Resumen
En esta escritura, entre otras
temáticas que la sustentan, es dable considerar el rescate de la figura de la
mujer emigrante y descendiente para elevarla a categoría artística, y recrear su
presencia, desde su lugar de origen y desvinculación, hasta llegar a su
adaptación, inserción e integración en la sociedad de acogida. En este proceso
es posible observar cómo la emigrante y la descendiente han tenido una función
conservadora de la herencia cultural de sus ancestros, no obstante su paulatina
y sostenida pérdida.
La inmigración árabe en
Chile y el proceso de integración en la sociedad que la acoge tienen sus raíces,
en gran medida, en la unidad de la estructura familiar y en el sentimiento de
lealtad entre sus miembros. Desde esta perspectiva, la presencia de la mujer
árabe inmigrante y descendiente ha tenido indiscutible relevancia en cada etapa
de este proceso migratorio, el cual comprende un momento de adaptación, otro de
integración y, finalmente, uno de socialización. Esto ha permitido germinar,
desde un principio y en forma sostenida, un sentimiento de pertenencia a este
país receptor y conservar parte de los valores ancestrales de su cultura
originaria.
La inmigración árabe en
Chile ha sido objeto de numerosos estudios de variada impronta. La mayor parte
ofrece información sobre la distribución espacial de los árabes levantinos
(palestinos, sirios y libaneses) y sus correspondientes modalidades de inserción
en las estructuras sociales, económicas y políticas de la nación. En cuanto a la
figura de la mujer árabe inmigrante y descendiente, estos estudios la enfocan
desde una perspectiva estadística cuando forma parte del matrimonio endogámico y
exogámico; en el fortalecimiento del núcleo familiar, en las actividades
económicas, culturales y sociales, tendientes a consolidar la integración de la
colectividad árabe en Chile. Para acceder, desde otra dimensión, a su quehacer
cotidiano es preciso recurrir, entre otras fuentes literarias, a la producción
novelística de escritores chilenos de origen árabe, porque, de suyo, ofrecen un
conocimiento artístico en esta representación. Estas novelas son las siguientes:
Memorias de un emigrante (1957), de Benedicto Chuaqui; Los
Turcos (1960), de Roberto Sarah; Aldea Blanca (1977),
de José Ahuil Hanna; El valor de vivir (1985), de Ema Cabar; Centro de
Estudios Árabes El viajero de las cuatro estaciones (1990), de
Miguel Littin; El viajero de la alfombra mágica (1991), de Walter
Garib; Peregrino de ojos brillantes (1993), de Jaime Hales y
Nahima (2001), de Edih Chahín..
Cada uno de estos autores le otorgan a la mujer árabe un espacio determinado
desde su perspectiva narrativa; así, Chuaqui emplea la memoria como fundamento
de su narración; rememora y rescata situaciones emotivas, nostálgicas y
dolorosas de su transitar pretérito; en tanto Sarah se distancia en el relato en
tercera persona y con relativa objetividad para narrar, interpretar y describir
la interioridad, pensamientos y sentimientos de sus personajes. Nuevamente se
presenta en la obra de Ahuil Hanna la evocación sencilla, nostálgica y emotiva
al narrar pequeñas historias y anécdotas de un pequeño pueblo del Medio Oriente.
La autora Ema Cabar se distancia -aun cuando su narración tiene acentos
autobiográficos- para narrar la atormentada existencia de una mujer emigrante y
poner en evidencia algunos temas tradicionales ancestrales, además del triunfo
final del amor. Littin incorpora en su novela los recuerdos de su abuelo griego,
salvador de la honra de mujeres árabes inmigrantes y, Garib, por su parte,
retoma la tercera persona para instar al lector a descubrir y recomponer la
historia laberíntica narrada de un mosaico de voces con fracturas
témporo-espaciales. Hales recurre a la narración testimonial y a la tercera
persona para incorporar diversos planos narrativos, de impronta onírica y
predictiva, que desembocan en un inesperado destino. Finalmente, Chahín emplea
la novela biográfica y la investigación personal para reconstruir la vida de su
madre emigrante.
Escenario cotidiano de la mujer
árabe y su proyección en la tierra de adopción, según las novelas.
