ISLAM Y AL-ANDALUS

YIA.LM

  HISTORIA DE AL-ANDALUS

 

EL ISLAM EN AMÉRICA DESPUÉS DEL DESCUBRIMIENTO

 

EL NUEVO MUNDO VISTO POR LOS ÁRABES

Paul Lunde: (Historiador y arabista)

 

 

En 1675 Elias Ibn Hanna un árabe mesopotámico, se hizo a la mar con rumbo a las Américas. El registró sus aventuras en  el primer relato árabe del Nuevo Mundo. 

 

En el año 1493, apareció un navegante del reino de Portugal, nombrado Rui Falerio, con su amigo Fernando Magallanes.. Este Último regresaba de un viale a las Indias Orientales, que están en el límite de la región del Asia, cuando fue llevado por el viento a una isla del Atlántico. Calculó su latitud y después Dios le facilitó el camino regresó a España. Estaba ansioso de regresar a esa isla y explorarla.

 

Sucedió que Rui Faleiro fue huésped en la ciudad de Sevilla de un experto navegante llamado Cristóbal Colón. Rui Faleiro se enfermó y comenzó a contarle a Colón acerca de esas islas, diciendo: "En el Mar Océano encontré unas islas y están en tal y tal latitud." Pocos días después se murió.

 

Cristóbal Colón entonces equipó un buque y navegó el Atlántico con la intención de descubrir las islas de las que le había hablado Rui Faleiro. Después de muchos días y grandes dificultades, llegó a un gran territorio entre esas islas y lo exploró ... Después de haberlo examinado, conocido su latitud y visto a los indios que habitaban allí y hacerse amigo de ellos y darles regalos, decidió regresar a España. Llevó consigo seis de esos indios y después de varios días llegaron a España.

 

Se presentó ante el rey, quien se llamaba Don Fernando, y de  la reina, quien se llamaba Doña Isabel. Les mostró los indios y les dijo todo lo que había visto y el país que había descubierto. . . Unos días después el rey ordenó que se le diera un barco a Cristóbal Colón y que le acompañara un hombre docto, Don Alonso de Ojeda, para que este hombre también explorara las Indias y viera si lo que decía Colón era verdad...

 

En su compañía había un hombre llamado América Vespucio, de la ciudad de Florencía en el país de Italia. Este hombre era un capitán de barco y era muy hábil e inteligente. El dibujó ese país y sus indios en una hoja de papel y presentó al rey. A partir de entonces, han llamado a ese país - que está en la cuarta región ­"América", pues los historiadores han dicho que cualquier persona que descubre un país o encuentra una ciudad le puede llamar por su propio nombre. La verdad es que debería haberse llamado en honor de Colón, porque fue él quien inició y llevó a cabo la expedición. Unos días después de su regreso, [Colón] murió en una ciudad llamada Valladolid, que era la capital de los gobernantes de España. Celebraron un servicio fúnebre para él con todos los honores. Llevaron su cuerpo a Sevilla, su ciudad nativa, y lo enterraron allí.

 

Así dice el primer relato árabe - contrario al turco oto­mano - del descubrimiento de América. Fue escrito hacia fines del siglo XVII por un árabe cristiano caldeo de Mosul, que había sido educado por los hermanos capuchinos en Bagdad. Su nombre era Elías - en árabe IIyas - ibn Hanna al-Mawsili, "Elías, el hijo de Juan de Mosul".

 

Elías v su hermano, Abd al-Masih, hablaban de corrido el curdo además del árabe, el turco y una forma hablada del sirio. Durante sus viajes, Elías aprendió también el ita­liano y el español, y probablemente aprendió algo de francés durante sus años con los capuchinos. El hizo tres viajes a Roma por mar desde Iskenderun, el puerto de Aleppo. Fue el tercer viaje el que preparó el terreno para la extraordinaria aventura que eventualmente le condujo al Perú ya las minas de plata de Potosí.

 

En 1668, Elías dejó Badgad en compañía del oficial de artillería otomano Michael Condoleo, conocido como Michael Agha. A pesar de estar bien escoltada y armada, su pequeña caravana fue atacada en el desierto por unos100 beduinos, a quienes lograron rechazar con sus mos­quetes. Desde Damasco, Elías fue a Jerusalén a visitar los lugares sagrados, y después se abrió camino hasta Aleppo y finalmente hasta lskenderun, donde se embarcó a bordo de un buque inglés con rumbo a Venecia. El viaje a Venecia, pasando por Chipre, Creta, Zante, Corfú y Cefalonia, llevó 70 días - casi el doble del tiempo que le llevó a Colón cruzar el Atlántico en su primer viaje en 1492.Después de 40 días de cuarentena en Venecia, Elías pasó otros 20 días disfrutando de ésta, la más bella ciudad del Mediterráneo, y después se dirigió a Roma, donde permaneció durante seis meses. De allí salió hacia Francia.

