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Sociedad cerrada: aquélla donde la clase alta y dirigente cree que es
la única poseedora del conocimiento y de la verdad, impuestas al resto
a través de la fuerza. Característica del fascismo y del comunismo.
Ejemplos: la Alemania nazi, la Unión Soviética y sus países
satélite, la posible América de Bush.
«La política de George W. Bush fracasará porque está asentada sobre
el fundamentalismo del libre mercado». «Es como una burbuja financiera
en la que sus propias profecías se acaban cumpliendo. Y, como toda
burbuja financiera, acabará por estallar». «Me opongo profundamente a
las políticas de la Administración Bush. No sólo en Irak, sino todas
juntas. Creo que la Administración Bush está llevando a los Estados
Unidos y al mundo en la dirección equivocada».
¿Quién dijo que Bush gobierna para los ricos? Las citas anteriores no
son de Noam Chomsky o de James Petras. De hecho, su autor tiene una
fortuna de 7.000 millones de dólares -6.300 millones de euros- lograda
casi exclusivamente a base de especular en los mercados financieros,
sobre todo en el de divisas. Su nombre es sinónimo de devaluaciones, de
crisis y caídas de gobiernos y de depresiones económicas. El autor de
las críticas es George Soros.
La causa de su enfado es la política poco íntegra de Bush, quien está
arruinando en Estados Unidos el concepto de sociedad abierta -«una
sociedad imperfecta abierta al desarrollo», según la definición del
filósofo Karl Popper, interpretado por Soros, su devoto alumno.En
contra de su política, ya no sólo tiene a los manifestantes o a los
chicos de Moveon (la página web
www.moveon.org, convertida en el foro progresista por excelencia
tras su campaña contra la guerra en Irak), sino al especulador más
famoso y poderoso del mundo.
El Fondo para una Sociedad Abierta, la fundación filantrópica del rey
de los especuladores, se ha dedicado desde 1979 a promover la idea de
las sociedades como foros de debate y conocimiento sobre todo en los
países de Europa del Este. Soros, que sufrió como hijo de una familia
judía en Hungría la ocupación nazi y el régimen comunista, ha
repartido dinero para becas de estudio, investigación, fotocopiadoras,
diarios, revistas o programas de intercambio en Hungría, China,
Sudáfrica, la República Checa, Albania, Croacia, Serbia, Bosnia o
Kirguizistán. Pero, en los últimos meses, su cruzada por la sociedad
abierta también se dirige a Estados Unidos, el país del que ahora es
ciudadano y que hasta los cartones de leche -como se puede leer en el
reverso de los envases de la marca más popular- definen como «la
tierra de la libertad».
Desde el año pasado, el millonario, autor y apasionado de la filosofía
de Popper, que fue su profesor en la London School of Economics (LSE) en
los años 50, ha criticado a la Administración Bush en conferencias en
universidades americanas y a través de artículos publicados sobre todo
en la prensa europea. Las nuevas dudas sobre la utilización por parte
del Gobierno republicano de documentos falsos para empujar el país
hacia la guerra en Irak, han enervado a Soros. Hace exactamente una
semana lanzó su campaña publicitaria y página web We deserve the
truth (Merecemos la verdad).
El domingo pasado apareció en los diarios The New York Times, el
Houston Chronicle y el St. Louis Post Dispatch un anuncio a toda plana
invitando a los americanos a contactar con sus senadores y
representantes para «conseguir la verdad» sobre «la exagerada y falsa
inteligencia» con la que el Gobierno Bush justificó la guerra. Una
serie de citas sobre las armas de destrucción masiva de Colin Powell,
Donald Rumsfeld y Bush acompañan la publicidad.
Soros, según su portavoz, cree que «el Gobierno de Estados Unidos ha
sido capturado por un grupo de extremistas que no son buenos para este
país». Quiere que sus conciudadanos se den cuenta de que sus líderes
no están demostrando «integridad» y que los «manipulan» con
información «cuestionable».
La publicación de los anuncios más la manutención de la página web
le han costado a Soros, apoyado por Lewis y Dorothy Cullman, otra pareja
de filántropos millonarios demócratas, 185.000 dólares. La inversión
es necesaria, según Soros, por «la falta de crítica» contra la
Administración Bush. Desde que empezó la guerra, una mayoría de
congresistas demócratas han optado por callar o incluso apoyar al
Gobierno republicano por temor a acusaciones de antipatriotismo.