La dominación turco
otomana en la región levantina no afectó de manera sustancial la forma de vida
de las familias árabes que integraban los millet
respectivos, a saber: predomina el sistema patriarcal, el matrimonio endogámico,
los trabajos agrícolas, o la artesanía, o los telares, las costumbres y
tradiciones ancestrales, la moral y ética de la religión cristiana de rito
ortodoxo o de otras confesiones. En lo que respecta a la mujer, ella tiene su
escenario en el interior de la casa, lugar que se estima haram
(prohibido), en tanto morada de ella; por consiguiente, es un espacio sagrado e
íntimo y que debe ser protegido de toda profanación. En este lugar la mujer
tiene una existencia subordinada, pues recibe enseñanza doméstica y una
educación ética y moral. Con estos conocimientos se la prepara para el
matrimonio, la atención del esposo y la crianza de los hijos. Y al mismo tiempo
que realiza las labores de casa, junto a otras mujeres integrantes del clan
familiar, se alimenta su espíritu con las narraciones provenientes del
imaginario colectivo milenario.
En este ámbito, a veces
la sabiduría de la mujer árabe trasciende el espacio público privativo de los
hombres, principalmente cuando su saber procede del ámbito religioso de impronta
cristiana. De esta manera, cuando una mujer mayor realiza la peregrinación a
Jerusalén y tiene, además, poderes curativos, adquiere la calidad de santa entre
los miembros de su comunidad. Un modelo de este tipo de mujer lo presenta
Chuaqui a través de su bisabuela, quien “...había alcanzado el rango de
Halle, distinción religiosa, después de una peregrinación por Tierra Santa.
Nunca nos visitó, pues se había opuesto tenazmente al matrimonio de mi madre,
que consideraba deshonroso para la familia..”.
Ella le había devuelto la vista a su propio hijo, por intersección de un médico
canonizado por la iglesia ortodoxa cuando: “... A él dirigió sus preces...
Y en una ocasión en que estaba sola en la iglesia, el santo le habló diciéndole
que recogiera polvo del patio de la parroquia y lo pasara por los ojos de su
hijo... y a los pocos días éste recuperó la vista...”.
Sin duda que estos milagros o prodigios asombrosos quedaban inscritos en la
memoria colectiva y se transmitían por tradición.
Otra forma de sabiduría
femenina árabe se despliega en la figura de cierta mujer nacida del misterio, de
la eterna reencarnación, y que ha venido al mundo a descifrar los sueños
incomprensibles que someten al hombre en la angustiosa existencia. En esta
perspectiva, el autor Hales presenta a Amina, misteriosa y freudiana, compendio
del saber ancestral tradicional, profetisa y vínculo entre los hombres y la
divinidad que devela los laberintos oníricos del sufriente: “...Youseff...
Vamos a entrar en la antesala del sueño. Yo te guiaré suavemente...Será
como entrar en ti, en lo más profundo...las pesadillas...son los gritos
desesperados del alma que te quiere comunicar sus mensajes ... si rehuyes las
verdades que te quiere contar, el alma se desespera y te grita,... te envía
imágenes horribles...Vamos a avanzar sin resistencia, para conocer el miedo,...
pero no nos despertaremos, no abriremos los ojos, para dejar que fluyan los
mensajes hasta la luz...”.
La separación del
espacio privado de la mujer del espacio público que le pertenece al hombre
determina, de alguna manera, su situación subordinada. Así, por ejemplo, la
tradición familiar establece que la mujer debe casarse joven, según Chuaqui “...no
se consideraban a aquellas muchachas mayores de dieciocho años. En un país en
donde había menos mujeres que hombres, era evidente que alguna grave tacha tenía
la joven que no se había casado en esa edad...”;
el autor agrega que parientes viciosos o dementes también son factores
importantes que influyen en su soltería. Según la tradición, cuando un joven
deseaba casarse busca los servicios de parientes o amigos para que le busquen la
novia. Era una tarea ardua, pues había que indagar sobre solteras jóvenes y, en
lo posible, agraciadas, de tal suerte que, a menudo, una mujer fea transitaba
oprobiosamente a la soltería. Esta situación Sarah la recrea en una joven
inmigrante en Chile, cuyos padres deseaban casarla aunque fuera con el jorobado
Ya’cub quien, al observarla con atención, se dio cuenta de que “... Estaba
delante de una muchacha alta y feísima; era recta como un poste, liso el pecho y
las caderas anchas; parecía una mala caricatura, además tartamudeaba al hablar y
le faltaban algunos incisivos...”.
