DE LA GUERRA CIVIL DE LOS UNITARIOS Y LOS TRINITARIOS A LA MENTIRA DE LA INVASIÓN ÁRABE.
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Como
sabemos son siempre los vencedores los que escriben la Historia. Tal es el caso
de la Historia de España, donde los intereses
de las clases dominantes ya sea económica religiosa etc, determinaron
una manipulación de los datos y sucesos, con
el propósito de crear unos mitos, manejados sin escrúpulos como un arma
ofensiva para proscribir la razón y falsificar la historia. Así con el paso
del tiempo quedan asentados los mitos como verdaderos. Covadonga, Santiago (por
supuesto mata moros), la Reconquista, y todas las glorias nacionales. Algunos
historiadores cuestionan la versión oficial según la cual el Islam se implantó
violentamente en la península, después de una invasión árabe, en el año
711. Argumentan que el Islam ni se impuso ni era ajeno a los habitantes de la
península Ibérica, que lo abrazaron libre y mayoritariamente. En su opinión,
la imposición musulmana no fue tal. Se trató de un “invento” promovido por
la Iglesia Católica con objeto de encubrir su derrota ante los cristianos
unitarios, seguidores del arrianismo que predicó Prisciliano. ¿Ocurrió
la historia tal y como nos la han contado? ¿Es posible que, en el siglo VIII de
nuestra era, un ejército musulmán cruzara el estrecho de Gibraltar, derrotara
a las tropas visigodas y avanzara victorioso hasta el punto de llegar a someter
a casi todo el territorio peninsular? ¿Un puñado de beréberes pudo someter a
millones de hispanos durante varios siglos? En contra de esta hipótesis tenemos
el hecho de que los documentos de la época no contienen referencias a aquella
terrible invasión que, de ser cierta, habría supuesto para los peninsulares
todos los males inimaginables. Las primeras noticias no aparecen hasta las crónicas
latinas y musulmanas del siglo IX, a seis generaciones (150 años) de los hechos
que se relatan, cuando el Islam estaba ya firmemente arraigado en la península. Algunos
investigadores, tras comprobar que los musulmanes atribuían a sus
correligionarios victorias imposibles y que los cristianos omitían consignar
cualquier aspecto de lo que estaba sucediendo en su suelo, concluyen que el mito
ha pervivido, contra toda lógica, porque ha interesado mantenerlo. Entre los
musulmanes, porque les proporcionaba una pátina de gloria; entre los cristianos
ortodoxos, porque encubría ante su propio pueblo lo que en realidad fue un
fracaso social y religioso. La
guerra civil que estalló en la Península Ibérica a principios del siglo VIII,
explicada como conflicto político y disfrazada más tarde como invasión de
potencia extranjera, tuvo su auténtico origen en unos hechos que se remontan a
cuatro siglos antes, al enfrentamiento producido entre dos corrientes
cristianas: los unitarios o arrianos y los Trinitarios. Para aproximarnos a la
verdad de los que sucedió realmente en el año 711, cuando un contingente de
guerreros del norte de África, entre los que predominaban los beréberes, cruza
el estrecho de Gibraltar, derrota a las tropas visigodas lideradas por Don
Rodrigo y se establecen en la Península Ibérica, tendremos que remontarnos al
siglo IV. Ya que fue una fecha crucial, porque el dogma de la Trinidad se impuso
y se incluyó en la religión oficial, mientras que se reafirmaba la excomunión
del obispo Arrío, y de sus seguidores y
todas las demás sectas cristianas.