 

Elías fue recibido en París por Luis XlV, un honor destacado y algo difícil de explicar. ¿Se le había confiado a Elías alguna misión diplomática secreta? Louis XIV nor­malmente no recibía a viajeros humildes, por más exóticos que fueran. El hecho de que Elías presentara una espada al hermano del rey, el duque de Orleans, también parece indicar una misión oficial, pero sobre este tema Elías ha guardado silencio.

 

En el verano de 1669 llegó a París un enviado de la corte otomana llamado Sulayman Aga. Cuando se supo que las destrezas en idioma turco del traductor de la corte no eran suficientes para habírcelas con el otomano formar, Elías actuó como traductor. Debe haber conocido entonces a Antoíne Galland, el famoso traductor de Las Mil y Una Noches, quien acompañó a Sulayrnan Aga en su viaje de vuelta a Estambul, y es posible que haya conocido también a Moliere, quien satiriza el séquito de Sulayman en Le Boirgeois Gentilhomme.

 

Después de ocho meses en París, Elías emprendió un viaje a España. Tuvo una audiencia en Madrid con la reina madre, regenta de CarIos II, quien era todavía un niño. El presentó sus credenciales y ella le dio cartas para sus virreyes de Nápoles y Sicilia, ordenándole a cada uno que le pagaran la suma de 1000 doblones de a ocho,

 

Este dinero era aparentemente para reparar una iglesia en Bagdad, dañada en el sitio de 1638, cuando Elías había sido un niño en Mosul. Fue por esta misma supuesta razón que Elías eventualmente fue a Sudamérica - a re­coger limosna para la comunidad caldea, totalmente desamparado y sin recursos.

 

Fue así que Elías emprendió viaje una vez más, esta vez con destino a Nápoles y Palermo. Los virreyes españoles de ambas ciudades se negaron a darle ni un solo centavo.

 

Cuando regresó a Madrid e informó a la reina, "ella se enojó mucho por no haberse obedecido su orden; pero fue ella misma quien encontró 2000 doblones de a ocho para Elías. A pesar de las vastas cantidades de oro y plata que llegaban a España desde las minas de México y Perú, la corte española estaba crónicamente endeudada en esa época, y esto era aún más así para las viceregencias de Nápoles y Sicilia. Aunque la armada que había llegado a Cádiz en septiembre de 1671 trajo plata y oro 'por valor de 7326.420 doblones de a ocho, no había aparentemente suficiente dinero en el tesoro para que la reina y su hijo, el futuro rey, visitaran el Escorial, el magnífico monasterio palacio del siglo XVI de Felipe II en Madrid. El rey, que tenía 11 años de edad en esos momentos, deseaba inspec­cionar los daños causados por el gran incendio de ese año, en el que tantos manuscritos árabes y otros se per­dieron.

 

Elías dejó Madrid disgustado y fue a Portugal. Pasó siete meses en Lisboa, la ciudad de la que habían zarpado los mugharrirun o "intrépidos exploradores" en sus viajes misteriosos hacia tanto tiempo, y desde la cual Elías entonces decia "los buques zarpan con rumbo a las Indias Orientales, a la ciudad de Goa".

 

Elías luego regresó a la capital española. Debe haber tenido amigos poderosos, porque se alojó con el duque de Aveiro. La duquesa era una poetisa de talento y una erudita que financió el viaje de reconocimiento de Sonora y Arizona del jesuita Eusebio Kino, y participó activamente en misiones a la China, la India, las Filipinas, México, Perú v las Marianas. Debe haber estado intere­sada en los relatos de Elías del Kurdistán, y casi ciertamente debe haberle dado referencias para el nuevo vi­l rey del Perú, el Conde de Castellar, cuya esposa era una parienta cercana suya.

 

Elías también conoció a la aya o gobernanta del rey, la Marquesa de los Velez. Fue a través de ésta que obtuvo su pasaporte a las "Indias". La reina, probablemente humillada por la desobediencia de sus virreyes, pidió a la Marquesa de los Velez que averiguara a través de Elías lo que éste necesitara - menos, por supuesto, las 2000 doblones de a ocho que le había prometido. Elías consultó a sus amigos, y le aconsejaron que pidiera un pasaporte para el Nuevo Mundo. "No me atraía esta idea, pero dejando la carga en manos de Dios y confiando en El, pedí la Orden Real, sin la cual ningún extranjero podía ir a ese lugar."

 

La América española estaba por lo general estric­tamente prohibida para los que no eran españoles, y fue sólo mediante una orden del reino que Elías obtuvo per­miso para ir, por un plazo de cuatro años, a recolectar limosna para la comunidad caldea. La concesión de un  pasaporte a alguien que no era español era un gran honor, ya esto es que debemos el relato de los viajes de Elías, una de las pocas narraciones de la España de los virreinatos por un testigo que no era español. Es también la única descripción árabe del Nuevo Mundo en esa época.

