EL ISLAM EN LA IMAGINACIÓN DE OCCIDENTE
ABDERRAHMAN MEDINA MOLERA
Editorial del primer número de la revista Lamalif de la Yama'a Islámica de al-Andalus (1989)
El puesto central que ocupa el Islam respecto a la identidad de los andaluces o andalusíes en general, no escapa a la atención de ningún observador, incluso superficial, de nuestra historia. Semejante a esta realidad presente en las tierras y gentes de al-Andalus es la de todos los pueblos y tierras que forman parte del histórico y actual Dar al-Islam. Temido, envidiado, combatido, denostado -escribe Juan Goitisolo- el musulmán de cualquier parte del mundo, alimenta desde hace más de diez siglos leyendas y fantasías, motiva cantares y poemas, protagoniza relatos y novelas, estimula poderosamente los mecanismos de nuestra imaginación. En el caso de al-Andalus, el elemento musulmán es aireado con categorías inquisitoriales y de colonización: sarracenos, moros, moriscos mudéjares y agarenos.
Derechas,
izquierdas, marxistas, facciosos, monárquicos y republicanos, parecen
confabularse en santa cruzada contra la identidad colectiva y solidaria del
Islam. Para cualquier hijo de esta tierra de al-Andalus desde los primeros
momentos de su existencia, el Islam va a ser siempre el espejo en el que de
algún modo nos vemos reflejados, la imagen exterior de nuestras calles y
monumentos musulmanes que nos interrogan e inquietan. A menudo será la imagen
romántica y atractiva de un ideal muy lejano. El fenómenos no es,
obviamente, una exclusiva de los andaluces. La construcción y el despertar
del Islam es un fenómenos universal que varía según las coordenadas históricas,
culturales y sociales de las comunidades donde toma cuerpo. El factor geográfico
-vecindad o lejanía- desempeña un papel primordial. En el caso del Magreb,
Ifriqia y al-Andalus, la coincidencia en rasgos, normas, costumbres, debe
transformarse entre vecinos en un contraste irreductible de esencias y sentido
histórico.
En cualquier caso es necesario al menos un cierto consenso de vecindad en torno a un elemento común, el más fuerte, el más definitivo: el Islam. Son consabidos los clichés occidentales sobre la esencia y el ser del Islam. Los ejemplos más elocuentes de dicha persecución intencionada los encontramos en Occidente, y en un gran número y significación en el Estado español. Si decimos la verdad, son muchos los autores del Estado español que no dispensan de ninguno de los tópicos y clichés ya mencionados, desde las ineludibles referencias al despotismo de califas y emires y la fanática terquedad de los llamados “moros”, a su mención continuada de la horda fiera que, “como un diluvio, anegó a España” doce siglos atrás. Los insultos y manifestaciones acuñadas por los cronistas y narradores reaparecen a lo largo de los cuadros históricos y relaciones militares de forma sistemática y monótona. Para uno de estos autores llamado Alarcón, la civilización musulmana está de forma “estacionaria, quieta, indiferente a todo progreso, sumida en un sueño letal de un indolente sensualismo”, está condenada a desaparecer: “la morisma duerme su muerte histórica”. Todos estos argumentos y el enfrentamiento continuado Norte-Sur, sirven de pretexto para encendidas proclamas y evocaciones históricas sobre el ininterrumpido duelo contra el Islam.
