Un autor del siglo XVI
cabalgó por dos mundos, integró los descubrimientos nuevos con los conceptos
heredados del pasado.
En recompensa por sus
servicios como oficial de marina y cartógrafo, el sultán otomano designó a
Piri Reís gran almirante de Egipto, con la responsabilidad de asegurar el Mar
Rojo, el Golfo Pérsico y Océano Indico, todas regiones bajo la amenaza
portuguesa. Su primera expedición, en 1547, fue un éxito. Reconquistó Adén de
los portugueses, tomando la plaza fuerte por asalto y dejando una guarnición
fortificada para defender este puerto estratégico, que controlaba el acceso al
Mar Rojo.
Su segunda expedición,
cuatro años más tarde, fue tan desastrosa que le costó su decapitación.
Piri Reís emprendió su
viaje con una flota compuesta por treinta naves - galeras, galeotas y galeones
- además de las inmensas barcazas de combate que utilizaban tanto los otomanes
como los portugueses. A la altura de la costa sur de Arabia, lo sorprendió una
tormenta, haciéndole perder varias barcazas, pero con el resto de la flota
atacó y tomó el puerto de Mascate. Luego asedió Ormuz pero, por algún motivo -
algunos dicen que fue sobornado - levantó el sitio y siguió avanzando por el
Golfo Pérsico hasta Basora, probablemente con intención de reaprovisionarse.
Ya se había enterado
por boca de un capitán portugués capturado en Mascate que en cualquier momento
se esperaba la llegada de la flota portuguesa al Golfo Pérsico. En Basora,
supo que ésta se aproximaba y decidió abandonar la mayor parte de sus naves y
escapar del Golfo Pérsico antes de quedar cercado por los portugueses. Zarpó a
toda prisa, llevando consigo tres galeras que eran de su propiedad. Perdió una
de ellas cerca de Bahrein, pero con las dos restantes - más el tesoro de la
conquista de Mascate - pudo volver hasta Suez.
Mientras tanto, el
gobernador de Basora había dado parte del fracaso de la expedición al sultán,
quien un tanto precipitadamente envió a El Cairo la orden de ejecutar a Piri
Reís. Así, cuando el almirante llegó a El Cairo, fue decapitado. Tenía
entonces más de 80 años; el precio del fracaso era caro para quien estuviera
al servicio otomano.
Piri Reís fue
sustituído provisionalmente por el Sanjaq Bey de al-Qatif, quien entabló
combate con los portugueses en una encarnizada batalla naval cerca de Ormuz.
La superioridad de fuerzas y armas de los portugueses obligó a las naves
otomanas sobrevivientes a retirarse a Basra. Entonces, el sultán designó a un
brillante oficial llamado Alí ibn Husayn, más conocido por su seudónimo Katib-i
Rumi, para que salvara la situación.
El padre y el abuelo de
Alí habían sido gobernadores del arsenal otomano en Galata y por ello habían
participado íntimamente en la creación de la armada otomana casi desde sus
principios. Seguramente conocieron a Piri Reís; Alí mismo había estado
presente en el sitio de Chipre de 1522 y había navegado junto al famoso
corsario Khair al-Din Pashá, el temido Barbarroja, del mismo modo que Piri
Reís. Al igual que su coetáneo mayor, Alí conocía el Mediterráneo como la
palma de su mano y también tenía ambiciones literarias.
A pesar de su gran
pericia en la navegación práctica, Alí sentía la necesidad de profundizar sus
conocimientos de astronomía y matemáticas y había logrado iniciar estos
estudios en Alepo en 1548. Ese año, había acompañado al sultán en su
expedición militar contra los sefevíes de Persia, empresa coordinada con la
ofensiva de Piri Reís contra los portugueses en la costa de Arabia, dado que
en esa época los últimos eran débiles aliados de los sefevíes. Alí y el sultán
establecieron en Alepo su cuartel de invierno, y allí estudió Alí filosofía y
astronomía con un erudito local y tradujo al turco un manual persa de
astronomía. En 1553, durante la tercera campaña contra los sefevíes tuvo la
oportunidad de pasar otro invierno en Alepo. Debió interrumpir sus estudios
cuando el sultán Solimán le ordenó dirigirse a Basora, para rescatar los
restos de la flota otomana y conducir las naves sobrevivientes a Suez.
