HISTORIA - LOS ANDALUCES

ALONSO DEL CASTILLO

Polígrafo y traductor andaluz.

Nació en Granada entre 1520 y 1530 y murió entre 1607 y 1610.

 

 

  Si tuviéramos que guiarnos por los cánones por los que se guía la Historia clásica, seguramente, la biografía de Alonso del Castillo no merecería ni media cuartilla. Pero queremos hacer Historia heterodoxa, porque también existe la Historia heterodoxa. Y pensamos que, en ella, nuestro autor tiene un puesto importante. De cualquier forma, si hasta los historiadores clásicos, en ocasiones, hacen depender un gran acontecimiento de la suerte de que aparezca un pastor y enseñe un camino escondido, como  arguyen que ocurrió en Las Navas de Tolosa, o de que un caballo pierda la herradura, como le sucedió a Ricardo III, tiene que ser forzosamente lícito el presenta la vida de un hombre, de un andaluz, que intentó, por caminos heterodoxos un entendimiento entre dos civilizaciones antagónicas para que su pueblo no pereciera.

Alonso del Castillo era hijo de un converso, cristianizado, seguramente, en las grandes y forzadas campañas del Cardenal Cisneros. Estas conversiones fueron consideradas por la mayoría de los andalusíes como un mero trámite, fiados en que los acuerdos que se desprendían de las capitulaciones les dejarían continuar en realidad con la práctica de sus costumbres y ritos. Poco tiempo después esos acuerdos irían quedando uno a uno en letra muerta hasta llegar a la rebelión general contra aquel estado de cosas.

Pero en la niñez de Alonso, todavía se vivía un clima de relativa tranquilidad, y muchos conversos ocupaban puestos en una administración en la que los castellanos tenían que echar mano de los andalusíes. Se licenció en Medicina en la Universidad de su ciudad natal, siguiendo así una profesión de gran tradición en Al-Andalus. A juzgar por los testimonios que poseemos tuvo que ser un buen médico aunque ejerciera la profesión sólo de modo secundario.

Con mucha mayor intensidad se dedicó al oficio de traductor, empleado primero,  por el Consejo de la ciudad, después a las órdenes de la Inquisición y a las de los jefes militares castellanos durante la guerra de  Las Alpujarra y, por último, al servicio del propio Felipe II. El mismo encabezaba así una de sus cartas: <<Yo, el licenciado Alonso del Castillo, médico, romanceador de las escrituras arábigas de esta ciudad y reino de Granada>>.

Realmente, nuestro morisco se quedaba corto. Sus escritos demuestran que tenían un gran conocimiento de historia, no sólo peninsular, sino de temas tan interesantes como el Imperio turco, las dinastías magrebíes y todo lo relacionado con Castilla, Aragón, Portugal y el Norte de Africa. Su actividad como traductor le llevaría a realizar la versión de las inscripciones árabes de la Alhambra, los documentos de la sublevación, la catalogación de los manuscritos árabes de la biblioteca de El Escorial, la correspondencia entre el Sultán de Marruecos y Felipe II y la interpretación del pergamino de la Torre Turpiana y los plomo aljamiados del Sacro Monte, en los que nos detendremos.

El personaje de Alonso del Castillo es enigmático, como enigmático son muchos de los sucesos que tienen lugar en Granada en los años en que vive. Por un lado, se muestra católico ferviente, demasiado ferviente, diríamos, ya que continuamente saca a colación loores en honor de Cristo, la Virgen, etc., y por otro, es indudable que fue uno de los artífices, si no el principal, de las profecías y relatos de los plomos del Sacro Monte y el manuscrito de la Torre Turpiana. En el plano político, ayuda a la administración imperial a llevar la guerra contra sus hermanos de raza, pero, por otro lado,  parece como si intentara siempre buscar el camino de una posible conciliación. Si hubiera que encasillarlo en algún sitio, diríamos, con lenguaje hipotético que pertenecería al partido morisco moderado.

