ISLAM Y AL-ANDALUS

YIA.LM

HISTORIA DE AL-ANDALUS

 

EL ISLAM EN AMÉRICA ANTES DEL DESCUBRIMIENTO

 

VIAJES MENTALES

 Paul Lunde: (Historiador y arabista)

 

 

Existe un pasaje misterioso en Athar al-Bilad ("Monumentos de los países"), de Zakariyya al­Qazwini, cuya rareza llama poderosamente la atención.

 

Yunan, escribe al-Qazwini, empleando el antiguo nombre de Jonia, fue la cuna de los filósofos griegos. "Pero ahora el mar se ha apoderado de ella. Entre sus maravillas se cuenta el hecho de que cualquiera que piense algo en esa tierra nunca lo olvida, o al menos lo recuerda durante mucho tiempo. Los mercaderes que llegan allí por vía marítima afirman que al arribar a este lugar, recuerdan cosas que habían olvidado. Por ello fue la cuna de tantos filósofos casi sin par en el resto del mundo. Para este conocido autor del siglo XIII, contemporáneo apenas mayor que el monarca español Alfonso el Sabio, y que escribía en la época de las Cruzadas, el lugar de nacimiento de Platón y Aristóteles tenía poco que ver con la zona geográfica denominada Grecia. Se trataba más bien de una comarca semimítica de memoria intensificada, aislada por el mar: una especie de Atlántida, comparable a otra isla que se encontraba entre las costas de Yemen y Etiopía, que según se decía poseía una fuente de sabiduría, cuyas aguas despejaban la mente de quien las bebiera.


La Grecia clásica era tan remota en tiempo para los árabes medievales como remotas en distancia las islas del Atlántico. La recuperación parcial por los árabes de obras filosóficas y científicas de una cultura tan lejana de la propia y de enfoque tan ajeno, constituyó un esfuerzo de memoria, un viaje mental que necesariamente precedió y prefiguró las travesías en alta mar que dieron lugar a los descubrimientos geográficos de los siglos XV y XVI, a la llamada Época del Descubrimiento.

Una delicada cadena de transmisión enlaza nuestra actual civilización occidental con las raíces griegas de la cultura filosófica y científica que compartimos con los pueblos musulmanes. Esta cadena abarca desde Mileto en la costa de Asia Menor hasta Atenas, pasa por Alejandría y regresa hacia Roma, cruzando Anatolia e Irán hasta la India, volviendo por Gondeshapur y Bagdad hacia el oeste a lo largo del Mediterráneo, hasta Córdoba, Sevilla, Granada y Toledo, y desde allí a Sicilia, Salerno y las ciudades universitarias de la Europa medieval.

Esta cadena fue forjada por hombres de numerosos antecedentes lingüísticos, culturales y religiosos distintos: paganos, hindúes, judíos, cristianos y musulmanes. Lo único que los asemejaba era la inquietud por hallar respuestas a las preguntas formuladas con tanta sencillez y claridad por los griegos antiguos, desde el siglo V antes de Cristo. ¿Cuál es la forma de la Tierra? ¿Qué tamaño tiene? ¿En qué se apoya? ¿Cuál es su posición en relación con el Sol, la Luna y las estrellas? ¿Cómo podemos conocer nuestra situación real sobre su superficie? ¿Cómo podemos cartografiar esta superficie?

Los griegos no sólo formularon estas preguntas, sino que también las respondieron en la medida en que se lo permitieran los medios que tenían a su disposición. Cuando no lograron hallar las contestaciones, por lo general fue porque carecían de la tecnología necesaria para obtener la respuesta correcta.

