LOS MORISCOS QUE NO SE FUERON
POR ELENA PEZZI

 

LOS PÍCAROS

 

El mundo de la picaresca es un ámbito que se expande en España a lo largo del siglo XVI y alcanza su máxima amplitud en el XVII, cuando entra también de lleno en la literatura, poniéndose de moda las novelas escritas sobre el tema y que son conocidas por este nombre, aunque también abarca a otros géneros, como la "jácara".

     El tipo del "pícaro", socialmente, aparece ya en la literatura latina y se habla de él en nuestra Edad Media, en obras de los siglos XIV y XV, como en el Arcipreste de Hita, en el de Talavera o en La Celestina, pero en ninguna de ellas, como tampoco en El Lazarillo de Tormes, figura nunca este nombre, que vino a designar, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, a la gente perdida, vagabunda o rufianesca, o bien a la dedicada a los más bajos menesteres. Como ya indica Deleito y Piñuela, “picardía significaba entonces engaño, nacido no de perversión, sino de pobreza, estimuladora del ingenio. Por eso pícaro fue a veces sinónimo de agudo, y del engaño por necesidad se pasaba al engaño por gusto y por costumbre", por ello dice, más adelante, que "el pícarismo empieza en el truhán listo, aprovechado y sin escrúpulos, y acaba en el hampón francamente doliente".

     En el comienzo de la narración de su vida, Lázaro, modelo y precursor de pícaros, nos pinta con vivos colores su ambiente familiar en Salamanca, cuando contaba algo más de ocho años, antes del inicio de sus aventuras:

"Mi viuda madre... lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas. Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban vinieron en conocimiento... Yo, al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viéndole el color y mal gesto que tenía...", luego, "... mi madre vino a darme un negrito muy bonito...", "Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trabajando con el mozuelo, como el niño veía a mi madre y a mí blancos y a él no, huía de él, con miedo, para mi madre, y, señalando con el dedo, decía: "¡Madre, coco!"... Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos del mayordomo, y, hecha pesquisa, hallóse que la mitad por medio de la cebada que para las bestias le daban hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacía perdidas; y cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía a mi madre para  criar a mi hermanico. ...a un pobre esclavo el amor le animaba a esto".

     Pero hay una gran diferencia entre el pícaro y el rufián: el primero "no tenia malos instintos, no era perverso, sólo cínico y amoral. Si robaba, era lo indispensable para comer, y más que el robo propiamente tal, practicaba el hurto. El rufián, al revés, era perdonavidas, ladrón de profesión y a veces asesino".

     De la definición que da Autoridades del verbo "picardear" puede inferirse el hecho de que la "picardía", en si misma, no era necesariamente un delito, sino también una broma, un juego, con más o menos malicia, o con miras interesadas, pues dice simplemente que significa "decir o executar picardías: de cuya voz se forma", y en las definiciones de este vocablo incluye tanto la semántica de "acción baxa, ruindad, vileza, engaño y maldad" , "acciones deshonestas o impúdicas", como "vale también bellaquería, astucia o dissimulo en el decir o hacer alguna cosa"; cita un texto de Fr. Jerónimo Gradan de la Madre de Dios, que dice:

    "Y no se excusa con decir, que ella no tiene pensamiento consentido de cosa deshonesta, ni pretende envialle su alma al infierno, que sólo usa de aquella libertad por picardear, o por sacalle dineros".

     Con este mismo sentido nos habla Cervantes en el Quijote, cuando refiere su aventura con la cabeza encantada:

 "Entre las demás había dos de gusto pícaro y burlonas, y con ser muí honestas, eran algo desenvueltas, por dar lugar que las burlas alegrassen sin enfado".

  Son muy abundantes las citas interesantes que ofrece Deleito sobre el tema de !os "picaros": menciona un texto de Doña María de Zayas, en El castigo en la miseria, en el que se refiere a un mozo que "de bien entendido picaba en pícaro"; de Salillas recoge su opinión de que el pícaro era un degenerado, en el sentido patológico de inadaptable a la vida normal, cuando escribe: "vida picaresca quiere decir, en suma, vida alegre y despreocupada", y "la psicología picaresca no es más que un pormenor de la psicología del nomadismo". De Mireya cita; "La vagabundea es la antesala de la picardía. Los picaros principales fueron antes vagos", es decir, gentes desarraigadas, sin oficio conocido.

