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La primera documentación castellana de la palabra "majo" aparece en el Diccionario de Autoridades (1726), bajo la calificación de sustantivo y con la siguiente definición: "El homore que afecta guapeza y valentía, en las acciones o palabras. Comúnmente llaman así a los que viven en los arrabales de la Corte".
Según indican Corominas y Pascual, el P. Martín Sarmiento escribía que "majo" era voz introducida "de pocos años a esta parte en Madrid. Oíla por primera vez en el año 1725, y entonces oí pronunciar majar, lo cual paró en majo".
Posteriormente, la Real Academia le ha dado también su primera acepción como sustantivo: "Dícese de la persona que en su porte, acciones y vestidos afecta un poco de libertad y guapeza, más propia de la gente ordinaria que de la fina"; pero indica, a continuación, dos acepciones más, familiares, como adjetivo: "ataviado, compuesto, lujoso" y "lindo, hermoso, vistoso".
El Diccionario de Marty Caballero aporta algunos matices en sus definiciones:
"Persona del pueblo que se distingue por su traje particular, por su porte garboso y por sus modales llenos de gracia. Vestido con lujo. Valentón, matón".
En el Diccionario crítico-etimológico, de Corominas y Pascual, se le define como "tipo popular achulado, que afecta elegancia y valentía", añadiendo también los mismos adjetivos de la Real Academia.
La Gran Enciclopedia Larousse dice de "maja": "(Cuba) Fig. y fam. "Persona holgazana", y de "majo": "(origen incierto) A fines del XVIII y principios del XIX, individuo de ciertos barrios bajos de Madrid, que se distinguía por su traje vistoso y su actitud y manera de hablar arrogantes y desenfadados (Sin. CURRO, CHISPERO, CHULO, GUAPO, MANOLO".
Su valor como adjetivo, usual en nuestros días, está especialmente vivo en Aragón, aplicado a cosas y personas, según afirma María Moliner, equivalente a 'bonito, vistoso, guapo', y según Corominas -Pascual como 'lujoso, elegante, bien puesto de traje'; se encuentra en Asturias, también como adjetivo, "maxu" ("mozu, currutacu, pasiador: el que "maxu" busca, "maxu" mantién; "maxiar": facer el "maxu"); en Santander y Vizcaya como 'lindo, bonito', igual que el catalán "maco", aunque éste además, en la lengua familiar, significa 'valiente, matón', sobre todo en la frase "fer el maco".
María Moliner dice que "recientemente se aplica a alguna persona que gusta por alguna cualidad: guapa, simpática, cariñosa, inteligente..." ("Es una chica muy maja; da gusto estar con ella"), y en su apartado 3) da una serie de referencias sumamente interesantes, pues especifica que el nombre de "majo" "se aplicaba a fines del siglo XVIII y principios del XIX, y sigue empleándose refiriéndose a aquella época, a los artesanos de ciertos barrios de Madrid, llamados "bajos", que en algún tiempo hacían vida completamente aparte, hasta el punto de estar exentos del servicio militar, y se distinguían por su traje vistoso y recargado de adornos y su actitud y manera de hablar arrogantes y graciosamente desenfadadas (que siguen siendo hoy características de las personas de los barrios y se encierran en los adjetivos "castizo" y "chulo"). Al mismo tipo de personas, aunque no circunscritas a determinado barrio, se refieren las denominaciones "chispero" y "manólo". Hay abundantes ejemplos de estos tipos en las pinturas de Goya y en los saínetes de D. Ramón de la Cruz".
También se emplea el sustantivo "majeza", junto a "majencia" y "majura", para designar la cualidad de "majo" o su actitud' y la 'ostentación de esta cualidad' o 'brabuconería'. "Majería" es el 'conjunto o reunión de "majos"'. Parece como si la "majería" encerrase también un sentido de discrimación de casta, con el mismo valor que se emplearon los términos "judería", "morería" y, modernamente, "gitanería", que comprende siempre al conjunto de personas perteneciente a una raza minoritaria y segregada.
El verbo "majar", en su acepción segunda de 'molestar, cansar, importunar', pudo estar referido no sólo a una acción de 'machacar', sino también a un sentido de 'hacer el "majo"', con lo que esto presuponía de galanteo, de cortejo y requiebros.
En Pérez Galdós la "majeza" se identifica con la sal y la gracia; en Misericordia, cuando describe el edificio de la parroquia de San Sebastián, dice: "ofrece un conjunto gracioso, picante, majo, por decirlo de una vez", y en Tormento, el elogio de su protagonista, en boca de su enamorado, alcalza las máximas cotas con estas palabras:
"¡Divina y salada! - pensó el infeliz señor, viéndola salir - Se me parece a las seráficas majas que gozan un puesto en el Cielo..., digo, en el techo de San Antonio de la Florida".
En cuanto al conjunto de cualidades que constituyen la "majeza", conforme a lo que podemos deducir de las distintas definiciones citadas, vemos que hay un predominio de las positivas sobre las negativas, aunque hay que tener en cuenta ambos sectores: por una parte la belleza personal (hermosura, garbo, gracia) y la estética del atavío (lujo, vistosidad, elegancia), por otra parte la valentía y la arrogancia, llevada hasta lo chulesco y matón, que se corresponde con el dicho popular: "¡A ver quién es el majo que se resiste a eso!".
No cabe duda de que la "majeza" era una cualidad innata de ciertas personas, una manera de ser y de estar, que difícilmente podía adquirirse con artificios e imitaciones.
Aunque Corominas-Pascual consideran que la palabra "majo" es ajena a la germanía de los siglos XVI y XVII, sin embargo llegan a la conclusión de que primitivamente debió de ser, precisamente, una palabra de germanía y que se impone ver en "majo" una creación del lenguaje erótico, ya que, según datos "de fuentes antiguas y de provincias conservadoras" está ligado a la idea de 'amante arrufianado' o 'querindango'. Destacan que en el vocabulario "churro" del Villar del Arzobispo, de V. Llatas, tiene la acepción de 'querido', así como en un glosario murciano escrito por D. Eulogio Saavedra en 1888. En Pérez de Ayala también tienen este sentido erótico las frases: "A ver quién es el majo que se pone al alcance de mis divinos cuernos" o "¿Quién es ese amador tan majo?".
Su asimilación a las voces antes citadas, pertenecientes al lenguaje de germanía, nos introduce dentro de los términos de la valentónica, tan castizos. Alonso Hernández afirma que en los "romances de valentías, guapezas y desafueros", incluidos en el Romancero general, aparece muchas veces la palabra "maja" para referirse, sobre todo, a la prostituta instalada por su cuenta y cercana a la buscona, aludiendo también a su frescura, hermosura y juventud:
"bien querido de los rufos y aplaudido de las majas".
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