En otros casos, se proporcionaron respuestas correctas, a menudo en épocas remotas, y posteriormente se rechazaron o simplemente se olvidaron. Aristarco de Samos afirmó en el siglo III antes de Cristo que: "Las estrellas fijas y el Sol permanecen inmóviles, en tanto que la Tierra gira alrededor del Sol sobre la circunferencia de un círculo, quedando el Sol en el centro de la órbita." Esta descripción del sistema solar heliocéntrico, propuesta 2000 años antes de Copérnico, aparece citada en una obra de Arquímedes titulada Arenario; Arquímedes señala que Aristarco completó el modelo, combinando esta explicación con la rotación de la Tierra sobre su eje. Si bien el Arenario no está incluido entre las obras de Arquímedes que circulaban en traducción árabe en Bagdad durante el siglo X, al-Biruni, quien escribe aproximadamente en el año 1000 después de Cristo, se refiere al modelo heliocéntrico sin asignarle mayor relevancia, como si fuera ya muy conocido, explicando que si bien era indudablemente el correcto, el modelo de Ptolomeo era el preferido por motivos teológicos.

Lo olvidado no fue menos significativo que lo recordado. Esto es particularmente cierto en la historia de los descubrimientos geográficos. La circunnavegación fenicia de África precedió las especulaciones de los filósofos griegos más antiguos por más de 100 años. Inclusive Heródoto, quien preserva el relato de ésta, no lo creyó.
El descubrimiento y el posterior "extravío" de las Islas Canarias constituye otro ejemplo de cómo los conocimientos geográficos - en realidad, los conocimientos científicos en general - no se acumularon gradualmente, por bloques interconectados, como en el juego de video Tetris, sino que fueron apareciendo por rachas, con frecuencia después de prolongados periodos de inactividad o pérdida.
Fueron sumamente pocas las veces que se llevó a cabo un esfuerzo consciente de "recordar", recuperar y luego continuar las obras de los griegos antiguos. Un intento tal se realizó en la época helenística, en Alejandría, cuando se recopilaron, catalogaron y con frecuencia comentaron las obras subsistentes de los antiguos. A nuestros efectos, las obras más importantes resultantes de ello fueron el Almagesto y la Geografía de Claudio Ptolomeo. En estos dos libros, Ptolomeo intentó nada menos que cartografiar los cielos y la Tierra.

El proceso según el cual Claudio Ptolomeo se convirtió en el Batlamiyus Kludiya de los árabes e ingresó en un universo lingüístico y cultural totalmente distinto resulta de un interés cautivador. En Bagdad se llevó a cabo bajo el Califa al-Mamun, en el siglo IX, un esfuerzo consciente de producir versiones en árabe de las obras científicas y filosóficas griegas. La tolerancia que brindaba el Islam a los pueblos de tradición religiosa compartida -  “las gentes del Libró' - significaba que los eruditos musulmanes que no conocieran el griego podían aprovechar la ventaja del contacto directo con los eruditos cristianos que lo dominaran. Los cristianos nestorianos que habían mantenido las tradiciones de la academia alejandrina fueron atraídos a la brillante corte de Bagdad. Allí estaban a salvo de las persecuciones bizantinas y tenían la oportunidad de reunirse con eruditos musulmanes y judíos ansiosos de asimilar el saber griego. Algunos estudiosos árabes lograron dominar el griego y trabajar directamente con los originales o traducirlos al árabe. Otros trabajaban por intermedio de traducciones siríacas preparadas por nestorianos.

Se puede decir que, al alcanzarse la mitad del siglo IX, casi todas las obras científicas y filosóficas griegas existían en árabe. Al Hajjaj concluyó su traducción del Almagesto en el año 826; es posible que la Geografía se haya traducido aún antes. Estos dos libros establecieron el marco dentro del cual se llevarían a cabo las investigaciones astronómicas y geográficas durante los siguientes 700 años.

Ptolomeo no fue recibido con pasividad en el mundo islámico. Desde el principio, tanto el Almagesto como la Geografía fueron sometidos a un exigente escrutinio. Los observatorios establecidos por al-Mamun se utilizaron para corregir el catálogo de estrellas de Ptolomeo; se dio nueva forma a la Geografía, se volvieron a calcularlas coordenadas y se añadieron cientos de observaciones nuevas. En algunos casos su matemática fue violentamente criticada, modificada y refinada a medida que se inventaban nuevos instrumentos y que aparecían recursos matemáticos más perfeccionados. La compilación y publicación de nuevos textos árabes antiguos pone de manifiesto cada vez más la originalidad de la labor de los científicos y matemáticos musulmanes.

