LA GUERRA DE BUSH

CIA Y KGB, HISTORIA DE INHUMANIDAD E INTERVENCIONES

Publicado por Excelsior

JEANETTE BECERRA ACOSTA

Hechos del Siglo

* Desde Antes de 1945, Lucha Oculta Para Dominar al Mundo
* Delinearon el Futuro Geopolítico y Económico de las Naciones
* Grupos Mexicanos Reciben Fondos Para "la Democracia"

 

 

No es suficiente que un poder mundial adivine hacia dónde lo conducen los eventos; de ahí la necesidad de cambiarlos hacia la dirección deseada, antes de recurrir a la guerra... Robert Cecil, estratega de Inteligencia.
Aun antes de que terminara el gran conflicto bélico en 1945, Estados Unidos y la ex-Unión Soviética iniciaron un nuevo tipo de guerra secreta, fraudulenta, cruel y plagada de corrupción.
Una guerra que en poco tiempo se extendió a prácticamente todos los países del mundo.
Cientos de miles de combatientes locales, agentes de inteligencia e incluso fuerzas militares de ambas naciones, participaron en operaciones clandestinas y misiones terroristas para derrocar gobiernos, asesinar líderes, socavar economías y entrenar escuadrones de la muerte en apoyo a regímenes afines a sus intereses superiores de seguridad nacional.
Esta guerra oculta por la censura de facto, cuyas consecuencias todavía no se manifiestan en toda su dimensión, se originó hace más de cinco décadas a partir del enfrentamiento clandestino entre los servicios de seguridad de las dos superpotencias -la KGB de la ex URSS y la CIA de EU-, que en su afán por imponer al mundo sistemas político-ideológicos y económicos antagónicos, llevaron a cabo una diversidad de operaciones clandestinas, pero también directas en la forma, invasiones militares a gran escala.
Asimismo, las agencias de espionaje estadounidense y soviética, incurrieron en acciones inhumanas y genocidas a través de una multiplicidad de técnicas de espionaje, infiltración y manipulación indiscriminadas; misiones encubiertas , alegales; sobornos a presidentes y funcionarios extranjeros e incluso celebraron acuerdos secretos de intercambio de armamento y tecnología bélica por drogas en Vietnam, Centroamérica y Afganistán.
De China, Italia, Grecia, Filipinas, Corea y Europa del Este en la década de los cuarenta; Irán, Alemania, Guatemala, Costa Rica, Oriente Medio e Indonesia en los inicios de la Guerra Fría, hasta Vietnam, Camboya, Laos, Haití, Brasil, Perú, Uruguay, México, Bolivia, República Dominicana, Cuba y el Congo, y de 20 años a la fecha, Chile, Irak, Angola, Jamaica, Libia, Granada, Nicaragua y El Salvador, ningún país se mantuvo al margen del escrutinio, el espionaje y la implementación de operaciones antisoberanas perpetradas por la CIA y hasta hace relativamente poco tiempo por la extinta KGB.
Aunque ambas agencias tuvieron éxitos y fracasos, la intervención de la CIA en particular fue definitiva, no sólo para delinear el futuro geopolítico, económico e ideológico de las naciones, a imagen y semejanza del sistema capitalista estadounidense, sino para finalmente ganar la Guerra Fría a la Unión Soviética, un imperio que se resquebrajó desde sus cimientos hacia fines de la década de los ochenta. Sin embargo, tras la caída del muro de Berlín, Washington inauguró una nueva era de operaciones clandestinas para pelear las dos grandes guerras del siglo XXI, esta vez contra las organizaciones transnacionales del narcotráfico y el terrorismo, sobre todo en el llamado tercer mundo.
Analistas de inteligencia coinciden en señalar que si bien los costos del enfrentamiento entre la CIA y la KGB en los países en vías de desarrollo durante la última mitad del siglo fueron devastadores en cuanto a la pérdida de vidas humanas, las consecuencias de las operaciones clandestinas que propiciaron la propagación de un considerable y mortífero arsenal en todo el planeta y la transferencia de tecnologías nucleares, como en el caso de Israel, no han sido evaluadas en su justa dimensión.
Los investigadores advierten que el armamento transferido a un número importante de países aliados de una y otra superpotencia durante los años de la Guerra Fría, tanto convencionales como nucleares, son un peligro real e inminente para las futuras generaciones en naciones ricas y pobres por igual. Y afirman que la guerra contra las drogas y el terrorismo es el preludio de una nueva era de intervencionismo del poder político y económico dominante, en la que los servicios de inteligencia y en especial la CIA, jugarán un papel fundamental en la consolidación del gran mandato "Divino", contenido en el Destino Manifiesto, proclamado hace más de dos siglos por los padres fundadores de la naciente República de Estados Unidos.

223 AÑOS EN LA CLANDESTINIDAD

Para Stephen F. Knott, catedrático de Ciencias Políticas en la Academia de la Fuerza Aérea de EU, la supuesta "inocencia" de su país en el intervencionismo abierto y encubierto antes del fin de la II Guerra Mundial, es un mito. De hecho, Estados Unidos tiene en su haber un rico historial de operaciones clandestinas que datan de las presidencias de George Washington, Thomas Jefferson y sus sucesores, que son equiparables, por los abusos cometidos entonces, a instancias del espionaje moderno como el Irán-Contra ordenado por Ronald Reagan en la pasada década.
"Estas operaciones que sucedieron tanto en tiempos de guerra como de paz, incluyeron intervenciones en los asuntos internos de naciones soberanas mediante sobornos y apoyos a movimientos insurgentes, secuestros, contrataciones de periodistas y clérigos para cumplir tareas de inteligencia y propaganda, así como la utilización de fondos del servicio secreto para propósitos al interior de EU. Podría argumentarse que esta era, inclusive las presidencias de Washington a Lincoln, representan el pináculo de las actividades encubiertas estadounidenses", afirma Knott en su obra "Secreto y sancionado".
Sin embargo, la CIA como tal tuvo su origen en las operaciones de inteligencia de EU durante la II Guerra Mundial. En 1941, el entonces Presidente Franklin Delano Roosevelt se percató de la necesidad de crear una coordinación que se encargara de proteger los intereses nacionales del país y para cumplir esa tarea designó al millonario William J. Donovan, conocido como "Wild Bill", un héroe de la guerra de 1914, ex Subprocurador de Justicia y ex candidato republicano a la gubernatura de Nueva York.
Después del ataque japonés a Pearl Harbor, la coordinación de Donovan fue denominada Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) y los cuarteles generales de la misma trasladados a Londres. Para 1945, la naciente agencia empleaba a más de 13 mil personas y operaba a través de cuatro subdirecciones con un presupuesto de 37 millones de dólares. Muchos de los futuros directores y subdirectores de la CIA iniciaron sus carreras de espionaje en la agencia madre que encabezó Donovan durante sus cuatro años de existencia.
A la muerte de Roosevelt en abril de 1945, "Wild Bill" se había ganado muchos enemigos poderosos, entre estos Harold Smith, el flamante director de la Oficina de Presupuestos de Harry S. Truman, que mucho influyó en la decisión presidencial de desmantelar la OSS, reubicando algunas de sus secciones en los departamentos de Estado y de Guerra y desapareciendo otras en su totalidad.
Este golpe a la naciente comunidad de espías de la postguerra, ocasionó una caótica desbandada y un desequilibrio al interior del aparato mismo de la inteligencia estadounidense. Para septiembre de ese año, el secretario de la Marina, James Forrestal, propuso con urgencia la elaboración de un estudio que analizara y definiera los requerimientos de EU en materia de inteligencia.
El abogado neoyorquino Ferdinand Eberstadt fue el encargado de producir el documento-propuesta en el que concluyó que Estados Unidos necesitaba una "máquina" capaz de hacer tanto la guerra como la paz. Fue entonces que Truman creó el Grupo Central de Inteligencia (CIG), no sin antes advertir que "este país no quiere una Gestapo bajo ningún disfraz..."
La directiva presidencial entró en vigor en enero de 1946 y junto con ésta Truman creó un grupo paralelo de mando para tener control en la CIG. Así nació la Autoridad Nacional de Inteligencia que estuvo a cargo de los secretarios de Estado, Guerra y Marina y de un representante personal del Mandatario, hasta que el selecto grupo se estableció un año después como Consejo de Seguridad Nacional (NSC), con la estructura que mantiene hasta el día de hoy.
En el libro "KGB-CIA: operaciones de inteligencia y contrainteligencia", sus autores Celina Bledowska y Jonathan Bloch relatan una anécdota de la fiesta que organizó Truman para celebrar el nacimiento de la CIG: "Fue una celebración muy rara en la que el Presidente ofreció a sus invitados sombreros negros, togas y dagas de madera... parece extraño que una organización que supuestamente estaba limitada a recolectar información y no a espiar fuera festejada por el Presidente de esa manera".
El primer director de la CIG, almirante Sidney Souers, fue sustituido a los seis meses de haber tomado posesión por un ambicioso militar que aspiraba a convertirse en general de cuatro estrellas y a dejar huella en la naciente agencia. Y de hecho, en muy poco tiempo Hoyt S. Vandenberg logró hacerse de un gran poder no sólo por sus técnicas de reclutamiento, sino por arrebatar el control de la organización de espionaje e inteligencia secretas de la ex OSS, que consistía en 400 efectivos al interior de EU y 600 adscritos a estaciones de campo en el extranjero y que hasta ese momento estaba bajo la jurisdicción del Departamento de Guerra.
Cabe resaltar que Vandenberg fue el primer director de los servicios secretos estadounidenses en "exigir el derecho de recolectar" información de inteligencia en América Latina, una tarea que desarrollaba el FBI. Durante su ejercicio al frente de la CIG, el teniente-general también llegó a controlar la Oficina de Operaciones, el Servicio de Información de Radiodifusoras Extranjeras y se vinculó con la organización de los descifradores de códigos y claves secretas, que posteriormente se convirtió en lo que hoy se conoce como Agencia de Seguridad Nacional (NSA).
Para entonces, la CIG tenía una población de dos mil elementos en activo...

