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No es
suficiente que un poder mundial adivine hacia dónde lo conducen los
eventos; de ahí la necesidad de cambiarlos hacia la dirección deseada,
antes de recurrir a la guerra... Robert Cecil, estratega de Inteligencia.
Aun antes de que terminara el gran conflicto bélico en 1945, Estados
Unidos y la ex-Unión Soviética iniciaron un nuevo tipo de guerra secreta,
fraudulenta, cruel y plagada de corrupción.
Una guerra que en poco tiempo se extendió a prácticamente todos los países
del mundo.
Cientos de miles de combatientes locales, agentes de inteligencia e
incluso fuerzas militares de ambas naciones, participaron en operaciones
clandestinas y misiones terroristas para derrocar gobiernos, asesinar
líderes, socavar economías y entrenar escuadrones de la muerte en apoyo a
regímenes afines a sus intereses superiores de seguridad nacional.
Esta guerra oculta por la censura de facto, cuyas consecuencias todavía no
se manifiestan en toda su dimensión, se originó hace más de cinco décadas
a partir del enfrentamiento clandestino entre los servicios de seguridad
de las dos superpotencias -la KGB de la ex URSS y la CIA de EU-, que en su
afán por imponer al mundo sistemas político-ideológicos y económicos
antagónicos, llevaron a cabo una diversidad de operaciones clandestinas,
pero también directas en la forma, invasiones militares a gran escala.
Asimismo, las agencias de espionaje estadounidense y soviética, incurrieron
en acciones inhumanas y genocidas a través de una multiplicidad de
técnicas de espionaje, infiltración y manipulación indiscriminadas;
misiones encubiertas , alegales; sobornos a presidentes y funcionarios
extranjeros e incluso celebraron acuerdos secretos de intercambio de
armamento y tecnología bélica por drogas en Vietnam, Centroamérica y
Afganistán.
De China, Italia, Grecia, Filipinas, Corea y Europa del Este en la década
de los cuarenta; Irán, Alemania, Guatemala, Costa Rica, Oriente Medio e
Indonesia en los inicios de la Guerra Fría, hasta Vietnam, Camboya, Laos,
Haití, Brasil, Perú, Uruguay, México, Bolivia, República Dominicana, Cuba
y el Congo, y de 20 años a la fecha, Chile, Irak, Angola, Jamaica, Libia,
Granada, Nicaragua y El Salvador, ningún país se mantuvo al margen del
escrutinio, el espionaje y la implementación de operaciones antisoberanas
perpetradas por la CIA y hasta hace relativamente poco tiempo por la
extinta KGB.
Aunque ambas agencias tuvieron éxitos y fracasos, la intervención de la
CIA en particular fue definitiva, no sólo para delinear el futuro
geopolítico, económico e ideológico de las naciones, a imagen y semejanza
del sistema capitalista estadounidense, sino para finalmente ganar la
Guerra Fría a la Unión Soviética, un imperio que se resquebrajó desde sus
cimientos hacia fines de la década de los ochenta. Sin embargo, tras la
caída del muro de Berlín, Washington inauguró una nueva era de operaciones
clandestinas para pelear las dos grandes guerras del siglo XXI, esta vez
contra las organizaciones transnacionales del narcotráfico y el
terrorismo, sobre todo en el llamado tercer mundo.
Analistas de inteligencia coinciden en señalar que si bien los costos del
enfrentamiento entre la CIA y la KGB en los países en vías de desarrollo
durante la última mitad del siglo fueron devastadores en cuanto a la
pérdida de vidas humanas, las consecuencias de las operaciones
clandestinas que propiciaron la propagación de un considerable y mortífero
arsenal en todo el planeta y la transferencia de tecnologías nucleares,
como en el caso de Israel, no han sido evaluadas en su justa dimensión.
Los investigadores advierten que el armamento transferido a un número
importante de países aliados de una y otra superpotencia durante los años
de la Guerra Fría, tanto convencionales como nucleares, son un peligro
real e inminente para las futuras generaciones en naciones ricas y pobres
por igual. Y afirman que la guerra contra las drogas y el terrorismo es el
preludio de una nueva era de intervencionismo del poder político y
económico dominante, en la que los servicios de inteligencia y en especial
la CIA, jugarán un papel fundamental en la consolidación del gran mandato
"Divino", contenido en el Destino Manifiesto, proclamado hace más de dos
siglos por los padres fundadores de la naciente República de Estados
Unidos.
223 AÑOS EN LA CLANDESTINIDAD
Para Stephen F. Knott, catedrático de Ciencias Políticas en la Academia de
la Fuerza Aérea de EU, la supuesta "inocencia" de su país en el
intervencionismo abierto y encubierto antes del fin de la II Guerra
Mundial, es un mito. De hecho, Estados Unidos tiene en su haber un rico
historial de operaciones clandestinas que datan de las presidencias de
George Washington, Thomas Jefferson y sus sucesores, que son equiparables,
por los abusos cometidos entonces, a instancias del espionaje moderno como
el Irán-Contra ordenado por Ronald Reagan en la pasada década.
"Estas operaciones que sucedieron tanto en tiempos de guerra como de paz,
incluyeron intervenciones en los asuntos internos de naciones soberanas
mediante sobornos y apoyos a movimientos insurgentes, secuestros,
contrataciones de periodistas y clérigos para cumplir tareas de
inteligencia y propaganda, así como la utilización de fondos del servicio
secreto para propósitos al interior de EU. Podría argumentarse que esta
era, inclusive las presidencias de Washington a Lincoln, representan el
pináculo de las actividades encubiertas estadounidenses", afirma Knott en
su obra "Secreto y sancionado".
Sin embargo, la CIA como tal tuvo su origen en las operaciones de
inteligencia de EU durante la II Guerra Mundial. En 1941, el entonces
Presidente Franklin Delano Roosevelt se percató de la necesidad de crear
una coordinación que se encargara de proteger los intereses nacionales del
país y para cumplir esa tarea designó al millonario William J. Donovan,
conocido como "Wild Bill", un héroe de la guerra de 1914, ex Subprocurador
de Justicia y ex candidato republicano a la gubernatura de Nueva York.
Después del ataque japonés a Pearl Harbor, la coordinación de Donovan fue
denominada Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) y los cuarteles
generales de la misma trasladados a Londres. Para 1945, la naciente
agencia empleaba a más de 13 mil personas y operaba a través de cuatro
subdirecciones con un presupuesto de 37 millones de dólares. Muchos de los
futuros directores y subdirectores de la CIA iniciaron sus carreras de
espionaje en la agencia madre que encabezó Donovan durante sus cuatro años
de existencia.
A la muerte de Roosevelt en abril de 1945, "Wild Bill" se había ganado
muchos enemigos poderosos, entre estos Harold Smith, el flamante director
de la Oficina de Presupuestos de Harry S. Truman, que mucho influyó en la
decisión presidencial de desmantelar la OSS, reubicando algunas de sus
secciones en los departamentos de Estado y de Guerra y desapareciendo
otras en su totalidad.
Este golpe a la naciente comunidad de espías de la postguerra, ocasionó
una caótica desbandada y un desequilibrio al interior del aparato mismo de
la inteligencia estadounidense. Para septiembre de ese año, el secretario
de la Marina, James Forrestal, propuso con urgencia la elaboración de un
estudio que analizara y definiera los requerimientos de EU en materia de
inteligencia.
El abogado neoyorquino Ferdinand Eberstadt fue el encargado de producir el
documento-propuesta en el que concluyó que Estados Unidos necesitaba una
"máquina" capaz de hacer tanto la guerra como la paz. Fue entonces que
Truman creó el Grupo Central de Inteligencia (CIG), no sin antes advertir
que "este país no quiere una Gestapo bajo ningún disfraz..."