A los casi 73, y a punto de publicar otro libro, La burbuja de la
supremacía americana, Soros es aún hoy una mezcla de tiburón
financiero implacable -se hizo famoso por echar a la libra del Sistema
Monetario Europeo con la especulación- y alma caritativa que, en varias
ocasiones, ha dado más ayuda humanitaria que su propio país.
Soros nunca ha estado dispuesto a ser simplemente la trigésimo octava
persona más rica del mundo, su posición según el ranking que elabora
todos los años el semanario Forbes. Después de haber apoyado la
democracia en la Europa del Este, ahora también quiere ser la
conciencia crítica de Estados Unidos. Dinero no le falta. Y, en un
país donde los millonarios son como oráculos a quienes todo el mundo
escucha, audiencia tampoco.
El 27 de febrero, en un discurso en la universidad Carnegie Mellon, en
Pittsburg, Soros acusó a la Administración Bush de tener «una
aversión visceral a la cooperación internacional» y de sufrir «una
visión imperialista basada en que Estados Unidos lidera y el resto del
mundo le sigue». Era el comienzo más decidido de una campaña que
Soros define como «coherente» con sus principios. Dos semanas
después, repitió las mismas palabras en la escuela de relaciones
internacionales de la universidad Johns Hopkins.
Soros escogió el campo de juego en principio más difícil. No eligió
hablar frente a ninguna audiencia propicia para su mensaje en una
universidad de izquierdas, como Columbia, Georgetown o Harvard, sino,
literalmente, en el corazón del territorio enemigo.
Uno de los mayores donantes de Carnegie-Mellon es Richard Mellon Scaife,
otro multimillonario con una fortuna de 1.200 millones de dólares,
aunque opuesto en sus planteamientos a la filantropía democrática de
Soros. Según The Washington Post, Mellon entregó más de medio millón
de dólares en la segunda mitad de los 90 a la organización Vigilancia
Judicial (Judicial Watch), un grupo de presión que presentó nada menos
que 18 denuncias contra Bill Clinton (ninguna de ellas prosperó).
Según su reciente biografía, Living History, Hillary Clinton considera
a Mellon Scaife como la principal fuente de financiación del acoso
legal que sufrieron ella y su esposo durante sus años en la Casa
Blanca.
CONTRA LA GUERRA
En Johns Hopkins, una universidad que recibió 500 millones de dólares
el año pasado en contratos del Pentágono, Soros dio la conferencia en
la escuela que dirigió hasta hace dos años Paul Wolfowitz, el actual
subsecretario de Defensa de EEUU. Wolfowitz, el principal ideólogo de
la guerra contra Irak, lidera el grupo de los llamados neoconservadores,
un colectivo de intelectuales que propugna que los estadounidenses deben
moldear el mundo -y, en primer lugar, Oriente Medio- a su imagen y
semejanza.
Sin embargo, Soros es más famoso que Wolfowitz y tiene más dinero que
Mellon Scarfe, por lo que ninguna universidad le cerraría sus puertas,
en especial en un momento en el que la crisis económica ha cortado el
grifo de donaciones que las instituciones educativas americanas perciben
de sus ex alumnos. Al fin y al cabo, en 1997 Soros contribuyó con 3,7
millones de dólares a las arcas de Johns Hopkins, y muchos de sus
estudiantes de los países del Este llegan gracias a las becas de la
Fundación para una Sociedad Abierta. Aunque ya no dona cantidades
récord como los 530 millones de dólares que entregó a diferentes
causas en 1998, Soros todavía es la gran fuente filantrópica
internacional.
Su presencia, además, garantiza que la universidad de turno salga en
los medios de comunicación. Pocos días después de su discurso en
Johns Hopkins, Soros publicó un artículo titulado El exagerado sentido
de la superioridad de Bush, un resumen de sus reflexiones en Financial
Times, un periódico cuya edición estadounidense se presenta como la
contrapartida demócrata del ultra-conservador Wall Street Journal.
La argumentación de Soros está cuidadosamente calibrada. Él ataca las
formas, no el fondo de la política de Bush. Como ha señalado Neil
Clark, en el semanario progresista The New Statestman, «Soros no está
enfadado con los objetivos de Bush -extender la Pax Americana y hacer el
mundo más seguro para los capitalistas-, sino con la forma grosera en
que Bush lo hace ( ). Durante años, Soros y sus ONG han extendido las
fronteras del mundo libre de una forma tan hábil que nadie se ha dado
cuenta. Ahora, un patán texano y una banda de hiperentusiastas
neoconservadores han hecho saltar por los aires todo eso».