     A estos vagos y vagabundos se les llamaba también "haraganes", voz que Covarrubias define como; "vale holgazán, flojo, perezoso, tardo en lo que le mandan hazer, lo qual haze con desgana y murmurando y re funfuñando", dándolo ya un origen árabe, aunque el étimo que propone no parece ser el adecuado, sino la palabra fargân, 'ocioso, desocupado; que excusa y rehuye el trabajo', y también se les llamaba "harones", en este caso del árabe harûn, 'reacio, lerdo, perezoso, holgazán'.

     El "pícarismo" no sólo tenía una literatura propia, donde se manifiesta su argot especial de germanía, sino que también poseía sus bailes típicos, como los que eran llamados bailes de "cascabel", y que culminaban con la famosa "zarabanda", de la cual afirmaba el F. Mariana que se había inventado en Sevilla, a finales del siglo XVI; González de Amezúa sostiene que en 1583 era ya popular en Madrid. En el Tranco primero de El Diablo Cajuela, éste dice; "yo truje al mundo la zarabanda, el déligo, la, chacona, el bullicuzcuz [del cual hablaremos más adelante], las cosquillas de la capona, el guiriguirigay, el zambapalo, la mariona, el avilipinti, el pollo, la carretería, el hermano Bartolo, el carcañal, el guineo, el colorín colorado; yo inventé las pandorgas, las jácaras, las papalatas, los cornos, las mortecinas, los títeres, los volatines, los saltambancos, los maesecorales...". Habría que conocer cuáles eran las características peculiares de cada uno de estos bailes para poder hallar un étimo exacto para ellos.

     Estos bailes populares y truhanescos tuvieron un profundo arraigo y, según frase de Deleito, "arrebataban de entusiasmo, no sólo a picaros, fregonas y gente del hampa, sino a los graves varones, que los pedían a gritos en los corrales públicos, o iban a presenciarlos, más o menos furtivamente, a los mesones y a los arrabales; pues estaban prohibidos por la autoridad algunos de ellos, aunque ésta solía hacer la vista gorda"; a continuación cita un buen número de estos bailes, a más de los ya mencionados por Vélez de Guevara: las Gambetas, la Perra Mora, Juan Redondo, el Rastrojo, la Gorrona, la Pipironda, el Villano, las Zapatetas, el Polvillo, la Japona, el Santarén, el Pasacalles, el Canario, el Zapateado, el No me los ame nadie, el Dongolondrón, el Escarraman, el Gateado, el Antón Colorado, el Martín Gaitero, "y otros cien y cien, que cada día se forjaban nuevos en tabernas, cárceles, giras y en todo sitio donde se juntasen el buen humor y la intención maleante de aquella gente de bien, deseosa de toda huelga y enemiga mortal de cualquier trabajo y fatiga. El vulgo en estos bailes era el músico, el poeta y el bailarín, y, como suyos, desaliñados, toscos y desatinados; pero bulliciosos y descarados su música, sus versos y sus cabriolas, empedrados de estribillos grotescos, formados de frases estrambóticas, como ... las naqueracuzas, hues, ayes, cuz-cuz , arrorros, pipiritando, zúbiri, trápigo, róstripi, suna..., que, sin querer decir nada, alborotaban, sin embargo, los corazones", Pero lo que debe pensarse es que los que las pronunciaban y las oían, mientras se jaleaban, sí sabían lo que querían decir en su peculiar lenguaje de "algarabía".

    En el baile mencionado del "bullicuzcuz", por ejemplo, se decían las siguientes frases, recogidas por Quevedo en una de sus obras;

 "Zambullí.

 Ay bullí, bullí, bullí, de zarabullí,

 bullí, cuz, cuz,

 de la Vera Cruz,

yo me bullo y me meneo,

 me bailo, me zangoteo,

 me refocilo y recreo

 por medio maravedí.

 Zarabullí".

 

    No hay duda de que esta copla tiene un incontrovertible tufillo morisco, no sólo por su letra, que parece, en parte, trascripción de voces de su lengua, cogidas de oído y mal interpretadas, sino también esa alusión a la

Vera Cruz, que se despega en medio de este bullicio regocijante y que más parece indicar una burla blasfema, encubierta entre las bromas del baile, impropia de cristianos viejos. No es de extrañar que este tipo de manifestaciones musicales fuesen prohibidas por Felipe II, ya que su deshonestidad sublevaba a las personas de buenas costumbres, pues, como se dice en El celoso extremeño, estos bailes, donde era continuo el movimiento de piernas, brazos y castañuelas, se acompañaban "con una musiquilla tan ligera y alegre y un baile tan retozón, provocativo y afrodisíaco, que no había más que pedir". También el tema de las letras de sus coplas era picante, de tono amatorio, y entremezclado de pullas Jocosas dirigidas al público.