Las versiones árabes de los textos griegos preparadas en Bagdad en el siglo IX circularon por todo el mundo islámico. Se corregían las traducciones, se escribían comentarios sobre las mismas y se redactaban obras originales que las utilizaban como punto de partida.

Este caudal creciente de literatura científica, producido en gran parte en un lapso apenas mayor que un siglo, no tardó en llegar a los territorios islámicos de Occidente. Córdoba se convirtió en uno de los principales centros intelectuales de al-Andalus, la España musulmana, en los siglos X y XI. Cuando Toledo fue tomada por los cristianos en 1085, tuvo lugar otro empeño por volcar el legado de los griegos antiguos a otra lengua, esta vez el latín. A principios del siglo XII, los eruditos musulmanes, cristianos y judíos produjeron un conjunto de traducciones desde la lengua árabe, de los autores griegos y sus comentaristas árabes. Fue por esta época que llegaron por primera vez al Occidente latino las obras de Aristóteles, que tan enormes repercusiones tendrían en la historia intelectual de Europa. Aristóteles y sus comentaristas árabes, Ibn Sina e Ibn Rushd - venerados en Occidente con los nombres de Avicena y Averroes - se convirtieron en punto de partida para casi todos los científicos y filósofos europeos hasta el Renacimiento.

La culminación del traslado del saber griego y árabe a Occidente se alcanzó en el siglo XIII y ocurrió durante los reinados de dos monarcas europeos, cada uno de los cuales gobernó tierras que habían sido musulmanas y tenía súbditos de distintas religiones. Entre los dos, Federico II, Emperador de Occidente y rey de Sicilia y Jerusalén, y su pariente cercano, Alfonso X de España, abarcan casi todo el siglo. Los dos hombres hablaban árabe y es posible que hayan podido leer la lengua clásica. En la corte brillante de Federico en Sicilia, trabajaban a la par eruditos musulmanes, cristianos y judíos. Hombres como Michael Scot tradujeron a Averroes; aquí Leonardo de Pisa introdujo los números árabes a Europa. Más adelante en el mismo siglo, Alfonso el Sabio estableció la primera escuela de árabe, bajo la dirección de un estudioso musulmán, en la provincia recientemente conquistada de Murcia. Esta escuela se trasladó luego a Sevilla, que en la segunda mitad del siglo XIII heredó el cetro de Toledo y se convirtió en un activo centro para la investigación científica, en especial de la astronomía. Los intereses de Alfonso el Sabio no sólo eran científicos, sino también literarios. Patrocinó la traducción de obras árabes tan famosas como Kalilah wa Dimnah y no sólo escribió sus propias Cántigas de Santa María en la forma métrica árabe denominada zajal, sino que además utilizó como música melodías ya existentes de canciones árabes. Tanto Federico como Alfonso redactaron códigos legislativos de amplio alcance y sería difícil no advertir la influencia ejemplar de la ley islámica, sharia, en esta inquietud por la reglamentación minuciosa de las relaciones entre sus respectivos súbditos.

No es, tal vez, sorprendente que el primer viaje europeo conocido de exploración haya tenido lugar dentro de ese entorno y en ese siglo. En 1291, poco después de la muerte de Alfonso el Sabio, los hermanos Vivaldi de Génova emprendieron una importante expedición a lo largo de la costa occidental de Africa en dirección sur, en un empeño por hallar la ruta marítima a las Islas de las Especias. Jamás regresaron y se ignora hasta qué punto llegaron, aunque el solo hecho de que consideraran posible la circunnavegación de África significa que tenían acceso a una tradición no basada en Ptolomeo, probablemente de origen árabe, puesto que, como veremos, los eruditos como al-Bíruni estaban persuadidos de que los Océanos Atlántico e Indico se unían al sur.