LA GUERRA FRIA

Casi simultáneamente al fortalecimiento de la CIG, que en pocos años se transformó en una efectiva organización de inteligencia y espionaje, los problemas entre Washington y su antiguo aliado, la Unión Soviética, iban en aumento. Más aún, las relaciones empezaron a deteriorarse sin remedio a partir de una serie de acontecimientos que probaron las "extensivas" actividades de espionaje soviético en EU y Canadá.
La primera alarma detonó en septiembre de 1945 luego que Igor Gouzenko, un empleado de la embajada soviética en Ottawa, desertó con una colección de documentos secretos que revelaron la existencia de una red mayor de espionaje soviético en los dos países del norte, en la que estaban implicados funcionarios canadienses de alto rango y científicos vinculados al proyecto de la bomba atómica.
A partir de ese suceso, las dos superpotencias intensificaron sus actividades de inteligencia y espionaje -una contra otra-, encaminándose así hacia la declaración de la Guerra Fría, que en sus inicios se concentró en la identificación de agentes clandestinos que informaban detalladamente a la Unión Soviética de todos y cada uno de los nuevos descubrimientos científicos en Occidente y que en esa época se conocieron como "espías atómicos".
Entre éstos, cabe destacar al físico nuclear de origen alemán Klaus Fuchs, que pasó secretos a la URSS de 1941 a 1950, año en que fue descubierto y detenido; el físico Alan Nunn May, que trabajó en el Proyecto Atómico Anglo-Canadiense y que fue arrestado por entregar muestras del uranio utilizado a agentes soviéticos y, naturalmente, Julius y Ethel Rosenberg, ejecutados en EU en 1953, a pesar de que siempre se declararon inocentes.
Aunque en la actualidad prevalece la noción de que el espionaje soviético no contribuyó en gran medida al desarrollo de su programa nuclear, analistas e historiadores como Bloch y Bledowska afirman que las operaciones encubiertas de la URSS durante las décadas de los 40 y 50 fueron el detonante de las hostilidades entre las superpotencias, a partir del clima de histeria colectiva, pánico y paranoia que vivió Occidente en esa época.
En 1947, la Unión Soviética reorganizó sus servicios de inteligencia, creando el Comité de Información (KI) que aglutinó las unidades de espionaje en el extranjero del Ministerio de Asuntos Internos (MVD) y de la organización de la inteligencia militar. El hombre fuerte en Moscú a cargo de la vasta red de policías y agentes secretos, de las prisiones y campos de concentración, era Lavrenti Beria, opacado en poder y maldad solamente por Josef Stalin.
Ese mismo año (1947), el 18 de septiembre, entró en vigor el Acta de Seguridad Nacional que dio vida a la Agencia Central de Inteligencia (CIA), que desde entonces ha traspasado las fronteras de todas las naciones, pero también los límites del poder mismo estadounidense, más allá de la Casa Blanca, el Congreso y el Sistema Judicial...

¡MEJOR MUERTO QUE ROJO!

En menos de seis años, la CIA tuvo dos directores: el almirante Roscoe Hillenkoetter y el general Walter Bedell Smith, este último encargado de estructurar la agencia en su primera etapa. Para 1952, año en que asumió la presidencia Dwight Eisenhower, la histeria anticomunista se había transformado en "amenaza" a la seguridad nacional de Estados Unidos y la frase "better dead than red" (mejor muerto que rojo), en el grito de guerra.
Para fines de ese año, la CIA empleaba a más de 10 mil personas y su presupuesto era ilimitado. En 1953, Eisenhower designó a Allen Dulles para encabezar la agencia y a su hermano, John Foster Dulles, como secretario de Estado. El flamante espía mayor de la administración republicana no era ningún inprovisado. Su experiencia en la clandestinidad se había iniciado durante la I Guerra Mundial y consolidado en la OSS en la década de los cuarenta.
Dulles, cesado años más tarde por John F. Kennedy por el fiasco de la invasión a Bahía de Cochinos en Cuba, siempre estuvo convencido de que su misión en la vida era "echar para atrás al comunismo" y qué mejor que la CIA para hacerlo.
Fue precisamente bajo su dirección que la agencia se convirtió en la organización clandestina más efectiva del mundo. Entre otras cosas, Dulles promovió la gran propaganda anticomunista en Europa del Este a través de la Radio Libre Europa por la que pagaba 30 millones de dólares al año, sin embargo su gran contribución al "mundo libre" fue la inversión de millones de dólares en la construcción de instituciones académicas tales como el Centro de Estudios Internacionales en el MIT de Massachussetts, para "promover el mundo de acuerdo a la CIA", como solía decir.
Asimismo, durante la gestión de Dulles se iniciaron las prácticas de canalizar fondos "encubiertos" tanto oficiales como del sector privado y los sindicatos en EU, para fomentar "la democracia" y el espíritu de la libre empresa entre los gremios, partidos políticos, universidades y asociaciones civiles tercermundistas. En 1984, Ronald Reagan ordenó la creación del Fondo Nacional para la Democracia (NED), que desde entonces absorbió parte de las funciones de la CIA, a través de la implementación del Proyecto Democracia en el mundo.
Concretamente en México, los partidos Acción Nacional y de la Revolución Democrática -PAN y PRD- así como organizaciones civiles diversas, tales como Alianza Cívica, Mujeres en la Lucha por la Democracia y el Movimiento Ciudadano para la Democracia, entre muchas otras, reciben financiamiento del NED, a pesar del oscuro origen de esta agencia y de su claro pero sutil intervencionismo en los procesos electorales, mediante la canalización de millones de dólares en apoyo económico a la labor de los llamados "observadores".
Pero la historia contemporánea de las intervenciones y las operaciones encubiertas en América Latina se origina en la década de los cincuenta cuando la administración Eisenhower recrudeció su política del "garrote y la zanahoria", registrándose durante esa década una serie de acontecimientos en la región y en el tercer mundo, en los que Allen Dulles estuvo directamente involucrado. Entre estos, cabe recordar el golpe de Estado contra el Presidente de Guatemala, Jacobo Arbenz, en 1954, y el asesinato del Primer Ministro congolés, Patrice Lumumba, al que mandó matar bajo la premisa que su ejecución era "un objetivo urgente y primordial" para los intereses de EU.
Y también con base en la doctrina de Seguridad Nacional, el espionaje, las calumnias y las operaciones clandestinas durante los años Eisenhower-Dulles, no se limitaron a la persecución extrafronteras. Al interior de Estados Unidos, cientos de ciudadanos fueron víctimas de la fiebre anticomunista que promovió el senador Joseph McCarthy con el total apoyo de la administración republicana y de la CIA.
En términos de propaganda y espionaje, la década de los cincuenta fue particularmente importante para la CIA, pero también para la KGB que no perdió tiempo y se dedicó a invertir recursos económicos para financiar sindicatos en Europa Occidental y regímenes afines a su ideología. Durante esos años, ambos lados lograron establecer bastiones de poder, fuertes y perdurables. Quizá la única diferencia entre ambos, precisan los historiadores, es que los líderes soviéticos sabían exactamente lo que sucedía, mientras que la administración estadounidense sólo conocía lo que la CIA estaba dispuesta a informarle.
Bledowska y Bloch puntualizan que aunque siempre se consideró que la KGB utilizaba métodos más brutales que su contraparte estadounidense, la realidad es que los instructores de la CIA adscritos al centro de entrenamiento de Camp Peary en Virginia, durante la década de los cincuenta, frecuentemente advertían a sus pupilos sobre las probabilidades de estar frente a situaciones en las que "se haría necesario eliminar físicamente a alguien que representara una amenaza para la Agencia..."
Entrenados para matar, mentir, corromper y hacer lo que sea necesario para el cumplimiento de las metas establecidas, los agentes de inteligencia, tanto de la ex URSS como de la CIA, son responsables "encubiertos", hombres y mujeres sin rostros, de la devastación, miseria, dolor y muerte de millones de seres humanos en todo el mundo, durante los últimos 52 años de existencia de las agencias de espionaje más importantes y efectivas en la historia de la humanidad.