Si Soros no convence a la izquierda, en la derecha lo ha tenido siempre
mucho más crudo. Durante una entrevista, el rey de los especuladores
tuvo un duro enfrentamiento, que rayaba en el ridículo, con Sean
Hannity, una de las estrellas de la cadena de televisión Fox y
destacado miembro de la derecha religiosa americana. Soros trataba de
explicar su pretenciosa teoría de la reflexividad en los mercados
financieros y en la política -en realidad, algo tan simple como que si
los poderosos dicen que algo va a pasar, al final pasa- frente a un
interlocutor que literalmente le gritaba y al que sólo le faltó
acusarle de ser compañero de Udai Husein. En realidad, Soros nunca se
ha opuesto de manera oficial a la guerra.
ESTRATEGIAS DE TIBURÓN
Poco después, otro de los líderes de esa cadena, Neil Cavuto, le
acusó de haber perdido el olfato para los negocios. En realidad, Soros,
ahora más volcado en su filosofía y en sus libros, está
prácticamente retirado desde 2000. Este año, su mayor operación sólo
ha sido aumentar en dos millones de euros su participación en Bluefly,
empresa de venta al por menor en Internet. Su tranquilidad no le ha
impedido amargar la vida de sus rivales, como cuando en diciembre
contrató a Robert Bishop para gestionar el patrimonio de su familia
valorado en 11.500 millones de dólares. Bishop era el protegido de
Julian Robertson, el director del fondo de inversión Tiger Management y
el único especulador aún más temible que el propio Soros. Sin
embargo, Robertson tuvo que abandonar el negocio unos meses antes,
sepultado por un alud de pérdidas a causa de la debacle de las bolsas
tras el estallido de la burbuja de Internet. Con un rápido movimiento.
Soros consiguió quitarle el hombre de confianza a su rival y ponerlo en
nómina a su servicio.
Entre pequeñas distracciones inversoras y algunos juegos que siguen
demostrando a la competencia su habilidad, Soros se entretiene con la
política. Su conferencia en Johns Hopkins, publicada en la prensa
europea y en The American Prospect, una revista claramente opuesta al
Partido Republicano, sigue teniendo eco. En vísperas del viaje de Bush
a África, propuso que las empresas petroleras y mineras occidentales
paguen más a los países africanos en los que desarrollan sus
actividades. La Casa Blanca se opone a la idea, y Soros esperó a que el
presidente estadounidense empezara su tour para relanzarla.
Su carta de presentación es la de un inmigrante húngaro convertido en
multimillonario gracias a sus juegos financieros y en filántropo
universal gracias a la filosofía de Popper y a la London School of
Economics. Su sentido de las libertades civiles le viene, según él, de
su padre Tivadar Soros, quien resistió con su familia durante la
ocupación de Budapest ocultando su verdadera identidad.
Aquellos meses de 1944 en la Hungría donde 400.000 judíos fueron
exterminados por los nazis le marcaron para siempre, contó Soros hace
unos meses en la presentación de la traducción inglesa del libro de su
padre, Mascarada: bailando alrededor de la muerte en la Hungría ocupada
por los nazis, publicado en 1965 en esperanto, una de las seis lenguas
que Soros senior hablaba. El adolescente George, que se hacía pasar por
el hijo de un oficial húngaro, tenía que llevar notificaciones a
judíos elegidos por los ocupadores para que se presentaran con sábanas
y comida ante el Seminario de Rabinos. Tivadar recomendaba entonces a su
hijo: «Tienes que hacerlo, ir allí y entregar el mensaje, pero dile a
la gente que si se presentan serán deportados». Uno de los judíos a
los que el chico entregó la nota acompañada de la advertencia le dijo
una vez: «Soy un ciudadano que respeta la ley. No pueden hacerme
nada». Fue entonces cuando George, cuenta él, comprendió que contra
las leyes inmorales, cabe siempre la desobediencia civil.
Ése es básicamente el principio que le ha impulsado durante toda su
vida a promover medios de comunicación y a financiar movimientos de
oposición en las dictaduras, en principio las comunistas, como Polonia,
Hungría y la antigua Yugoslavia. Soros fue, de hecho, el gran artífice
económico de la intervención estadounidense contra el régimen de
Slobodan Milosevic. Sus críticos le acusan de aprovecharse de las
circunstancias y de no hacer nada de forma desinteresada.
De lo que no es particularmente sospechoso Soros es de revolucionario.