Entre las obras menores del poeta e historiador Ibn Said al-Maghribi - contemporáneo casi exacto de Alfonso el Sabio, que nació en Granada, se educó en Sevilla y viajó extensamente en el Oriente - se encuentra un pequeño manual de geografía. Basado en Ptolomeo, no es una obra muy original, pero contiene una cierta cantidad de información sobre las costas africanas, occidental y oriental, que no se encuentra en otras fuentes. Ibn Said obtuvo esta información de Ibn Fati­mah, de quien poco se conoce, con la excepción de que fue un mercader que prosperó. La importancia de Ibn Fatimah reside en sus descripciones de lugares que no fueron tocados por los europeos hasta 200 años más tarde. Menciona, por ejemplo, las Islas de Cabo Verde, pero con una falta de detalles exasperante. En la costa oriental de África conoce Madagascar y algo de la costa opuesta. Es difícil determinar si este tipo de información habría llegado a manos de hombres como los hermanos Vivaldi y si hubiera influido en ellos, pero sin duda las obras de Ibn Said eran conocidas en Andalucía.

 El siglo XIII también marca la aparición de las primeras cartas portulanas, mapas náuticos sumamente precisos del Mediterráneo, en las que aparecía indicada la totalidad de los cabos y bahías de la costa. Las distancias son extremadamente precisas y la longitud del Mediterráneo es casi exacta, contrariamente a la longitud calculada por Ptolomeo. Su aparición coincide con el empleo generalizado de la brújula por primera vez y normalmente estaban marcadas con loxodromias, o líneas de rumbo, para permitir hallar la orientación correcta. La existencia de estas cartas demuestra que, junto con la tradición erudita de Ptolomeo, existía una ciencia cartográfica práctica que no obedecía en nada a la tradición de Ptolomeo y que era mucho más precisa. Estos eran los tipos de mapas que preparaban y vendían Cristóbal Colón y su hermano Bartolomé para ganarse la vida; eran asimismo los tipos de cartas que dibujaba el navegante turco otomano Piri Reis.

La existencia de las cartas portulanas, que a veces marcan e indican islas "imaginarias" en el Atlántico, es la ilustración perfecta de la supervivencia de técnicas de navegación y cartografía entre los marinos que apenas se mencionan en la tradición culta. Así, junto a la tradición escrita había otra: la tradición oral, que llegaba hasta los griegos y tal vez aún más lejos, hasta civilizaciones mediterráneas anteriores. Las tradiciones oral y escrita se compenetraron. La información "culta", tal como la declaración de Ptolomeo de que nadie sabía lo que quedaba del otro lado de las Columnas de Hércules, fue convertida por la tradición popular en un par de estatuas de bronce gigantes, que advertían a los viajeros que regresaran. A la inversa, las tradiciones populares como ésta, y las numerosas historias que circulaban acerca de islas en el Atlántico, hallaron su lugar en las obras "cultas", tales como la Geografía de al-Idrisi.

Si bien ambas tradiciones contribuyeron al descubrimiento del Nuevo Mundo por Colón, tal vez la popular y verbal fuera la más significativa, puesto que Colón era hombre medieval y tenía la mente llena de maravillas. Sólo después de regresar de su primer viaje comenzó a examinar las obras cultas en busca de justificativos de las teorías que mantenía.

La precedencia de la tradición oral con respecto a la culta en la aventura colombina se pone de manifiesto en otra faceta del carácter versátil del almirante. No cabe duda de la pericia náutica de Colón; hace años, el biógrafo Samuel Eliot Morison destacó su talento para la navegación a estima y su notable habilidad de hallar una ruta en aguas inexploradas. Estos eran los tipos de destrezas que crearon las portulanas. Sin embargo, Colón era completamente inútil con la brújula y el astrolabio, algunas veces cometiendo errores con este último de más de 20 grados. Por ello, es posible que la brújula y el astrolabio hayan llegado hasta Andalucía a través de los árabes, pero poco ayudaron para encontrar a América.