También era frecuente que la soltera fuera contratada para realizar la tarea de
crianza y educación de niños huérfanos dentro de una familia emparentada e,
incluso, podía convertirse en la esposa del viudo de su hermana muerta.
Con frecuencia era el
padre quien decidía casar a su hija con un joven de su elección, especialmente
cuando percibía que ella experimentaba algo indescifrable. La madre se encargaba
de darle la noticia: “... Mi preciosa hija Anise... Debo comunicarte
que tu padre te ha encontrado novio y debes prepararte para la boda... Se llama
Búlus... Está seguro de que te ama y que tú también le querrás... Madre, ¿cómo
es? ¿es alto?... Tu padre lo conoce ¿pero que importa como sea. Un novio es un
novio y eso es suficiente. Vete ahora a la cocina...”
. En estas circunstancias, solo le restaba a la novia idealizar a su desconocido
novio: “... Sí, le amaré... le prepararé la comida que apetezca... Oh Alah,
haz que no sea demasiado feo y que no tenga la nariz larga...”.
Generalmente, la madre preparaba y
entregaba a la hija un conocimiento mínimo sobre la sexualidad en el matrimonio
pues, según la novela Nahima, esa madre temía que esos temas afectaran la
inocencia y la pureza de las hijas. Para la madre de Nahima “... las mujeres
no deben hablar de esas cosas... Los hombres sí que hablan entre ellos de eso y
de muchas otras cosas...”
. Por este motivo, la madre sugirió a Nahima que guardara discreción y prudencia
ante su embarazo “... Ahora, escúchame hija, quiero que no hables con tus
hermanas sobre tus mareos y otros síntomas del embarazo. Ellas son solteras y
muy ingenuas, no me gustaría que despertaras su curiosidad y te acribillasen a
preguntas sobre tu estado y la intervención que tuvo Yusef en él. Quiero que
sigan siendo inocentes y puras...”.
No obstante esta recomendación, Nahima adopta una actitud emancipadora y
rebelde que se adelanta a su época, pues ella sostiene que la sexualidad es un
tema que debería ser enseñado, compartido y desmitificado: “... Alguien tiene
que empezar a cambiar las costumbres, madre, alguien debe arriesgarse, a pesar
de las burlas y de las malas lenguas. Alguien, y en este caso tendría que ser
alguna madre de familia la que debe dar el primer paso y enseñar a sus hijas los
misterios de la vida, en vez de esconderlos bajo siete velos...”.
La defensa de sus principios estaba basada en su experiencia de mujer recién
casada, pues su “... convivencia con Yusef le abrió los ojos y le hizo
descubrir la belleza del amor, la entrega física de sí misma, la plenitud del
ser...”.
La respuesta de la madre fue tajante: “...¡No!... ¡te prohibo hablar de eso
con tus hermanas! No lo puedo permitir. Tampoco quiero seguir hablando de estos
asuntos tan poco femeninos. Compréndeme tú, y obedece lo que tu madre te
aconseja. ¿Qué opinarían de mí mis hermanas, primas y amigas si alguna vez una
de mis hijas habla de estos temas con sus hijas que no deben saber nada de nada?
Dirían que mis hijas son mujeres descaradas, libertinas y ordinarias...”
La mujer inmigrante
viajaba no solo para casarse; también lo hacía para relevar en las tareas
domésticas y trabajar con sus parientes instalados en sus baratillos. Al
respecto, Chuaqui señala que le envió a su padre en Homs “...diez libras
esterlinas a fin de que me hiciera venir a Chile a mi hermana Tagafol, quien me
serviría en personales quehaceres y en la atención de mi negocio...”.
Muchos de los jóvenes inmigrantes árabes temían desafiar a la familia y
practicar la exogamia, dado que la tradición exigía coherencia entre sus
miembros, reafirmar la identidad diferenciada, consolidar el honor colectivo que
se ajusta a un sistema de linaje patrilineal. En esta perspectiva, Sarah
presenta la preocupación de Mitri cuando su amigo Hanna decide casarse con
chilena: “...Déjala Hanna. ¡Te lo aconsejo! ¡Te sentirás avergonzado! Vivirás
siempre como un ermitaño, oculto de los nuestros. ¡Nuestra sociedad va
creciendo¡ Hay muchachas casaderas entre nuestros compatriotas...aun sin
necesidad de volver al iliblad, como pensábamos. Las hay bellísimas, ¡créeme!.
