LA TRAMA FINANCIERA DEL 11-S

ESCÁNDALO EN LA BOLSA DE EE.UU.

Revista Año Cero

Continuando con el examen de las extrañas circunstancias que rodearon a los sucesos del 11 de septiembre de 2001 abordamos las oscuras maniobras financieras, que la Comisión de Control calificó como <el mayor delito por aprovechamiento ilícito de informaciones privilegiadas jamás registrado > ¿Quienes estaban tras este siniestro complot?

 

Cada vez son más numerosos los investigadores independientes que muestran su escepticismo acerca de la versión oficial sobre los sucesos del 11-S. Recientemente, la senadora demócrata Cynthia Mckinney ha pedido al presidente Bush que aclare de una vez por todas lo sucedido. Por su parte, Ralph Shoenman, secretario personal de Bertrand Russe ll y una de las personalidades más prestigiosas de las que han indagado en dichos sucesos, aseguró que el gobierno de EE UU « bajo la guardia» en las horas previas a los atentados para facilitar las acciones de los terroristas, e indicó -según declaró a varios medios de prensa- que el objetivo no era otro que favorecer intereses económicos norteamericanos en el exterior, con la subsiguiente reacción: la intervención bélica en Afganistán.

Hechos más documentados que nos remontan al 6 de septiembre, sólo cinco dias antes de los atentados, parecen dar crédito a los argumentos de Shoenman y a los de otros investigadores independientes.

Ese día en Wall Street, sin existir razones de peso para ello, el índice Down Jones sufre una seria de quiebros extraños. Todo comienza cuando sobre las acciones de la empresa aeronáutica United Airlines se emiten una serie de « opciones de venta » - puts,  en terminología financiera que cuatro días después se ciernen tambien sobre American Airlines. Ambas compañías son las propietarias de los cuatro aviones siniestrados.

Los puts son contratos mediante los cuales el gestor de un paquete de acciones cierra  un acuerdo entre un comprador y un vendedor fijando un precio para la acción por debajo del actual, con una fecha de vencimiento previamente acordada. Así, por ejemplo, a los valores de American Airlines, que estaban a 45 dólares el 10 de septiembre, se les adjudicó por contrato de opción de venta un precio de 30 con fecha máxima del 20 de octubre. Pues bien, tras los atentados, estas se desplomaron hasta los 18 dólares. Sin embargo, el vendedor debió ajustarse al acuerdo, independientemente del precio « real ».

A la caza de los «iniciados»

Si ya es demasiada casualidad que alguien pudiera prever el desplome en las acciones de las dos compañías, más lo es que las mismas operaciones se produjeran respecto a las empresas asentadas en el World Trade Center. Por ejemplo, Morgan Stanle. que ocupaba varias plantas en uno de los edificios, recibió en los días previos a lo atentados 25 veces más puts de lo habitual. Curiosamente, esta era la empresa con mayor representación en el WTC. ¿ Otra casualidad? Quizá no. Todas las compañías asentadas en las Torres fueron objeto de maniobras similares. Por ejemplo; las aseguradoras que tenían suscritas pólizas con 1as empresas allí domiciliadas, y que desembolsaron como consecuencia de los sucesos cientos de millones de dólares, también sufrieron «opciones de venta». Citygroup, la de los vuelos secuestrados que más tarde debería abonar 500 millones de dólares pára cubrir las pérdidas, recibió 14.000 contratos de opciones de venta entre el 6 y el 10 de septiembre, 45 veces más de lo habitual. 

Días después de los dramáticos sucesos salta la alarma. El presidente del Banco Central alemán, Ernst Welteke, declara:  «Al analizar las transacciones antes y después del 11 de septiembre, se detecta un quiebro». Ahí entra en juego la Organización Internacional de Comisiones de Valores (IOSCPO), que pidió a los 16 países con mercados bursátiles importantes un informe para aclarar si existían movimientos que apuntaran a la existencia de « iniciados », como se denomina a quienes conocen hechos futuros que alterarán el valor de las acciones. A comienzos de octubre, se publica un listado de 38 empresas que sufrieron «agresiones». Todas ellas habían registrado movimientos extraños y curiosamente, todas padecieron, por diferentes razones, los azotes del 11-S.

Al principio se anunció la sospecha de que Bin Laden había tenido el cinismo suficiente como para especular con la atrocidad que iba a cometer. Pero la verdad resultó más siniestra. La búsqueda de los « iniciados » fracasó. Al parecer, todos los contratos de «opciones de venta» fueron efectuados por un método gracias al cual la entidad financiera que realiza las transacciones garantiza el anonimato de compradores y vendedores.