El primer trabajo que le encarga la administración imperial es el de traducir al castellano las inscripciones de la Alhambra, el Generalife, la Casa del Carbón, y otros  lugares. Alonso del Castillo realizó estos trabajos entre los años 1556 y 1564, dejándonos un importantísimo monumento, gran parte del cual se conserva todavía. Probablemente, las intenciones del traductor y las de los que le ordenan la traducción son muy diversas. Es seguro que el primero quería dejar constancia de un pasado muy entrañable, mientras que los motivos de los segundos no están del todo claros. Puede ser que pensaran que aquellas inscripciones podían recelarles secretos desconocidos; tesoros ocultos, un permanente objetivo de las fuerzas imperiales tanto en  la colonización de Al-Andalus como en la de América. En años siguientes traduciría también todos los libros escritos en árabe o lengua aljamiada existentes en la Capilla Real o aquellos que habían conseguido reunir algunos particulares interesados, como Diego Hurtado de Mendoza.

La época de relativa tranquilidad se terminaba. El día 1 de Enero de 1570, aniversario de la entrada en la Alhambra de los ejércitos de los Reyes Católicos, Felipe II promulgaba una pragmática por la que se prohibían, entre otras cosas, hablar, leer o escribir en árabe y en lengua aljamiada, poseer libros con esos caracteres y hacer contratos con los mismos, siendo nulos los que así estuvieran escritos. Como se desprende de todo esto, también se prohibía a los andalusíes granadinos usar sus propios nombres.

La opresión llegaba a su paroxismo cuando la Real Chancillería, principal baluarte del poder de Felipe II frente a las posibles exigencias y resortes de poder nobiliario, exigía la legalización de todas las propiedades a partir de escrituras que confirmaran a sus dueños como tales. Mientras los cristianos viejos y, en realidad, andaluces nuevos que habían obtenido sus propiedades gracias a la conquista, no tenían ninguna dificultad en demostrar ser propietarios, los andaluces nasríes no tenían frecuentemente esas pruebas, o, en caso de  tenerlas, se encontraban con la prohibición anterior de tener escritos arábigos, e, incluso, con la posible nulidad de esos contratos, por la misma razón.

La monarquía española estaba, pues, decidida a dar el golpe final al problema morisco al que, por otra parte, se le habían dado ya otros muchos. Desde la situación actual a la que había encontrado el viajero alemán Jerónimo de Münzer, pocos años después de la conquista y en la que nos describe a Sorbas como una ciudad todavía islámica, con sus gentes hablando la aljamía y sus muacines llamando desde los alminares a la oración, habían tenido lugar muchas etapas intermedias. Se habían ido limitando el uso de vestidos, las costumbres y ceremonias, los baños rituales... pero a cuentagotas, porque las guerras en centro-Europa eran costosas y Carlos I necesitaba mostrarse tolerante, si esa tolerancia posibilitaba la imposición de crecidos tributos.

Ahora el duque de Alba mantenía con el terror y las devastaciones la paz en los Países Bajos y el peligro se cernía por el sur donde los turcos avanzaban inexorablemente, pasando de ser los dueños de establecimientos comerciales a padrinos de las monarquías del Norte de África. En esta situación, el antiguo reino nasrí quedaba siempre como un posible objetivo, mientras que para los andaluces los turcos significaban un poder en el que confiar ante las provocaciones continuas de los españoles.

Estas ansias de libertad estaban, sin embargo, condenadas a quedar frustradas, y de ahí que en campo andalusí aparecieran dos opciones claramente diferenciadas, que en nuestros días calificaríamos de moderadas y radiacales.

El que hasta entonces hubieran triunfado los compromisos, explica que en un primer momento, y a pesar de que la indignación general llegara a sus escalones más altos, se decidiera enviar a Francisco Núñez Muley, que ya había hecho de portador de súplicas y reivindicaciones otras veces, a la Corte de Madrid para tratar de que la pragmática no pasara a ejecución. No podemos olvidar tampoco que el reino nasrí, se había formado y había conseguido permanecer incólume por espacio de doscientos cincuenta años, gracias a una hábil política diplomática y que muchos granadinos pensarían que la salvación estribaba en penetrar profundamente en la administración de los invasores y colonizadores. Esta era, sin duda, la opinión de Alonso del Castillo y lo había sido también de muchos hasta entonces, por lo que los rebeldes que habían existido desde la conquista, los monfíes, habían estado bastante aislados.

Ahora la situación era muy distinta. Las disposiciones anteriormente citadas sobre los contratos incidían directamente en la producción, y, sobre todo, en la de seda, cuya situación tampoco era muy brillante al estar obturadas las tradicionales rutas comerciales por los turcos, y también porque en Europa habían comenzado a elaborarse gran cantidad de telas. No es casualidad que mientras los partidarios de la moderación fueran, en su mayor parte, habitantes de la ciudad de Granada o sus alrededores; los partidarios de la acción violenta  y radical fueran alpujarreños o gente implicada en el comercio de la seda, que ahora se unían desesperadamente a los jefes monfíes o a ganaderos de la alta montaña.