Lo mismo podría decirse de la carabela. Se creía en forma generalizada que la travesía de Colón había sido posible gracias a las innovaciones en construcción naval: la invención de la nave de fondo redondeado, la adopción de la vela latina de los árabes, y así sucesivamente. Indudablemente, estos elementos facilitaron el viaje, pero no lo hicieron inevitable. Los fenicios emprendieron largas travesías en galeras; los vikingos, en chalupas; los árabes, en las naves llamadas dawa; Cheng Ho de la China, en sus juncos inmensos y de fondo plano; los polinesios, en canoas con batangas. Mucho más importante que el tipo de embarcación es tener un destino. Colón sabía exactamente adónde iba: se dirigía directamente al Japón.

Es fácil olvidar, en el deslumbre de su singular descubrimiento, el objetivo original de Colón: deseaba encontrar una ruta marítima hacia las Islas de las Especias y China con el fin de comerciar las valiosas especias directamente con los proveedores, eliminando así los intermediarios, que durante siglos habían sido los mercaderes musulmanes. Si un solo acontecimiento pudo aunar las mentes de los europeos del siglo XV en lo tocante a la conveniencia de llevar esto a cabo, probablemente haya sido la ascensión de Tamerlán al poder.   Tamerlán y sus hordas de guerreros centroasiáticos arrasaron grandes extensiones del Oriente Medio. Las antiguas rutas terrestres a China quedaron interrumpidas; ciudades mercantiles como Damasco, Alepo y El Cairo, que se encargaban del trasbordo de las especias y otros productos a Europa, fueron devastadas o bien amenazadas con ello. En 1401, la Corona española envió una embajada a Tamerlán en Samarcanda, supuestamente para conocer sus intenciones. Dos años más tarde, el emperador de China, también alarmado, envió una embajada a Malaca, importante emporio para el tráfico de las especias, con el fin de discutir el mismo tema.

Entre 1405 y 1433, el emperador de China envió siete expediciones de juncos inmensos, bajo las órdenes de un almirante musulmán cuyo nombre era Cheng Ho, hacia el Océano Indico, con el objeto de entrar en contacto con los soberanos de las Islas de las Especias y cartografiarlas. Cheng Ho visitó la mayor parte de los puertos del Océano Indico, inclusive los de la península de Arabia, y elaboró un mapa excelente del Océano Indico, siguiendo el modelo chino de cuadriculación. Más adelante en el mismo siglo, el Infante Enrique el Navegante y su hermano comenzaron a patrocinar los viajes portugueses a lo largo de la costa de África, en dirección sur. Tanto portugueses como chinos reaccionaban a un mismo acontecimiento: los efectos de Tamerlán en el comercio de larga distancia.

La amenaza de Tamerlán no tardó en disminuir; sus descendientes adoptaron el Islam y se hicieron famosos por su interés en la arquitectura y las ciencias. No obstante, la idea de navegar directamente a Oriente había echado raíces en la península ibérica, donde el contacto cercano con la tradición geográfica musulmana, tanto popular como culta, tal vez hacía que esta idea pareciera más factible que en otras partes de Europa.

El Imperio Otomano, la principal potencia musulmana durante la Época del Descubrimiento de Europa, no se interesaba mucho por los acontecimientos del otro lado del Atlántico. Con todo, a medida que avanzaba el siglo XVI, las vidas de quienes habitaban las tierras musulmanas fueron cambiando a raíz de los acontecimientos, al principio de manera trivial y más adelante en forma considerable. Aparecieron frutas y plantas exóticas - la piña o ananás, la anona - e inclusive un ave nueva, el pavo. Más importante que éstas fue la introducción del maíz, que se menciona por primera vez en el Titrikh-i Hind-i Gharbi, con el nombre de "mijo egipcio ; y los tubérculos americanos (y cultivos similares), como la mandioca, el boniato o batata, los patatas y los cacahuates. Estos productos transformaron tanto la vida como la economía.

