H. Shamsuddín Elía, con rigor y buena
oportunidad, vuelve aquí sobre un protagonista sudamericano cargado de
valores, y que vive a través de insignes encarnaciones, como la de
aquel llanista llamado Juan Facundo Quiroga, emergente en 1825 con la
bandera fundamental de “Religión o Muerte”, para escándalo de los
Iluministas portuarios, hoy posmodernos. Ese Facundo al que, hace unos años,
le cantamos de este modo: Religión
o muerte vidalítá.
El
moro es un celaje cuando avanza El
moro es río por el arenal. El
Sapo del Diluvio ídeologiza Pero
mí moro sabe mucho más. Religión
o muerte Ayatollah
Fermín Chávez Bienvenidos
sean esos jinetes indómitos, que con sus chuzas inquebrantables y sus
corazones que bombean sangre de mártires nos legan desde las fuentes
hondas y cIaras de la argentinidad, de las entrañas vivas de la tradición
e identidad, y de lo más humano y perenne que tiene la historia: las
luchas por la Luz, la Verdad y la Justicia contra la oscuridad, la
Opresión y la Mentira. Hoy
no es casual el empeño que se pone para desdibujar y hacer olvidar los
sacrificios que posibilitaron aquella primera independencia. Quitadle a
un pueblo sus raíces místicas y heroicas, y no pasará de ser una
tenencia militar, o algo peor: una
factoría de mercaderes y prestamistas. El
gaucho libertario no fue tan sólo el guerrillero pugnaz que anima
dirige la montonera en los entreveros, o bien en las cargas a toda
rienda y coraje, y a todo grito, para que los batallones británicos,
los tercios del rey español o las huestes mercenarias de la oligarquía
porteña sepan que ya está tronando el escarmiento. Algo más se anima
en su alma agreste y bravía. Hay algo en él, del espíritu de los
profetas, de Jesús Nazareno, escuchando a toda hora el dolor de los
humildes, de los que tienen hambre de pan y sed de justicia. No es
ninguna casualidad que dos notorios personeros de la civilización e
interés de Europa, como vieron el escritor y político Domingo Faustino
Sarmiento (1811-1888) y el general unitario José María Paz
(1791-1854), se empecinaran en amparar al caudillo de La Rioja y líder
de las montoneras gauchas, el general Facundo Quiroga (1793-1835)
—apodado “El tigre de los llanos”—, con el máximo profeta del
Islam, Muhammad lbn Abdallah, la Bendición y la Paz sean con él y su
descendencia purificada, que es conocido en Occidente por deformación
fonética del árabe como “Mahoma”, denominado “Sello de los
Profetas”, que vivió entre los años 57º y 632 d.C., el Mensajero
del Unico Dios y quebrantador de los ídolos que adoraban los
comerciantes politeístas de la ciudad de La Meca. Advierte
Sarmiento en su polémica obra Facundo: El
caudillo que en las revueltas llega a elevarse, posee sin contradicción,
y sin que sus secuaces duden de ello, el poder amplio y terrible que sólo
se encuentra en los pueblos asiáticos. El caudillo argentino (Quiroga)
es un Mahoma que pudiera a su
antojo cambiar la religión dominante y forjar una nueva (Domingo F.
Sarmiento, Facundo, ed.
Losada, Buenos Aires, 1938, págs. 65-66). Asimismo,
Paz destaca en su memorial la “peligrosidad” del gaucho riojano: ...fácil
es comprender cuanto se hubiera robustecido el prestigio de este hombre
no común (Quiroga),
si hubiese sido vencedor en la
Tablada (batalla cerca de la ciudad de Córdoba, 23 de junio de
1829, entre las montoneras de Quiroga y el ejército unitario dc Paz). Las
creencias vulgares se hubieran fortificado hasta el punto, que hubiera
podido erigirse en un sectario, ser un nuevo Mahoma, y en unos países
tan católicos, ser el fundador de una nueva religión, o abolir la que
profesamos. A tanto sin duda hubiera llegado su poder, poder ya fundado
con el terror, cimentado sobre la ignorancia crasa de las masas... (José
María Paz, Memorias Póstumas, Hyspamérica, Buenos Aires, 1988, vol.
III, págs. 23-24). El
historiador nacionalista argentino Atilio García Mullid en su libro Proceso
al liberalismo argentino (Peña Lillo Editor, Buenos Aires, 1974),
aporta esclarecido análisis: El
esquema sarmientino de “civilización o barbarie” es una síntesis
preciosa, que guarda todo el secreto de esta historia. Porque si se
comprobara su falacia, si llegara a establecerse que l os “bárbaros”
no eran los bárbaros y
que los “civilizadores” no tenían
ni pizca dc civilizados, la historia oficial se derrumbaría como una
casa de papel y buena parte de los próceres quedarían a la intemperie.
Este desbarajuste nos obligaría a repensar toda la historia argentina;
y perecería esta novela histórica, de ángeles y pistoleros, que sirvió
para humillar a la Nación y descalificar al pueblo (págs.
163-164). El
político y jurista Juan Bautista Alberdi (1810-1884), redactó en 1852
las “Bases para la organización política de la confederación
argentina”, sobre las cuales se elaboró ese mismo año la Constitución.
Allí se dice lo siguiente: No son
las leyes las que necesitamos cambiar: son los hombres, las cosas. Así
se condenaba a los “bárbaros” caudillos y a las masas rurales
“ignorantes” al exterminio físico y al entierro histórico. El
escritor y político argentino John William Cooke (1920-1968) en una
carta dirigida al diario “La Epoca”, en 1950, señalaba entre otros
conceptos y aclaraciones: Hay
que regar el suelo argentino con sangre de gaucho, que es lo único
humano que tienen, dice Sarmiento, sediento de esa sangre que se había
derramado generosamente para lograr y defender nuestra independencia.
