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¿Cuál es el horizonte de la guerra prolongada que ha declarado la administración Bush ? ¿Quienes diseñaron la estrategia a largo plazo de la política exterior de EE.UU., con una continuidad y coherencia que desborda las posibilidades de cualquier legislatura? ¿Cómo será el mundo después de la ocupación de Irak?
La guerra de Irak no ha sido un capricho de
George W. Bus. El objetivo de alcanzar una posición hegemónica en el mundo
fue una constante de la política exterior de EE.UU. desde el siglo XIX,
aunque hasta la 2ª Guerra Mundial se limitará al área de influencia
americana y a su expansión en el Pacífico. Desde 1945, consolidada su presencia económica
y militar en Europa, dicha política se adaptó al nuevo escenario
internacional. Según sostiene Noam Chomsky en su libro “La segunda guerra
fría” (Ed. Crítica-Grijalbo, 1984), a finales de los 70 fue relanzada con
el nombre de “El resurgir de América”. Su idea rectora era la misma que
expresa hoy la administración Bush: conseguir una superioridad militar
abrumadora sobre cualquier estado o asociación de estados y mantener una
política activa de intervenciones allí donde estuviera en juego el
“interés nacional”. Según documentó Chomsky, la idea de que el petróleo
del Golfo Pérsico debía ponerse bajo su control fue proclamada
abiertamente por los teóricos del poder de EE.UU. a comienzos de los años
ochenta. Donald Rumsfeld y Colin Powell defendieron
dicha estrategia a comienzos de los 90. En 1997, George y Jeb Bus, Richard
Cheney, Rumsfeld y otros destacados miembros de la actual administración,
la asumieron públicamente como futuro programa de gobierno, en un
manifiesto publicado por la revista The Weekly Standard. Después, el
objetivo de consolidar un liderazgo mundial indiscutido se plasmó en varios
documentos. En septiembre de 2000, fue recogido en Rebuilding America’s
Defenders, un proyecto estratégico para el siglo XXI, en el cual los pasos
a seguir fueron actualizados por un panel de expertos civiles y militares.
La justificación ideológica de la última adaptación de dicha estrategia
ha sido difundida por el libro “Poder y debilidad: EE.UU. y Europa en el
nuevo orden mundial” (Ed. Taurus), de Robert Kagan, considerado el ideólogo
del neoconservadurismo más admirado en la actual administración Bus. Kagan
sostiene que el nuevo orden mundial debe tener por centro a EE.UU. y no al
Consejo de Seguridad de la ONU. También cree que las diferencias entre sus país
y Europa aumentarán por efecto de la creciente debilidad europea en
poder militar, su mayor envejecimiento de la población y los problemas
derivados de su ampliación. En su opinión, EE.UU. debe construir el nuevo
orden en solitario, basado en dicho poderío, aunque apoyado por aliados
como el Reino Unido, España y muchas de las naciones que esperan su
integración en la UE. En abril de 2001, Condoleezza Rice y otros
altos funcionarios del Departamento de Estado anunciaron la entrada en vigor
inminente d esta nueva estrategia en entrevistas a la prensa. En septiembre
se produjo el atentado con las las Torres Gemelas.. En octubre se aprobó la
nueva Ley de Seguridad Nacional (Patriot Act). El índice de popularidad de
Bus – que rondaba el 50% antes del ataque al World Trade Center -
ascendió al 83%, alcanzando las marcas históricas de Truman y
Kennedy. El Congreso le otorgó poderes
especiales para dirigir la lucha antiterrorista a escala mundial y el
presupuesto militar superó en un 11% a la suma del de los 16 países que
siguen a EE.UU. en gasto para ese concepto. Pero el Golfo Pérsico ya era un objetivo
prioritario desde hacía décadas. Sólo que en los 70
el enemigo era la U.R.S.S., el obstáculo era Irán y el aliado laico y
modernizador era Sadam Husein. , condecorado por la UNESCO en 1979 por sus
campañas de alfabetización. La caída del Sha de Persia, el gran aliado de