 

Elías fue a Cádiz, la antigua ciudad fenicia de la que habían zarpado Hanno y otros para explorar el Atlántico 2000 años antes, y ahora el puerto de embarcación hacia el Nuevo Mundo. El 13 de febrero de 1675, Elías entregó su pasaporte al almirante de la flota, Don Nicolás Fernández de Córdoba Ponce de León - un apellido que iba a dar que hablar. A Elías se le asignó un camarote en el barco principal, guardó su equipaje y cerró la puerta con llave, y el mismo día la flota de 16 barcos izó velas y zarpó en lo que Elías llama al-Bahral-Muhit, el océano que lo abarca todo

 

"Zarpamos del puerto con detonación de cañones v redoble de tambores, banderas y banderines ondeantes. Algunos de los pasajeros estaban felices y otros estaban tristes por tener que dejar a sus familias." Elías guarda silencio sobre sus propios sentimientos, los que deben haber sido intensos. Ya estaba muy lejos de Bagdad y de su familia, y ahora se embarcaba hacia lo desconocido.

 

"Cada tres años;' dice Elías, "esta flota zarpa hacia un país de las Indias llamado Perú, que queda a 1500 leguas de distancia. . . Los mercantes llenan los galeones con toda clase de mercancía y las venden allí y a su regreso... traen un tesoro que vale unos 20 ó 25 millones. . ."

 

Al igual que Colón en todos sus viajes, la flota se dirigió primero a las Canarias, para aprovechar los vientos del este. El cruce hasta las islas llevó ocho días. No se detuvieron allí sino que continuaron su ruta, pasando a medio camino un barco de esclavos que había salido del Brasil. Su primer desembarque fue en la costa de Venezuela, después de una travesía notablemente rápida de 44 días. Elías describe los lechos de perlas frente a la costa de Venezuela, descubierta por Colón en su segundo viaje. Para la época de Elias, los lechos de perlas ya se habían pescado completamente.

 

Unos días después amarraron en Cartagena, en lo que es hoy Colombia, donde pasaron 40 días, esperando noticias del Peru de que los lingotes que

 

habían ido a recoger se habían despachado en condiciones de seguridad al Istmo de Panamá. Después la flota levantó anclas rumbo a Portobelo, en lo que es actualmente Panamá, el gran emporio del comercio sudamericano en los siglos XVII y XVIII. Portobelo era un centro tanto de ganancias como de pestilencia - "La tumba de los españoles; donde era normal que la mitad de la tripulación de un barco muriera de fiebre. Ayuí se daba la feria, o mercado, donde se trocaban bienes de España por oro y plata y otras cosas de América. Finalmente llegaban los mercaderes del Perú, con lingotes de oro por valor de 25.000.000 doblones de a ocho. Mientras que la flota seguía anclada en el puerto, fue atacada por piratas franceses que lograron huir con 200.000 doblones de a ocho; cuando los buques de guerra españoles pudieron salir a perseguirlos, éstos ya se habían alejado.

 

En Portobelo, Elías se encontró primeramente con la fauna sudamericana. Describe el nigua o chigoe (Pulex penetrans), una pulga horadante, y explica cómo combatirla: "El lugar donde ha penetrado [la piel] debe encontrarse y se la debe extraer con una aguja sin romperla. Se coloca un carbón encendido sobre ella y explota como un petardo. Si no se le puede extraer se muere adentro de la carne, se pudre, y el hombre muere.

 

También habla de los murciélagos vampiros: "Hay también una especie de gran murciélago noc­turno en aquel país que ataca a los hombres cuando duermen y les muerde y  chupa su sangre. Abanica a sus víctimas con sus alas para que éstos duerman profundamente mientras les chupa la sangre, hasta que quedan drenados y medio desvanecidos."

 

 Cuando la plata y el oro se guardaron bajo seguro a bordo, el almirante de la flota envió a Elías para que pudiera ver el tesoro: "Vi tanto oro y plata que no se podía contar, escribió Elías. La incapacidad de la reina de conseguir 2000 doblones de a ocho le debe haber resultado aún más incomprensible ahora que había visto las fabulosas riquezas de las Indias con sus propios ojos.

 

"Los galeones tomaban a bordo la plata y el oro y también otras mercancías, tales como una lana fina que llamaban vicuña, y cacao, que tiene un sabor y olor: como el del café, pero de gusto más rico." La flota emprendió el viaje de regreso, pasando por Cartagena y la Habana. Pero Elías contrató tres mulas por 90 doblones de a ocho y atravesó el istmo con rumbo a la ciudad de Panamá, siguiendo el curso del Río Chagres. En el camino se encontró con el "pasto simpático" contra el cual le había advertido el gobernador de Portobelo. Cuando un hombre pasaba por este pasto, se levantaba y le cortaba, y las heridas resultaban siempre en la muerte. "No lo creo," había anotado Elías, " Y no lo creeré hasta que lo vea con mis propios ojos!" Felizmente, cuando lo vio, el pasto respondió a la orden de "¡Abajo, perro!" y Elías paso sin peligro a la ciudad de Panamá.