Todos estos, casi sin esperar a ver sí las gestiones de Muley habían tenido éxito, se conjuran y nombran rey a Hernando de Valor que toma el nombre de Aben Humeya para adquirir la legitimidad de ser descendiente de los Califas de Córdoba.

Los conjurados decidieron enviar a Aben Daud, que había sido jeliz, o jefe de la alcaicería de la seda, a Argel para procurarse ayuda para la sublevación, pero la misión fracasa y Daud y sus compañeros tienen que internarse en la Sierra, después de perder una bolsa que contenía libros y papeles escritos.

Es a partir de este momento cuando Alonso del Castillo va a ir tomando cada vez un papel más importante en todas las vicisitudes de la guerra. En esta ocasión es encargado de traducir los documentos hallados en la bolsa, encontrando que en uno de ellos se especifican los planes de la conjura que, efectivamente estallaría el día de Navidad de ese año, 1568. Hurtado de Mendoza nos ha dejado un entrañable relato de esa reunión de la noche de Nochebuena en el Albaicín y de la arenga de Aben Humeya en la que este repasa, uno por uno, todos los agravios de que los nasríes habían sido objeto.

La  insurrección de Navidad no triunfó en la capital, más que por la fuerza de la guarnición militar, porque la nevada caída la noche anterior impidió el que entraran en la ciudad los contingentes que tenían que venir de la Sierra. Sea como fuere, el fracaso de este golpe de mano no dejó a los rebeldes otra opción que encender la llama de una guerra prolongada que se extendería hasta la primavera del año 1571, aunque, a decir verdad, sin mucha esperanza de vencer por parte del bando andalusí.

Alonso del Castillo, desempeña en ella el oficio de romanceador, unas veces en Granada y otras sobre el mismo campo de batalla, al servicio del duque de Sesa, sobre todo a partir de Diciembre de 1569, que es cuando sus tropas entran en acción desde el valle de Lecrín para socorrer a la guarnición de Órgiva, cercada por las tropas de Aben Abóo, el antiguo cuatrero monfí convertido ahora en uno de los jefes de la sublevación.

Aparte de traducir cuantos documentos llegan al Estado Mayor de ese cuerpo de ejército, nuestro protagonista escribió por orden del duque, dos cartas apócrifas en las que se hace pasar por un alfaquí y que dirige <<a los caudillos, ancianos, alcaydes e alguaciles belicosos e otros señores e amigos, vecinos e conquistadores de las Alpujarras e sus anexos>>. El objeto de tales cartas, escritas en lengua aljamiada, es convencerlos de que no prosigan la lucha porque ésta no tiene ningún objeto.

Los argumentos que usa Alonso del Castillo son varios, pero aquellos sobre los que más insiste son dos: el de que la ayuda de los  turcos va a ser mínima y el de que los andaluces sublevados no tienen fuerzas comparables a las de los españoles. Como debemos pensar que el propio Duque o algunos de sus ayudantes debía asesorarlo sobre el esquema de la carta, tenemos que guiarnos, para intentar conocer la opinión del autor, por aquellos puntos en los que incide de manera especial. Y así, mientras cuando dice que deben confiar en la magnanimidad de Felipe II, usa frases formularias, cuando se refiere a la capacidad militar de los ejércitos reales, se nota palmariamente que quiere convencer a los insurrectos de que sus esfuerzos van a resultar estériles. <<...Demás desto, no se yo quien es el duda que el poderío del Rey de España no sea grandísimo, y nosotros, comparados a él nos habemos como los mosquitos con el elefante... Pues, atengámonos a buena razón e a buen consejo, e alcemos este juego antes que nos den ‘mate’....

En otra misiva que escribe a Hernando el Farrá, un jefe de la zona de Berja que, aunque alpujarreño, era de ideas moderadas, vuelve a insistir en los mismos argumentos: <<No parece que estos insensatos anduvieran ni entraran en los lugares que hay en Castilla la Nueva, e vieron Aragón, Navarra, Cataluña, Galicia, Andalucía e otros muchos reinos que tiene, donde hay mil  millones de pueblos y lugares, de los cuales, si su Majestad hubiera permitido que contra ellos se sacasen de estos pueblos los coxos (cojos), a manera de decir, ya hubiera acabado con las Alpujarras... ¿Cómo quieren ahora estos locos perdidos alzarse contra tan gran poderío con sus hondas e alpargates de esparto?>>.