La directiva presidencial entró en vigor en enero de 1946 y junto con ésta
Truman creó un grupo paralelo de mando para tener control en la CIG. Así
nació la Autoridad Nacional de Inteligencia que estuvo a cargo de los
secretarios de Estado, Guerra y Marina y de un representante personal del
Mandatario, hasta que el selecto grupo se estableció un año después como
Consejo de Seguridad Nacional (NSC), con la estructura que mantiene hasta
el día de hoy.
En el libro "KGB-CIA: operaciones de inteligencia y contrainteligencia",
sus autores Celina Bledowska y Jonathan Bloch relatan una anécdota de la
fiesta que organizó Truman para celebrar el nacimiento de la CIG: "Fue una
celebración muy rara en la que el Presidente ofreció a sus invitados
sombreros negros, togas y dagas de madera... parece extraño que una
organización que supuestamente estaba limitada a recolectar información y
no a espiar fuera festejada por el Presidente de esa manera".
El primer director de la CIG, almirante Sidney Souers, fue sustituido a
los seis meses de haber tomado posesión por un ambicioso militar que
aspiraba a convertirse en general de cuatro estrellas y a dejar huella en
la naciente agencia. Y de hecho, en muy poco tiempo Hoyt S. Vandenberg
logró hacerse de un gran poder no sólo por sus técnicas de reclutamiento,
sino por arrebatar el control de la organización de espionaje e
inteligencia secretas de la ex OSS, que consistía en 400 efectivos al
interior de EU y 600 adscritos a estaciones de campo en el extranjero y
que hasta ese momento estaba bajo la jurisdicción del Departamento de
Guerra.
Cabe resaltar que Vandenberg fue el primer director de los servicios
secretos estadounidenses en "exigir el derecho de recolectar" información
de inteligencia en América Latina, una tarea que desarrollaba el FBI.
Durante su ejercicio al frente de la CIG, el teniente-general también
llegó a controlar la Oficina de Operaciones, el Servicio de Información de
Radiodifusoras Extranjeras y se vinculó con la organización de los
descifradores de códigos y claves secretas, que posteriormente se
convirtió en lo que hoy se conoce como Agencia de Seguridad Nacional (NSA).
Para entonces, la CIG tenía una población de dos mil elementos en
activo...
LA GUERRA FRIA
Casi simultáneamente al fortalecimiento de la CIG, que en pocos años se
transformó en una efectiva organización de inteligencia y espionaje, los
problemas entre Washington y su antiguo aliado, la Unión Soviética, iban
en aumento. Más aún, las relaciones empezaron a deteriorarse sin remedio a
partir de una serie de acontecimientos que probaron las "extensivas"
actividades de espionaje soviético en EU y Canadá.
La primera alarma detonó en septiembre de 1945 luego que Igor Gouzenko, un
empleado de la embajada soviética en Ottawa, desertó con una colección de
documentos secretos que revelaron la existencia de una red mayor de
espionaje soviético en los dos países del norte, en la que estaban
implicados funcionarios canadienses de alto rango y científicos vinculados
al proyecto de la bomba atómica.
A partir de ese suceso, las dos superpotencias intensificaron sus
actividades de inteligencia y espionaje -una contra otra-, encaminándose
así hacia la declaración de la Guerra Fría, que en sus inicios se
concentró en la identificación de agentes clandestinos que informaban
detalladamente a la Unión Soviética de todos y cada uno de los nuevos
descubrimientos científicos en Occidente y que en esa época se conocieron
como "espías atómicos".
Entre éstos, cabe destacar al físico nuclear de origen alemán Klaus Fuchs,
que pasó secretos a la URSS de 1941 a 1950, año en que fue descubierto y
detenido; el físico Alan Nunn May, que trabajó en el Proyecto Atómico
Anglo-Canadiense y que fue arrestado por entregar muestras del uranio
utilizado a agentes soviéticos y, naturalmente, Julius y Ethel Rosenberg,
ejecutados en EU en 1953, a pesar de que siempre se declararon inocentes.
Aunque en la actualidad prevalece la noción de que el espionaje soviético
no contribuyó en gran medida al desarrollo de su programa nuclear,
analistas e historiadores como Bloch y Bledowska afirman que las
operaciones encubiertas de la URSS durante las décadas de los 40 y 50
fueron el detonante de las hostilidades entre las superpotencias, a partir
del clima de histeria colectiva, pánico y paranoia que vivió Occidente en
esa época.
En 1947, la Unión Soviética reorganizó sus servicios de inteligencia,
creando el Comité de Información (KI) que aglutinó las unidades de
espionaje en el extranjero del Ministerio de Asuntos Internos (MVD) y de
la organización de la inteligencia militar. El hombre fuerte en Moscú a
cargo de la vasta red de policías y agentes secretos, de las prisiones y
campos de concentración, era Lavrenti Beria, opacado en poder y maldad
solamente por Josef Stalin.
Ese mismo año (1947), el 18 de septiembre, entró en vigor el Acta de
Seguridad Nacional que dio vida a la Agencia Central de Inteligencia
(CIA), que desde entonces ha traspasado las fronteras de todas las
naciones, pero también los límites del poder mismo estadounidense, más allá
de la Casa Blanca, el Congreso y el Sistema Judicial...
¡MEJOR MUERTO QUE ROJO!
En menos de seis años, la CIA tuvo dos directores: el almirante Roscoe
Hillenkoetter y el general Walter Bedell Smith, este último encargado de
estructurar la agencia en su primera etapa. Para 1952, año en que asumió
la presidencia Dwight Eisenhower, la histeria anticomunista se había
transformado en "amenaza" a la seguridad nacional de Estados Unidos y la
frase "better dead than red" (mejor muerto que rojo), en el grito de
guerra.
Para fines de ese año, la CIA empleaba a más de 10 mil personas y su
presupuesto era ilimitado. En 1953, Eisenhower designó a Allen Dulles para
encabezar la agencia y a su hermano, John Foster Dulles, como secretario
de Estado. El flamante espía mayor de la administración republicana no era
ningún inprovisado. Su experiencia en la clandestinidad se había iniciado
durante la I Guerra Mundial y consolidado en la OSS en la década de los
cuarenta.
Dulles, cesado años más tarde por John F. Kennedy por el fiasco de la
invasión a Bahía de Cochinos en Cuba, siempre estuvo convencido de que su
misión en la vida era "echar para atrás al comunismo" y qué mejor que la
CIA para hacerlo.
Fue precisamente bajo su dirección que la agencia se convirtió en la
organización clandestina más efectiva del mundo. Entre otras cosas, Dulles
promovió la gran propaganda anticomunista en Europa del Este a través de
la Radio Libre Europa por la que pagaba 30 millones de dólares al año, sin
embargo su gran contribución al "mundo libre" fue la inversión de millones
de dólares en la construcción de instituciones académicas tales como el
Centro de Estudios Internacionales en el MIT de Massachussetts, para
"promover el mundo de acuerdo a la CIA", como solía decir.
Asimismo, durante la gestión de Dulles se iniciaron las prácticas de
canalizar fondos "encubiertos" tanto oficiales como del sector privado y
los sindicatos en EU, para fomentar "la democracia" y el espíritu de la
libre empresa entre los gremios, partidos políticos, universidades y
asociaciones civiles tercermundistas. En 1984, Ronald Reagan ordenó la
creación del Fondo Nacional para la Democracia (NED), que desde entonces
absorbió parte de las funciones de la CIA, a través de la implementación
del Proyecto Democracia en el mundo.