Sus relaciones con el gobierno de Estados Unidos siempre han funcionado
bien. Ha invertido en el Carlyle Group, subcontratista de Defensa y
donde también han participado el ex secretario de Estado con Ronald
Reagan, James Baker; el ex secretario de Defensa Frank Carlucci e
incluso Bush senior y un hermano de Osama bin Laden.
Fue un gran defensor de la política multilateral de Bill Clinton, para
mantener el imperio, según sus críticos, o para fomentar sociedades
abiertas y la globalización no sólo de la economía, sino de los
derechos humanos, según él.
Soros disfruta ahora de un momento particularmente dulce en la batalla.
La popularidad de Bush está desplomándose: la mitad de los americanos
cree que exageró la amenaza de Irak y un porcentaje similar estima que
derrocar a Sadam no merecía gastar tantas vidas de estadounidenses.
Soros puede decir, además, que él ya lo había predicho. Con su
experiencia para tratar con los países en vías de desarrollo o que
salen de una dictadura, pocos días antes de que estallara la guerra,
Soros dijo: «Irak sería el último país donde yo iniciaría un
proceso de construcción nacional».
A lo largo de su vida, Soros ha demostrado que tiene ambición, ego e
inteligencia. Y el amor al riesgo queda fuera de toda duda para alguien
que ganó 1.000 millones de dólares el 16 de septiembre de 1992 cuando
expulsó a la libra del Sistema Monetario Europeo y luego perdió 2.000
en una semana en agosto de 1998, cuando Rusia suspendió pagos. Su
capacidad para incordiar a Bush es tan ilimitada como su cartera. Y
parece dispuesto a todo con tal de demostrar la validez de su máxima:
«Para jugar, no basta con que haya reglas. También hay que tener
principios».
LOS RICOS DE LA OPOSICIÓN P. P.
La mayoría de los millonarios americanos son republicanos hasta la
médula. Pero existe un grupo de ricos que son, para los parámetros
estadounidenses, rojos.
WARREN BUFFET. (30.000 millones de euros). Es el segundo hombre
más rico del mundo después de Bill Gates. Ha hecho su fortuna de la
forma opuesta a Soros: invirtiendo a largo plazo en los sectores más
aburridos de la Bolsa, como maquinillas de afeitar Gillette y
Coca-Cola. La semana pasada, alguien pagó 105.000 dólares por cenar
con él y escuchar su opinión sobre la bolsa. Favorece el control de los
flujos de capital, y ha calificado a los derivados financieros de
«armas de destrucción masiva del sector financiero». Ha dicho que la
última bajada de impuestos de Bush es «una gran ayuda para que los
ricos seamos más ricos».Su hija Susan es una de las líderes del
Partido Demócrata en Nebraska.
MICHAEL BLOOMBERG. (3.000 millones de euros). El alcalde de
Nueva York se hizo republicano para, literalmente, comprar ese partido
en la ciudad. Demócrata convencido, lo tenía más difícil con esta
formación -a la que ha subvencionado generosamente-, porque no tiene
tanta influencia en Nueva York. No habla contra Bush, pero toda su
política es una pesadilla para la Casa Blanca: ha prohibido fumar en
todos los locales de la ciudad, ha subido los impuestos y dejó que el
Ayuntamiento emitiera una declaración contra la guerra en Irak. Por si
fuera poco, está divorciado, y eso de la abstinencia sexual que
predica Bush no va con él.
DAVID ROCKEFELLER. (2.200 millones de euros). Nieto de John
Rockefeller.Es uno de los más destacados opositores a la propuesta de
Bush de eliminar el impuesto de sucesiones.
JAY ROCKEFELLER. (200 millones de euros). Senador demócrata por
Virginia Occidental y uno de los mayores opositores a la guerra en
Irak.
TERESA HEINZ. (500 millones de euros). Heredera de la familia
Heinz (la de la mayonesa), se especula si pondrá su fortuna al
servicio de su marido, el senador demócrata John Kerry, candidato a la
presidencia en 2004. Claro que Kerry tampoco va a tener problemas
económicos: su segundo apellido es Rostchild.
ROBERT RUBIN. Su fortuna no es tan grande, pero es uno de los
millonarios más influyentes de EEUU. Fue secretario del Tesoro con
Clinton y en Wall Street se le considera el artífice de la expansión
económica. Es presidente no ejecutivo del Citigroup.
JOHN CORZINE. (200-500 millones de euros). Otro multimillonario
metido a político. El senador deNew Jersey se encarga de coordinar las
relaciones del Partido Demócrata con Wall Street. Antes de ser
político fue presidente del banco de inversión Goldman Sachs
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