El carácter envolvente del Wuyud


Abdelmumin Aya

 

Con el tema del wuÿûd llegamos, sin lugar a dudas, a la culminación de la metafísica islámica, a la clave de su originalidad y la razón de su amor por la vida.

Comencemos, como es nuestra norma, por la exposición de términos relacionados, es decir, la familia árabe W-Y-D.

El verbo que rige el término wuÿûd es waÿada, con significado primario de "encontrar", y significado secundario de "sentir tristeza-sentir alegría; sentir pasión-sentir odio; sentirse rico-sentirse pobre; etc; es decir, ser afectado por todo tipo de opuestos... Entre los sustantivos de la familia encontramos: waÿd ("conmoción"), wiÿad ("pasión"), tawâÿud ("fingimiento").

Y, por último, el objeto de nuestro estudio: wuÿûd, término con el que se tradujo el griego "existencia de Dios", en oposición a "esencia de Dios" que fue traducido como dzat. Pero resulta que para nosotros es inconcebible esta separación entre "existencia" y "esencia". Porque todo lo que existe, es, y todo lo que es, existe. Es decir, que no hay una reserva en ningún lugar donde lo que es no "se la esté jugando", perdóneseme la vulgaridad de la expresión. Así pues, la dzat de Allah, sea lo que sea, es algo que tiene lugar en el mundo, y, del mismo modo, el wuÿud -que es sólo de Allah- ocurre en el tiempo, porque para el semita nada que sea verdad puede estar al margen del existir material. En un ejemplo quedará más claro: la dzat es la semilla que no es el árbol, pero que contiene todo lo que será el árbol, con tal de que se produzca un proceso al que llamamos "mundo", un proceso para existenciarse, para hacerse árbol, para ser wuÿûd. El wuÿûd -la existencia- es, pues, el fruto de un ÿud ("extroversión, surgimiento") de Allah. La dzat es lo que recoge las potencialidades del Sí Mismo de Allah; el wuÿûd es lo que efectivamente va realizándose de esa potencialidad, el árbol tal y como va haciéndose. Pero el árbol no sólo está contenido en la semilla sino que necesita del proceso (tierra, aire, luz y, sobre todo, trabajo de hombre, acción humana) para desarrollar las potencialidades de la semilla. De modo que la acción del hombre, el Mundo, la Historia, es imprescindible en el proyecto de realización de Allah. El hombre no era un "ser puesto ahí" para la contemplación, la adoración o la alabanza, sino para la realización de Allah... ¿Y cómo lo realizaba? Con su capacidad de sentir.

El musulmán es impactado por Allah; todo aquello que es fuerte, que le desarma sus planteamientos artificiales, que le deshace por dentro, todo aquello que le mueve interiormente es Allah. Allah es para el Islam lo que tú vayas experimentando a lo largo de tu vida, la intensidad de todo aquello con lo que tú te encuentras (waÿada), lo que vayas sintiendo, pero sin identificarlo jamás con algo concreto para que eso concreto no se convierta en un ídolo que te impida seguir buscándolo. Ya sabemos que Allah no tiene límites, que no es una meta sino el destino infinito de lo creado. Por eso, hay un encuentro incesante con Allah en tu sensación de las cosas, en la felicidad y en la desgracia, en el placer y en el dolor, en el amor y en el miedo..., con lo que te encuentras es con Allah. Porque Allah es lo que provoca en tí una emoción, sea del signo que sea. Todo el conocimiento de Allah que obtiene el mu'min es su experiencia del mundo. Vivir, estar vivo, es el máximo contacto posible con Allah, pues Allah no es una idea, ni un Ser Supremo al margen del mundo, es lo que mueve a los seres. Vivir es el máximo contacto con Allah, es el único contacto con Allah, porque no habrá otro Allah para ti que lo que puedes sentir.

El wuyûd es la existencia como cosa de Allah, Allah sucediendo, lo que se va realizando en el mundo y en el tiempo de la naturaleza de Allah. Se sabe lo que es el wuÿûd de Allah por todo lo que se constata que llega al ser, y por eso uno de los nombres de Allah es el Evidente. No es una idea, sino algo que nos llega por la percepción. Allah como wuÿûd es lo que te estimula, lo que te afecta, las sensaciones contradictorias que son tus instantes, y tiene que ver con "la pasión", con "la conmoción"[1]. Decía Ibn Arabî que el Islam era pasión[2], y nosotros sabemos que no puede haber conmoción que no sea conmoción por lo sagrado, sea una libélula posándose en una hierba o la extinción de un pueblo por la erupción de un volcán. Sin que el musulmán elija nunca qué parte de lo que sucede desea que sea la voluntad de Allah. La voluntad de Allah es el mundo, porque Allah no es un ser que quiere cosas sino un querer que se hace existencia; esto no quiere decir que ni por un momento estemos al margen de esta voluntad que se hace mundo. Éste es el desafío que sufre el mu'min y que acepta sometiéndose sin condiciones, ni a cambio de protección como en las religiones tribales, ni a cambio de una vida larga y feliz como el hebreo antiguo, ni a cambio de "otra vida" como el cristiano. Un rendimiento sin condiciones. Porque no hay posibilidad de regateo con Allah. No hay posibilidad de una actitud intermedia: o te sometes al Señor de lo real con todas sus consecuencias, o vives en tu imaginación de lo que es el mundo, negando con tu vida la realidad.