Leyendo estos párrafos nos hallamos con los mismos planteamientos de Ibn Al-Ahmar ante la potencia de Fernando III. Y, en realidad, en todo este período encontramos las dos mismas actitudes que los andaluces tuvieron entonces: la de Ibn Hud y la de los nasríes. Alonso del Castillo que, como hemos dicho, era un gran conocedor de la historia, debía saber qué había ocurrido entonces, y también los esfuerzos que el reino de Granada había tenido que hacer para no perder su independencia a manos de las gentes del Norte de Africa. Dice, refiriéndose a esto en su carta:

<<Ellos verán muy presto su perdición y quien sin sus turquillos e landroncillos que les vienen a socorrer de Berbería, qué socorro les darán e que ayuda les harán, no más de aquella que ellos hacen allá unos a otros, que es robar, engañar y saltear... porque lo que a esto vienen es la hez de Berbería, que a otra gente no creais que se arrojaría al peligro para socorreros, si no fuera por este color>>.

Esta segunda carta tuvo que surtir efecto, puesto que al-Farrá pasó a Africa con su familia y otro jefe, Hernando al-Habaquí entró en contactos con Don Juan de Austria. Al espía que la llevaba, sin embargo, lo hicieron pedazos cerca de Castel de Ferro y tuvo que ser sustituido por otro, llamado el-Zugrí. A juzgar por la cantidad de cartas encontradas en agujeros en la pared, una de ellas en el propio dormitorio del duque de Sesa y por la profusión de espías, creemos que estos métodos y actividades tuvieron que ser usados abundantemente por los dos bandos y que al oficio de romanceador, los rebeldes opusieron el de escriba de cartas falsas.

Ante estos éxitos relativos, Alonso del Castillo escribió otra carta a Luis el Hadrón, asegurando que los que se entregasen no serían molestados, con lo que, a decir de él mismo, muchos granadinos bajaron a la costa de Adra donde estaba el Duque.

A principios de 1571, Aben Abóo solo contaba con unos cuatrocientos hombres que se resistían en la zona más honda y abrupta de la Sierra, entre Bérchules y Trevélez. Uno de sus más allegados era Gonzalo al-Xeniz, un antiguo monfí escapado de la cárcel de la Chancillería. Al-Xeniz entró en contacto con los españoles a través de Barredo, un comerciante que, a pesar de la guerra, seguía internándose en la Sierra para su negocio, comprometiéndose a matar a Aben Abóo si se le concedía el perdón, pidiendo que para tener la seguridad de que  no se trataba de un engaño, la carta de confirmación fuese escrita por el licenciado castillo. Este escribió con su letra una traslación de la Providencia Real que le otorgaba el perdón, ponían en libertad a su mujer y su hija que se hallaban prisioneras, se les devolvían sus bienes, se daba la libertad a los cincuenta cautivos que él eligiese y se le facilitaba el permiso de poder llevar armas como a los cristianos viejos. El 15 de Marzo de 1571 al-Xeniz mataría a Aben Abóo en el barranco que hoy todavía lleva el nombre de Barranco del Reicillo, dando un golpe mortal a la suerte de la guerra. Igual suerte correría unos años después en Tetuán el comerciante Barrado, a manos de exiliados, por haber traicionado con su papel de mediador la confianza de los alpujarreños.

En el año 1573 Alonso del Castillo se trasladó a Madrid, siendo empleado por el monarca Felipe II, en la catalogación de los manuscritos arábicos llegados a la biblioteca del Monasterio de el Escorial. Permaneció allí por espacio de unos meses y luego regresó a Granada, aunque se le siguieron encomendando muchos trabajos para la corona; entre ellos, la traducción de las cartas intercambiadas entre Felipe II y el Sultán de Marrakush a raíz de la batalla de Alkazarquivir, que con la desesperación del rey Don Sebastián, le abría el acceso a la corona portuguesa.

