| ISLAM Y AL-ANDALUS |
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LA ILUSTRACIÓN ANDALUZA
Corriente cultural que se desarrolla desde principios del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX.
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Existe un período en la Historia de Andalucía en el que la conciencia colectiva comienza a despertarse después de un sueño imperial. Abarca desde la llegada del primer Borbón, Felipe V, impuesto por Luis XIV, hasta la muerte del último monarca absoluto, Fernando VII y el fin del Antiguo Régimen.
Entre estas dos fechas se dan dos guerras, la Guerra de Sucesión y la de la Independencia, a las que Andalucía va a contribuir con sus hijos, sus riquezas y sus obras de arte, sin que, después de las respectivas victorias, reciba nada; antes al contrario, sale de la primera con la amputación de Gibraltar, convertida en enclave colonial británico por la fuerza de los ingleses y la debilidad de los españoles; y con el gravísimo problema agrario, como resultado de la segunda.
No podía ser de otro modo. Ningún territorio con características coloniales saca resultados positivos de las victorias de su metrópoli. Y Andalucía, a pesar de que la colonización americana hubiera aminorado el expolio durante un tiempo y de que la integración en un mismo territorio peninsular facilitara la penetración de ese elemento metropolitano, había seguido siendo un territorio que perdió su soberanía por una conquista hecha –como todas- a sangre y fuego. Pero ahora habrá más: cuando se esfumen los últimos vestigios del poder imperial y se pierdan al final las colonias, se volverá a echar mano de lo que se tiene más cerca, se recomenzará el proceso de contra-reforma, ahora contra las ideas liberales, y se echará de nuevo una pesada losa sobre las espaldas de este pueblo.
Quizás hubiera que abrir el período recordando un acto, que se convierte en símbolo: el traslado del cuerpo de San Fernando, rey de Castilla y León, a la urna de plata en que reposa todavía hoy, en medio de una pompa y solemnidad extraordinarias, realizadas en presencia del mismísimo monarca, Felipe V, y de toda la familia real; una fiesta que hubiera hecho exclamar a Cervantes con los mismos tonos proferidos ante el túmulo levantado allí mismo para los funerales de Felipe II:
Apostaré que el ánima del muerto por gozar este sitio hoy ha dejado la gloria donde vive eternamente.
La caída de la dinastía de los Austrias, impensable tan sólo unos años antes, tuvo que suponer –con todo lo que hemos someramente esbozado sobre el acceso de la nueva Casa Real- un duro golpe en la conciencia de muchos andaluces para los que, hasta ahora la patria había sido lo mismo que la dinastía y Sevilla su ombligo y también el del mundo.
Las ciudades andaluzas comenzaban a quedar relegadas, no sólo por inferioridad en el número de sus habitantes (Barcelona arrebataba a Sevilla el segundo puesto que ésta había mantenido hasta entonces) sino, sobre todo, por el vertiginoso descenso en el potencial económico: las flotas catalana y vasca se apoderaban, prácticamente, de todo el comercio y la producción de vino y aceite pasaba a estar controlada por elementos foráneos de aquende y allende el Pirineo. Y no podía ser de otra manera porque capitalismo, liberalismo y educación tenían que ir indisolublemente unidos y Andalucía, con dos millones de habitantes, pasaba del 85% de analfabetos, repartiéndose el 15% restante entre clérigos y nobles.
Estaba claro que Andalucía no iba a tener capitalistas. Igual que Haití, Panamá, Zambia o El Congo. Sin embargo, sí va a tener Ilustrados aunque, como en todos los países que forman el rosario colonial del mundo, éstos sean una minoría elitista y una minoría, al fin y al cabo, empantanada en la mediocridad de un territorio al que se le ha expoliado de su identidad cultural e histórica.
Un viajero que recorre Andalucía en el siglo XIX y cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros, diría en el tiempo del epílogo del movimiento: <<... La sangre no es bella en Andalucía. Los hombres son... coléricos, trapaceros, embusteros, perezosos... Andalucía podría producir todos los frutos de la Naturaleza, pero la pereza de los habitantes limita las producciones a lanas, vinos, aceites, naranjas y limones y muy buenos caballos...>>.
