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Se podrían, según Pons Boígues, llenar varias páginas con sólo reproducir los elogios y frases laudatorias de sus biógrafos musulmanes, que suelen ser parcos, por lo común, en la exposición de datos biográficos de importancia; en cambio, son muy locuaces al reproducir los juicios positivos que Abû Hayyân mereció a sus críticos contemporáneos y posteriores. Provenía nuestro autor de una familia originaria de Jaén, de aquí que se le llamara Al-Hayyâm. Comenzó sus estudios en su ciudad natal –Granada-, trasladándose más tarde a Málaga y Almería, donde prosiguió sus conocimientos del Corán y de gramática. Debido a algunas diferencias surgidas con alguno de sus profesores, abandonó su patria y se trasladó, en 1281, a Ceuta, pasando luego a Túnez, Alejandría y El Cairo; recorrió todo Egipto hasta Aidsab, en la alta Etiopía. Hizo además su peregrinación a La Meca, aprovechando el viaje para relacionarse con más de 500 gramáticos árabes. Cuando en 1298 murió su maestro Muhammad ibn al-Nahâs, se le confió su cátedra y continuó sus lecciones sobre gramática, así como su labor de lector del Corán en una de las mezquitas de El Cairo, recibiendo los favores del Emir a quien con frecuencia visitaba y con quien compartía animadas tertulias. Cuéntas la anécdota de la simpatía que se granjeaba por todos sitios por su marcado acento andaluz. Hombre de un temple y una firmeza de espíritu capaz de dominar sus pasiones, nunca la cólera alteró su vida privada y sus cargos públicos, y era admirado por su simpatía, y por lo agradable de su conversación, llena de ocurrencias y bromas. Pese a la oposición acomodada que ocupaba, era austero en sus gastos, procurando reducirlos a lo estrictamente necesario. Aunque poseía sobrados recursos para comprar libros, prefería acudir a las bibliotecas públicas para su lectura. El buen Allah, -decía-, te ha dado la inteligencia para que te sirvas de ella en las cosas de la vida: yo puedo pedir en las bibliotecas públicas tal o cual libro que deseo estudiar; mas si quisiera pedir dinero, a nadie encontraría dispuesto a dármelo. Tuvo una hija, Nudhar –que significa oro puro-, que también fue escritora como su padre, distinguiéndose tanto que hizo exclamar a éste: Deseo que su hermano Hayyân se le parezca. A la muerte de ésta, consiguió Abû Hayyân permiso del príncipe de la ciudad para sepultarla en el interior de la población, elaborando una hermosa elegía en su honor que llevaría por nombre Oro puro para consuelo de Nudhar. Fue conocido como el jefe de los gramáticos. Al-Safadî le llamó el principe de los creyentes en gramática, señalando que si hubiese sido contemporáneo de los eruditos de Basrah, los hubiese instruido y hubiese podido competir con cualquier gramático, o escuela de ellos. Como lingüista, su interés fu más allá del árabe y su gramática, llevando a cabo estudios e investigaciones en otras lenguas orientalizantes como el turco, persa y etíope; idiomas que habló correctamente y acerca de los cuales escribió su gramática. Escribió, también, un buen número de poesías, más concretamente, muwashshahât, atribuyéndosele unas sesenta y seis obras líricas sobre diversos temas.-
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