 

La Antigua Panamá había sido quemada por el bucanero británico Sir Henry ("Sanguinario") Morgan tres años antes de la llegada de Elías a la "Nueva Panamá", a unos ocho kilómetros de la ciudad antigua. La ciudad nueva tal como la antigua había sido construida de madera. Elías se quedó un mes, bajo la hospitalidad del obispo, Monseñor Don Antonio de León y Becerra, de quien se hizo buen amigo. Monseñor Don Antonio estaba muy ocupado reconstruyendo Panamá, supervisando la construcción de los fuertes.

 

Elías entonces se embarcó en una nave que zarpaba con rumbo al Perú, surcando el "Mar Azul", o el "Mar del Sur", como los españoles llamaban al Pacífico. Es raro pensar que aunque ésta era probablemente la primera vez que alguien de Bagdad diera una mirada al oeste cruzando el Pacifico, los mercaderes bagdadinos que surcaban el Mar de la China habrían mirado sin duda hacia el este de estas mismas aguas y se habrían preguntado qué existía en esa dirección.

 

Se detuvieron en la isla de Corgona, donde habían quedado abandonados el conquistador Francisco Pizarro y sus 13 paladines, y desde donde se lanzó la conquista del Perú. Elías y sus compañeros se vieron atrapados por un peligroso remolino y se salvaron sólo por milagro. Finalmente, después de pasar un mes en altamar, llegaron al puerto de Santa Elena. Elías estaba ya cansado del mar, y él y sus amigos decidieron continuar su viaje a pie:

 

En Santa Elena.. .cierto indio.. .nos dijo que a más o menos una legua de este puerto había una gran cueva donde estaban enterrados unos gigantes. Cuando yo escuché el relato de lo que había ocurrido en ese país y de los gigantes enterrados allí, me sentí muy ansioso de verlo por mis propios ojos. Llevé conmigo un grupo de indios, doce hombres acostumbrados a portar armas, y fuimos a buscar la cueva y ver por nosotros mismos las cosas que él había descrito. Cuando llegamos, encendimos las velas que habíamos traído, por temor de perdemos en la cueva. Luego entramos, cada hombre caminaba con una vela en su mano. A cada 10 pasos dejamos un hombre sosteniendo una luz, para poder encontrar el camino de regreso a la entrada. Yo los precedía, llevando una espada desnuda. Después llegué a un lugar donde había huesos y vi que eran muy gruesos. Las calaveras eran enormes. Traté de extraer un diente, un molar; de una de ellas; era tan grande que pesaba 100 mithqal {casi 500 gramos, o aproximadamente una íibra]. Miré los huesos del muslo y medí uno de ellos y encontré que medía cinco palmos {45 pulgadas, ó 110 centímetros] de largo. En una de las ciudades un artista había hecho una reconstrucción de uno de estos cuerpos, y medía 25 cuartos (5,7 metros] de altura. Después salimos de la cueva, maravillados por lo que habíamos visto. Me llevé el diente conmigo.

 

Estos eran indudablemente huesos de mastodontes y perezosos gigantes.(Megaterios), muchos de los cuales se han encontrado en la península de Santa Elena, aunque la cueva investigada tan valientemente por Elías aparentemente ha evadido a los investigadores modernos.

 

 Elías y su partida se dirigieron hacia Guayaquil, otra ciudad portuaria del Pacífico. Pasaron por un territorio muy boscoso, y Elías se impresionó mucho por la vista de los caimanes tipo cocodrilos que infestaban los ríos en aquellos días: "Si un caballo o un toro llega a beber agua del río, el caimán lo agarra por la nariz, lo arrastra y se lo devora. Después se le arriman otros caimanes y entre todos destrozan su presa y se la comen".

 

Luego relata el método indio de capturar caimanes: "Ellos toman un trozo de madera de medio codo de largo, afilan ambos extremos y atan un trozo de cuerda fuerte en el medio. Este trozo de madera se sazona y pule corno una espada hasta que quede duro como el acero. Después, uno de los indios va y se sienta en un escondite junto al río de modo que cuando el animal salga y vea al indio abra su boca para comérselo. El indio entonces ensarta el trozo de madera amada en la boca del animal. Cuando el animal trata de cerrar sus quijadas, éstas se empalan en el extremo del palo. Cuanto más muerde, más se le clavan las puntas en la carne. Los indios lo arrastran hacia la tierra con gran dificultad y lo vuelcan sobre su lomo para que no pueda caminar. Después lo cortan en pedazos."