Alí se trasladó a
Basora, pasando por Mosul y Bagdad, y a su arribo fue informado de que el
gobernador Mustafá Pashá había partido a Ormuz en una fragata con el objeto de
descubrir los movimientos de los portugueses. Luego llegó un mensajero de
Mustafá, con la noticia de que los portugueses se aproximaban a Ormuz con sólo
cuatro naves. Alí se hizo a la vela y 40 días más tarde, a la altura de la
costa de Dhofar, se topó con la flota portuguesa. Pero, lejos de contar con
sólo cuatro naves, estaba compuesta de tres galeones grandes, seis navíos de
guardia, doce galeotes y cuatro barcazas inmensas. No obstante, las dos flotas
trabaron combate inmediatamente. La feroz batalla duró el día entero y fue
hundido uno de los galeones portugueses. Al caer la noche, los portugueses
tocaron la retirada y huyeron hacia Ormuz, perseguidos por las naves otomanos.
A la altura de Mascate,
una flota portuguesa reforzada, al mando del hijo del gobernador portugués de
Goa, atacó a los otomanos. Según la descripción de Hajji Khalifah, ésta fue
una batalla aún más brutal que el famoso combate naval entre Khair al-Din y
Andrea Doria, el almirante genovés que comandaba la flota de Carlos V,
Emperador de Occidente. Las granadas de mano lanzadas desde las barcazas de
guerra portuguesas infligieron graves pérdidas. Tres barcazas turcas fueron
obligadas a retroceder a tierra, pero volvieron al combate reforzadas con
beduinos locales deseosos de participar en la contienda. Durante la noche se
desencadenó una tempestad que dispersó las naves; los marinos estaban tan
agotados por la lucha que no podían controlar los remos. Fueron arrojados a la
costa de Makran, en el actual Paquistán, donde el gobernador los
reaprovisionó. Cuando se hicieron nuevamente a la mar, los sorprendió una
tormenta pavorosa a la altura de la costa sur de Arabia, que duró diez días y
empujó a los navíos restantes hasta la India.
Finalmente Alí ibn
Husayn logró desembarcar en Gujarat. junto con los sobrevivientes de esta
terrible travesía entró al servicio del sultán de Ahmedabad y participó en
varias campañas contra los puertos controlados por los portugueses en la costa
occidental de la India. Durante su estadía en Ahmedabad, Alí redactó el Muhits,
un tratado completo de oceanografía, con referencia especial al Océano Indico,
al Golfo Arábico y al Mar Rojo. Esta obra, cuyo título significa, por cierto,
'El Mar que Todo lo Abarca", preserva datos valiosísimos de obras de
navegantes árabes, por lo demás desconocidas. El breve capítulo cuarto está
dedicado a los descubrimientos españoles y portugueses en el Nuevo Mundo. Gran
parte de la información que contiene había sido probablemente recogida de
crónicas verbales, cabe suponer que derivadas de entrevistas con cautivos
portugueses.
Alí ibn Husayn fue más
afortunado que Piri Reis: Finalmente llegó de vuelta a Constantinopla, cuatro
años después de su partida de Basora y, en vez de perder su cabeza, recibió su
salario atrasado más un aumento. Tal vez fuera en parte como reconocimiento de
la utilidad de su Muhit, y en parte por su extraordinaria travesía terrestre
desde Gujarat hasta Constantinopla, a través del centro de Asia, que describió
en un libro titulado Las aventuras de Sidi Alí. También podría haber sido por
su fama de poeta, puesto que sus descripciones vívidas de los terrores del mar
fueron muy apreciadas, no sólo en su época sino también por las generaciones
posteriores.
