ISLAM Y AL-ANDALUS

LOS MORISCOS QUE NO SE FUERON

 

EL ÁREA GEOGRÁFICA DE LOS "MAJOS"

 

     

 

    Aunque el "majo", en el concepto común, parece estar referido a los barrios bajos madrileños, sin embargo, es también una figura típicamente andaluza en los siglos XVIII y XIX, además de que el vocablo, usado como adjetivo, es palabra común en toda la Península Ibérica.

 

   Los "majos" andaluces tienen las mismas características que los de Madrid, no sólo en cuanto a su atavío y porte, sino también en sus modales, lenguaje y actitudes.

 

    Los viajeros extranjeros que llegaron hasta el sur de la Península describen a sus gentes con los mismos tintes que los "majos" castellanos. El inglés Richard Ford, al llegar a la Serranía de Ronda, nos da la visión del "contrabandista español", bien próxima a la que podría darse de un "chulo" madrileño: afirma que, lejos de sentirse delincuente o degradado, goza en su tierra de la brillante reputación que proporcionan audaces aventuras personales, ante una gente orgullosa del valor individual. El sirve de modelo a escultores y pintores, y es un héroe del teatro. Aparece vestido con su traje completo de "majo" y su "retaco" o escopeta en la mano, y cantando la conocida "seguidilla", ante el júbilo de jóvenes y viejos, desde el estrecho de Gibraltar hasta el Bidasoa; va magníficamente vestido, lo que siempre tiene gran encanto a ojos "ibero-moros", cuyo deleite es el boato. Es audaz y resuelto: "solo los valientes merecen a las bellas". Es un buen jinete y un buen tirador.

 

    Hablando de Ronda, nos cuenta Ford que "tiene dieciocho mil habitantes, montañeses, contrabandistas y majos muy crudos, gente audaz, valiente y de fresca tez", y continúa en su relato:

 

    "El 20 de mayo es el mejor día para ver Ronda, sus toros y sus majos en todo su esplendor. Esta es la gran feria del cuero, las sillas de montar, las polainas bordadas y los caballos...".

 

    Una tarde, camino de Jerez, pasa por Arcos y explica:

 

    "... se llega a este lugar salvaje de verdaderos majos andaluces".

 

    Y de Antequera dice: "Tiene unas veinte mil almas. Casi todos son agricultores, van vestidos de majos y son amigos de los terciopelos' verdes ºy la filigrana de oro".

 

    En las páginas que dedica a describir Málaga, nos cuenta:

 

    "Málaga carece de bellas artes; la principal, si es que esto merece el nombre de arte, consiste en hacer estatuillas de "majos", "contrabandistas", y trajes de la región en "terracotta" policromada".

 

    Al pasar por Alhama, la compara con las villas de Castilla, pues muchas de sus casas son "casas solares", mansiones familiares concedidas a los que participaron en la conquista; por ello, la población es diferente y de talla:

 

    "...va vestida de pardo como en la Mancha, por aquí el alegre majo andaluz ha desaparecido".

 

    Al llegar a Granada nos da un dato muy curioso:

 

   "La sociedad granadina es monótona. A los que llegan de Sevilla, los granadinos no les parecen ni bien vestidos, ni alegres, ni inteligentes. Hay menos majos y las mujeres son inferiores tanto en su modo de andar como de hablar; les falta el verdadero meneo y gracia, aunque se asegura allí que las granadinas son muy finas..."

 

    Es probable que la abundancia de "majos" en la Andalucía Bética y su escasez en el antiguo reino de Granada, a la que hace alusión Ford, fuera debida a las famosas deportaciones de moriscos después de la guerra

de las Alpujarras, de las que ya hemos hablado, las cuales canalizaron las emigraciones precisamente hacia el occidente andaluz, así como a Castilla la Nueva. Granada se vio desposeída de una gran parte de su población morisca mucho antes de que el resto de la Península se viese implicado en las órdenes de expulsión definitivas.

 

    Sin embargo, el gaditano González del Castillo se duele de que la "majeza" andaluza, ya en su tiempo, esté perdiendo sus raíces y su casticismo:

 

    "Los extranjeros son causa de que en Cádiz se aniquile la majeza..."

 

    También lo gitanesco va cubriendo, poco a poco, todo aquello que era la esencia más antigua del pueblo, y estos mismos rasgos se van manifestando en la "majeza" madrileña, en una mezcla de cochambre y lujo, como sello que caracterizó a esta etnia. No puede dudarse de la identidad originaria de todos los "majos".

