ISLAM Y AL-ANDALUS

YIA.LM

  HISTORIA DE AL-ANDALUS

 

           EL ISLAM EN AMÉRICA DESPUÉS DEL DESCUBRIMIENTO

 

LA MUJER EMIGRANTE Y DESCENDIENTE EN LA NOVELÍSTICA CHILENO-ÁRABE

María Olga Samamé Barrera. Universidad de Chile

 

 

Resumen

 

En esta escritura, entre otras temáticas que la sustentan, es dable considerar el rescate de la figura de la mujer emigrante y descendiente para elevarla a categoría artística, y recrear su presencia, desde su lugar de origen y desvinculación, hasta llegar a su adaptación, inserción e integración en la sociedad de acogida. En este proceso es posible observar cómo la emigrante y la descendiente han tenido una función conservadora de la herencia cultural de sus ancestros, no obstante su paulatina y sostenida pérdida.

 

            La inmigración árabe en Chile y el proceso de integración en la sociedad que la acoge tienen sus raíces, en gran medida, en la unidad de la estructura familiar y en el sentimiento de lealtad entre sus miembros. Desde esta perspectiva, la presencia de la mujer árabe inmigrante y descendiente ha tenido indiscutible relevancia en cada etapa de este proceso migratorio, el cual  comprende un momento de adaptación, otro de integración y, finalmente, uno de socialización. Esto ha permitido germinar, desde un principio y en forma sostenida, un sentimiento de pertenencia a este país receptor y conservar parte de los valores ancestrales de su cultura originaria.

 

            La inmigración árabe en Chile ha sido objeto de numerosos estudios de variada impronta. La mayor parte ofrece información sobre la distribución espacial de los árabes levantinos (palestinos, sirios y libaneses) y sus correspondientes modalidades de inserción en las estructuras sociales, económicas y políticas de la nación. En cuanto a la figura de la mujer árabe inmigrante y descendiente, estos estudios la enfocan desde una perspectiva estadística cuando forma parte del matrimonio endogámico y exogámico; en el fortalecimiento del núcleo familiar, en las actividades económicas, culturales y sociales, tendientes a consolidar la integración de la colectividad árabe en Chile. Para acceder, desde otra dimensión, a su quehacer cotidiano es preciso recurrir, entre otras fuentes literarias, a la producción novelística de escritores chilenos de origen árabe, porque, de suyo, ofrecen un conocimiento artístico en esta representación. Estas novelas son las siguientes: Memorias de un emigrante (1957), de Benedicto Chuaqui; Los Turcos (1960), de Roberto Sarah; Aldea Blanca (1977), de José Ahuil Hanna; El valor de vivir (1985), de Ema Cabar; Centro de Estudios Árabes El viajero de las cuatro estaciones (1990), de Miguel Littin; El viajero de la alfombra mágica (1991), de Walter Garib; Peregrino de ojos brillantes (1993), de Jaime Hales y Nahima (2001), de Edih Chahín.[1]. Cada uno de estos autores le otorgan a la mujer árabe un espacio determinado desde su perspectiva narrativa; así, Chuaqui emplea la memoria como fundamento de su narración; rememora y rescata situaciones emotivas, nostálgicas y dolorosas de su transitar pretérito; en tanto Sarah se distancia en el relato en tercera persona y con relativa objetividad para narrar, interpretar y describir la interioridad, pensamientos y sentimientos de sus personajes. Nuevamente se presenta en la obra de Ahuil Hanna la evocación sencilla, nostálgica y emotiva al narrar pequeñas historias y anécdotas de un pequeño pueblo del Medio Oriente. La autora Ema Cabar se distancia -aun cuando su narración tiene acentos autobiográficos- para narrar la atormentada existencia de una mujer emigrante y poner en evidencia algunos temas tradicionales ancestrales, además del triunfo final del amor. Littin incorpora en su novela los recuerdos de su abuelo griego, salvador de la honra de mujeres árabes inmigrantes y, Garib, por su parte, retoma la tercera persona para instar al lector a descubrir y recomponer la historia laberíntica narrada de un mosaico de voces con fracturas témporo-espaciales. Hales recurre a la narración testimonial y a la tercera persona para incorporar diversos planos narrativos, de impronta onírica y predictiva, que desembocan en un inesperado destino. Finalmente, Chahín emplea la novela biográfica y la investigación personal para reconstruir la vida de su madre emigrante.

 

Escenario cotidiano de la mujer árabe y su proyección en la tierra de adopción, según las novelas.

