LOS ANDALUCES

 

FEDERICO GARCÍA LORCA

 

  Y.I.A.L.M.

Poeta y dramaturgo andaluz.

Nació en Fuente Vaqueros (Granada) el 5 de Junio de 1898 y murió asesinado el 19 de Agosto de 1936 en Aynadamar, término de Víznar (Granada).

 

Llegamos a Fuente Vaqueros, como quien llega a la Meca, un domingo de tórrido Junio, a las cinco de la tarde. Sólo alivia un poco el suave abaniqueo de las hijas de los chopos desde el cruce de la carretera de Pinos Puente y también esto se pierde en cuanto entramos en el bar más moderno  de la plaza, en el que hace un calor sofocante. ¡Teníamos que haber entrado en el Victoria. Alguna fotografía, como quien tiene que cumplir un rito, al monumento en el que la cabeza de Federico aparece una curiana intentando salir de no se sabe dónde. En el monumento no está el poeta de Andalucía. Ni sus tomos, ni su estilo. Ni la elegancia de esta tierra, lo único que no pudieron arrebatarle.

 

Los rosales de su derredor han sido plantados por la gente del pueblo y es a ellos a los que hacemos la foto, antes de comenzar a callejear preguntando a todo el que nos encontramos, por dónde cae la casa donde nació Federico (aunque <<es seguro que está por ahí, a la derecha>>), para acabar otra vez casi al lado del monumento.

 

Llamamos a la puerta y nos abre la Curianita 1º, la misma del Maleficio de la mariposa -<<Buenas tardes. Querríamos hacer una foto para un dicc…>> -<<¡Lo siento, pero no puede ser!>>. -<<Una foto…>> -<<¡Lo siento!>>. Y nos cierran la puerta lentamente.

 

CURIANITA 1º - ¡Es terrible esta plaga de gente perezosa!

CURIANITA SANTA - ¡Tened misericordia del lindo enamorado…!

<<¡Sufrid sobre vosotras las heridas extrañas, los dolores ajenos>>, dijo San Cucaracho.

 CURIANITA 1º - ¡Pero a mí qué me importa tanta y tanta tontuna!

 

Y tenemos que conformarnos con hacerle una foto a la fachada y a su lápida alpujarreña (¿qué tendrá que ver la cerámica alpujarreña, nacida y criada allá, en todo lo alto, y trasplantada desde Pitres –no se sabe cómo- a Fajalauza, ¿qué tendrá que ver? con la vega de Zujaira?).

 

Hemos venido a comenzar desde el principio y constatamos que el principio no existe, hemos querido acercarnos a un nacimiento y resulta que nos encontramos con un carnaval; habíamos creído que todos los andaluces –todos- tenemos un poeta. Pero no. Sólo tenemos un hecho pueblerino, un cuento de tesoro escondido, un motivo para hacer política una vez al año, una pacotilla de mercachifles… Todo, menos un Poeta; todo menos nuestro poeta.

 

Fuente Vaqueros está muerto. A pesar de los homenajes, o, quizás por los homenajes. Sólo están vivos Los Pastoreros, pero Los Pastoreros no son Fuente Vaqueros. Son, en todo caso, los restos de un Fuente Vaqueros que estaba vivo en los años 20, cuando hizo asombrarse a Don Fernando de los Ríos. O como cuando nació Federico en su calle que antes se llamaba Calle Trinidad. Andalucía es, muy probablemente, el único país del mundo en el que la Santísima Trinidad ha recibido el honor de tener calles, por obra y gracia de setecientos años de dominio trinitario. Igual que Franco, que puso en los cálices del Congreso Eucarístico de Barcelona la siguiente inscripción: <<Del Caudillo de España a Cristo Rey>>.

 

Tendremos que empezar, por lo visto, desde el principio e intentar acercarnos al poeta. El padre de Federico, Federico García Rodríguez, era un rico de pueblo y se casó, ya viudo, con Vicenta Lorca Romero, maestra de Fuente Vaqueros. De este matrimonio nacería un niño en el mágico años de 1898, cuando echan a andar de nuevo estos desgraciados pueblos que forman el accidente geográfico llamado península ibérica con una Andalucía descuartizada en su fondo, con una Andalucía destinada desde arriba a ser solamente el recuerdo de un esplendor.