Cien años de civilización no harán de un gaucho un buen obrero inglés,
afirma Alberdi. Este era el pensamiento de la oligarquía. Lo
antiamericano, lo anticriollo, lo antiargentino, fue exaltado
precisamente por aquellos americanos, por aquellos criollos, por
aquellos argentinos que, constituidos en clase dirigente, pretendían
hacer olvidar su origen, su sangre, su idioma. Renegaban de la tierra,
para igualarse a los conquistadores y a los amos imperialistas, con la
conocida intransigencia de todo neófito. El
entonces diputado nacional peronista agrega más adelante: La
oligarquía argentina nunca creyó en el pueblo. Ni en el pasado ni en
el presente. Siempre se coaligó con el extranjero en contra de las
masas populares. Y cuando recogieron el lógico repudio del hombre de la
tierra, afirmaron que el pueblo era incapaz: “Hay que educar al
soberano”. Para que no pudiera expresarse en los Comicios, le hicieron
fraude político. Y le hicieron fraude en la historia, para impedirle
conocer el origen de la entrega, de la ignominia, del vasallaje. En el
país hemos terminado con la falsedad del sufragio. Debemos también
destruir la superchería histórica. Para que el pueblo sepa que los que
le niegan capacidad en el presente, son los que lo despreciaron en el
pasado. Que los que le mienten hoy, son los encubridores de los que
mintieron ayer. Que los que lo agravian ahora, son los continuadores de
los que lo agraviaron antes: “bárbaro”, “gaucho”, “chusma”,
“descamisado”. El “descamisado” reconoce en el montonero, en el
gaucho, en la “chusma”, a sus hermanos de sufrimiento y de lucha... (publicada
en la revista Crisis, Buenos Aires, marzo 1975, págs. 20-21). Y
que
evocación mejor de ese montonero, de ese gaucho, de ese descamisado,
que recrearnos en la figura señera del Libertador de Salta, el mártir
general Martín Miguel de Güemes, o para decirlo con las palabras que a
él más le gustaban: “el Gaucho Güemes”. Nacido
el 8 de febrero de 1785 en la ciudad de Salta, cuatro caminos tiene
delante de sus ojos adolescentes: hacia Chuquisaca (hoy Bolivia), las
leyes; hacia Córdoba, el sacerdocio; hacia la propiedad heredada, la
casta de los pelucones y terratenientes; y hacia Buenos Aires, la
carrera de las armas. Y es ésta la que elige, porque a manera del cóndor,
que a la distancia olfatea la tempestad, presiente que la Colonia ha de
transformarse en Patria; y que los hijos de la tierra, irguiéndose
sobre la esclavitud, tomarán las lanzas y las boleadoras, las
tercerolas y los lazos, montarán a caballjuna! (interjección que
denota júbilo, sorpresa, etc., y también desafío) al viento; y al
galope irán a sujetar la rienda en el ángulo de la Quebrada, allá en
el vértice del martirio donde se juntan la vida y la muerte. La
montonera gaucha —esa fraternal amalgama ecuestre de llaneros riojanos
y santiagueños, entrerrianos y santafesinos, de indios abipones y montañeses
salteños y jujeños— es invisible en el acecho, envolvente en los
entreveros y flamígera en las cargas. En su guerra de guerrillas son
ayudados por la naturaleza creada por Dios: las pampas y montañas no
solamente presencian la contienda, sino que se incorporan al gauchaje y
participan en la gesta sublime, con sus riscos y precipicios, con sus
breñas y espinillos, con sus torrentes y huracanes, con sus cóndores y
aludes: con las neblinas que engañan y las lluvias que empantanan, con
los churquis y cardones que alargan sus espinas corno zarpas. Así las
sierras, los ríos, las selvas y llanuras conjuran a sus fuerzas telúricas,
para permitir avanzar a los subversivos, que no trepidan en tender los
lazos y las boleadoras para enlazar soldados, generales y cañones, y
traérselos atados a la cincha. Es el alma de la montonera: la montonera
batallona y sensitiva, hecha de fiero metal para la pelea, de blanco
amancay para el romance y de piadosa oración bajo el cielo infinito que
se une solidario al horizonte que perfila el tacuaral. Y
nos preguntamos: ¿qué son las hazañas legendarias que evoca el Cantar
de Rolando y Mío Cid, o los mitos de Arturo y Robin Hood, comparadas
con la Guerra Gaucha? No es el caso de contestar a la pregunta porque en
la misma interrogción está la respuesta. Pero,
¿cómo fue aquello que se perdió en la polvareda de la historia? ¿Cómo
evocar estos recuerdos inefables? Bastará el esbozo de un solo día de
la epopeya bárbara para darnos una idea. En
la invasión inglesa a Buenos Aires de 1806, fueron gauchos los que, con
más denuedo que organización disciplinada, intentaron oponer sus
recursos de paisanos a los aguerridos batallones de la Rubia Albión. Son
los tiempos en que la acción libertadora conocida como la Reconquista
se encuentra en su fase final. Esta se había iniciado con el desembarco
de las fuerzas patriotas provenientes de la Banda Oriental (Uruguay),
comandadas por el capitán de navío Santiago de Liniers (1753-1810), el
4 de agosto en Las Conchas (hoy puerto de Tigre), y había continuado
con la toma del baluarte inglés del Retiro, en el extremo norte de la
dudad, durante la madrugada del 11 de agosto. Al
anochecer de esa misma jornada, mientras los ingleses montan nerviosa
guardia en el centro de Buenos Aires, las tropas de Liniers se desplazan
silenciosamente hacia ellos desde el Retiro. En el transcurso del avance
comienza la incorporación masiva y entusiasta de la población de la
capital a la fuerza reconquistadora. Centenares de hombres y niños se
pliegan a las filas de Liniers, reclamando armas para participar en la
lucha. Los cañones son arrastrados a pulso, a través del barro, por
cuadrillas de muchachos, hecho que permite a Liniers alcanzar su
objetivo en la madrugada del 12 de agosto. El
cronista y capitán inglés Alexander Guillespie, testigo presencial de
aquellos sucesos, en su libro Gleanings
and Remarks (Apuntes y Observaciones), publicado en Londres en 1818,
especie de diario personal, cuya traducción apareció en la Argentina
en 1921 bajo el título de Buenos
Aires y el Interior — reeditada luego por la colección Biblioteca
Argentina de Historia y Política (volumen 22), Hyspamérica, Buenos
Aires, 1986—, testimonia el miedo y el desprecio de los invasores
anglosajones hacia las clases bajas de Buenos Aires y su particular
forma de encarar el combate: “Durante
la noche del 11 un ladrar constante de perros se oyó en dirección al
Retiro y su vecindad, que indicaba algunos movimientos extraordinarios.
El alba del 12 nos mostró las iglesias y casas llenas de gente, que
solamente esperaba la aproximación de Liniers para cooperar en el
alzamiento general... Con mi anteojo podía percibir el clero inferior
particularmente activo en manejar sus armas y dirigir las tropas que tenían
abajo... Nuestra última resistencia se hizo a las once, en la plaza del
Mercado, donde el valiente regimiento 71 se formó con cañones en cada
flanco y uno en el centro... Como finta para atraer al enemigo, tan
inmensamente superior, el 71 retrocedió, pero sin su deseada
consecuencia. Nada podía decidirlo a la lucha abierta con todo su número.
Cada minuto disminuía el nuestro, y la humanidad exigía que hombres
tan valientes no se expusieran como blanco a la puntería de una
multitud sanguinaria aunque cobarde. (pág.80)” Amanecía
recién en aquel día memorable de la reconquista. La noche anterior había
llovido copiosamente, soplando luego un violento viento del oeste, que
corrió hacia adentro al Río de la Plata. Desde las primeras horas de
la mañana toda la ciudad está ya en rebelión. Desde las azoteas,
balcones y campanarios se hace fuego de fusilería sobre las tropas
inglesas. Por las calles que conducen a la Plaza Mayor (hoy Plaza de
Mayo), avanzan en tropel las fuerzas de la insurrección envueltas en el
humo de las explosiones y el retumbar de los disparos. Liniers,
instalado con sus lugartenientes en el atrio de la iglesia de la Merced
(ubicada en la esquina de las calles Tte. Gral. Perón y Reconquista),
ha perdido el control de las operaciones: sus soldados, mezclados con el
pueblo que pelea a mano desnuda, no escuchan ya las voces de los
oficiales, y se lanzan en un solo impulso a aniquilar al invasor. Un
diluvio de fuego se desata sobre las posiciones británicas en la plaza.
Allí, al pie del arco central de la Recova, está Beresford, pálido y
poco flemático, con su espada desenvainada, rodeado de los escoceses
del 71. Esta es la última tentativa de resistencia de los europeos. Las
descargas incesantes abren sangrientos claros en las filas británicas.
A los pies de Beresford cae, ultimado de un balazo, su ayudante, el
capitán Kennet. El general inglés comprende que ya no es posible
continuar la lucha, pues sus tropas serán aniquiladas hasta el último
hombre. Ordena entonces la retirada hacia el Fuerte (hoy Casa Rosada).
Allí, momentos más tarde, iza la bandera de parlamento. Volcándose
como un aluvión en la plaza, los soldados y el pueblo llegan hasta los
fosos de la fortaleza, dispuestos a continuar la lucha y exterminar a
cuchillo a los británicos. En esas circunstancias arriba Hilarión de
la Quintana, enviado por Liniers a negociar la rendición. Esta deberá
ser incondicional. La muchedumbre, terriblemente enardecida es a duras
penas contenida. Se exige a gritos que Beresford arroje la espada. Un
capitán británico lanza entonces la suya, en un intento por calmar a
la multitud. Pero eso no conforma a las masas, y Beresford debe aceptar,
aun antes de que sus soldados hayan depuesto las armas, que una bandera
española sea enarbolada sobre la cima del baluarte. A las 3 de la tarde
del 12 de agosto de 1806, el pequeño ejército inglés, reducido ahora
a menos de mil mosquetes (en las playas de Quilmes, el 25 de junio, había
desembarcado un total de 1635), marchó hacía el Cabildo, en la Plaza
Mayor entre dos filas de milicianos criollos, donde hubo de rendir sus
banderas, estrellando muchos de los vencidos sus armas contra el suelo,
frustrados e indignados por haber sido derrotados por aquellos “andrajosos”...