El
Estado Español se proclamó a sí mismo como “eterna vanguardia del
cristianismo”; vuelve de nuevo a la brecha contra al-Andalus, manteniendo
una visión del Islam absolutamente colonizadora y de cruzada. La mayor parte
de periodistas o escritores occidentales que han abordado el Islam o el mundo
islámico -independientemente de la simpatía personal de algunos de los
autores con el mismo- han sentido su carácter como algo ajeno, extraño e
irreductible; de simple objeto creado por y para la mirada del hombre
occidental o, como manifiesta Said, “lo incorpora esquemáticamente a un
escenario teatral, cuya asistencia, director y actores son para Europa y sólo
para Europa”. Islam, África y Oriente son de esta forma un mero pretexto en
la pluma del escritor, como señala Juan Goytisolo, llámese Lope de Vega,
Shakespeare, Beckford, Byron, Espronceda, Víctor Hugo, Lamartine, Gautier,
Flaubert, Nerval, Loti, Lawrence, Gide o Duvert, para exclusivamente dar
satisfacción a su particular proyecto creativo, ilustrar sus obsesiones,
inventar tramas, desarrollar tópicos y forjar fantasías. En ningún caso,
estas diferentes reflexiones o descubrimientos actúan en función y provecho
de un conocimiento del Islam, sus pueblos y sus tierras. Lo que cuenta para el
occidental, digámoslo con toda crudeza, es el puro egoísmo del periodista o
escritor y su efecto entre el público europeo, en cuanto refuerza los clichés
y prejuicios que éste observa respecto al Islam. La antinomia tradicional
Occidente -Islam mantiene su naturaleza irreductible, al igual que la
antinomia tradicional Estado español - al-Andalus, con una profunda guerra fría.
De
la obra ingente que los occidentales han gastado a nivel literario sobre el
Islam, Oriente Próximo y el Norte de África, emerge una visión del mundo
musulmán que implica siempre apreciaciones negativas: barbarie,
excentricidad, indiferencia, despotismo, crueldad, hábito de
mentir, etc.. Entre estos rasgos distintivos, los fantasmas o imágenes
sexuales desempeñan constantemente un papel primordial. Por un lado, las
fantasías del occidental están pobladas de harenes, esclavas, mancebos,
princesas, velos, danzas eróticas, sexualidad desbordante, es decir, un gran
conjunto de elementos muy sugestivos y exóticos con la promesa de dicha
sexual; en realidad, es una mera transposición que hace el occidental,
respecto a los musulmanes, de un supuesto “libertinaje” rígidamente
contenido por la dogmática y represiva ideología de cristiandad. La
manifiesta actitud presente en los argumentos racistas empleados por
importantes Estados de Occidente, merece que se les dedique una especial
repulsa. Se olvidan dichos Estados que el horizonte de vida en el Islam ha
sido y es muy diferente, que es otra Historia. El modelo económico occidental
está en las antípodas del modelo económico del Islam. Para el occidental,
la producción y el consumo son fines en sí mismos: producir y consumir cada
vez más, cada vez más aprisa, cualquier cosa útil, inútil, dañina o
incluso mortal, sin tener en cuenta el sentido de la humanidad. Por el
contrario, la economía islámica no se dirige al crecimiento, sino al
equilibrio. No puede identificarse con capitalismo de ningún tipo, tampoco
con el colectivismo soviético y parecidos. Su característica fundamental es
la de ser una actividad orientada al desarrollo del hombre, de la armonía
social, sin obedecer a los ciegos mecanismos de una economía que lleva sus
fines en sí misma; la economía en el Islam forma parte de un todo
trascendente: “a Al’lah pertenece lo que hay en los cielos y en la
tierra” (Corán, II 284).
Partiendo
del ejemplo de la comunidad de Medina, instituida por el Profeta con auténtico
sentido de modelo social, vemos como la concepción de la propiedad que
desarrollan los musulmanes gracias a una aplicación imaginativa y creadora de
la Shariah, nos conduce concretamente a las antípodas de la concepción
occidental. En el derecho romano, sobre el cual se inspiran casi todas las
legislaciones occidentales, la propiedad es el “derecho al uso y abuso” (jus
utendi et abuntendi). Esa orientación constituye parte esencial del código
napoleónico y de todo el sistema económico burgués. Confiere al propietario
un verdadero derecho a impunidad para incluso poder destruir lo que sea de su
“propiedad”, incluso si al hacerlo está privando a la sociedad de bienes
indispensables. La empresa moderna es una prolongación de este derecho sobre
la propiedad, pudiendo sus propietarios interrumpir la actividad de la
empresa, enajenarla o despedir a los trabajadores por puro capricho sin más,
no teniendo apenas repercusiones legales. La concepción islámica es
contraria a este sistema. Al estar relativizada por la integralidad y unidad
profunda del Din del Islam, la propiedad no es un derecho de la persona,
tampoco de algún grupo, ni por supuesto del Estado, sino que cumple una función
social. Cualquiera que sea el tipo de propiedad, individual, colectiva o
incluso administrativa, hay que rendir cuenta de ella a la comunidad; el
propietario no es más que su responsable y gerente. Es significativo que el
Corán no deja de maldecir: “al que ha reunido una fortuna y la recuenta”
(CIV, 1); “a quien es avaro y despreocupado” (XCII, 5); a quien “haya
reunido y capitalizado riqueza” (LXX,17) y “ama la riqueza con amor
inmenso” (LXXXIX, 18). Sin embargo, el Islam reconoce el derecho a la
propiedad individual adquirida mediante el trabajo, la herencia o la donación.