 

Córdoba

Lejana y sola.

Jaca negra, luna grande,

Y aceitunas en mi alforja.

Aunque sepa los caminos

Yo nunca llegaré a Córdoba.

 

Por el llano, por el viento,

Jaca negra, luna roja.

La muerte me está mirando

desde las torres de Córdoba.

 

¡Ay qué camino tan largo!

¡Ay mi jaca valentona!

¡Ay que la muerte me espera

antes de llegar a Córdoba!

 

Córdoba

Lejana y sola.

 

La vida de Federico también será la carrera desbocada, alocada, truncada del jinete andaluz en busca de su agua lustral. Buscándola desesperadamente, buscándola alocadamente, buscándola. Para, al final, caer cuando los dedos están casi llegando a ella, cuando se siente la humedad en la arena, cuando ya se tiene delante a la linda muchacha que la vende o la regala.

 

¿Qué vendes, oh joven turbia

con los senos al aire?

 

- Vendo, señor, el agua

de los mares.

- Llevo, señor, el agua

de los mares.

 

- Lloro, señor, el agua

de los mares

 

- ¡Amarga mucho el agua

de los mares!

 

En 1904 la familia se traslada a Asquerosa, un pueblo cercano al que el poeta se esforzará después en derivarle el nombre de Aqua rosae, agua de rosas, y el fascismo, Hércules dominador et fundador de la moderna Andalucía, se sumergirá en su ciénaga bautismal para llamarlo Valderrubio. Don Federico, el padre, tenía allí una considerable extensión de tierra ¡Quien manda, manda. Y cartuchos al cañón! En 1981, en el campo andaluz mandan, cada vez más, las máquinas, pero a principios de siglo todavía mandaba la tierra.

 

El corazón

que tenía en la escuela

donde estuvo pintada

la cartilla primera,

¿está en ti

noche negra?

 

Su primer maestro fue Don Antonio Rodríguez Espinosa, que antes había sido zapatero. En la Andalucía canovista de finales del siglo, zapatero debía ser, efectivamente, el escalón inmediato al de maestro en la mente de los políticos y de los de Hacienda.

<<¡Ah! Este nos puede servir; es Cansa-Almas, el zapatero>>

                                                   (Los títeres de Cachiporra)

La infalible superestructura se equivocó: todos se afiliaron, antes o después a sindicatos revolucionarios.

 

Cuando Don Antonio se marchó a vivir a Almería, Don Federico, o queriendo que el niño perdiera el compás en el aprendizaje, lo mandó con él. Don Antonio, convertido en un anciano que zurce los recuerdos del país con su vida, contaría estas cosas a Claude Coufon: <<Fue su padre quien lo llevó a Almería. Por entonces nosotros vivíamos en la plaza de Balmes. Federico no estaba solo, puesto que vivía con dos primos carnales de Fuente Vaqueros, Enrique García Palacios y Salvador García Picón, además de otros tres niños de Asquerosa. Pero él era el más pequeño y además el más turbulento, sobre todo en los domingos, cuando íbamos al campo… Vivió mucho tiempo con nosotros, en un comienzo en la plaza Balmes, después en la Escuela Nacional del Barrio Alto y finalmente  en una suntuosa y enorme casa de la calle Aras. Apenas llegaban las vacaciones partía a Fuente Vaqueros o a Asquerosa. En el último año sus estudios se interrumpieron por un ataque de fiebre y un flemón que lo desfiguraba. Su padre vino a buscarlo>>.

 

Don Antonio, el anciano, es benigno. Yo creo que Federico tenía que encontrarse absolutamente ausente en la soledad de Almería. Seguro que fue la añoranza de la vega de Zujaira, y no una infección, lo que le produjo el flemón y el ataque de fiebre. Porque la vega produce añoranza a cualquiera. Yo la contemplé una vez, en verano, a la caída de la tarde desde la era de Paco, el cortijero de Cuesta Velillos (<<la vega de Zujaira>>, dijo Antonio Carvajal, Lorca reencarnado y San Gabriel noctámbulo) y lo juro que todavía me queda el recuerdo.

 

En el verde oliva de la colina

hay una torre morena

del color de tu carne campesina

que sabe a miel y aurora.

          … … … … …

 

Dice la tarde: ¡Tengo sed de sombra!