 

Intervino EU en 60 Países, 168 Ocasiones, en 147 Años

* La CIA Realizó más de 900 Operaciones "Mayores"...
* Ha Hecho uso del Poder de las Armas y Encubiertos
* Ordenó el Asesinato de 33 Figuras Políticas Desde 1949

- II -

Los hombres utilizan los pensamientos para justificar sus injusticias y el discurso para ocultar sus pensamientos. Voltaire
Entre 1798 y 1945 las Fuerzas Armadas de Estados Unidos incursionaron en otros países 168 veces y, luego de la II Guerra Mundial, la única superpotencia sobreviviente del siglo XX intervino en más de 60 naciones en los cinco continentes.
Lo hizo muchas veces con el poder de las armas, pero sobre todo en la clandestinidad, por lo que hasta el último conteo oficial del Congreso en 1975, las operaciones encubiertas "mayores" de la CIA sobrepasaban las 900, sin contar otras cientos de miles menos complejas.
Además, desde 1949 los servicios de inteligencia de EU planearon, financiaron y ordenaron los asesinatos de 33 prominentes figuras políticas en el mundo, el primero: Kim Koo, líder opositor coreano, y el más reciente, el Presidente de Irak, Saddam Hussein. No obstante que no siempre lograron sus objetivos, la política de la CIA, de "eliminar físicamente" a cualquiera que representara una amenaza a su seguridad nacional, cambió el rumbo de la historia y el destino de millones de seres humanos en los países en desarrollo.
Aunque la Agencia Central de Inteligencia fue creada en 1946, no es sino hasta principios de la década de los cincuenta que surgen las primeras evidencias de su intervención en los asuntos internos de países fuera del bloque soviético para derrocar gobiernos y sustituir a sus líderes por jefes de Estado anticomunistas favorables a los intereses de EU. Irán, Guatemala y Costa Rica son las primeras naciones donde la Agencia inicia su labor de espionaje y de implementación de operaciones encubiertas "mayores" en el llamado Tercer Mundo.
De hecho, Irán es el primer país donde la CIA incursiona a gran escala en la clandestinidad para imponer al sha Mohammed Reza Pahlevi, en 1953. Es una operación encomendada a un nieto del ex presidente Teddy Roosevelt, un puñado de agentes y un presupuesto de alrededor de 19 millones de dólares, EU derrocó al Primer Ministro Mohammed Mossadegh, por haberse atrevido a nacionalizar la poderosa compañía petrolera anglo-iraní, propiedad de Gran Bretaña.
Los británicos estaban furiosos por esta medida, igual que sucedería tres años más tarde cuando Gamal Abdel Nasser, Presidente de Egipto, decidió nacionalizar el Canal de Suez. El egipcio fue uno de los 33 líderes al que la CIA intentó asesinar en 1957, lo mismo que a Chu En-lai, de China; Sukarno, de Indonesia; Kim Il Sung, de Corea del Norte; Nehru, de India, y Sihanouk, de Cambodia, entre otros, durante la década de los cincuenta.
Ante tal afrenta, el Primer Ministro de Inglaterra, Winston Churchill, estuvo de acuerdo con la percepción del secretario norteamericano de Estado, John Foster Dulles, que la medida de Mossadegh era un caso inequívoco de "subversión comunista" orquestada por la Unión Soviética y también con la propuesta de su aliado de dejar el problema en manos de la CIA.
Así Kermit Roosevelt, ex miembro de la agencia que antecedió a la CIA, la OSS -Oficina de Servicios Estratégicos-, trabajó sin descanso para explotar el inestable balance de poder al interior del país, sobornando a integrantes del Parlamento, líderes políticos y militares y organizando manifestaciones populares. En poco tiempo, Mossadegh fue depuesto y Reza Pahlevi regresó del exilio en Roma.
Al año siguiente, las compañías petroleras occidentales firmaron un contrato con Irán por 25 años, otorgándole a Estados Unidos intereses de 40 por ciento de las ganancias del petróleo del país. El envío del armamento más moderno empezó a fluir consistentemente para fortalecer al sha; Washington estableció bases militares de espionaje cerca de la frontera con la Unión Soviética y la CIA se dio a la tarea de entrenar a la Savak, la policía secreta del monarca, que hasta su derrocamiento en 1979 se encargó de silenciar a la oposición.
Un cuarto de siglo después, la labor clandestina de la CIA se revertiría en contra de EU en una de las crisis políticas más difíciles de su historia: la toma de la embajada y de 52 rehenes estadounidenses que permanecieron cautivos durante 444 días, sin que Washington pudiera hacer nada...

