Existe un pasaje misterioso en Athar al-Bilad
("Monumentos de los países"), de Zakariyya alQazwini, cuya rareza llama
poderosamente la atención.
Yunan, escribe al-Qazwini, empleando el
antiguo nombre de Jonia, fue la cuna de los filósofos griegos. "Pero ahora el
mar se ha apoderado de ella. Entre sus maravillas se cuenta el hecho de que
cualquiera que piense algo en esa tierra nunca lo olvida, o al menos lo
recuerda durante mucho tiempo. Los mercaderes que llegan allí por vía marítima
afirman que al arribar a este lugar, recuerdan cosas que habían olvidado. Por
ello fue la cuna de tantos filósofos casi sin par en el resto del mundo. Para
este conocido autor del siglo XIII, contemporáneo apenas mayor que el monarca
español Alfonso el Sabio, y que escribía en la época de las Cruzadas, el lugar
de nacimiento de Platón y Aristóteles tenía poco que ver con la zona
geográfica denominada Grecia. Se trataba más bien de una comarca semimítica de
memoria intensificada, aislada por el mar: una especie de Atlántida,
comparable a otra isla que se encontraba entre las costas de Yemen y Etiopía,
que según se decía poseía una fuente de sabiduría, cuyas aguas despejaban la
mente de quien las bebiera.
La Grecia clásica era tan remota en tiempo para los árabes medievales como
remotas en distancia las islas del Atlántico. La recuperación parcial por los
árabes de obras filosóficas y científicas de una cultura tan lejana de la
propia y de enfoque tan ajeno, constituyó un esfuerzo de memoria, un viaje
mental que necesariamente precedió y prefiguró las travesías en alta mar que
dieron lugar a los descubrimientos geográficos de los siglos XV y XVI, a la
llamada Época del Descubrimiento.
Una delicada cadena de transmisión enlaza nuestra actual civilización
occidental con las raíces griegas de la cultura filosófica y científica que
compartimos con los pueblos musulmanes. Esta cadena abarca desde Mileto en la
costa de Asia Menor hasta Atenas, pasa por Alejandría y regresa hacia Roma,
cruzando Anatolia e Irán hasta la India, volviendo por Gondeshapur y Bagdad
hacia el oeste a lo largo del Mediterráneo, hasta Córdoba, Sevilla, Granada y
Toledo, y desde allí a Sicilia, Salerno y las ciudades universitarias de la
Europa medieval.
Esta cadena fue forjada por hombres de numerosos antecedentes lingüísticos,
culturales y religiosos distintos: paganos, hindúes, judíos, cristianos y
musulmanes. Lo único que los asemejaba era la inquietud por hallar respuestas
a las preguntas formuladas con tanta sencillez y claridad por los griegos
antiguos, desde el siglo V antes de Cristo. ¿Cuál es la forma de la Tierra?
¿Qué tamaño tiene? ¿En qué se apoya? ¿Cuál es su posición en relación con el
Sol, la Luna y las estrellas? ¿Cómo podemos conocer nuestra situación real
sobre su superficie? ¿Cómo podemos cartografiar esta superficie?
Los griegos no sólo formularon estas preguntas, sino que también las
respondieron en la medida en que se lo permitieran los medios que tenían a su
disposición. Cuando no lograron hallar las contestaciones, por lo general fue
porque carecían de la tecnología necesaria para obtener la respuesta correcta.
En otros casos, se proporcionaron respuestas correctas, a menudo en épocas
remotas, y posteriormente se rechazaron o simplemente se olvidaron. Aristarco
de Samos afirmó en el siglo III antes de Cristo que: "Las estrellas fijas y el
Sol permanecen inmóviles, en tanto que la Tierra gira alrededor del Sol sobre
la circunferencia de un círculo, quedando el Sol en el centro de la órbita."