Dice la luna: ‘Yo sed de luceros’

La fuente cristalina pide labios

y suspira al viento.

 

Federico es un niño frágil, se asusta. Capaz de imaginar grandiosamente todo lo que pueda ser imaginable, se asusta después con cualquier cosa grande. Se asusta de la distancia y de la soledad en Almería y se asusta de las tormentas en la vega. Pero, ¿por qué no se puede ser frágil y asustadizo? ¡Bienaventurados los miedosos y los introvertidos, porque nunca escribirán sus Memorias  y prefieren la alegría del estar cerca.

 

 

Salen los niños alegres

de la escuela

poniendo en el aire tibio

del abril canciones tiernas.

¡Qué alegría tiene el hondo

silencio de la calleja!

Un silencio hecho pedazos

por risas de plata nueva.

 

El ser mal estudiante…

 

Sea mi corazón cigarra

sobre los campos divinos.

Que muera cantando lento

por el cielo azul herido

y cuando esté ya expirando

una mujer que adivino

lo derrame con sus manos

por el polvo.

Y mi sangre sobre el campo

sea rosado y dulce limo

donde claven sus azadas

los cansados campesinos

¡Cigarra!

¡Dichosa tú!

pues te hieren las espadas invisibles

del azul.

 

… y escuchar de la boca de cualquier abuela Isabel las lecturas de Víctor Hugo y Dumas, Zorrilla, Espronceda y Bécquer…que dejarán en el niño la huella del misterio, la del amor, la de la muerte.

 

(Cuando niño a mí me dijo

un día mi pobre abuela

que al morirme yo me iría

sobre las hojas más tiernas

de los árboles más altos…)

 

Todo eso es el mundo de Federico en estos años y todo lo demás no es su mundo, porque no es importante lo que le rodea, sino su propia imaginación que convierte las cosas baladíes (baladíes para el caminante despistado) en maravillas hondas, profundas y abiertas, Federico tiene al mundo en su mano y comienza a comprobar que puede abrirlo, como lo haría un San Antonio, con franciscana prestidigitación.

 

Más la granada es la sangre

sangre del cielo sagrado

sangre de la tierra herida

por la aguja del regato…

 

Federico, que ha tenido el poder de penetrar las cosas desde siempre, comienza a penetrar Granada cuando se traslada allí, a los once años, aunque Granada ha sido siempre su sueño, porque ha sido vista, o entrevista, en la lejanía. Vive, primero, en una casa de la acera del Darro, después, en otra de la Puerta Real (acera  del casino, Nº 3) y cursa el bachillerato en el Colegio de san Bartolomé y Santiago. Con él estudian también, Manuel Fernández Montesinos, que andando los años será su cuñado y que morirá bajo las balas de un pelotón de fusilamiento en los primeros días de la guerra por el terrible delito de haber sido nombrado poco antes alcalde de Granada. Y también estudia allí, por entonces, José María Nestares que después sería jefe de policía de la ciudad y, desde el triunfo de los fascistas, delegado de Orden Público, capitán de la I Bandera granadina de la Falange, con sede en Víznar, torturador y ejecutor de Federico, y, terminada la contienda, dinámico y especulativo constructor y dueño de un hermoso palacete en el paseo de la Bomba. Me ha golpeado una idea de Andrés Sorel: ¿Tendrá en uno de sus estantes para libros las obras de García Lorca?

 

Quizás Federico comience ya a presentir la muerte, no la del fusilamiento, sino LA MUERTE en imágenes que surgen y se borran instantáneamente, como surge y se borra su figura en la esquina de pequeño escenario de cristobitas.

 

 

La nieve cae de las rosas

pero la del alma queda

y la garra de los años

hace un sudario con ellas.

 

¿Se deshelará la nieve

cuando la muerte nos lleva?

¿O después habrá otra nieve

y otras rosas más perfectas?