“plebe frenética, que parecía asumir para sí el poder
soberano...”, como cita el cronista Guillespie. En
esos mismos gloriosos instantes en que la Patria nacía acunada entre
ponchos y chiripás, por los arrabales septentrionales de la urbe —que
por entonces contaba con unos 471 mii habitantes— entraba un gallardo
y joven jinete con el pingo al galope tendido. Por su poncho colorado
mostraba que era un gaucho salteño. Era el alférez Martín Miguel de Güemes
del Regimiento “Fixo” de Buenos Aires. El gaucho Güemes que tenía
21 años por entonces, venía galopando desde la madrugada del día
anterior, por el camino de postas, proveniente de La Candelaria, paraje
situado a 79 leguas (395 kilómetros) de Buenos Aires. Traía un
despacho del virrey Sobremonte a Liniers, cumpliendo tamaña hazaña en
menos de treinta horas. Esto que en la actualidad parece una quimera, en
aquellos tiempos era sólo una cuestión de “tener lo que hay que
tener” y “cinchar duro y parejo” como buen paisano (ver Luis Güernes,
Giiemes Documentado, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1979, vol.
1, págs 64-71). Al
presentarse ante el héroe de la Reconquista, de quien era el edecán y
su principal ayudante, apenas pudo tomar un breve respiro. Una nueva y
difícil misión le aguardaba, como ahora veremos. Por
el lado del río ocurrieron algunos hechos extraordinarios ese famoso 12
de agosto. Los pocos barcos pequeños que les habían quedado a los británicos,
después del temporal de la noche anterior, se acercaron al Retiro para
tirar sobre ese punto y sobre todo el bajo, desde allí hasta el Fuerte.
En las primeras horas de la tarde, las fuerzas criollas colocaron en
batería a dos piezas de 18 libras, que pusieron fuera de combate a un
pequeño barco inglés y a la sumaca La Belén de las españolas que el
almirante Sir Home Riggs Popham (1762-1820) había capturado en el
Riachuelo. El
Justina, un buque mercante artillado con 26 piezas y tripulado con más
de cien soldados, oficiales y marineros, cuyo palo mesana había sido
tronchado de un cañonazo el día anterior, había estado disparando
casi toda la tarde sobre las fuerzas de la reconquista, no sólo por la
ribera y sobre la Alameda (hoy avenida Leandro N. Alem), sino también
en las diferentes calles que ocuparon, expuestas a su fuego.
Desconociendo los secretos de la navegación en el río, quedó varado
por una súbita bajante a unos 400 metros de las barrancas de la Plaza
de Toros en el Retiro (hoy Plaza San Martín), lo que fue advertido por
los centinelas de la batería Abascal emplazada en las cercanías donde
actualmente se halla el monumento ecuestre en honor al Padre de la
Patria. El
eminente tradicionalista argentino Pastor Servando Obligado (1841-1924)
publicó en el diario La Razón del 12 de agosto de 1920 (asequible en
la hemeroteca de la Biblioteca Nacional) un artículo intitulado Güemes
en Buenos Aires. Transcribimos enseguida parte de dicho artículo,
porque el autor da como protagonista del episodio del “Justina” al
futuro general Güemes: Antes
de ser general fue soldado, como ante todo, salteño, y sobre todo,
patriota de nacimiento. Afiló la espada que había de sablear
chapetones hasta la más lejana frontera en piedras de estas calles,
ensayando las memorables cargas de su renombre por sierras y montañas,
en la playa del Plata, cuya bajante dejó en seco al buque de guerra
inglés, cooperando a su abordaje... Luego, más adelante, se refiere al
instante en que Liniers envía a su edecán hacia el Retiro con un parte
de guerra: “Ud.,
que siempre anda bien montado; galope por la orilla de la Alameda, que
ha de encontrar a Pueyrredón, acampado a la altura de la batería
Abascal, y comuníquele orden de avanzar soldados de caballería por la
playa, hasta la mayor aproximación de aquel barco, que resta cortado de
la escuadra en fuga...” (Es
de advertir que esta orden sólo
era de aproximarse al buque, sin referencia a su abordaje). Menos tardó
el ayudante Güemes en recibir la orden que en transmitirla, como los
gauchos de Pueyrredón, ganosos porque no se le escapara la presa en
salir al galope tendido por la playa”. Pueyrredón
al recibir el despacho puso inmediatamente bajo el mando de Güemes la
única tropa montada de que disponía, no más de 30 gauchos armados con
lanzas, boleadoras, facones, sables y algunas tercerolas. Estos no
trepidan en descender la empinada barranca y zambullirse en el brumoso río.
Con sus caballos metidos en el agua hasta los ijares, se lanzan intrépidos
tacuara en mano en una carga asombrosa, pocas veces registrada en la
historia militar: el abordaje a caballo de un buque de guerra de la
marina más poderosa del mundo de aquel entonces. Los bravos paisanos
alentados por el alférez salteño asaltan la nave agresora y rinden a
su tripulación luego de breve y reñido combate. Los británicos
abordados, muchos de ellos artilleros y tiradores excelentes, habían
sido doblegados por el estupor de ver surgir repentinamente esos
centauros marinos emponchados que los acometían y trepaban sobre sus
amuras con una vehemencia inaudita. Por algo dijo el escritor y poeta
argentino Arturo Capdevila (1889-1967), que en Güemes “puede
haber un abencerraje escondido
en su corpachón atlético” (La Prensa, 8/4/62). En
la actualidad esas aguas cruzadas por gauchos a caballo capitaneados por
Güemes, ya no son más aguas. El lugar que cubrían ha sido ganado al río.
Es tierra firme y, en ese punto geográfico en que el prócer conquistó
un trofeo, hoy se encuentra la Plaza Fuerza Aérea Argentina. El
heroico episodio de la toma del “Justina”, prácticamente ignorado
por la enseñanza oficial, ha sido acreditado por numerosos
historiadores de reconocido prestigio.
La
estrepitosa derrota de las fuerzas invasoras inglesas por la acción
popular de Buenos Aires en 1806 marca el nacimiento de la conciencia
nacional argentina, la cual daría lugar al sentimiento de independencia
del yugo español. Era la primera efusión de una patria que nacía en
los corazones: integración soberbia y generosa de las esencias indígenas,
africanas e hispanomusulmanas,
sueño de redención de las masas humildes y sufridas que preferían
morir en la ley rústica de sus orígenes antes que prosperar en la ley
postiza de los invasores europeos. Por eso el jefe de la también
frustrada invasión de 1807 (compuesta por la considerable fuerza de
once mil británicos), teniente general John Whitelocke, tuvo de
inmediato la sensación de que la “Pax Británica” no podría
imponerse a los pueblos indohispanoamericanos; y le escribía al
almirante George Murray: “De
algo puede Ud. estar seguro, y ello es que Sud América nunca podrá
pertenecer a los ingleses”. Asimismo, el teniente coronel
Lancellot Holland, que fue apresado junto con el general Craufurd y los
coroneles Pack y Guard en el glorioso convento de Santo Domingo
durante la invasión de 1807, acusa en sus memorias la humillación
sufrida a manos de las fuerzas argentinas: “Se
nos ordenó salir desarmados. Fue un momento amargo para todos nosotros:
los soldados tenían los ojos llenos de lágrimas. Se nos hizo marchar a
través de la ciudad hasta el Fuerte. Nada podía haber sido más
mortificante que nuestro paso por las calles en medio de la chusma que
nos había vencido. Eran individuos de piel muy morena, cubiertos de
harapos, armados con mosquetes largos y algunos con espadas” (Lancellot
Holland, Expedición al Río de la
Plata, Eudeba, Buenos Aires, 1976, págs. 122-123). Esta
malquerencia causada por la derrota y los desengaños sufridos se
reflejarían en la literatura británica. Al escritor escocés Sir
Walter Scott (1771-1832), famoso autor de novelas históricas como lvanhoe y Quentin Durward, el despecho y la deshonra de las
armas inglesas le arrancaron estas palabras cargadas de rencor y
desaliento: Las
vastas llanuras de Buenos Aires—dice—
no están pobladas sino por
cristianos salvajes, conocidos bajo el nombre de “huachos” (por
decir “gauchos”), cuyo
principal mobiliario son los cráneos de caballos, cuya única comida es
la carne cruda con agua, cuya única ocupación es apresar ganado cimarrón
y cuya principal diversión es montar un caballo hasta reventarlo.