Concretamente en México, los partidos Acción Nacional y de la Revolución
Democrática -PAN y PRD- así como organizaciones civiles diversas, tales
como Alianza Cívica, Mujeres en la Lucha por la Democracia y el Movimiento
Ciudadano para la Democracia, entre muchas otras, reciben financiamiento
del NED, a pesar del oscuro origen de esta agencia y de su claro pero
sutil intervencionismo en los procesos electorales, mediante la
canalización de millones de dólares en apoyo económico a la labor de los
llamados "observadores".
Pero la historia contemporánea de las intervenciones y las operaciones
encubiertas en América Latina se origina en la década de los cincuenta
cuando la administración Eisenhower recrudeció su política del "garrote y
la zanahoria", registrándose durante esa década una serie de
acontecimientos en la región y en el tercer mundo, en los que Allen Dulles
estuvo directamente involucrado. Entre estos, cabe recordar el golpe de
Estado contra el Presidente de Guatemala, Jacobo Arbenz, en 1954, y el
asesinato del Primer Ministro congolés, Patrice Lumumba, al que mandó
matar bajo la premisa que su ejecución era "un objetivo urgente y
primordial" para los intereses de EU.
Y también con base en la doctrina de Seguridad Nacional, el espionaje, las
calumnias y las operaciones clandestinas durante los años Eisenhower-Dulles,
no se limitaron a la persecución extrafronteras. Al interior de Estados
Unidos, cientos de ciudadanos fueron víctimas de la fiebre anticomunista
que promovió el senador Joseph McCarthy con el total apoyo de la
administración republicana y de la CIA.
En términos de propaganda y espionaje, la década de los cincuenta fue
particularmente importante para la CIA, pero también para la KGB que no
perdió tiempo y se dedicó a invertir recursos económicos para financiar
sindicatos en Europa Occidental y regímenes afines a su ideología. Durante
esos años, ambos lados lograron establecer bastiones de poder, fuertes y
perdurables. Quizá la única diferencia entre ambos, precisan los
historiadores, es que los líderes soviéticos sabían exactamente lo que
sucedía, mientras que la administración estadounidense sólo conocía lo que
la CIA estaba dispuesta a informarle.
Bledowska y Bloch puntualizan que aunque siempre se consideró que la KGB
utilizaba métodos más brutales que su contraparte estadounidense, la
realidad es que los instructores de la CIA adscritos al centro de
entrenamiento de Camp Peary en Virginia, durante la década de los
cincuenta, frecuentemente advertían a sus pupilos sobre las probabilidades
de estar frente a situaciones en las que "se haría necesario eliminar
físicamente a alguien que representara una amenaza para la Agencia..."
Entrenados para matar, mentir, corromper y hacer lo que sea necesario para
el cumplimiento de las metas establecidas, los agentes de inteligencia,
tanto de la ex URSS como de la CIA, son responsables "encubiertos",
hombres y mujeres sin rostros, de la devastación, miseria, dolor y muerte
de millones de seres humanos en todo el mundo, durante los últimos 52 años
de existencia de las agencias de espionaje más importantes y efectivas en
la historia de la humanidad.
Intervino EU en 60 Países, 168 Ocasiones, en 147 Años
* La CIA Realizó más de 900 Operaciones "Mayores"...
* Ha Hecho uso del Poder de las Armas y Encubiertos
* Ordenó el Asesinato de 33 Figuras Políticas Desde 1949
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II -
Los hombres utilizan los pensamientos para justificar sus injusticias y el
discurso para ocultar sus pensamientos. Voltaire
Entre 1798 y 1945 las Fuerzas Armadas de Estados Unidos incursionaron en
otros países 168 veces y, luego de la II Guerra Mundial, la única
superpotencia sobreviviente del siglo XX intervino en más de 60 naciones
en los cinco continentes.
Lo hizo muchas veces con el poder de las armas, pero sobre todo en la
clandestinidad, por lo que hasta el último conteo oficial del Congreso en
1975, las operaciones encubiertas "mayores" de la CIA sobrepasaban las
900, sin contar otras cientos de miles menos complejas.
Además, desde 1949 los servicios de inteligencia de EU planearon,
financiaron y ordenaron los asesinatos de 33 prominentes figuras políticas
en el mundo, el primero: Kim Koo, líder opositor coreano, y el más
reciente, el Presidente de Irak, Saddam Hussein. No obstante que no
siempre lograron sus objetivos, la política de la CIA, de "eliminar
físicamente" a cualquiera que representara una amenaza a su seguridad
nacional, cambió el rumbo de la historia y el destino de millones de seres
humanos en los países en desarrollo.
Aunque la Agencia Central de Inteligencia fue creada en 1946, no es sino
hasta principios de la década de los cincuenta que surgen las primeras
evidencias de su intervención en los asuntos internos de países fuera del
bloque soviético para derrocar gobiernos y sustituir a sus líderes por
jefes de Estado anticomunistas favorables a los intereses de EU. Irán,
Guatemala y Costa Rica son las primeras naciones donde la Agencia inicia
su labor de espionaje y de implementación de operaciones encubiertas
"mayores" en el llamado Tercer Mundo.
De hecho, Irán es el primer país donde la CIA incursiona a gran escala en
la clandestinidad para imponer al sha Mohammed Reza Pahlevi, en 1953. Es
una operación encomendada a un nieto del ex presidente Teddy Roosevelt, un
puñado de agentes y un presupuesto de alrededor de 19 millones de dólares,
EU derrocó al Primer Ministro Mohammed Mossadegh, por haberse atrevido a
nacionalizar la poderosa compañía petrolera anglo-iraní, propiedad de Gran
Bretaña.
Los británicos estaban furiosos por esta medida, igual que sucedería tres
años más tarde cuando Gamal Abdel Nasser, Presidente de Egipto, decidió
nacionalizar el Canal de Suez. El egipcio fue uno de los 33 líderes al que
la CIA intentó asesinar en 1957, lo mismo que a Chu En-lai, de China;
Sukarno, de Indonesia; Kim Il Sung, de Corea del Norte; Nehru, de India, y
Sihanouk, de Cambodia, entre otros, durante la década de los cincuenta.
Ante tal afrenta, el Primer Ministro de Inglaterra, Winston Churchill,
estuvo de acuerdo con la percepción del secretario norteamericano de
Estado, John Foster Dulles, que la medida de Mossadegh era un caso
inequívoco de "subversión comunista" orquestada por la Unión
Soviética y
también con la propuesta de su aliado de dejar el problema en manos de la
CIA.
Así Kermit Roosevelt, ex miembro de la agencia que antecedió a la CIA, la
OSS -Oficina de Servicios Estratégicos-, trabajó sin descanso para
explotar el inestable balance de poder al interior del país, sobornando a
integrantes del Parlamento, líderes políticos y militares y organizando
manifestaciones populares. En poco tiempo, Mossadegh fue depuesto y Reza
Pahlevi regresó del exilio en Roma.
Al año siguiente, las compañías petroleras occidentales firmaron un
contrato con Irán por 25 años, otorgándole a Estados Unidos intereses de
40 por ciento de las ganancias del petróleo del país. El envío del
armamento más moderno empezó a fluir consistentemente para fortalecer al
sha; Washington estableció bases militares de espionaje cerca de la
frontera con la Unión Soviética y la CIA se dio a la tarea de entrenar a
la Savak, la policía secreta del monarca, que hasta su derrocamiento en
1979 se encargó de silenciar a la oposición.
Un cuarto de siglo después, la labor clandestina de la CIA se revertiría
en contra de EU en una de las crisis políticas más difíciles de su
historia: la toma de la embajada y de 52 rehenes estadounidenses que
permanecieron cautivos durante 444 días, sin que Washington pudiera hacer
nada...