 

Estudia piano. ¿A que resulta completamente natural ver al poeta sentado al piano? Puede ser que, precisamente por eso, él quiera aprender a tocarlo; primero con el maestro Segura y, cuando éste muera –es un leve parpadeo-, con Francisco Benítez, que se ganaba también la vida, tocando el instrumento para los clientes del Café Alameda. Pero el piano no es compatible con la imaginación dejada suelta. Requiere esfuerzo, método, disciplina, que la mente ordene a los ojos ver y a cada mano, tocar por su lado acompasadamente. Demasiado para Federico, al que las clases y sus sueños de músico famoso, le sirven tan sólo para que pueda dedicar su primer libro a su primer maestro, con una soltura –aquí sí. ¿No ves?- que ya demuestra al escritor que vendrá:

 

<<A la venerada memoria de mi viejo maestro de música, que pasaba sus sarmentosas manos que tanto habían pulsado y escrito ritmos sobre el aire, por sus cabellos de plata crepuscular, con aire de galán enamorado y que sufría sus antiguas pasiones al conjuro de una sonata beethoviana ¡Era un santo! Con toda la piedad de mi corazón>>.

 

Porque Federico era demasiado Federico como para que el fracaso musical no le dejara una herida que intentara cerrar por todos los medios, incluso dando un concierto de piano en el Centro Artístico de Granada cuando es ya todo un estudiante de Derecho y Filosofía que tiene como profesor y amigo a Fernando de los Ríos. Ha entrado en la Universidad en 1914, cuando tiene, por lo tanto, 16 años, y de la Guerra Europea sólo se oyen en Granada los cañonazos de los periódicos que suenan mucho menos que el poeta. Dice Pedro Salinas que a Federico, en aquellos años, <<se le sentía venir mucho antes de que llegara>>.

 

<<Le anunciaban impalpables correos –sigue diciendo Salinas-, avisos, como de las diligencias en su tierra, de cascabeles por el aire. Cuando ya se había marchado, aún tardaba mucho en irse, seguía allí rodeándonos con sus ecos, hasta que de pronto decía uno: ‘Pero ¿se ha ido ya Federico…?’ Siempre con su séquito. Le seguimos todos, porque él era la fiesta, la alegría que se nos plantaba allí de sopetón, y no había más remedio que seguirla>>.

 

Yo creo que esto era sólo la mitad o la tercera parte de un Federico, que comienza a atravesar en estos años una larga crisis existencial porque ya han quedado fijas las preguntas sobre la muerte y el más allá y las respuestas de su gente –no de su séquito- le dejan completamente ensimismado. El séquito, la alegría, los arcángeles de sus idas y venidas no son sino la cara que se ve, la normal, de una luna, que guarda sus extraños colores sólo para los iniciados. En esa crisis, Federico recorrerá un largo camino alrededor de todo y, principalmente, alrededor de sí mismo para terminar donde empezó, pero con ojos nuevos. Cuando los abra, Federico estará emplazado para siempre:

 

El veinticinco de Junio

abrió sus ojos Amargo

y el veinticinco de Agosto

se tendió para cerrarlos.

 

Ha vivido la experiencia de un viaje por tierras castellanas (¡Ay Generación del 98 de una Andalucía perdida y acangrejada, que matas a los profetas y te empeñas en abrir tu pasado con la llave del sepulcro del Cid!) con toda clase de Teoría de la Literatura y de las Artes y el resultado ha sido un libro castellano, la casi totalidad de cuyos ejemplares están todavía en la Huerta de San Vicente, el libro obligado de todos los escritores viajeros de antes. En realidad, en el libro sólo salen las ganas de Federico de reencontrarse con Granada, mezcladas con una cultura de diletante. Ni el estilo descriptivo, ni Castilla le irá nunca. Por eso sólo surge la frescura cuando aparece el yo, y los otros… o Granada.

 

<<…Algún Gallo canta recordando el amanecer arrebolado y las chicharras locas de la vega templan sus violines para emborracharse al mediodía…>>.

 

Es aquí donde el poeta comienza a encontrar lo que buscaba: la expresión de Andalucía, que no está en Gracilazo, ni en Quevedo, ni en Maeterlink, sino… en el pueblo. En los niños que giran jugando al corro, en las vecinas que van a misa para oler la pana o parlotean como golondrinas por el rayo de sol de cualquier habladuría, en los labradores, en los cabreros, en los neveros, en los acequieros…

 

Cuando logre aprisionar esta expresión, ya no la soltará nunca, porque alguien tan jondo como él sabrá que es ahí  donde está la Verdad que muchos han buscado en los Libros Sagrados y la Belleza, pensada y situada en inaccesible hiperuranios.