Arrio
(250-336 d.C.) Poco
sabemos de la vida de Arrio y de sus escritos pues la Iglesia Paulina
“Trinitarios”, se cuidaron mucho de hacer desaparecer todo lo que
pudieron encontrar de su obra. Ya que este presbítero llamado Arrio, conocido
por su sinceridad y una vida intachable, hizo temblar los cimientos de la
Iglesia Paulina en un tiempo en el que la tradición oral que había mantenido
viva la enseñanza de Jesús
comenzaba a debilitarse, y cuando la compresión de lo que se había puesto por
escrito comenzaba a decaer. El se mantuvo fiel a la creencia unitaria de la
Realidad Unica pues él quería seguir las enseñanzas de Jesús
y rehusaba aceptar las innovaciones introducidas por Pablo. Arrio decía
“Seguid a Jesús tal y como él os ha enseñado”. Sabemos
de Arrio que fue libio de nacimiento, pero los comienzos de su vida están
cubiertos de misterios , se sabe que en el año 318 d.C, estaba al frente de la
Iglesia de Baucalis en Alejandría una de las mas importantes
de la ciudad. Fue ordenado diácono, por
Pedro el Obispo de Alejandría pero más tarde lo excomulgó. Achillas,
sucesor de Pedro, lo ordenó sacerdote otra vez. Arrio llegó a ser tan popular
que a la muerte de Achillas, parecía ser su sucesor más seguro pero el se hizo
a un lado, así que fue Alejandro el que se sentó en el trono episcopal. Y este
excomulgo de nuevo Arrio por lo que predicaba. Las descripciones que tenemos de
su aspecto nos lo describen como una persona
alta y delgada con una excesiva delgadez, la palidez de su rostro y su
tendencia a mantener la mirada
en el suelo, que estaba provocada por una debilidad en la visión. Solía
vestirse con una larga túnica de manga corta. Los cabellos enmarañados caían sobre sus hombros. Persona callada pero con un buen
discurso cuando la situación lo requería. Tenia fama de trabajador infatigable
llevo una vida estricta y ascética, Tenia los dones de la palabra y el encanto
personal, capaz de infundir en los demás el entusiasmo que el mismo sentía. Se
mantuvo al marge ante la alianza establecida entre el Emperador Constantino y la
Iglesia organizada. Siendo fiel a su fe y a su maestro el venerado mártir
Luciano de Antioquía el cual era él critico más destacado de la Iglesia
Paulina: Luciano era conocido por su gran sabiduría y, al igual que sus
predecesores, había sido asesinado por defender ideas contrarias a la Iglesia
Paulina. La
Doctrina de la Trinidad eran
aceptadas por muchos de los llamados cristianos
a pesas de que nadie estaba
seguro de su significado. Después de
varios siglos de discusiones, nadie había sido capaz de resumir dichas
creencias de forma que estuvieran exentas de errores. Arrio lanzó el reto y
desafió a cualquiera que osara definirlas claramente. Alejandro
estaba desconcertado. Cuando más trataba de explicarlas, mayor era su confusión.
Arrio, haciendo uso del sentido común y basándose en la autoridad de las
Escrituras, demostró la falsedad de las nuevas doctrinas. Arrio
comenzó la refutación de las explicaciones de Alejandro centrándose en el
tema de Jesús: decía Arrio, “ello implicaba que el padre tenía que haber existido antes que el hijo. En consecuencia,
se deduce que tuvo que haber un tiempo en el que el hijo no existía, A esto
seguía la conclusión de que el hijo era una criatura formada con una esencia o
ser que no había existido desde siempre. Como Dios es en esencia Eterno, sin
principio ni fin, Jesús no podía tener la misma esencia que Dios”. Siempre
utilizo Arrio la lógica y el sentido común, por lo cual nunca podía Alejandro
esgrimir ningún argumento razonable, por lo que este se acababa enfadando. A lo
cual solía decir Arrio, ¿dónde está el fallo en mi deducción y dónde se
invalida mi silogismo? Alejandro
convocó un sínodo provincial para pronunciarse sobre la doctrina de Arrio. La
asistencia fue muy amplia se cuenta que más de cien obispos de Libia y
Egipto. Los debates fuerón muy fuertes, pero Arrio defendió con tesón
lo que él creía. Arrio
creía que Dios es Uno y que, en consecuencia, esta creencia era sumamente
sencilla. Creía que Dios es el Unico no engendrado, el Unico Eterno, el Unico
sin principio, Unico Inmutable e Inalterable y su Ser está oculto por un
misterio eterno ante el ojo externo de todo ser creado. Arrio era contrario a
cualquier idea que atribuyera características humanas a Dios. El estaba
dispuesto a reconocer a Jesús cualquier atributo compatible con su naturaleza
humana y que, a su vez, no estuviera en contradicción con los atributos y la
Unidad de Dios. En consecuencia, rehusaba aceptar cualquier idea que propiciara
la creencia en una Divinidad múltiple, rechazando en concreto todo dogma que