 

    Caro Baroja afirma que "lo majo madrileño nos obliga a mirar, siempre, hacia Mediodía. Ningún valor del majismo puede referirse al Norte, a tierra castellano-vieja... Lo majo madrileño se incuba, sin duda, con la población llegada de la Mancha y de Andalucía... el eje Madrid – Sevilla es fundamental para comprender la vida popular española en rasgos esenciales".

 

    Esta población de aluvión, que llega a establecerse en Madrid, al calor de la recientemente instaurada capitalidad, procede fundamentalmente del sur. El recinto urbano se va ensanchando, improvisadamente, alrededor de las murallas, que constituían su entorno en 1561, extendiéndose primero hacia el Sur, hasta las puertas de Toledo y de Atocha, después, en sucesivas oleadas, hacia el Norte y el Este, ya que la zona occidental quedaba interrumpida por el río Manzanares.

 

    Si observamos el plano de Madrid, veremos que la zona correspondiente al ensanche efectuado hacia 1590 se corresponde exactamente con los denominados "barrios majos" del siglo XVIII, y que lo siguieron siendo igualmente en el XIX, como los más castizos: el Rastro, las dehesas de la Arganzuela y de la Villa y la de la Encomienda de Moratalaz, el barranco de Lavapiés (del Avapiés), famosos pronto por la "gente del bronce" y las "mozas de rompe y rasga", hasta la puerta de Vallecas y los "pueblos nuevos" del monte de Leganitos. Barrios rivales muchas veces, que se enzarzan en luchas tribales, tan encarnizadas como las de los antiguos clanes árabes: los "majos" del Avapiés contra los del Barquillo, o los de Maravillas o Chamberí.

 

    Siguiendo la costumbre tradicional, que aportaban ya de origen, solían distribuirse en sus asentamientos con una discriminación gremial, conforme a sus industrias y oficios, sobre todo en los alrededores de la calle de

Toledo, arteria de los barrios populares: calles de Colchoneros, Latoneros, Tintoreros, Cuchilleros, Curtidores, plazuela de Herradores y plaza del

Rastro, con el mercado; en sus calles estaban representados todos los oficios aportados a la Corte por la habilidosa artesanía morisca.

 

    La extensión urbana que se da para Madrid hasta 1630, puede considerarse que es casi la misma que se alcanza al llegar el siglo XIX. A este respecto dice Jerónimo de Quintana:

 

    "Dedonde se infiere el aumento grande que tuvo Madrid, no sólo de personas, sino de edificios y casas en tiempo del Rey Felipe Segundo, y tanto, que fue necessario la puerta del pueblo, que estava en la Puerta de Santo Domingo, mudarla al camino de Fuencarral, y la de la Puerta del Sol passarla al camino de Alcalá, y la que avía cerca del hospital de Antón Martín baxarla al arroyo de Ntra. Sra. de Atocha, y la que estava junto con el de la Latina ponerla más abaxo, como van hazla la Puente, que es la que se llama de Toledo. Tanto fue lo que se estendió por estas partes, y acrecentó su población..."

 

    Así, los barrios bajos de la época de los Austrias vienen a ser los mismos que van a ocupar los "majos" del XVIII, y que seguirán habitando los menestralse de la siguiente centuria; serán los mismos barrios, y casi las mismas gentes, los que se nos describen en las escenas costumbristas de Pérez Galdos. El estudio de los "chulos" y "chulapas" madrileños del siglo XIX constituye, por sí mismo, un tema para tratarlo independientemente, aunque venga a ser como una prolongación y una herencia de todo este pasado al que nos estamos refiriendo.

 

    Igualmente, en el tipo de edificación primitiva de estos barrios se destaca su influencia meridional. Las ordenanzas de urbanismo vigentes no permitían, para evitar las aglomeraciones, que se edificasen casas de dos pisos, pero entonces, para burlar la ley, se hacía el techo inclinado, a partir de la fachada hacia el interior, dé forma que se originaba otra planta con vistas a un "patio grande, que adornaban a usanza morisca o andaluza". Se construía a la ligera, con ladrillo y tierra, procurando tener un jardín con una fuente, si les era posible; en general, eran casas humildes, estrechas y de escaleras empinadas, con pequeñas aberturas a la calle, sin cristales (eran muy caros), y las ventanas se cubrían con rejas o celosías; debido a ello, una viajera francesa, Mme. d'Aulnoy, describe así sus impresiones:

 

    "Encuentro a esta villa el aspecto de una gran jaula donde se ceban pollos, pues desde el nivel de la calle hasta el cuarto piso no se ve por todas partes más que celosías, cuyos agujeros son muy pequeños, y de igual modo están los balcones cubiertos con ellas. Siempre se ve detrás a pobres mujeres que miran a los transeúntes, y cuando se atreven abren las celosías y se asoman con mucho placer".