 

Si muero

dejad el balcón abierto

 

El niño come naranjas

(Desde mi balcón lo veo)

 

El segador siega el trigo

(Desde mi balcón lo siento)

 

¡Si muero, dejad el balcón abierto!

 

Federico ha entrado en la necesaria crisis sobre la expresión del mundo con miedo. Pero el miedo le provoca deseos de provocar, aunque la provocación, una vez hecha, le dé de nuevo miedo. Y Federico que quiere lanzarse a ver el mundo… se lanza como lo haría un caracol, aunque cuando se dé cuenta de cómo se ha lanzado se ría. (Pero, ¡ojo! De Federico sólo puede reírse Federico)

 

Y el caracol, pacífico

burgués de la vereda,

ignorado y humilde,

el paisaje contempla.

La divina quietud

de la Naturaleza

le dio valor y fe,

y olvidando sus penas

de su hogar, deseó

ver el fin de la senda.

 

 Y es que para este Federico ver el mundo ha significado ir desde la acera del Darro a la del casino, con Zorillas de zurrón y parada en el Suizo. ¿Habrá algo más contradictorio que un caracol aventurero, que parte para la aventura con la casa a cuestas? Pero, así y todo, le preocupaba la vida y, a lo largo de muchos meses, habrá una lucha titánica contra las respuestas de rigor, que son, por lo común, las únicas que salen cuando se quiere contestar rigurosamente una pregunta trascendente. Por eso, poco a poco, y aunque Zorrilla, Bécquer y Espronceda sigan colgados a sus espaldas y 1918 se cierre con la Elegía a Doña Juana La Loca, comienzan a vislumbrarse destellos nuevos y el poeta puede exclamar:

 

…he visto las estrellas,

subí al árbol más alto

que tiene la alameda

y vi  miles de  ojos

dentro de mis tinieblas

 

En el periplo por tierras castellanas, poco antes de que se acabara Andalucía, los viajeros fueron a visitar Don Antonio Machado, profesor de Instituto en Baeza y plantado, como un olmo, entre los dos mundos que él llama <<las dos Españas>>, en una contradicción inefable y tan vieja como la esclavitud de esta tierra: Antonio, él querrá ser castellano de adopción y con tan sólo un cordón umbilical de laurel y limoneros uniéndolo al callejón de las Dueñas. Sólo será poeta de la izquierda. (Su hermano Manuel querrá ser andaluz pero sin tomar partido en el tiempo que le toca vivir: será un poeta de derechas).

 

Federico quiere ser universal, y aunque no sabe cómo, para la página de su 1919 asomándose, de la mano de Don Antonio, al profundo pozo de la expresión del pueblo que es la única que no tiene fronteras. Y Julio lo encuentra diciendo:

 

Esquilones de plata

llevan los bueyes

-¿Dónde vas niña mía

de sol y nieve?

 

Ha comenzado a escudriñar sus calles, su vega, su sierra… Ha comenzado a hacer con ellos su casa. Todo es nuevo y, por eso, serán los niños los que le enseñarán el futuro del pasado y los que le dirán lo que debe hacer con todo su acervo lírico.

 

LOS NIÑOS

Ya nos dejas cantando

en la plazuela

¡Arroyo claro

fuente  serena!

 

¿Qué tienes en tus manos

de primavera?

 

FEDERICO

Una rosa de sangre

Y una azucena.

 

LOS NIÑOS

Mójalas en el agua

de la canción añeja

¡Arroyo claro,

fuente serena!

 

Ese es el cauce y, yendo por él, escribirá la Balada de la Placeta, Bueno, Balada de un día de Julio y Alba.

 

Ha ido a Madrid en primavera y sabe que al acabar el verano, tendrá que volver porque Madrid le atrae como todo lo no visto y como una meta, vaya usted a saber de qué carrera. Pero como a la vez lo intimida porque lo separa lo suyo, Federico intentará que no se produzca el salto en el vacío y conjura al viajero con salmodias escuchadas a las gitanas, quizás, delante de la Chancillería en la Plaza Nueva o, puede ser, que en el poyo de la antigua Universidad, al lado del Sagrario.

 

Mi corazón reposa junto a la fuente fría

(Llénala con tus hilos

araña del olvido)…

 

Mi corazón se vuelca sobre la fuente fría.

