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En 1883 Andalucía dispuso de un primer Estatuto
con rango de Constitución Federal de los Cantones Andaluces,
que no pudo ser viable porque, entre otras cosas, la fecha de
redacción coincide con la nefasta represión obrera de aquel
mismo año.
Esta Constitución Andaluza nace en las mismas
circunstancias que el Pacto Autonomista Catalán, y es asumido en
su integridad por los andalucistas históricos en la Asamblea
de Ronda de 1918. También se respetó como base autonómica
para la redacción del Estatuto de 1933, de nuevo a punto de estar
vigente en la II República, y de nuevo impedida su puesta en práctica
por el golpe fascista de 1936.
De aquí que la historia de nuestra soberanía
andaluza no sólo es equiparable a la de otras nacionalidades
llamadas históricas, sino que además, Andalucía fue la
puerta de entrada de todo el nuevo pensamiento liberal, que
favorecía el impulso de los proyectos autonómicos de las otras
nacionalidades.
Los conceptos de autonomía, federación, y
nacionalidad, empiezan a ser definidos a partir del
pronunciamiento de Cádiz de 1868, en muchos casos a la par con la
ideología del socialismo utópico y con la razón del Estado
Republicano, y, fue profesado por los andalucistas cantonales
precursores del movimiento nacionalista de Blas Infante. No
podemos olvidar que el sentimiento de: Soberanía estuvo
latente desde comienzos del siglo XIX, activado por el abandono de
los poderes centrales a las fuerzas napoleónicas, y tuvo su
expresión más concreta y definida en la Junta soberana de
Andujar de 1835. Esta Junta lucha contra un sistema que
necesariamente engendra el caciquismo, y, se fija en la política
municipal autonómica como primer objetivo de la Soberanía
Andaluza.
En esta Constitución Cantonal de 1883 donde
aparecen delimitados con precisión los conceptos de autonomía
y federación, se impondrán las tesis sobre la soberanía
de Ramón de Cala y Eduardo Benot:
“Andalucía –diría el artículo 1º- es
soberana y autónoma; se organiza en una democracia republicana
representativa, y no recibe su poder de ninguna autoridad
exterior al de las autonomías cantonales que le instruyen por
este pacto...”.
<<El poder legislativo reside en un
‘Congreso de Representantes’, integrado por ‘diputados del
pueblo’ y ‘profesionales o de clase’ (Art. 40), elegidos,
los primeros, por sufragio universal, y, los segundos por las
centrales sindicales>>.
<<...Cualquier ciudadano andaluz podrá
presentar y defender ‘ante la barra’ cualquier proyecto que,
previamente, haya presentado en la Secretaría del Congreso del País
Andaluz”.
Por la barra se proporcionaba a los
ciudadanos andaluces la posibilidad de plantear al Congreso,
individual o corporativamente cuestiones más globales y
generalizadas de la legislatura; lo que garantiza el contacto de
los diputados con la base popular y los vinculaba con mayor fuerza
y coherencia al electorado. La barra favorece, por
tanto, la autogestión popular. Con este derecho, el pueblo se
habitúa a mantener sus propios planteamientos y su protagonismo
al margen de la planificación global, que en materia legislativa
llevara el Congreso.
<<El poder ejecutivo es asumido por un
‘Consejo Federal’, presidido, rotativamente, por el miembro de
mayor edad, prescindiéndose de la figura de un presidente como
institución>>. (Atrs. 59-60-61).
<<...Se reconoce, también, la independencia
de su poder judicial y se contempla la posibilidad establecer un
ejército con un esquema electivo popular”. (Arts. 84-85).
<<...Llama la atención por otra parte
–escribiría Santos Lopez- ver reaparecer el texto de Antequera
en manos de los andalucistas de Blas Infante que, considerándolo
legado incuestionable de la causa de Andalucía, lo van a asumir
en la famosa asamblea de Ronda de 1918...>>.
Va para un siglo desde la promulgación oficiosa
de esta Constitución en el País andaluz, y, todavía en su
esencia sigue siendo la pieza jurídica válida y primaria para
nuestra real Autonomía. <<Una autonomía que –como dijera
Ramón de Cala- sustituyera, en una palabra la guerra por la paz y
el ruido de las armas por la serenidad de la razón y del
deber>>.
En el origen y configuración del pensamiento de
Ramón de Cala, hay que apreciar aspectos como su nacimiento en el
seno de una familia de clase media, adscrita al pensamiento
liberal-progresista; la influencia que en él ejerce uno de sus
primeros maestros, Juan María Capitán, cuando realizaba los
estudios de enseñanza media en su ciudad natal; y, sobre toso, no
hay que olvidar que Jerez de la Frontera era una tierra
latifundista y una fuerte injerencia del capital extranjero en la
explotación y comercialización de los vinos, su principal base
económica. Todo ello va a generar inquietudes societarias y económicas
en las clases intelectuales de Jerez que, indudablemente, habría
de pensar en la formación del joven Ramón de Cala.