 

            La dominación turco otomana en la región levantina no afectó de manera sustancial la forma de vida de las familias árabes que integraban los millet [2] respectivos, a saber: predomina el sistema patriarcal, el matrimonio endogámico, los trabajos agrícolas, o la artesanía, o los telares, las costumbres y tradiciones ancestrales, la moral y ética de la religión cristiana de rito ortodoxo o de otras confesiones. En lo que respecta a la mujer, ella tiene su escenario en el interior de la casa, lugar que se estima haram (prohibido), en tanto morada de ella; por consiguiente, es un espacio sagrado e íntimo y que debe ser protegido de toda profanación. En este lugar la mujer tiene una existencia subordinada, pues recibe enseñanza doméstica y una educación ética y moral. Con estos conocimientos se la prepara para el matrimonio, la atención del esposo y la crianza de los hijos. Y al mismo tiempo que realiza las labores de casa, junto a otras mujeres integrantes del clan familiar, se alimenta su espíritu con las narraciones provenientes del imaginario colectivo milenario.

 

            En este ámbito, a veces la sabiduría de la mujer árabe trasciende el espacio público privativo de los hombres, principalmente cuando su saber procede del ámbito religioso de impronta cristiana. De esta manera, cuando una mujer mayor realiza la peregrinación a Jerusalén y tiene, además, poderes curativos, adquiere la calidad de santa entre los miembros de su comunidad.  Un modelo de este tipo de mujer lo presenta Chuaqui a través de su bisabuela, quien “...había alcanzado el rango de Halle, distinción religiosa, después de una peregrinación por Tierra Santa. Nunca nos visitó, pues se había opuesto tenazmente al matrimonio de mi madre, que consideraba deshonroso para la familia..” [3].  Ella le había devuelto la vista a su propio hijo, por intersección de un médico canonizado por la iglesia ortodoxa cuando: “... A él dirigió sus preces...   Y en una ocasión en que estaba sola en la iglesia, el santo le habló diciéndole que recogiera polvo del patio de la parroquia y lo pasara por los ojos de su hijo... y a los pocos días éste recuperó la vista...” [4]. Sin duda que estos milagros o prodigios asombrosos quedaban inscritos en la memoria colectiva y se transmitían por tradición.

 

            Otra forma de sabiduría femenina árabe se despliega en la figura de cierta mujer nacida del misterio, de la eterna reencarnación, y que ha venido al mundo a descifrar los sueños incomprensibles que someten al hombre en la angustiosa existencia. En esta perspectiva, el autor Hales presenta a Amina,  misteriosa y freudiana, compendio del saber ancestral tradicional, profetisa y vínculo entre los hombres y la divinidad que devela los laberintos oníricos del sufriente: “...Youseff... Vamos a entrar en la antesala del sueño.  Yo te guiaré suavemente...Será como entrar en ti, en lo más profundo...las pesadillas...son los gritos desesperados del alma que te quiere comunicar sus mensajes ... si rehuyes las verdades que te quiere contar, el alma se desespera y te grita,... te envía imágenes horribles...Vamos a avanzar sin resistencia, para conocer el miedo,... pero no nos despertaremos, no abriremos los ojos, para dejar que fluyan los mensajes hasta la luz...”[5].

 

            La separación del espacio privado de la mujer del espacio público que le pertenece al hombre determina, de alguna manera, su situación subordinada. Así, por ejemplo, la tradición familiar establece que la mujer debe casarse joven, según Chuaqui “...no se consideraban a aquellas muchachas mayores de dieciocho años. En un país en donde había menos mujeres que hombres, era evidente que alguna grave tacha tenía la joven que no se había casado en esa edad...”[6]; el autor agrega que parientes viciosos o dementes también son factores importantes que influyen en su soltería. Según la tradición, cuando un joven deseaba casarse busca los servicios de parientes o amigos para que le busquen la novia. Era una tarea ardua, pues había que indagar sobre solteras jóvenes y, en lo posible, agraciadas, de tal suerte que, a menudo, una mujer fea transitaba oprobiosamente a la soltería. Esta situación Sarah la recrea en una joven inmigrante en Chile, cuyos padres deseaban casarla aunque fuera con el jorobado Ya’cub quien, al observarla con atención, se dio cuenta de que “... Estaba delante de una muchacha alta y feísima; era recta como un poste, liso el pecho y las caderas anchas; parecía una mala caricatura, además tartamudeaba al hablar y le faltaban algunos incisivos...[7]. También era frecuente que la soltera fuera contratada para realizar la tarea de crianza y educación de niños huérfanos dentro de una familia emparentada e, incluso, podía convertirse en la esposa del viudo de su hermana muerta.

 

            Con frecuencia era el padre quien decidía casar a su hija con un joven de su elección, especialmente cuando percibía que ella experimentaba algo indescifrable. La madre se encargaba de darle la noticia: “... Mi preciosa hija Anise... Debo  comunicarte que tu padre te ha encontrado novio y debes prepararte para la boda... Se llama Búlus... Está seguro de que te ama y que tú también le querrás... Madre, ¿cómo es? ¿es alto?... Tu padre lo conoce ¿pero que importa como sea. Un novio es un novio y eso es suficiente.  Vete ahora a la cocina...[8] . En estas circunstancias, solo le restaba a la novia idealizar a su desconocido novio: “... Sí, le amaré... le prepararé la comida que apetezca... Oh Alah, haz que no sea demasiado feo y que no tenga la nariz larga...[9].