 Ya en 1583, un lector musulmán que supiera turco, árabe o persa podía leer sobre los descubrimientos de Colón y las conquistas de Pizarro y Cortés, los hallazgos de Balboa y Magallanes o las costumbres exóticas de las cortes de Moctezuma y Atahualpa, en el Tarikh-i Hind-i Gharbi. La cantidad de manuscritos subsistentes de este pequeño libro, así como las anotaciones al margen efectuadas por lectores y cuidadosamente recogidas por Goodrich, demuestran que existía un interés sobre el Nuevo Mundo a nivel popular en tierras musulmanas.

El tabaco llegó a Fez en 1599, traído del sur por moriscos andaluces. Poco después apareció en Oriente. Su difusión dio lugar a polémicas y Hajji Khalifah, autor de la primera geografía moderna completa en turco, Jihan Numa, escribió en contra de su consumo. No obstante, la planta se aclimató totalmente en territorios otomanos y resultó de gran importancia económica.

El torrente de plata americana que ingresó en el Imperio Otomano - e incluso en todas las economías del mundo - tuvo consecuencias trascendentales. Durante generaciones, el real de a ocho fue la moneda usual para el comercio desde Marruecos hasta China, e incluso el viajero árabe Elías ibn Hanna, quien escribió hacia fines del siglo XVII, nunca abandonó el dominio de esta moneda de plata, a pesar de haber recorrido desde Bagdad hasta Perú. La antigua hegemonía de esta moneda española se evoca cada vez que escribimos el símbolo de dólar, $, cuyas dos rayas verticales representan las Columnas de Hércules.

El traslado a las Américas de los métodos y tecnologías agrarios originados en tierras musulmanas - la producción de algodón, seda, azúcar, índigo y cochinilla - acarreó la decadencia gradual o incluso la desaparición de algunas de estas industrias en sus tierras natales. Por ejemplo, la prevalencia del nopal en las comarcas mediterráneas puede constituir uno de los vestigios de una tentativa de competir contra los precios baratos de la cochinilla americana.

Resulta oportuno que este articulo llegue a su fin con la mención de los viajes de un árabe de descendencia nestoriana, Elías ibn Hanna, y que él haya sido el primer árabe en viajar extensamente por América del Sur y escribir sobre sus experiencias. Mil años antes, los nestorianos habían sido los primeros intérpretes de la cultura griega para los eruditos musulmanes de Bagdad. En el siglo XVII, mientras escribía Elías, otros miembros de las comunidades cristianas orientales, en particular maronitas y caldeos, oficiaban una vez más como nexo entre dos culturas, en este caso entre el cristianismo y el Islam. Contribuyeron así a las primeras tentativas europeas de efectuar un estudio científico del idioma árabe. Los monarcas católicos, Fernando e Isabel, vivían en Sevilla en un palacio andalusí, los Alcázares Reales. A fines del siglo XV, Sevilla, que sirvió de base para organizar la exploración del Nuevo Mundo y desde la cual partió Magallanes en su periplo de circunnavegación de la Tierra, era una ciudad dominada por el minarete de lo que había sido la Gran Mezquita. Carlos V y otros monarcas españoles continuaron residiendo en los Alcázares Reales. En todo el complejo del palacio se encuentran azulejos decorativos, realizados en conformidad con antiguas técnicas islámicas, que llevan bajo una representación de las Columnas de Hércules la inscripción Plus Ultra,"Hay más allá"

La supresión del negativo, apenas las dos letras ne, de la antigua leyenda Ne Plus Ultra fue una de las hazañas más grandiosas del espíritu humano; fue posible sólo a través de los esfuerzos de la gente de distintas culturas y religiones por recordar y recuperar su legado común.
 

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