Lamentablemente —añade el “romántico civilizador”— prefirieron
su independencia nacional a nuestros algodones y muselinas (Vida de
Napoleón Bonaparte; tomo II, Cap. 1). Pero,
¿quienes eran y de dónde venían esos terribles gauchos que poblaban
la pampa infinita e indómita y que tantos reveses y amarguras habían
hecho padecer a los súbditos de la raposa Inglaterra? El
eminente escritor e investigador musulmán argentino lbrahim Hallar
(1915-1979), en su interesantísimo estudio “Descubrimiento
de América por Los Arabes” (edición del autor, Buenos Aires,
1959, págs 11-12), confirma la tesis de tantos académicos e
historiadores que afirma la procedencia hispanomusulmana del gaucho: ...el
alma agarena (10),
después de ocho siglos históricos
de convivencia trasplantóse a estos solares con todas sus virtudes y
defectos. De ahí surgen los gauchos de las pampas argentinas, “de
aquella fineza de raza que produjo en nuestras pampas—repitiendo
palabras del escritor argentino Enrique Larreta—, el milagro del
gaucho”;Los llaneros de Colombia y sus hermanos de sangre del resto de
las Américas del Sur y del Centro. EL árabe está aquí de incógnito,
diluido, desconocido, pero está. La clase dirigente española no envía
en su Conquista a las Indias Occidentales (América), a ningún lego
moro “ni siquiera para construir acequias”, según un edicto del Rey
Fernando. (...) “España —dice
Santiago M. Peralta en su Libro Influencia del pueblo Árabe en la
Argentina—, no permitía venir a América primitiva sino a los españoles
católicos. El elemento humano, el soldado que llegaba con los
conquistadores, era morisco, moro cristianizado, (...) La
soldadesca reclutada en las campañas castellanas, sobre todo en la región
extremeña, es típicamente moruna y ello lo indican las características
raciales: pelo negro, ondulado y barba negra cerrada, ojos negros,
firmes, y piel morena. Ese tipo de hombre es el que se perpetúa en América.
(...) Vicente Fidel López,
autoridad indiscutible en la historiografía argentina, en su Manual de
Historia Argentina (pág. 188), dice sobre los elementos primitivos de
la población virreinal del Río de la Plata: “Sería muy difícil
decir hoy en qué grado ha contribuido a nuestra población tal o cual
provincia de España. Lo probable es que nuestros principales pobladores
hayan salido de los puertos de Andalucía y de Galicia, por haberse
armado en ellas y partido la mayor parte de las expediciones y
emigraciones que tomaron el camino del Río de la Plata. De manera que
si se quisiera ir al análisis químico de nuestra sangre, no pocos
globulillos de ella cantarían en “árabe” Los reyes españoles,
finalizada la lucha de España, daban ocupación a sus adelantados,
capitanes, guerreros de profesión y con la soldadesca, desagotaban el
caudal sanguíneo y religioso de los españoles islamitas, conversos o
no, y los enviaban a las Indias Occidentales, a América, recién
descubierta. Los
españoles han designado con el nombre genérico de moros a las gentes
de Africa del Norte, esto es, a los indígenas de Berberia. La palabra
originaria de este nombre fue prestada por los romanos dando la forma
maures (del griego “mávros”: negro, oscuro). El término, que fue
empleado para designar de manera particular a los naturales de la
provincia de Mauritania y de manera general a los bereberes (formados
por dos grandes etnias: los Baránis y los Butr), pasó a Hispania,
donde, en romance, se llegaría a la solución actual de moro(s); nombre
con el que los pueblos cristianos de la Península designaron durante la
Edad Media a todos los musulmanes de Al-Andalus y del norte de Africa. Los
musulmanes de la Edad Media aplicaron el nombre de AlAndalus a todas
aquellas tierras que habían formado parte del reino visigodo: la Península
Ibérica, la Septimania francesa y las Islas Baleares. En un sentido más
estricto, Al-Andalus comprenderá la parte de aquellos territorios
administrados por el Islam. Conforme avanzaban los cristianos
trinitarios, su extensión se iba reduciendo progresivamente y a partir
del siglo XIII designó exclusivamente al reino nazarí de Granada. La
prolongada resistencia granadina permitirá que se fije el nombre de Al-Andalus
y se perpetúe en el actual de Andalucía. Algunos historiadores
modernos relacionan el nombre de Al-Andalus con los Vándalos y suponen,
sin fundamento, que la Bética pudo llamarse en alguna ocasión
Vandalicia o Vandalucía antes de que éstos pasaran al Africa en el 533
(para mayores precisiones recomendamos consultar la obra erudita de
Joaquín Vallvé, La División
Territorial de la España Musulmana, publicada por el Consejo
Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Filología,
Departamento de Estudios Arabes, Madrid, 1986, págs. 17-33). Con
la palabra moriscos se designa comúnmente a los habitantes musulmanes
del reino de Granada (rendido por Boabdil el 2 de enero de 1492) que,
tras la rebelión del barrio del Albaicín (1501), fueron obligados a
convertirse al cristianismo. Este nombre igualmente le sería aplicado a
los mudéjares (mudayyan, domesticado,
domeñado: en los reinos hispanocristianos medievales el “moro
sometido a quien se le permitía quedarse tras la conquista, en su lugar
de residencia, bajo determinadas condiciones”) castellanos, cuando un
año después se les obligó a convertirse al cristianismo, y, asimismo,
a los mudéjares de la Corona de Aragón, cuando entre 1525 y 1526 les
fue exigida la conversión y abolido su anterior estatuto. En suma, el término
morisco remitirá a partir de esa fecha a todos los cristianos nuevos,
antiguos musulmanes o descendientes de ellos, que permaneciendo en su
mayoría criptomusulmanes se quedaron en España hasta la expulsión
definitiva a principios del siglo XVII (1615). Tras la misma la gran
mayoría morisca se asentó en el Africa del Norte, donde se les
terminaría por llamar con el nombre genérico de andalusiyyún
(andalusíes), o con la expresión asimismo genérica de
ahlal-Andalus, gentes de Al-Andalus. Algunos se quedaron viviendo
clandestinamente, disimulando ser cristianos nuevos o gitanos. El resto
emigró a América. Dice
el islamólogo y revolucionario español Blas Infante (1885-1936): Pero
estos moriscos, estos andaluces fieramente perseguidos, refugiados en
las cuevas, lanzados por su sociedad española, encuentran en el
territorio andaluz un medio de legalizar, por decirIo así, su
existencia, evitando la muerte o la expulsión reiterada. Unas bandas
errantes, perseguidas con saña, pero sobre las cuales no pesa el
anatema de la expulsión y de la muerte, vagan ahora de lugar en lugar y
constituyen comunidades organizadas por caudillos, y abiertas a todo
desesperado peregrino, lanzado de la sociedad por la desgracia y el
crimen. Basta cumplir un rito de iniciación para ingresar en ellos. Son
los gitanos. Los hospitalarios gitanos errabundos, hermanos de todos los
perseguidos. Los más desgraciados hijos de Dios. Hubo, pues de acogerse
a ellos. A bandadas ingresaban aquellos andaluces, los últimos
descendientes de los hombres venidos de las culturas más bellas del
mundo, ahora labradores huidos (en árabe, labrador huido o expulsado
significa “fellahmengu”). ¿Comprendéis ahora por qué los gitanos
de Andalucía constituyen, en decir de los escritores, el pueblo gitano
más numeroso de la Tierra? ¿Comprendéis por qué el nombre flamenco
no se ha usado en la literatura española hasta el siglo XIX, y por qué
existiendo desde entonces, no trascendió al uso general? Un nominador
arábigo tenía que ser perseguido al llegar a denunciar al grupo de
hombres, heterodoxos a la ley del estado, que con ese nombre se
amparaba. Comienza entonces la elaboración de lo flamenco por los
andaluces desterrados o huidos en los montes de Africa y España. Esos
hombres conservaban la música de la Patria, y esa música les sirvió
para analizar su pena y para afirmar su espíritu: el ritmo lento, el
agotamiento cromático. La
mayoría de los flamencólogos afirman el origen andalusí-morisco de su