 

Generalmente, la madre preparaba y entregaba a la hija un conocimiento mínimo sobre la sexualidad en el matrimonio pues, según la novela Nahima, esa madre temía que esos temas afectaran la inocencia y la pureza de las hijas. Para la madre de Nahima “... las mujeres no deben hablar de esas cosas... Los hombres sí que hablan entre ellos de eso y de muchas otras cosas...[10] . Por este motivo, la madre sugirió a Nahima que guardara discreción y prudencia ante su embarazo “... Ahora, escúchame hija, quiero que no hables con tus hermanas sobre tus mareos y otros síntomas del embarazo. Ellas son solteras y muy ingenuas, no me gustaría que despertaras su curiosidad y te acribillasen a preguntas sobre tu estado y la intervención que tuvo Yusef en él. Quiero que sigan siendo inocentes y puras...[11]. No obstante esta recomendación, Nahima  adopta una actitud emancipadora y rebelde que se adelanta a su época, pues ella sostiene que la sexualidad es un tema que debería ser enseñado, compartido y desmitificado: “... Alguien tiene que empezar a cambiar las costumbres, madre, alguien debe arriesgarse, a pesar de las burlas y de las malas lenguas. Alguien, y en este caso tendría que ser alguna madre de familia la que debe dar el primer paso y enseñar a sus hijas los misterios de la vida, en vez de esconderlos bajo siete velos...”[12]. La defensa de sus principios estaba basada en su experiencia de mujer recién casada, pues su “... convivencia con Yusef le abrió los ojos y le hizo descubrir la belleza del amor, la entrega física de sí misma, la plenitud del ser...”[13]. La respuesta de la madre fue tajante: “...¡No!... ¡te prohibo hablar de eso con tus hermanas! No lo puedo permitir. Tampoco quiero seguir hablando de estos asuntos tan poco femeninos. Compréndeme  tú, y obedece lo que tu madre te aconseja. ¿Qué opinarían de mí mis hermanas, primas y amigas si alguna vez una de mis hijas habla de estos temas con sus hijas que no deben saber nada de nada? Dirían que mis hijas son mujeres descaradas, libertinas y ordinarias...”[14]

 

            La mujer inmigrante viajaba no solo para casarse; también lo hacía para relevar en las tareas domésticas y trabajar con sus parientes instalados en sus baratillos. Al respecto, Chuaqui señala que le envió a su padre en Homs “...diez libras esterlinas a fin de que me hiciera venir a Chile a mi hermana Tagafol, quien me serviría en personales quehaceres y en la atención de mi negocio...”[15]. Muchos de los jóvenes inmigrantes árabes temían desafiar a la familia y practicar la exogamia, dado que la tradición exigía coherencia entre sus miembros, reafirmar la identidad diferenciada, consolidar el honor colectivo que se ajusta a un sistema de linaje patrilineal. En esta perspectiva, Sarah presenta la preocupación de Mitri cuando su amigo Hanna decide casarse con chilena: “...Déjala Hanna. ¡Te lo aconsejo! ¡Te sentirás avergonzado! Vivirás siempre como un ermitaño, oculto de los nuestros. ¡Nuestra sociedad va creciendo¡ Hay muchachas casaderas entre nuestros compatriotas...aun sin necesidad de volver al iliblad, como pensábamos. Las hay bellísimas, ¡créeme!. Las he visto más de una vez. Solo están esperando que las conozcas... ...Si tanto quieres a esa mujer, vive con ella, ¡pero no te cases!... Darás un golpe de muerte a tus padres...”[16]. En efecto, Hanna se sentía presionado por el amor hacia una mujer chilena y el deber y obediencia a la tradición  de sus padres. Estos, preocupados le habían escrito una carta: “... Tu madre no cesa de contemplar la fotografía que le has mandado, con aquella extraña vestimenta americana...Ha pensado que estás en edad de casarte, y ese pensamiento la alegra, pues sabe que es lo único que te obligaría a regresar pronto a nuestro lado... Si es así, querido hijo, m complacería empezar a buscarte novia; hay aquí muchachas en abundancia, sobre todo para uno que ha venido de América...[17].

 

            La viudez de una joven rica, madre de hijas pequeñas, por consiguiente, sin sucesión masculina, concitaba, en más de una ocasión, el recelo de los parientes cercanos, quienes convocaban los derechos ancestrales que la tradición demandaba. Así narra Ema Cabar la situación de una emigrante con su hija quien, al verse despojada de la herencia de su esposo, es acosada por los familiares: “... Una tarde, mientras esperaba la llegada de sus hijas, recibió la inesperada visita de su cuñado... No se te ocultará... que de acuerdo a las leyes de nuestro país, la muerte de mi hermano sin sucesión masculina me consagra como su legítimo heredero. Por lo tanto, de hecho, todos sus bienes pasan a integrar mi propiedad. Del mismo modo la ley me obliga a constituirme en tutor de sus hijas...”[18] Ante esta situación y otros sufrimientos, decidió emigrar hacia América del Sur. Los acontecimientos se centran en Chile y en Perú donde la hija de Ema sufre la persecución familiar. Posteriormente regresa al sur de Chile, a la ciudad de Chillán, donde finalmente la joven encuentra el amor y el descanso espiritual.