aceptase a Jesús como ser divino. Según su opinión, la esencia principal de
la Divinidad es que ni engendra ni es engendrada, con lo cual jamás podrá
haber “hijo” de Dios en el sentido estricto. Decía Arrio que si se le
atribuye a Dios la posibilidad de engendrad, el concepto en sí constituye un
ataque contra la peculiaridad única de Dios. Es una forma de atribuir a Dios,
aunque sea de forma indirecta, la corporalidad y las pasiones que son atributos
del ser humano, además de implicar
con ello que el Todopoderoso está sometido a la necesidad, lo cual es
evidentemente falso. Así pues, en cualquier caso, es imposible imputar a Dios
la posibilidad de engendrar. Arrio
declaraba también que Jesús, como ser finito, era diferente a Dios, que es
Eterno. Es posible imaginar un momento en el que Jesús no existió, lo cual
demuestra también que Jesús es
diferente a Dios. Jesús no es
parte de la Esencia de Dios sino una criatura de Dios, lo mismo que el resto de
los seres creados, aunque es evidente su singularidad con respecto al resto de
los seres humanos al carecer de padre y haber sido escogido como Profeta. Arrio
argumentaba que en vez de compartir la Esencia Divina de alguna manera Jesús ni
siquiera comprendía totalmente su propia esencia. Tenía que depender, como
cualquier otro ser creado, de la ayuda de la gracia Divina, mientras que Dios es
totalmente independiente. Jesús, como cualquier otro ser humano, tenia libre
albedrío y una naturaleza humana que podía conducirle a acciones que fueran
agradables o no a Dios. Sin
embargo, añadía Arrio, aunque Jesús fuera potencialmente capaz de actuar de
manera desagradable ante Dios, la pureza y la virtud que Dios le había
otorgado, le impedían hacerlo. Todo
su pensamiento y creencias le deparo muchos enemigos, pero el siempre se baso
además de sus lógicas argumentaciones, se apoyó en numerosos versículos de
la Biblia en la que en ningún momento se menciona que Jesús sea Dios. Si Jesús
dijo: “Mi padre es superior a mí”, pensar que Dios y Jesús son iguales o
idénticos de alguna manera, decía Arrio, significa negar la veracidad de las
Escrituras. Los
argumentos eran irrefutables, pero Alejandro, en virtud de su posición en la
Iglesia lo excomulgó. Tomo
tal magnitud las luchas entre las distintas corrientes cristianas, que los
argumentos iban de lo más sublime a lo más ridículo, hasta el punto de que
había gente que preguntaba a las mujeres si su hijo podría existir entes de
haber nacido. En las esferas mas altas de la Iglesia también era muy acalorado
el debate, hasta el punto que el Emperador Constantino se vio obligado a
intervenir y escribió una carta a Alejandro y a Arrio, en la que les decía que
su deseo era la unificación de la
opinión y la religión, en esta carta se destaco el desconocimiento que tenia
el emperador sobre el Cristianismo, puesto que asume que para la persona es lo
mismo adorar a Dios como le place que de la manera que El ha indicado. Afirmaba
que la disputa entre Alejandro y Arrio era una mera algarada verbal sobre tópicos
superficiales y carentes de importancia. Calificar las diferencias de
“insignificantes”, muestra claramente que
Constantino no sabía de qué estaban hablando. Lo único que le
preocupaba al emperador era su tranquilidad y la estabilidad de su Imperio, ya
que las disputas habían creado tensiones y derramamientos de sangre por toda la
zona oriental del Imperio y estaban llegando al norte de Africa. Constantino
con todos estos problemas se dio cuenta que sus aliados de la Iglesia Paulina no
eran lo suficientemente fuertes como para eliminar estos problemas. Así que
convocó una reunión de todos los cristianos a fin de zanjar el asunto. Al ser
“pagano”, decía, disfrutaba de una ventaja, puesto que al no pertenecer a
ningún sector ni partido en la contienda, podía enjuiciar el asunto con
imparcialidad. El
Concilio de Nicea: 325 d.C. Empezó
este concilio con muchas irregularidades, como la de no invitar a los miembro de
la Iglesia de Donato, pero si a la oposición que tenia esta Iglesia como era
Cacealian . El concilio estaba formado en su mayor parte por obispos que mantenían
su fe de forma sincera, pero sin demasiado conocimiento intelectual de las bases
que utilizaban como fundamento. Los más grandes representantes y sutiles de la
filosofía griega acudieron, de manera que la mayor parte de los obispos eran
incapaces de explicar racionalmente su conocimiento o de discutir con su
oponente, lo único que les quedaba era asentir ante cualquier decisión del
Emperador. El Emperador asistió personalmente a este concilio. El representante