     La procacidad de estos bailes queda patente en el texto de Fr. Juan de la Cerda, recogido por Deleito, de su obra titulada Vida política de todos los estados de mujeres (1599), donde se dice:

     "¿Y qué cordura puede haber en la mujer que en estos diabólicos ejercicios sale de la composición y mesura que debe a su honestidad, descubriendo con estos saltos los pechos, y

los pies, y aquellas cosas que la naturaleza o el arte ordenó que anduviesen cubiertas? ¿Qué diré del halconear de los ojos, del revolver las cervices y andar coleando los cabellos, y dar vueltas a la redonda, y hacer visajes, como acaece en la zarabanda, polvillo, chacona y otras danzas?",

     Creo que estos bailes, tan exóticos para las costumbres castellanas, fueron llevados a Madrid por los moriscos deportados del Reino de Granada, tras la guerra de las Alpujarras. Durante el levantamiento, Aben Humeya celebró en Purchena grandes fiestas moriscas a la vieja usanza, descritas minuciosamente por Pérez de Hita : en ellas hubo diversos tipos de competiciones de destreza en ejercicios corporales (luchas, carreras, saltos, levantamiento de pesos...) y además danzas, realizadas por parejas de hombre y mujer o por mujeres solas, mientras tañían, cantaban y recitaban en romance y árabe; estas letras podrían parecerse a la recogida por Quevedo. También hace referencia a las dotes de la bella Zahara, de la cual dice: "Era muy hermosa, tenía buena voz, tañía a la morisca y a la castellana, y danzaba extremadamente"; estas cualidades despertaron et deseo de Aben Humeya por verla y por oírla, hasta el punto de hacerla traer a su casa, "en donde a su ruego danzó y tañó, y dijo la canción siguiente en lengua castellana...". No hay duda de que los moriscos usaban de ambas lenguas indistintamente.

    Aquí podríamos decir, con el romance de Lobo:

     "Poetas a lo moderno

inventores de las zambras

que tan fuera de sazón

arrojáis por esas plazas

embelesando modorros,

dando papilla a novatas,

mucho os debe si se advierte,

Fátima, Xarifa y Zayda."

 

    En aquel Madrid del siglo XVII, uno de los centros predilectos para organizar este tipo de expansiones populares era el campo de Leganitos, y también eran famosos algunos mesones, como el de la Perendanga, en la calle de Toledo, "donde mozas de trapío bailaban con todo descoco la zarabanda y la chacona" (80).

     Sobre este, tema de los bailes picaros volveremos a hablar más adelante, en el capítulo dedicado a los "majos". Todo este comportamiento demuestra que en ellos pervivía un sustrato de un grupo humano que no se resignaba a desaparecer de la sociedad.

     La palabra "pícaro" es de origen incierto, aunque desde luego procede de una lengua jergal en castellano, y podría estar relacionada, según Corominas y Pascual, con el verbo "picar", por los varios menesteres, expresados por este verbo, que solían desempeñar los "picaros" (pinche de cocina, picador de toros, etc.). La primera documentación de este vocablo se encuentra como "pícaro de cozina", en 1525, y como "sujeto ruin y de mala vida" hacia 1545. En su Diccionario crítico etimológico, se cita el texto de la Carta del Bachiller de Arcadia, debida a E. de Salazar, fechada en 1548, en donde se dice:

    "cuando Dios llueve, ni más ni menos cae el agua para los ruines que para los buenos; y cuando el sol muestra su cara de oro, igualmente la muestra a los picaros de corte que a los cortesanos".

    La primera novela picaresca en la que figura este nombre de "pícaro" es el Guzmán de Alfarache (1599), del cual se dice que llegó a Madrid "hecho pícaro", esto es, "despedazado, asqueroso y desmantelado". En La picara Justina se describe también a los picaros como gente rota, sucia y destrozada de ropa.

     Covarrubias identifica la voz "pícaro" con "picaño" ("andrajoso y despedaçado"), "y añade que se pudo dezir de pica, que es el asta, porque en la guerra, hincándola en el suelo, los vendían ad hastam por esclavos. Y aunque los picaros no lo son en particular de nadie, son lo de la República, para todos los que los quieren alquilar, ocupándolos en cosas viles". Aunque no estemos de acuerdo en la etimología propuesta por este autor, sin embargo su concepto del pícaro concuerda con la idea que tenemos de que estas gentes eran obreros parados forzosos, por su destino, y tenían que acogerse a la primera ocasión de ganarse unas monedas, por muy vil que fuese la oferta de trabajo que se les presentase; aunque, como consecuencia, habiendo pasado algún tiempo es esta situación de penuria, esta vida picaresca se convertía en una costumbre e incluso podía hasta resultarles atractiva. Así se lee en los siguientes textos:

     "Mas después que me fui saboreando con el almíbar pi-

caresco, de hilo me iba por ello, a cierra ojos".