especialidad. Igualmente, figuras destacadas como el eximio compositor y
guitarrista Paco de Lucía (nacido Francisco Sánchez, en 1947), y el
inolvidable cantaor tempranamente desaparecido Camarón de la Isla
(nacido José Monge Cruz, 1950-1992) han confirmado esa herencia islámica
con su pensamiento y con su arte (ver Félix Grande Lara,
Memorias del flamenco, 2vols., Espasa Calpe, Madrid, 1987). En
cada melodía, en cada expresión del cante jondo, está marcada a fuego
esa connotación de la que hablamos. Así, en Bahía
de Cádiz, Camarón con su voz dolida, rinde sincero homenaje a sus
orígenes: Bajoguía, Salmedina,
/espejo de los esteros, bandejas de agua salada/ donde están los
salineros./ (...) Esteros de
Sancti Petri,/ salinas de San Fernando./ espejos de sol y sal/ donde se
duermen los barcos./ (...) Islas
del Guadalquivir/ donde se fueron los moros/ que no se quisieran ir... (del
long-play La leyenda del tiempo, Fonogram, Madrid, 1979). Precisamente,
esa expresión maquinal de admiración y deleite tan divulgada como es
el “¡olé!”, proviene, según don Emilio García Gómez (1905), de
la típica exclamación musulmana “¡Uallah!”, que quiere decir
literalmente, “¡por Dios!”; esto es “¡por Dios, qué cosa más
extraordinaria, más bella!” etc. Según el citado y famoso arabista
español, este modismo al difundirse y ser utilizado indebidamente por
el pueblo andaluz para animar y jalear a los artistas flamencos o a los
toreros (más tarde extendido a los jugadores de fútbol) fue
desfigurado a propósito por los moriscos (transformándole en “¡ualé!’,
que originó el actual “¡olé!” andaluz), porque podía parecer un
indicio de religiosidad, cuando en definitiva no era más que una
expresión para celebrar asuntos frívolos y baladíes. Como
ya dijimos, la resistencia islámica desplegada por los moriscos continuó
tenaz hasta 1615, fecha en que se los expulsó definitivamente. Al
contrario de la generosa tolerancia imperante en la España Musulmana,
la “Reconquista” de los reyes católicos (que eran el resultado de
una mezcla de Capetos, Valois, Borgoñas, Arpades, Hohenstaufen,
Lancaster, etc., o sea muy poco españoles) trajo aparejada, entre sus múltiples
calamidades, la conversión forzosa al cristianismo trinitario de
musulmanes y judíos que practicaban la excelsa religión monoteísta
ordenada en la Biblia (ver Éxodo 20-3, 5-7;
Juan 17-3; 1 Corintios 8-4). Estos fueron obligados bajo pena de
muerte a cambiar sus nombres y renegar de sus costumbres y tradiciones,
siendo permanentemente acosados y reprimidos por los esbirros de la
“Santa Inquisición”, que de santa sólo tenía el nombre. “¿Puede
llamarse Reconquista —dice el filósofo y escritor español José
Ortega y Gasset (1883-1955)—, a
una cosa que dura ocho siglos?” La de 1568 fue la última gran
insurrección de los moriscos sofocada a sangre y fuego por los soldados
de Felipe II. Fue liderada por Abén Humeya, cuyo nombre de converso era
Fernando de Córdoba y Valor (1520-1569), quien antes de ser martirizado
escribió a Felipe diciendo: “¿Sabes
que estamos en España y que poseemos esta tierra desde hace 8 siglos y
que tú ni siquiera eres español?”, refiriéndose al origen germánico
de la Casa de Habsburgo (1493-1780), por esa época reinante en España.
Dice el reconocido historiador español Claudio Sánchez Albornoz, el
autor de La España Musulmana. Según los autores islamitas y cristianos
medievales, 2 vols., 1946): “Carlos
V (padre de Felipe II) no era
español de nacimiento; su educación, sus costumbres. su cultura, sus
inclinaciones, no eran hispanas. Físicamente no era español: era rubio
y tenía el prognatismo de los Borgoñas”. Esta afirmación de
realidad histórica prueba por otra parte, que más español era el último
monarca nazarí de Granada Abu Abdallah (Boabdil), “el que lloró como
una mujer un reino que no supo defender como hombre”, que Carlos 1,
rey de España y V, Emperador de Alemania, nacido en Gante (Flandes), Bélgica
(ver M.J. Rodríguez Salgado, Un
imperio en transición. Carlos V, Felipe II y su mundo, Crítica,
Barcelona, 1992). La
“nueva estirpe regia que comenzó
a gobernar España—según Sánchez Albornoz—, con Carlos V”, trajo por consecuencia lo que señalan muchos
historiadores españoles, entre ellos Gonzalo de Reparaz (1860-1939); es
decir, la anarquía y la despoblación, porque el primer país de
Europa, que era España, bajo la epopeya musulmana, dejó de serlo a
partir de la política absolutista de los Habsburgos que comienza con
Carlos I y Felipe II, y finaliza con Felipe III, Felipe IV y Carlos II.
España se desmorona, y al decir de muchos historiadores, se convierte
en “el país más atrasado de Europa”, y en una nación de
“frailes, mendigos y soldados”. Mientras
tanto, allá en la lejana América, los trasplantados hijos del Islam,
huyendo de infamias y persecuciones, tuvieron que adaptarse a los nuevos
solares y sobrevivir. Nuevamente recurrimos al relato de nuestro
inolvidable hermano lbrahim Hallar (Dios esté complacido con él), que
en su ejemplar estudio comparativo entre el gaucho y el árabe nos
ofrece esta visión: En
1580, don Juan de Garay sale de Asunción con sesenta soldados, algunos
oficiales y mujeres guaraníes. Estas llevan ya sus hijos nativos,
producto de uniones con el conquistador hispano. Por mezcla con el indio
primero. y el negro que después llegó, intervinieron para la
constitución étnica del pueblo argentino. Anotemos que vasconios y
asturios, encomenderos por las Leyes de Indias, no podían contaminar su
casta; sólo podía hacerlo el soldado libre, raso; el andaluz morisco,
a quien le fue permitido uniones con veinte, treinta y hasta con
cuarenta mujeres indígenas. El contingente, que señaláramos
precedentemente, acampa el 11
de junio en el mismo lugar
abandonado por don Pedro de Mendoza. Y aquí cuenta la leyenda que seis
años después (1586) uno de aquellos soldados rasos, que venía con el
vasco Garay se quejó en misiva al monarca de todas las Españas, de la
podredumbre en que vivían. Apercibido y fuertemente reprimido por el
Veedor del Rey, hizo trueque de su morada al precio de un caballo blanco
y una guitarra; y montando en el brioso corcel, se acercó a la plazuela
Mayor y única, y al tiempo que clavaba sus espuelas en el noble animal,
exclamó con todas sus fuerzas: ¡;Muera
Felipe II!! ...y,
caballo, jinete y guitarra rumbearon hacia la pampa distante —cuenta
el cronista— unos cientos de metros más allá. Y así nació el
primer gaucho, el primer rebelde que la historia o tradición conoce por
el nombre de Alejo Godoy (I.H.Hallar,
El Gaucho. Su originalidad arábiga,
Edición del autor, Buenos Aires, 1963, págs. 5-6). El
recordado tradicionalista y jurisconsulto argentino Carlos Molina Massey
(1884-1964), que ha estudiado exhaustivamente el origen del gaucho,
trabajo que trasuntan sus obras:
Apunta de lanza. De los tiempos de antes, La montonera de Ahuancruz,
Campu Ajuera, Señales en el rumbo, etc. apunta: ¿De
dónde vino el gaucho? Nuestra capital cosmopolita se fundó con setenta
familias guaraníes, traídas de la Asunción por Juan de Garay. Otras
familias querandíes —Mendoza había encontrado una toldería de seis
mil en las bocas de Luján—se le fueron incorporando. En 1671 recibió
la ciudad un contingente de doscientas y pico familias “calchaquíes”
de la tribu de los “quilmes”. De esas cruzas indo-españolas
salieron los primeros gauchos de las pampas de Buenos Aires y análogo
origen tuvieron sus hermanos del continente. Los ocho siglos de
conquista mora habían puesto su sello racial característico en la
población íbera: el ochenta por ciento de la población peninsular
llegada a nuestras playas traía sangre mora. El gaucho fue por eso como
un avatar, como una reencarnación del alma de la morería fundiéndose
con el alma aborigen en el gran ambiente libertario de América (ver
Marcos Estrada, Apuntes sobre el
gaucho argentino, Ediciones Culturales Argentinas, Subsecretaría de
Cultura, Ministerio de Cultura y Educación, Buenos Aires, 1981, págs.