Pero el trabajo representa un papel primordial. Un hadit del Profeta precisa:
“Al’lah dice que no puede ser dueño de la tierra más que aquél que la
trabaja”. Charles Gide en su Traité d’economie politique (t. II, P. 231)
subraya que “la legislación musulmana no admite la propiedad individual más
que sobre tierras que hayan sido efectivamente objeto de trabajo”.
Dos
siglos después de Hegel y ciento cincuenta años después de doctor Moebius,
el despertar y paulatina importancia económica, política y cultural de los
pueblos islámicos, junto a la revolución islámica en Irán, están
provocando el empleo de los tópicos más manidos que, de forma insidiosa y
sutil, han organizado los Estados europeos y occidentales en general. La
prensa occidental recurre de nuevo al símil fatídico de la “marea negra
musulmana”. De esta forma la universalidad hegeliana, portadora del
imperialismo y la explotación más cruel, se contrapone así al Islam como
lectura del sentido armonioso del hombre, cuyos pueblos yacen actualmente en
situación marginal. La economía islámica no es compatible con la concepción
capitalista, bien sea liberal o monopolista. La economía islámica tampoco es
neutral respecto a las fuerzas en litigio. El mercado se acepta, tiene que
satisfacer las necesidades reales, y su funcionamiento ha de respetar normas
de servicio a la humanidad. Ello implica un reparto equitativo de los
beneficios, un rechazo total de los monopolios, de los bloques económicos que
impiden que los precios puedan reflejar los costes reales. Así pues, la
economía en una sociedad islámica está subordinada en sus fines y medios a
una administración islámica que orienta hacia un objetivo integral y
unitario la sociedad en la que funciona. No se trata, pues, de controlar sólo
la regularidad de las transacciones; en la sociedad musulmana lo más
importante son los fines. Al-lah es el único propietario, es el único
legislador. Este es el principio básico del Islam en su experiencia de la
unidad (tawhid).
La
comunidad islámica no se basa en una “declaración de derechos humanos”,
sino en el conocimiento y en la revelación de los deberes de todos. Es
necesario que los musulmanes hoy en día hagamos una lectura actualizada de
los principios básicos y la forma del tawhid. Como señala Roger Garaudy,
cada vez que se ha proclamado la “abolición del ijtihad”, es decir, que
se ha denunciado por impía cualquier tentativa de interpretación (ijtihad),
se ha asistido a un estancamiento e incluso a una regresión de la cultura y
la sociedad islámica. Cualquier forma de integrismo esteriliza el pensamiento
y la acción de los musulmanes. El integrismo, consistente en confundir el Din
del Islam con una cultura o con la forma que pudo tomar en tal o cual momento
de su historia, es contrario al Islam además de una barbaridad. Por el
contrario, cuando la comunidad islámica sirve a las metas históricas unidas
a través del tawhid, la doble trascendencia de la comunidad musulmana
respecto al hombre y de Al-lah respecto a la comunidad, no establece jerarquía
ni una opresión del hombre por el hombre. Son pueblos en soberanía,
conocimiento, prosperidad y libertad; son sociedades donde se ha establecido
plenamente el Din. La igualdad, lo mismo que la libertad, tiene un sentido
profundo y una expresión clara en la sociedad
islámica. No son atributos del individuo aislado, sino expresión y
consecuencia del nexo entre cada cual, del nexo comunitario en integral unidad
con el sentido completo de la vida establecida por la Shariah; de esta
presencia de la unidad, surge una distancia infinita respecto a instituciones
y a toda pretensión humana de dominación.