Esta descripción del sistema solar heliocéntrico, propuesta 2000 años antes de
Copérnico, aparece citada en una obra de Arquímedes titulada Arenario;
Arquímedes señala que Aristarco completó el modelo, combinando esta
explicación con la rotación de la Tierra sobre su eje. Si bien el Arenario no
está incluido entre las obras de Arquímedes que circulaban en traducción árabe
en Bagdad durante el siglo X, al-Biruni, quien escribe aproximadamente en el
año 1000 después de Cristo, se refiere al modelo heliocéntrico sin asignarle
mayor relevancia, como si fuera ya muy conocido, explicando que si bien era
indudablemente el correcto, el modelo de Ptolomeo era el preferido por motivos
teológicos.
Lo olvidado no fue menos significativo que lo recordado. Esto es
particularmente cierto en la historia de los descubrimientos geográficos. La
circunnavegación fenicia de África precedió las especulaciones de los
filósofos griegos más antiguos por más de 100 años. Inclusive Heródoto, quien
preserva el relato de ésta, no lo creyó.
El descubrimiento y el posterior "extravío" de las Islas Canarias constituye
otro ejemplo de cómo los conocimientos geográficos - en realidad, los
conocimientos científicos en general - no se acumularon gradualmente, por
bloques interconectados, como en el juego de video Tetris, sino que fueron
apareciendo por rachas, con frecuencia después de prolongados periodos de
inactividad o pérdida.
Fueron sumamente pocas las veces que se llevó a cabo un esfuerzo consciente de
"recordar", recuperar y luego continuar las obras de los griegos antiguos. Un
intento tal se realizó en la época helenística, en Alejandría, cuando se
recopilaron, catalogaron y con frecuencia comentaron las obras subsistentes de
los antiguos. A nuestros efectos, las obras más importantes resultantes de
ello fueron el Almagesto y la Geografía de Claudio Ptolomeo. En estos dos
libros, Ptolomeo intentó nada menos que cartografiar los cielos y la Tierra.
El proceso según el cual Claudio Ptolomeo se convirtió en el Batlamiyus
Kludiya de los árabes e ingresó en un universo lingüístico y cultural
totalmente distinto resulta de un interés cautivador. En Bagdad se llevó a
cabo bajo el Califa al-Mamun, en el siglo IX, un esfuerzo consciente de
producir versiones en árabe de las obras científicas y filosóficas griegas. La
tolerancia que brindaba el Islam a los pueblos de tradición religiosa
compartida - “las gentes del Libró' - significaba que los eruditos musulmanes
que no conocieran el griego podían aprovechar la ventaja del contacto directo
con los eruditos cristianos que lo dominaran. Los cristianos nestorianos que
habían mantenido las tradiciones de la academia alejandrina fueron atraídos a
la brillante corte de Bagdad. Allí estaban a salvo de las persecuciones
bizantinas y tenían la oportunidad de reunirse con eruditos musulmanes y
judíos ansiosos de asimilar el saber griego. Algunos estudiosos árabes
lograron dominar el griego y trabajar directamente con los originales o
traducirlos al árabe. Otros trabajaban por intermedio de traducciones siríacas
preparadas por nestorianos.
Se puede decir que, al alcanzarse la mitad del siglo IX, casi todas las obras
científicas y filosóficas griegas existían en árabe. Al Hajjaj concluyó su
traducción del Almagesto en el año 826; es posible que la Geografía se haya
traducido aún antes. Estos dos libros establecieron el marco dentro del cual
se llevarían a cabo las investigaciones astronómicas y geográficas durante los
siguientes 700 años.
Ptolomeo no fue recibido con pasividad en el mundo islámico. Desde el
principio, tanto el Almagesto como la Geografía fueron sometidos a un exigente
escrutinio. Los observatorios establecidos por al-Mamun se utilizaron para
corregir el catálogo de estrellas de Ptolomeo; se dio nueva forma a la
Geografía, se volvieron a calcularlas coordenadas y se añadieron cientos de
observaciones nuevas. En algunos casos su matemática fue violentamente
criticada, modificada y refinada a medida que se inventaban nuevos
instrumentos y que aparecían recursos matemáticos más perfeccionados. La
compilación y publicación de nuevos textos árabes antiguos pone de manifiesto
cada vez más la originalidad de la labor de los científicos y matemáticos
musulmanes.