LA CIA, FÁBRICA DE DICTADORES
Simultáneamente, en 1954 la CIA orquestó un golpe de Estado mucho más
audaz y cerca de sus fronteras. Tres años antes, Jacobo Arbenz había sido
elegido Presidente de Guatemala, una nación empobrecida, donde 2 por
ciento de la población era dueña de 70 por ciento de la tierra y donde el
único patrón que explotaba a la fuerza de trabajo era la United Fruit
Company.
Decidido a sacar a Guatemala -la original "banana republic"- de la miseria
y la injusticia, el nuevo Mandatario decretó una serie de reformas para
restituir los derechos sindicales y la repartición de tierras, políticas
que naturalmente disgustaron a la United Fruit, que apeló a sus poderosos
contactos en Washington.
Aunque no designó a ningún comunista para ocupar un puesto en su gabinete,
Jacobo Arbenz los toleraba y cooperaba con ellos. Esto fue inadmisible
para Washington, que decidió que el Presidente guatemalteco no sólo era
una amenaza para los intereses económicos de EU, sino que había convertido
al país en un pie de playa para los comunistas en las Américas.
En marzo de 1953, la CIA apoyó a la derecha guatemalteca con armas y
dinero para organizar una revuelta que finalmente fracasó. Sin embargo, el
Presidente Eisenhower ya había decidido que "Arbenz tenía que irse" y fue
entonces cuando el director de la CIA, Allen Dulles, encargó la misión al
subdirector de Planeación, Frank Wisner.
Con una inversión de 20 millones de dólares, Wisner diseñó un golpe de
Estado que debía ser presentado ante el mundo como una revuelta interna de
militares y exiliados guatemaltecos y eligió al coronel Carlos Castillo
Armas como figura central de la operación. Mercenarios estadounidenses,
sudamericanos y guatemaltecos fueron entrenados en bases en Nicaragua y
con el apoyo del jefe de la dinastía Somoza, el viejo Tacho, la CIA
dispuso una impresionante flota de guerra aérea en el aeropuerto de
Managua y estaciones radiotransmisoras en la frontera con Honduras.
En mayo de 1954 la CIA se enteró del envío de un cargamento de armas de
Checoslovaquia a Guatemala y ese fue el pretexto para iniciar una campaña
continental, magnificando los vínculos de Arbenz con el comunismo
internacional, una técnica muy similar a la que utilizó Ronald Reagan dos
décadas más tarde para justificar la guerra contra los sandinistas en
Nicaragua.
Un mes después los efectos de la propaganda de la CIA fructificaron y los
altos mandos militares guatemaltecos desertaron al campo enemigo. El 18 de
junio, Castillo Armas y su ejército cruzó la frontera desde Honduras y
aviones de guerra P-47 de EU bombardearon el puerto de San José en la
costa del Pacífico, así como la ciudad capital. A nueve días de la
invasión, Arbenz se rindió.
Tras la firma de un pacto entre la Junta Militar y Castillo Armas, éste
asumió el poder de lo que sería un largo reino de terror para el pueblo
guatemalteco. Las reformas fueron revertidas y la tierra arrebatada a los
campesinos y devuelta a la United Fruit. En Washington, el secretario de
Estado, Foster Dulles, aseveró que la lucha en Guatemala había expuesto
"los propósitos malignos del Kremlin para encontrar dónde hacer nidos en
las Américas" y agregó que con el coronel Castillo Armas a la cabeza, "los
patriotas se levantaron para retar al liderazgo comunista y cambiarlo".
Bajo el punto de vista de la CIA, de que "un buen golpe de Estado merece
otro", en noviembre de 1960, cinco días después del triunfo electoral de
John F. Kennedy, la Agencia intervino secretamente para aplastar una
revuelta militar contra el Presidente Miguel Ydígoras.
El movimiento golpista, de carácter nacionalista más que ideológico, era
un reflejo del descontento al interior de las fuerzas armadas ante la
corrupción y el saqueo ilimitado de los recursos de su país por un poder
extranjero. Para 1960 su paciencia llegó al límite cuando Ydígoras
permitió a la CIA instalar bases de entrenamiento en territorio
guatemalteco, en preparación para una próxima invasión a Cuba, para
derrocar al naciente régimen revolucionario de Fidel Castro.
En pocos días, la Fuerza Aérea guatemalteca "por sí misma" conjuró el
atentado golpista y Eisenhower ordenó a unidades aéreas y navales estadounidenses
patrullar el Caribe y "disparar si era necesario" para
evitar cualquier invasión "encabezada por comunistas" a Guatemala y
Nicaragua. Sin embargo, años después se revelaría que pilotos del exilio
cubano y estadounidenses fueron quienes bombardearon los cuarteles de los
oficiales golpistas para conjurar la insurrección.
Los éxitos de la CIA en sus dos primeras misiones en el Tercer Mundo, en
Irán y Guatemala, donde instauró dictaduras afines a los intereses
nacionales de EU, fueron factores decisivos para que Washington optara en
los siguientes 40 años por las operaciones clandestinas, antes que una
guerra abierta, para cambiar el destino de las naciones en América Latina.
Gracias a la asistencia económica y militar de la Agencia, Haití,
Nicaragua, Brasil, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay, Panamá y Honduras,
entre otros, padecieron el peso del terror y la miseria a manos de
dictadores de derecha, una especie en extinción a partir de la
desaparición de la ex URSS.
"EL MARAVILLOSO MUNDO DE LOS ESCUADRONES DE LA MUERTE"
William Blum, autor del compendio más extenso sobre las actividades
encubiertas de la CIA en el Tercer Mundo, afirma en su libro Killing Hope
que la aparición de los primeros escuadrones de la muerte se registró en
Brasil tras el golpe de Estado contra el Presidente Joao Goulart, en 1964.
Como en el caso de Arbenz, el brasileño toleraba a los comunistas y había
adoptado una política exterior independiente, absteniéndose a votar en
contra de las sanciones que ordenó EU contra el régimen de Fidel Castro.
El entonces embajador estadunidense en Brasil, Lincoln Gordon, y el
agregado militar, coronel Vernon Walters, figura nefasta en la historia de
América Latina durante casi cuarenta años, informaron al Departamento de
Estado que Goulart "estaba a punto de asestar una desesperada acometida
para instaurar un poder totalitario". Una semana después, los militares
brasileños, con el general Humberto de Alencar Castelo Branco, depusieron
al gobierno legítimamente instaurado, culminando así la conspiración
dirigida desde la embajada de EU en ese país.
Enseguida, los militares instalaron una de las más brutales dictaduras en
América del Sur, que se prolongó durante dos décadas.
Detrás de la campaña contra Goulart estaban el secretario de la Defensa,
Robert McNamara, y el procurador general Robert Kennedy, que durante una
reunión previa con el Presidente brasileño le manifestó su "preocupación"
por permitir que "comunistas" tuvieran cargos en agencias gubernamentales.
Según Phillip Agee, que desertó de la CIA en 1969 y denunció las
atrocidades de la Agencia en su libro Dentro de la Compañía, EU invirtió
entre 12 y 20 millones de dólares para esta operación.
Pero además de las "contribuciones" de la CIA para desestabilizar y
deponer al gobierno de Goulart, millones de dólares adicionales se
canalizaron a través de la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID),
para financiar campañas electorales de candidatos afines a EU, como lo
hace en la actualidad por medio del Fondo Nacional para la Democracia, y
sumas adicionales se destinaron a la creación y entrenamiento de
escuadrones de la muerte "para atormentar" a los izquierdistas, indica
Blum.
Durante los primeros días después del golpe, varios miles de brasileños
fueron arrestados, comunistas y sospechosos de serlo por igual y los
graduados del programa del AIFLD (Instituto Americano para el Desarrollo del Libre Trabajo), designados por el nuevo gobierno para
que purgara los
sindicatos. Luego, Castelo Branco instauró un programa que llamó
"Rehabilitación Moral de Brasil', que no fue otra cosa que una campaña de
represión encomendada a policías y militares entrenados por la CIA.
