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Hemos visto, pues, que la palabra "majo", que en principio fue simplemente un adjetivo, aplicado a todo lo bello, agradable, adornado o con donaire, vino a designar después, como sustantivo, a un tipo especial de persona, perteneciente a una etnia específica y que, con arreglo a sus características peculiares, éste no podía tener otra procedencia que el pueblo morisco, especialmente el procedente de Andalucía.
Hay que tener en cuenta que la palabra "morisco" tuvo que ser barrida de cualquier conversación a partir de las ordenanzas de Felipe III, pues el hablar de ello constituía una auténtica imprudencia y un peligro inminente de deportación para el que pudiera ser tachado de serlo.
Los moriscos, mezclados aparentemente con los cristianos viejos, por su gran movilidad, pudieron disimular su casta, con relativa facilidad, "durante la etapa más difícil de las deportaciones masivas; la pervivencia de muchas familias moriscas se encuentra demostrada por los procesos de la Inquisición, incluso en pleno siglo XVIII, en el que todavía se perseguía la práctica del islamismo entre los cripto-moriscos.
La pervivencia de la artesanía morisca es otra prueba de ello: obras de carpintería mudejar en Granada y Zaragoza en 1787, artesanía del tejido, de la cerámica (Fajalauza, Muel...), así como también sus huellas entre los agricultores.
Los moriscos siempre se habían preciado de su condición ante los cristianos, manteniendo su orgullo de casta y de religión, por ello, cuando las ciscunstancias históricas de España tomaron nuevos rumbos, favorecidos por el necesario cambio de dinastía, afloró de repente, abiertamente, aquella "majeza", contenida, reprimida, y se lanzó a las calles y a las plazas con la cabeza muy alta.
Y su recuerdo perduró sobre el transcurso del tiempo: aún en nuestro siglo ha habido poetas que han visto a la heredera de aquellas "majas" castizas, con la añoranza de un pasado morisco; Antonio Casero le ha cantado:
"Morera, la de las moras, la de las moras, moritas, que de Lavapiés al Rastro, y del Rastro a Maravillas, pasas las horas pregonando: - "¡Quién quiere moritas, moras!" - Negra del pañuelo blanco, morucha de las Vistillas, que cruzas por los Madriles tan gallarda y tan bonita...
la del tipo de sultana, la del pelo de odalisca, la de los brazos morenos, la de las manos carmíneas de coger en los jardines moras de jardín, moritas... ... No te ofreceré pebetes como el rey moro a Zulima, ni zambras, ni oro, ni tules..."
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