Entre
tanto, Occidente se entrega, salvo raras excepciones, al fuego de los
estereotipos, clichés y generalizaciones caracterizadoras del Islam y los
musulmanes. Inútil decir que dichos clichés son invariablemente negativos, a
menudo insultantes o calumniantes como la operación Rushdie, que nos afecta a
todos los pueblos y tierras que hemos sido y somos partes integrantes de Dar
al-Islam y debiera afectar a toda la humanidad. Los musulmanes no somos vistos
por los medios de comunicación en Occidente en cuanto seres humanos, sino
integrados en un capítulo de enemigos carentes de dignidad y formando una
especie de masa informe. Si las circunstancias de los países experimentan una
revolución profunda que le sacude del letargo histórico colonial, las
simplificaciones son naturalmente del tipo de las que hoy escuchamos sobre los
iraníes, libaneses o afganos: fanatismo, crueldad, terror, masas vociferantes
y un largo etcétera. Como es evidente, tales clichés y generalidades carecen
de toda validez objetiva. De lo que no nos informan las fuentes y los medios
de comunicación de Occidente, es de los prejuicios etnocéntricos y a veces
abiertamente racistas de quienes los sustentan. Todos sabemos que la ideología
dominante del colonialismo occidental, en su lucha
por esclavizar y explotar a los pueblos sometidos a la colonización es
el racismo. Durante la lucha colonial el racismo es el arma más valiosa del
invasor contra el pueblo colonizado. En nuestro caso sabemos que el racismo,
llevado incluso al nivel de las costumbres, ha provocado cientos de miles de
crímenes en el largo y penoso genocidio de al-Andalus. De igual modo a través
de la agresión de la triple “M”: misioneros, mercaderes y militares, se
inculca la mentalidad de esclavitud. Hoy todavía podemos lamentar que gran
parte de los trabajadores de los Estados occidentales participen junto a las
clases dominantes de la ideología del poder, actuando como auténticos nazis
respecto a los pueblos sometidos a su dependencia. Como señala Hosea Jaffe,
hoy la transferencia es ya tan grande que, de hecho, la clase obrera
occidental ya no produce plusvalía, participa de una plusvalía producida por
otros. Al ser ello así, valdría la comparación que él mismo establece,
comparación muy evidente: que la clase obrera occidental se encuentra en la
posición de la plebe romana frente a los esclavos productivos.
El
colonialismo occidental es único desde el punto de vista del racismo; hasta
que no hace su aparición el Imperio Romano, el concepto de raza era
desconocido para los hombres y los pueblos, y hasta las cruzadas contra los
pueblos musulmanes, especialmente contra al-Andalus, nunca se usó la palabra
“raza”. Ninguno de los grandes pensadores ni revolucionarios del pasado
siglo y principios de éste, escapan del todo al etnocentrismo indoeuropeo. El
desconocimiento por parte de Marx de las realidades históricas, económicas y
culturales del mundo “no europeo”, su falta incluso de contacto directo
con el mismo, ha sido sustituida por una documentación puramente libresca, lo
cual ayuda a trastocar los criterios de la reflexión marxista respecto al
mundo de Dar al-Islam. Marx lleva también arraigada la tendencia occidental a
proyectar su comportamiento y valores sobre los otros grupos culturales, y a
interpretar esto de acuerdo con normas y coordenadas occidentales. Hasta la
creación de la Komintern, el movimiento marxista apenas si se interesa por la
situación y problemática del que hoy se ha dado en llamar “Tercer
Mundo”. La situación marginal a que es condenado cualquier ámbito cultural
distinto del occidental, obliga a integrarse en una dinámica
“civilizadora” a través de una sangrienta y despiadada fase imperialista
de explotación. Una vez occidentalizados y víctimas del despojo rapaz y
depredador de Occidente, los pueblos de Dar al-Islam podrían participar,
siempre de una forma dependiente. La primera reacción contra dicha estrategia
de los bloques occidentales, y siempre de forma dependiente. La primera reacción
contra dicha corriente etnocéntrica provino de un musulmán, el sultán
Galiev. Este gran hombre rechazó la supeditación de su pueblo al gobierno
soviético , así como el papel dirigente, teñido de paternalismo, que Moscú
aspiraba a ejercer por medio de la Internacional. El sultán Galiev advirtió
lúcidamente, que las revoluciones socialistas en Europa no resolvían de
ninguna forma el problema de la desigualdad de los pueblos. El único remedio
contra ella consistía en asegurar la independencia de los pueblos y países
sometidos por el opresor occidental. Aunque el líder tártaro fue condenado
por “desviación nacionalista”
y pereció en los campos de Stalin, sus ideas influyeron más tarde en las génesis
de la creación del movimiento de países no alineados, opuestos a la tutela y
la rivalidad de las superpotencias.
