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No sé ya si la mejor manera de combatir el horror, para tratar de vencerlo y de eliminarlo, es la evidencia, la declaración, el reconocimiento y la aceptación de la evidencia. No sé si la declaración, el reconocimiento y la aceptación de las diversas evidencias palestinas pueden servir ya para algo. Espero todavía, a pesar de todo, que sí. Confío también en que sepamos responder adecuadamente a lo que nos exige una de nuestras principales cualidades constitutivas e identitaria, como individuos y como especie: la racionalidad. Confío también en que sepamos ver que, si no intentamos salir entre todos del horror y del caos actuales, todos también sufriremos, aunque sea con diferencias, sus pavorosas e inevitables consecuencias. Por todo ello me atrevo a volver a exponer algunas cuestiones palestinas que considero eso: innegables, sólidas y permanentes evidencias. La cuestión Palestina no es una cuestión reciente, sino todo lo contrario: antigua, ya casi centenaria. Hay que insistir una y otra vez en ello para contrarrestar la pertinaz tendencia a presentarla como producto reciente, sin raíces, sin historia, sin testimonios, sin memoria. Haciéndolo así, se la decapita, se la desarraiga, se le priva de la larga existencia, desvirtuándola en una falsa existencia corta. Dura ya desde hace casi un siglo y seguimos sin darle la solución justa y adecuada. Precisamente por ser antigua es también una cuestión continuada, constituye un proceso que tiene su dinámica y su lógica interna propias. La cuestión Palestina no ha fallecido y resucitado en diversos tiempos y circunstancias; entenderlo así, vuelvo a repetir, es un error, una negación de la evidencia. La identidad nacional palestina es otra evidencia. Aunque no haya podido concretarse aún en la entidad política soberana correspondiente, o aunque se haya hecho todo lo posible para evitarlo, existe, está suficientemente conformada y sobre todo, el pueblo palestino no va a renunciar jamás a plasmarla, a pesar de las muchas dificultades y obstáculos que se le pongan delante, a pesar de las muchas humillaciones y muertes que tenga que seguir sufriendo hasta conseguirlo. Es una cuestión de convicción, de decisión y de determinación. Todo ello, larga, intensa y profundamente sentido, pensado y asumido. El pueblo palestino no tiene ninguna duda: todo él será mártir y testigo al tiempo por esa causa. Leía hace unos días un artículo de un escritor egipcio que no se distingue precisamente por ser un fervoroso partidario de la causa palestina y sus derivaciones, que afirmaba que Palestina no es un pueblo, sino una idea. Es un error y otra negación de la evidencia. Palestina es ambas cosas, integradas en una unidad. Ya ha llegado a ser, precisamente, esta unidad ayuntada. Quizá se lo deba en parte a todos aquéllos que, ciega y torpemente, desde hace demasiado tiempo la vienen combatiendo como pueblo y le vienen negando esa naturaleza. Afortunadamente ya es también una idea neta, con su entidad propia, definitivamente consolidada, con su proyecto cuajado e irrenunciable. ¿Se puede liquidar totalmente a un pueblo y una idea? ¿Quién o quiénes asumirán y llevarán a cabo esa monstruosidad? ¿En nombre de qué? Esta idea está ya por encima de individuos y personajes. Esta idea vale y representa más que cada uno de ellos, a pesar de lo mucho que cada uno de ellos valga y represente, física y simbólicamente, a pesar de la mayor o menor grandeza, de la mayor o menor pobreza, que en cada uno de ellos se haya ido acumulando. Afortunadamente también, el hecho colectivo, nacional, está ya muy por encima de cualquier hecho individual. Aunque pueda volver a encontrar enormes dificultades y se vea obligada nuevamente a superar tremendos obstáculos, la idea nacional Palestina no depende ya de singularidades, se ha constituido ya en totalidad plural, suma e integración de todas ellas. El delito, el crimen, por consiguiente, no está principalmente en asediar, en humillar, en aislar, en liquidar a un individuo, está en asediar, en humillar, en aislar, en liquidar a cuatro millones de individuos. ¿No