Es evidente que estas palabras (llenas, no sabemos por qué, de rencor hacia lo andaluz) lo que demuestran es el fracaso de esta pléyade de Ilustrados en cuanto que sus proyectos de reforma social, económica y agraria no se habían cumplido y la reacción dominaba toda la esfera cultural.
Pero a pesar de este fracaso, los Ilustrados andaluces, aun siendo sólo un ramillete de personas, van a echar a andar Andalucía con un nuevo talante, sin darse cuenta del todo –quizás- de lo que hacían, confundiendo –muchas veces- los términos de las cuestiones, a tropezones y como Dios les da a entender. Pero, después de ellos, será imposible entender a Andalucía como no estén ellos presentes.
El viajero anónimo seguía diciendo: <<¿No podría formarse un territorio de instrucción agrícola para los nuevos colonos, para hacer reproducir a aquélla tierra los frutos que hallaron los antiguos viajeros, mejorando la agricultura con los nuevos instrumentos y máquinas...?>>, sin darse cuenta de que para la solución de ese problema no se necesitaban establecimientos técnicos nuevos sino ideas y realidades nuevas que hubieran configurado una Andalucía distinta, no dependiente, libre. Ideas y trabajos que hubieran ido en esta dirección si las circunstancias políticas hubieran cambiado fueron los que manaron de las sociedades y de las tertulias y academias durante casi cien años por obra de unos andaluces que, a la postre, van a conseguir por ellos mismos muy poco; pero que indudablemente, aportan una contribución extraordinaria a otros que vendrán después.
Profetas que rasgasteis inspirados del porvenir el velo misterioso, al que sacó la luz de las tinieblas, ¡Rogadle por nosotros!...
Dirá Gustavo Adolfo Bécquer, sabiéndose sobre sus huellas.
Los ilustrados andaluces son hijos de un enciclopedismo provinciano que echa a andar en por de las tímidas reformas de Carlos III, pero que, después de todo, son las únicas que se han proyectado en varios siglos. No tienen una idea clara de los precedentes históricos andaluces; más bien, están dominados todavía por la vasta obra de uniformidad ideológica llevada a cabo durante el Imperio; pero comienzan a interpretar la Historia de otra manera.
Saldrán de Sevilla, Granada, Osuna o Baeza porque estas son las ciudades universitarias de Andalucía y nacerán en estas ciudades o en los palacios de los centros comarcales porque los pueblos andaluces están absolutamente marginados de cualquier proceso y porque los estudios son muy costosos para todo aquel que no viva en la ciudad donde está enclavado el centro universitario, a menos que se pertenezca a la nobleza o, siendo clérigo regular, sea designado para los estudios por su orden. Los ilustrados serán, predominantemente, clérigos seculares, sacerdotes que pueden escapar al triste destino de cura rural ( y esto era hasta ayer lo que solía suceder con los hijos de pobres que querían estudiar una carrera). Algunos de ellos, sin embargo, proceden de la milicia. Felipe V transformó el ejército y creó los regimientos permanentes, cuyos cuarteles, por necesidades de la política y de una administración colonial, estarían, en buena parte, distribuidos por la geografía andaluza. Muchos de sus oficiales tomarán, durante la segunda parte del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, derroteros anti-absolutistas, liberales y masónicos. De vez en cuando, también algún noble pasará al campo contrario del que defiende su clase y levantará la bandera del progresismo.
Irán surgiendo así Gabriel Alvarez de Toledo, Manuel María de Arjona, José María Blanco White, José Cadalso, Manuel María del Mármol, Manuel López Cepero, Alberto Lista, Félix Reinoso, los Condes del Aguila de Torrepalma, Tomás de Morla, Joaquín María Sotelo, el Maestro Zapata, el Abate Marchena... y tantos otros que intentan encender una luz en esta sociedad sometida al más negro reaccionarismo. Todos ellos nos reciben su formación únicamente en los centros universitarios, sometidos –el que más y el que menos- a la rigidez de un escolasticismo trasnochado, sino también, y principalmente, en las Academias y tertulias.