Por
triste y lamentable que sea, debemos admitir que la inmensa mayoría de
europeos siguen contemplando al mundo islámico con un complejo profundo de
etnocentrismo, reaccionando de una manera escandalizada y atónita ante fenómenos
que como el iraní, se escapan a sus conceptos y coordenadas.
El
actual resurgir del Islam en gran parte del mundo, está siendo acompañado de
ciertas tendencias políticas en Occidente, que más bien responde a
incivilizados y viejos vicios de cruzada, siempre pronto a no dar cuartel y a
condenar en conjunto para conservar su posición dominante amenazada. El
proyecto económico y expansivo sobre el que vive el mundo occidental, y que
se traduce en una ética y mentalidad agresiva, no es el adecuado para crear
un mundo en convivencia y un diálogo con las otras culturas. Occidente no
puede proseguir una política expansionista y de crecimiento en un planeta de
recursos limitados. La cultura occidental, que ha creado la sociedad de
consumo, el culto al crecimiento y en definitiva la civilización del aparato
vegetativo, es preciso cuestionarla. Se está creando un mundo inhabitable,
ahora ya explosivo, del que todos tenemos que rescatar en esta grave crisis.
Garaudy escribe en su Appel aux vivants: “Las palabras reflejan la
desintegración de esta cultura; a partir de ahora se llama a la paz
“equilibrio del terror”, a la traición a los pueblos se le denomina
“seguridad nacional”, a la violencia institucionalizada “orden”, a la
competencia selvática “liberalismo” y al conjunto de tales regresiones
“progreso”.
No
podemos llegar a una armonía mundial sin un respeto profundo por las
diferentes culturas, respeto imaginativo, cotidiano y fundamental sobre el
desarrollo equilibrado de la energía humana. Este nuevo orden cultural es el
paso de la hegemonía occidental al respeto de los pueblos, a la valoración
de las diferencias culturales y a una ecológica redefinición del proyecto
humano. El Islam descarta cualquier fórmula absolutista que sacralice el
poder, también cualquier democracia de tipo occidental, es decir,
individualista, desarrollista, estadística, delegada y alienada. Pues la
libertad no es negación ni soledad, sino harmonización del Imán.
El
Islam no puede ser inmovilizado en la historia pasada, debe por el contrario,
resolver los problemas de nuestro tiempo en el espíritu de la comunidad profética
de Medina. Jaurés afirma que permanecer fiel es transmitir no las cenizas del
hogar de nuestros antepasados, sino su llama, el propio hogar. El segundo
rasgo del Islam, que debemos observar con fidelidad todos los musulmanes, es
el aperturismo y la tolerancia. Tenemos la grave responsabilidad de aplicar la
ciencia profética en cada país y en cada época, de forma que responda al
progreso y armonía de ese país y época. Es totalmente absurdo deducir
directamente del Corán y de la Sunna la creación de una escuela jurídica o
un movimiento que imponga las leyes de una política universal y temporal que
pretenda en el Islam o fuera del Islam cualquier hegemonía.
Sabemos
que el debate, la crítica y el conocimiento son la gran riqueza que permite a
todos humanizarnos; vaya en este sentido nuestra modesta aportación.
Assalamu
Alaíkum