 

            Algunas jóvenes inmigrantes árabes revalidaban el compromiso matrimonial adquirido por sus padres e iniciaban el viaje a Chile, ya sea con otras familias o en grupos. Su inmigración, por tanto, dependía de otros. Era una travesía incierta, arriesgada y en condiciones difíciles que implicaba el bajo costo de la tercera clase.  Debían soportar hacinamiento, necesidades e inseguridad. Al respecto, Littin no solo recrea la llegada de su abuelo materno griego, desde Esmirna hasta el pueblo de Palmilla en Chile, sino que ilustra la difícil situación de treinta y nueve mujeres árabes inmigrantes, casadas por acuerdos familiares. Así, el abuelo relata que, durante la travesía marítima “...escuché gritos desesperados, lamentos despavoridos, voces de mujeres suplicando en árabe...De pronto vio a tres marineros intentando violar a una de ellas, inmovilizando su cuerpo, abriéndole las piernas, rasgando sus vestiduras... preso de una furia sin límites se abalanzó sobre ellos arrebatándoles a la joven...”[19]. En efecto, el abuelo del autor las salvó del deshonor, acompañándolas luego para que se reunieran con sus esposos que vivían en el centro y sur del país. Refiere Littin que, en su mayoría, estas mujeres no conocían a sus esposos y, por tal motivo, sentían curiosidad y expectación. A la postre, el encuentro provocaba alegría y satisfacción pero también desencanto: “...Rocía se puso de pie tratando de adivinar cuál de los dos jóvenes era el Jalil que ella buscaba, sólo le bastó mirarlos para saber que su Jalil idealizado tantas veces, soñado en tantas noches, no era otro que el oscuro hombre del rostro marcado por la viruela...[20]. A menudo la novia debía trabajar en el negocio, a fin de que el suegro recuperara en parte “... el pasaje que tuvo que mandar, por el maldito compromiso que había contraído hacía tanto tiempo...[21].

 

            Una vez instalada la familia en la tierra de acogida, la mujer árabe inmigrante y descendiente tenían la oportunidad de contraer matrimonio cuando asistía a las reuniones de la colectividad árabe. Este era un espacio creado para mitigar la circunstancia escindida de recuerdos y añoranzas de los árabes pioneros y para consolidar los lazos identitarios e integradores de sus miembros. Precisamente, a través de los enlaces matrimoniales estas mujeres se convirtieron en un instrumento de unión y fortalecimiento de las estructuras tradicionales económicas y sociales. Habitualmente la hija de un próspero empresario inmigrante se convertía en una oportunidad ineludible: “...Cierto día Mitri anunció a sus amigos que estaba enamorado de la hija de un compatriota y que habíase propuesto desposarse con ella...Se llamaba Betía, y era la hija de un tal  Casfura, un acaudalado comerciante, que acababa de instalar una hilandería, y dueño de muchas propiedades...Betía Casfura, su prometida -pues no tardó en serlo oficialmente- era una muchacha de diecisiete años, de rostro pálido y grandes ojos negros que miraban con vivacidad. Parecía un tanto ajena a todo lo que significaba una boda, y sus ademanes y hasta su voz eran patéticamente espontáneos y puros... _¡Eso es lo más me conmueve en ella! -confesó un día Mitri, a solas a Hanna Nabal-. Juraría que jamás la ha tocado un hombre, ni siquiera rozado una mano... ¿No te parece maravilloso, después que uno ha conocido tantas mujerzuelas? [22].

 

            La reactualización de un personaje ancestral, la casamentera, se presenta en la novela Nahima y que- a falta de un sacerdote- concierta matrimonios, mediante cierto pago acordado. Así, el esposo Yusef, convertido en tutor de tres jovencitas, debió acudir a los servicios de Om Chakik “...la mejor, la más honrada y la que mejor conoce a los hombres... que también ayudaba a animar las fiestas o a llorar en los funerales... que podría prestar innumerables servicios... [23]. Su actividad consistía en examinar a las niñas minuciosamente para así ponderar sus atributos y cualidades ante los ansiosos pretendientes que suspiraban, además, por las habilidades culinarias de las jóvenes sirias.