Allah, sólo Allah, Allah ahí delante, Allah esto, Allah ya, Allah porque existe el mundo, porque tengo una experiencia de las cosas[3]. Allah, el que te urde, el que te teje con tus emociones. Porque somos cuanto sentimos. Allah es lo que provoca en ti sensaciones que entretejen las fibras de tu ser. Nuestra existencia es una constatación de impulsos. Sentir es hacerte a través del mundo exterior: sentir las cosas es ir siendo, es ir encontrándote contigo mismo. Por eso, lo que busca el sufi es sentir, sentir de verdad, sentir en el origen de todo sentimiento, y se enamora de la capacidad de Allah de hacerle sentir y le llama Layla ("Noche") que es nombre de mujer, y dice que la dote por yacer con Layla es tu vida. Se abandona en su pasión, no cuida de sí mismo, se deja llevar; deja de ser protagonista de su mundo, para pasar a experimentarlo. Cambia el poder de controlar su vida por el placer de vivirla. Pierde el control porque está sintiendo de verdad; niega que pueda existir una realidad trascendente que él pueda manipular. Cuando controla sus emociones, no es Allah, y él necesita encontrarse con Allah como sensación pura, así que quiere sentirlo todo. No selecciona al Allah que le hará ser el hombre que es, no manipula al Dios con el que se encontrará, no elige entre lo que le gusta y lo que no le gusta de lo real, afirmando la divinidad de lo uno y negándoselo a lo otro. El musulmán acepta a Allah como lo real, le guste o le disguste. El comportamiento ocasionalmente raro de los sufis (andar por el fuego, pincharse, clavarse espadas, etc...) tiene su razón de ser -que no justificación- en ser un adiestramiento en la búsqueda de la sensación. Quieren comprobar hasta qué punto "sentir" es "sentir a Allah". Quieren llevar su sensación al límite para corroborar que su sensación -ya sea dolorosa como en las automutilaciones o placentera como en la hadra- no les sitúa fuera de una experiencia de Allah. Porque Allah es lo real, y lo real es lo que sentimos. Cuando te entregas a lo que sientes, percibes a Allah; encuentras a Allah en tu propio arrebato. Sentir es sentir a Allah.

Este wuÿûd -este Allah existiendo- no es pasivo, es encuentro, es emoción, es pasión, es rabia, es ilusión, es esperanza, es amor, es miedo... lo que vas sintiendo, siempre que lo que sientas sea auténtico. Por eso, porque sólo sabemos de Allah lo que sentimos en el mundo, y no hay otro Allah que lo que despierta la sensación de los seres, del Islam no se sabe nada por la lectura de los libros de los sufíes ni -menos aún- por la lectura de los manuales de intrucciones de cómo se hace la salat o el ramadán. Los que van buscando conocer el Islam en las librerías esotéricas en las que se publican los libros de Ibn `Arabî, Al-Alawi, Al-Yilani, Al-Yili, Ibn Aÿiba, Ibn Atalla, no encontrarán nada. Encontrarán un gran "No", porque esto es la experiencia del sufi: un "No" a la percepción de la existencia del hombre cotidiano. Y así dicen: "tú estás ya muerto", "destruye tu nafs", "renuncia al mundo", "el tiempo es una convención humana", etc. No, no, no, no a toda la experiencia del hombre natural, porque para trascender hay que romper las limitadas apreciaciones del hombre de la calle. Si te quedas ahí, si te quedas en el discurso fabricado a partir de la experiencia de los sufis, no encuentras la espiritualidad islámica, como tampoco la encuentras en los libros de instrucciones acerca de la `ibada. ¿En dónde se encuentra, entonces, la espiritualidad islámica? En el trato con los musulmanes. Se aprende la profunda espiritualidad musulmana sintiendo la vida como la sienten los musulmanes, en Marruecos, en Egipto..., en los países islámicos, a pesar de que están sufriendo las consecuencias del Colonialismo y el intervencionismo occidental, se aprende más de lo que es trascender en Islam que en los libros de los sufis. En esa pasión con la que vive el musulmán, aprendimos la razón de la existencia. Porque el Islam no es una oferta más de Nueva Era; el Islam es una religión tradicional, y, si no se vive en el trato con los musulmanes, no se sabe nada de ella, como no se sabe de Budismo Tibetano por leer a Losang Rampa ni se sabe nada del Chamanismo por leer libros de Castaneda. El Sí de la espiritualidad islámica que uno encuentra cuando viene de la experiencia del tawhid (en la que la multiplicidad ha reventado en pedazos para dar paso a la Unicidad) es la vida cotidiana. El musulmán está obligado a cuestionar sus límites, a no absolutizar su percepción de sí mismo (nafs), su percepción de esta vida (dunia), su percepción de Allah como un Dios en su Trono (fi samaa ad-dunia), su percepción del tiempo (zaman), pero no se ve desestructurado por haber tenido la posibilidad de experimentar la radical unicidad de las cosas, no se queda en el No a la existencia, en el No a la vida, en el No al tiempo, en el No a la libertad, en el No al yo, porque para que eso no suceda se le obliga a que vuelva a su vida cotidiana, ahora con una sabiduría que le va a impedir hacer de sus límites posibilitadores unos límites castrantes de su crecimiento. "Se te dieron unos límites para que fueras posible, no para que no aceptases el reto de expandirte", parece decirnos la existencia entera.