LA CIA, FÁBRICA DE DICTADORES

Simultáneamente, en 1954 la CIA orquestó un golpe de Estado mucho más audaz y cerca de sus fronteras. Tres años antes, Jacobo Arbenz había sido elegido Presidente de Guatemala, una nación empobrecida, donde 2 por ciento de la población era dueña de 70 por ciento de la tierra y donde el único patrón que explotaba a la fuerza de trabajo era la United Fruit Company.
Decidido a sacar a Guatemala -la original "banana republic"- de la miseria y la injusticia, el nuevo Mandatario decretó una serie de reformas para restituir los derechos sindicales y la repartición de tierras, políticas que naturalmente disgustaron a la United Fruit, que apeló a sus poderosos contactos en Washington.
Aunque no designó a ningún comunista para ocupar un puesto en su gabinete, Jacobo Arbenz los toleraba y cooperaba con ellos. Esto fue inadmisible para Washington, que decidió que el Presidente guatemalteco no sólo era una amenaza para los intereses económicos de EU, sino que había convertido al país en un pie de playa para los comunistas en las Américas.
En marzo de 1953, la CIA apoyó a la derecha guatemalteca con armas y dinero para organizar una revuelta que finalmente fracasó. Sin embargo, el Presidente Eisenhower ya había decidido que "Arbenz tenía que irse" y fue entonces cuando el director de la CIA, Allen Dulles, encargó la misión al subdirector de Planeación, Frank Wisner.
Con una inversión de 20 millones de dólares, Wisner diseñó un golpe de Estado que debía ser presentado ante el mundo como una revuelta interna de militares y exiliados guatemaltecos y eligió al coronel Carlos Castillo Armas como figura central de la operación. Mercenarios estadounidenses, sudamericanos y guatemaltecos fueron entrenados en bases en Nicaragua y con el apoyo del jefe de la dinastía Somoza, el viejo Tacho, la CIA dispuso una impresionante flota de guerra aérea en el aeropuerto de Managua y estaciones radiotransmisoras en la frontera con Honduras.
En mayo de 1954 la CIA se enteró del envío de un cargamento de armas de Checoslovaquia a Guatemala y ese fue el pretexto para iniciar una campaña continental, magnificando los vínculos de Arbenz con el comunismo internacional, una técnica muy similar a la que utilizó Ronald Reagan dos décadas más tarde para justificar la guerra contra los sandinistas en Nicaragua.
Un mes después los efectos de la propaganda de la CIA fructificaron y los altos mandos militares guatemaltecos desertaron al campo enemigo. El 18 de junio, Castillo Armas y su ejército cruzó la frontera desde Honduras y aviones de guerra P-47 de EU bombardearon el puerto de San José en la costa del Pacífico, así como la ciudad capital. A nueve días de la invasión, Arbenz se rindió.
Tras la firma de un pacto entre la Junta Militar y Castillo Armas, éste asumió el poder de lo que sería un largo reino de terror para el pueblo guatemalteco. Las reformas fueron revertidas y la tierra arrebatada a los campesinos y devuelta a la United Fruit. En Washington, el secretario de Estado, Foster Dulles, aseveró que la lucha en Guatemala había expuesto "los propósitos malignos del Kremlin para encontrar dónde hacer nidos en las Américas" y agregó que con el coronel Castillo Armas a la cabeza, "los patriotas se levantaron para retar al liderazgo comunista y cambiarlo".
Bajo el punto de vista de la CIA, de que "un buen golpe de Estado merece otro", en noviembre de 1960, cinco días después del triunfo electoral de John F. Kennedy, la Agencia intervino secretamente para aplastar una revuelta militar contra el Presidente Miguel Ydígoras.
El movimiento golpista, de carácter nacionalista más que ideológico, era un reflejo del descontento al interior de las fuerzas armadas ante la corrupción y el saqueo ilimitado de los recursos de su país por un poder extranjero. Para 1960 su paciencia llegó al límite cuando Ydígoras permitió a la CIA instalar bases de entrenamiento en territorio guatemalteco, en preparación para una próxima invasión a Cuba, para derrocar al naciente régimen revolucionario de Fidel Castro.
En pocos días, la Fuerza Aérea guatemalteca "por sí misma" conjuró el atentado golpista y Eisenhower ordenó a unidades aéreas y navales estadounidenses patrullar el Caribe y "disparar si era necesario" para evitar cualquier invasión "encabezada por comunistas" a Guatemala y Nicaragua. Sin embargo, años después se revelaría que pilotos del exilio cubano y estadounidenses fueron quienes bombardearon los cuarteles de los oficiales golpistas para conjurar la insurrección.
Los éxitos de la CIA en sus dos primeras misiones en el Tercer Mundo, en Irán y Guatemala, donde instauró dictaduras afines a los intereses nacionales de EU, fueron factores decisivos para que Washington optara en los siguientes 40 años por las operaciones clandestinas, antes que una guerra abierta, para cambiar el destino de las naciones en América Latina. Gracias a la asistencia económica y militar de la Agencia, Haití, Nicaragua, Brasil, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay, Panamá y Honduras, entre otros, padecieron el peso del terror y la miseria a manos de dictadores de derecha, una especie en extinción a partir de la desaparición de la ex URSS.

"EL MARAVILLOSO MUNDO DE LOS ESCUADRONES DE LA MUERTE"

William Blum, autor del compendio más extenso sobre las actividades encubiertas de la CIA en el Tercer Mundo, afirma en su libro Killing Hope que la aparición de los primeros escuadrones de la muerte se registró en Brasil tras el golpe de Estado contra el Presidente Joao Goulart, en 1964. Como en el caso de Arbenz, el brasileño toleraba a los comunistas y había adoptado una política exterior independiente, absteniéndose a votar en contra de las sanciones que ordenó EU contra el régimen de Fidel Castro.
El entonces embajador estadunidense en Brasil, Lincoln Gordon, y el agregado militar, coronel Vernon Walters, figura nefasta en la historia de América Latina durante casi cuarenta años, informaron al Departamento de Estado que Goulart "estaba a punto de asestar una desesperada acometida para instaurar un poder totalitario". Una semana después, los militares brasileños, con el general Humberto de Alencar Castelo Branco, depusieron al gobierno legítimamente instaurado, culminando así la conspiración dirigida desde la embajada de EU en ese país.
Enseguida, los militares instalaron una de las más brutales dictaduras en América del Sur, que se prolongó durante dos décadas.
Detrás de la campaña contra Goulart estaban el secretario de la Defensa, Robert McNamara, y el procurador general Robert Kennedy, que durante una reunión previa con el Presidente brasileño le manifestó su "preocupación" por permitir que "comunistas" tuvieran cargos en agencias gubernamentales. Según Phillip Agee, que desertó de la CIA en 1969 y denunció las atrocidades de la Agencia en su libro Dentro de la Compañía, EU invirtió entre 12 y 20 millones de dólares para esta operación.
Pero además de las "contribuciones" de la CIA para desestabilizar y deponer al gobierno de Goulart, millones de dólares adicionales se canalizaron a través de la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID), para financiar campañas electorales de candidatos afines a EU, como lo hace en la actualidad por medio del Fondo Nacional para la Democracia, y sumas adicionales se destinaron a la creación y entrenamiento de escuadrones de la muerte "para atormentar" a los izquierdistas, indica Blum.
Durante los primeros días después del golpe, varios miles de brasileños fueron arrestados, comunistas y sospechosos de serlo por igual y los graduados del programa del AIFLD (Instituto Americano para el Desarrollo del Libre Trabajo), designados por el nuevo gobierno para que purgara los sindicatos. Luego, Castelo Branco instauró un programa que llamó "Rehabilitación Moral de Brasil', que no fue otra cosa que una campaña de represión encomendada a policías y militares entrenados por la CIA.
Así nacieron los escuadrones de la muerte al servicio de las dictaduras en América Latina. Su labor encubierta consistía en "desaparecer" a cualquiera que representara un peligro real o imaginario para los regímenes de derecha instaurados y apoyados por Washington. "Tras la exitosa experiencia en Brasil, la Oficina Pública de Seguridad de EU (OPS), la CIA y la AID proporcionaron asistencia técnica, equipo y programas de adoctrinamiento para apoyar los horrores que se cometieron en países como Uruguay y Guatemala, y en el caso de Brasil se designó a Dan Mitrione para establecer una `fuerza policíaca' que para 1969 contaba con cien mil policías altamente entrenados y 523 elementos `especializados' que recibieron instrucción en EU", relata Blum.
En febrero pasado, la administración Clinton desclasificó documentación relacionada con tres décadas del intervencionismo estadounidense encubierto en Guatemala, donde durante ese lapso se calcula fueron asesinados más de 200 mil indígenas mayas a manos de escuadrones de la muerte.
En su libro La Guardia Pretoriana, el ex agente de la CIA, John Stockwell, señala que nada ilustra mejor el poder de "racionalizar el cinismo" que el llamado Programa de Seguridad Pública, que llevó a cabo el AID, mediante el cual "entrenó y organizó a oficiales policíacos y paramilitares de todo el mundo, en técnicas de control de población, represión y tortura".
Y agrega que para lograr sus fines, Estados Unidos abrió escuelas en su territorio, en Asia y Panamá, a las que asistieron cientos de miles de "estudiantes" que eran entrenados incluso por ex oficiales del Tercer Reich de Hitler. "Se utilizaban películas y material didáctico de diversas técnicas de tortura y eventualmente los estudiantes tenían que practicar. Entonces Mitrione ordenaba secuestrar limosneros de las calles, que se usaban como conejillos de Indias. Cuando se colapsaban, un médico les inyectaba vitaminas y tras dejarlos en un periodo de recuperación volvían a ser parte de una nueva sesión. Los que morían eran descuartizados y tirados en la calle para despertar el miedo entre la población", asegura Stockwell.
Anteriormente, en investigaciones congresionales efectuadas a finales de la década de los ochenta, a propósito del escándalo Irán-contras, salieron a la luz pública los excesos cometidos por los servicios de inteligencia de EU y la Mossad de Israel en América Central, particularmente en El Salvador, donde grupos paramilitares armados y entrenados por la CIA cobraron cientos de miles de víctimas, entre ellas monseñor Oscar Romero, asesinado por Roberto D'Abuisson, que durante años se encargó de "desaparecer" a los opositores del régimen proestadunidense.
Sin embargo, la exposición pública más amplia de las actividades clandestinas de la CIA desde los años cincuenta ocurrió en 1975, durante las audiencias que llevó a cabo un comité especial que encabezó el senador Frank Church. Por primera vez en la historia el mundo conoció cómo y dónde se habían efectuado operaciones encubiertas, más de 900 en ese entonces, destacando las perpetradas contra Cuba, Chile y Vietnam, y otras en Siria, Indonesia, Guyana Británica, Italia, Cambodia, Laos, Haití, Algeria, Ecuador, Congo, Perú, República Dominicana, Ghana, Uruguay, Grecia, Bolivia, Costa Rica e Irak.