     "Quien se dexa llevar de vida sucia y picaril, la tiene por la mejor del mundo".

     En el Diccionario de Autoridades se le define como "baxo, ruin, doloso, falto de honra o vergüenza", "se toma también por dañoso y malicioso en su línea: y assi se dice, Hace un aire pícaro", "significa también astuto, taimado, y que con arte y dissimulación logra lo que desea", "se toma algunas veces por chistoso, alegre, placentero y decidor", y, en plural, "se llama en las cocinas aquellos mozos que se introducen a servir en los ministerios inferiores, para que les den algo de lo que sobra, por no tener assignación alguna de sueldo".

     Pero, como dice Deleito, "no todos los picaros tenían aspecto haraposo ni exterioridades humildes. Había quien vivía bien y hasta con aparato y rumbo, sin tener oficio ni renta conocidos, por obra de turbias y disimuladas artes. A estos picaros distinguidos llamábanlos caballeros del milagro", y cita el siguiente texto de Lope de Vega:

 Tristán: "¡Cosa es de ver la vida deste mozo!

          ¡Qué ricamente viste y cómo gasta!

          ¿Cómo juega tan pródigo, y reparte

          lo que tiene entre todos sus amigos,

          sin que se le conozcan en su tierra

          dos florines de renta o patrimonio?"

 Lofraso: "Por eso es caballero del milagro".

 

    Es preciso destacar aquí las interesantes palabras de Corominas sobre el concepto de "pícaro" en los primeros tiempos, insistiendo en que el matiz peyorativo de este nombre se refería más bien a la situación social de un personaje que a su carácter moral o a una actuación más o menos contraria a las leyes: "en un mundo que no soñaba todavía en la igualdad social, era poco menos que nula, para la mente popular, la distinción entre vicio y miseria; Salazar nos muestra que al pensar en los picaros se podía incluir a cualquier caído en la extrema pobreza, para lo cual bastaba una actitud severa o desdeñosa por parte del hablante; es verdad que normalmente se pensaba en un aspecto harapiento y en la falta de un oficio u ocupación permanente, y aunque el pordiosero, el vagabundo, la muchacha liviana, el ladronzuelo y el "buscón" eran picaros típicos, no se descartaba el que el

pícaro trabajase en menesteres despreciados y más o menos transitorios, pero honestos, como esportilleros, criado de un pobre, recadero, mozo de jábega o de espuelas, pinche de cocina y aún matarife o ayudante de verdugo".

     En cuánto a los matarifes, oficio dentro del cual abundaban los picaros, en Sevilla recibían también el nombre de "jiferos"; de ellos habla Cervantes, en El coloquio de los perros, por boca de Berganza, refiriéndose a los hombres de su Matadero, de donde era "jifero" su amo Nicolás el Romo, en los siguientes términos:

     "Primero, has de presuponer que todos cuantos en él trabajan, desde el menor hasta el mayor, es gente ancha de conciencia, desalmada, sin temer al Rey ni a su justicia; los más, amancebados; son aves de rapiña carniceras: mantiénense ellos y sus amigos de lo que hurtan... estos jiferos con la misma facilidad matan a un hombre que a una vaca; por quítame allá esa paja, a dos por tres, meten un cuchillo de cachas amarillas por la barriga de una persona, como si a acocotasen un toro.

Por maravilla se pasan días sin pendencias y sin heridas, y a veces sin muertes; todos se pican de valientes, y aún tienen sus  puntas de rufianes".

     El nombre de "jifero" procede del árabe yîfa, que significa 'cadáver, despojos de matadero', y en Pedro de Alcalá "carne mortezina", "cuerpo mortezino" y "mortezina cosa".

     Sobre los "jiferos" de Sevilla, cita Deleito el siguiente texto de Serrano Jover: "Parece ser que en dicho tiempo los jiferos formaban un conciliábulo con toda la pillería de la ciudad: mujercillas y muchachos, los cuales acudían al matadero con talegos, que llegaban vacíos y volvían llenos de pedazos, de todas las reses sacrificadas se quedaban lo mejor y más sabroso, y ante sus pretensiones de valientes y ribetes de rufianes, nadie se atrevía a protestar del despojo".