 

En Guayaquil, Elías comió su primer chocolate, probablemente el primer árabe en comerlo. En esa época el chocolate, hecho de los granos molidos del cacao, era más bien una bebida, como sigue siendo hoy en España. "Uno diría que tendría el color, gusto y olor del café, pero es muy aceitoso, y se forma como una pasta. Ellos le agregan todo el azúcar necesario y canela y ambergris. Después lo mezclan y forman una pasta y la colocan en moldes hasta que se endurezca, Derriten las barras del chocolate y lo  beben como si fuera café. Este fruto es popular en todo el territorio de los francos, adonde se exporta y se vende."

 

Elías pasó dos meses en Quito como huésped del obispo, Don Alonso de la Peña Monte Negro, a quien había conocido en España. Fue durante su estadía allí que, para su gran pesar, Elías perdió el molar de su gigante. También tuvo oportunidad de practicar medicina como aficionado, logrando una cura exitosa con la savia de una gran caña que había encontrado cerca de Ambato, y también compró un poco de oro aluvial, probablemente proveniente del Río de Santa Bárbara y originado en las pendientes de un volcán vecino, el Monte Pichincha.

 

Después de pasar dos meses en Quito, Elías viajó a Otávalo, una ciudad sobre el ecuador, y después cruzó el páramo, la altiplanicie, hasta Cuenca. El gobernador de Cuenca había sido uno de los compañeros de barco de Elías en el viaje desde España y le recibió con mucho gusto. Para agasajarlo organizó una corrida de toros: "Queria dar una fiesta para divertirme; en la tierra de España llaman a este entretenimiento' el festival del toro: Hacen lo siguiente: Primero rodean una plaza con vallas de madera para proteger las casas. Después colocan bancos uno arriba del otro, en forma escalonada, y todo el mundo se reúne y se sienta en estos bancos, comprando cada persona un lugar para observar el espectáculo. Después traen a la plaza uno de los toros salvajes del país dentro de una jaula y lo sueltan. La plaza está rodeada de gente y el toro corre nerviosamente, pero no ve la manera de escaparse. Luego entra un jinete con una lanza en su mano y azuza al toro. El toro por momentos lo ataca y también le escapa, y por último lo matan; pero a veces el toro mata al caballo y a su jinete con sus poderosos cuernos..''

 

Al irse de Cuenca, Elías se dirigió a las minas de oro de Zaruma, pasando por Loja en medio de una lluvia torren­cial en los agrestes pasos por las montañas. Zaruma, dice Elías, " está en la cima de la montaña, rodeada de minas de oro. Inspeccioné todos los procesos mediante los cuales separan el oro del mineral. Primero extraen el oro de la mina y separan el polvo con agua corriente. Lo funden y lo forman en barras:' Elías compró unos 1800 gramos de oro aquí, de modo que obviamente estaba prosperando. Su interés en la tecnología minera parece poco común, y cabe preguntarse nuevamente, como en la recepción del rev de Francia, si en realidad existían otras razones de sus viájes, encubiertas por el pretexto de recaudar limosna para reconstruir una iglesia en Bagdad.

 

Elías tomó una ruta diferente para regresar de las minas de Zaruma, siguiendo el consejo del cura local. Era un camino por el desierto, y Elías contrató dos muleteros para que le guiaran. La primera noche en el camino éstos trataron de matarlo, supuestamente para robarle el oro, pero Elías los desarmó y ellos huyeron. Cuando llegó a la ciudad más cercana, los indios se maravillaron por su bra­vura. "Estaban asombrados debido a mi barba crecida, v dijeron que debía ser muy valiente por haber pasado pór esa región."

 

Sabemos que Elías generalmente se vestía a la usanza oriental, seguramente con caftán y turbante. Debe haber tenido un aspecto bastante extraño y exótico, al salir cabalgando del desierto y entrar en el pueblo indio de Guachanama, como una figura que sale de un sueño. Cuando llego a Amotapé, el cura local le dijo a Elías que los ladrones que le habían atacado también habían asesi­nado al hermano del sacerdote en el mismo camino. Elías compara el Río Colán, que pasa por Amotapé, a su nativo Tigris. Le escribió a un amigo, el gobernador de Piura, y le pidió que le enviara una litera para trasladarse a Piura pasando por Paita." Tan pronto como recibió mi esquela, él me envió una litera, pues en ese país uno se cansa ­muchísimo viajando a caballo, debido al calor y la arena:'

 

Continuó con rumbo al sur, dirigiéndose a Lima, y cerca de Saña el territorio se convirtió en un bosque espeso. Como dice Elías, "Entrar en este bosque es una empresa formidable, pues no tiene ni comienzo ni fin:' Su muletero se adormeció en el recorrido y se perdieron. Elías tuvo el buen tino de quedarse donde estaba, pren­diendo un fuego de señal y atando un estandarte blanco al árbol más alto. Al día siguiente, una partida de bús­queda les encontró, habiendo visto el estandarte de Elías.