              (Araña del silencio

              téjele tu misterio)

 

Y el agua se lo lleva cantando de alegría

              (¡Manos blancas, lejanas,

              nada queda en las aguas!)

 

Pero nada. Madrid está ahí, y Federico se hunde en la Residencia de estudiantes, aunque tenga al principio recuerdos andaluces, que en la corte se llaman madrigales, recuerdos que, poco a poco, se van desvaneciendo hasta dejarlo completamente hueco. No hay nada que hacer. Y Federico se encuentra metido en un torbellino de poesía que no comprende, que no es la suya, que se le escapa entre las manos como el pez.

 

Los verdes cipreses

guardaban su alma

arrugada por el viento,

y las palabras como guadañas

segaban almas de flores

 

A base de Verlaine, bastante modernismo y un poco de olvido de su tierra el poeta, tanto si lo intenta como si no, comienza a ganarse a pulso el paso franco hacia el título de poeta maldito. Pero así no va a ninguna parte.

 

Aunque puede ser verdad lo que dice Paco Umbral cuando llama a Federico histrión  en el más hondo sentido de la palabra, yo me inclino a pensar que no; que Federico no está riéndose cuando escribe todo esto, que es histrión pero en todas partes, en otros sitios, en las llamadas alucinantes, al timbre de Fina Calderón, en sus entradas a lo torpe en aquel Sancta Sanctorum de la política para saludar luego comedida, educada e histriónicamente –como niño de colegio de pago- a todos los señores.  Por ahí, sí.

 

Pero lo del satanismo y demás, es otra cosa: es miedo, provocación y diletantismo. Y si se me permite, plagio porque Federico es un ser muy inteligente que sabe intuir que todos los demás so menos listos, o menos instruidos, que él. Y de este modo no tiene ningún reparo en remendar el progresismo de la Oda a Satanás de Carducci.

 

Pero dejemos la crítica e intentemos poner las cosas en orden. Federico ya había estado obsesionado en el verano por expresar un sentido de la vida a través de la figura del macho cabrío.

 

Iba yo montado sobre

un macho cabrío

El abuelo me habló

Y me dijo:

-Ese es tu camino.

 

Pero se muestra escéptico y, en definitiva, no se decide a nada. Puede ser, incluso, que esté soñando con Madrid por el que se siente imantado y rechazado a la vez; como se siente en vilo entre la quietud y el movimiento, entre la tierra y el mar.

 

El mar es

el Lucifer del azul.

El cielo caído

por querer ser la luz.

 

¡Pobre mar condenado

a eterno movimiento,

habiendo antes estado

quieto en el firmamento!

 

Ahora, en Madrid, explica todo esto desde la óptica de la moda triunfante y grita que él es nihilista, ateo, satánico… y todo lo que ustedes quieran, porque, de lo que se trata, es de ser el primero. Federico para la galería, tiene que seguir siendo el joven brillante seguido por la cohorte de admiradores y por el séquito del que hablaba Salinas.

 

Pero lo cierto es que no tiene ideas, que en los momentos de intimidad reconoce que todo se ha ido y que, por mucho que se esfuerza, no puede hacer lo que él quisiera. La que realmente está en el infierno es su poesía y Federico no puede bajar a rescatarla.

 

Tarde lluviosa en gris cansado,

y sigue el caminar.

Los árboles marchitos

mi cuarto solitario

Y los retratos viejos

y el libro sin cortar…

 

Federico no se reencuentra hasta que no vuelve, en el verano a la Fuente, a Fuente Vaqueros, y a sentarse en la fuente de la Teja con papel de arco iris y lápiz de fantasía.

 

Mi paraíso un campo

sin ruiseñor

ni liras,

con río discreto

y una fuentecilla.

 

El poeta vuelve, de nuevo, a cantar su naturaleza y siente que está viva, que puede y tiene que comportarse igual que las personas. Andalucía lo convierte al panteísmo en cuanto  recomienza a ser un poeta de pueblo que es lo que han sido casi todos los poetas andaluces, con una divina –y, por lo tanto, perfecta- conjunción con su entorno. En este verano, Federico alcanza esta conjunción después de una profunda ascesis, no la del eremita, sino la del hombre rural, lúdico y natural, que es también una constante en nuestra poesía y en nuestro pensamiento. Federico puede, por fin, hablarle a un chopo muerto y morirse después él y decir a todas las cosas que se mueran…

 

Dulce chopo,

dulce chopo,

te has puesto

de oro.