     Afirma Deleito que el "pícaro", para sustraerse a las pragmáticas prohibitivas, se dedicaba a pequeños menesteres con apariencia de trabajo, que podían ser algo lucrativos, sostenía la brida del caballo o de la mula, llevaba paquetes o hacía recados. Sobre estas modestas ocupaciones escribe Reynier:

     "Ruedan a lo largo de los caminos, dedicados a pequeños oficios que apenan producen nada, pero que sirven de tapadera a sus empresas contra lo ajeno. Exhibidores de fantoches, cantores de coplas, vendedores de alfileres, adivinadores de horóscopos, penetran por todas partes, y confederados en una asociación poderosa, que tiene sus leyes y su lengua secreta, son para los habitantes de los campos, como para los de las ciudades, huéspedes tan peligrosos como importunos. Verdaderamente se han convertido en una llaga social".

    Pfandl hace también un resumen de los oficios menudos de los picaros: "Fauna abigarrada en encrucijadas y callejones, formada por mendigos, caldereros, pregoneros, mozos de mulas..., traficantes, buhoneros, inválidos, vendedores, arrieros y titiriteros, músicos ambulantes y prestidigitadores, las más ínfimas y menos decorosas profesiones, como las de taberneros, cortadores, figoneros, esbirros y verdugos; y..., la gente maleante de toda suerte y condición, como los rufianes, alcahuetes , fulleros, bandidos y salteadores...". Pues, como se dice en El coloquio de los perros, "esto del ganar de comer holgando tiene muchos aficionados y golosos".

 

    Incluso en algunas ordenanzas municipales del siglo XVI se reglamentaba la indumentaria que debían llevar los picaros, haciéndoles cubrirse con caperuzas de colores, sin duda para evitar que abusasen de su actividad, de 'mozo de recados, ayudante de cocina o pastelero', como pretexto para meterse en casa ajena y hacer de las suyas, sin ser conocidos; pero su oficio era considerado como legítimo, y sólo se diferenciaban de los otros criados en el color de la librea.

 

    Estas distinciones más parecen un deseo de hacer una separación de castas que una forma de marcar a un profesional humilde, entre los que habían de contarse el infinito número de moriscos desarraigados, llevados a los extremos de la miseria, que buscarían en tierras castellanas una manera honrosa de ganarse el pan, aunque fuese en los más bajos oficios; pero cuando éstos no estaban a su alcance, la solución la encontraban en la delincuencia, mezclándose con las gentes del hampa. El hambre sería compañera habitual de sus vidas marginadas: hambre o "gazuza", voz que a veces se encuentra ligada a la idea de 'persecución', y que considero procedente del árabe gatûta, 'delgadez, flaqueza, extrema indigencia'.

 

    Como dice Mireya, "el pícaro es vagabundo, suele ser mendigo, criado que cambia a cada paso de amo y pueblo, o dedicado a turbios o pequeños oficios, que disfrazan la holganza. Vive al día sin pensar en el mañana, y al azar; es egoísta porque está aislado frente a todos, y sólo fía en su ingenio, su travesura, sus mañas y sus recursos. Desprecia a la sociedad, y medra explotando al prójimo sin remordimiento. Es enemigo del orden, del método y la disciplina. Huye del trabajo sometido a reglas, defiende su propia libertad aún siendo sirviente, y engaña al amo. Mira la adversidad sonriéndola, pero sin inmutarse por ella. Sus travesuras son graciosas y revelan listeza e ingenio". Estas palabras parece que describen la condición del morisco que, falto de recursos, nómada forzoso, se mantiene como puede de la caridad o de modestos empleos que se le ofrecen, o como vendedores callejeros, sin llegar a arraigarse de un modo estable, pero que mantiene el orgullo de su origen y que toma lo ajeno como un derecho que tiene, como compensación de todo lo que la sociedad le ha arrebatado injustamente.

 

   Según Cristóbal Pérez de Herrera, a finales del siglo XVI había en España más de 150.000 vagabundos, entre hombres, mujeres y niños, cuando los habitantes de la nación no llegaban a cinco millones.