 

El camino a Trujillo era tambien difícil, "con pocos lugares para acampar y nada poder comer:' Elías cabal­gaba un poco y otro poco era transportado en su litera. Descanso en Trujillo, donde fue recibido cálidamente, como siempre, pero después de sólo 10 días volvió a ponerse en camino.

 

Cruzó el Río Santa en una balsa construída de madera de balsa - esta palabra ocurre aquí por primera vez en el idioma árabe - que él compara a los flotadores de pieles infladas que se usaban en el Eufrates. Atravesó cañaverales de azúcar, campos de trigo y maíz, y notó los talleres donde se hacían unas excelentes telas de lana. Por último llegó a Lima, donde se alojó con el presidente de la Inquisición, Don Pedro de la Cantera, a quien le había prestado 1400 doblan es de a ocho en Portobelo. El dinero le fue devuelto con un interés del 40 por ciento, "como es la costumbre de los mercaderes de ese país:' Dónde con­siguió los 1400 doblones de a ocho en primer lugar, es algo que Elías no declara.

 

Después de descansar de las fatigas de su viaje, Elías presentó sus cartas de recomendación al virrey, Don Baltasar de la Cueva Enriquez Arias de Saavedra, Conde de Castellar, segundo hijo del duque de AJbu­querque. "El me recibió con gran alegría y prometió que me ayudaria en todo lo posible:'

 

Elías muy pronto se hizo amigo del virrey y de su esposa, y cuando Elías se enfermó, probablemente por fatiga, el virrey mandaba averiguar acerca de su salud dos veces al día y le enviaba dulces. Al leer los viajes de Elías a uno le llama la atención la civilidad que encon­tró en todas partes en Sudamérica, y sus numerosas amistades con prelados y líderes seculares. Tenía un don de amistad, y era extremadamente leal, como veremos más adelante.

 

Fue probablemente en Lima donde Elías comenzó a interesarse en la historia de Sudamérica por primera vez. Había buenas bibliotecas y abundancia de hom­bres eruditos. Describiendo la situación de los nativos del continente cuando llegaron los españoles, Elías escribe... "nadie conocía al Dios verdadero; algunos adoraban ídolos, otros adoraban al sol, la luna y las estrellas. No tenían alfabeto y no sabían ni leer ni escribir. Cuando deseaban presentar una petición a su rey, acostumbraban a expresar sus deseos dibujándolos en un trozo de tela… sus armas eran arcos y flechas, lanzas y hondas para tirar piedras. No tenían animales ­domésticos, como caballos, mulas y asnos... ni tenían toros, vacas, ovejas o pollos. Tenían un animal como el camello, pero más pequeño, aproximadamente del tamaño de un burro, con su joroba sobre el pecho, y lo usaban para transportar cargas y cuya carne comían.

 

Pero esta bestia no tiene mucho aguante - cada día no recorre más de cuatro leguas y cuando se cansa se echa a dormir y larga espuma y escupe a sus compañeros. Cuando se moria uno de los indios, acostumbraban a hacer una tumba alta para él, de unos dos codos de alto y tres codos de largo. Después ponían las herramientas de su oficio en la tumba, junto con una especie de vino hecho del mijo:''

 

A los historiadores modernos posiblemente les resulte interesante esta referencia a las pictografías incas, cuya existencia, aunque denegada por mucho tiempo, ha sido afirmada últimamente.      

 

Elías pasó un año en Lima, viviendo en la casa de Don Pedro de la Cantera, quien costeó amablemente todos sus gastos. Esta fue una ventaja importante, pues Lima era una ciudad muy' cara - un pollo, dice Elías, costaba un doblón y medio de a ocho.

 

Elías estaba ansioso por visitar las minas de mercurio de Huancavélica y las minas de plata de Potosí, y, gracias a las cartas de recomendación de su amigo el virrey, pudo hacerlo. Cruzó la altiplanicie de Puna de Pariacaca, cruzó el famoso y peligroso puente colgante sobre el Río Puni, y llegó a Huancavélica en 10 días:

 

Fuí a ver la mina con el gobemador de Huancavélica. Ví su enorme tamaño y cómo los trabajadores cortaban el mineral y lo llevaban a la superficie. Me mostraron cómo extraían el azogue. Me llevaron a un cuarto en donde habían hecho agujeros en el piso y habían puesto un recipiente en cada agujero; estos recipientes estaban unidos y dispuestos en hileras. Tenían dos aberturas, una en la parte de arriba y la otra en la parte de abajo, pero la de abajo estaba sellada, como un tarro. Apilaron el mineral de azogue en capas sobre los recipientes, como el alfarero en el horno. El cuarto estaba cerrado, pero tenía un techo alto y fuerte con respiraderos para dejar escapar el humo. En la parte de arriba del mineral apilan maderas y les prenden fuego. Al quemarse calientan el mineral a una temperatura elevada para que al azogue comience a fluir, bajando y recogiéndose en los recipientes. Los trabajadores saben cuándo ha ocurrido esto y apagan el fuego y lo dejan un día y una noche para que se enfríe. Después retiran la escoria y las enizas, las depositan afuera y sacan el azogue vertiéndolo de los recipientes.