está siendo esto también otra evidencia? ¿Quién o quiénes se atreverán a realizar esta terrorífica multiplicación? ¿En nombre también de qué? Pueblo e idea tienen que concretarse en una entidad política soberana, en un hogar nacional, en una patria. Algo de lo que casi todos los demás disponen, y que a ellos se les niega. Plantearlo sólo en términos de pasado, recordando viejas negativas a aceptarlo así por su parte es no querer solucionar el problema; entre otras razones, porque también había entonces diversos motivos parciales para rechazarlo, lo cual ya no suele recordarse. Quiero decir que la creación del Estado palestino es inevitable, aunque sea más bien un simulacro de Estado, un embrión, lo que yo vengo prefiriendo llamar un «estaduelo». Aunque venga a ser un Estado para cuya creación hayan de cumplirse exigencias previas impuestas por la intolerancia y la ceguera de la parte fuerte: que se haga a partir de las ruinas, que se haya producido un cambio personal en la Autoridad Nacional Palestina. Todo ello, con la inexplicable falta de decidida respuesta internacional (que en otras circunstancias similares, sin embargo, se ha producido, y muy rápida y contundente), con la miserable actitud comprensiva de EEUU, y con la vergonzosa pusilanimidad y humillante silencio de los regímenes árabes. Nada de esto supone la desaparición del actual Estado de Israel, que seguirá existiendo. Significa, sí, que la dinámica histórica de la zona entrará en otro periodo, seguirá otros ritmos y otros caminos, se abrirá a otras situaciones y perspectivas. La posibilidad del presente es también una evidencia para el futuro. Convendría que, de momento, no fuéramos más allá, y evitáramos divagaciones arriesgadas y desequilibradas: decir, por ejemplo, que habrá que contar con un Estado de Israel seguro y un Estado palestino pacífico. ¿Por qué no acabamos de emplear un lenguaje lo más equitativo, simétrico y ponderado posible? ¿Por qué no buscamos conscientemente la neutralidad terminológica y conceptual al referirnos a «las partes»? Vayan algunos ejemplos ilustrativos. Se esgrime que Israel está absolutamente legitimado para ejercer el derecho de autodefensa. Vale aducir este argumento del derecho de autodefensa, es más: exactamente lo mismo ha de decirse del pueblo palestino. Y seguro que lo puede decir desde antes, y hasta con mayores argumentos y motivos. ¿Por qué no se ha hablado nunca del derecho de autodefensa palestino? Naturalmente, ello se relaciona de inmediato con el terrorismo. Parece que hay muchos que quieren reconocer una sola modalidad de terrorismo: el de grupo, el de banda, el de asociación. No hablan nunca para nada de otras modalidades existentes, de otras variantes no menos aterradoras: por ejemplo, el institucional, el de Estado, el de ejército. Hace unas semanas el presidente del Parlamento iraquí dijo textualmente: «América ha matado a millón y medio de civiles iraquíes. ¿No es esto también terrorismo?». Estoy totalmente en contra del terrorismo, en todas sus modalidades. Deben hacerse las distinciones y diferenciaciones pertinentes entre ellas, pero no poner sólo el marchamo denominador a unas, excluyendo a las otras o denominándolas de otra manera. Otra pregunta: ¿Por qué hay sólo «víctimas civiles» entre los israelíes? ¿Es que no hay «víctimas civiles» también entre los palestinos? Se afirma asimismo, en defensa de la parte israelí: no se puede consentir la hipoteca del futuro de un pueblo. De acuerdo, pero: ¿se puede consentir la hipoteca del futuro del otro pueblo?, ¿de un pueblo al que se le expolió ya de todo el pasado y tiene también hipotecado el presente? Puestos a exigir: ¿cuál de los dos podría exigir más? Hasta planteándolo en términos estrictamente temporales. Insisto: el problema, ya, no consiste en que quieran terminar con uno, con cinco o con diez; consiste en que quieran terminar con casi cuatro millones. Consiste en que quieran terminar con un pueblo y con una idea. ¿No resulta una evidencia? ¿Resulta fatalmente inevitable?
*Pedro Martínez Montávez es arabista y catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid. |