….

La fragancia cautiva

de tu tronco

vendrá a mi corazón

piadoso

¡Rudo abuelo del prado!

Nosotros

no hemos puesto

de oro.

 

…porque se ha limpiado de todo lo que le sobraba y se ha reconciliado consigo mismo.

 

Pero mi corazón

roído de culebras

el que estuvo colgado

del árbol de la ciencia

 

¿está en ti

noche negra?

 

(Caliente, caliente

como el agua

de la fuente)

…..

¡Oh corazón perdido!

¡Réquiem aeterna!

 

Y así entra Federico de nuevo en Granada, en una Granada que comienza a entrar en erupción, en una Granada en la que vive, paseando cada mañana por los bosques de la Alhambra, Manuel de Falla.

 

Manuel de Falla tiene que haber sido para Federico muchas cosas. En primer lugar, tiene que haber sido el otro Federico, el Federico músico que no pudo ser, y así lo tenderemos en años sucesivos acompañado al compositor a sitios y lugares de inspiración, o llevándolo a escuchar, en la madrugada de un Viernes Santo sevillano, la música de la procesión de El Silencio para que Don Manuel se extasíe.

 

Pero, en segundo lugar, Falla será el Virgilio que introduzca al poeta en el submundo oscuro, agresivo, marginado, ardiente, heroico y condenado de los gitanos andaluces. Manuel de Falla es el que hace que, en definitiva, el aire del Norte pierda la batalla de la influencia sobre el poeta y que éste, a pesar –incluso. De sus protestas, no pueda eludir la del viento del Sur. Cuando poco después, Federico publique su primer libro de poesía, Libro de poemas, lo encabezará esa composición, quizás para que todo lo demás se vea como vicisitudes.

 

Viento del Sur

moreno, ardiente

llegas sobre mi carne

trayéndome semillas

de brillantes

miradas, empapado

de azahares.

 

Aire del Norte

¡oso blanco del viento!

llegas sobre mi carne

tembloroso de auroras

boleares.

…..

Sin ningún viento

¡hazme caso!

gira, corazón,

gira, corazón.

 

Esa es la batalla que Federico tiene irremisiblemente perdida porque en Madrid estarán los amigos pero allí está la fuente, la Vega, Granada, los Ríos, los Chopos… y ellos son Creadores de todas las cosas. Y también porque Falla se ha propuesto dar a conocer las esencias andaluzas más profundas, las del cante, en el I Concurso de Cante Jondo.

 

Federico se ha sentido atraído inmediatamente por las teorías de Don Manuel sobre el canto de los gitanos andaluces. Hasta tal punto se mete en esa corriente, que será muy difícil distinguir después qué es lo que pertenece a uno y qué a otro,  a  no  ser  porque  Federico es más preciso, -¿más andaluz?- en el terreno de las diferencias étnicas. El poeta siempre sentirá por el músico un respeto casi sagrado. En una entrevista le dirá al periodista:

 

<<Falla es mi gran devoción de siempre, y no se qué vibra mejor en mí: mi admiración o mi cariño. Escúcheme usted. No ha muchos días recibí a una señorita portorriqueña que quería llevarse bajo el brazo una flamante interviú. Había apretado ya un par de cuartillas de una letra ágil, pequeñita, cuando se me ocurrió nombrar a Manuel de Falla. Hizo un gesto de extrañeza. Aunque no creí -¿cómo pensarlo, amigo mío?- que oyese aquel nombre por primera vez, la mire estupefacto. Un segundo. Porque rápidamente inquirió: “¿Falla?” Sin responder, lentamente, cogí las cuartillas y se las hice pedazos. Yo no podía, no quería ya decirle nada, absolutamente nada…>>

 

En esta época Federico llega también al teatro, aunque con el pie izquierdo. El 22 de Marzo de ese año ha estrenado en Madrid, en el Teatro Eslava, El Maleficio de la Mariposa con un empresario engañado por la figura de La Argentinita que es la que baila en la obra, y pensando, quizás, que se trata de una zarzuela o algo parecido. El Maleficio duró un día en cartel porque ni el empresario ni el público madrileño comprendían aquel teatro para niños. Se cuenta que cuando un amigo lo animaba diciéndole que los madrileños se acostumbrarían a su teatro y que, al final, acudirían, Federico contestó: <<Sí, pero van a ir viniendo de uno en uno>>.