 

El azogue estaba destinado para las minas de plata, donde se lo utilizaba en el proceso de amalgamación del mercurio, para refinar la plata.

 

En Huamanga, donde pasó 20 días felices, Elías asistió a una obra de teatro; después partió con des­tino a Cuzco. Tuvo que cruzar otro puente colgante, sobre el Apurímac; "Un puente tejido de raíces y ramas de árboles tendido sobre el río. Tenía un codo de ancho, más o menos, y 20 codos de largo. Lo cruzamos  con gran dificultad y temor. Los fardos fueron desempacados de las mulas y los indios los transportaron al otro lado sobre sus espaldas, uno por uno, hostigando a las mulas para hacerlas cruzar el puente. El puente era de planchas cruzadas y si el casco de una mula se enganchaba en una de éstas, los indios simplemente levantaban las planchas y dejaban que la mula cayera al agua por la abertura. La mula entonces nadaba hasta la otra orilla del río:''

 

Pasaron por los enormes solares azucareros de Abancay y llegaron a Cuzco. Elías estaba muy impresionado por los artesanos indios, y estaba asombrado por los enormes bloques de piedra labrados por los incas sin herramientas de hierro. Elías hizo una expedición especial en la región para examinar las ruinas de otros edificios y tumbas de los incas. Permaneció cinco meses en Cuaco, y después se dirigió a las minas de plata de Condoroma y de Caylloma. Nuevamente da una buena descripción técnica del método de refinación de la plata, sobre el que tenía una curiosidad insaciable.

 

Elías fue al Lago Titicaca, aparentemente para visi­tar la fundición del rey en Chucito, y de allí a Potosí.

Potosí, en lo que es actualmente Bolivia, tenía la mina de plata más rica del mundo, a 4.900 metros sobre el nivel del mar. Esta era la principal fuente de la plata que estaba inundando a Europa y al Oriente, causando una grave inflación (Ver "Plata americana y la decadencia otomana"). Las minas se descubrieron en 1545; hacia 1572, los españoles habían establecido un elaborado sistema de lagos artificiales cuya capacidad de almacenamiento total ascendía a los 6.000.000 de toneladas métricas en 1621. Y máquinas moledoras de mineral impulsadas por energía hidráulica. Elías da una descripción técnica muy detallada de la minería y la refinería y después describe con cierta amplitud la ceca, la Casa de la Moneda. Se quedó 45 días en Potosí, una estadía prolongada considerando lo inhóspito de ese lugar.

 

Después de visitar amigos en Charcas - el punto más meridional de sus viajes - Elías regresó a Potosí y de ahí regresó a Lima por la ruta costera. Descubrió que, en su ausencia, su amigo el virrey había sido destituido de su cargo y lo iban a enviar al exilio en Paita, esa ciudad del desierto por la que Elías había pasado hacía mucho tiempo. El virrey había sido acusado de malversación, y Elías hizo todo lo que pudo para ayudar a su amigo, con solando a su esposa e interviniendo ante las autoridades. Antes de que el virrey partiera para su exilio, dejó su casa y su esposa bajo el cuidado de Elías, y éste pasó el proximo año y dos meses "custodiando su casa y su esposa:'' Pasó este tiempo escribiendo sus diarios de viajes y trabajando en su historia del descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo. Debe haber sido todo un espectáculo ver a Elías escribiendo detenidamente su manuscrito árabe, en la casa cerca de Surco, tan lejos de su país natal.

 

El relato de Elías de la destitución y el exilio del virrey arroja una luz importante sobre un episodio poco conocido en la historia del Perú del virreinato; a diferencia de la seca prosa oficial de los documentos sobre el mismo en el Archivo de las Indias en Sevilla, está llena de vida y colorido.

 

EIías había estado en Perú seis años. Un nuevo virrey llegó para asumir el cargo y EIías decidió acompañar a su amigo el Conde de Castellar hasta Portobelo. Zarparon del puerto del Callao el 21 de septiembre de 1681, con destino a Panamá, y llegaron sanos y salvos en 42 días. El virrey se disculpó ante Elías por no haberle podido ayudar más, y le escribió una carta de recomendación para el virrey de México.

