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Siempre llamó la atención de los costumbristas el lenguaje peculiar de los "majos", que afectaba a los tres niveles lingüísticos, la fonética, la 0gramática y el léxico, y cuya semejanza con el habla de los andaluces era evidente. Ya Bretón de los Herreros criticaba los excesos de andalucismo que se estaban introduciendo en la lengua -como "miste" por "mire usted"- y se quejaba del abuso que los mismos escritores cometían por darle gracia a sus saínetes.
El habla andaluza abarca a muchas áreas meridionales de la Península, e incluso penetra en Extremadura y llega a las tierras castellanas comprendidas al sur de la Sierra de Gredos; sobre este fenómeno de expansión dice Bustos Tovar que "la propia capital de España ha sufrido su influencia, intensificada en los movimientos migratorios de los últimos cincuenta años. Así se ha hablado de una andalucización del habla madrileña".
A mi entender, esta andalucización comenzó ya en la segunda mitad del siglo XVI, concretamente a partir de 1570, fecha en que se inician las migraciones moriscas masivas.
Si estudiamos los caracteres fundamentales del habla andaluza, veremos que todos ellos se encuentran reflejados fielmente también en el habla de los "majos". Podemos entresacar de los saínetes sus modismos y voces incorrectas y vemos que sus anomalías, fonéticas y de léxico, quedan perfectamente encajadas dentro de los fenómenos habituales que se dan en el andaluz. Señalaremos algunos de los más destacados.
En cuanto a las consonantes:
A).- Se produce la aspiración de la h procedente de f latina: "jembra" por 'hembra'.
B).- Relajación de consonantes no iniciales: "camaráa" por 'camarade' (también "camaraílla"), "engarrotáa" por 'engarrotada', "naája" por 'navaja', "habilidá" por 'habilidad', "seor" por 'señor' (en árabe no existe el sonido de ñ), "moo" por ‘modo’, "toítas" por 'toditas'.
C).- Aparición de consonantes por fenómenos de falsa disimilación, ruptura de diptongos (huella árabe) o reforzamiento de palabras agudas terminadas en vocal: “endinotas” por 'idiotas', "enrita" por 'irrita', "vigolín" por 'violín', "tisul" por 'tisú'.
D).- Metátesis: "probé" por 'pobre'.
E).- Confusión de los sonidos s y z: "aspasito" por ‘despacito’ . También suelen escribir "Frazquito".
F).- Cambio de b en g ante diptongo (sonido de wâw árabe): "güeno" por 'bueno'.
G).- Sonorización de la gutural: "luzga" por 'luzca'.
H).- Aparición o desaparición de una d inicial: "deprendiz" por 'aprendiz', "desamínate" por 'examínate', "aspasito" por 'despacito'.
I).- Despalatalización de la x (como el sîn árabe) en s: "desamínate".
J).- Otros tipos de mutaciones consonánticas: "comenencias" por 'conveniencias', "dempués" por 'después'.
Con respecto a las vocales también se producen diversos fenómenos:
A).- A veces, alargamiento con diptongación: "ciesa" por 'cesa'.
B).- Relajación del sonido vocálico y mutaciones de a en e, confusionismo entre e e i y entre o y u : "rincor" por 'rencor', "antipasados" por 'antepasados', "vesita" por 'visita', "prucesión" por 'procesión', "enstrumentos" (también "estrumentos") por 'instrumentos', "labirinto" por 'laberinto', "pispunte" por 'pespunte', "fisionado" por 'festonado', "mesma" por 'misma'.
C).- Pérdida de diptongos: "concencia" por 'conciencia', "comenencias" por 'conveniencias'.
D).- Aparición de una vocal interconsonántica: "Alifonso" por 'Alfonso'.
La mayoría de estos rasgos se ven ya acusados en el habla de los moriscos en los siglos XVI y XVII: "conmego" por 'conmigo', "hego" por 'higo', "chequetilio" por 'chaquetillo', "vejo" por 'viejo', "cochillo" por ‘cuchillo’, "xebolia" por 'çebolla', "estrología" por 'astrología", etc.
También es frecuente encontrar arcaísmos, como "asina", y muchas palabras de argot especial: "pepla", "chagüi", "machucho", "chulada", "gachó", "a jopeo".... junto con el uso habitual de voces árabes como "zambra" o "daifa", "guapo", "jaque", "chulo", etc.
El habla del pueblo del Madrid del siglo XIX, el mismo que tan fielmente recoge Pérez Caldos, común entre "chulos" y "chulapas", va a estar caracterizado también por unos rasgos muy comunes con esta de los "majos" del siglo XVIII.
También es muy interesante el estudio de los apodos con que vulgarmente se denominaban entre sí los "majos" y "majas", donde quizás podría verse un deseo ancestral de no usar los nombres recibidos en el bautismo, como hicieron en otro tiempo los moriscos, buscando el empleo de un laqab.