de la Iglesia Paulina quería poner tres “partes” de Dios en el Trono Divino
pero en las Escrituras sólo podía encontrar suficientes argumentos para dos. A
pesar de ello, la tercera “parte” de Dios, esto es el “Espíritu Santo”,
fue proclamada la tercera persona de la “Trinidad”, aunque no se esgrimió
razón alguna que apoyara esta innovación. Los trinitarios lo organizaron de
forma que los cristianos Unitarios quedasen excluidos de la definición, ya que
la creencia en la Doctrina de la Trinidad, la cual era el principal factor de
diferencias entre ambos grupos, no aparecía mencionada en los Evangelios. Los
trinitarios decían que el “Hijo” lo era de “Dios”. Los Arrianos
contestaban diciendo que ellos también lo eran puesto que en las Escrituras se
dice: “Todos las cosas son de Dios”. En consecuencia si se utiliza esta teoría
se demuestra la naturaleza Divina de todo lo que existe. La
discusiones se fueron acalorando y creando, cada vez mas distancias entre los
Unitarios y los Trinitarios , los cuales decían que Jesús no sólo era
de “Dios” sino también de la “Esencia de Dios“. A lo cual los
unitarios le respondían que esto no aparecía en las Escrituras, así que el
intento de querer demostrar o probar que Jesús era Dios, en vez de unir a los
cristianos los dividía más. En un intento desesperado los Trinitarios
dijeron que las Escrituras afirman que “Jesús es la imagen eterna del
Padre y el Dios Verdadero”. Los Unitarios replicaban que las Escrituras también
dice “Los seres humanos son la imagen y la gloria de Dios”. Después de
tanta lucha los Trinitarios apoyados por Helena la reina
madre del Emperador, y con alguna que otras confidencias de la hermana de
Constantino comunicándole a Eusebio de Nicomedia los deseos del Emperador, y
que de seguir la situación así este, le retiraría el apoyo a los cristianos
siendo la situación peor incluso que la que tenían antes. Aconsejado a su vez
por Eusebio, Arrio y sus seguidores eligieron una postura pasiva, aunque
decidieron no apoyar los cambios adoptados por el Concilio: La
adoración del dios-sol romano era un hecho muy extendido en el Imperio, y como
el Emperador se le consideraba la encarnación en la tierra de dicha deidad, la
Iglesia Paulina declaraba: -
El sabbath cristiano sería el día del sol romano (por eso se denomina día
del sol “sunday” y no porque Jesús le diera ese nombre. -
El día del nacimiento de Jesús se establecía el 25 de diciembre (día
del nacimiento del dios sol ya que para estas fechas ya nadie recordaba el día del
nacimiento de Jesús) -
El emblema del cristianismo sería el mismo emblema que el dios-sol, esto
es , la cruz de luz. -
La imagen de Jesús remplazaría desde entonces al ídolo del dios-sol, y
así se incorporo al curto cristiano muchas de las ceremonias que formaban parte
de los ritos de la celebración del nacimiento del dios-sol. Constantino
quedo muy satisfecho de ver cómo
disminuía la distancia existente entre el Cristianismo y la religión del
Imperio. Arrio
insistió en buscar la guía en las fuentes del Cristianismo en vez de recurrir
al pensamiento de los filósofos griegos, que evidentemente no procedía de la
revelación confiada al Profeta Jesús. Pero
el dogma de la Trinidad, fue aceptado como doctrina fundamental de lo que ahora
se podía llamar “Cristianismo oficial”. Una
vez que se aseguraron los cambios, y
se dio un paso mas para
alejarse de las enseñanzas de Jesús lo
que conocemos hoy día como el Credo Niceno fue redactado y juramentado por
todos los presentes. Este credo entronizaba la visión de los cristianos
Paulinos Así fue como bajo la presencia de un Emperador pagano, se decidió
cual iba a ser las directrices de la nueva religión del estado, el resultado
fue una autentica sorpresa tanto para los cristianos Paulinos
como para los Unitarios de Arrio. Se
recurrió al milagro para poder elegir cual de los 270 versiones del Evangelios
existentes serian los verdaderos y aceptados por todos los Cristianos. Se decidió
que las copias de los diferentes Evangelios se colocasen debajo de una mesa en
el Salón del Concilio. Luego todo el mundo abandonó la habitación, que sé
cerro con llave. Se pidió a los obispos que rezaran toda la noche pidiendo que
las versiones más correctas y fiables del Evangelio de Jesús
aparecieran sobre la mesa. Lo que no se sabe es quién guardo la llave
del Salón del Concilio aquella noche. A
la mañana siguiente, los Evangelios más aceptables para Atanasio, el
representante de Alejandro. ( Mateo, Marcos, Lucas y Juan ). Estaban
cuidadosamente colocados sobre la mesa. Entonces se decidió, a fin de facilitar
el asunto, que se quemaran los demás Evangelios que aún quedaba bajo la mesa.