De éstas, quizás la primera fuese la que surge en Sevilla, en casa del médico D. Juan Muñoz y Peralta, a finales del seiscientos y que poco después se dota de ordenanzas, quedando constituida en el mismo umbral del siglo XVIII con el nombre de Sociedad Regia Filosófica y Médica de Sevilla. Poco después cambiaría su nombre por el de Regia Sociedad de Medicina y demás Ciencias.
A mediados del siglo abriría sus puertas, en la calle de Abades, la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, fundada por el sacerdote Luis Germán y Ribón. Tras ella se fundará también la Real Escuela de las Tres Nobles Artes, que nace con protección oficial; y otras como la de los Horacianos –de corta vida- en la iglesia de San Acacio; y la de Letras Humanas, como la de Arjona, Blanco Wite y otros.
En 1783, el Conde de Torrepalma fundaba la suya en su casa de Granada, precedente de la que se constituiría después en Madrid por obra de algunos contertulios de la granadina y que se llamó Academia del Buen Gusto. Sabemos, asimismo, que en Jaén existió una Academia de Medicina y tampoco podemos olvidar la del Silé, radicada en Osuna.
Estas Academias no eran, sin embargo, mucho más que la continuación decadente de las que había existido en el siglo XVI y languidecido al compás de la nobleza y el Imperio; pero su proyección no llegaba a la calle, aunque la tomáramos en su sentido más restrictivo. La Ilustración adquiría proyección social gracias, sobre todo, a la aparición de las Sociedades Económicas de Amigos del País que, paradójica, o quizás lógicamente, no ayudaron casi para nada a la economía del País Andaluz, aunque cubrieron, eso sí, una importante tarea en el terreno de la cultura. De las ciento ocho que se fundan durante el reinado de Carlos III en todos los territorios peninsulares adscritos a su corona, treinta y tres son andaluzas y se repartían, según Aguilar Piñal, de la siguiente manera: diez en la provincia de Cádiz, ocho en la de Córdoba, seis en la de Granada, cuatro en la de Sevilla, tres en la de Jaén y una en la de Almería, la de Vera que, precisamente, fue la primera en solicitar su aprobación el año 1775. La promoción de estas sociedades correspondió, sobre todo, a una parte de la Iglesia católica que, aunque al principio tuvo que vencer cierta oposición, fue haciéndose después mayoritaria y hasta general, y también participó una determinada nobleza que buscaba nuevos modos y nuevas razones de existencia en medio de la crisis general del Estado. Aunque una gran parte de la Iglesia institucional católica se moviera, más o menos, dentro de los mismos esquemas, tenemos que convenir en que esa promoción eclesiástica fue providencial para que un gran número de clérigos progresistas pudieran trabajar en las Sociedades sin ser molestados y dieran a conocer desde allí sus ideas anti-escolásticas, liberales y modernas.
La fuerza que empujó a estos Ilustrados fue, sin duda alguna, el Enciclopedismo francés o algunas de sus ramificaciones peninsulares. Vemos, por ejemplo, como esas doctrinas están casi en la niñez de Arjona, Blanco White, o el Abate Marchena, o como existe un amplio contacto del joven Cadalso son el pensamiento y la vida de Francia y otros países europeos... Todo esto llevará a que lo francés sea tomado en su conjunto, como señal de progreso; a que la Revolución Francesa sea asumida por casi todos ellos como su propia revolución y a que el Imperio napoleónico produzca entre ellos una terrible fractura que sólo se soldará a duras penas y, fundamentalmente, por el absolutismo y la cerrazón de Fernando VII.