Las he visto más de una vez. Solo están esperando que las conozcas... ...Si
tanto quieres a esa mujer, vive con ella, ¡pero no te cases!... Darás un golpe
de muerte a tus padres...”.
En efecto, Hanna se sentía presionado por el amor hacia una mujer chilena y el
deber y obediencia a la tradición de sus padres. Estos, preocupados le habían
escrito una carta: “... Tu madre no cesa de contemplar la fotografía que le
has mandado, con aquella extraña vestimenta americana...Ha pensado que estás en
edad de casarte, y ese pensamiento la alegra, pues sabe que es lo único que te
obligaría a regresar pronto a nuestro lado... Si es así, querido hijo, m
complacería empezar a buscarte novia; hay aquí muchachas en abundancia, sobre
todo para uno que ha venido de América...”.
La viudez de una joven
rica, madre de hijas pequeñas, por consiguiente, sin sucesión masculina,
concitaba, en más de una ocasión, el recelo de los parientes cercanos, quienes
convocaban los derechos ancestrales que la tradición demandaba. Así narra Ema
Cabar la situación de una emigrante con su hija quien, al verse despojada de la
herencia de su esposo, es acosada por los familiares: “... Una tarde,
mientras esperaba la llegada de sus hijas, recibió la inesperada visita de su
cuñado... “No se te ocultará... que de acuerdo a las leyes de nuestro
país, la muerte de mi hermano sin sucesión masculina me consagra como su
legítimo heredero. Por lo tanto, de hecho, todos sus bienes pasan a integrar mi
propiedad. Del mismo modo la ley me obliga a constituirme en tutor de sus
hijas...”
Ante esta situación y otros sufrimientos, decidió emigrar hacia América del Sur.
Los acontecimientos se centran en Chile y en Perú donde la hija de Ema sufre la
persecución familiar. Posteriormente regresa al sur de Chile, a la ciudad de
Chillán, donde finalmente la joven encuentra el amor y el descanso espiritual.
Algunas jóvenes
inmigrantes árabes revalidaban el compromiso matrimonial adquirido por sus
padres e iniciaban el viaje a Chile, ya sea con otras familias o en grupos. Su
inmigración, por tanto, dependía de otros. Era una travesía incierta, arriesgada
y en condiciones difíciles que implicaba el bajo costo de la tercera clase.
Debían soportar hacinamiento, necesidades e inseguridad. Al respecto, Littin no
solo recrea la llegada de su abuelo materno griego, desde Esmirna hasta el
pueblo de Palmilla en Chile, sino que ilustra la difícil situación de treinta y
nueve mujeres árabes inmigrantes, casadas por acuerdos familiares. Así, el
abuelo relata que, durante la travesía marítima “...escuché gritos
desesperados, lamentos despavoridos, voces de mujeres suplicando en árabe...De
pronto vio a tres marineros intentando violar a una de ellas, inmovilizando su
cuerpo, abriéndole las piernas, rasgando sus vestiduras... preso de una furia
sin límites se abalanzó sobre ellos arrebatándoles a la joven...”.
En efecto, el abuelo del autor las salvó del deshonor, acompañándolas luego para
que se reunieran con sus esposos que vivían en el centro y sur del país. Refiere
Littin que, en su mayoría, estas mujeres no conocían a sus esposos y, por tal
motivo, sentían curiosidad y expectación. A la postre, el encuentro provocaba
alegría y satisfacción pero también desencanto: “...Rocía se puso de pie
tratando de adivinar cuál de los dos jóvenes era el Jalil que ella buscaba, sólo
le bastó mirarlos para saber que su Jalil idealizado tantas veces, soñado en
tantas noches, no era otro que el oscuro hombre del rostro marcado por la
viruela...”.
A menudo la novia debía trabajar en el negocio, a fin de que el suegro
recuperara en parte “... el pasaje que tuvo que mandar, por el maldito
compromiso que había contraído hacía tanto tiempo...”.
Una vez instalada la
familia en la tierra de acogida, la mujer árabe inmigrante y descendiente tenían
la oportunidad de contraer matrimonio cuando asistía a las reuniones de la
colectividad árabe. Este era un espacio creado para mitigar la circunstancia
escindida de recuerdos y añoranzas de los árabes pioneros y para consolidar los
lazos identitarios e integradores de sus miembros. Precisamente, a través de los
enlaces matrimoniales estas mujeres se convirtieron en un instrumento de unión y
fortalecimiento de las estructuras tradicionales económicas y sociales.