9 y 10). Durante
la época del predominio musulmán en Al-Andalus, la mayoría de los
españoles no conocía otro idioma que el árabe y hasta utilizaban los
caracteres de esta lengua para escribir el castellano, como es el caso
de la escritura aljamiada de los mudéjares y moriscos en los
territorios cristianos (recomendamos muy especialmente El
libro de las batallas, narraciones épico-caballerescas
protagonizadas por Alí Ibn Abi Talib —la Paz sea con él—, de la
Colección de literatura española aljamiado-morisca dirigida por Alvaro
Galmés de Fuentes, Editorial Gredos, 2 vols, Sánchez Pacheco, 81,
Madrid, 1975). A
pesar de las purgas y represiones sistemáticas contra la religión, las
costumbres y el lenguaje de los hispanomusulmanes, fue imposible borrar
las profundas huellas de ocho siglos en las generaciones posteriores, y
están patentes en las artes y la arquitectura, en la literatura española
temprana y, especialmente en la lengua. En relación con lo aseverado
una gran cantidad de expresiones árabes fueron absorbidas por el
castellano para cubrir una amplia gama de términos en las ciencias,
literatura, asuntos militares, arte, arquitectura, comercio,
medicamentos, etc. Generalmente, la mayoría de las palabras de origen
árabe empiezan con al, que corresponde al artículo determinado árabe.
Se calcula que el 25 % de los vocablos del español actual son de origen
árabe. Señalemos que “maula”, una palabra frecuentemente usada por
nuestros gauchos, es de origen árabe: mawlá (pl. mawáli), con múltiples
significados, como lo especifica la obra de Marianne Barrucand-Achim
Bednorz, Arquitectura islámica de
Andalucía, Taschen, Köln, 1992, pág. 229. En la mayoría de los
casos designa a no-musulmanes, los que siendo libres o habiendo sido
liberados se convierten al Islam y son protegidos por éste; pero muchos
se avienen más por interés personal que por fe.
Por eso la filología gauchesca asevera que maula es aquel ser
despreciable, cobarde, tramposo y oportunista. Así, ese gran poeta,
cantautor argentino y gaucho, don Atahualpa Yupanqui (1908-1992), nos
recita: Detrás
del ruido del oro van los maulas como hacienda; no hay flojo que no se
venda por una sucia moneda; mas, siempre en mi tierra queda gauchaje que
la defienda. (El
payador perseguido, Fabril
Editora, Bs. As., 1972, pág. 25) Nuestros
pueblos americanos aprendieron a hablar como lo hacían los españoles.
Y, ¿de quién aprendieron a
hablar?, se preguntaba el renombrado filólogo español Rafael
Lapesa (1908) en la conferencia “Andalucía
y el castellano en América”, que brindara en la Facultad de
Filosofía y Letras de Buenos Aires, el 13 de noviembre de 1962. Sostenía
este erudito, discípulo del ilustre filólogo e historiador español
Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), que pocos
años después de la conquista, aparecieron andaluces en las Antillas.
De las Antillas pasaron al continente. Más tarde vinieron otros
andaluces, entre los que predominaron los sevillanos. Finalmente
vinieron españoles de toda España. Llegaron tarde. América ya tenía
una lengua, ya hablaba un idioma: se lo habían dado esos andaluces. Asimismo,
en esa disertación, el profesor Lapesa, miembro de la Real academia
española desde 1951, señala que América
habla como Sevilla. Y Sevilla ‘sesea” (pronunciar un sonido
silbante s en vez del sonido ce), no
“cesea” (pronunciarla ce, z o s con un sonido fonético
fricativo interdental sordo), y esto
es signo de Cultura indiscutible; el “cosco” es la negación de
lo culto. El “yeísmo” (pronunciar
la ll como la y, tan común entre los gauchos argentinos y uruguayos),
afirma Lapesa, es de origen
moruno. Pero
la influencia árabe en el español o castellano va más allá de un
amplio préstamo de palabras, e incluye cierto número de cambios morfológicos
y fonéticos (ver G. Díaz Plaja, Historia
del español, Buenos Aires, 1955), como es el empleo de la J española,
que reemplazó a menudo la s inicial de algunas palabras latinas.
Igualmente, una multitud de expresiones se incorporaron al español,
bien en su forma original árabe (ojalá = insha’Allah), o bien a través
de la traducción literal de expresiones como “si Dios quiere”,
“vaya con Dios”, “Dios te guarde” (ver Rafael Lapesa, Historia
de la lengua española, Madrid, 1942; Nueva York, 1965). Entre este
riquísimo y vastísimo legado también figura la palabra “gaucho”. Este
término viene del árabe: uach;
esto es: montaraz, aislado, indómito, resero, huérfano, desmadrado,
solitario. Los indios al pronunciarla primera sílaba la transformaron,
haciéndola gutural: gaucho, guacho. De allí derivan guaso, huaso, etc.