En los tiempos en que
escribía Alí ibn Husayn, la información sobre el Nuevo Mundo era mayormente de
carácter académico. Hernán Cortés y Francisco Pizarro habían conquistado,
respectivamente, México y Perú; ya se había establecido el intrincado sistema
administrativo que prevalecería hasta la época del libertador sudamericano
Simón Bolívar, unos dos siglos y medio más tarde. Aún quedaban descubrimientos
por realizar, pero el contorno general del Nuevo Mundo ya era ampliamente
conocido. La gran oleada de información cartográfica, histórica, etnográfica y
científica resultante del descubrimiento comenzaba a ponerse a disposición
del resto de Europa; los libros españoles se traducían a la mayor parte de
los idiomas europeos y su disponibilidad era cada vez mayor.
Durante el siglo XVI,
los otomanos luchaban simultáneamente en varios frentes. Los problemas
teóricos, tales como la incorporación de los descubrimientos españoles y
portugueses al sistema de conceptos geográficos que habían heredado de los
escritores clásicos y medievales, no podrían haber sido muy apremiantes. Si
bien seguramente los habrán debatido - por cierto que Alí ibn Husayn habrá
tocado estas cuestiones mientras estudiaba en Alepo, por ejemplo – los
resultado de tales debates aún no habían llegado a incluirse en crónicas
eruditas. Resulta significativo que los primeros dos musulmanes en demostrar
un interés reconocido por el Nuevo Mundo - Piri Reis y Alí ibn Husayn - fueran
ante todo marinos prácticos más bien que eruditos. Tanto el Kitab-i Bahriye
como el Muhit fueron escritos por marinos y destinados a marinos.
La primera
tentativa de abordar estos problemas teóricos tuvo lugar un poco más adelante
en el siglo XVI, en 1583. Esta es la fecha que aparece en el colofón de la
copia más antigua conocida de Hadith-i Nev, o “Nueva Historia”, generalmente,
designada con el título de la edición impresa, Tarikh-i Hind-i Gharbi, o
“Historia de las Indias Occidentales.
El autor fue
probablemente Amir Muhammad ibn Amir Hasan al-Suudi, según está indicado en el
colofón, si bien el erudito estadounidense Thomas D. Goodrich, quien dedicó
varios años al estudio de este libro y de sus ilustraciones, y publicó una
traducción al inglés del mismo en Wiesbaden en 1990, titulada The Ottoinan
Turks and the New World (Los turcos otomanos y el Nuevo Mundo), opina que Amir
Muhammad se limitó a corregir y embellecer el estilo del libro para su
presentación al sultán. Sin embargo, Amir Muhammad, en un juego de palabras
erudito sobre la raíz arábiga de su nombre (s-‘-d), que comparte con el famoso
historiador del siglo X, al-Masudi, se declara "seguidor" de éste; de hecho,
la principal autoridad para el primer capítulo del libro es al-Masudi. Esto
daría a entender que al-Suudi fue responsable no sólo del formato final del
libro sino también de su contenido. La producción de dos versiones de un mismo
libro, una para presentación real y la otra destinada al público no era algo
inaudito en la época; el Kitab-i Bahriye existe igualmente en dos versiones,
una copia de presentación en estilo más elevado y una versión más simple para
uso corriente.