También se decidió la destrucción de los Evangelios escritos en hebreo. Desde
ese momento, la posesión de uno de los Evangelios no autorizados se convirtió
en delito capital. Se proclamaron edictos en los que se declaraba que el
poseedor de alguno de los Evangelios no autorizados por la Iglesia sería
sentenciado a muerte. El resultado de tal acción fue la muerte de más de un
millón de cristianos Unitarios en los tres años siguientes a la decisión
tomada por el Concilio de Nicea. Así
podemos ver como el Concilio de Nicea, en vez de eliminar la separación entre
las sectas cristianas, lo que hizo fue aumentarlas. Mas
adelante Arrio fue nombrado Obispo de Constantinopla. Sin embargo murió
envenenado poco tiempo después , en el año 336 d.C. El Emperador,
profundamente conmovido por la muerte de Arrio. Nombro una comisión para
investigar la muerte que había
ocurrido de manera tan misteriosa. Se descubrió que Atanasio era el responsable
y fue condenado como el asesinato de Arrio. En
Nicea se enterró el pluralismo y se reformuló la tradición cristiana para
convertir a la Iglesia en la religión del Imperio romano. El Cristianismo
original empezó a desdibujarse, esta Iglesia se apoyó en los cuatros
Evangelios seleccionados en Nicea para integrar “el canon”, hasta entonces
inexistentes, y sobre todo en el pasaje en el cual presuntamente Jesús había
conferido a Pedro la primacía, identificándolo proféticamente con la
“piedra” angular sobre la cual edificaría “su Iglesia” (Mt.,16) Esta
argumentación teológica produjo una fuerte oposición en muchas comunidades
cristianas, pero así los máximos lideres
de la Iglesia nacida en Nicea reivindicarían su condición de reyes-sacerdotes.
Se ponía en marcha un largo proceso histórico de creciente fortalecimiento del
poder central, que culminaría atribuyendo al Papa, que
inicialmente sólo era el Obispo
de Roma, la infalibilidad, en calidad de “vicario de Cristo” y titular del
trono de Pedro: cuando éste se pronunciaba “excatedra” sobre un tema, sus
afirmaciones se convertían automáticamente en dogma y debían aceptarse como
“verdad revelada” y objeto de fe. Esto
creo una ruptura radical con el concepto original de “Iglesia”, entendida
como comunidad de fieles, y las comunidades Cristianas perdieron la
independencia y se le arrebato el derecho a decidir por sí misma cómo entender
la tradición y qué textos sagrados venerar. Fue durante este concilio de Nicea,
y después de siglos de debate, donde se otorga a Jesús el estatus divino de
forma ofial; La posterior incorporación del “Espíritu Santo” como la
“tercera persona” en el concilio de Constantinopla del año 381 d.C.
propicio definitivamente que la Doctrina de la Trinidad, se impusiera después
de tres siglos y medio de la desaparición de Jesús. Poco
después del Concilio de Constantinopla, el Emperador Romano Teodosio declaró
que el rechazo de la Doctrina de la Trinidad era un delito de extrema gravedad;
con ello establecía las bases sobre las que siglos después se asentaría las
Inquisiciones Medievales. En esa época, las doctrinas de la Nueva Alianza, el
Pecado Original, la Expiación y el Perdón de los Pecados y la de Trinidad,
estaban arraigadas de tal forma en la psique cristiana que ninguna reforma,
aunque fuese bien intencionada pudo erradicar dichas doctrinas. De esta forma se
estableció una doctrina que ni el mismo Pablo había expuesto en el siglo I
d.C. si a esto añadimos que los cristianos habían perdido el mensaje original
de Jesús de no adorar imágenes. (Exodo 20-1), “No tendrás otro Dios que a mí.