Estos factores hacen que la base del pensamiento de
Cala sea la conjunción de los principios liberales desarrollados
en las doctrinas societarias; es lo que varios tratadistas
denominan democracia-radical. Su posterior evolución hacia
el pensamiento federalista de Pi y Margall, y, sobre toso, hacia
su peculiar visión cantonal y autonomista del País andaluz,
contaría con esta base.
Su actitud se inserta en el llamado socialismo
humanitario. El mismo dice: <<se me ha dicho que alguno
de los oradores han hecho alusión a mis opiniones socialistas...
Se me figura que no es este momento de entrar en explicaciones
sobre el socialismo y el individualismo; sin embargo, yo puedo
decir que dentro de mi conciencia y de mi entendimiento están en
armonía los derechos individuales con las teorías
socialistas>>.
A partir de 1850 empieza a hacerse manifiesta su
preocupación societaria. En 1854 era conocido como progresista
exaltado, y desempeñaba el cargo de presidente de la Junta
Revolucionaria de Jerez y de Síndico del Ayuntamiento hasta la
contrarrevolución de 1856, en que pasa a la clandestinidad.
Durante esta época la actividad de Cala es muy intensa, fundando
comités y centros impulsores de su ideología, como el Casino
de Trabajadores, que llega a tener un gran renombre considerándose
como precursor de lo que posteriormente se llamarían Casas
del Pueblo.
En esta situación de clandestinidad, Cala intentaría proseguir
sus estudios (alterados por su intensa actividad política),
pero los tiene que interrumpir afectado por la epidemia de cólera-morbo
que asoló Andalucía a finales de 1856. En octubre de 1860 se
matrícula en Derecho Romano, Economía Política, Estadística,
Derecho Político y Administrativo, Derecho Civil Español,
Historia Universal y Geografía; pero de nuevo, al aplicársele el
reglamento de asistencia a clase es dado de baja en su matrícula.
Los certificados médicos que aporta para justificarse, encubren,
probablemente, su dedicación a la política.
La defensa que hace del Instituto de Enseñanza
Media de Jerez, cuando éste iba a ser absorbido por el de Cádiz,
nos muestra el gran interés de Cala en todo lo que atañe a
mantener y reavivar la cultura de su ciudad natal.
<<...Extraviarse de Jerez la enseñanza, perder su mas noble
y honroso establecimiento nuestra ciudad, la afamada en caudales,
que gasta millones en tender hasta el mar el primer ferrocarril de
Andalucía, que piensa arrancar un río de su histórico cauce,
que proyecta suntuosos teatros y que, por último arrebatada por
una humorada andaluza de rumbo y desprendimiento, concibe la idea
de edificar una plaza de toros; extraviarse, repito, de Jerez la
enseñanza por esconder quince mil duros, sería un fenómeno que
nos mancharía la frente con los colores de la vergüenza... Y una
idea que me queda por indicar, que tiene relación con la enseñanza,
y concluyo: todos clamamos por el establecimiento de una
Biblioteca Pública>>.
La participación que Cala tiene en el fallido
pronunciamiento de 1866 le valió el destierro en Francia.
Aprovechó este tiempo para hacer un estudio de la Comunidad
parisina, publicando Los comuneros de París, al que la crítica
le ha señalado el gran sentido histórico de este relato,
indicando el excepcional valor del ejercitar la traslación de
unos hechos ocurridos en Francia a nuestro país.
Las condiciones objetivas del descontento harían
que la comarca gaditana se convirtiera en el punto central de la
conspiración que derribaría a Isabel II. En el movimiento se
coaligarían unionistas, progresistas y demócratas y en las Juntas
coordinadora democrática nos encontramos desde los que eran
verdaderos revolucionarios radicales hasta los atemporados
oportunistas que en la confusión del momento político optaron
por una acción a la que luego, habrían de poner
condicionamientos.
Cala empezaría a distinguirse de sus compatriotas demócratas
radicales en su radicalismo andaluz. Cuando Paúl y
Angulo habla de república, se refiere muy directamente a la
implantación de un socialismo estatista, <<adjetivo
éste que le diferenciaba fundamentalmente del de Ramón de
Cala>>.
Fracasado el intento revolucionario de Junio de
1866, los demócratas radicales gaditanos comenzaron a preparar
con Prim el pronunciamiento. Figuraba como agente de Prim, don
Antonio Pérez de la Riva, quien realiza importantes contactos con
las guarniciones de Sevilla, Ceuta, San Fernando y Cádiz. Le
auxiliaban en su trabajo Ramón de Cala, Carrasco, Guilén, La
Rosa y Salvochea.