Así nacieron los escuadrones de la muerte al servicio de las dictaduras en
América Latina. Su labor encubierta consistía en "desaparecer" a
cualquiera que representara un peligro real o imaginario para los
regímenes de derecha instaurados y apoyados por Washington. "Tras la
exitosa experiencia en Brasil, la Oficina Pública de Seguridad de EU
(OPS), la CIA y la AID proporcionaron asistencia técnica, equipo y
programas de adoctrinamiento para apoyar los horrores que se cometieron en
países como Uruguay y Guatemala, y en el caso de Brasil se designó a Dan
Mitrione para establecer una `fuerza policíaca' que para 1969 contaba con
cien mil policías altamente entrenados y 523 elementos `especializados'
que recibieron instrucción en EU", relata Blum.
En febrero pasado, la administración Clinton desclasificó documentación
relacionada con tres décadas del intervencionismo estadounidense encubierto
en Guatemala, donde durante ese lapso se calcula fueron asesinados más de
200 mil indígenas mayas a manos de escuadrones de la muerte.
En su libro La Guardia Pretoriana, el ex agente de la CIA, John Stockwell,
señala que nada ilustra mejor el poder de "racionalizar el cinismo" que el
llamado Programa de Seguridad Pública, que llevó a cabo el AID, mediante
el cual "entrenó y organizó a oficiales policíacos y paramilitares de todo
el mundo, en técnicas de control de población, represión y tortura".
Y agrega que para lograr sus fines, Estados Unidos abrió escuelas en su
territorio, en Asia y Panamá, a las que asistieron cientos de miles de
"estudiantes" que eran entrenados incluso por ex oficiales del Tercer
Reich de Hitler. "Se utilizaban películas y material didáctico de diversas
técnicas de tortura y eventualmente los estudiantes tenían que practicar.
Entonces Mitrione ordenaba secuestrar limosneros de las calles, que se
usaban como conejillos de Indias. Cuando se colapsaban, un médico les
inyectaba vitaminas y tras dejarlos en un periodo de recuperación volvían
a ser parte de una nueva sesión. Los que morían eran descuartizados y
tirados en la calle para despertar el miedo entre la población", asegura
Stockwell.
Anteriormente, en investigaciones congresionales efectuadas a finales de
la década de los ochenta, a propósito del escándalo Irán-contras, salieron
a la luz pública los excesos cometidos por los servicios de inteligencia
de EU y la Mossad de Israel en América Central, particularmente en El
Salvador, donde grupos paramilitares armados y entrenados por la CIA
cobraron cientos de miles de víctimas, entre ellas monseñor Oscar Romero,
asesinado por Roberto D'Abuisson, que durante años se encargó de
"desaparecer" a los opositores del régimen proestadunidense.
Sin embargo, la exposición pública más amplia de las actividades
clandestinas de la CIA desde los años cincuenta ocurrió en 1975, durante
las audiencias que llevó a cabo un comité especial que encabezó el senador
Frank Church. Por primera vez en la historia el mundo conoció cómo y dónde
se habían efectuado operaciones encubiertas, más de 900 en ese entonces,
destacando las perpetradas contra Cuba, Chile y Vietnam, y otras en Siria,
Indonesia, Guyana Británica, Italia, Cambodia, Laos, Haití, Algeria,
Ecuador, Congo, Perú, República Dominicana, Ghana, Uruguay, Grecia,
Bolivia, Costa Rica e Irak.
EL ASESINATO COMO ARMA POLÍTICA
Entre los principales hallazgos del senador Church, que en su momento
imaginó que con las revelaciones expuestas por el Comité podía por lo
menos frenar las brutales actividades de la CIA, destacaron una serie de
evidencias sobre los asesinatos políticos de líderes y jefes de Estado en
los países en desarrollo, algunos consumados con gran éxito, como el de
Patricio Lumumba en el Congo, Ngo Dinh Diem, Presidente de Vietnam; Che
Guevara en las selvas bolivianas y el general Omar Torrijos, de Panamá,
así como otros que fueron un fracaso, como los ordenados contra el
Presidente francés Charles de Gaulle, Michael Manley, Primer Ministro de
Jamaica, y Francois Duvalier, "Papa Doc", de Haití, a quien luego le
perdonaron la vida por su apoyo a Washington en sus actividades
anticastristas.
Y es precisamente Fidel Castro el fracaso más grande de la CIA. Si algún
país ha sido blanco de operaciones encubiertas, Cuba ocupa el primer lugar
y su Presidente es, al día de hoy, el líder extranjero que más atentados
ha sufrido contra su vida. Desde tiempos de Eisenhower, la isla caribeña
es el dolor de cabeza más grande de EU, que pese a todos sus esfuerzos por
derrocar el régimen revolucionario, ha tenido que resignarse a esperar a
que algún día muera el líder cubano.
De la fallida invasión directa en Bahía de Cochinos, ordenada por Kennedy,
la crisis de los misiles en 1962, que resultó en un bloqueo naval para
evitar que la Unión Soviética entregara a Cuba misiles balísticos de
alcance medio, hasta constantes incursiones encubiertas, planes de
desestabilización política, un embargo económico y actos terroristas,
todos los presidentes de EU han intentado en un momento u otro asestar un
golpe de Estado en la isla y eliminar a Fidel Castro. En su desesperación,
la CIA incluso decidió contratar por 150 mil dólares a un poderoso jefe de
la mafia, John Russell, para que lo asesinara.
Mientras tanto, en otros países latinoamericanos la agencia continuó con
el financiamiento de regímenes de derecha y con intervenciones
directas-clandestinas, siempre que surgía algún líder que amenazaba los
intereses de Washington. En 1970 la CIA desempolvó un viejo proyecto para
asesinar al tres veces Presidente de Costa Rica, José Figueres, a pesar de
que éste trabajó con la Agencia durante 30 años en "20 mil maneras... en
todo América Latina", como el mismo lo reconoció en 1975.
"Colaboré con la CIA cuando estaba intentando derrocar a Trujillo",
declaró en referencia al dictador de República Dominicana. La queja más
grande de la inteligencia de EU con respecto a Figueres fue su
reconocimiento de asilo en Costa Rica para comunistas y no comunistas por
igual. El gran flujo de "personas cuestionables" complicó la labor de
espionaje y obligó a EU a incrementar el número de agentes en ese país
centroamericano.
Durante la década de los setenta, la Agencia orquestó y financió el golpe
de Estado contra Salvador Allende en Chile y aunque el secretario de
Estado de Richard Nixon, Henry Kissinger, niega consistentemente la
participación estadounidense en ese hecho ocurrido el 11 de septiembre de
1973, existen evidencias irrefutables de la mano ejecutora de la
administración republicana y la empresa de telecomunicaciones ITT en la
instauración de la dictadura de Augusto Pinochet en ese país sudamericano.
Al triunfo de Allende, Richard Nixon envió una nota al director de la CIA,
Richard Helms, en la que giró instrucciones precisas: "Una en diez
probabilidades, pero ¡salve a Chile! Vale la pena gastar. No me preocupan
los riesgos involucrados. Que la embajada no se inmiscuya. Diez millones
de dólares disponibles, más si es necesario. Trabajo de tiempo completo y
los mejores hombres. Plan de juego. Que la economía grite; 48 horas para
un plan de acción".
La siguiente década del gobierno de Ronald Reagan y George Bush, la CIA se
mantuvo ocupada en traficar armas por drogas para la contrarrevolución
nicaragüense, pero además participó en la invasión de la pequeña isla
caribeña de Granada, donde derrocó al gobierno de Maurice Bishop que fue
muerto durante el ataque estadounidense. Otras operaciones encubiertas en
esa época fueron las realizadas contra Marruecos, Surinam, Libia y Panamá.