EE.UU. en la región, había forzado este acercamiento y desvelado el rostro
del nuevo enemigo emergente: el integrismo islámico. Pero la alianza con
Irak se frustró con la invasión de Kuwait. A diferencia del Sha de Persia,
Husein no eran un déspota ilustrado dispuesto a occidentalizar su país,
sino un guerrero con ambiciones territoriales. En 1997 Bill Clinton ya había
autorizado a la CIA a matarle y, poco después, sometió a Irak a varios días
de intensos bombardeos. Hostigado por el
embargo y el aislamiento internacional que siguió a la Guerra del
Golfo, Husein empezó a hacer profesión pública de fe y su estado laico se
aproximó progresivamente a aspectos mas religiosos. EE.UU. se encontraba ya sin aliados
fiables en una región estratégicamente desestabilizada y condenado
a la hostilidad árabe por su apoyo a Israel. La primera batalla para
establecer un control directo en el área fue la intervención contra el régimen
talibán en Afganistán. El segundo paso pretende instalar un gobierno dócil
en Irak, cuyo subsuelo es el segundo en reservas mundiales de crudo. El
siguiente, ejercer un control efectivo de toda la cuenca del Caspio. De
paso, EE.UU. también aumenta así su presión sobre Arabia Saudita y otros
aliados árabes reticentes y se sitúa en una posición fronteriza con Irán
(13% del crudo mundial), definido como otro integrante del “Eje del
Mal”. Este es, en realidad, el horizonte de “la guerra preventiva”
prolongada que proclamó Bus hijo. Su urgencia en declararla también se
explica como un movimiento táctico orientado a abortar el incipiente
proyecto alternativo de un orden mundial multipolar y multicultural, como el
que promueven China y otras potencias, y que la UE ve con simpatía, como
forma de atenuar la hegemonía mundial de EE.UU. Sin
embargo, como observa Kagan, dicha vocación hegemónica es tan antigua como
la nación. En la percepción de EE.UU., este liderazgo constituye una
realidad objetiva, impuesta por el proceso histórico, que ellos tienen la
responsabilidad de asumir como destino. Su rechazo a ceder competencias a
las instancias
supranacionales -desde la Sociedad de Naciones a la ONU- constituye una política
exterior coherente con esa voluntad que, en lo esencial, han acatado todas
sus administraciones, republicanas y demócratas. Esto no significa que el
mencionado conflicto con el integrismo sea un invento, ni parece sensato
descalificar la amenaza que supone el terrorismo internacional para la
seguridad mundial como un simple pretexto para legitimar sus intervenciones
militares. El
sentimiento de estar llamados a salvar al mundo
-consolidado con las experiencias de las guerras mundiales y la
confrontación con la U.R.S.S. - tiene especial relevancia psicológica en la
sociedad norteamericana. Entre las señas de identidad de ésta destacan
ideas muy arraigadas en su cultura, como la de «pueblo elegido», erigida
sobre el mito de un origen israelita que consagra a los anglo-sajones como
herederos históricos del «pueblo de Dios», según el modelo de la Antigua
Alianza bíblica, con mucho mayor peso que la Nueva Alianza cristiana en la
mayor parte de su religiosidad fundamentalista. No es casual que el billete
de dólar ostente el lema «en Dios confiamos». En su percepción, esta
divinidad legitima el destino hegemónico de EE.UU. Muchos de sus cultos autóctonos
creen
formalmente que su Constitución fue inspirada por Dios. Este fundamentalismo
cristiano se esconde tras la mascara de una sociedad pluralista y asume un sistema de libertades individuales -políticas,
religiosas y culturales- y de garantías
jurídicas. Sin embargo,
presenta un sesgo inquietante: la tendencia a considerar que dicho sistema sólo
ampara a sus ciudadanos y está subordinado a unos «intereses nacionales» Que
se extienden
a todo el mundo y dictan sus multinacionales,
como documentan Morton Mintz y Jarry S. Cohen en su libro America, Inc. (Ed.