Eso sí, se averiguó que la que había gestionado los movimientos era Alex Brown, filial estadounidense del Deutsche Ban,. que estaba gobernada hasta hace bien poco por Buzzy Krongard, actual número tres de la CIA. Además, Alex Brown tiene vínculos con una corporación mercantil, Carlyle Group, cuyo director ejecutivo es Frank Carlucci. ex Secretario de Estado de Defensa, e íntimo de Donald Rumsfeld que hoy ocupa el mismo cargo.

Y he aquí el segundo escenario relevante en este relato: los despachos de las fuerzas de seguridad y espionaje de EE uu acusados de no haber puesto los medios para impedir los atentados y favorecer as los intereses bursátiles reseñados.

Efectivamente, los servicios secreto norteamericanos estaban al tanto de lo que se estaba gestando. Así lo confirman numerosas fuentes. En junio, los espías del BND, la inteligencia alemana, habían advertido a la CIA que existían proyectos en el seno de grupos terroristas islámicos para « secuestrar aviones comerciales y usar - los como armas contra símbolos de las culturas estadounidense e israelí », según publicó el diario Frankfurter Allgemeine. Sólo unos días después, son los servicios secretos rusos los que detectan la existencia de proyectos semejantes, indicando que 25 pilotos árabes se estaban entrenando para tales fines. El propio Vladimir Putin aseguraría el 15 de septiembre que días antes de la tragedia había advertido a Washington que dichos actos eran « inminentes ». En esas informaciones que recibe la CIA ya se señala a Bin Laden; lo hace la seguridad italiana, que en junio halló pruebas de que el millonario saudí financiaba a grupos neonazis europeos y planeaba con ellos, aprovechando la cumbre del G-8 en Génova, estrellar allí aviones dirigidos por control remoto.

A este respecto, Ralph Shoenman afirma: «Esa documentación es una prueba de que la CIA tenía conocimiento previo de los sucesos. Por otra parte, el director de la FEMA (Agencia de Emergencias Federales), en una entrevista para la CBS realizada el 12 de septiembre, respondió a la pregunta de por qué habían entrado en acción tan rápidamente en Nueva York. diciencide que estaban listos desde el 10 de septiembre», cuando «recibieron la orden de mantenerse en alerta». Curiosamente, el año anterior, la FEMA había editado un manual de instrucciones para actuar en caso de una acción terrorista de grandes proporciones. La portada del libro muestra a las Torres Gemelas en la mirilla de un fusil y un año antes de los atentados, se efectuaron simulaciones en el Pentágono ante la eventualidad de que un avión comercial se estrellara contra el edificio.

Varios investigadores -entre otros Shoenman, Joe Vials y Tierry Meyssan-, sospechan que la CIA hizo bien poco para evitar los atentados. No se explica, por ejemplo, cómo en la media hora que transcurre entre el secuestro del primer avión y el impacto contra la primera torre del WTC no se produjo reacción alguna por parte de los sistemas defensivos. O cómo en la hora larga que dura el secuestro a bordo del vuelo 77 que, teóricamente -pues ya vimos que no hay pruebas que lo demuestren-, se estrella contra el Pentágono, no se produce un scramble de cazas de la USAF en alguna de la media docena de bases cercanas; o por qué no funcionó el sistema defensivo antiaéreo de Washington.

  

El oleoducto de la discordia

Un tercer escenario nos conduce a Afganistán antes del 11-S. y nos sitúa sobre la pista del « oro negro ». Al contrario de lo que se pudiera pensar, EE UU, aun sien do un productor de petróleo importante tiene su balanza de gasto energético desequilibrada, pues produce 9 rnillones de barriles diarios y consume 75. Esto quiere decir que necesita establecer acuerdos con otros países para satisfacer sus necesidades. Sus proveedores principales son tres: México, Venezuela y, sobre todo, Arabia Saudí y su entorno. Sin embargo, la cuenca del Caspio emerge en los noventa como la segunda reserva mundial de petróleo y EE UU pone sus ojos allí. En 1996, su Departamento de Energia elevó informes sobre la idoneidad de construir un oleoducto que atravesara Afganistán y el resto de Asia Central para transportar petróleo desde la cuenca del Caspio. Un año después, un consorcio internacional de empresas petrolíferas asociadas bajo la denominación Cetengas -a cuya cabeza se encuentra la poderosa sociedad norteamericana, Unocal - comienza a negociar con el gobierno talibán (cuya llegada al poder fue planificada por EE UU al donar dos mil millones de dólares a Bin Laden para armar a su guerrilla y expulsar a los rusos de allí) la construcción de un oleoducto de 1.464 kilómetros, desde Turkmenistán (el eje de la segunda reserva petrolífera del mundo) a Afganistán y, desde allí, 750 kilómetros más hasta la India. Los afganos, sin embargo, se resisten. Es entonces cuando comienzan a barajarse otras opciones para hacerles desistir en su oposición, sin descartar la guerra. Curiosamente, a mediados de 2001, el secretario de asuntos exteriores de Pakistán especula con una posible intervención norteamericana en Afganistán que daría vía libre al oleoducto. y predice que el ataque podría tener lugar en los últimos meses del año.