Las versiones árabes de los textos griegos preparadas en Bagdad en el siglo IX
circularon por todo el mundo islámico. Se corregían las traducciones, se
escribían comentarios sobre las mismas y se redactaban obras originales que
las utilizaban como punto de partida.
Este caudal creciente de literatura científica, producido en gran parte en un
lapso apenas mayor que un siglo, no tardó en llegar a los territorios
islámicos de Occidente. Córdoba se convirtió en uno de los principales centros
intelectuales de al-Andalus, la España musulmana, en los siglos X y XI. Cuando
Toledo fue tomada por los cristianos en 1085, tuvo lugar otro empeño por
volcar el legado de los griegos antiguos a otra lengua, esta vez el latín. A
principios del siglo XII, los eruditos musulmanes, cristianos y judíos
produjeron un conjunto de traducciones desde la lengua árabe, de los autores
griegos y sus comentaristas árabes. Fue por esta época que llegaron por
primera vez al Occidente latino las obras de Aristóteles, que tan enormes
repercusiones tendrían en la historia intelectual de Europa. Aristóteles y sus
comentaristas árabes, Ibn Sina e Ibn Rushd - venerados en Occidente con los
nombres de Avicena y Averroes - se convirtieron en punto de partida para casi
todos los científicos y filósofos europeos hasta el Renacimiento.
La culminación del traslado del saber griego y árabe a Occidente se alcanzó en
el siglo XIII y ocurrió durante los reinados de dos monarcas europeos, cada
uno de los cuales gobernó tierras que habían sido musulmanas y tenía súbditos
de distintas religiones. Entre los dos, Federico II, Emperador de Occidente y
rey de Sicilia y Jerusalén, y su pariente cercano, Alfonso X de España,
abarcan casi todo el siglo. Los dos hombres hablaban árabe y es posible que
hayan podido leer la lengua clásica. En la corte brillante de Federico en
Sicilia, trabajaban a la par eruditos musulmanes, cristianos y judíos. Hombres
como Michael Scot tradujeron a Averroes; aquí Leonardo de Pisa introdujo los
números árabes a Europa. Más adelante en el mismo siglo, Alfonso el Sabio
estableció la primera escuela de árabe, bajo la dirección de un estudioso
musulmán, en la provincia recientemente conquistada de Murcia. Esta escuela se
trasladó luego a Sevilla, que en la segunda mitad del siglo XIII heredó el
cetro de Toledo y se convirtió en un activo centro para la investigación
científica, en especial de la astronomía. Los intereses de Alfonso el Sabio no
sólo eran científicos, sino también literarios. Patrocinó la traducción de
obras árabes tan famosas como Kalilah wa Dimnah y no sólo escribió sus propias
Cántigas de Santa María en la forma métrica árabe denominada zajal, sino que
además utilizó como música melodías ya existentes de canciones árabes. Tanto
Federico como Alfonso redactaron códigos legislativos de amplio alcance y
sería difícil no advertir la influencia ejemplar de la ley islámica, sharia,
en esta inquietud por la reglamentación minuciosa de las relaciones entre sus
respectivos súbditos.
No es, tal vez, sorprendente que el primer viaje europeo conocido de
exploración haya tenido lugar dentro de ese entorno y en ese siglo. En 1291,
poco después de la muerte de Alfonso el Sabio, los hermanos Vivaldi de Génova
emprendieron una importante expedición a lo largo de la costa occidental de
Africa en dirección sur, en un empeño por hallar la ruta marítima a las Islas
de las Especias. Jamás regresaron y se ignora hasta qué punto llegaron, aunque
el solo hecho de que consideraran posible la circunnavegación de África
significa que tenían acceso a una tradición no basada en Ptolomeo,
probablemente de origen árabe, puesto que, como veremos, los eruditos como al-Bíruni
estaban persuadidos de que los Océanos Atlántico e Indico se unían al sur.