Actualmente se conocen
19 manuscritos parciales o completos del Tarikh-i Hind-i Gharbi, entre los
cuales se cuenta una traducción persa realizada en Moghul, India. Fue uno de
los primeros libros islámicos impresos, producido en 1730 en las prensas de
Ibrahim Muteferrika, de Estambul (véase Aramco World, marzo-abril 1981). Es el
primer libro musulmán impreso con ilustraciones figurativas; se trata de
grabados en madera de mucha gracia, tres de ellos, según Goodrich, derivados
de fuentes europeas y los restantes basados en el texto o bien derivados de
fuentes que hasta ahora se desconocen. A pesar de que el libro se conoce en
Europa desde el siglo XVII (el especialista en estudios orientales francés
Barthélemy de Herbelot le dedica un artículo breve en su Bibliothéque
Orientale, la primera enciclopedia europea del Islam, en 1697, y menciona una
versión en árabe, que al parecer se ha perdido) no ha despertado casi ningún
interés en círculos académicos. Una traducción al francés del tercer capítulo,
la historia de la conquista de América del Sur por Cortés y Pizarro, se
realizó en el siglo XVIII, pero nunca llegó a publicarse. Hace exactamente
cien años se hizo una traducción italiana del mismo capítulo y se publicó
para coincidir con el 400 aniversario del descubrimiento de América. Sin
embargo, Goodrich - y este autor - parecen ser los únicos que se han
interesado por él en los últimos cien años.
Esta falta de interés
probablemente obedezca a que el tercer capítulo del libro, dedicado al
descubrimiento y la conquista de América del Sur, procede en su totalidad de
crónicas españolas: más precisamente, como dejó en claro Goodrich, de
traducciones italianas de crónicas españolas. A diferencia de las
inscripciones en el mapa de Piri Reís, de 1513, o del Kitab-i Bahriye del
mismo autor, no contiene nada que no pueda hallarse en las crónicas de las
cuales se deriva. Sin embargo, resulta interesante la manera en que el autor
manipula las fuentes que emplea. La principal es la Historia General de las
Indias, de Francisco López de Gómara, que a su vez constituye en gran parte
una recopilación de autoridades anteriores. López de Gómara fue capellán y
secretario privado de Cortés después de su regreso a España y nunca visitó
personalmente los países cuya historia describe.
La popularidad de la
obra de López de Gómara motivó la difusión de la historia del "Piloto
anónimo", que podría haber surgido originalmente -a menos que fuera cierta - a
raíz de una tentativa de destituir a los herederos de Colón de sus derechos
legales poniendo en duda la singularidad de su descubrimiento. Sea lo que
fuere, es curioso que las tres principales versiones islámicas de la vida de
Colón - el relato de Piri Reís, el del autor del Tarik-i Hind-i Gharbi y el de
Elías ibn Hanna - contienen variantes de la historia del "Piloto anónimo". Así
aparece esta historia en el Tarikh-i Hind-i Gharbi.
Un hombre llamado
Cristóbal Colón nació en la aldea de Nervi, en territorio genovés. Recorrió
numerosas tierras y mares y conocío la historia y los accidentes geográficos
de todo el Mediterráneo. Era famoso por sus mapas y bien conocido por sus
escritos. Puesto que se había propuesto viajar a las tierras de Sind y de Hind
y visitar las costas e islas del Mar Africano, atravesó el Estrecho y se fue a
vivir a la Isla de Madeira, una posesión de los portugueses, hombres de mala
reputación.
Durante una tormenta,
una embarcación tripulada por un capitán y dos marinos fue lanzada por azar a
la costa. Los dos marinos fallecieron al llegar a la isla y sólo sobrevivió el
capitán, pero estaba muy enfermo. Colón se compadeció de él y lo llevó a su
casa. Lo alimentó y lo cuidó durante varios días y le pidió que le relatara
sus aventuras.
"Navegábamos a lo largo
de la costa norteafricana," refirió el capitán, en una travesía comercial. De
pronto se desató un viento de proa que nos internó en el Océano Atlántico. El
viento nos arrastró un tiempo y avistamos innumerables islas y costas. Por fin
cambió el viento y pudimos emprender el regreso. Casi toda la tripulación
falleció por la violencia del mar. Yo mismo, como usted puede ver, he llegado
en un estado deplorable. El mar traicionero me ha dejado más muerto que vivo."
El capitán murió dos
días después, pero su relato afectó profundamente a Colón, quien concibió la
idea de hacerse famoso encontrando estas tierras...