Por supuesto que también se giraron órdenes de muerte contra el líder
libio Muammar Kadafi; el ayatolla Jomeini, de Irán; el general Ahmed Dlimi,
comandante del ejército marroquí; Miguel D'Escoto, secretario de
Relaciones Exteriores de Nicaragua; de los nueve comandantes del
Directorado Nacional Sandinista y del líder libanés-chiíta, sheik Mohammed
Hussein Fadlalah.
Posteriormente, bajo la administración Bush, el trabajo sucio de la
Agencia estuvo dirigido mayoritariamente en contra de Panamá, país que
invadió EU en diciembre de 1989 para arrestar al general Manuel Antonio
Noriega, acusado de narcotráfico. De nada sirvió al panameño haber estado
tantos años en la nómina de la CIA, que inclusive atentó contra su vida
dos veces en 1970 y 1972. Bulgaria, Irak, Afganistán, Haití y El Salvador
también fueron escenarios de una gran actividad encubierta durante el
gobierno republicano de Bush, que años antes fungió como director de la
Agencia.
A lo largo de 53 años de existencia, la CIA actuó sin descanso en el
Tercer Mundo, aplicando una serie de tácticas que William Blum coloca en
cinco categorías principales: entrenamiento de cientos de miles de
militares y policías en sus escuelas, donde se les instruyó en los
"métodos" para controlar a la insurgencia y la subversión. Infiltración y
manipulación de grupos elegidos de partidos políticos, organizaciones
civiles, profesionales, juveniles y culturales para efectos electorales y
propagandísticos. Manipulación de la prensa mediante la contratación de
editores extranjeros, columnistas y periodistas, y el subsidio de
numerosas publicaciones, agencias de noticias, estaciones de radio y
libros. Medios económicos, en sociedad con agencias gubernamentales tales
como la AID, empresas privadas estadounidenses e instituciones
internacionales de empréstitos para hacer presión contra grupos
específicos de la economía de los países y el Departamento de "Trucos
Sucios", encargado de espiar, grabar conversaciones, falsificar
documentos, plantar evidencias, chantajes e iniciar campañas de rumores
falsos, con objeto de crear incidentes, obtener información o exhibir al
enemigo internamente e internacionalmente como parte de una conspiración
soviético-cubana; esto, durante la Guerra Fría.
Actualmente las acusaciones giran alrededor del narcotráfico, que
sustituyó al comunismo como el "gran enemigo".
REAGAN-JOMEINI, EL PACTO QUE CAMBIÓ LA HISTORIA
* Conspiración de la Derecha Para Sacar del Poder a Carter
* Prematura Muerte de Muchos de los que Supieron del Secreto
-
III y último -
"Una democracia no puede ser libre si es ignorante". Thomas Jefferson.
A casi 20 años de la elección de Ronald W. Reagan, gran parte de la
sociedad en EU aún ignora que su triunfo electoral fue resultado de un
pacto secreto celebrado con el ayatola Jomeini y que para mantenerse en el
poder giró "autorizaciones de inteligencia".
Esas concesiones eran consideradas "licencias para matar" a quienes
estuvieron involucrados o conocían los términos de las negociaciones y
condiciones para el envío clandestino de armas al régimen iraní a
principios de la década de los ochenta.
Durante su administración, entre 1981 y 1988, 14 individuos de distintas
nacionalidades -la mitad estadounidenses-, entre ellos el propio director
de la CIA, William Casey, murieron en circunstancias poco usuales:
accidentes aéreos, explosiones, extraños virus que derivaron en cáncer
fulminante; infartos repentinos o simplemente asesinados. Ocho más,
sufrieron atentados de los que salieron ilesos y uno, el ex consejero de
Seguridad Nacional, Robert McFarlane, intentó suicidarse.
De una u otra manera, todas las víctimas habían sido parte de la gran
conspiración encubierta diseñada por el equipo de campaña electoral de
Ronald Reagan y George Bush, primero para allanar el camino del binomio
republicano a la Casa Blanca y después, para rescatar a Centroamérica de
las garras del "comunismo internacional" que desde el punto de vista de la
ultraderecha en EU, estaba ganando terreno gracias al apoyo de Cuba y
Nicaragua. Todo iba muy bien para Ronald Reagan, la CIA y el Consejo de
Seguridad Nacional, hasta que una mañana de octubre de 1986, los
sandinistas derribaron uno de tantos aviones que transportaban
mercenarios, drogas y armas para la contra en Nicaragua. La fotografía de
Eugene Hasenfus, un enorme paramilitar rubio y barbado, dio la vuelta al
mundo y con su captura quedó al descubierto, como nunca antes, una de las
guerras clandestinas más sucias, brutales y corruptas en la historia del
siglo XX.
Mucho antes de ganar las elecciones presidenciales en 1980, Reagan había
prometido deshacerse del régimen nicaragüense tan pronto prestara el
juramento presidencial. Nunca imaginó que su obsesión por derrocar a los
sandinistas, destaparía la cloaca que sacó a flote una serie de
operaciones encubiertas plagadas de mentiras, engaños, asesinatos y
terrorismo, pero sobre todo de tráfico ilegal de drogas y de armas,
concertado por altos funcionarios de su administración, sobre todo con el
gran enemigo: Irán.
Pero la verdadera historia del escándalo Irán-Contra, no se inició el 20
de enero de 1981, día de la toma de posesión de Reagan, sino en agosto del
año anterior, cuando el equipo de campaña del candidato republicano hizo
el primer contacto con el régimen iraní del ayatolla Jomeini.
Las relaciones entre EU e Irán, atravesaban desde el 4 de noviembre de
1979, por una de sus peores etapas como consecuencia del asalto a la
embajada estadounidense en Terán y la toma de 52 diplomáticos como rehenes,
que pagaron con 444 días de confinamiento la decisión de Carter de
permitir que el moribundo sha Mohammed Reza Pahlavi, se internara en un
hospital de Nueva York.
"Para los altos mandos de la campaña Reagan-Bush de 1980, todo dependía de
si podían o no evitar la `Sorpresa de Octubre'. Si se daba la sorpresa, el
Presidente Carter se mantendría en la Casa Blanca. En cambio, si no se
daba, Ronald Reagan y George Bush tomarían las riendas del país más
poderoso del mundo, relata Barbara Honegger que trabajó con el equipo
republicano desde que se inició la campaña electoral hasta 1983 que
presentó una "renuncia de conciencia" y abandonó su puesto de analista e
investigadora en la Oficina de Desarrollo Político de la Casa Blanca.
Decepcionada ante la evidencia irrefutable de que el equipo Reagan-Bush
había negociado con el régimen iraní un acuerdo secreto de transferencia
de armas a cambio de retener a los rehenes, Honegger se mudó a California
y escribió el libro "La Sorpresa de Octubre". Publicada hace 10 años, esta
obra acabó por cuadrar perfectamente las conexiones ilícitas de la
administración republicana, desde su manipulación de la contienda
presidencial de 1980 en colusión con un poder extranjero hostil, hasta la
ejecución de la guerra encubierta contrarrevolucionaria en Nicaragua
también llamada "Irangate".
LA SORPRESA DE OCTUBRE
En la primavera de 1980, el encuestador republicano, Richard Wirthlin y su
asistente, Richard Beal, que por cierto murió inesperadamente en 1984 de
un ataque al corazón, descubrieron en el Sistema de Información Política,
operado mediante un sofisticado programa de cómputo, que las proyecciones
electorales daban diez por ciento de ventaja al entonces Presidente James
Carter, si lograba liberar a los 52 rehenes durante una crítica "ventana
de vulnerabilidad" que se abriría solamente entre el 18 y el 25 de
octubre, dos semanas antes de las elecciones.