Grijalbo, 1973). En este sentido, también es revelador que, según la
periodista del Washington Post Dana Priest, Rumsfeld encargara en
2001 un amplio estudio sobre los grandes imperios de la Historia desde la
antigüedad y lanzara a los expertos, como materia de reflexión, la
siguiente pregunta: «¿cuál es la mejor forma de conservar el dominio
mundial?». Pero
no es ésta la única voz de EE.UU. En el origen de dicha nación ya se
expresan dos fuerzas opuestas. Por un lado, una corriente progresista,
liberal, promotora de la tolerancia y el pluralismo. Por otro, una tendencia
autoritaria, partidaria de la política represiva y del fundamentalismo
religioso cristiano, hostil a las libertades civiles y a la ampliación de los derechos
a las minorías. El conflicto entre ambas se expresó con toda crudeza hasta
los años 60 cuando, después de duras batallas, la corriente liberal
consiguió imponer su primacía. El racismo y la intolerancia de la América profunda quedaron momentáneamente arrinconadas y
desprestigiadas. No
obstante, los seres humanos se han mostrado incapaces de generar un sistema
equilibrado entre los Polos del orden y la libertad.
Las fases autoritarias generan un orden rígido y opresivo que desemboca en
rebeliones, mientras que las liberales tienden a un creciente desorden que
amenaza con degenerar en caos. Cuando esto ocurre, se produce una reacción
que desemboca en una nueva fase inmovilista. En
la historia de EE.UU., ya sucedió con el macarthismo y la caza de brujas en
la primera fase de la guerra fría. El drama empieza a repetirse de nuevo en
vísperas de «la guerra prolongada» iniciada con el ataque a Irak,
integrante del «Eje del Mal» -nueva versión del «Imperio del Mal» soviético
de la era Reagan- que, objetivamente, puede entenderse como prólogo de
nuevas intervenciones. Sus víctimas internas, como entonces, son las elites
de la cultura en general, que representan al EE.UU. liberal y progresista:
una minoría lúcida que preconiza la extensión de los mismos derechos y
libertades al resto del mundo. No es casual que una estrella del periodismo
como Peter Arnett, Premio Pulitzer por sus crónicas de Vietnam y único
norteamericano que informó con la CNN desde una Bagdad bombardeada
en la Guerra del Golfo, haya sido despedido por una levísima opinión crítica
en NBC News, o que cantantes, actores y actrices que protestan contra
la guerra estén siendo vetados e incluidos en listas negras. En
tiempos de confrontación, el poder cierra filas, silencia disidencias,
apela a la mayoría silenciosa con un discurso orientado a lograr un gran
consenso nacional sobre la base de una unión patriótica contra «el
enemigo interno» -la «quinta columna» de Mc- Carthy- y así fortalecer su
flanco débil: la escasa capacidad de sufrimiento y la reducida voluntad de
combate de una sociedad opulenta y satisfecha con su estilo de vida. En
semejante proceso es fácil que la República ceda paso a una ideología
sustentada en una pretendida superioridad nacional, compatible con el
supremacismo blanco y anglosajón de la extrema derecha: una cultura que
opone a lo que ellos llaman el integrismo islámico el su yo propio, con la mitología racista
característica de organizaciones como el Ku Klux Klan y la Sociedad John
Birch. Del
resultado de este conflicto interno depende el futuro del mundo. Si en EE.UU
se impone la tentación imperial,
el sistema de libertades sufrirá una involución sin precedentes. La lucha
contra un terrorismo polifacético, realimentado por el resentimiento y
radicalizado al máximo por su impotencia para hacerse con el poder, activará
una represión creciente, favoreciendo la misma tendencia en el resto del
mundo. En
buena medida, el anti-norteamericanismo visceral ha favorecido esta
coyuntura. Al empeñarse en tomar partido sistemáticamente
contra EE.UU., incluso en sus conflictos con sistemas totalitarios e
integristas, se debilitó la opción liberal que representaron presidentes
como Jimmy Carter (1977-1981), con su política de derechos humanos,
aplaudiendo incluso a Jomeini y celebrando como una victoria los reveses
norteamericanos en Irán. siendo criticado por no aliarse con los llamados liberales americanos,