Habitualmente la hija de un próspero empresario inmigrante se convertía en una
oportunidad ineludible: “...Cierto día Mitri anunció a sus amigos que estaba
enamorado de la hija de un compatriota y que habíase propuesto desposarse con
ella...Se llamaba Betía, y era la hija de un tal Casfura, un acaudalado
comerciante, que acababa de instalar una hilandería, y dueño de muchas
propiedades...Betía Casfura, su prometida -pues no tardó en serlo
oficialmente- era una muchacha de diecisiete años, de rostro pálido y grandes
ojos negros que miraban con vivacidad. Parecía un tanto ajena a todo lo que
significaba una boda, y sus ademanes y hasta su voz eran patéticamente
espontáneos y puros... _¡Eso es lo más me conmueve en ella! -confesó un día
Mitri, a solas a Hanna Nabal-. Juraría que jamás la ha tocado un hombre, ni
siquiera rozado una mano... ¿No te parece maravilloso, después que uno ha
conocido tantas mujerzuelas? ”.
La reactualización de
un personaje ancestral, la casamentera, se presenta en la novela Nahima y
que- a falta de un sacerdote- concierta matrimonios, mediante cierto pago
acordado. Así, el esposo Yusef, convertido en tutor de tres jovencitas, debió
acudir a los servicios de Om Chakik “...la mejor, la más honrada y la
que mejor conoce a los hombres... que también ayudaba a animar las fiestas o a
llorar en los funerales... que podría prestar innumerables servicios...”
.
Su actividad consistía en examinar a las niñas minuciosamente para así ponderar
sus atributos y cualidades ante los ansiosos pretendientes que suspiraban,
además, por las habilidades culinarias de las jóvenes sirias.
Empero, una vez casada
la mujer está sometida a otra presión social determinante, esto es concebir un
primogénito varón, el cual, según la tradición árabe, perpetúa el honor del
padre, consolida los lazos agnaticios, se constituye en el soporte económico,
prolonga y fortalece el clan familiar; mientras que el nacimiento de una hija
expone al progenitor a tribulaciones y eventuales afrentas y, cuando se casa,
solo contribuye a aumentar el número de otras familias. Al respecto, Ahuil Hanna
recuerda el grave problema que ocasionó a su tío en Palestina el nacimiento
consecutivo de tres hijas: al nacer la primera, culpó a su esposa; cuando nació
la segunda, sintió humillación e indignación y, con la tercera hija, consideró
que era el desastre final; por tal motivo tomó una escopeta, subió a la azotea
de la casa y desafió al cielo con un cañonazo. Hanna termina diciendo que “...Al
año siguiente nació mi primo Jalil...”.
Sin duda que la mujer árabe
experimentó un sentimiento de culpa, incertidumbre y preocupación al ver que
demoraba el nacimiento del anhelado hijo varón. Así le ocurrió a Nahima quien
experimentó el dolor y la desesperación cuando le nacieron hijas en lugar del
añorado primogénito. Realizó “mandas” a la Virgen del Carmen y se encomendó a
San Elián, patrono de Homs, a San Francisco, a San Ramón Nonato. Al fin, segura
de que su cuarto hijo sería varón, le pidió a Yusef que preparara su escopeta y
disparara tres veces al aire, anunciando el feliz acontecimiento. Nació el hijo
que murió un poco después. Pasaron otros años y Nahima por fin dio a luz un niño
y su padre, Yusef, “... regaló dinero y juguetes a manos llenas para celebrar
la llegada de Antonio el día que lo bautizaron. Las fiestas duraron casi una
semana, y las felicitaciones continuaron llegando durante varios meses... ”.
Tampoco el inmigrante Mitri, en la
novela de Sarah, valora la llegada de una hija primogénita cuyo “...
nacimiento lo había desilusionado, pues aguardaba un hijo varón. Las hijas
mujeres - comentaba - no servirán para ayudarme en la fábrica. Están bien para
la iglesia y la cocina. Sufría Betía antes esas palabras y a veces
lloraba en silencio, a escondidas de él, pues sabía que se irritaba al verla con
lágrimas en los ojos. A Mitri le costaba soportar el llanto de las mujeres...”.