A pesar de la negativa de Prim, a que en el
pronunciamiento participaran las milicias civiles populares, Cala
y el grupo demócrata siguieron en su política de movilizar al
pueblo y entregarle las armas. <<...En una reunión que se
celebró en mi casa –escribe Paúl- para ponernos de acuerdo los
que por la revolución trabajamos, llegamos a juntarnos algunos
centenares de hombres, todos republicanos. Manteníamos una activa
correspondencia con las principales poblaciones de la provincia;
ninguno perdonaba penalidad ni esquivaba peligros cuando cedía en
bien del fin común, y a pesar de ser escasos nuestros propios
recursos pecuniarios, y de estar tan vigilante y despierta la
policía, logramos enviar no pocas armas a Ceuta y repartir otras
en la provincia de Cádiz...>>.
El sentido jerárquico militar de Prim y sus
veleidades conservadoras hacía que no comprendiera y, por tanto,
se opusiera a las acciones de movilización popular que proponían
los demócratas Paúl, Guillén, y el propio Cala. El alzamiento
que se había programado para el día 9 de Agosto se vio
interrumpido, probablemente, por la reticencia de los generales
ante la avalancha popular que organizaron Ramón de Cala en Jerez,
Paúl y Angulo en Cádiz, y Pérez del Alamo en Sevilla. Estas
dilaciones de los militares hacen que el partido demócrata y
republicano forzara la sublevación, teniendo Cala un protagonismo
evidente. Paúl escribe: <<Habiendo consultado a los
ciudadanos Guillén, Cala, La Rosa, Salvochea y demás amigos,
concurrí a una reunión que tuvieron los señores Peralta,
Ayala, Rancés y Vallín>>.
Los demócratas temían la posibilidad de un
intento de proclamación real del duque de Montpensier, a lo que
se oponían: <<...porque el pueblo andaluz era
republicano>>, o al menos así lo creían Cala y sus compañeros.
La sucesión de los hechos es conocida de todos: La
llegada de Prim, a bordo del Zaragoza; las veleidades de
Topete; la actuación de las masas y la constitución de una Junta
provincial revolucionaria que no satisfizo a los radicales
porque <<el procedimiento empleado para constituir la
primera junta de gobierno –escribiría Paul-, en verdad anómalo
y fuera de las reglas revolucionarias; confirma la tendencia
absorbente del militarismo dictatorial, y fue más tarde también
motivo de las sangrientas jornadas de Cádiz...>>.
La legalización de la revolución se hizo en
Sevilla mediante la proclamación que hizo su Junta
revolucionaria que sirvió de modelo para otras. Sus puntos
progmáticos fueron redactados por el general Izquierdo, por Pérez
del Alamo y por Ramón de Cala: En este texto se consagraba el
sufragio universal y libre como una y verdadera expresión de la
voluntad nacional; la libertad absoluta de imprenta sin sujeción
a los delitos que marca el código de los delitos de injuria y
calumnia; la práctica de todas las libertades: la de enseñanza,
la de cultos, etc.; la abolición de la constitución bastarda y
de todas las leyes orgánicas que de ella se derivan; la abolición
de las quintas...etc.
El levantamiento armado cantonal de Cádiz en los
primeros días de Diciembre, resistiéndose el desarme de los Voluntarios
de la Libertad, milicias populares protagonistas y defensoras
de la Revolución, mostraba el divorcio entre la teoría y la práctica
de los implicados en el destronamiento de Isabel II. Era la línea
divisoria entre los de <<aquí no ha pasado nada>>,
que pretendían limitar la revolución a un cambio de Gobierno, y
los extensos sectores de clases medias y trabajadores del campo y
de la ciudad empeñados en librar batalla por la consecución de
un nuevo orden social.
Este levantamiento es el primer síntoma de una
revolución traicionada que va a ir radicalizando a los
federales andaluces. La actuación del centralismo frente a
este poder juntista, cantonal, nos explica los sucesivos
levantamientos populares que se suceden durante el sexenio
revolucionario. Hay que notar que fueron los cantonales andaluces
los más significados en la defensa del federalismo y del poder juntero
o cantonal, debido, fundamentalmente a su mayor protagonismo e
implicación en este proceso revolucionario.
No había pasado un mes del pronunciamiento
gaditano, cuando la prensa progresista salía al paso de la opinión
contraria que sobre el juntismo-cantonal se respiraba en Madrid.
El periódico La Discusión se preguntaba: <<...¿De
qué proviene esta animadversión a las Juntas? ¿Por qué se pide
que cesen pronto sus funciones? ¿Fomentan acaso la anarquía?