Al
respecto, el escritor argentino de origen francés Emilio Honorio
Daireaux (1843-1916) afirma que: El
origen de su nombre, que apenas data de dos siglos, es oscuro. Sin
embargo es posible reconstituirlo. En la época de las primeras
poblaciones en América la dominación de los Arabes en España había
terminado por la expulsión o la sumisión; muchos de estos vencidos
emigraron. En la pampa encontraron un medio donde podían continuar las
tradiciones de la vida pastoril de sus antepasados. Fueron los primeros
que se alejaron de las murallas de la ciudad para cuidar los primeros
rebaños. Tan cierto es esto que a muchos misas y artefactos allí
empleados se les designa con palabras árabes, al pozo, palabra española,
se le nombra jagüel, desinencia árabe, y a la manera árabe sacan los
pastores el agua. Gaucho es una palabra árabe desfigurada. Es fácil
encontrar su parentesco con la palabra chauch que en árabe significa
conductor de ganados. Todavía en Sevilla (en Andalucía), hasta en
Valencia, al conductor de ganados se le nombra chaucho. Más
adelante, Daireaux certifica: En efecto, en esta zona intermedia en que los primeros españoles o los
árabes se establecieron encontraron o recogieron indios dispuestos a
someterse, con ellos vivieron, con sus mujeres se aliaron, creando así,
en un medio de transición, una raza transitoria, una clase social
intermedia. Este hombre de los campos, este solitario de la pampa, se ha
formado a igual distancia de la civilización y de la barbarie, viviendo
tan alejado de la ciudad como de la tribu (E. Daireaux, Vida
y Costumbres en el Plata, Cáp. II:
Caracteres étnicos de la Nación Argentina, págs. 32-34, Félix
Lajouane Editor, Buenos Aires, 1888). Del
mismo modo, el tradicionalista argentino Alfredo Monla Figueroa,
confirma: Chauch, en árabe,
significa arreador de animales y cuando los moros invadieron España
introdujeron esa palabra, donde se modificó por chaucha. Los españoles
trajeron esta última al Río de la Plata, donde se pronunció por
criollos y mestizos: Gaucho (A. Monla Figueroa, El
gaucho argentino, Buenos Aires, 1944, pág.. 19). Richard
W. Slatta, profesor de historia en la Universidad de Raleigh, Carolina
del Norte, Estados Unidos, autor de numerosos trabajos sobre historia
aparecidos en Hispanic American
Historical Review y en The
Americas, afirma: Los hispanistas acentúan las raíces andaluzas o árabes
de la cultura ecuestre de la pampa. En 1886 Federico Tobal sostenía que
en la vestimenta, las costumbres, el temperamento, la fraternidad tribal
y la fisiología, “todo en el gaucho es oriental y árabe”. Aun su música,
poesía, “simplicidad y democracia”, tenían una rúbrica árabe,
trasladada a Andalucía y de allí a la pampa. Otros hispanistas ignoran
las remotas influencias árabes y se concentran en la cultura pastoril
andaluza. Ernesto Quesada (1858-1934),un escritor
nacionalista, afirmó en 1902 que
los gauchos argentinos eran “andaluces de los siglos dieciséis y
diecisiete trasplantados a la pampa” (R.W. Slatta, Los
gauchos y el ocaso de la frontera, Editorial Sudamericana, Buenos
Aires, 1985, pág. 23). El
versado tradicionalista argentino Luis Franco (1898-1988) nos atestigua:
La ascendencia de los jinetes del desierto arábigo o africano está
presente en más de un detalle: el uso de las riendas abiertas; el
cabalgar derecho en la silla; el trepar sobre ella de un salto sin tocar
el estribo mientras el caballo avanza... El gaucho come carne y bebe
mate amargo. Mate y carne de vaca... (como asegura Leopoldo Lugones en
su libro El payador, pág. 86:
el gaucho no fue alcoholista). Fuera
de eso, maíz duro o tierno y zapallo. Por fantasía, canela y comino:
galopa leguas por conseguirlos... Lleva poncho y chiripá, tomados del
indio o tal vez heredadas de los jinetes moros... Nutrido de carne casi
cruda y de sol y aire glorioso, el gaucho tiene su mejor aparcero en la
salud. Es tan raro que se deje aplastar por la enfermedad como por el
caballo. En la pampa no hay cirujanos. Las heridas se curan con un poco
de salmuera, a lo más: el resto lo hace el aire del galope... El gaucho
es simplemente el hombre de la distancia... Podemos declarar, porque es
verdad, que se trata de un ser muy primitivo, aunque nos acercamos más
a su secreto diciendo que el gaucho es el hombre que comienza de nuevo,
lo cual no es lo mismo. Ya veremos que aunque su cuerpo sea indio sus
adentros son árabes... El gaucho no es propiamente un nómade, ni
tampoco lo contrario; es más bien, si se quiere, un sedentario a
caballo. Diríamos que nace a caballo, pues el niño es, a los cuatro años,
un jinete delante de Dios... (Gauchos, Antología reunida por
Gabriel Taboada. Tea, Buenos Aires,1992, págs. 310-325). El
escritor y periodista argentino Pablo Rojas Paz (1896-1956), se
pregunta: ¿Qué diferencia hay
entre el jinete árabe que cubre su cabeza con la caperuza de su chilaba
y el gaucho que ata a la cabeza su pañuelo para protegerse del sol? (P.
Rojas Paz, Campo Argentino, Vida y
Costumbres, Editorial Atlántida, Buenos Aires, 1944, pág.18). Del
mismo modo, el teniente coronel Aníbal Montes en su estudio El
indio. El criollo. El gaucho, argumenta que los árabes, en España,
se hicieron sedentarios y ciudadanos durante ocho siglos, ese
mismo árabe trasplantado a la inmensidad del continente americano, sin
más recursos que sus armas y su caballo, debió necesariamente, en
medio de tan numerosa población indígena, volver a la atávica condición
del primitivo árabe nómade. De aquí derivó nuestro gaucho y por eso
es útil enterarnos de cómo era aquel singular y notable ente racial. A
su vez, el eminente sociólogo argentino Ricardo Rodríguez Molas, en su
obra cumbre, cita al etnógrafo brasileño Manoelito de Ornellas que en
su trabajo Gauchos e beduinos. A
origen étnica e a formaçao social de Rio Grande do Sul, Río de
Janeiro, 1956, plantea y analiza las similitudes entre los árabes nómadas
y los gauchos brasileños (R. Rodríguez Molas,
Historia social del gaucho, Centro Editor de América Latina, Buenos
Aires, 1982, pág. 75). Estas
notables analogías fueron cotejadas y rubricadas por el singular
escritor y diplomático libanés radicado en la Argentina Emir Emín
Arslan: Todo esto explica muy bien
la facilidad con que se asimilan los árabes en la Argentina. Guardan
todavía el atavismo de sus antepasados que vivieron casi ocho siglos en
España y que conquistaron la América del Sur una vez expulsados de la
península (E. E. Arslan, Los
Arabes, Cap. Semejanza entre el Gaucho y el Arabe, págs. 22-24, Editorial Sopena,
Buenos Aires, 1943). El
escritor y político argentino Leopoldo Lugones (1874-1938) es uno de
los grandes reivindicadores del alma gaucha y la cultura de la pampa. A
través de sus funciones de periodista y educador sería durante toda su
existencia un acendrado defensor de la tradición de los argentinos. En
1905 publica La guerra gaucha, su
obra principal, narrativa que inspiraría al poeta Homero Manzi y al
escritor Ulises Petit de Murat el guión de la película homónima
dirigida por Lucas Demare, que fuera estrenada en 1942; considerada el
clásico más importante del cine argentino. A
su regreso de un viaje por Europa (1913), Lugones pronuncia unas
conferencias sobre el Martín
Fierro, que iniciaron una nueva revalorización del mismo. El
contenido de estas disertaciones fueron la base principal de su libro El payador que vio la luz en 1916. Este se dio a la estampa en el
centenario de nuestra independencia, como una contribución, eminente
por cierto, al estudio del gaucho y la pampa, dos elementos
preponderantes en el crisol de la argentinidad. Pero veamos que dice
Leopoldo Lugones hijo, en el prólogo de la tercera edición: El
objeto primordial de la obra, es Martín Fierro. Fue así, mi padre, el
primero que llevó el poema de Hernández a los estrados de nuestra
oligarquía que, hasta entonces, influida por un displicente snobismo,
muy de la condición de los que todo lo tienen, y se olvidan de los
que han perdido hasta la esperanza, miraba por sobre el hombro a Martín
Fierro, cuya esencia épica descubre Lugones, que ensalza a nuestros
hombres y a nuestras cosas, porque el gaucho “fue el héroe y el
civilizador de la pampa” (L.
Lugones, El payador, Editorial
Huemul, Buenos Aires, 1972, pág.7). Lugones,
al referirse en su obra al contraste entre el indio y el gaucho, hace
esta reflexión: El
malón era, en efecto, un contacto casi permanente de los indios con los
cristianos fronterizos, que, pertenecientes a la raza blanca, llevaban
la doble ventaja de su carácter progresivo y su mayor capacidad de
adaptación. Esto, y los repelones (arremetidas; también zalagarda,
esto es, rápida emboscada) inherentes a la guerra de sorpresa que el
indio hacía, diéronles también la experiencia del desierto, la fe en
el caballo, la amplificación del instinto nómade. Españoles recién
salidos del cruzamiento arábigo, la analogía de situación en una vida
tan semejante a la de los desiertos ancestrales, reavivó en su ser las
tendencias del antepasado agareno, y su mezcla con aquellos otros nómades
de llanura, acentuó luego la caracterización del fenómeno (op.
cit. pág. 54). Más
adelante, hace un curioso paralelismo entre el caballo y su jinete: ...Después,
sobrio como su dueño, y pundonoroso hasta la muerte. La sangre arábiga,
que él también tenía, contribuyó poderosamente a su formación. Fácil
es percibir en todo ello la combinación de los elementos orientales y
caballerescos que introdujo la conquista. El “fiador” o collar del
cual se prendía el cabestro cuando era necesario “atar a soga”, es
decir, de largo, para que el caballo pastara, figura en el jaez de una
antigua miniatura persa, que lleva el número 2265 del Museo Británico;
y en el Museo de la India, en Londres, repitiendo profusamente las láminas
de la obra mongola Akbar Namali que es del siglo XVI. (...)