La técnica de traducir,
seleccionar y reorganizar el texto que emplea el autor se nota claramente al
comparar este pasaje con el original de López de Gómara, que proporciona más
información sobre los orígenes de Colón, su niñez y sus viajes en el Levante,
sin mencionar su intención de viajar a Oriente. La referencia a "las tierras
de Sind y de Hind" - si bien significa literalmente lo que hoy es Paquistán e
India - es una manera poética de referirse al Lejano Oriente en general. El
autor implica, al parecer, que ya por esa época Colón había concebido el plan
de alcanzar las Indias zarpando en dirección oeste. Retiene la referencia
original a las actividades cartográficas de Colón, pero añade "escritos" a su
obra, dato que no aparece en el original. No menciona el casamiento de Colón,
que sí aparece.
El próximo párrafo de
la versión otomana describe el viaje del "Piloto anónimo" en el Atlántico. El
material proviene en parte del capítulo anterior de López de Gómara, donde la
cantidad de tripulantes consta como de "tres o cuatro', en vez de dos, y en
parte del capítulo que acaba de traducir. El autor otomano narra la historia
del piloto en primera persona, a la usanza novelística, y añade algunos
detalles que no aparecen en López de Gómara. También omite gran parte que sí
aparece, para conseguir una narración más clara y simple. Pasa por alto casi
todos los antecedentes políticos y las intrigas que con tantos detalles ofrece
López de Gómara al escribir sobre las carreras de Cortés y Pizarro. En cambio,
escoge episodios de interés más popular.
En varias ocasiones
interrumpe la narración para efectuar súplicas poco factibles de que el sultán
extendiera la guerra contra los Habsburgo hasta el Nuevo Mundo; si bien los
corsarios del puerto marroquí de Salé atacaban las naves españolas que volvían
de las Indias Occidentales cargadas de tesoros, al parecer ninguna embarcación
que llevara la bandera turca llegó a penetrar en el Caribe, como lo hicieron
navíos ingleses, franceses y holandeses. En el relato sobre la entrevista de
Colón con el rey Fernando, la reina Isabel ni aparece mencionada; durante el
sitio de Granada, el autor aprovecha la oportunidad para intercalar un extenso
pasaje lamentando la pérdida de Granada, la captura de fortalezas por parte de
españoles a lo largo de la costa norteafricana y para rememorar los tiempos
grandiosos de Khair al-Din. Pone fin al relato con una descripción de la Gran
Mezquita de Córdoba y su famoso minbar, o púlpito, obtenida de fuentes árabes.
Si bien López de Gómara
constituye la fuente principal del Tarikh-i Hind-i Gharbi, el autor también se
refiere a otras obras, entre las que se cuentan la Década de Peter Martyr, las
composiciones de Agustín de Zárate e incluso, hacia el final, las obras de
Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, historiógrafo oficial de las Indias. De
este último derivó las descripciones de plantas y animales exóticos del Nuevo
Mundo con que termina el libro; algunos aparecen representados en las
ilustraciones. Esta insistencia en curiosidades recuerda los "libros de
maravillas" populares fines de la Edad Media, característicos de la literatura
de los siglos XIII y XIV, tanto en el mundo islámico como en Europa.
Esto resulta
particularmente evidente en el primer capítulo del Tarikh-i Hind-i Gharbi, que
es un resumen de los conocimientos geográficos medievales islámicos, de
concepción basada en el Ajaib al Makhlugat ("La cosmografía") de Zakariyya al-Qazwini,
una especie de enciclopedia cosmológica y geográfica escrita en el siglo XIII,
que gozó de amplia popularidad. Otra fuente árabe importante para el primer
capítulo es al-Masudi, el historiador y geógrafo del siglo X, cuyo Muruj al
Dhahab, o "Prados de oro" constituye una mina de información sobre cualquier
tema. Aparecen consignadas las dimensiones de la Tierra, siendo el valor dado
para su circunferencia de 24.000 millas, una cifra que se remonta al tiempo
de Ptolomeo. La longitud de un grado se considera de 56 millas, según al-Farghani;
éste es el famoso "grado reducido" utilizado por Colón, quien afirmaba haberlo
recalculado (véase "Al Farghani y el 'Grado reducido- en este número). Los
mares, continentes, montañas y ríos están enumerados. Una isla entre la costa
de Yémen y Etiopía tiene una fuente milagrosa, cuyas aguas despejan la mente,
aumentan la memoria y hacen que quien las beba sea más sabio. Hay un árbol que
crece en una isla cerca de Umán; su fruta cura casi todas las enfermedades. Si
un anciano come de su fruta recobra su juventud.