 

Sin embargo, no se trataba de un teatro infantil. El poeta lo había compuesto partiendo de las mismas premisas de las que partía Falla en su música: escuchando a la gente, cogiendo sus opiniones, dividiéndolas por grupos humanos y abstrayendo en una sola figura sus sentires.

 

En Agosto de 1921 escribía, a propósito de todo esto (en lo que continuaba a pesar de los madrileños y de que, incluso su familia no comprendiera aquella extraña profesión) a Melchor Fernández Almagro:

 

<<Cada día me convenzo más de lo maravilloso que es este país. Si estuvieras aquí conmigo estarías girando como una peonza para ver los cuatro puntos cardinales al mismo tiempo>>.

 

<<Días pasados, salió una luna verdimorada sobre la neblina azul de Sierra nevada y enfrente de mi puerta una mujer cantaba una “berceuse” que era como una serpentina de oro que enmarañaba todo el paisaje. Sobre todo en los anocheceres se vive en plena fantasía, en un sueño a medio borrar… Por las noches nos duele la carne de tanto lucero y nos emborrachamos de brisa y de agua. Dudo que en la India haya noches tan cargadas de olor y tan delirantes>>.

 

<<Los Cristobitas los estoy machacando. Pregunto a todo el mundo y me están dando una serie de detalles encantadores… Figúrate que en una de las escenas un zapatero se llama “Currito er del Puerto”, quien toma medidas de unas botinas a Doña Rosina, y ella no quiere por miedo a Cristóbal, pero Currito es muy retrechero y la convence cantándole en el oído esta copla:

 

Rosita, por verte

la punta del pie

si yo te pillara

veríamos a ver.

 

Con una melodía de una chabacanería estupenda; pero viene Cristóbal y lo mata de dos porrazos. Siempre que este hércules celoso remata a su víctima, dice: “¡Una, dos y tres, al barranco con él!”, y se oye un formidable golpe de tambor en el abismo del teatrito>>.

 

Aunque la cita haya sido larga, estimo que es absolutamente imprescindible para ver el trasfondo del teatro lorquiano,  agudeza y sentido de lo popular, y, también, lo mostrenco de un público cerrado a cal y canto a todo lo que viniera de abajo, ensimismado en su papel de Corte para la que todo lo demás no son sino provincias. Federico seguirá, no obstante, empeñado en fijarse en las gentes de su pueblo –de sus pueblos. Para componer Mariana Pineda, con el pensamiento puesto en la clandestina bandera de la República que ha visto en casa de unos amigos, La Casa de Bernarda Alba, con los avatares de la casa contigua a las de sus tías en Asquerosa, etc., etc., etc.

 

Son tiempos de asimilación de todo su mundo. Con Manuel de Falla, se lanza en tromba a preparar el I Concurso de Cante Jondo (Cante primitivo andaluz), pese a toda la oposición levantada por la clase bienpensante de la ciudad para la que esa música no tiene en absoluto ningún valor y no es más que un “canto de borrachos”, sin preguntarse por qué se emborracharán los borrachos, por qué los borrachos son legión en todos los regímenes coloniales.

 

Eso es lo que hace con Manuel de Falla, porque solo también trabaja, está volcado en componer una obra distinta en el terreno que le hará ser –y esta vez de verdad- un poeta maldito. No se puede bajar a los verdaderos infiernos sin pagar después esa osadía a los dioses. Y los dioses son los grandes terratenientes, los que hasta ahora se han aprovechado de los andaluces manteniéndolos en un estado infrahumano; los que en las horas de orgía, pegan a los gitanos para que les canten y les bailen; los que se acuestan con las mujeres de tez aceitunada mientras las siguen despreciando, como los esclavistas han hecho siempre con los negros y las negras… El fascismo será el verdugo de ese castigo al que Federico comienza a hacerse acreedor desde este momento, desde el momento en que se convierte en un río incontenible que lleva a todas partes los sufrimientos y las desdichas de un pueblo.

 

El río Guadalquivir

va entre naranjos y olivos