prefirió saludar la emergencia de la victoria de la revolución Iraní.. Ante el fracaso de su política exterior, al final de su
mandato Carter ya debió anunciar incrementos notables en el presupuesto de
Defensa y su estrategia de «distensión» cedió paso a la del «Resurgir
de América». Esa oposición simplista e irresponsable sirvió en bandeja
el poder a la alternativa imperial que se inició con Ronald Reagan,
prosiguió con Bush padre, maduró con Bill Clinton y alcanzó su clímax
con Bush hijo. En la pugna entre República e Imperio, el anti-norteamericanismo siguió por sistema la política de «cuanto peor
mejor».Así favoreció el advenimiento de la situación que ahora denuncia
y lamenta. El
poder en la sombra Cuando
se examina la política de EE.UU en las últimas décadas surge una
pregunta: ¿cuál es la instancia que ha diseñado esa escalada bien trabada
que desborda las posibilidades de una administración para instrumentalizar
programas y proyectos a tan largo plazo? Algunos creen que la respuesta se
encuentra en un poder en la sombra que manejaría tras bastidores a los
gobiernos, e incluso llegan a afirmar que la clase política mantiene una
fidelidad secreta a los dictados de ese poder oculto. ¿Son
las sociedades secretas ese poder? Éstas han tenido un peso indudable en la
historia de EE.UU.. Su imagen se proyecta incluso en los símbolos emblemáticos
del estado. No es fácil valorar cuál ha sido su papel en el actual
proceso, pero sí podemos estar seguros de su importancia para las elites de
EE.UU. El establecimiento de una sinarquía -un gobierno mundial-constituye
un proyecto milenario al cual nunca han renunciado y estos tiempos son
propicios para materializarlo. Además, su opción por el orden y el
mantenimiento del status les confiere el respaldo de un poder económico
que demanda estabilidad, mercados abiertos y homologados, como en el pasado
requería rutas comerciales seguras, mares libres de piratas y caminos a
salvo de bandoleros. Las
teorías «conspiranoicas» pretenden explicar la historia mediante la acción
de este poder en la sombra que, por otra parte, perciben siempre como un
siniestro plan demoníaco. Los analistas académicos prefieren ignorar su
realidad y lo desprecian como «un dato irrelevante». Conviene huir de
ambas simplificaciones. Estamos ante un factor que debe considerarse, aunque
sea difícil estimar su peso real en relación a las grandes decisiones.
Tampoco es bueno generalizar. En muchos casos, dichas sociedades han jugado
un papel positivo y cumplido una función civilizadora. No todas tienen el
mismo signo. Por
otra parte, la coherencia de la política exterior de EE.UU. a largo plazo
es el resultado de la actuación unos agentes económicos y sociales
conscientes de sus propios objetivos, sus proyectos y prospectivas, y también
inciden muchos otros factores que escapan al control de todos los agentes. En
cualquier hipótesis, el futuro se presenta incierto. La alternativa al
liderazgo mundial de EE.UU no supone necesariamente un mundo más libre.
Entre sus efectos hay que considerar la emergencia de potencias hegemónicas
regionales con vocación totalitaria inequívoca -como China-, la
proliferación del armamento nuclear, químico y biológico en más estados,
el terrorismo, la extensión del integrismo agresivo y el aumento de los
conflictos armados. Entre el orden mundial imperial y el multipolar es difícil
decidir cuál es el escenario de futuro menos peligroso. Esta parece la
percepción actual de Francia, ocupada en reconstruir sus relaciones con
EE.UU. También las diferencias entre Rumsfeld y Powell sobre el gobierno
que debe tener Irak después de la guerra son otro indicio de que existen
dudas en el seno del propio gobierno de EE.UU. sobre la política a seguir. El proceso se halla en sus inicios y podría
ser reconducido, siempre que se asuma el liderazgo de EE.UU. y que éste
admita la necesidad de supeditar «sus intereses nacionales» a metas menos egoístas, que incluyan la promoción del desarrollo en el tercer
mundo y una hegemonía basada en principios morales creíbles. Al respecto,
es importante recordar que en EE.UU la opinión pública tiene un peso
decisivo.
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