Sin embargo, el autor
también ofrece algunas críticas. En un lugar del primer capítulo relata la
vieja historia de Alejandro el Magno y el Mar Caspio. Este era uno de los
relatos favoritos de los escritores musulmanes medievales:
Deseando conocer la
magnitud del Mar Caspio, Aljandro hizo equipar un navío y lo tripuló con
hombres y mujeres de los diversos pueblos que habitaban la costa sur. Les
ordenó que navegaran el mar durante un año y luego regresaran. Se hicieron a
la vela y, excediendo las órdenes de Alejandro, navegaron durante trece meses
sin ver nada más que agua. Luego se encontraron con otro navío, muy
deteriorado por una larga travesía. Interrogaron a los viajeros, pero puesto
que no tenían ningún idioma en común, fueron incapaces de comunicarse con
ellos. Entonces, los marinos de Alejandro el Magno entregaron una de sus
mujeres a los hombres que habían encontrado y recibieron a cambio un hombre.
Luego volvieron al campamento de Alejandro.
Alejandro casó el
hombre con una mujer de sus seguidores y tuvieron un hijo. Cuando el niño
llegó a la edad de la razón, pudo interpretar para su padre y así Alejandro
aprendió sobre las islas que quedaban al norte. Descubrió que éstas estaban
gobernadas por un rey más poderoso que él, y que tal como hizo Alejandro, el
rey había enviado una expedición para conocer las tierras del sur, y que
habían navegado por dos años y dos meses antes de encontrarse con el barco de
Alejandro.
El autor del Tarikh-i
Hind-i Gharbi señala la ridiculez de esta historia, pues la longitud y el
ancho del Mar Caspio eran bien conocidos y puede surcarse en poco tiempo. No
obstante, destaca que el relato tendría sentido si se hubiera aplicado
originalmente no al Mar Caspio, sino al Océano Atlántico. "Es posible,"
argumenta, "que la embarcación mencionada haya llegado del Nuevo Mundo.” ¡Es
el primer autor musulmán en discurrir sobre la posibilidad de viajes
precolombinos!
Sin embargo, el breve
segundo capítulo del libro es donde el autor rompe con la tradición. Cita a
al-Masudi señalando que, tal como asegura Ptolomeo, no es posible surcar el
Océano que Todo lo Abarca y que sus confines son desconocidos. Relata la
historia de al-Masudi sobre las Columnas de Hércules, que presuntamente
llevaban inscrita la advertencia de que más allá no había nada y que ningún
hombre vivía allí (véase "Las Columnas de Hércules, el Mar de Tinieblas" en
este número). Luego se refiere al viaje de Khashkhash, siempre citando a
alMasudi, consciente de que ello contradice lo inmediatamente anterior. Por
otra parte, en unos párrafos más adelante, expresa: "Este pobre autor declara
que en los primeros años del siglo X de la Hégira [aproximadamente 1495
después de Cristo] un grupo de hombres audaces de Andalucía se internaron en
las aguas de ese terrible océano, llegando muy lejos, y así vencieron el
talismán que protegía este tesoro escondido y encontraron los límites de este
mar infinito."
Con estas palabras, el
autor del Tarikh-i Hind-i Gharbi pone fin en el siglo XVI al mito de la
inviolabilidad del Océano Atlántico, una leyenda que había dominado totalmente
las mentes de los hombres durante más de dos mil años y que probablemente
había sido propagada en primer lugar por marinos fenicios con el objeto de
proteger su monopolio del comercio atlántico.