Nos enfrentamos a partir de ahora a la espiritualidad como nos enfrentamos a la vida, abiertos y vulnerables, y que ocurra en nosotros lo que Allah quiera, con la tranquilidad de que nada malo ocurrirá. Porque el abandono en la sensación con la que se construye el hombre, que es asimismo el lugar donde se encuentra con su Señor, es su escudo protector. El carácter envolvente del wuÿûd hace del mu'min alguien con tanta paz como el resto de los seres de la Creación, que no temen cuando no hay motivo para temer. El wuÿûd -la existencia vivida como la realización de Allah- es una matriz en la que se introduce protegido el mu'min, precisamente por el hecho de haberse dejado de proteger a sí mismo y haberse arrojado sin miedo al precipicio de Allah.

Acabo este capítulo, y con este capítulo -insha Allah- mi labor de exposición del pensamiento islámico a los occidentales. Y acabo con una sugerencia, con una invitación: buscad el trato con los musulmanes. El Islam -por compleja que haya sido la exposición de esta metafísica- no es, ni ha sido nunca, una idea. El Islam es como viven los musulmanes. Si en unas tierras los musulmanes están más castigados por la miseria o la explotación, buscad el Islam de los que aún no han sido corrompidos por Occidente. Salid del laberinto de la mente, del laberinto de la razón. Creed lo que os digo: el Camino debe irse verificando en vosotros como un No-saber, como un vaciamiento de ideas, que -dicho sea de paso- hace posible el diálogo humano, la relación humana. Pues esto es el Islam: lo que hace posible la relación humana, frente al kufr que es lo que distancia a los hombres. El Islam es ternura en el trato con los hombres y no una filosofía sistemática. Abandonamos ya la filosofía islámica porque creemos que sólo se puede saber lo que sientes ahora, pues Allah no ha ocurrido en el pasado, sino que está ocurriendo de un modo nuevo a cada instante, y ser musulmán es serlo continuamente. Puedes "hacerte" cristiano en un momento de tu pasado, pero someterte a Allah es someterte a cada instante a algo nuevo. Allah es lo que viene; es la novedad incesante. No puedes saber nada, no puedes hablar de lo que no ha dejado por un momento de transformarse. La razón es sólo lo que nos ha servido para salir del laberinto de la razón, el hilo de Ariadna, pues el laberinto no se pulverizaba diciendo de él que era un sueño, una imaginación -como se predica en Oriente-, sino entrando en el sueño del dormido y matando al monstruo de su pesadilla. Sólo entonces despertábamos. Concluyo. Pido el du'a de todos vosotros por mí, y quede en vuestra memoria de todo cuanto he dicho en estos años únicamente que lo real no son las ideas sino el dolor y el placer de los hombres. Así pues, que las ideas os sirvan sólo para hacer más fácil la vida de los hombres.

Pero sólo Allah sabe.

 



[1] E incluso con "el fingimiento", pues el fingimiento es el esfuerzo por contagiarte de alguien que ha encontrado (waÿada) el secreto de la pasión (waÿd).

[2] "A partir de la pasión, sé yo que tú estás en todo".

[3] El hecho de la cosa en sí es para nosotros el principal argumento que tenemos para afirmar la existencia de Allah. A pesar de que el mundo se nos representa inconsistente, mudable, efímero, ahí está. Y ese "ahí está" es para el musulmán de una fuerza indescriptible. El mundo nos llega como una serie de cosas, de mociones interiores, de relaciones que a pesar de ser pura contingencia son completamente insustituibles, completamente inevitables, completamente hechos en sí.