No harás esculturas ni imagen alguna de lo que hallen lo alto de los cielos, ni
de lo que hay abajo sobre la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la
tierra. No te postrarás ante ellas y no las servirás, porque yo soy Yaveh, tu
Dios, un Dios celoso, que castiga....y hago misericordia hasta mil generaciones
de los que me aman y guardan mis mandamientos”. La veneración y posterior culto de imágenes y reliquias
comenzó a infiltrarse en las prácticas y ritos de la Iglesia Trinitaria hasta
tal punto que, en el siglo VII d.C. esta practica era un hecho establecido en el
Imperio Romano Occidental, y después de distintas luchas también en la Iglesia
de Oriente. Si embargo, la resistencia a la pretensión de Roma persistió a lo
largo del tiempo creando el cisma que separó a la Iglesia de Occidente de la
Oriente. Tras esta confrontación las dos Iglesias ya no volvieron a
reunificarse a pesar de que ambas suscribían básicamente las mismas doctrinas
Paulinas y Trinitarias. Prisciliano
y las ideas de Arrio Las
ideas que Arrio había predicado en
Oriente fueron propagadas por Prisciliano en la Península Ibérica y en el sur
de la Galia. Este controvertido personaje nación en el seno de una familia
senatorial en el 340 –se cree que en Galicia-
comenzó su predicación hacia el 370. Era un hombre culto, ascético,
vegetariano y que no hacía distinción entre los hombres y mujeres en cuestión
de nombramientos relacionados con el culto, unos principios que retomarán
siglos después los cátaros. No
es casual que, en el siglo IV d.C., Prisciliano hubiera encomendado a su discípula
Egeia viajar a Egipto en busca de las fuentes originales de los manuscritos
cristianos pues Roma ya había
lanzado una operación de destrucción sistemática, amparada en los edictos
imperiales de Constantino y Teodosio. La voluntad de normalizar el culto bajo
una única autoridad represiva y muy poco evangélica. Existen documentos que
muestran cómo el obispo de una sola diócesis se jacto de haber quemado hasta
200 Evangelios no canónicos sólo en su demarcación administrativa. Los
libros de Arrio fueron quemados y apenas quedan obras de Prisciliano. De los
signos externos y sacramentos del arrianismo se sabe poco, por referencias de
sus enemigos, el empleo de alguna forma de tonsura y que el bautismo se
realizaba mediante tres inmersiones. Prisciliano tuvo que soportar durante toda
su vida pública el acoso teológico y personal de los obispos trinitarios,
temerosos de su creciente influencia entre el clero y la población. El último
acto de esta historia tuvo lugar en el año 385 en la ciudad de Tréveris, donde
el emperador Máximo le hizo acudir para que se defendiera de la acusación de
hechicería lanzada por sus adversarios. Hubo un juicio, viciado por intereses
clericales e imperiales, y una condena: a Prisciliano le cortaron la cabeza.
Curiosamente, el propio emperador Máximo fue ejecutado tres años después por
orden de Teodosio. Unamuno
sugiere que quien está enterrado en Compostela no es el Apóstol Santiago, sino
Prisciliano, lo cual daría idea de la extensión e importancia que alcanzaron
sus doctrinas. Lo cierto es que su ejecución afianzaría el arrianismo en el país.