En los repartos de personajes de las obras de D. Ramón de la Cruz suelen figurar aislados, aunque a veces aparecen junto al nombre de pila, como podemos ver en los siguientes saínetes:
El muñuelo : Pizpierno, Roñas, Zaque ("majo" del barrio), Mudo.
Las castañeras picadas : Geroma la Temeraria, Estefanía la Pintosilla, Tío Mojiganga, el Macareno, Blas Trabuco.
La Petra y la Juana : el Moreno (novio de una "maja"),
Manolo : el Tío Matute (tabernero de Lavapiés), la Tía Chiripa (su mujer,castañera), la Remilgada (hija de los anteriores), Mediodiente (su amante), la Portajera.
El fandango del candil: Modorro, Pocho, Cucharas [manólos), la Pugitos, Medioculo, la Culebra [manólas).
Las majas vengativas: el Tío Perol (padre de las "majas", una de ellas se llama Bardasca), Pocas bragas ("majo decente").
Los bandos del Ávapiés : el Zurdillo, Canillejas, el Zancudo, Marrajo ("majos ordinarios" del Barquillo), Gangosa, Tinosa, Zunga ("majas" ídem), Tío Mandinga ("majo ordinario"), padre de la Pelundris y de la Zaina ("majas"), Cachivache y Perdulario ("majos ordinarios" del Ávapiés).
Estos apodos serían para los "majos" como el laqab había sido para los moriscos, acostumbrados a denominarse con estos sobrenombres, incluyendo en este caso también a sus antiguos reyes musulmanes. Podemos comparar estos apodos con los que en El diablo Cojuelo se dan para las gentes que deambulan por las calles de Sevilla ("hijas del Laberinto de Creta") en el siglo XVII, de las que el Cojuelo dice: "Estos pobres, como son de Sevilla, campan también de valientes y reñirán con los diablos", entre los cuales figuran: el Murciélago, el Chicharro, el Gallo, Faraón, Marqués de los Chapines, el Piedepalo, Zampalimosnas, Pericón el de la Barquera, Embudo el Temerario, Tragadardos, Zancayo, Peruétano, Ahorcasopas, Cienllamas... y lo mismo las mujeres, la Postillona, la Berlinga, la Galeona, la Lagartija, la Mendruga, Chispa, Redina... ; lo cual prueba la continuidad de esta antigua costumbre árabe.
También la palabra "majo" constituyó uno de estos apodos; en El fandango del candil aparece un manólo, Marcos, al que llaman "el Majillo de Aravaca". Pero también fue entre los moros un laqab: en las actas del concejo de Jaén de 1479 se encuentran dos documentos relativos al intercambio de prisioneros o redención de cautivos, conforme a lo acostumbrado en la frontera castellano - granadina, a través de unos intermediarios u "hombres buenos", conocidos como "alfaqueques" o "alhaqueques" (del árabe haqîq, 'digno de fe, merecedor de confianza'); entre éstos figura uno llamado "Hamete el Majo", como puede verse en el siguiente texto:
"Facémosvos saber cómo Martín de Lara nuestro alhaqueque páresçio ante nos e se nos quexó e dixo cómo él e Hamete el Majo vuestro alhaqueque, guardando la fieldad a verdad de sus oficios e trato, asy el dicho Martín de Lara como el dicho Hamete, han sido trujamanes y conpradores de ciertos moros que fueron leuados a ese Reyno e çibdad de Granada.... De Jahén, a XIII de nouiembre de LXXIX anos" (fol.
Pero "el Majo" no había correspondido a la fiabilidad que se esperaba de él, no habiendo pagado lo estipulado, y de nuevo se cita a este mismo personaje en otro documento correspondiente al mes de diciembre del mismo año, del que pueden leerse solamente algunos fragmentos, como:
"Pasada la pascua venga aquí Martín de Lara e no le faltaré cosa alguna de la justicia, e el Majo pagará... Al contado se dieron por estas seyscientos mrs... Porque la rrazón desto sabe el alcayde de Almería, que se escriuirá sobrello, e sabido se hará la justicia...".
Es posible que el nombre de este curioso personaje, del que nos hablan estas actas jiennenses, fuera Hamîd al-Mahûw o aí-Ma/iüw, conforme al estudio que de este vocablo árabe haremos más adelante. Sin embargo, Carriazo, para justificar esta aparente hibridación denominativa, indica ante este hecho: "con el singular mudejarismo de su apodo castellano sobre su nombre musulmán".
También en 1569, en el censo que se hace de los feligreses de las parroquias del Albaicín, residencia habitual de los moriscos granadinos, en el índice correspondiente a la de San Nicolás, aparece el nombre de un vecino llamado Andrés el Maxo, cuyo laqab parece corresponder al mismo apodo anteriormente citado.
En la actualidad aún subsiste como apellido, bajo la forma Majó, más próxima a su origen etimológico, según nuestro criterio.
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