 

            Empero, una vez casada la mujer está sometida a otra presión social determinante, esto es concebir un primogénito varón, el cual, según la tradición árabe, perpetúa el honor del padre, consolida los lazos agnaticios, se constituye en el soporte económico, prolonga y fortalece el clan familiar; mientras que el nacimiento de una hija expone al progenitor a tribulaciones y eventuales afrentas y, cuando se casa, solo contribuye a aumentar el número de otras familias. Al respecto, Ahuil Hanna recuerda el grave problema que ocasionó a su tío en Palestina el nacimiento consecutivo de tres hijas: al nacer la primera, culpó a su esposa; cuando nació la segunda, sintió humillación e indignación y, con la tercera hija, consideró que era el desastre final; por tal motivo tomó una escopeta, subió a la azotea de la casa y desafió al cielo con un cañonazo. Hanna termina diciendo que “...Al año siguiente nació mi primo Jalil...”[24].

 

Sin duda que la mujer árabe experimentó un sentimiento de culpa, incertidumbre y  preocupación al ver que demoraba el nacimiento del anhelado hijo varón. Así le ocurrió a Nahima quien experimentó el dolor y la desesperación cuando le nacieron hijas en lugar del añorado primogénito. Realizó “mandas” a la Virgen del Carmen y se encomendó a San Elián, patrono de Homs, a San Francisco, a San Ramón Nonato. Al fin, segura de que su cuarto hijo sería varón, le pidió a Yusef que preparara su escopeta y disparara tres veces al aire, anunciando el feliz acontecimiento. Nació el hijo que murió un poco después. Pasaron otros años y Nahima por fin dio a luz un niño y su padre, Yusef, “... regaló dinero y juguetes a manos llenas para celebrar la llegada de Antonio el día que lo bautizaron. Las fiestas duraron casi una semana, y las felicitaciones continuaron llegando durante varios meses... ”[25].

 

Tampoco el inmigrante Mitri, en la novela de Sarah, valora la llegada de una hija primogénita cuyo “... nacimiento lo había desilusionado, pues aguardaba un hijo varón.  Las hijas mujeres - comentaba - no servirán para ayudarme en la fábrica. Están bien para la iglesia y la cocina. Sufría Betía antes esas palabras y a veces lloraba en silencio, a escondidas de él, pues sabía que se irritaba al verla con lágrimas en los ojos. A Mitri le costaba soportar el llanto de las mujeres...”[26].

 

Era frecuente que el padre inmigrante vigilase la educación de las hijas en la casa; pocos consentían en que ellas cursaran estudios secundarios, o accedieran a alguna carrera profesional; de tal suerte que, cuando las hijas de Aziz Magdalani,  Nadia y Jazmín, desearon continuar con alguna carrera pedagógica el padre “... se opuso, invariable en la tozudez de siempre; para él, las mujeres debían completar su educación en la casa, bajo la tutela de sus padres. De lo contrario, parecía difícil que hubiese hombres dispuestos a casarse con ellas. ‘Yo no sé leer ni escribir, y me defiendo muy bien’, argumentaba... ‘¿Acaso no he sido bastante magnánimo al aceptar que estudiasen hasta terminar las humanidades?’”...[27].

 

Sin duda que la mujer inmigrante casada, además de afrontar el desarraigo, la soledad y la lejanía del balad, el pueblo añorado, debió soportar otra situación penosa cuando se comprobaba su esterilidad. A menudo la fidelidad y la comprensión de su esposo podían mitigar esta aflicción. Al respecto, Littin señala en su novela que  “... María, a pesar de su incurable tristeza, anhelaba darle un hijo que se llamara... Salman. Muchas veces [el esposo] la encontraba mirándose el vientre estéril en el espejo del ropero lacado que habían transportado a través de los mares y luego a lomo de mula, cuando también como los demás cruzaron la cordillera de los Andes...”[28].

 

            En general, la actitud pasiva, obediente y humilde de la mujer árabe, sea inmigrante o descendiente, le impedía intervenir en la libertad sexual del esposo, ese miembro activo de la familia que trabaja, provee y que, incluso, puede tener amantes ocasionales o concubinas. Esta conducta del esposo es aceptada como un privilegio de su género: “...Cuando Afife se hallaba impedida de yacer porque estaba menstruando o por su embarazo demasiado avanzado, Aziz visitaba en el fondo de la casa a la Nativa guaraní, para amarla como lo hacía de soltero... sin importarle que Afife se enfadara; bien sabía que no lo iba a reprender; a lo sumo le diría que no era bueno tener dos mujeres bajo el mismo techo...”[29]. Más tarde, Afife en la agonía de un pos parto “...le cogió las manos a su marido, se las apretó y en un susurro imperceptible para un oído distinto al de Aziz, le dijo: ´Ahora puedes amar a la Nativa guaraní si quieres´...”[30].