EL ASESINATO COMO ARMA POLÍTICA

Entre los principales hallazgos del senador Church, que en su momento imaginó que con las revelaciones expuestas por el Comité podía por lo menos frenar las brutales actividades de la CIA, destacaron una serie de evidencias sobre los asesinatos políticos de líderes y jefes de Estado en los países en desarrollo, algunos consumados con gran éxito, como el de Patricio Lumumba en el Congo, Ngo Dinh Diem, Presidente de Vietnam; Che Guevara en las selvas bolivianas y el general Omar Torrijos, de Panamá, así como otros que fueron un fracaso, como los ordenados contra el Presidente francés Charles de Gaulle, Michael Manley, Primer Ministro de Jamaica, y Francois Duvalier, "Papa Doc", de Haití, a quien luego le perdonaron la vida por su apoyo a Washington en sus actividades anticastristas.
Y es precisamente Fidel Castro el fracaso más grande de la CIA. Si algún país ha sido blanco de operaciones encubiertas, Cuba ocupa el primer lugar y su Presidente es, al día de hoy, el líder extranjero que más atentados ha sufrido contra su vida. Desde tiempos de Eisenhower, la isla caribeña es el dolor de cabeza más grande de EU, que pese a todos sus esfuerzos por derrocar el régimen revolucionario, ha tenido que resignarse a esperar a que algún día muera el líder cubano.
De la fallida invasión directa en Bahía de Cochinos, ordenada por Kennedy, la crisis de los misiles en 1962, que resultó en un bloqueo naval para evitar que la Unión Soviética entregara a Cuba misiles balísticos de alcance medio, hasta constantes incursiones encubiertas, planes de desestabilización política, un embargo económico y actos terroristas, todos los presidentes de EU han intentado en un momento u otro asestar un golpe de Estado en la isla y eliminar a Fidel Castro. En su desesperación, la CIA incluso decidió contratar por 150 mil dólares a un poderoso jefe de la mafia, John Russell, para que lo asesinara.
Mientras tanto, en otros países latinoamericanos la agencia continuó con el financiamiento de regímenes de derecha y con intervenciones directas-clandestinas, siempre que surgía algún líder que amenazaba los intereses de Washington. En 1970 la CIA desempolvó un viejo proyecto para asesinar al tres veces Presidente de Costa Rica, José Figueres, a pesar de que éste trabajó con la Agencia durante 30 años en "20 mil maneras... en todo América Latina", como el mismo lo reconoció en 1975.
"Colaboré con la CIA cuando estaba intentando derrocar a Trujillo", declaró en referencia al dictador de República Dominicana. La queja más grande de la inteligencia de EU con respecto a Figueres fue su reconocimiento de asilo en Costa Rica para comunistas y no comunistas por igual. El gran flujo de "personas cuestionables" complicó la labor de espionaje y obligó a EU a incrementar el número de agentes en ese país centroamericano.
Durante la década de los setenta, la Agencia orquestó y financió el golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile y aunque el secretario de Estado de Richard Nixon, Henry Kissinger, niega consistentemente la participación estadounidense en ese hecho ocurrido el 11 de septiembre de 1973, existen evidencias irrefutables de la mano ejecutora de la administración republicana y la empresa de telecomunicaciones ITT en la instauración de la dictadura de Augusto Pinochet en ese país sudamericano.
Al triunfo de Allende, Richard Nixon envió una nota al director de la CIA, Richard Helms, en la que giró instrucciones precisas: "Una en diez probabilidades, pero ¡salve a Chile! Vale la pena gastar. No me preocupan los riesgos involucrados. Que la embajada no se inmiscuya. Diez millones de dólares disponibles, más si es necesario. Trabajo de tiempo completo y los mejores hombres. Plan de juego. Que la economía grite; 48 horas para un plan de acción".
La siguiente década del gobierno de Ronald Reagan y George Bush, la CIA se mantuvo ocupada en traficar armas por drogas para la contrarrevolución nicaragüense, pero además participó en la invasión de la pequeña isla caribeña de Granada, donde derrocó al gobierno de Maurice Bishop que fue muerto durante el ataque estadounidense. Otras operaciones encubiertas en esa época fueron las realizadas contra Marruecos, Surinam, Libia y Panamá.
Por supuesto que también se giraron órdenes de muerte contra el líder libio Muammar Kadafi; el ayatolla Jomeini, de Irán; el general Ahmed Dlimi, comandante del ejército marroquí; Miguel D'Escoto, secretario de Relaciones Exteriores de Nicaragua; de los nueve comandantes del Directorado Nacional Sandinista y del líder libanés-chiíta, sheik Mohammed Hussein Fadlalah.
Posteriormente, bajo la administración Bush, el trabajo sucio de la Agencia estuvo dirigido mayoritariamente en contra de Panamá, país que invadió EU en diciembre de 1989 para arrestar al general Manuel Antonio Noriega, acusado de narcotráfico. De nada sirvió al panameño haber estado tantos años en la nómina de la CIA, que inclusive atentó contra su vida dos veces en 1970 y 1972. Bulgaria, Irak, Afganistán, Haití y El Salvador también fueron escenarios de una gran actividad encubierta durante el gobierno republicano de Bush, que años antes fungió como director de la Agencia.
A lo largo de 53 años de existencia, la CIA actuó sin descanso en el Tercer Mundo, aplicando una serie de tácticas que William Blum coloca en cinco categorías principales: entrenamiento de cientos de miles de militares y policías en sus escuelas, donde se les instruyó en los "métodos" para controlar a la insurgencia y la subversión. Infiltración y manipulación de grupos elegidos de partidos políticos, organizaciones civiles, profesionales, juveniles y culturales para efectos electorales y propagandísticos. Manipulación de la prensa mediante la contratación de editores extranjeros, columnistas y periodistas, y el subsidio de numerosas publicaciones, agencias de noticias, estaciones de radio y libros. Medios económicos, en sociedad con agencias gubernamentales tales como la AID, empresas privadas estadounidenses e instituciones internacionales de empréstitos para hacer presión contra grupos específicos de la economía de los países y el Departamento de "Trucos Sucios", encargado de espiar, grabar conversaciones, falsificar documentos, plantar evidencias, chantajes e iniciar campañas de rumores falsos, con objeto de crear incidentes, obtener información o exhibir al enemigo internamente e internacionalmente como parte de una conspiración soviético-cubana; esto, durante la Guerra Fría.
Actualmente las acusaciones giran alrededor del narcotráfico, que sustituyó al comunismo como el "gran enemigo".


REAGAN-JOMEINI, EL PACTO QUE CAMBIÓ LA HISTORIA

* Conspiración de la Derecha Para Sacar del Poder a Carter
* Prematura Muerte de Muchos de los que Supieron del Secreto