Era frecuente que el padre
inmigrante vigilase la educación de las hijas en la casa; pocos consentían en
que ellas cursaran estudios secundarios, o accedieran a alguna carrera
profesional; de tal suerte que, cuando las hijas de Aziz Magdalani, Nadia y
Jazmín, desearon continuar con alguna carrera pedagógica el padre “... se
opuso, invariable en la tozudez de siempre; para él, las mujeres debían
completar su educación en la casa, bajo la tutela de sus padres. De lo
contrario, parecía difícil que hubiese hombres dispuestos a casarse con ellas.
‘Yo no sé leer ni escribir, y me defiendo muy bien’, argumentaba... ‘¿Acaso no
he sido bastante magnánimo al aceptar que estudiasen hasta terminar las
humanidades?’”....
Sin duda que la mujer inmigrante
casada, además de afrontar el desarraigo, la soledad y la lejanía del balad, el
pueblo añorado, debió soportar otra situación penosa cuando se comprobaba su
esterilidad. A menudo la fidelidad y la comprensión de su esposo podían mitigar
esta aflicción. Al respecto, Littin señala en su novela que “... María, a
pesar de su incurable tristeza, anhelaba darle un hijo que se llamara... Salman.
Muchas veces [el esposo] la encontraba mirándose el vientre estéril en el espejo
del ropero lacado que habían transportado a través de los mares y luego a lomo
de mula, cuando también como los demás cruzaron la cordillera de los Andes...”.
En general, la actitud
pasiva, obediente y humilde de la mujer árabe, sea inmigrante o descendiente, le
impedía intervenir en la libertad sexual del esposo, ese miembro activo de la
familia que trabaja, provee y que, incluso, puede tener amantes ocasionales o
concubinas. Esta conducta del esposo es aceptada como un privilegio de su
género: “...Cuando Afife se hallaba impedida de yacer porque estaba
menstruando o por su embarazo demasiado avanzado, Aziz visitaba en el fondo de
la casa a la Nativa guaraní, para amarla como lo hacía de soltero... sin
importarle que Afife se enfadara; bien sabía que no lo iba a reprender; a lo
sumo le diría que no era bueno tener dos mujeres bajo el mismo techo...”.
Más tarde, Afife en la agonía de un pos parto “...le cogió las manos a su
marido, se las apretó y en un susurro imperceptible para un oído distinto al de
Aziz, le dijo: ´Ahora puedes amar a la Nativa guaraní si quieres´...”.
En lo que concierne a
la educación de los hijos, la mujer árabe se preocupó, desde los inicios de la
inmigración, de que ellos preservaran las costumbres y tradiciones ancestrales,
a saber: mantener en las fiestas la separación entre hombres y mujeres,
inculcarles a las hijas defender el origen árabe de sus padres, cocinar los
platos típicos, optar por el matrimonio endogámico. Pero el gradual y sostenido
proceso de inserción e integración en la sociedad de adopción estimuló la
transgresión a la norma, puesto que las fiestas eran mixtas, la cocina chilena
se entremezclaba con la árabe y los hijos se casaban tanto con chilena o con
mujer de otras etnias inmigrantes. En esta perspectiva, Garib representa en
Yamile a la mujer celosa de su estirpe clánica y una suerte de prototipo
fundamentalista femenino de la tradición árabe en la defensa de los enlaces
endogámicos: “... Aún estaba latente en la familia el recuerdo del día en que
Yamile, al saber a través de una amiga que su hijo Chucre se había casado a
escondidas con una extraña a sus costumbres, religión y nacionalidad y, para
colmo, secretaria de la tienda, lo maldijo...”.
En efecto, esta madre se sirvió inclusive de la brujería en un vano esfuerzo por
desbaratar el consumado enlace, porque “...sólo pensaba en la manera de
destruir a la mujer de su hijo... consiguió una fotografía de la entrometida
Marisol, y le atravesó alfileres...”.
Al nacer el nieto Yamile se mantuvo indiferente e insensible con su hijo Chucre:
“... cuando llevó a su hijo Jorge de poco más de un año, para que lo
conociera. Yamile ni siquiera miró al hijo ni al nieto. Su mirada pétrea estaba
puesta sobre un libro que leía, hojeaba o le servía para explicar su desamor.
Una, dos, tres veces Chucre trató en vano de quebrar la indiferencia materna
mediante súplicas, ruegos desmedidos, al extremo de arrodillarse ante ella, como
última alternativa. “Mamá, mamá -gritó ante el evidente desdén-, ambos somos
Magdalani, sangre de tu sangre”. Yamile humedeció impertérrita su dedo índice
para volver la hoja del libro....