Entre las obras menores del poeta e historiador Ibn Said al-Maghribi -
contemporáneo casi exacto de Alfonso el Sabio, que nació en Granada, se educó
en Sevilla y viajó extensamente en el Oriente - se encuentra un pequeño manual
de geografía. Basado en Ptolomeo, no es una obra muy original, pero contiene
una cierta cantidad de información sobre las costas africanas, occidental y
oriental, que no se encuentra en otras fuentes. Ibn Said obtuvo esta
información de Ibn Fatimah, de quien poco se conoce, con la excepción de que
fue un mercader que prosperó. La importancia de Ibn Fatimah reside en sus
descripciones de lugares que no fueron tocados por los europeos hasta 200 años
más tarde. Menciona, por ejemplo, las Islas de Cabo Verde, pero con una falta
de detalles exasperante. En la costa oriental de África conoce Madagascar y
algo de la costa opuesta. Es difícil determinar si este tipo de información
habría llegado a manos de hombres como los hermanos Vivaldi y si hubiera
influido en ellos, pero sin duda las obras de Ibn Said eran conocidas en
Andalucía.
El siglo XIII también marca la aparición de las primeras cartas portulanas,
mapas náuticos sumamente precisos del Mediterráneo, en las que aparecía
indicada la totalidad de los cabos y bahías de la costa. Las distancias son
extremadamente precisas y la longitud del Mediterráneo es casi exacta,
contrariamente a la longitud calculada por Ptolomeo. Su aparición coincide con
el empleo generalizado de la brújula por primera vez y normalmente estaban
marcadas con loxodromias, o líneas de rumbo, para permitir hallar la
orientación correcta. La existencia de estas cartas demuestra que, junto con
la tradición erudita de Ptolomeo, existía una ciencia cartográfica práctica
que no obedecía en nada a la tradición de Ptolomeo y que era mucho más
precisa. Estos eran los tipos de mapas que preparaban y vendían Cristóbal
Colón y su hermano Bartolomé para ganarse la vida; eran asimismo los tipos de
cartas que dibujaba el navegante turco otomano Piri Reis.
La existencia de las cartas portulanas, que a veces marcan e indican islas
"imaginarias" en el Atlántico, es la ilustración perfecta de la supervivencia
de técnicas de navegación y cartografía entre los marinos que apenas se
mencionan en la tradición culta. Así, junto a la tradición escrita había otra:
la tradición oral, que llegaba hasta los griegos y tal vez aún más lejos,
hasta civilizaciones mediterráneas anteriores. Las tradiciones oral y escrita
se compenetraron. La información "culta", tal como la declaración de Ptolomeo
de que nadie sabía lo que quedaba del otro lado de las Columnas de Hércules,
fue convertida por la tradición popular en un par de estatuas de bronce
gigantes, que advertían a los viajeros que regresaran. A la inversa, las
tradiciones populares como ésta, y las numerosas historias que circulaban
acerca de islas en el Atlántico, hallaron su lugar en las obras "cultas",
tales como la Geografía de al-Idrisi.
Si bien ambas tradiciones contribuyeron al descubrimiento del Nuevo Mundo por
Colón, tal vez la popular y verbal fuera la más significativa, puesto que
Colón era hombre medieval y tenía la mente llena de maravillas. Sólo después
de regresar de su primer viaje comenzó a examinar las obras cultas en busca de
justificativos de las teorías que mantenía.
La precedencia de la tradición oral con respecto a la culta en la aventura
colombina se pone de manifiesto en otra faceta del carácter versátil del
almirante. No cabe duda de la pericia náutica de Colón; hace años, el biógrafo
Samuel Eliot Morison destacó su talento para la navegación a estima y su
notable habilidad de hallar una ruta en aguas inexploradas. Estos eran los
tipos de destrezas que crearon las portulanas. Sin embargo, Colón era
completamente inútil con la brújula y el astrolabio, algunas veces cometiendo
errores con este último de más de 20 grados. Por ello, es posible que la
brújula y el astrolabio hayan llegado hasta Andalucía a través de los árabes,
pero poco ayudaron para encontrar a América.