El primer partido filo-francés de todo el Estado, fue organizado en Andalucía por el Abate Marchena, seis años antes de que se encendieran las llamas de la Revolución Francesa. A él acudieron desde el principio mucha gente, como prueba una carta de Godoy: <<...Desde el principio de la guerra de 1793 hubo siempre... un partido, corto en número y recatado, mas no de todo sin influjo, que vio con pena la coalición contra Francia... Los más de este partido se encontraban en la clase media y en la gente letrada más especialmente, jóvenes abogados, profesores de ciencias, pretendientes y estudiantes, mas sin faltarle el apoyo de personas notables entre las clases elevadas, de las cuales, unos por vanidad, otros por estudios y lecturas que habían hecho y otros por impresiones recibidas de los hombres de letras que trataron en sus viajes por Europa, abrazaron de buen ánimo las ideas nuevas...>>
Las ideas del libre-pensamiento se abren paso, al principio, de una forma colérica y el Catecismo Histórico de Fleury no sólo lo usan privadamente muchos de los ilustrados a que hemos hecho mención sino que, incluso, se convierte en texto oficial en el Colegio de San Felipe Neri, de Cádiz, y en el Colegio Real de Sevilla. No es de extrañar, pues, que en una atmósfera donde las figuras centrales eran Diderot, Voltaire, Condillac y otros enciclopedistas, se produjeran las conocidas defecciones del catolicismo de Blanco White y Marchena, a las que estuvieron a punto de sumarse Alberto Lista y otros.
A la par que estas ideas nuevas intentaban abrirse paso, contra todos los vientos y mareas, surgía la contrarreforma llevada de la mano, sobre todo, de la facción monástica del clero, facción que había mantenido hasta entonces –y seguían estando en sus manos- los grandes aparatos ideológicos y de represión. La Ilustración tenderá como es lógico, a partir de este ataque, a volverse furiosamente anticlerical o, mejor, anti-monástica. De cuál fuera la altura y profundidad de este sentimiento, podemos tener una idea al conocer los juicios que Blanco White emite sobre los frailes, en un viaje a las ermitas de Córdoba y que están reflejados en sus Letters from Spain.
Pero si existe una constante en todos los hombres de la Ilustración, ésta no es tal o cual corriente de pensamiento sino la duda, que ya no es una duda metódica y fría en Descartes sino la apasionada del que se niega a creer cualquier cosa a pies juntillas porque es en la discusión y en el debate donde únicamente está la posibilidad de que se haga la luz. Manuel Ruiz Lagos nos da una visión del Colegio de Santa María de Jesús por aquella época:
<<En el Colegio de Santa María de Jesús, en la misma Universidad, las ideas bullían. Venían estudiantes de Salamanca, Madrid, de Granada. Los nombres de Meléndez, Forner o Jovellanos estaban en sus labios constantemente. Preocupaba la política, la ciencia, la literatura y, en fin, todo lo nuevo. Los largos ‘fraseos’ delos que hablan Blanco o López Cepero, servían para clarificar ideas, para tomar posiciones. Sotelo, recién llegado del Colegio de San Bartolomé, de Granada, puntualizaba sobre las nuevas orientaciones de las leyes en Francia. Planificaban acciones próximas contando con los políticos conocidos. Se hablaba de Solano y Morla en Cádiz, barajándose sus inclinaciones más o menos afrancesadas...>>.
Este deseo de hacer del siglo XVIII un Siglo de las Luces es lo que hace que se funden por todas partes academias y cenáculos y que se dé en la prensa un auge de los artículos de crítica radical. Manuel María de Arjona se firma, por ejemplo, El crítico de los críticos. Pero aunque la crítica sea general, los Ilustrados comienzan a dividirse en dos grandes bloques: por un lado se sitúan los que únicamente pretender restaurar, devolver su antiguo esplendor a la poesía, las ciencias, las artes... parir un nuevo Siglo de Oro. Por otro lado, existe el bloque de los intransigentes, de los que quieren alumbrar una sociedad nueva. Estos últimos, tendrán que soportar durante toda su vida las consecuencias de su toma de posición. Serán individuos zarandeados por todos los poderes, espíritus siempre descontentos que abrazarán las más diversas banderas y resultarán defraudados por todas ellas; espíritus como el de Blanco White o el del Abate Marchena, o como los que se quedan a medio camino entre el apoyo a todos los progresos que Francia ha alumbrado y la defensa de lo suyo, de lo que de aquí y de la libertad de los de aquí para ponerlo en marcha.
