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Quienes alguna vez pasaron por la experiencia de ser torturados -y me
cuento entre ellos- son generalmente reacios a hablar del tema por una
cuestión de elemental pudor, pero ninguno calla a la hora de denunciar esa
lacra del comportamiento humano y a los canallas que inducen a su
práctica.
Luego de ver las espantosas fotos que enseñan a la soldado Lynndie
England,
21 años, hoy embarazada de seis meses, mientras colabora con singular
entusiasmo en un "ablandamiento" de prisioneros iraquís, el horror, los
viejos fantasmas de un pasado todavía reciente, ceden terreno a la ira que
producen las palabras de Donald Rumsfeld condenando a regañadientes lo que
obviamente sabía, y uno no puede menos que felicitarse por el regreso de
las tropas españolas, de esos soldados, hombres y mujeres, que no deben
ser cómplices de las violaciones de los derechos humanos, de la convención
de Ginebra, de las normas elementales de respeto al vencido que perpetran
los ocupantes de Irak.
AL CONDENAR la tortura no cabe ninguna consideración políticamente
correcta. La tortura siempre se practica con pleno conocimiento de los
altos mandos, no hay inocentes ni ambigüedades que permitan suponer
ignorancia respecto de lo que hacen las tropas, y si se trata de tropas
norteamericanas los
responsables de la tortura se evidencian con una nitidez nauseabunda.
Desde el asesinato de Kennedy, la guerra sucia -con la tortura como arma
más eficaz- ha sido parte de la política exterior norteamericana. La
tristemente famosa Escuela de las Américas en la zona del Canal de Panamá,
y sus filiales de Georgia y Carolina del Norte, han sido las universidades
encargadas de preparar a la mayor basura torturadora del planeta, con
pleno conocimiento y convicción de demócratas y republicanos. EE.UU. formó y
sostuvo a torturadores de la talla de Pinochet, Videla, Ríos Montt o Hugo
Banzer. Un "héroe americano" celebrado por Reagan, el capitán Oliver
North,
no vaciló en organizar la venta de armas a Irán mientras los pasdarán del
ayatolá Jomeini mantenían de rehenes a los funcionarios de la embajada de
EE.UU. en Teherán para, con ese dinero, financiar y formar a los peores
criminales que conoció el continente americano: la contra nicaragüense,
cuyos "luchadores por la libertad", como los llamaba Reagan, solían
obligar a los padres de
muchachos sandinistas a trocearlos vivos, a golpe de machete y en
presencia de toda la familia. ¿Puede extrañarnos ahora que la soldado
Lynndie England, 21 años, torture a iraquís con la mejor de sus sonrisas?
Cuando los británicos, extensión de EE.UU. en Europa, derrotaron a unos
chicos muertos de hambre, frío y mal armados en las Malvinas, fueron
bastante considerados con los oficiales argentinos, cobardes que se
rindieron antes del primer tiro, pero
presenciaron gustosos a sus gurkas mientras éstos sodomizaban, arrancaban
ojos y testículos, cercenaban lenguas a los soldados rendidos. ¿Nos
extraña que los británicos también torturen en Irak? Henry Kissinger, un
criminal que ostenta el premio Nobel de la Paz, adujo en una ocasión que
la tortura era inherente a la guerra sucia. ¿Hay acaso guerras limpias?
¿Puede haber una guerra más sucia que la de Irak cuando se ha demostrado
hasta la saciedad que se fundamenta en puros embustes?
EL NUEVO embajador de EE.UU. que remplazará a Paul Bremer como cónsul del
imperio en Irak se llama John Negroponte y fue nombrado por una amplia
mayoría del Senado norteamericano: demócratas y republicanos saludaron el
valor del diplomático que, desde la sombras de experto en guerra sucia,
organizó, financió y adiestró al Batallón 136 en Honduras. Entre 1981 y
1985, Negroponte cumplía sus deberes de embajador desde El Aguacate, una
base militar y centro de torturadores en donde terminaban de capacitarse
los torturadores argentinos y chilenos, y los indígenas como Rigoberto
Menchú servían de cobayas a esa convención internacional de sádicos. En
mayo de 1982 una monja, Leticia Bordes, se acercó a la Embajada de EE.UU.
en
Tegucigalpa para averiguar por la vida de 32 monjas salvadoreñas que se
habían refugiado en Honduras luego del asesinato del obispo Romero. Se
entrevistó con Negroponte y éste dijo no saber nada, pero años más tarde
Jack Binns, diplomático de EE.UU., aseguró que las monjas habían sido
secuestradas, violadas, torturadas y lanzadas vivas desde helicópteros con
pleno conocimiento de Negroponte. ¿Puede alguien dudar de lo que espera a
los iraquís con este siniestro personaje con plenos poderes imperiales?
¿Puede
alguien dudar de que para los Rumsfeld, Wolfowitz, Rice, Cheney y Bush la
tortura adquiere categoría de ideal? ¿Y puede alguien dudar todavía de qué
legítimo es sacar a las tropas españolas del indigno atolladero que hoy es
Irak?
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