- III y último -


"Una democracia no puede ser libre si es ignorante". Thomas Jefferson.
A casi 20 años de la elección de Ronald W. Reagan, gran parte de la sociedad en EU aún ignora que su triunfo electoral fue resultado de un pacto secreto celebrado con el ayatola Jomeini y que para mantenerse en el poder giró "autorizaciones de inteligencia".
Esas concesiones eran consideradas "licencias para matar" a quienes estuvieron involucrados o conocían los términos de las negociaciones y condiciones para el envío clandestino de armas al régimen iraní a principios de la década de los ochenta.
Durante su administración, entre 1981 y 1988, 14 individuos de distintas nacionalidades -la mitad estadounidenses-, entre ellos el propio director de la CIA, William Casey, murieron en circunstancias poco usuales: accidentes aéreos, explosiones, extraños virus que derivaron en cáncer fulminante; infartos repentinos o simplemente asesinados. Ocho más, sufrieron atentados de los que salieron ilesos y uno, el ex consejero de Seguridad Nacional, Robert McFarlane, intentó suicidarse.
De una u otra manera, todas las víctimas habían sido parte de la gran conspiración encubierta diseñada por el equipo de campaña electoral de Ronald Reagan y George Bush, primero para allanar el camino del binomio republicano a la Casa Blanca y después, para rescatar a Centroamérica de las garras del "comunismo internacional" que desde el punto de vista de la ultraderecha en EU, estaba ganando terreno gracias al apoyo de Cuba y Nicaragua. Todo iba muy bien para Ronald Reagan, la CIA y el Consejo de Seguridad Nacional, hasta que una mañana de octubre de 1986, los sandinistas derribaron uno de tantos aviones que transportaban mercenarios, drogas y armas para la contra en Nicaragua. La fotografía de Eugene Hasenfus, un enorme paramilitar rubio y barbado, dio la vuelta al mundo y con su captura quedó al descubierto, como nunca antes, una de las guerras clandestinas más sucias, brutales y corruptas en la historia del siglo XX.
Mucho antes de ganar las elecciones presidenciales en 1980, Reagan había prometido deshacerse del régimen nicaragüense tan pronto prestara el juramento presidencial. Nunca imaginó que su obsesión por derrocar a los sandinistas, destaparía la cloaca que sacó a flote una serie de operaciones encubiertas plagadas de mentiras, engaños, asesinatos y terrorismo, pero sobre todo de tráfico ilegal de drogas y de armas, concertado por altos funcionarios de su administración, sobre todo con el gran enemigo: Irán.
Pero la verdadera historia del escándalo Irán-Contra, no se inició el 20 de enero de 1981, día de la toma de posesión de Reagan, sino en agosto del año anterior, cuando el equipo de campaña del candidato republicano hizo el primer contacto con el régimen iraní del ayatolla Jomeini.
Las relaciones entre EU e Irán, atravesaban desde el 4 de noviembre de 1979, por una de sus peores etapas como consecuencia del asalto a la embajada estadounidense en Terán y la toma de 52 diplomáticos como rehenes, que pagaron con 444 días de confinamiento la decisión de Carter de permitir que el moribundo sha Mohammed Reza Pahlavi, se internara en un hospital de Nueva York.
"Para los altos mandos de la campaña Reagan-Bush de 1980, todo dependía de si podían o no evitar la `Sorpresa de Octubre'. Si se daba la sorpresa, el Presidente Carter se mantendría en la Casa Blanca. En cambio, si no se daba, Ronald Reagan y George Bush tomarían las riendas del país más poderoso del mundo, relata Barbara Honegger que trabajó con el equipo republicano desde que se inició la campaña electoral hasta 1983 que presentó una "renuncia de conciencia" y abandonó su puesto de analista e investigadora en la Oficina de Desarrollo Político de la Casa Blanca.
Decepcionada ante la evidencia irrefutable de que el equipo Reagan-Bush había negociado con el régimen iraní un acuerdo secreto de transferencia de armas a cambio de retener a los rehenes, Honegger se mudó a California y escribió el libro "La Sorpresa de Octubre". Publicada hace 10 años, esta obra acabó por cuadrar perfectamente las conexiones ilícitas de la administración republicana, desde su manipulación de la contienda presidencial de 1980 en colusión con un poder extranjero hostil, hasta la ejecución de la guerra encubierta contrarrevolucionaria en Nicaragua también llamada "Irangate".

LA SORPRESA DE OCTUBRE

En la primavera de 1980, el encuestador republicano, Richard Wirthlin y su asistente, Richard Beal, que por cierto murió inesperadamente en 1984 de un ataque al corazón, descubrieron en el Sistema de Información Política, operado mediante un sofisticado programa de cómputo, que las proyecciones electorales daban diez por ciento de ventaja al entonces Presidente James Carter, si lograba liberar a los 52 rehenes durante una crítica "ventana de vulnerabilidad" que se abriría solamente entre el 18 y el 25 de octubre, dos semanas antes de las elecciones.
Sin embargo, no fue sino hasta agosto que Wirthlin informó al jefe de Campaña de Reagan, William Casey, sobre la posibilidad de que se produjera la tan temida "Sorpresa de Octubre" y con ello la reelección de Jimmy Carter y Walter Mondale. Casey, designado director de la CIA en enero de 1981, había sido jefe de Operaciones Especiales en Europa en la agencia madre, la OSS -Oficina de Servicios Estratégicos-, en la etapa final de la II Guerra Mundial.
"Con un jefe de Campaña que había sido responsable de las operaciones clandestinas al interior de la Alemania de Hitler y un ex director de la CIA como candidato a la vicepresidencia, era casi imposible que el equipo de campaña del Partido Republicano resistiera la tentación de aplicar métodos clandestinos y operaciones encubiertas para interferir en los resultados de una elección, algo que le era muy común pues lo había hecho en otros países y también internamente en EU", escribió Honneger.
Mientras tanto en Irán, el régimen había perdido interés en los rehenes y parecía estar dispuesto a iniciar negociaciones para liberarlos. Pero había razones de fondo para el desencanto de los iraníes por retener a los 52 estadounidenses. Por un lado, con la consolidación de la Revolución Islámica, los prisioneros ya no tenían ningún valor político de cohesión interna y por el otro, su país había sido invadido por Irak y en ese momento necesitaban desesperadamente armas y refacciones para defenderse.
Además, el liderazgo iraní estaba dividido en dos facciones antagónicas. Una encabezada por Ahmed, hijo de Jomeini y porcal ayatolla Mohammed Beheshti, segundo líder religioso en el país a favor de retener a los rehenes y otra representada por el Presidente Abolhassan Bani-Sadr, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, que apoyaba los esfuerzos de Carter para sacar a los 52 estadounidenses de Irán en el menor tiempo posible.
El 16 de septiembre, un pariente político de la familia Jomeini, se reunió en Bonn con Warren Christopher, jefe negociador de la administración Carter, para informarle que los iraníes "tenían prisa" y que estaban preparados para liberar a los diplomáticos tan pronto EU enviara las armas por las que el cha había pagado por adelantado antes de su derrocamiento y que estaban bajo una orden de embargo girada por la Casa Blanca.
Dos semanas más tarde, un emisario iraní hizo contacto con Robert McFarlane, entonces asistente del senador John Tower de Texas y posteriormente el cerebro detrás de los acuerdos encubiertos durante el Irán-contra. McFarlane, reunió al mensajero con dos altos funcionarios de la campaña republicana en Washington: Richard Allen, consejero de política exterior de Reagan y primer consejero de Seguridad Nacional de la nueva administración y Lawrence Silberman quien encabezó al equipo de transición en asuntos de inteligencia.
A ésta, siguieron más encuentros y reuniones entre facciones iraníes y la administración Carter por un lado y los asesores de Reagan y Bush por el otro, negociando cada uno resultados y tiempos diferentes, aunque ambos con el mismo fin de llegar a un acuerdo sobre el envío de armamento y refacciones militares a Teherán.
Cabe destacar sin embargo, que las negociaciones entre la administración Carter y régimen islámico, eran legales toda vez que el Presidente de EU tenía la facultad de liberar la orden de embargo de las armas, retenidas a raíz del derrocamiento del cha Pahlevi. En cambio, los acuerdos pactados con el equipo de la campaña republicana, fueron fraudulentos e ilegales porque en el momento en que se alcanzaron, Ronald W. Reagan y George H. Bush eran simplemente candidatos, sin ninguna autoridad constitucional o moral para decidir un asunto de seguridad nacional.
El 15 de octubre un alto funcionario de la administración confirmó a "una fuente" de Richard Allen, que Carter estaba a punto de cerrar un trato con Bani-Sadr para liberar a los rehenes a más tardar la última semana de ese mes.
A su vez, Allen informó a Casey, al futuro procurador general, Ed Meese y al propio Ronald Reagan y a los pocos días, el acuerdo se esfumó misteriosamente.
Años después, el ex presidente iraní, para entonces exiliado en París, reveló en una entrevista que lo que motivó la inexplicable cancelación de las negociaciones con el gobierno de Carter, fue la oportuna intromisión de Reagan en el asunto, brindando al ayatolla una oportunidad de oro para perjudicar al Presidente, al que consideraba la personificación misma del "gran Satanás". "Creo que esto sucedió a causa de los contactos secretos entre los representantes de Reagan y Jomeini", declaró Bani-Sadr.
El propio Bani-Sadr, así como el ex agente de la inteligencia iraní, Manzur Rafizadeh y dos empleados bajo contrato de la CIA, los pilotos aviadores Richard Brenneke y Heinrich Rupp, confirmaron que el fatídico acuerdo entre Reagan y Jomeini, fue cerrado durante una serie de encuentros en París, los días 19 y 20 de octubre de 1980, en los hoteles Raphael, Crillon y Florida.
A las reuniones de París asistieron Richard Allen, William Casey y Donald Gregg, miembro del consejo de Seguridad Nacional de Carter que luego se convirtió en el principal asesor de Bush en la materia; un número no revelado de mercaderes de armamento y representantes de los líderes islámicos.
Según fuentes cercanas a las negociaciones, el futuro vicepresidente y ex director de la CIA, George Herbert Bush, encabezó los encuentros, sin embargo nunca se probó su participación física durante el pacto secreto e ilegal. Pero de una u otra forma, lo importante fue que tanto Casey como Bush, contaban con estrechos vínculos y grandes simpatías al interior de la CIA y de otras agencias de inteligencia, que con la esperanza de que la derecha ascendiera al poder en EU, los asistieron en todo momento para una feliz conclusión de la crisis de los rehenes.
Lo que sí trascendió, es que los republicanos buscaron en Beirut el apoyo de un viejo enemigo, la Organización de Liberación Palestina (OLP), para que influyera en la decisión de Jomeini de retener a los 52 prisioneros hasta después de las elecciones el 4 de noviembre de ese año.
Las reuniones de París, son entonces la respuesta a la pregunta de porqué la liberación de los rehenes ocurrió precisamente el 20 de enero de 1981, día de la toma de posesión de Ronald Reagan y explican el motivo por el cual la administración republicana, permitió a mercaderes de armamento como Houshang Levi, abastecer a Irán con miles de millones de dólares en armas y pertrechos militares entre 1981 y 1982 y al gobierno israelí cuatro años más tarde.