...No. Las Juntas de provincias son poderosos auxiliares de la
revolución, las juntas reclaman, estudian y discuten cuanto
conviene a los intereses populares; las juntas vigilan trabajan
para que la obra revolucionaria se lleve a cabo con todas sus
consecuencias...>>.
La madrugada del 4 de Diciembre de 1868 se inicia
la insurrección en el puerto de Santa María y Cádiz. El motivo
<<externo>> será una cuestión de jornaleros que
piden aumento de sueldo, y una resistencia armada de las milicias
cívicas –Voluntarios de la Libertad- a dejar las armas
hasta que no vieran consolidada su Revolución. El motivo de fondo
será a toma de conciencia del Pueblo Andaluz. Al frente de esta
insurrección aparecería un nuevo personaje: Fermín Salvochea,
acogido con simpatías por Paúl y Angulo y Ramón de Cala.
La mecha prendida en la ciudad, cuna de las
libertades democráticas y populares, se propagó rápidamente a Málaga,
Granada, Sevilla y Jérez. El poder central intervendría por
medio del general Caballero de Rodas en un madura represión que
según varios historiadores causó no menos de 3.000 muertos.
El centralismo confirmaba una vez más –y, por
desgracia, no la última- su actitud reaccionaria y conservadora
frente al Pueblo Andaluz. Los Voluntarios de la Libertad que
se enfrentaron al ejército regular, eran los mismos que
tres meses antes habían hecho posible la proclamación de la
Revolución en la Bahía de Cádiz. Así, el gobierno central
devolvía esta moneda a los que hicieron posible la revolución de
Septiembre de 1868.
La <<alta clase política>> alardeaba
continuamente en el Congreso de Madrid sobre el problema
andaluz sin entender nada, encerrados en sus mezquinos
conceptos de centralismo y conservadurismo. Ramón de Cala denunció
en un extraordinario discurso la actitud reaccionaria de los
traidores a la Revolución y se refirió a <<las cuerdas de
presos andaluces que salieron por ciento para los presidios de
Ceuta y Melilla>>. También señalaría que <<nadie
supo medir el alcance de una revolución, y que lo que parece
desorden, no es más que fijación de un orden nuevo>>.
Curiosamente, al cabo de ciento nueve años y en la
misma fecha del 4 de Diciembre, Andalucía se levantó al unísono
con una única arma. Su bandera de liberación, para exigir de
nuevo ser reconocida como una nacionalidad libre, progresiva y
autonómica en pie de igualdad con los demás pueblos del Estado.
Instaurado el proceso democrático, Cala fue
elegido por el Congreso de los diputados, figurando en la
izquierda de la cámara. En las constituyentes Cala defendía
sus ideas federales, y en el periódico La igualdad –del
que era director- llevaba a efecto campañas en las que en algunas
cuestiones de forma y contenido no pensaba del mismo modo que Pi y
Margall, explicando el alcance y límite de sus teorías
federales. Fue uno de los miembros más destacados de la minoría
republicana de aquellas cortes constituyentes de 1869 tanto por su
elocuencia como por sus conocimientos en materias económicas y
sociales.
Volvió a ser proclamado nuevamente diputado, cargo
que ostenta hasta 1873, en que es elegido senador por la provincia
de Gerona. Esta denominación se debió al partido carlista,
reconocido su empeño por arrancar de Prim el indulto de los
cabecillas carlistas que iban a ser fusilados en Cataluña.
Posteriormente rechazaría varios puestos como la embajada de París,
la cartera de Hacienda, ofrecida por Pi y Margall. Formó parte de
la redacción del diario madrileño El Combate que dirigía
Paúl y Angulo, por lo que fue señalado, ante sus continuas
incitaciones a la sublevación, como uno de los presuntos autores
del asesinato del general Prim, demostrando en una sesión
memorable de Cortes su inocencia.
Este periódico surgió como necesidad de aplicar
las ideas societarias y federales proclamadas en Cádiz. El número
inicial apareció el 1 de Noviembre de 1870 componiendo su redacción,
aparte de los mencionados, José Isasola, Francisco Córdoba López,
Francisco Ripa Perpiña, Federico Carlos Beltrán y Luis Pierda.
El diario salía enfrentado al gobierno y su objetivo era
demostrar la traición de Prim a los ideales de la Revolución.
Por el contenido de este periódico se pude comprender aunque se
hubiese servido de ellos en su deseo antidinástico. Recogemos
algunos párrafos de su editoriales: <<...las ideas se
difunden por la propaganda y se realizan por la lucha...