Lo mismo podría decirse de la carabela. Se creía en forma generalizada que la
travesía de Colón había sido posible gracias a las innovaciones en
construcción naval: la invención de la nave de fondo redondeado, la adopción
de la vela latina de los árabes, y así sucesivamente. Indudablemente, estos
elementos facilitaron el viaje, pero no lo hicieron inevitable. Los fenicios
emprendieron largas travesías en galeras; los vikingos, en chalupas; los
árabes, en las naves llamadas dawa; Cheng Ho de la China, en sus juncos
inmensos y de fondo plano; los polinesios, en canoas con batangas. Mucho más
importante que el tipo de embarcación es tener un destino. Colón sabía
exactamente adónde iba: se dirigía directamente al Japón.
Es fácil olvidar, en el deslumbre de su singular descubrimiento, el objetivo
original de Colón: deseaba encontrar una ruta marítima hacia las Islas de las
Especias y China con el fin de comerciar las valiosas especias directamente
con los proveedores, eliminando así los intermediarios, que durante siglos
habían sido los mercaderes musulmanes. Si un solo acontecimiento pudo aunar
las mentes de los europeos del siglo XV en lo tocante a la conveniencia de
llevar esto a cabo, probablemente haya sido la ascensión de Tamerlán al
poder. Tamerlán y sus hordas de guerreros centroasiáticos arrasaron grandes
extensiones del Oriente Medio. Las antiguas rutas terrestres a China quedaron
interrumpidas; ciudades mercantiles como Damasco, Alepo y El Cairo, que se
encargaban del trasbordo de las especias y otros productos a Europa, fueron
devastadas o bien amenazadas con ello. En 1401, la Corona española envió una
embajada a Tamerlán en Samarcanda, supuestamente para conocer sus intenciones.
Dos años más tarde, el emperador de China, también alarmado, envió una
embajada a Malaca, importante emporio para el tráfico de las especias, con el
fin de discutir el mismo tema.
Entre 1405 y 1433, el emperador de China envió siete expediciones de juncos
inmensos, bajo las órdenes de un almirante musulmán cuyo nombre era Cheng Ho,
hacia el Océano Indico, con el objeto de entrar en contacto con los soberanos
de las Islas de las Especias y cartografiarlas. Cheng Ho visitó la mayor parte
de los puertos del Océano Indico, inclusive los de la península de Arabia, y
elaboró un mapa excelente del Océano Indico, siguiendo el modelo chino de
cuadriculación. Más adelante en el mismo siglo, el Infante Enrique el
Navegante y su hermano comenzaron a patrocinar los viajes portugueses a lo
largo de la costa de África, en dirección sur. Tanto portugueses como chinos
reaccionaban a un mismo acontecimiento: los efectos de Tamerlán en el comercio
de larga distancia.
La amenaza de Tamerlán no tardó en disminuir; sus descendientes adoptaron el
Islam y se hicieron famosos por su interés en la arquitectura y las ciencias.
No obstante, la idea de navegar directamente a Oriente había echado raíces en
la península ibérica, donde el contacto cercano con la tradición geográfica
musulmana, tanto popular como culta, tal vez hacía que esta idea pareciera más
factible que en otras partes de Europa.
El Imperio Otomano, la principal potencia musulmana durante la Época del
Descubrimiento de Europa, no se interesaba mucho por los acontecimientos del
otro lado del Atlántico. Con todo, a medida que avanzaba el siglo XVI, las
vidas de quienes habitaban las tierras musulmanas fueron cambiando a raíz de
los acontecimientos, al principio de manera trivial y más adelante en forma
considerable. Aparecieron frutas y plantas exóticas - la piña o ananás, la
anona - e inclusive un ave nueva, el pavo. Más importante que éstas fue la
introducción del maíz, que se menciona por primera vez en el Titrikh-i Hind-i
Gharbi, con el nombre de "mijo egipcio ; y los tubérculos americanos (y
cultivos similares), como la mandioca, el boniato o batata, los patatas y los
cacahuates. Estos productos transformaron tanto la vida como la economía.