 

            En lo que concierne a la educación de los hijos, la mujer árabe se preocupó, desde los inicios de la inmigración, de que ellos preservaran las costumbres y tradiciones ancestrales, a saber: mantener en las fiestas la separación entre hombres y mujeres, inculcarles a las hijas defender el origen árabe de sus padres, cocinar los platos típicos, optar por el matrimonio endogámico. Pero el gradual y sostenido proceso de inserción e integración en la sociedad de adopción estimuló la transgresión a la norma, puesto que las fiestas eran mixtas, la cocina chilena se entremezclaba con la árabe y los hijos se casaban tanto con chilena o con mujer de otras etnias inmigrantes. En esta perspectiva, Garib representa en Yamile a la mujer celosa de su estirpe clánica y una suerte de prototipo fundamentalista femenino de la tradición árabe en la defensa de los enlaces endogámicos: “... Aún estaba latente en la familia el recuerdo del día en que Yamile, al saber a través de una amiga que su hijo Chucre se había casado a escondidas con una extraña a sus costumbres, religión y nacionalidad y, para colmo, secretaria de la tienda, lo maldijo...”[31]. En efecto, esta madre se sirvió inclusive de la brujería en un vano esfuerzo por desbaratar el consumado enlace, porque “...sólo pensaba en la manera de destruir a la mujer de su hijo... consiguió una fotografía de la entrometida Marisol, y le atravesó alfileres...”[32]. Al nacer el nieto Yamile se mantuvo indiferente e insensible con su hijo Chucre: “... cuando llevó a su hijo Jorge de poco más de un año, para que lo conociera. Yamile ni siquiera miró al hijo ni al nieto. Su mirada pétrea estaba puesta sobre un libro que leía, hojeaba o le servía para explicar su desamor. Una, dos, tres veces Chucre trató en vano de quebrar la indiferencia materna mediante súplicas, ruegos desmedidos, al extremo de arrodillarse ante ella, como última alternativa. “Mamá, mamá -gritó ante el evidente desdén-, ambos somos Magdalani, sangre de tu sangre”. Yamile humedeció impertérrita su dedo índice para volver la hoja del libro...[33]. Ella meditaba inflexible lo que estimaba una afrenta familiar: “...Si se había casado contra la voluntad de la familia, que reventara solo...”[34].

 

            Sin duda que la mujer árabe inmigrante y descendiente contribuyeron activamente en el establecimiento, desarrollo y prosperidad de los esposos, hermanos y parientes, ya sea en el espacio doméstico o con la venta de las cosas de tienda, mientras los hombres salían fuera de la ciudad, para vender sus productos, o con la ventas de sus joyas, cuando las necesidades económicas así lo demandaban e, incluso, llegó a dirigir a los empleados en la emergente empresa comercial. En rigor, como la mayoría de los inmigrantes en este país, estas mujeres tuvieron voluntad, perseverancia, espíritu de sacrificio, deseo de progresar, aunque fuera a veces en condiciones adversas. Al parecer, las dirigía un sentimiento común: la competencia y el orgullo del árabe de no dejarse aventajar por otro árabe, y que se conjugaba en ese deseo íntimo de ‘¿por qué no puedo hacerlo yo?’, pero siempre con camaradería y solidaridad.

 

            En esta perspectiva, la figura de Nahima representa la fortaleza de una mujer joven, viuda con varios hijos, de precaria situación económica, que venció las dificultades con tenacidad y perseverancia, transando, a pesar suyo, una parte de su identidad en el lento proceso de integración.

 

            Más aún, alguna inmigrante sintió un profundo deseo de que la historia de su tierra lejana y la odisea de la inmigración hacia Chile fuera reescrita para las futuras generaciones. Es el caso de Nahima quien le sugirió a su esposo Yusef que debería escribir “...Sobre Siria, sobre Chile, sobre nuestro viaje y el de todos los sirios que han emigrado a distintos países del mundo...[35]. Cuando Yusef le informó que Benedicto Chuaqui va a publicar sus Memorias, entonces Nahima respondió“ ... son experiencias distintas ... que importan si dos o más sirios escriben sus memorias. Aunque ambos sean emigrantes, el enfoque y las conclusiones serán, seguramente, muy distintas...[36].

 