VICTIMAS DE LA SORPRESA

Una vez en el poder, la administración Reagan-Bush autorizó a espaldas del Congreso, una serie de operaciones ilícitas que por medio de un complicado proceso de triangulación, le permitió inundar la región centroamericana de armas y mercenarios a cambio de drogas, sobre todo cocaína, con objeto de derrocar al gobierno sandinista de Nicaragua; aplastar al movimiento guerrillero en El Salvador y de paso, debilitar al régimen de Fidel Castro Ruz en Cuba.
La estrategia clandestina fue diseñada magistralmente para evitar que se violara "abiertamente" la enmienda Boland que prohibía la transferencia de armas a América Central, pero también para ocultar las dimensiones de la escalada militar de EU en la región, que amenazaba con convertirse en un "nuevo Vietnam", según la mayoría de los estadounidenses.
Además de Robert McFarlane, Casey, el procurador Meese y una docena de funcionarios de alto nivel, el Irán-contra operó bajo el mando del teniente coronel, Oliver North, que amparado bajo su cargo de subdirector para Asuntos Político-Militares del Consejo de Seguridad Nacional, dirigió desde los sótanos de la Casa Blanca una de las guerras clandestinas más sucias de la historia de EU. Apoyado por el Servicio de Inteligencia israelí, la Mossad, en particular por un agente de nombre Amiram Nir, que respondía únicamente al primer ministro Shimon Peres, North traficó miles de millones de dólares en armas a cambio de toneladas de cocaína que entraron a Estados Unidos vía aérea desde Colombia, Panamá, con la anuencia y total apoyo del general Manuel Antonio Noriega y Honduras, país base donde también se entrenaron escuadrones de la muerte y contrarrevolucionarios somocistas.
Tanto Noriega como Nir, fueron algunas de las víctimas de la Sorpresa de Octubre. El primero fue arrestado por tropas estadounidenses durante la invasión a Panamá hace 10 años y el israelí murió en un inexplicable accidente aéreo en Michoacán en 1988, cuando supuestamente se había retirado de la Mossad para iniciar un negocio de exportación de aguacates mexicanos a Israel...
Aunque nunca se publicaron evidencias directas contra North, quizá porque tuvo la visión de destruir los documentos incriminatorios en el momento en que Hasenfus fue capturado por los sandinistas, autores, investigadores y analistas del Irán-contra coinciden en sus apreciaciones de que el ex marine "Ollie", como lo llamaban sus amigos, fue el brazo ejecutor de Ronald Reagan durante toda la operación. Y de hecho existen citas en libros y diarios de la época en las que se afirma que en muchas ocasiones North advirtió que cualquiera que filtrara información o que amenazara con revelar detalles de la "iniciativa iraní", podía darse por muerto...
Según un amplio artículo publicado en Los Ángeles Times el 17 de diciembre de 1986, el mayor general retirado de la Fuerza Aérea, Richard Secord y su socio, iraní nacionalizado estadounidense, Albert Hakim que durante los años del Irán-contra fueron parte del proceso de triangulación de armas por medio de su compañía "Enterprise", también formaron parte del "equipo North" que se encargaba de llevar a cabo los asesinatos políticos, justificados como "acciones contraterroristas" para salvaguardar los intereses de seguridad nacional.
En este contexto se explican las causas de muerte de 14 personas y los intentos de asesinar a nueve más durante los años de la administración Regan-Bush, sobretodo al comprobar que todos y cada uno de ellos tuvieron algo que ver en mayor o menor grado con las negociaciones secretas para abastecer a Jomeini de armas y después a la contrarrevolución nicaragüense:
1. William Casey, director de la CIA, presente durante las reuniones de París, los días 19 y 20 de octubre de 1980, con funcionarios iraníes y agentes de la inteligencia francesa para concretar un acuerdo con Irán de armas por el retraso de liberación de los rehenes. La mañana en que debía comparecer ante el Comité de Inteligencia del Senado para declarar bajo juramento sobre el Irangate, Casey sufrió un "oportuno" ataque en su oficina de los cuarteles generales de la CIA en Langley, Virginia. Paralizado y sin habla, fue llevado a un hospital donde se le practicó cirugía en el lado izquierdo del cerebro. Falleció poco después, el 6 de mayo de 1987. De haber vivido para testificar, Casey "hubiera dicho toda la verdad", según su mejor amigo y consejero de toda la vida, Milton Gould.
2. Amiram Nir, principal consejero del primer ministro Shimon Peres en asuntos de contraterrorismo. Fue la contraparte israelí de Oliver North en las operaciones encubiertas de la "iniciativa iraní", supuestamente firmada en calidad de "top secret" por George Bush y Peres durante la visita del primero a Jerusalén en julio de 1986. Cuando North ofreció al jurado presentar una copia del acuerdo secreto EU-Israel, como parte de su defensa en los cargos de conspiración, la administración se negó a entregar el documento y la acusación fue retirada. Nir renunció a la Mossad en marzo de 1988 y el 30 de noviembre de ese año falleció en un accidente aéreo en México, dos meses antes de que se iniciara el juicio contra North. Todo parece indicar que la avioneta en la que viajaba fue objeto de sabotaje. La incógnita en la muerte del espía judío parece aclararse en el último párrafo del libro "Perilous Statecraft" (Peligrosa Forma de Gobernar), publicado antes del avionazo en Michoacán, en el que su autor Michael Ledeen, que fue asistente del ex secretario de Estado, Alexander Haig, señala: "Hasta donde alguien tenga algo dramáticamente nuevo que agregar a lo que ya sabemos del Irán-contras, ese alguien podría ser Amiram Nir".
3. Cyrus Hashemi, mercader de armamento que participó con Houshang Lavi en la venta clandestina a Irán de un embarque de misiles Tow en 1985 y 1986. Según el piloto al servicio de la CIA, Richard Brenneke, que presuntamente llevó al equipo negociador de Reagan a París en octubre de 1980, Hashemi estuvo presente en las negociaciones entre William Casey y funcionarios iraníes para retrasar la entrega de los rehenes. Falleció en Londres el 21 de julio de 1986, dos días después de que se le diagnosticó un cáncer fulminante provocado por un "extraño virus". Al saber la noticia de su muerte, su socio Houshang Lavi aseguró que Hashemi "había sido asesinado por el gobierno de EU".
4. Ayatolla Mohammed Beheshti, segundo líder religioso en Irán, que envió a Jalal al-Din Farsi, como representante personal a una de las reuniones de París, el día 19 de octubre de 1980, en la que según algunos reportes, estuvo presente el candidato a la vicepresidencia, George Bush. Beheshti murió el 28 de junio de 1981, a causa de una explosión provocada por una bomba que fue colocada en los cuarteles generales del Partido de la República Islámica en Irán.
5. Sadegh Ghotbazadesh, secretario de Relaciones Exteriores de Irán cuando se produce la toma de la embajada y de los rehenes estadunidenses en Teherán. De acuerdo al ex jefe de la estación de EU en la Savak -la policía secreta del sha-, Ghotbazadeh intervino ante Jomeini para que retrasara la entrega de los rehenes hasta después de las elecciones presidenciales en EU, a petición de una facción republicana al interior de la CIA. Un año después, el ex canciller iraní fue detenido, torturado y ejecutado por órdenes de Jomeini, por su presunta participación en un intento de golpe de Estado contra el ayatolla. Sin embargo, el ex presidente Bani-Sadr, declaró que fue Ladeen, el ayudante de Haig, quien informó al régimen iraní sobre el supuesto plan para derrocar al líder fundamentalista musulmán, con lo que la administración Reagan selló el destino de Ghotbazadeh.