Sin embargo, no fue sino hasta agosto que Wirthlin informó al jefe de
Campaña de Reagan, William Casey, sobre la posibilidad de que se produjera
la tan temida "Sorpresa de Octubre" y con ello la reelección de Jimmy
Carter y Walter Mondale. Casey, designado director de la CIA en enero de
1981, había sido jefe de Operaciones Especiales en Europa en la agencia
madre, la OSS -Oficina de Servicios Estratégicos-, en la etapa final de la
II Guerra Mundial.
"Con un jefe de Campaña que había sido responsable de las operaciones
clandestinas al interior de la Alemania de Hitler y un ex director de la
CIA como candidato a la vicepresidencia, era casi imposible que el equipo
de campaña del Partido Republicano resistiera la tentación de aplicar
métodos clandestinos y operaciones encubiertas para interferir en los
resultados de una elección, algo que le era muy común pues lo había hecho
en otros países y también internamente en EU", escribió Honneger.
Mientras tanto en Irán, el régimen había perdido interés en los rehenes y
parecía estar dispuesto a iniciar negociaciones para liberarlos. Pero
había razones de fondo para el desencanto de los iraníes por retener a los
52 estadounidenses. Por un lado, con la consolidación de la Revolución
Islámica, los prisioneros ya no tenían ningún valor político de cohesión
interna y por el otro, su país había sido invadido por Irak y en ese
momento necesitaban desesperadamente armas y refacciones para defenderse.
Además, el liderazgo iraní estaba dividido en dos facciones antagónicas.
Una encabezada por Ahmed, hijo de Jomeini y porcal ayatolla Mohammed
Beheshti, segundo líder religioso en el país a favor de retener a los
rehenes y otra representada por el Presidente Abolhassan Bani-Sadr,
comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, que apoyaba los esfuerzos de
Carter para sacar a los 52 estadounidenses de Irán en el menor tiempo
posible.
El 16 de septiembre, un pariente político de la familia Jomeini, se reunió
en Bonn con Warren Christopher, jefe negociador de la administración
Carter, para informarle que los iraníes "tenían prisa" y que estaban
preparados para liberar a los diplomáticos tan pronto EU enviara las armas
por las que el cha había pagado por adelantado antes de su derrocamiento y
que estaban bajo una orden de embargo girada por la Casa Blanca.
Dos semanas más tarde, un emisario iraní hizo contacto con Robert
McFarlane, entonces asistente del senador John Tower de Texas y
posteriormente el cerebro detrás de los acuerdos encubiertos durante el
Irán-contra. McFarlane, reunió al mensajero con dos altos funcionarios de
la campaña republicana en Washington: Richard Allen, consejero de política
exterior de Reagan y primer consejero de Seguridad Nacional de la nueva
administración y Lawrence Silberman quien encabezó al equipo de transición
en asuntos de inteligencia.
A ésta, siguieron más encuentros y reuniones entre facciones iraníes y la
administración Carter por un lado y los asesores de Reagan y Bush por el
otro, negociando cada uno resultados y tiempos diferentes, aunque ambos
con el mismo fin de llegar a un acuerdo sobre el envío de armamento y
refacciones militares a Teherán.
Cabe destacar sin embargo, que las negociaciones entre la administración
Carter y régimen islámico, eran legales toda vez que el Presidente de EU
tenía la facultad de liberar la orden de embargo de las armas, retenidas a
raíz del derrocamiento del cha Pahlevi. En cambio, los acuerdos pactados
con el equipo de la campaña republicana, fueron fraudulentos e ilegales
porque en el momento en que se alcanzaron, Ronald W. Reagan y George H.
Bush eran simplemente candidatos, sin ninguna autoridad constitucional o
moral para decidir un asunto de seguridad nacional.
El 15 de octubre un alto funcionario de la administración confirmó a "una
fuente" de Richard Allen, que Carter estaba a punto de cerrar un trato con
Bani-Sadr para liberar a los rehenes a más tardar la última semana de ese
mes.
A su vez, Allen informó a Casey, al futuro procurador general, Ed Meese y
al propio Ronald Reagan y a los pocos días, el acuerdo se esfumó
misteriosamente.
Años después, el ex presidente iraní, para entonces exiliado en París,
reveló en una entrevista que lo que motivó la inexplicable cancelación de
las negociaciones con el gobierno de Carter, fue la oportuna intromisión
de Reagan en el asunto, brindando al ayatolla una oportunidad de oro para
perjudicar al Presidente, al que consideraba la personificación misma del
"gran Satanás". "Creo que esto sucedió a causa de los contactos secretos
entre los representantes de Reagan y Jomeini", declaró Bani-Sadr.
El propio Bani-Sadr, así como el ex agente de la inteligencia iraní,
Manzur Rafizadeh y dos empleados bajo contrato de la CIA, los pilotos
aviadores Richard Brenneke y Heinrich Rupp, confirmaron que el fatídico
acuerdo entre Reagan y Jomeini, fue cerrado durante una serie de
encuentros en París, los días 19 y 20 de octubre de 1980, en los hoteles
Raphael, Crillon y Florida.
A las reuniones de París asistieron Richard Allen, William Casey y Donald
Gregg, miembro del consejo de Seguridad Nacional de Carter que luego se
convirtió en el principal asesor de Bush en la materia; un número no
revelado de mercaderes de armamento y representantes de los líderes
islámicos.
Según fuentes cercanas a las negociaciones, el futuro vicepresidente y ex
director de la CIA, George Herbert Bush, encabezó los encuentros, sin
embargo nunca se probó su participación física durante el pacto secreto e
ilegal. Pero de una u otra forma, lo importante fue que tanto Casey como
Bush, contaban con estrechos vínculos y grandes simpatías al interior de
la CIA y de otras agencias de inteligencia, que con la esperanza de que la
derecha ascendiera al poder en EU, los asistieron en todo momento para una
feliz conclusión de la crisis de los rehenes.
Lo que sí trascendió, es que los republicanos buscaron en Beirut el apoyo
de un viejo enemigo, la Organización de Liberación Palestina (OLP), para
que influyera en la decisión de Jomeini de retener a los 52 prisioneros
hasta después de las elecciones el 4 de noviembre de ese año.
Las reuniones de París, son entonces la respuesta a la pregunta de porqué
la liberación de los rehenes ocurrió precisamente el 20 de enero de 1981,
día de la toma de posesión de Ronald Reagan y explican el motivo por el
cual la administración republicana, permitió a mercaderes de armamento
como Houshang Levi, abastecer a Irán con miles de millones de dólares en
armas y pertrechos militares entre 1981 y 1982 y al gobierno israelí
cuatro años más tarde.
VICTIMAS DE LA SORPRESA
Una vez en el poder, la administración Reagan-Bush autorizó a espaldas del
Congreso, una serie de operaciones ilícitas que por medio de un complicado
proceso de triangulación, le permitió inundar la región centroamericana de
armas y mercenarios a cambio de drogas, sobre todo cocaína, con objeto de
derrocar al gobierno sandinista de Nicaragua; aplastar al movimiento
guerrillero en El Salvador y de paso, debilitar al régimen de Fidel Castro
Ruz en Cuba.
La estrategia clandestina fue diseñada magistralmente para evitar que se
violara "abiertamente" la enmienda Boland que prohibía la transferencia de
armas a América Central, pero también para ocultar las dimensiones de la
escalada militar de EU en la región, que amenazaba con convertirse en un
"nuevo Vietnam", según la mayoría de los estadounidenses.