 

    Pero los pícaros no perdían la cohesión de casta entre ellos y se mantenían unidos y solidarios. De ellos dice Rodríguez Marín: "Todos aquellos perdidos, ayuntados en infame, pero muy singular y curiosa cofradía respetaban sus estatutos, eran amadores de la justicia que se usaba entre ellos, y obedecían, sin hacerse violencia ninguna, a su cherinol, mayor o padre, llevando a su aduana o atarazana (92), sin descantillar ni un maravedí, el fruto de sus afanes, y trabajando en pro de la comunidad lo que por sus reglamentos les correspondía". Su solidaridad llegaba hasta el punto de que, como dice Deleito, "los picaros que mostraban excepcional entereza en el trance supremo de la muerte, tenían categoría de héroes y de mártires, admirados y reverenciados durante muchas décadas por los de su ralea"; este fue el caso de algunos famosos delincuentes, como el legendario Pedro Vázquez de Escamilla, ahorcado en el siglo XVI, a quien el mismo Lope de Vega, en La gatomaquia, calificó de "el bravo de Sevilla".

 

    Es un caso semejante de cohesión de grupo al que se nos presenta los moriscos granadinos alejados de su patria, de los cuales dice Pedro Valencia:

 

    "La dificultad está agora en que los moriscos hazen pueblo de por sí, y tienen por teatro para su honra y aplauso el corrillo de los de su nación: en él quieren parecer bien y cuidan poco de la buena o mala estimación con los cristianos viejos".

 

    El pícaro está oficialmente reconocido por la sociedad como un indigente, al que se le considera con derecho a mendigar, porque no tiene otro medio de subsistencia; la prueba es que se condena a aquellos que, haciéndose pasar por pobres ficticiamente, mezclándose con los picaros reales, se atreven a vivir de la mendicidad, usurpando una posición que no les corresponde. Este sentido tienen las frases:

     "Halláronse ciertos picarones con falso título de pobres, a quien las Justicias deberían poner en galeras".

     "Demás destos andan unos picarotes mui sucios, crecido el cabello y los mostachos, en postura de questión".

 

    Dada la semántica originaria del vocablo "pícaro", en general, como 'mozo que presta servicios ínfimos', creo que su etimología procede del árabe bikar, 'joven, mozo; virgen', que en el árabe vulgar hispano había de pronunciarse *bíkar. Es un hecho habitual el denominar a los servidores, aún independientemente de la edad de éstos, con el nombre de "mozo", cualquiera que sea su servicio, lo mismo que en el caso de las mujeres se las ha llamado "mozas", "muchachas" o "doncellas". En árabe este vocablo calificaba lo mismo al varón que a la hembra, o a cualquier animal joven; en castellano se procuraría hacer la distinción de sexo con su terminación propia de nuestra lengua.

 

    Recordemos las definiciones del Diccionario de Autoridades y las citas que ofrece a este respecto de su condición de "mozos":

     "Entró Sancho en la sala todo asustado, con un cernadero por babador, y tras él muchos mozos, o por mejor decir picaros de cocina, y otra gente menuda".

     "Había como siete años que aquí llegó un mozuelo picarillo, al parecer ladrón, o su ayudante".

     El valor de esta palabra "pícaro" habría de estar muy próximo al llamado "galopín" o "galopillo", como 'criado que sirve en la cocina para los oficios más bajos de ella' y, en la marina, 'paje de escoba', o "galopo", 'pícaro, bribón, sin crianza ni vergüenza, cualquier muchacho mal vestido, sucio y desarrapado por abandono', y también, familiarmente, 'hombre taimado, de talento, de mundo. Estas voces castellanas creo que se pudieron derivar del árabe yullubân, 'alborotador, ruidoso, charlatán, escandaloso, lenguaraz', y que también significa 'garbanzos', y del nombre de oficio, de la misma raíz, yallâb, 'el que lleva, trae o acarrea cosas'.

 

    En 1624 se empezó a publicar la obra de Jerónimo de Alcalá llamada El donado hablador, la cual lleva por subtítulo el de Alonso, mozo de muchos amos, y en la que se narran las andanzas de este mozo en muy diversos oficios, ya que se dice que fue criado de un estudiante en Salamanca, de un capitán en Italia, de un sacristán en Andalucía, de un gentilhombre en Toledo, de un Letrado en Córdoba, de un médico en Sevilla y de una viuda en Valencia, y tras regresar de Indias, donde padeció trabajos, sirvió a un autor de comedias y a unas monjas en Sevilla, y luego, tras muchas azarosas aventuras, sirvió también en Lisboa a un caballero portugués, a un modesto pintor en Toro y a un peraile y a un mercader en Segovia.

 

   Una carrera semejante nos ofrece también el sevillano Mateo Alemán, nacido en 1547, descendiente de judíos conversos, en su Guzmán de Al-farache, atalaya de la vida humana, cuyo protagonista se ganará la vida por ventas y caminos andaluces con un mesonero bribón, luego, harapiento, será en Madrid esportillero, galopín de cocina y dependiente de un comerciante a. quien roba, luego entrará al servicio de un capitán, y en

Roma será paje de un cardenal y bufón del embajador de Francia.