 

Entonces Elías decidió ir a México. Tuvo suerte, pues un barco estaba por zarpar para Realejo en Nicaragua, y en diciembre de 1681 se hicieron a la mar. Echaron anclas en Golfo Dulce en Costa Rica para tomar agua dulce. Elías fue a la costa para bañarse en un arroyo de agua dulce y encontró polvo de oro mezclado con arena en el lecho del arroyo. Se lo mostró al capitán del barco, quien le dijo que los españoles estaban enterados del oro, pero no se animaban a explotarlo por temor los indios. Seis días después, anclados en el puerto de la Caldera, Elías pidió a unos marineros que le trajeran unas ostras. En una de ellas encontró una gran perla, del tamaño de un garbanzo. "Le dije al capitán: '¿Cómo podéis ser tan indiferente? ¿Cómo pueden haber perlas en este mar, sin que se las coseche?' Y El me dijo: 'Esto también se debe a nuestro temor de los indios:"

 

El obispo de León, en Nicaragua, resultó ser un hombre que Elías había conocido en París muchos años antes, El obispo se mostró encantado de ver a Elías y le dio una buena mula para cabalgar. En las calles de León, se topó con un conocido de Lima, quien le puso en contacto con otro, y ocho días más tarde Elías emprendía viaje por tierra hacia la ciudad de México. Cruzó el Golfo de Fon­seca en una canoa y se abrió camino por aldeas indias - a las que les dio un nombre - hasta San Salvador. Describe el método del cultivo del índigo, otro producto que, al igual que el azúcar, había sido una vez un monopolio oriental, pero que ahora se producía más económicamente en Sudamérica.

 

Desde San Salvador fue a Guatemala, y de ahí pasó a Chiapas en México, luego a Oaxaca, donde compró una gran cantidad de cochinilla, una tintura roja hecha de insectos, cuya producción describe. Por último llegó a la ciudad de México donde estuvo enfermo durante 10 días, probablemente agotado por su difícil viaje por Centroamérica.

 

La aparición de Elías en la ciudad de México el 8 de julio de 1682 causó gran sensación: un contemporáneo diarista dice que vestía una sotana de seda o balandran, con un cuello blanco, v llevaba un turbante en su cabeza, como un turco. Cuando se recuperó de su enfermedad, alquiló una casa, la amuebló y compró unas mulas. Todas las noches visitaba al virrey durante dos horas.

 

Elías pasó seis meses en la ciudad de México, Hacia el final de su estadía, el puerto de Veracruz fue atacado por piratas, bajo el mando de Graff y Nicolas van Horn, quienes tomaron la ciudad con gran derrame de sangre y la saquearon despiadadamente, llevándose un botín de 8.000.000 doblones de a ocho. Elías perdió su carga de cochinilla, que había almacenado en Veracruz, y que valía 1000 doblones de a ocho. Su descripción del saqueo de Veracruz es uno de los pasajes más gráficos de sus Viajes.

 

EIías quería navegar con rumbo oeste hacia las Filipinas desde Acapulco con los galeones de Manila, y después tomar un barco armenio desde Manila hasta Surat, en la India occidental, para volver desde allí a Bagdad. A último minuto estos planes tuvieron que cancelarse, y en vez Elías regresó a España navegando con rumbo este. Si hubiera podido realizar su plan inicial, habría sido el primer árabe en circunnavegar el globo según nuestro conocimiento.

 

Elías dejó Veracruz el 18 de abril de 1685 y zarpó con destino a Cuba, donde pasó cuatro meses y medio; le llevó como regalo al gobernador el raro presente de cebollas secas: aparentemente las cebollas no crecían bien en Cuba. Después tomó un barco que salía de Caracas con destino a España, y después de un viaje relativamente fácil entró al puerto de Cádiz. "Había guerreros pertenecientes al rey de Francia anclados fuera del puerto y guerreros del rey de España anclados frente a ellos. Cuando entramos al puerto entre los hombres de ambas armadas y les saludamos con fuego de cañón, tanto los barcos franceses como los españoles devolvieron nuestro saludo. Los cañones continuaron disparando desde ambos lados hasta que el humo de ambos fue como una neblina. Entonces entramos al puerto y echamos anclas:''

 

EIías pudo pasar por la aduana sin que le abrieran sus cofres, Traía consigo cuatro loros y un candelabro de plata de "maravillosa artesanía'': Fue a Sevilla, entabló un juicio contra un capitán de barco que no había pagado una deuda, y lo ganó, y después viajó a Roma, donde presentó el candelabro a la Propaganda Fide, la organización misionaria de la iglesia. El Papa Inocencio XI le nombró protonotario apostólico - un cargo honorifico que no tenia deberes involucrados - y a éste le siguieron otros altos honores.

 

Después de muchas otras aventuras, Elías finalmente regresó a España, donde pasó sus últimos años en la encantadora ciudad portuaria del Puerto de Santa María, sobre el Atlántico. Aquí terminó de escribir sus Viajes y su historia de El descubrimiento y la conquista de América. Estos dos libros deben haber sido las últimas obras de literatura árabe compuesta en al-Andalus; es justo que se hayan dedicado al Nuevo Mundo, en el extremo más alejado del Mar de Tinieblas.