Escribimos ‘El Combate’, el cual nuestra principal misión será
inculcar en todos los ánimos la idea de que no con palabras, sino
con martillos rompen los esclavos las cadenas que los oprimen; de
que no con palabras, sino con bien templados aceros, se derriban
las dinastías y los tronos; de que no con palabras se desarman
las dictaduras, sino con el unánime esfuerzo material de todos
los que gimen bajo su yugo...
Ahora o nunca –en que la Soberanía Nacional se
encuentra desmentida por el artículo 33 de la Constitución- debe
ser el lema de combate para todos los hombres de progreso, porque
si en esta lucha suprema los reyes quedaron vencedores, no sólo
la nuestra, sino muchas generaciones, sufrirían las consecuencias
de nuestra indiferencia, de nuestra cobardía y de nuestra
derrota.
¿Qué ha curado la revolución de septiembre?
Nada. Las tres cadenas del pueblo, la institución monárquica, la
Iglesia privilegiada y el código civil, aún permanece enroscada
al cuerpo del hombre. La revolución de septiembre no
ha cumplido sus promesas. El pueblo ha sido por sexta vez engañado.
¿Habrá alguno que niegue al pueblo el derecho de exigir la
debida reparación? ¡Cúmplase la Soberanía Nacional! Gritaron
unánimemente todas las Juntas Revolucionarias. ¿En qué se ha
cumplido la Soberanía Nacional?... Se decretó la disolución de
las Juntas Revolucionarias...
Antes de la Revolución del 68, el trabajador
cultivaba la tierra y no tenía que comer; edificaba las casas y
vivía en madrigueras, hacía zapatos y estaba descalzo;... ¿Qué
bienes ha recibido el trabajador de la revolución de
septiembre?... ¡Y aún se temen las iras del pueblo, y aún se
afirma que no está preparado para recibir los bienes de la República!.
El antirrevolucionario general Prim cumplirá, como
siempre, su palabra empeñada con la mano sobre el puño de su
espada, y los contribuyentes soberanos aplaudirán su conducta a
mandíbula batiente,... ¡Cuánta farsa, cuánta intriga, cuánta
miseria y pequeñez! Pero no importa, adelante y siempre adelante,
señores monárquicos; coronad pronto el edificio revolucionario
porque el Partido Republicano ha apurado, durante dos años el Cáliz
de la amargura, y es ya la hora de la reparación social.
Adelante, señores monárquicos, siga la farsa parlamentaria, y
sobre todo, general Prim, agarraos fuertemente a la cola de la
mayoría con una mano y con la otra a los faldones del sexto
candidato, que el pueblo soberano se cuidara de los detalles de la
regia profesión...>>
La salida de esta editorial coincidía con la
decisión suprema de instaurar la corona del príncipe Amadeo de
Sabaya, solución que era respaldada por Prim. Las contradicciones
del general quedaban al descubierto, y por supuesto, esta opinión
de conseso era fuertemente atacada por el grupo radical de
Paul y Cala. Ellos exigían el cumplimiento del programa suscrito
en Cádiz.
Los hombres de El Combate desilusionado
de la Revolución septembrina, y ante la restauración monárquica
en la persona de Amadeo, inician una dura campaña de ataque a
Prim al que consideraban <<traidor de los principios de la
revolución>>. El Combate llama a una ruptura no
pactada con el ejército; apela al pueblo en armas como última
posibilidad de hacer la revolución social. La incitación a la
revolución era la constante del grupo de Ramón Cala como se deja
notar en las editoriales de El Combate:
<<...
La tiranía moral, política y religiosa que las ha
tenido sujetas a la monstruosidad de una centralización
administrativa que no las ha permitido pensar, sentir, ni creer
sino lo que ella pensaba, sentía y creía, y que las ha privado
del desarrollo industrial y agrícola...>>. Todo ese sistema
absurdo, tiránico, absorbente y corruptor que tiene su centro en
Madrid, desde donde parte hacia el corazón de ellas –las
provincias- la siniestra acción que las esteriliza, perturba y
degrada las ha llevado a un estado tan triste y desgarrador que
espanta al patriota más animoso que las contempla revolcarse en
la agonía de su desesperada situación.
<<Sólo una revolución violenta que haga tabla rasa de todo
lo que existe de injusto, de inocuo y de tiránico, y que asiente
la sociedad solidamente sobre la base de la democracia y de los
derechos del hombre, puede remediarlo, y sólo un gobierno
republicano federal que estimule el desarrollo de todas las
fuerzas vivas del país y garantice todos los derechos sociales
dentro de la libertad y de la justicia, puede, con su
descentralización completa, que desenvuelva todas las facultades
así individuales como colectivas, curarlos radicalmente>>.