     Sobre el tema de la carrera profesional del pícaro, en su amplio recorrido, podemos recoger un resumen de toda ella en la semblanza del inicio de la vida picaresca de Carriazo que hace Cervantes, en La ilustre fregona:

     "Aprendió a jugar a la taba en Madrid y al rentoy en las

Ventillas de Toledo, y a presa y pinta en pie en las barbacanas de Sevilla... Visitaba pocas veces las ermitas de Baco y aunque bebía vino, era tan poco que nunca pudo entrar en el número de los que llaman desgraciados, que son alguna cosa que beban demasiada, luego se les pone el rostro como si le hubiesen jalbegado con bermellón y almagre. En fin, en Carriazo vio el mundo un pícaro virtuoso, limpio, bien criado y más que medianamente discreto. Pasó por todos los grados de pícaro, hasta que se graduó de Maestro en las almadrabas de Zahara, donde es el finibusterrae de la picaresca.

 

    ¡Oh, picaros de cocina, sucios, gordos y lucios: pobres fingidos, tullidos falsos, cicateruelo de Zocodover y de la plaza de Madrid, vistosos oracioneros, esportilleros de Sevilla, mandilejos de la hampa, con toda la caterva innumerable que se encierra debajo deste nombre pícaro! Bajad el toldo, amainad el brío, no os llaméis pícaros si no habéis cursado dos cursos en la academia de la pesca de los atunes, ¡Allí, allí, que está en su centro el

trabajo con la poltronería!. Allí está la suciedad limpia, la gordura rolliza, la hambre prompta, la hartura abundante, sin disfraz el vicio, el juego siempre, las pendencias por momentos, las muertes por puntos, las pullas a cada paso, los bailes como en bodas, las seguidillas como en estampas, los romances con estribos, la poesía sin aciones".

 

    Según frases de Mireya, "su ideal único es vivir hoy, sin preocuparse de cómo vivirá mañana. Mira la adversidad sonriéndola. No es un indiferente, pero sí un resignado. Su voluntad, pasiva e inquieta le lleva a luchar sin anhelos, sólo por satisfacer los instintos primarios de su naturaleza innata, haciendo caso omiso de toda virtud individual o social: la honra, la vergüenza, el pudor".

     El pícaro no se siente humillado dentro de su vida abyecta, sino que la vive con orgullo, descaradamente, pues, como dice Guzmán de Alfarache, "lleva metido en su cuerpo un espíritu de rey".

     Los picaros pretenden siempre salir adelante de sus apuros, valiéndose, como pueden, de su ingenio, que es el único patrimonio de que disponen; frecuentemente sus esfuerzos, sea un hombre o una mujer, no consigue sacarlos de su miseria, pero buscan afanosamente el poder escalar un mejor desahogo económico o social. Así dice Quevedo:

     "Pretendiente de una plaza,

por encaramarse en otra,

atisba por esas calles

una picarilla rota".

 

    Pues las mujeres no estaban exentas de caer en esta mala vida, ya que las privaciones les afectaban tanto o más que a sus compañeros de penas y fatigas; como declara D. Pedro Fernández Navarrete;

 

    "Y lo que peor es, el ver que no sólo siguen esta holgazana vida los hombres, sino que están llenas las plazas de picaras holgazanas, que con sus vicios inficionan la Corte".

 

    Es muy sugerente la escena que se nos describe en El Lazarillo de Tormes, que, por la cronología de la obra, se sitúa en el primer cuarto del siglo XVI, cuando, siendo mozo de un escudero en la ciudad de Toledo, al ir con un jarro a buscar agua, nos cuenta;

 

    "...y doy conmigo en el río, donde en una huerta vi a mi amo en gran recuesta con dos rebozadas mujeres, al parecer de las que en aquel lugar no hacen falta, antes muchas tienen por estilo de irse a las mañanicas del verano a refrescar y almorzar, sin llevar qué, por aquellas frescas riberas, con confianza que no ha de faltar quien se lo dé, según las tienen puestas en esta costumbre aquellos hidalgos del lugar".

