Cuando Colón llega a
las Indias Orientales en 1492, no podía más que dar gracias a Dios, porque su
aventura podía muy bien haber fracasado. En efecto, parece demostrado Don
Cristóbal era un astrónomo más bien mediocre, y al encontrar constelaciones del
Sur en su viaje, que él no conocía, se lió de tal manera que confundió la Polar
con β-Cephei, desviándose de la ruta prevista.
Además, el éxito de su empresa dependió de la aceptación por parte de los Reyes
Católicos del sufragio de los gastos, para lo cual Colón hubo de convencer a los
expertos de la Universidad de Salamanca.
No es cierto, como
cuenta Washington Irving, que los sabios españoles dudasen de la esfericidad de
la Tierra (tal vez algunos marinos incultos y fantasiosos, sí), pues desde
Aristóteles se sabía que la Tierra era esférica. El filósofo griego primero lo
pensó así: si la Tierra es el centro del universo, toda materia que caiga al
centro se dispondrá en forma de esfera. Hoy día parece un tanto dislocado, pero
el caso es que la Tierra es redonda, como el propio Aristóteles comprobó con 1a
experiencia: la sombra de nuestro planeta sobre la Luna en un eclipse es curva.
Este pensamiento fue perdido pues los originales griegos desaparecieron. Gracias
a traductores andalusíes la cristiandad pudo tomar cuenta del conocimiento
clásico, y salió de la Edad Oscura medieval. Aunque San Agustín (que en su
juventud estuvo tan agustín que tuvo un hijo natural) se empeñó en que la
Tierra era plana, casi todo el mundo en el siglo XV estaba convencido de la
esfericidad del planeta. Y todo gracias a los andalusíes que tradujeron a
Aristóteles.
Sin embargo Colón
sí tuvo que enfrentarse a otros inconvenientes, surgidos también en tierras de
Al-Andalus. Hagamos memoria. Alfonso X el Sabio tenía serias aspiraciones al
trono del Sacro Imperio Romano Germánico, por lo que se puso en relación con los
más poderosos de la época, como era el mogol Gengisjan, que acababa de pacificar
Asia, y los mamelucos de Egipto. Ello fomentó intercambios científicos entre
1262 y 1282 de las cuales derivaron tres importantes consecuencias. La primera,
de fundamental importancia para Colón, era la construcción de las primeras
cartas náuticas planas, basándose en las ideas del cartógrafo chino Chu-Ssu-Pen
(cuya muestra más significativa es la carta Magrebí, elaborada en Granada). En
segundo, lugar la elaboración de las Tablas Alfonsíes, donde aparecían datos
sobre el movimiento planetario, y que fueron empleadas desde España a Asia Menor
hasta bien entrado el siglo XVI. En tercer lugar, pudo poner en conocimiento los
datos astronómicos tomados en diferentes observatorios del planeta, como Toledo,
Pekín o Maraga (Persia), este último el más importante de su época, fundado por
el insigne Nasir al-Din Tusi (m. 1274). De esta forma se pudo saber, comparando
las horas de comienzo de varios eclipses lunares visibles en esos puntos, el
tamaño real de la Tierra.
Los catedráticos
salmantinos estaban al tanto de estos descubrimientos, y de otros más recientes
hechos por europeos, que daban a la Tierra un diámetro de unos 40.000 km. Pero
Colón insistía en que tenía tan sólo 30.000 Km., basándose en un conocido
astrónomo árabe de Bagdad, coetáneo del mencionado al-Din Tusi, llamado Al-Farqani
(Alfraganus para los amigos escolásticos). Éste había escrito el Libro de la
ciencia de las estrellas y movimientos celestes en árabe. Sólo se encontraba en
al-Andalus, donde Juan de Sevilla y Gerardo de Cremona tuvieron que venir a
traducirlo. Allí se cifraba el diámetro terrestre en 20 400 millas árabes (unos
40.253 Km., impresionantemente cerca del valor correcto de 40075 km, máxime
teniendo en cuenta que estaba el hombre en el siglo XIII). Pero Colón confunde
(o tal vez lo hace a posta) la milla árabe con la romana, por lo que obtiene
30.044 km de diámetro, unos 3/4 del valor real. De esta manera asegura que el
espacio a recorrer por el Atlántico es más corto del que se decía. Además,
hábilmente alargó la longitud de China en los mapas, para que Catai se acercase
más a España. El caso es que Don Cristóbal debía tener una labia impresionante,
porque acabó convenciendo a los expertos, y se fue a la conquista de las
Américas.
Y aconteció que en
su cuarto viaje, en el año del Señor de 1504, estando cerca de Jamaica, los
barcos de Colón fueron a encallar en esas islas, de donde no podría salir si no
lograba que los indios le facilitaran agua y víveres. Pero éstos se
negaban, pues veían la oportunidad de librarse del conquistador. Pero hete aquí
que Colón, utilizando un libro astronómico, llamado Efemérides, consigue
predecir un eclipse lunar para el 29 de febrero, justo por esas fechas. Así que
anuncia a los jamaicanos que su conducta no agrada a sus dioses, que harán que
la Luna se colme de sangre como muestra de repulsa. Al ver el eclipse, los
indios quedan horrorizados, y aquí interviene de nuevo el Almirante, empleando
dotes teatrales envidiables, diciendo que si le proporcionan lo que les pide,
convencerá a los dioses para que liberen a la Luna de su tormento. De este modo,
consiguió salir Colón airoso de una difícil situación. Todo gracias a su
habilidad y a un libro. Este libro fue escrito por Johann Müller, llamado
Regiomontano, en el siglo XV. A este astrónomo alemán, que murió a causa de
peste, le debemos que las matemáticas tengan senos. Pero yendo a lo que nos
interesa, se basó en el trabajo de un notable andalusí para completar esas
Efemérides que salvaron a Colón. Nos referimos a Ibn Mu'ad, matemático de Jaén,
el cual publicó el primer tratado exclusivamente de trigonometría en Europa. En
ese tratado plantea y resuelve problemas de trigonometría esférica y de notable
interés en astronomía y navegación. Sus relaciones se emplearon durante siglos,
incluido el gran Regiomontano. Sólo se verá superado por matemáticos franceses
en el siglo XVI. Gracias a su trabajo, y a los que se basaron en él, se
construyeron la mayoría de las cartas de navegación andalusíes y europeas.
Obsérvese la importancia manifiesta de este jiennense cuyo saber perduró durante
siglos, y cuyo saber permitió a Colón disponer de cartas de navegación adecuadas
para emprender el viaje a las Indias, y le dio la oportunidad de regresar sano y
salvo.
Pedro Luque Escamilla es astrofísico por la Universidad
Complutense de Madrid y Doctor en Astrofísica en la Universidad de Granada.
Actualmente es profesor adjunto de la Universidad de Jaén.