            Asimismo, el espacio de libertad que encontró este grupo inmigrante en el país incentivó a la mujer árabe inmigrante y descendiente para que persuadieran a su esposo de que se independizara del poder patriarcal e iniciara su propia empresa. Esta situación se presenta en la novela de Garib, donde, Yamile, la esposa de Chafik se revela ante la mansedumbre patriarcal de su esposo: “... ‘Si es así, habla con tu papá y exígele  tu parte en la sociedad; ya es hora de independizarnos’. A Chafik le dieron ganas de arrojarle la palmatoria por la cabeza, o el primer objeto al alcance de la mano. ‘¿Acaso ignoras que la tienda no vale nada?’. ‘Sí, pero tus hermanos gastan a manos llenas; Amín y su mujercita Soraya no se pierden ninguna película y Nadia y Jazmín no paran de comprarse ropas caras’. Chafik se alzó para darle una bofetada, pero se contuvo al verla altiva, dispuesta a defenderse. En los ojos de la mujer había un resplandor de madrugada, de iras acumuladas a través de los años. Se miraron como si entre ambos hubiese viejas rencillas son resolver. ‘No tienes agallas para nada, Chafik; siempre andas agarrado a las pretinas de tu papá ya a las polleras de la india...’”[37]. Se trataba de un acto de rebeldía de la mujer árabe ante la familia, precisamente motivada por su adaptación a las nuevas condiciones sociales y económicas. Estas, sin duda, mermaron una parte de la pertenencia e identidad cultural árabe heredada de los inmigrantes, ya sea por el desuso del idioma, ya sea por los cambios de la actividad comercial a la industrial y a otras áreas de interés. Más aún, las transformaciones sociales en el interior de esta comunidad árabe, en contacto permanente con el otro, influyeron en su auto percepción y motivó, en algunos casos, el arribismo. Un modelo de esta situación también se da en la novela de Garib, cuando algunos miembros de las nuevas generaciones de descendientes de árabes optan por despreciar y renegar de sus ancestros. Así, las hijas de Bachir Magdalani eran “...las más decididas a cambiar sus relaciones sociales, a borrar de una plumada todo vestigio que las pudiese vincular a inmigrantes pobres, analfabetos, en su mayoría provenientes de los campos...”[38]. Y en la víspera de su presentación en sociedad  “...el mayordomo retiró del salón...por orden de las señoritas...la fotografía de Aziz Magdalani... cuando tenía alrededor de treinta y cinco años.  Vestido a la usanza árabe, con el infaltable hatta sobre la cabeza -el pañuelo de la identidad...[39]. La deshonra infligida a la mansión Magdalani por los jóvenes aristócratas chilenos determinó que las hijas de Bachir, Penélope del Pilar y Andrea, decidieran huir a Europa para ocultarse de la vergüenza, aunque “... permanecer ocultas, lejos de sus amistades, como si estuviesen apestadas, las sulfuraba. Hasta los diarios y revistas se referían a lo que alguno tituló: ‘Escandalosa fiesta en mansión de magnate árabe’. Si al menos hubiese dicho ‘magnate italiano’, se lamentó Andrea...”[40].

 

            Cabe señalar que, tanto la lejanía como la imposibilidad del regreso al hogar natal predispuso, según la novela de Littin, a la mujer inmigrante a un acto de subversión ante la tradición árabe, cuando una -o siete mujeres- desafían la ética y la moral ancestrales,  y, voluntariamente, entregan su virginidad a un joven defensor de sus honras, para, en un acto de solidaridad, convertirlo en su ‘sidi’ (mi señor, mi dueño). Así,  durante el cruce de los macizos andinos “...sintió que un cuerpo se acercaba al suyo...Abrió los ojos tratando de reconocer a quién se le acercaba, pero le taparon el rostro con las manos: supo entonces que era una de ellas...Así fue una y otra noche, siempre el mismo ritual: los mismos murmullos, la boca tapándole los ojos, los tenues gemidos, los cuerpos apegados y su sombra desapareciendo en lo sutil del aire, en la transparencia de la nieve...”[41].

 

            Si bien la mujer árabe inmigrante, por su condición de pionera, se mantuvo distante en general de la esfera pública, será la descendiente y las nuevas generaciones quienes van a defender su derecho a estudiar y a ejercer la actividad pública, principalmente cuando se refiere a la afirmación de la identidad de sus ancestros, como es el caso de Renata que “... se había incorporado al movimiento feminista y a menudo se la veía entre un grupo de mujeres, que protestaban ante las puertas del Congreso Nacional...”[42], y es la misma joven rebelde, símbolo de la mujer árabe que clama por el problema de Palestina cuando “...apareció fotografiada en el diario encadenada a las rejas de la embajada de Israel, junto a otros estudiantes universitarios, para conmemorar la matanza de palestinos en la aldea de Deir Yassin...”[43].

 

Conclusión

 

            Estas novelas contribuyen al conocimiento de la situación de la mujer árabe, desde su lugar de origen, hasta su inserción en el espacio chileno. A través de ellas se despliega su condición de sometimiento al poder patriarcal, que se reitera en su calidad de esposa de inmigrante, pero disminuye con la descendiente; también se asiste a la educación tradicional doméstica que la adiestra para prepararla como esposa y madre, y para que se convierta en guardiana de los sagrados valores de la sociedad, al servicio de las estructuras patriarcales. En esta dimensión, ella tiene una función conservadora de la memoria colectiva, de los elementos identitarios de la comunidad.

 

Durante su traslado, luego en la adaptación y su posterior integración en la sociedad chilena, la mujer árabe inmigrante trata de conservar, en general, la obediencia, la humildad y la paciencia como virtudes apreciadas por la mirada masculina; sin embargo, serán cuestionadas por las descendientes de las nuevas generaciones, cuyas madres incentivaran en ellas otros conocimientos, además de los domésticos. Por otro lado, la mujer inmigrante fue testigo de una sostenida pérdida de la herencia cultural de sus ancestros, y la descendiente tal vez la fomentó en sus hijos, en beneficio de la adaptación y la integración en este país, como fue el desuso del idioma árabe, la recurrencia de matrimonios exogámicos. No obstante, en el interior de la casa de los actuales descendientes árabes aún permanecen latentes ritos y costumbres, comidas y bebidas, cantos y bailes, expresiones cotidianas, rasgos identitarios esenciales, respetados, compartidos y preservados desde antiguo.