Por otra parte, hacia el año 460 tomó el poder en la península el monarca
godo Eurico, quien se convirtió a la fe arriana y truncó así las ambiciones
de los que no habían dudado en matar a Prisciliano con tal de acabar con sus
ideas. Recaredo y su alianza con los Trinitarios En
el año 587, el rey godo Recaredo se alió con los trinitarios por conveniencias
políticas y, en nombre propio y en el de todo su pueblo, abjuró del arrianismo
que habían practicado los anteriores monarcas godos. Se prohibió el culto
arriano y se iniciaron brutales persecuciones contra sus seguidores y también
contra los judíos, quienes hasta entonces habían practicado su religión
libremente. Los arrianos de la península y del sur de Francia se sublevaron y
tuvieron que soportar durante el siglo siguiente robos, violaciones, asesinatos
y reducción a la esclavitud, perpetrados por elementos de la oligarquía goda y
del propio clero. La
tensión se rebajó cuando el rey godo Vitiza subió al trono en el 702 y comenzó
a deshacer los entuertos de sus antecesores: declaró una amnistía contra los
perseguidos y les restituyó sus bienes; detuvo las medidas hostiles contra los
judíos y convocó el XVIII concilio de Toledo, cuyas actas, sospechosamente, se
han perdido. El grueso de los historiadores opina que fueron destruidas porque
eran contrarias al Cristianismo ortodoxo romano. A la muerte de Vitiza, en torno
al año 709, todo cambió. La nobleza y los obispos impidieron que su hijo
Achila, que era menos de edad, ocupara el trono, y eligieron en su lugar al que
la historia ha conocido como Don Rodrigo, un jefe militar afín a sus intereses.
Estalló entonces una guerra civil entre los partidarios de éste, probablemente
seguidores del Cristianismo establecido, y quienes apoyaban a los sucesores de
Vitiza, más comprometidos con las creencias unitarias o arrianas, que veían en
Don Rodrigo a un usurpador del trono visigodo. Al
mando de la Bética estaba Rechesindo, el antiguo tutor del hijo de Vitiza.
Rodrigo lo mató en una escaramuza y entró en Sevilla sin oposición. Entonces
los partidarios de la estirpe de Vitiza, los debilitados unitarios, pidieron
ayuda a su correligionario Taric, gobernador de la provincia visigótica de
Tingitana (la actual Tánger), en el norte de Marruecos, que había sido
nombrado por Vitiza y con cuyo reinado mantenía estrechas relaciones
comerciales. Taric era, probablemente, de raza goda, como apunta la sílaba “ic”,
hijo en lengua germánica. Uno de los jefes militares era Yulián, de origen
romano, a quien la leyenda de la invasión convirtió en el traidor conde Don
Julián. Taric cruzó el estrecho con 7000 guerreros de diversas etnias,
integrados en la causa unitaria, entre los que abundaban los beréberes, y luego
llega Muza con 18000 hombres. La presencia de estas tropas no provocó una
especial reacción entre la población autóctona, ya que la petición de
auxilio a fuerzas extranjeras era una práctica muy corriente en Hispania. Los
judíos, que habían sido ferozmente perseguidos por los monarcas godos después
de que éstos abandonaran la fe arriana, acogieron favorablemente a los recién
llegados. Los
expertos subrayan que sólo un estado puede organizar una invasión militar. Y
no existe entonces un imperio arábigo, sino tribus y pequeños caudillos
frecuentemente enfrentados entre sí y carentes de gobierno, administración y
ejército. Según
el historiados Ignacio Olagüe, “en las crónicas latinas y beréberes
aparecen los godos como un grupo aparte que guerreaba contra un enemigo que no
era español, ni cristiano, ni hereje, sino anónimo; es decir, “sarraceno”.
Lo que no se podía decir, o lo ignoraba el cronista, era que los godos luchaban
contra la masa del pueblo, contraria a la oligarquía dominante. La
historia que se solía enseñar en las escuelas para explicar la crisis medieval
de España despreciaba lo Islámico y enaltecía al cristiano, cuando éste fue
en realidad mucho más bárbaro, intransigente, fanático y destructor que el
hispanorromano islamizado. Pese a todo, se enseña, según la historia de España
en versión oficial, que la mal llamada “Reconquista”, fue esa proeza,
acreedora a nuestra enorme gratitud, por la cual fuimos “liberados” del
invasor. Se estudia de pasada como
ajeno a nosotros la grandeza de algo tan nuestro como es la historia de
Al-Andalus. Córdoba la más importante y refinada ciudad de Occidente por
entonces, con un millón de habitantes, es
evidente que no habían forzado la conversión masiva de indefensos cristianos,
ni siquiera hacían proselitismo de su fe ni alardes de su culto. ¿Qué fe seguían