Ramón de Cala no votó la constitución monárquica
de 1869, tampoco apoyó la restauración amadeista, y respetando
el criterio de la mayoría del congreso, nunca dejó de presentar
batalla por sus ideales societarios y republicanos-federales: se
argumentaba que la legalidad de la monarquía se sustentaba sobre
el respeto a unos derechos naturales que eran incondicionales e
inmorales; Cala diría: <<...pues si yo demuestro que los
derechos naturales están condicionados en el régimen actual; si
yo demuestro que tienen que estarlo constantemente mientras exista
la monarquía, habré demostrado que es imposible la alianza entre
la monarquía y la democracia, y que los demócratas que están en
el poder viven alimentados por una ilusión o quizás recurran a
un pretexto...>>.
Tras este razonamiento, critica la constitución
porque otorga más soberanía a la institución monárquica que a
la popular por el derecho de veto amadeista; y por intrínseca
intransigencia social que engendraría la revolución. El
radicalismo de Cala estaba totalmente justificado; el diría en
uno de sus discursos: <<... lo que ha pasado verdaderamente
al ‘Partido Democrático’ al contribuir a formar el mecanismo
gubernamental presente, lo que ha pasado es sencillamente un error
de método. Siendo demócratas debieron haber principado por
colocar en toda su extensión, con absoluta amplitud los derechos
individuales, y luego, si aún les quedaba algún deseo de
transición o de cariño a la institución monárquica, buscar
entre los resquicios y espacios que dejaban esos derechos
individuales un sitio donde colocarla...>>.
No es de extrañar que el jerezano habiendo partido
de una concepción demo-liberal evolucionara a otra prácticamente
obrerista, siempre conservando su fondo autonomista y federalista,
al comprobar que todas las promesas hechas por la burguesía
progresista habían quedado en simples palabras. Esta actitud le
predispone a llevar una enconada defensa para la legalización de
la Internacional a la que se oponían amplios sectores de
la burguesía, que en ningún momento estaban dispuestos a admitir
el asociacionismo obrero y el derecho a ser socialista.
Para Cala <<...La Internacional es el
mecanismo de una idea nueva que viene a pedir a la democracia
soluciones de equidad en los medios de producir la riqueza y
distribuirla... No es posible de ninguna suerte evitar las
manifestaciones naturales del progreso, ni de los intereses de una
clase, ni la fuerza de un partido, ni el poder de una ley pueden
reprimir lo que se reclaman los tiempos y la necesidad...>>.
La concepción internacionalista de Cala no era óbice
ni impedimento para continuar en su planteamiento inicial
autonomista y federal. Tanto Cala como Fernando Garrido o Pi y
Margall, veían que la solución del problema social había de
pasar necesariamente por la contemplación y solución de los hechos
diferenciales y abogaría constantemente por la descentralización;
<<somos republicanos –diría- pero republicanos que no
concebimos sin la autonomía de las regiones y los municipios...
Federales, hoy como siempre, dividimos en regiones la Península y
las reconocemos autónomas y capaces de reformar su derecho. Podrán
bajo nuestro sistema por sus propias leyes, Galicia, resolver el
problema de los foros y remediar los males de la extremada
dislaceración de su territorio; Andalucía, anular añejas
usurpaciones y dividir sus latifundios...>>.
El 18 de Julio de 1873 Ramón de Cala junto con sus
compañeros Francisco Díaz Quintero y Eduardo Benot presentaron
un proyecto de Constitución Federal de la República. En
este proyecto se reconocían como órganos de estructura: el
<<municipio, el cantón o el estadio regional y el estado
Confederal>>, suprema institución del país, enlazados por
medio de pactos políticos y con total autonomía, según el
modelo federativo de Proudhom.
La estructura del Cantón parte del derecho
natural del ciudadano de un país a configurar su ordenamiento político
y económico en libertad y en solidaridad con los otros cantones
federales. El Estado de la Confederación sería el instrumento de
enlace y supervisión de las actuaciones delegadas que las
asambleas Cantonales tuviesen encomendadas. La organización
geopolítica del cantón nace de la unión libre del municipio en
comarcas, y la de estas en el órgano superior de una comunidad.
A pesar de que este proyecto fue reconocido con
acierto y verdadero avance de las ideas democráticas de la época,
y que incluso sirvió también de modelo para países europeos y
del nuevo continente, no fue considerado viable por la
alta clase política, aceptándose el que presentaba Castelar
y Palanca, de tinte más moderado.
El pueblo andaluz no estaba más atrasado que este
proyecto de Constitución Cantonal. La proclamación en
1873 de los cantones de Sevilla, Málaga, Cádiz, Córdoba y
Granada ponía en graves aprietos al poder republicano central. Su
presidente, Nicolás Salmerón, concebía la democracia con un
sentido centralista a pesar de que se le considere avanzado de
ideas. Durante el mes de Junio estallaron sublevaciones en Málaga,
San Fernando, Sanlúcar y Sevilla. El 30 de Junio el pueblo
sevillano se apodera de las armas del Parque; el gobernador
comunicaba a Madrid que creía inevitable LA PROCLAMACIÓN DEL
ESTADO DE ANDALUCÍA.