El título oficial de traductor real lo recibiría en 1581 y con él en el bolsillo recorrería las ciudades con pasado islámico, como Toledo y Córdoba, en busca de documentos arábigos o aljamiados para trasladarlos a la biblioteca de El Escorial. En la mezquita de Córdoba traduce las inscripciones de un estandarte de modo absolutamente arbitrario. La traducción es la siguiente:

<<Este es el estandarte que se mandó hacer en la ciudad blanca para el poderoso rey de los creyentes Mahamad, hijo del rey de los creyentes y ensalzador de la Ley, el alto y poderoso rey Aben Yacob Almanzor aben Salomón (¡ensalce Dios sus insignias e haga victoriosa sus banderas!); el cual estandarte se hizo en el año de la ‘hijra? 255, que hacen de los años de nuestra salud 999>>.

Es evidente que el año 990 no corresponde al 250 de la hégira ni que existiera ningún rey con ese nombre. En realidad, tanto las fechas como los nombres corresponden a una fantástica historia de Miguel de Luna, otro andalusí que desde ahora estará unido a Alonso. El título que Luna dio a su libro era el de Historia verdadera del rey Don Rodrigo, en la cual se trata de la causa principal de la pérdida de España y la conquista que de ella hizo Miramamolín Almanzor, rey que fue de Africa y de las Arabias, y vida del rey Yacob Almanzor, compuesta por el sabio alcayde Albucasim Tarif abentarique, de nación árabe, nuevamente traducida de la lengua arabiga por Miguel de Luna, vecino de Granada, intérprete del rey Don Felipe nuestro señor.

¿Cuál es la razón de esta traducción, es un traductor tan meticuloso como Alfonso del Castillo? No puede darse otra explicación que la de que ya estaba en marcha, lo que podríamos llamar la conjura de los moderados.

Las sacas indiscriminadas de granadinos hacia distintas zonas de la Península y la posibilidad, cada vez más real y cercana de otras soluciones de mayor dureza, tuvieron que hacer ver a los que no habían sido partidarios de la guerra que su posición  no había servido de nada. De esta dorma, y como último y desesperado recurso, pusieron en marcha una operación destinada a remover las conciencias y las opiniones.

El 18 de Marzo de 1588, cuando se demolía el antiguo alminar de la mezquita, la Torre Vieja o Torre Turpiana, situada a la izquierda de la puerta principal de la catedral, apareció una caja de plomo conteniendo varias reliquias y un pergamino árabe. Poco menos de un año después, cuando dos buscadores de imaginarios tesoros removían la tierra de unas ruinas en la colina de Valparaíso, lo que hoy conocemos con el nombre de Sacro Monte, encontraron una tira de plomo enrollada con inscripciones arábigas que resultaron ser una crónica del martirio de San Mesitón. El hallazgo hizo que el arzobispo Don Pedro de Castro ordenase una excavación exhaustiva, a lo largo de la cual, se encontraron restos humanos, otra plancha de plomo y posteriormente dos  libros.

El hallazgo de todos estos documentos y reliquias provocó una revolución en los ambientes eclesiásticos y civiles de la ciudad. Como las traducciones eran difíciles no hubo más remedio que encargársele a Luna y a Castillo, ya que los doctores cristianos en lenguas semíticas se declaraban incompetentes.

El pergamino de la torre Turpiana contenía una profecía de San Juan y una inscripción latina en la que se decía que San Cecilio, obispo de Granada, había entregado aquellas reliquias a un discípulo suyo para que las salvara de una posible profanación por parte de los musulmanes. En la profecía, San Juan anunciaba la venida de Mahoma y también la de Lutero y finalizaba con diversas consideraciones sobre el fin de los tiempos.

Arias Montano analizó el documento y su juicio fue categórico: había que considerarlo falso no sólo por lo que decía, sino porque los materiales en los que estaban escritos los caracteres no eran antiguos, sino que habían sido tratados de forma que lo parecieran. Quizás los autores pensarían que  no se iba a formar tal revuelo y que su intento sería analizado mucho menos meticulosamente. Los plomos del Sacro Monte fueron preparados, pues, con un mayor detenimiento.