entonces los habitantes de la península Ibérica? Lo más probable es que se
tratara del arrianismo tradicional, en discreta evolución hacia el Islam, que
la mayoría de la población acabaría abrazando, igual que adoptó
paulatinamente la lengua árabe en sustitución del latín. No hubo imposición,
sino lenta seducción. Y no se trataba de una fe extranjera. Se comprende el
respeto de los musulmanes hacia las “gentes del Libro”, con las que
comparten lo esencial: el sometimiento al creador (Allah). Incluso
los investigadores que respaldan la teoría de la invasión juzgan extraño que
un puñado de árabes pudiera influir tan profunda e inmediatamente en los
millones de hispanos. El historiador Olagüe sintetiza su perplejidad en tono irónico:
“Tuvo entonces lugar una mutación formidable, como se produce en el teatro un
cambio de decoración, España, que era latina, se convierte en árabe; siendo
cristiana, adopta el Islam; de practicar la monogamia, se transforma en polígama,
sin protesta de mujeres. Como si hubiera repetido el Espíritu Santo el acto de
Pentecostés, despiertan un buen día los españoles hablando la lengua del
Hedjaz (árabe). Llevan otros trajes, gozan de otras costumbres, manejan otras
armas. Los invasores eran 25.000. ¿Qué había sido de los españoles?”, Lo que sucedió, según Olagüe fue una difusión cultural por la que Iberia adoptó la cultura islámica, excepto en ciertos reductos norteños, que iniciaron una guerra de conquista. Tanto los conquistadores cristianos, para dar un motivo religioso a sus ocupaciones, como los religiosos cristianos para justificar su fracaso en la península, estuvieron interesados en fomentar el mito de una invasión armada árabe, cuando en realidad fue una guerra civil. El árabe no empieza a generalizarse por escrito en la península Iberica hasta la segunda mitad del siglo IX. Es entonces cuando florecen las ciencias, la filosofía y la poesía. La rica lengua árabe es el instrumento; el genio lo aportan aquellos que vivían ya en Al-Andalus y los que llegaron como invitados, tanto del mundo islámico como del cristiano, sin distinción étnica. A
la hora de analizar un periodo que fue trascendental para la posterior evolución
de la sociedad española y que la historiografía oficial ha catalogado, de
forma excesivamente parcial y simplista, como una invasión y una conquista.
Para mas tarde justificar he inventarse el concepto de “Reconquista”, y así
justificar y tapar la verdadera invasión a la que fue sometida Al-Andalus por
parte de los cristianos del norte y justificar las cruzadas durante siglos sobre
este territorio rico, con una cultura que fue la mas avanzada de Europa entre
los siglos VIII y XII, la cual destruyerón trocando las escuelas de filosofía
en conventos, las matemáticas en salmos y la sensualidad Andalusi en austeridad
mesetaria. La península Ibérica Islamizada fue un lugar de tolerancia y saber,
Américo Castro señalaba “ En la Epaña Islamizada hubo siempre tolerancia
para los cristianos y judíos, conviviendo las tres culturas en un clima de
mutua fertilización del que son pruebas el arte mozárabe, la literatura
medieval, las ciencias andalusí, los místicos castellanos, los cabalistas de
Gerona, los cartógrafos mallorquines, la huerta de Valencia y Murcia, Ibn
Gabirol, Maimónides, Averroes, Ibn Arabi, Nahmanides, Lulio, Abulafia y tantos
otros precursores de las ciencias y el pensamiento occidental.
“Una
reconquista de seis siglos no es una reconquista”. Con esta frase zanja Ortega
y Gasset la cuestión en su España invertebrada. “Tampoco duró seis siglos
el intento”. Menéndez Pidal escribe en Realismo de la epopeya española, que
este ideal de la reconquista aún no había cuajado en el siglo XIII en la mente
de los caudillos norteños. “Ni siquiera en Sancho el Mayor, un rey navarro
tan poderoso, hubo ninguna idea de reconquista”, concluye nuestro erudito
historiador. Como dice Juan Goytisolo, en los mitos fundadores de la nación
española “Aunque
fláccidos e inservibles como globos pinchados en la España de hoy, estos mitos
resurgen y lozanean, como gatos de siete vidas en diversos Estados y pueblos
europeos que creíamos vacunados para siempre tras la derrota del fascismo”. Bibliografías: -
Jesús
profeta del Islam. (Coronel
Atáur Rahim y Ahmed Thomson) - El mito de
la invasión musulmana. (Carmina Fort, “Revista Año Cero”). - La revolución
Islámica en Occidente. (Ignacio Olagüe.). -
Los mitos fundadores de la nación española. (Juan Goytisolo)
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