 

[1]. Benedicto Chuaqui. Memorias de un emigrante. Santiago de Chile, Editorial Nascimento, 1957; Roberto Sarah. Los Turcos. Santiago de Chile, Editorial Orbe, [1960]; José Ahuil Hanna. Aldea Blanca. Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1977; Ema Cabar. El valor de vivir. Chillán, Ediciones Sociedad Escritores de Ñuble, 1985; Miguel Littin. El viajero de las cuatro estaciones. Santiago de Chile, Mondadori España, 1990; Walter Garib. El viajero de la alfombra mágica. Santiago de Chile, Editorial Fértil Provincia, 1991; Jaime Hales. Peregrino de ojos brillantes. Santiago de Chile, Editora de las Casas, 1993; Edith Chahín.  Nahima. La larga historia de mi madre. Madrid, Editorial Debate, 2001.

[2]. Los millet eran comunidades autónomas y autogobernadas por el jefe religioso correspondiente, a saber: el Patriarca tenía bajo su responsabilidad política social y religiosa a la comunidad árabe cristiana ortodoxa; el Ulema a la musulmana y el Gran Rabino a la judía. Cada jefe de estos millets asumía responsabilidades propias de un Estado y se constituía en un nexo entre los súbditos y las autoridades imperiales otomanas.  Estos millets se distinguieron entre sí por la prosperidad económica o por la dependencia extranjera occidental que los apoyó, hasta tal extremo que algunos -como el cristiano y el judío- pudieron ejercer presiones sobre las decisiones políticas del Imperio en su época decadente. En cambio, una situación de menoscabo social, económico y religioso experimentó, en general, el millet musulmán. Véase, Miriam Olguín. y Patricia Peña. La emigración árabe en Chile. Santiago de Chile, Edición del Instituto Chileno-Árabe de Cultura, 1990. 

[3]. Benedicto Chuaqui. Op. cit., p. 41.

[4]. Ídem, p. 42.

[5]. Jaime Hales. Op. cit., pp. 170 y 179.

[6] . Benedicto Chuaqui. Op. cit., p. 51.

[7]. Roberto Sarah. Op. cit., p. 136.

[8]. Roberto Sarah.  Op. cit., pp. 24-25.

[9]. Roberto Sarah. Op. cit., p. 25.

[10]. Edith Chahín. Op. cit., p. 150.

[11]. Edith Chahín. Op. cit., p. 148.

[12]. Edith Chahín. Op. cit., p. 152.

[13]. Edith Chahín. Op. cit., p. 149.

[14]. Edith Chahín. Op. cit., p. 151.

[15]. Benedicto Chuaqui. Op. cit., p. 216.

[16]. Roberto Sarah. Op. cit., p. 105.

[17]. Roberto Sarah. Op. cit., p. 106.

[18]. Ema Cabar. Op. cit., pp. 16-17.

[19]. Miguel Littin. Op. cit. p. 35.

[20]. Miguel Liitin. Op. cit., p. 82.

[21]. Miguel Littin. Op. cit., p. 83.

[22]. Roberto Sarah. Op. cit., p. 145-146.            

[23]. Edith Chahín. Op. cit., p. 426.

[24]. José Ahuil Hanna. Op. cit., pp. 33-35.

[25]. Edith Chahín. Op. cit., p. 469. En rigor, Nahima tuvo catorce embarazos; sobrevivieron nueve hijos en total: dos varones y siete niñas. Enviudó a los treinta y nueve años y vivió una centuria. La autora, Edith Chahín, es la menor de las mujeres. Véase pp. 482-484.

[26]. Roberto Sarah. Op. cit., pp. 175-176.

[27]. Walter Garib. Op. cit., pp. 221-222.

[28]. Miguel Littin. Op. cit., p. 187.

[29]. Walter Garib. Op. cit., p. 31. 

[30]. Walter Garib. Op. cit., p. 64.

[31]. Walter Garib. Op. cit., p. 24. 

[32]. Walter Garib. Op. cit., p. 237.

[33]. Walter Garib. Op. cit., p. 226.

[34]. Walter Garib. Op. cit., p. 227.

[35]. Edith Chahín. Op. cit., p. 459.

[36]. Edith Chahín. Op. cit., íbidem.

[37]. Walter Garib. Op. cit., p. 163.

[38]. Walter Garib. Op. cit., p. 23.

[39]. Walter Garib. Op. cit., p. 284.

[40]. Walter Garib. Op. cit., p. 283.

[41]. Miguel Littin. Op. cit., p. 72 y 73.

[42]. Walter Garib. Op. cit., p. 18.

[43]. Walter Garib. Op. cit., p. 287