Los Ilustrados reformadores forman un amplísimo abanico que va desde Justino Matute, Tomás de Morla, Joaquín María Sotelo, el Maestro Rodríguez Zapata... que comenzarán a investigar en los más variados campos de la cultura. Es de destacar, por ejemplo, la labor que comienza Justino Matute cuando presenta en la Academia de los Horacianos su Memoria de la escuela poética arábigo-sevillana.
Todo el grupo numeroso y, más o menos, compacto de Ilustrados andaluces comienza a cuartearse ante el hecho de la invasión napoleónica. Todos ellos han sido pro-franceses, todos ellos han saludado a la Revolución, han difundido sus libros y sus ideas, todos ellos aman la libertad. Pero ahora la libertad se hace interrogante ¿Tiene que ser la libertad de aquí o tiene que ser una libertad traída?
Marchena está en París desde mucho antes. Intervendrá personalmente en la invasión, incluso, acompañará a José Bonaparte en su viaje por Andalucía; Manuel María de Arjona quedará nadando entre dos aguas; Matute aceptaría el cargo de Subprefecto en Jerez, bajo las órdenes del Prefecto Joaquín María Sotelo, un almeriense que realizará en la Universidad de Granada una labor parecida a la que sus compañeros realizan en la de Sevilla y que, a la postre, se sentirá atraído por ésta.
En el campo contrario están José María Blanco White que organiza en Madrid, junto con Quintana, los primeros periódicos de la resistencia para continuar después (saliendo ocultamente en la capital) en Sevilla con la misma labor; López Cepero, que se opondrá resueltamente, desde el principio, a la invasión napoleónica y que mantendrá, después de la guerra, una viva polémica con Félix Reinoso, otro resistente, pero que defiende la actitud de los afrancesados.
A la postre, los unos y los otros acabarán mal, entendiendo por acabar mal el seguir perseguidos; proscritos o marginados. López Cepero, patriota en el más estricto sentido de la palabra, pasará casi todo el resto de su vida en los destierros de la Cartuja de Jerez o Cazalla, por seguir siendo un constitucionalista a ultranza. Blanco White morirá en Liverpool por ser un heterodoxo y un partidario de la autonomía de las colonias americanas; Lista vivirá marginado hasta su vejez; Sotelo tendrá que soportar un proceso que dura cinco años... Y todos verán de nuevo al absolutismo hacerse rey y señor; a los frailes, predicar nuevas cruzadas contra el liberalismo y las ideas enciclopedistas; a los nuevos inquisidores, cumplir esperpénticamente con su misión; apagarse las luces de los teatros por mandato eclesiástico... Es verdad que, vista desde una perspectiva histórica, la situación durará tan sólo unos años, pero ellos no verán ya el nuevo resurgir, el recomenzar para caer de nuevo. Tan sólo Alberto Lista logrará imponer sus ideas sobre la creación de los Institutos Provinciales de Enseñanza.
La Ilustración andaluza fue, indudablemente, una generación perdida, quemada. El mismo Reinoso se da cuenta de ello y escribe:
Lanzados fuimos del celeste imperio. Lanzados fuimos, ¡ay! La suerte ciega triunfar les dio, y a infame cautiverio los más altos espíritus entrega.
Suya fue, no lo niego, la victoria mas nuestro es el valor. El yugo odiado de servirle rompimos: esta gloria no borrará jamás funesto hado.
Pero no sólo había gloria en esta Primera generación del 98. Sus huellas quedarían y, por ellas, caminarían después muchos andaluces recogiendo nuestro pasado, abriendo nuevos caminos, haciendo salir a la luz muchas cosas escondidas, creando Ateneos, haciendo posible, en definitiva, que Andalucía volviera a nacer después de haber estado mucho tiempo dormida o aletargada. Es impensable el último siglo, el siglo autonomista andaluz, sin esos ilustrados que comenzaron a recoger elementos dispersos sin saber que, en realidad, estaban sembrando.-
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