Ella meditaba inflexible lo que estimaba una afrenta familiar: “...Si se
había casado contra la voluntad de la familia, que reventara solo...”.
Sin duda que la mujer
árabe inmigrante y descendiente contribuyeron activamente en el establecimiento,
desarrollo y prosperidad de los esposos, hermanos y parientes, ya sea en el
espacio doméstico o con la venta de las cosas de tienda, mientras los hombres
salían fuera de la ciudad, para vender sus productos, o con la ventas de sus
joyas, cuando las necesidades económicas así lo demandaban e, incluso, llegó a
dirigir a los empleados en la emergente empresa comercial. En rigor, como la
mayoría de los inmigrantes en este país, estas mujeres tuvieron voluntad,
perseverancia, espíritu de sacrificio, deseo de progresar, aunque fuera a veces
en condiciones adversas. Al parecer, las dirigía un sentimiento común: la
competencia y el orgullo del árabe de no dejarse aventajar por otro árabe, y que
se conjugaba en ese deseo íntimo de ‘¿por qué no puedo hacerlo yo?’, pero
siempre con camaradería y solidaridad.
En esta perspectiva, la
figura de Nahima representa la fortaleza de una mujer joven, viuda con varios
hijos, de precaria situación económica, que venció las dificultades con
tenacidad y perseverancia, transando, a pesar suyo, una parte de su identidad en
el lento proceso de integración.
Más aún, alguna
inmigrante sintió un profundo deseo de que la historia de su tierra lejana y la
odisea de la inmigración hacia Chile fuera reescrita para las futuras
generaciones. Es el caso de Nahima quien le sugirió a su esposo Yusef que
debería escribir “...Sobre Siria, sobre Chile, sobre nuestro viaje y el de
todos los sirios que han emigrado a distintos países del mundo...”.
Cuando Yusef le informó que Benedicto Chuaqui va a publicar sus Memorias,
entonces Nahima respondió“ ... son experiencias distintas ... que importan si
dos o más sirios escriben sus memorias. Aunque ambos sean emigrantes, el enfoque
y las conclusiones serán, seguramente, muy distintas...”.
Asimismo, el espacio de
libertad que encontró este grupo inmigrante en el país incentivó a la mujer
árabe inmigrante y descendiente para que persuadieran a su esposo de que se
independizara del poder patriarcal e iniciara su propia empresa. Esta situación
se presenta en la novela de Garib, donde, Yamile, la esposa de Chafik se revela
ante la mansedumbre patriarcal de su esposo: “... ‘Si es así, habla con tu
papá y exígele tu parte en la sociedad; ya es hora de independizarnos’. A
Chafik le dieron ganas de arrojarle la palmatoria por la cabeza, o el primer
objeto al alcance de la mano. ‘¿Acaso ignoras que la tienda no vale nada?’. ‘Sí,
pero tus hermanos gastan a manos llenas; Amín y su mujercita Soraya no se
pierden ninguna película y Nadia y Jazmín no paran de comprarse ropas caras’.
Chafik se alzó para darle una bofetada, pero se contuvo al verla altiva,
dispuesta a defenderse. En los ojos de la mujer había un resplandor de
madrugada, de iras acumuladas a través de los años. Se miraron como si entre
ambos hubiese viejas rencillas son resolver. ‘No tienes agallas para nada,
Chafik; siempre andas agarrado a las pretinas de tu papá ya a las polleras de la
india...’”.
Se trataba de un acto de rebeldía de la mujer árabe ante la familia,
precisamente motivada por su adaptación a las nuevas condiciones sociales y
económicas. Estas, sin duda, mermaron una parte de la pertenencia e identidad
cultural árabe heredada de los inmigrantes, ya sea por el desuso del idioma, ya
sea por los cambios de la actividad comercial a la industrial y a otras áreas de
interés. Más aún, las transformaciones sociales en el interior de esta comunidad
árabe, en contacto permanente con el otro, influyeron en su auto percepción y
motivó, en algunos casos, el arribismo. Un modelo de esta situación también se
da en la novela de Garib, cuando algunos miembros de las nuevas generaciones de
descendientes de árabes optan por despreciar y renegar de sus ancestros. Así,
las hijas de Bachir Magdalani eran “...las más decididas a cambiar sus
relaciones sociales, a borrar de una plumada todo vestigio que las pudiese
vincular a inmigrantes pobres, analfabetos, en su mayoría provenientes de los
campos...”.