 

    Tantas concordancias no pueden darse por una mera coincidencia y hemos de pensar, necesariamente, que los "majos" madrileños eran el fruto de aquel trasplante de moriscos comenzado a partir de 1570. No puede extrañarnos que la mayor parte de estos moriscos que pasaron al norte de Sierra Morena, procuraran buscarse un más fácil sustento al arrimo de la vida de la Corte.

 

    Conviene destacar el hecho de que, en la definición que da María Moliner de la palabra "majo", sobre la que hablaremos también más adelante, se hace hincapié en que éstos "hacían vida completamente aparte, hasta el punto de estar exentos del servicio militar", exactamente igual que ocurría con los moriscos de los siglos XVI y XVII.

 

    La existencia de moriscos en Madrid se encuentra ampliamente documentada; el procurador Pedro de Vesga da testimonio de ello, afirmando:

 

    "En Madrid y otras partes han cogido moriscos que de noche andaban a matar cristianos viejos sólo por odio..." .

 

    Si bien estos informes podían recoger gran parte de los bulos que circulaban sobre la actuación de aquella minoría perseguida y acorralada, sin embargo, la existencia de moriscos se encuentra probada, constando que algunos de ellos gozaban de buena posición económica o incluso los había francamente ricos, pues se conocen los nombres de algunos de ellos, como el de Lázaro López, citado por Bennassar, propietario de tintorerías de seda, que realizaba una cifra de negocios de ocho mil ducados anuales, aprovechando la mano de obra barata de sus compañeros moriscos; o como el de Francisco Toledano, citado en un informe de 1596, que, aunque procedente de Toledo, se había instalado en Madrid, donde era el más importante mercader de hierro, traficando con Vizcaya, y uniendo a ello un próspero comercio de armas blancas y arcabuces.

 

    En el Archivo General de Simancas se puede encontrar documentación sobre la hacienda de los moriscos en el siglo XVII: en la Consulta del Consejo de Hacienda del 15 de febrero de 1611, se encuentra un informe sobre los bienes moriscos, que habían sido distribuidos en dos categorías: por una parte los bienes raíces que éstos habían dejado, por otra el importe de la mitad del dinero y las joyas que poseían, que hubieron de entregar para obtener el permiso de sacar de España la otra mitad. Con arreglo al inventario que se mandó hacer de todos los bienes raíces, interesa destacar algunos de sus párrafos:

 

   "V. M. en 7-4-1610 mandó se le enviase relación de la hacienda que dejaron los moriscos en lugares de señorío y no se dispusiese de ello hasta tomar otra orden...

    Por dicha relación parece que valen los bienes raíces y sembrados y otras cosas en lugares de realengo 171.444.558 maravedises, sin los lugares que faltan por averiguar...

    Los bienes que se han hallado hasta ahora en los lugares de señorío montan 113.350.452...

    Conforme a la orden de reservar los bienes de Madrid,

Ocaña y sus lugares se averiguó que los de Madrid y su tierra valían 2.217.890 y los de Ocaña y sus 22 lugares, quitadas deudas, 20.855.121 y rentaban al año 748.730.

    En respuesta a esta consulta el rey decretó que se reservara

lo de Andalucía, Madrid y Ocaña, y que se le comunicara lo que huviese de solariegos en los lugares de señorío, porque éstos serán de distinta consideración".

 

Un romance popular de comienzos del siglo XVII refleja fielmente lo que vino a ser, en gran parte, la población de la Corte:

 

    "Por eso en la antigua villa

cesó la paz y la calma;

que, cual a panal sabroso,

acuden con prisa extraña

pretendientes y soldados,

dueñas, busconas, garnachas,

mercaderes, barateros,

galanes, rufianes, damas,

titulares y mendigos,

y, en fin, por ahorrar palabras,

la flor de cuanto de bueno

y de malo encierra España".

 

    No puede extrañarnos, pues, que en el siglo XVIII el pueblo madrileño sea todavía un fiel reflejo de aquel aluvión humano, heterogéneo e incontrolable, de gentes alborotadoras y de enemigos irreconciliables. Así lo vio D. Ramón de la Cruz:

 

    "¿Tú sabes quién es

esa gente de los barrios

de Madrid? Unos demonios".