 

    Las mujeres, a veces, también procuraban ganarse el sustento ejerciendo de curanderas o facilitando amuletos o bebedizos, considerados con efectos mágicos de sortilegios. En El licenciado Vidriera, Cervantes describe el caso de una dama, enamorada de Tomás y rechazada por éste, que recurre a estas mañas, las cuales fueron la causa de su locura:

 

    "acordó de buscar otros modos, a su parecer, más eficaces... y así , aconsejada de una morisca, en un membrillo toledano dio a Tomás uno destos que llaman hechizos".

 

     Pero eran gentes que, en su desgracia, sabían acomodarse a esta azarosa vida e, incluso, llegaban a sentirse cómodos y felices en ella. Dice Gómez de Tejada:

 

     "Solas dos fuertes de personas halló con entera satisfacción, paz y contentamiento, una la de picaros, gente que nada tiene y nada desea".

 

     Como dice Julián San Valero Aparisi, "en todas las Españas se dio el pícaro, pero sus mejores escenarios fueron Madrid y Sevilla", para añadir después, "escenario máximo de toda picardía, en Madrid, Corte de los

Milagros, competían indígenas y extranjeros en nutrir también el hampa de la mala vida... todos concurrían a los bodegonea, tabernas, posadas, garitos, ventorrillos y mancebías...". (Recordemos, tras estas palabras, el étimo que hemos propuesto para el nombre "hampa" como 'beber vino'). En cuanto a Sevilla, afirma que "picaros, tahúres y rufianes del mundo entero deambulaban por El Arenal, que era el meollo de la mala vida sevillana". En el siglo XVII, escribía el racionero de la Catedral de Sevilla, Porras de la Cámara, al cardenal Niño de Guevara:

 

    "Lo que más en Sevilla hay son forzantes, amancebados, testigos falsos, jugadores, rufianes, asesinos, logreros..., vagabundos que viven del milagro de Mahoma, sólo de lo que juegan y roban... Está Sevilla menos segura y mas sospechosa que Sierra Morena y tan miserable y destrozada como Jerusalén en la cautividad del Egipto".

 

    Sobre todo eran destacadamente abundantes en Andalucía, especialmente en Córdoba, siguiendo después en preferencias Sevilla; las sevillanas continuaron observando la costumbre morisca de ir a las casas de baños públicos, y el 'mismo Cervantes dice en El celoso extremeño:

 

    "Hay en Sevilla un género de gente ociosa y holgazana, a quien comúnmente suelen llamar gente de barrio".

 

    También Granada, Málaga, Zahara y Sanlúcar, eran lugares donde indudablemente tenían asentados sus reales tos picaros. En El Quijote, se hacen repetidas alusiones a estas gentes procedentes de los más típicos lugares de la picaresca, como, cuando Sancho es manteado en la venta, los autores del hecho fueron:

 

    "cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del Potro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla; gente alegre, bien intencionada, maleante y juguetona".

 

    En Madrid había lugares especialmente preferidos por los picaros, como eran la Puerta de Guadalajara, la Puerta del Sol, la plaza de Herradores (donde se alquilaban lacayos), la plaza de Santa Cruz, los bodegones "de San Gil y de Santo Domingo, las Vistillas y, en general los barrios bajos, sobre todo el Avapiés (o Lavapiés), es decir los mismos entornos que en el siglo XVIII van a ser conocidos como los barrios de los "majos" madrileños, aunque, como dice Deleito, "no habían nacido aún e! manolismo, la majeza y la chulería, al menos con esos nombres"; más adelante, continúa este autor: "Como refugio natural de esta población equívoca y de acarreo, y también de menestrales, artesanos y gente de bronce (precursora de la manolería que inmortalizaron Goya y D. Ramón de la Cruz), eran famosos algunos ventorrillos, tabernas y bodegones de los arrabales y extramuros, correspondientes a la actual barriada de Lavapiés, donde abundaban espacios despejados que servían de solar, especialmente dominical, a las clases humildes de la Corte".

     Es difícil hacer un retrato de la personalidad del pícaro; quizás la palabra que mejor lo definiese sería la de "truhán", cuya semántica le sería muy afín. como 'hombre que divierte a otros con bromas, cuentos y chocarrerías, granuja, persona que vive engañando o estafando'; sin embargo, creo que, con pocas pinceladas, Deleito nos ofrece una bella síntesis de su compleja psicología: "El pícaro es externamente alegre, pero en el fondo de su alegría hay un poso de pesimismo y de amargura", y recoge las palabras de Mireya: "Aparece burlándose de todo y de todos, aún de sí mismo; pero, tras de sus frases, llenas de sal y de pimienta, tras sus burlas, tras su gesto, descubre la sombra de una dolorosa decepción, que hace que sus risas y sus picardías dejen en nosotros un dejo amargo".