Y en la víspera de su presentación en sociedad “...el mayordomo retiró del
salón...por orden de las señoritas...la fotografía de Aziz Magdalani... cuando
tenía alrededor de treinta y cinco años. Vestido a la usanza árabe, con el
infaltable hatta sobre la cabeza -el pañuelo de la identidad...”.
La deshonra infligida a la mansión Magdalani por los jóvenes aristócratas
chilenos determinó que las hijas de Bachir, Penélope del Pilar y Andrea,
decidieran huir a Europa para ocultarse de la vergüenza, aunque “...
permanecer ocultas, lejos de sus amistades, como si estuviesen apestadas, las
sulfuraba. Hasta los diarios y revistas se referían a lo que alguno tituló:
‘Escandalosa fiesta en mansión de magnate árabe’. Si al menos hubiese dicho
‘magnate italiano’, se lamentó Andrea...”.
Cabe señalar que, tanto
la lejanía como la imposibilidad del regreso al hogar natal predispuso, según la
novela de Littin, a la mujer inmigrante a un acto de subversión ante la
tradición árabe, cuando una -o siete mujeres- desafían la ética y la moral
ancestrales, y, voluntariamente, entregan su virginidad a un joven defensor de
sus honras, para, en un acto de solidaridad, convertirlo en su ‘sidi’ (mi señor,
mi dueño). Así, durante el cruce de los macizos andinos “...sintió que un
cuerpo se acercaba al suyo...Abrió los ojos tratando de reconocer a quién se le
acercaba, pero le taparon el rostro con las manos: supo entonces que era una de
ellas...Así fue una y otra noche, siempre el mismo ritual: los mismos murmullos,
la boca tapándole los ojos, los tenues gemidos, los cuerpos apegados y su sombra
desapareciendo en lo sutil del aire, en la transparencia de la nieve...”.
Si bien la mujer árabe
inmigrante, por su condición de pionera, se mantuvo distante en general de la
esfera pública, será la descendiente y las nuevas generaciones quienes van a
defender su derecho a estudiar y a ejercer la actividad pública, principalmente
cuando se refiere a la afirmación de la identidad de sus ancestros, como es el
caso de Renata que “... se había incorporado al movimiento feminista y a
menudo se la veía entre un grupo de mujeres, que protestaban ante las puertas
del Congreso Nacional...”,
y es la misma joven rebelde, símbolo de la mujer árabe que clama por el problema
de Palestina cuando “...apareció fotografiada en el diario encadenada a las
rejas de la embajada de Israel, junto a otros estudiantes universitarios, para
conmemorar la matanza de palestinos en la aldea de Deir Yassin...”.
Conclusión
Estas novelas
contribuyen al conocimiento de la situación de la mujer árabe, desde su lugar de
origen, hasta su inserción en el espacio chileno. A través de ellas se despliega
su condición de sometimiento al poder patriarcal, que se reitera en su calidad
de esposa de inmigrante, pero disminuye con la descendiente; también se asiste a
la educación tradicional doméstica que la adiestra para prepararla como esposa y
madre, y para que se convierta en guardiana de los sagrados valores de la
sociedad, al servicio de las estructuras patriarcales. En esta dimensión, ella
tiene una función conservadora de la memoria colectiva, de los elementos
identitarios de la comunidad.
Durante su traslado, luego en la
adaptación y su posterior integración en la sociedad chilena, la mujer árabe
inmigrante trata de conservar, en general, la obediencia, la humildad y la
paciencia como virtudes apreciadas por la mirada masculina; sin embargo, serán
cuestionadas por las descendientes de las nuevas generaciones, cuyas madres
incentivaran en ellas otros conocimientos, además de los domésticos. Por otro
lado, la mujer inmigrante fue testigo de una sostenida pérdida de la herencia
cultural de sus ancestros, y la descendiente tal vez la fomentó en sus hijos, en
beneficio de la adaptación y la integración en este país, como fue el desuso del
idioma árabe, la recurrencia de matrimonios exogámicos. No obstante, en el
interior de la casa de los actuales descendientes árabes aún permanecen latentes
ritos y costumbres, comidas y bebidas, cantos y bailes, expresiones cotidianas,
rasgos identitarios esenciales, respetados, compartidos y preservados desde
antiguo.