Algunos párrafos del manifiesto de Despeñaperros
–21 de Julio de 1873- dirigido a Los federales de Andalucía,
decía:
<<Los traidores de la República han
constituido un gobierno más conservador, más reaccionario, más
centralizador, que el anterior Gobierno...>>
<<Hay más: esta Asamblea al constituirse
proclamó la República Federal; y esta forma de gobierno exige la
inmediata formación de los Estados confederados... Si el pueblo
quiere ejercer su soberanía ¿con qué derecho esta Asamblea y
este Gobierno se opone a la inmediata constitución de los
Estados?...>>.
<<En Despeñaperros, histórico e
inexpugnable baluarte de la libertad, se enarboló ayer la bandera
de INDEPENDENCIA DEL ESTADO ANDALUZ.
Ínterin se constituyen los cantones del ESTADO
ANDALUZ...
¡Viva la República Federal con todas sus reformas
sociales!>>.
La situación –como escribe M. Ruiz Lagos-
<<...era delicada y en esta ocasión, Andalucía en su
planteamiento cantonal configuraba un nuevo ordenamiento político
del Estado Central sobre la base del autonomismo
integral...>>
El miedo del centralismo a este movimiento
cantonal, también estaba a las alturas de las
circunstancias. La actuación del general Pavía –encargado por
el gobierno republicano de exterminar el movimiento cantonal
andaluz- se recoge en sus propias palabras: <<...Si los
soldados del reducido ejército de Andalucía disparaban los
primeros tiros en España contra el cantonalismo, era segura la
lucha y probable la victoria, y si el cantón de Sevilla era
destruido... podría lograrse rápidamente la destrucción del
cantonalismo en Andalucía... la anarquía y el cantonalismo en
Andalucía decidían la suerte del Estado Español. Si aquel era
vencedor, todo el país se haría cantonal; pero si era vencido,
el cantonalismo desaparecería y la faz de España cambiaría...>>.
<<Toda la población de Sevilla –escribiría
el citado general- se puso en armas aumentando considerablemente
las numerosas fuerzas populares que estaban armadas junto con el
resto del pueblo que no tenía armas y con los numerosos pueblos
inmediatos a Sevilla que se prestaron a armarse e hicieron causa
común para proclamar el cantón sevillano...>>.
<<Las barricadas populares se extendían
desde la Fábrica de Tabacos –sede del gobierno cantonal- hasta
la Macarena, y las azoteas y balcones de las casas se convirtieron
en puestos de artillería. Estas numerosas barricadas estaban
defendidas por el pueblo que tiene Sevilla>>.
El día 30 de Julio el general Pavía inició una
batida feroz contra el pueblo sevillano que él mismo diría que
<<se asemejaba a la entrada de las reses bravas en un
matadero>>. A la caída de Sevilla le seguiría la caída de
las restantes ciudades andaluzas que se habían constituido en
cantones.
Contra la opinión que los postulados oficiales
tienen sobre el cantonalismo, equiparándolo también, bajo esta
misma óptica oficial, al concepto de reinos taifas o
definiéndolo como <<desconcierto político caracterizado
por una gran relajación del poder soberano en la nación>>,
estamos de acuerdo con M. Ruiz Lagos cuando dice que se está
empleando la terminología con un uso deformado por una óptica
hegemónica y centralista de la que tan sólo es culpable la
organización sistemática impuesta y dirigida a este fin.
El puritanismo y carácter independiente de Ramón
de Cala, hace que a la llegada de la Restauración
involucionista se separe de la vida política oficial y se
condene al ostracismo. Aunque vivió una vida apartada jamás dejó
de interesarse en los asuntos de la tierra andaluza; prueba de
ello es su participación de la redacción de la Constitución
Cantonal de Antequera de 1883, a la que antes hicimos alusión.
La imposibilidad de la actuación política, a
partir de 1875, le lleva a dedicarse fundamentalmente a los
estudios de sociología, destacando entre sus trabajos: El
problema de la miseria resuelto por la armonía de los intereses
humanos. Se trata de una memoria dirigida a un comité
instituido en la provincia de Cádiz sobre la cuestión social.