Los atentados del 11-S ofrecen la excusa moral perfecta para dicha intervención. Tampoco deja de ser extraño que, en julio de 2001, la cuenta bancaria del que supuestamente comandó el atentado engordara 100.000 dólares. y que la transferencia, según informara el diario Times de Nueva Delhi, la efectuara el general Ahmed Mahmud, director de los servicios secretos pakistaníes, quien se encontraba en EE UU durante los días previos a los atentados. ¿ Otra simple coincidencia?

¿También la es que el actual rector de los destinos afganos, Harnid Karzai, impulsado por EE UU, fuera asesor en Asia Central de la citada empresa Unocal?  Hoy, con Karzai en el poder, los norteamericanos han logrado hacerse con el control de la segunda reserva mundial de petróleo.

El cuarto escenario nos lleva hasta Washington, minutos antes de la hecatombe de Nueva York. Más exactamente hasta el Hotel Ritz Carlton. Allí trabajan en nuevas estrategias para quienes casi todos los investigadores serían los verdaderos iniciados: los directivos del Carlyle Group, empresa que, hasta hace bien poco, gestionaba las inversiones del Bin Laden Group, el emporio saudí fundado por el padre de Osama, cuyas cuentas más sabrosas están depositadas en el Deutsche Bank-Alex Brown, banco señalado en la investigación que buscaba quienes se habían aprovechado de la información privilegiada. ¿Estaba Bin Laden tras estas oscuras maniobras? Podría pensarse así, pero a partir de aquí comienzan a encajar las piezas del puzzle. Además, el principal representante internacional de esta entidad es el padre del actual presidente norteamericano.

El triángulo Carlyle-Bush-Laden va de la mano desde hace dos décadas. Hemos de remontamos a 1976, cuando el actual líder del clan, Bush padre, llega a la dirección de la CIA. Un año después, un tejido empresarial formado por 50 inversionistas crean la empresa petrolífera Arbusto Energy. Y, curiosamente, entre los inversores se encuentra James E. Bath, representante en Texas del padre de Bin Laden.

El desplome de los precios provoca que Arbusto Energy sea absorbida por otra compañía petrolífera, Spectrum-7. Ésta es adquirida por Harkem Energy que, sin embargo, permite al actual presidente de EE UU la compra de acciones al 40% de su precio real. En 1990 éste vende el 60% de las mismas, momentos antes de que se desplome su valor en la bolsa, como consecuencia de la « inesperada » invasión de Kuwait durante la presidencia de su padre.

Ya entonces se produjo algo parecido a lo ocurrido el 11-S: hubo « iniciados » y George W. Bush fue uno de ellos, aunque todas las culpas recayeron sobre la entidad que gestionó sus dividendos: el Bank Of Credit and Commerce lntemational (BCCI). Éste y otros muchos escándalos provocaron la desaparición de la entidad, sustituida por Carlyle y Alex Brown. Arrastrado por estos hechos, el Bin Laden Group, que trabajaba con el BCCI, pasó a hacerlo con Carlyle, emporio que hoy participa en 146 compañías de 50 países.

Especializada en operaciones económicas relacionadas con el armamento, Carlyle otorgó al Bin Laden Group los contratos para la construcción de bases aéreas en Arabia tras la Guerra del Golfo y los permisos para la reconstrucción de Kuwait. Hoy, Carlyle se ve nuevamente beneficiada por la situación bélica, al ser inversionista en las empresas armamentísticas favorecidas por el incremento de presupuestos destinados a Defensa. Además, controla las compañías farmacéuticas que poseen la exclusiva en el desarrollo de la vacuna contra el ántrax . . .

¿Sabremos algún día qué hubo tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 ?

El próximo mes les ofreceremos nuevas pistas. .