La plancha que los buscadores de tesoros encontraron primero era, un relato del martirio de San Tesifón, un presunto árabe discípulo de Santiago, que se llamaba Aben ‘Atar antes de su conversión al cristianismo. El susodicho San Tesifón habría escrito un libro titulado Fundamento de la Iglesia que fue el que apareció primero, y otro (el que apareció en segundo lugar) llamado Libro de la esencia de Dios en el que se anunciaban otros que, efectivamente, como era el propósito de Luna y Castillo, sus verdaderos autores, aparecieron después: Se trataba de los Fundamento de la Iglesia y Vida y hechos del Apóstol Santiago. A estos siguieron varios, como el Libro de los insignes hechos de nuestro Señor Jesucristo y de María virgen, su Madre, Del galardón de los creyentes en la ‘Certidumbre del Evangelio’, Oración y defensorio de Santiago apóstol, hijo de Xameh Zebedeo, contra todo género de adversidades y así hasta un total de 16, cuyos títulos marchan sobre esquemas parecidos a los que hemos citado.

El objeto de todos ellos era demostrar como había existido una tradición árabe dentro de la iglesia católica, con elementos que iban desde los Santos Padres, discípulos de los apóstoles, hasta ornamentos litúrgicos y convencer así (o tratar de hacerlo), a una sociedad católica, de que los conversos no eran algo extraño a ella ni tampoco cristianos nuevos en el estricto sentido de la palabra. El hecho de que toda esta teoría se montara sobre los escritos de un discípulo de Santiago, siendo éste la figura central y el justificador de la conquista cristiana de Al-Andalus, confirma  los objetivos de Castillo. En las pretendidas profecías había, incluso, alusiones al arzobispo Don Pedro de Castro que, como es conocido, favorecía de alguna manera la causa de los moriscos.

Sabiendo que para los españoles representaban los turcos un peligro inmediato, en los libros y, sobre todo, en el titulado Historia de la certidumbre del Santo Evangelio, se intenta argumentar el gran papel de los conversos granadinos en una futura confrontación, y el porvenir de la lengua árabe en la predicación del evangelio. El volumen titulado Historia del sello de Salomón, hijo de David, profeta de Dios, según Santa María, defiende la necesidad de que el pueblo andalusí sea perdonado como lo fue Salomón después de haber adorado a los ídolos.

Alonso del Castillo entró a trabajar, en relación con estos hallazgos, al servicio del arzobispo de Granada con la autoridad que le prestaba al ser traductor de Felipe II. Encendida la polémica y habiéndose dividido los campos en defensores capitaneados por nuestro protagonista y otros granadinos, y detractores, encabezados por Pedro de Valencia, discípulo de arias Montano (aunque éste no quiso pronunciarse). Después de una larga polémica, los libros acabaron en Roma, donde los granadinos se resistían a enviarlos presumiendo (como así fue) que nunca volverían.

Desde nuestra perspectiva, tenemos que concluir que el sincretismo  de Alonso del Castillo y de una gran parte del bando moderado granadino, no es un intento de establecer una nueva religión, sino un esfuerzo por dar unas bases a su propia religiosidad cristiana, o mejor, a su inserción en una sociedad como la que establecieron los Reyes Católicos en el reino nasrí, y de la que, fuera cual fuera su mentalidad, no querían salir.

Su esfuerzo no tiene muchas diferencias del que harían, ya irremisiblemente perdidos, los que serían obligados a salir hacia el exilio africano, veinte años después.

Y las moriscas mujeres

torciendo las blancas manos

alzano al cielo los ojos

A voces dicen llorando:

-¡Ay Sevilla, patria mía!

¡Ay iglesia de San Pablo,

San Andrés, Santa Marina,

San Julián y San Marcos!

Otras lloran por los sitios

donde tenían sus tratos...

... Otros llamaban a voces

a la Virgen del Rosario

y a la Virgen de Belén:

Ella sea en nuestro amparo.

 

No puede, pues, argumentarse la imposibilidad de que Alonso del Castillo tomara parte en la operación de los libros aljamiados, partiendo de que era un cristiano creyente o de que murió recibiendo los santos sacramentos. Es necesario partir del lado opuesto para comprender su pensamiento y el de decenas de millares de compatriotas que  no querían abandonar su tierra: de que por no hacerlo, estaban tan dispuestos unos a luchar encarnizadamente en las frondosidades de la Sierra, y, decididos otros, a sumergirse en la nueva ideología que les había traído los invasores, porque querían, a pesar de todo, seguir siendo un pueblo.

Como intentaron seguir siéndolo en Tetuán, Argel y Túnez, donde todavía subsisten los barrios andaluces  y donde todavía hoy se perpetúa el linaje de nuestro protagonista, entre los setenta y cinco habitantes de Tetuán, con el apellido Kastiliu.-