También escribió varios ensayos políticos como el Sucinto
proceso de las elecciones de Febrero en la circunscripción de
Jerez de la Frontera. Además es importante resaltar el ya
mencionado estudio sobre el federalismo socialista francés, Los
Comuneros de París del que Pi y Margall anunciaría que estos
hechos <<...los juzgara Vd. a no dudarlo, según su
criterio; pero tengo la seguridad de que no los ha de alterar ni
mutilar para amoldarlos a ningún sistema>>. Alvarez Junco
señalaría que Cala destaca en aquellos hechos <<...la
importancia del anonimato, de la inexistencia de líderes, como
prueba del carácter popular del movimiento. Describe con
exactitud los objetivos revolucionarios de la Internacional
–sustitución del régimen salarial, por asociaciones de
trabajadores basadas en la propiedad colectiva y unidas entre si
por pactos federales- y se declara favorable a ellos, apuntando
como posibles defectos su insuficiencia, porque las colectividades
pueden ser raíz de nuevos monopolios, y el amenazador centralismo
de la organización revolucionaria...>>.
Cala señala en su trabajo el sentido federal de la
Comuna <<...La centralización desmedida del Imperio hizo
surgir en todos los ánimos la aspiración a la autonomía de los
pueblos, protesta viva contra el despotismo>>.
La labor literaria de Ramón de Cala fue bastante más
amplia, pero resulta difícil de recopilar, por estar dispersa en
periódicos hoy inexistentes.
La prensa local de la época, tanto la obrera como
la opuesta ideológicamente a Cala, destacó
ampliamente, al fallecer Ramón de Cala –ocurrido el 12 de Julio
de 1902-, varios aspectos de su personalidad y pensamiento político.
Algunos párrafos que la Sociedad de Artes Gráficas,
-centro, por entonces, del obrerismo andaluz., insertaba en la
prensa, decía:
<<A las siete de la tarde de ayer fue
conducido a su última morada, el cadáver del que fue
honradísimo ciudadano e ilustre político D. Ramón de Cala y
Barea... El numeroso acompañamiento que seguía al féretro
compuesto en su mayoría por obreros, continuó hasta el
cementerio, rindiendo el último tributo de admiración al que fue
siempre defensor de las clases jornaleras... Descanse en paz el
‘integérrimo demócrata’...>>.
El Mensajero
periódico opuesto ideológicamente a Cala
decía: <<D. Ramón de Cala, el honrado apóstol del
republicanismo que tan activa parte tomara en la revolución de
Septiembre, ha fallecido ayer... Fue Ramón de Cala más que un
político, un eterno soñador, poeta de temperamento, nunca pudo
adaptarse a las impurezas de la realidad... Desde su juventud
profesó ideas radicales, y en la última etapa del reinado de Dª
Isabel II se inició ya en el movimiento político de aquella época
turbulenta, militando en las filas de la democracia Republicana y
contribuyendo con los elementos federales de esta provincia al
pronunciamiento de Cádiz. Después siguió militando en la
avanzada del republicanismo, siendo constantemente un incansable
defensor de las clases trabajadoras>>.
<<Pudo ocupar en la política los puestos más
envidiables y no solamente rechazó la cartera de Ministro...
siendo innumerables los rasgos de abnegación y de civismo que
esmaltan la historia modesta, a la par que brillante, de este
campeón de la democracia>>.
El radicalismo del que muchas veces se la ha
tachado, encuentra una coherencia en su propio pensamiento:
<<...Que el progreso es ley de la humanidad –escribe- es
verdad tan palpable, ... pero el progreso se realiza lenta y pacíficamente
si no encuentra obstáculo, que, reteniendo con violencia la
corriente, la convierte en torrente devastador; y la historia nos
enseña que las devastaciones revolucionarias como las producidas
por los ríos desbordados, son proporcionadas a la resistencia
ciega que encuentran en su camino las ideas pacíficas y
fecundantes de mejora y de progreso social>>.
<<La historia también nos enseña
–prosigue- lo mismo que la observación de la naturaleza... las
sociedades que no tienen la energía necesaria para romper los
diques de la opresión, recobrar su libertad y cumplir la ley de
progreso, se estancan también, se corrompen y mueren en medio de
espantosos cataclismos, o se extinguen lentamente roídas y
devoradas por el embrutecimiento, el fanatismo y la
miseria...>>
Podemos observar cómo en Ramón de Cala el
sentimiento anti-absolutista y antimonárquico va unido al
sentimiento autonomista, cantonal o federal: lógico si tenemos en
cuenta que fue con la monarquía absoluta de los Reyes Católicos,
y la formación del llamado Estado Moderno, cuando se anula
la diversidad histórica, política, económica y cultural de los
distintos pueblos de la Península.
En todo el pensamiento de Ramón de Cala hay que
resaltar su gran coherencia entre su ideario político y social.
Fue un hombre comprometido con el pensamiento y la acción. Un
hombre que fue a la política influido por su excesiva preocupación
social y por Andalucía, pero nunca utilizó la política para
medrar en ella como lo demuestra su propia vida.-

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