6. William Buckley, jefe de la estación de la CIA en Beirut que falleció en cautiverio en Líbano, el 3 de junio de 1985 o en octubre de ese año. Se presume estuvo involucrado en los arreglos previos a los encuentros de París. Heinrich Rupp, el piloto de la CIA, afirmó que Buckley fue obligado a regresar a Líbano y después abandonado a su suerte a pesar de que expresó su temor de volver a ese país y ser asesinado porque su "cover" había sido descubierto. Casualmente, el sucesor de Buckley en Beirut, falleció en el vuelo 103 de Pan American que explotó y se estrelló en Escocia el 21 de diciembre de 1988. El principal sospechoso de sabotear la aeronave, Ahmed Jibril, líder de una facción de la OLP, había sido guardaespaldas del ayatolla Jomeini...
7. Arnold Raphael, embajador de Estados Unidos en Pakistán, falleció junto con el Presidente paquistaní, Zia ul-Haq, el 17 de agosto de 1988 en un accidente aéreo presuntamente provocado.
Raphael no sólo conocía hasta el último detalle de la "iniciativa secreta iraní" de la administración Reagan-Bush, sino que fue uno entre dos altos funcionarios, cuyo nombre apareció en documentos clasificados "top secret" publicados durante el gobierno de Carter, referentes a las negociaciones secretas de intercambio de armas por rehenes en octubre de 1980. Según Edmund Muskie, secretario de Estado de Carter, Raphael "jugó un papel instrumental en la liberación de los rehenes en Irán".
8. Mohammed Alí Rajai, ex presidente de Irán, muerto por una bomba que explotó en sus oficinas en Terán. Rajai viajó a Nueva York para asistir a una reunión de Naciones Unidas en octubre de 1980.
Fuentes cercanas al caso informaron que el 18 de ese mes, Casey y Bush salieron a París, pero antes hicieron una escala en Nueva York para reunirse secretamente con Rajai que esa misma noche regresó a su país.
9. Richard Beal, asistente especial del Presidente Reagan para Seguridad Nacional. Falleció en Washington, el 3 de noviembre de 1984 de un súbito infarto que sorprendió a su familia por su juventud "treinta y tantos años" y por su buena salud. Beal elaboró el sofisticado programa de computación que reveló a los republicanos la existencia de una posible "Sorpresa de Octubre" antes de las elecciones presidenciales. Aparentemente, la CIA financió los estudios de Beal que era un experto programador. Como asistente especial de Reagan, Beal logró consolidar por primera vez en la historia, toda la información de seguridad nacional del Pentágono y de las agencias de inteligencia militares y gubernamentales, en un programa altamente sofisticado y creado exclusivamente para la computadora del Consejo de Seguridad Nacional. Oliver North, tenía acceso a una de las terminales del nuevo sistema integrado...
10. Donald Fortier, subdirector de Seguridad Nacional bajo Robert McFarlane y John Poindexter, muerto el 4 de diciembre de 1985. de cáncer galopante, similar al que mató a Cyrus Hashemi, Fortier era uno de los pocos funcionarios que conocían a fondo la génesis y los detalles de la "iniciativa secreta iraní". En 1980, trabajaba muy de cerca con McFarlane en la oficina del senador Tower y conoció paso a paso los arreglos que hizo su amigo y compañero para reunir a Allen y Silberman con el "emisario" del ayatolla Jomeini.
11. Gleen Souham, asesinado después de asociarse con los mercaderes de armamento Adnan Khashoggi y Cyrus Hashemi. Su muerte ocurrió luego que declaró que su venta de armas a Irán entre 1981 y 82, había sido parte de las negociaciones relacionadas a la tardía liberación de los rehenes. Souham falleció mientras su padre, un ex alto oficial de la OTAN, se encontraba en una reunión en la Casa Blanca.
12. Abbie Hoffman, activista social que fue encontrado muerto en su casa el 12 de abril de 1989. Unos meses antes de su fallecimiento, Hoffman había estado en un accidente automovilístico, aparentemente provocado para evitar que entregara un manuscrtio a la revista Playboy titulado "Una Elección Rehen".
El artículo publicado en octubre de 1988, descubrió por primera vez ante la opinión pública, los detalles de la conspiración detrás de la "Sorpresa de Ocubre".
13. Mehdi Hashemi, jefe de la oficina de Jomeini para la exportación del "Fundamentalismo Militante Islámico", fue ejecutado en Irán el 21 de septiembre de 1987. Negoció con el agente iranoisraelí, Manucher Gorbanifar la liberación del rehén estadunidense, reverendo Lawrence Jenco, por supuesto a cambio de armamento, tres días antes de la reunión en Jerusalén en julio de 1986, entre George Bush y Amiram Nir y supuestamente también con su jefe, el primer ministro de Israel, Shimon Peres para la firma de una iniciativa secreta. Tras el arresto de Hashemi, que levantó sospechas de la posible participación de la administración Reagan para deshacerse de él, Gorbanifar filtró la información del viaje secreto de McFarlane, Oliver North y Amiram Nir a Terán en mayo de 1986, para negociar la libertad de Jenco a cambio de un embarque de misiles. Esta noticia, fue el detonador del asunto Irán-contra que finalmente explotó con la captura de Hasenfus en Centroamérica en octubre de ese año.
14. Charles White, ex empleado de la Corporación Intergraph que según Gleen McDuffie -una de las nueve víctimas que logró escapar de un atentado contra su vida en 1982-, fue asesinado en noviembre de 1984 en Huntsville, Alabama, por conocer las operaciones ilegales de intercambio de armas por drogas que realizaba la empresa Intergraph desde EU, México e Irán. McDuffie, que fue despedido de la Westinhouse Corportation luego de advertir a sus jefes que la compañía embarcaba refacciones para misiles Hawk a Irán, aseguró que el FBI desapareció deliberadamente todas las huellas del asesinato de White para encubrir a la CIA. Además de MacFarlane, consejero de Seguridad Nacional de Reagan, que intentó suicidarse al verse descubierto como el cerebro detrás del Irán-contras y de McDuffie, siete individuos más, vinculados a las operaciones encubiertas del gobierno republicano, lograron salir ilesos de los atentados contra sus vidas: el piloto de la CIA, Richard Brennecke, a quien le dispararon en 1986 en Portland, Oregon. La bala pasó a unos centímetros de su cabeza; el otro piloto, Heinrich Rupp, que llevó a Casey, Allen y probablemente a Bush a las reuniones de París en 1980, fue condenado en 1988 a 41 años de prisión acusado de un fraude bancario que denunció como una fabricación de la CIA", para asegurar su silencio.
Anthony Parker, ex empleado de la Intergraph Corporation. Poco después de la muerte de su compañero Charles White, hubo un atentado contra su vida; Robert Jackson, un oficial menor de la Marina de EU que recibió amenazas de muerte luego de avisar a sus superiores del "robo" de equipo militar del S.S. Kitty Hawk y del Depósito Naval de Abastecimiento y de los intentos por desviar la mercancía a Irán.
Del otro lado del mundo, también se registraron intentos de homicidio contra Hassan Sabra, director del semanario libanés "Al Shiraa" que publicó por primera vez la información sobre el viaje secreto de McFarlane, North y Nir a Terán en mayo de 1986 y por supuesto, no podía faltar Houshang Lavi, el "emisario iraní" que ofreció el intercambio de armas por rehenes al equipo Reagan-Bush y que en su calidad de mercader de armas y socio de Cyrus Hashemi, negoció con Irán y EU la transferencia de millones de dólares en armamento.
"Los más grandes peligros de la libertad se ocultan en los abusos insidiosos de quienes actúan con gran celo de su deber, pero que en el fondo no entienden nada", afirmó en 1928 el juez de la Suprema Corte de Justicia de EU, Louis Barndeis. Un diagnóstico más que acertado para describir con unas cuantas palabras a Ronald Reagan, George Bush y a su administración de terror.