El freno y las espuelas a la
jineta, proceden también de Persia; naturalmente por adaptación
morisca en nuestro caso, y refundido cada detalle en un conjunto de
pintoresca originalidad. Por lo demás, es sabido que el arte de
cabalgar y de pelear a la jineta, así como sus arreos, fue introducido
en España por los moros, cuyos zenetes o caballeros de la tribu
berberisca de Benú Marín, diéronle su nombre específico. Así,
jinete, pronunciación castellana de zenete, fue por antonomasia el
individuo diestro en cabalgar (op. cit., págs. 59-60). Y
así como la tradición y herencia caballeresca es hispanomusulmana (Cfr.
Ibn Hudayl, Gala de Caballeras,
Blasón de Paladines, Editora Nacional, Madrid, 1977),
la vestimenta del gaucho también es mora de pura cepa; el “chiriual”
magrebí es idéntico, hasta su patronímico chiripá
criollo es árabe. Tela cuadrada, de algodón o lana que se repliega
sobre las piernas, envolviéndolas para unirse al cinturón que la
retiene. Ni que hablar de las bombachas de campo (el pantalón moro) y
la faja alrededor de la cintura, típica de los hispanomusulmanes para
esconder la gumia (el facón). Por eso dice Lugones: ...el
origen debió ser aquella bombacha de hilo o de algodón, que a guisa de
calzoncillos, precisamente, llevaron en todo tiempo los árabes (de ahí
procedieron los zaragüelles análogos de Valencia y Murcia) (op. cit.
págs. 62-63). Luego,
al explicar el origen de las payadas y el canto y la inspiración
gauchesca, Lugones confiesa: Fueron
los árabes quienes continuaron y sistematizaron aquel género de poesía,
que les era también habitual... Precisamente, los trovadores del
desierto habían sido los primeros agentes de la cultura islamita,
constituyendo con sus justas en verso, la reunión inicial de las
tribus, que Mahoma, un poeta del mismo género, confederó después.
Así se explica que para nuestros
gauchos, en quienes la sangre arábiga del español predominó, como he
dicho, por hallarse en condiciones tan parecidas a las del medio
ancestral, tuviera el género tanta importancia (...) Dulce vihueIa
gaucha... con la rediviva dulcedumbre de las cassidas arábigas cuyos
contrapuntos al son del laúd antepasado y de la guzla monocorde como el
llanto, iniciaron entre los ismaelitas del arenal la civilización
musulmana: el alma argentina ensayó sus alas y su canto de pájaro
silvestre en tu madero sonoro (op. cit., págs. 90-91) Finalmente,
Lugones describe las profundidades de la mística del hombre de la
pampa: La
antigua poesía de los zodíacos estaba en su alma primitiva con el
atavismo de aquellos pastores sabios que congregó corno un puñado de
ardiente arena la ráfaga profética del Islam. Aquellas luminosas
letras del destino, parecían escribir también sentencias inmutables en
la doble profundidad de su espíritu y de la noche
(op. cit. , pág. 1031) A
Domingo Faustino Sarmiento le corresponde el dudoso mérito de ser el máximo
panegirista de los defectos argentinos, subestimando la cultura
argentina e indohispanoamericana, y exaltando el valor de lo europeo y
occidental, fundamentalmente de lo anglosajón, y de lo yanqui en
particular. Sin embargo, seguramente por el remoto y benéfico influjo
de sus ancestros islámicos, Sarmiento, en un cúmulo de
contradicciones, logra transmitirnos a través dc su obra cumbre, Facundo,
datos y referencias que resultan inapreciables para apuntalar la
tesis de esta monografía. Cuenta
el escritor Ricardo Rojas (1882-1957) que cuando el Facundo
apareció en Chile en 1845, el historiador y político Vicente
Fidel López (1815-1903) lo llamó “historia
de beduinos” (R. Rojas, El
Profeta de la Pampa. Vida de Sarmiento, cd. Losada, Buenos Aires,
1951, pág. 213). Y agrega que Sarmiento recogió complacido esa
definición. Una historia de beduinos (ár. badawí,
“que vive en el desierto”) narrada por un Albarracín. A éste,
su apellido materno, gustaba de apegarse y remontaba su rastro hacia los
orígenes moros. En Argel me ha sorprendido la semejanza de fisonomía del gaucho y del
árabe, y mi chauss me lisonjeaba diciéndome que, al verme, todos me
tomarían por un creyente (...) Y
digo la verdad, que me halaga y sonríe esta genealogía que me hace
presunto deudo de Mahoma (Sarmiento, Recuerdos
de Provincia, Editorial jackson, Bs. As., 1944, Cap. Los Albarracínes,
pág. 40). Cuenta Ricardo Rojas que su hermana Procesa lo retrató con
chilaba y turbante sobre un camello. Como a la sazón usaba crecida
barba, realmente parece, asegura Rojas, un moro en el retrato. Albarracín
es el nombre del partido judicial y de su ciudad cabecera en la
provincia de Teruel (Zaragoza). Ya en 988 (año 382 de la Hégira) se
hallaba en poder del caudillo Ban Hudheil Ben Razin. Se ha discutido si
el origen del nombre Albarracín es africano. Lo resuelve
afirmativamente el islamólogo franco-argelino Evariste Lévi-Provençal
(1894-1956) cuando dice en su obra monumental Historia
de la España Musulmana, hasta la caída del califato de Córdoba: Encontramos
beréberes Banu Razin en la región de Albarracín (cuyo nombre no es más
que una deformación del de dicha tribu). Esa
herencia recóndita lo embargaba: He
tenido siempre la preocupación de que el aspecto de la Palestina es
parecido al de La Rioja, hasta en el color rojizo u ocre de la tierra,
la sequedad de algunas partes, y sus cisternas; hasta en sus naranjos,
vides e higueras de exquisitas y abultados frutos, que se crían donde
corre algún cenagoso y limitado Jordán; hay una extraña combinación
de montañas y llanuras, de fertilidad y aridez, de montes adustos y
erizados y colinas verdinegras tapizadas de vegetación tan colosal como
los cedros del Líbano. Lo que más me atrae a la imaginación estas
reminiscencias orientales es el aspecto verdaderamente patriarcal de los
campesinos de La Rioja. (...)
Pero aún no dejaría de
sorprender por eso la vista de un pueblo que habla español y lleva y ha
llevado siempre la barba completa, cayendo muchas veces hasta el pecho;
un pueblo de aspecto triste, taciturno, grave y taimado, árabe.
(Facundo, pág. 98). Es
de notar que estas observaciones se basan en experiencias exclusivamente
literarias, como las del escritor italiano Emilio Salgan (1863-1911), el
autor de Sandokán, que nunca
conoció la Malasia ni los paisajes de sus libros de aventuras. No sólo
no conocía Palestina ese joven Sarmiento que había emigrado de San
Juan a Chile, sino que ni siquiera la pampa argentina conocía. Por eso
mencionábamos el legado ancestral, que originaba su capacidad intuitiva
e imaginativa. Más tarde conocerá por experiencia propia el objeto de
sus intuiciones, en tanto que se trocarán en realidades sus
presunciones. El desierto africano lo conoció en 1846, cuando en su
visita a Argelia, apuntó: Entre
otras cosas los baqueanos árabes me llamaron poderosamente la atención
por la singular identidad con los nuestros de La pampa. Como estos
huelen la tierra para orientarse, gustan las raíces de las yerbas,
reconocen los senderos, y están atentos a los menores accidentes del
suelo, las rocas, o la vegetación
(Sarmiento, Viajes, Editorial
de Belgrano, Bs. As., 1981, Africa, pág. 269) ¿Por
qué estaba Sarmiento en Argelia? Ricardo Rojas aclara: “Porque
deseaba ver el desierto y sus árabes, sospechandolos muy semejantes al
paisaje argentino y a los gauchos” (R. Rojas, op. cit., pág.
288). ...así
hallamos en los hábitos pastoriles de la América, reproducidos, hasta
los trajes, el semblante grave y hospitalidad árabes (Facundo, pág.
47) Notese como, |