Ya en 1583, un lector musulmán que supiera turco, árabe o persa podía leer
sobre los descubrimientos de Colón y las conquistas de Pizarro y Cortés, los
hallazgos de Balboa y Magallanes o las costumbres exóticas de las cortes de
Moctezuma y Atahualpa, en el Tarikh-i Hind-i Gharbi. La cantidad de
manuscritos subsistentes de este pequeño libro, así como las anotaciones al
margen efectuadas por lectores y cuidadosamente recogidas por Goodrich,
demuestran que existía un interés sobre el Nuevo Mundo a nivel popular en
tierras musulmanas.
El tabaco llegó a Fez en 1599, traído del sur por moriscos andaluces. Poco
después apareció en Oriente. Su difusión dio lugar a polémicas y Hajji
Khalifah, autor de la primera geografía moderna completa en turco, Jihan Numa,
escribió en contra de su consumo. No obstante, la planta se aclimató
totalmente en territorios otomanos y resultó de gran importancia económica.
El torrente de plata americana que ingresó en el Imperio Otomano - e incluso
en todas las economías del mundo - tuvo consecuencias trascendentales. Durante
generaciones, el real de a ocho fue la moneda usual para el comercio desde
Marruecos hasta China, e incluso el viajero árabe Elías ibn Hanna, quien
escribió hacia fines del siglo XVII, nunca abandonó el dominio de esta moneda
de plata, a pesar de haber recorrido desde Bagdad hasta Perú. La antigua
hegemonía de esta moneda española se evoca cada vez que escribimos el símbolo
de dólar, $, cuyas dos rayas verticales representan las Columnas de Hércules.
El traslado a las Américas de los métodos y tecnologías agrarios originados en
tierras musulmanas - la producción de algodón, seda, azúcar, índigo y
cochinilla - acarreó la decadencia gradual o incluso la desaparición de
algunas de estas industrias en sus tierras natales. Por ejemplo, la
prevalencia del nopal en las comarcas mediterráneas puede constituir uno de
los vestigios de una tentativa de competir contra los precios baratos de la
cochinilla americana.
Resulta oportuno que este articulo llegue a su fin con la mención de los
viajes de un árabe de descendencia nestoriana, Elías ibn Hanna, y que él haya
sido el primer árabe en viajar extensamente por América del Sur y escribir
sobre sus experiencias. Mil años antes, los nestorianos habían sido los
primeros intérpretes de la cultura griega para los eruditos musulmanes de
Bagdad. En el siglo XVII, mientras escribía Elías, otros miembros de las
comunidades cristianas orientales, en particular maronitas y caldeos,
oficiaban una vez más como nexo entre dos culturas, en este caso entre el
cristianismo y el Islam. Contribuyeron así a las primeras tentativas europeas
de efectuar un estudio científico del idioma árabe. Los monarcas católicos,
Fernando e Isabel, vivían en Sevilla en un palacio andalusí, los Alcázares
Reales. A fines del siglo XV, Sevilla, que sirvió de base para organizar la
exploración del Nuevo Mundo y desde la cual partió Magallanes en su periplo de
circunnavegación de la Tierra, era una ciudad dominada por el minarete de lo
que había sido la Gran Mezquita. Carlos V y otros monarcas españoles
continuaron residiendo en los Alcázares Reales. En todo el complejo del
palacio se encuentran azulejos decorativos, realizados en conformidad con
antiguas técnicas islámicas, que llevan bajo una representación de las
Columnas de Hércules la inscripción Plus Ultra,"Hay más allá"
La supresión del negativo, apenas las dos letras ne, de la antigua leyenda Ne
Plus Ultra fue una de las hazañas más grandiosas del espíritu humano; fue
posible sólo a través de los esfuerzos de la gente de distintas culturas y
religiones por recordar y recuperar su legado común.
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