Además de Robert McFarlane, Casey, el procurador Meese y una docena de
funcionarios de alto nivel, el Irán-contra operó bajo el mando del
teniente coronel, Oliver North, que amparado bajo su cargo de subdirector
para Asuntos Político-Militares del Consejo de Seguridad Nacional, dirigió
desde los sótanos de la Casa Blanca una de las guerras clandestinas más
sucias de la historia de EU. Apoyado por el Servicio de Inteligencia
israelí, la Mossad, en particular por un agente de nombre Amiram Nir, que
respondía únicamente al primer ministro Shimon Peres, North traficó miles
de millones de dólares en armas a cambio de toneladas de cocaína que
entraron a Estados Unidos vía aérea desde Colombia, Panamá, con la
anuencia y total apoyo del general Manuel Antonio Noriega y Honduras, país
base donde también se entrenaron escuadrones de la muerte y
contrarrevolucionarios somocistas.
Tanto Noriega como Nir, fueron algunas de las víctimas de la Sorpresa de
Octubre. El primero fue arrestado por tropas estadounidenses durante la
invasión a Panamá hace 10 años y el israelí murió en un inexplicable
accidente aéreo en Michoacán en 1988, cuando supuestamente se había
retirado de la Mossad para iniciar un negocio de exportación de aguacates
mexicanos a Israel...
Aunque nunca se publicaron evidencias directas contra North, quizá porque
tuvo la visión de destruir los documentos incriminatorios en el momento en
que Hasenfus fue capturado por los sandinistas, autores, investigadores y
analistas del Irán-contra coinciden en sus apreciaciones de que el ex
marine "Ollie", como lo llamaban sus amigos, fue el brazo ejecutor de
Ronald Reagan durante toda la operación. Y de hecho existen citas en
libros y diarios de la época en las que se afirma que en muchas ocasiones
North advirtió que cualquiera que filtrara información o que amenazara con
revelar detalles de la "iniciativa iraní", podía darse por muerto...
Según un amplio artículo publicado en Los Ángeles Times el 17 de diciembre
de 1986, el mayor general retirado de la Fuerza Aérea, Richard Secord y su
socio, iraní nacionalizado estadounidense, Albert Hakim que durante los
años del Irán-contra fueron parte del proceso de triangulación de armas
por medio de su compañía "Enterprise", también formaron parte del "equipo
North" que se encargaba de llevar a cabo los asesinatos políticos,
justificados como "acciones contraterroristas" para salvaguardar los
intereses de seguridad nacional.
En este contexto se explican las causas de muerte de 14 personas y los
intentos de asesinar a nueve más durante los años de la administración
Regan-Bush, sobretodo al comprobar que todos y cada uno de ellos tuvieron
algo que ver en mayor o menor grado con las negociaciones secretas para
abastecer a Jomeini de armas y después a la contrarrevolución
nicaragüense:
1. William Casey, director de la CIA, presente durante las reuniones de
París, los días 19 y 20 de octubre de 1980, con funcionarios iraníes y
agentes de la inteligencia francesa para concretar un acuerdo con Irán de
armas por el retraso de liberación de los rehenes. La mañana en que debía
comparecer ante el Comité de Inteligencia del Senado para declarar bajo
juramento sobre el Irangate, Casey sufrió un "oportuno" ataque en su
oficina de los cuarteles generales de la CIA en Langley, Virginia.
Paralizado y sin habla, fue llevado a un hospital donde se le practicó
cirugía en el lado izquierdo del cerebro. Falleció poco después, el 6 de
mayo de 1987. De haber vivido para testificar, Casey "hubiera dicho toda
la verdad", según su mejor amigo y consejero de toda la vida, Milton Gould.
2. Amiram Nir, principal consejero del primer ministro Shimon Peres en
asuntos de contraterrorismo. Fue la contraparte israelí de Oliver North en
las operaciones encubiertas de la "iniciativa iraní", supuestamente
firmada en calidad de "top secret" por George Bush y Peres durante la
visita del primero a Jerusalén en julio de 1986. Cuando North ofreció al
jurado presentar una copia del acuerdo secreto EU-Israel, como parte de su
defensa en los cargos de conspiración, la administración se negó a
entregar el documento y la acusación fue retirada. Nir renunció a la
Mossad en marzo de 1988 y el 30 de noviembre de ese año falleció en un
accidente aéreo en México, dos meses antes de que se iniciara el juicio
contra North. Todo parece indicar que la avioneta en la que viajaba fue
objeto de sabotaje. La incógnita en la muerte del espía judío parece
aclararse en el último párrafo del libro "Perilous Statecraft" (Peligrosa
Forma de Gobernar), publicado antes del avionazo en Michoacán, en el que
su autor Michael Ledeen, que fue asistente del ex secretario de Estado,
Alexander Haig, señala: "Hasta donde alguien tenga algo dramáticamente
nuevo que agregar a lo que ya sabemos del Irán-contras, ese alguien podría
ser Amiram Nir".
3. Cyrus Hashemi, mercader de armamento que participó con Houshang Lavi en
la venta clandestina a Irán de un embarque de misiles Tow en 1985 y 1986.
Según el piloto al servicio de la CIA, Richard Brenneke, que presuntamente
llevó al equipo negociador de Reagan a París en octubre de 1980, Hashemi
estuvo presente en las negociaciones entre William Casey y funcionarios
iraníes para retrasar la entrega de los rehenes. Falleció en Londres el 21
de julio de 1986, dos días después de que se le diagnosticó un cáncer
fulminante provocado por un "extraño virus". Al saber la noticia de su
muerte, su socio Houshang Lavi aseguró que Hashemi "había sido asesinado
por el gobierno de EU".
4. Ayatolla Mohammed Beheshti, segundo líder religioso en Irán, que envió
a Jalal al-Din Farsi, como representante personal a una de las reuniones
de París, el día 19 de octubre de 1980, en la que según algunos reportes,
estuvo presente el candidato a la vicepresidencia, George Bush. Beheshti
murió el 28 de junio de 1981, a causa de una explosión provocada por una
bomba que fue colocada en los cuarteles generales del Partido de la
República Islámica en Irán.
5. Sadegh Ghotbazadesh, secretario de Relaciones Exteriores de Irán cuando
se produce la toma de la embajada y de los rehenes estadunidenses en
Teherán. De acuerdo al ex jefe de la estación de EU en la Savak -la
policía secreta del sha-, Ghotbazadeh intervino ante Jomeini para que
retrasara la entrega de los rehenes hasta después de las elecciones
presidenciales en EU, a petición de una facción republicana al interior de
la CIA. Un año después, el ex canciller iraní fue detenido, torturado y
ejecutado por órdenes de Jomeini, por su presunta participación en un
intento de golpe de Estado contra el ayatolla. Sin embargo, el ex
presidente Bani-Sadr, declaró que fue Ladeen, el ayudante de Haig, quien
informó al régimen iraní sobre el supuesto plan para derrocar al líder
fundamentalista musulmán, con lo que la administración Reagan selló el
destino de Ghotbazadeh.
6. William Buckley, jefe de la estación de la CIA en Beirut que falleció
en cautiverio en Líbano, el 3 de junio de 1985 o en octubre de ese año. Se
presume estuvo involucrado en los arreglos previos a los encuentros de
París. Heinrich Rupp, el piloto de la CIA, afirmó que Buckley fue obligado
a regresar a Líbano y después abandonado a su suerte a pesar de que
expresó su temor de volver a ese país y ser asesinado porque su "cover"
había sido descubierto. Casualmente, el sucesor de Buckley en Beirut,
falleció en el vuelo 103 de Pan American que explotó y se estrelló en
Escocia el 21 de diciembre de 1988. El principal sospechoso de sabotear la
aeronave, Ahmed Jibril, líder de una facción de la OLP, había sido
guardaespaldas del ayatolla Jomeini...
7. Arnold Raphael, embajador de Estados Unidos en Pakistán, falleció junto
con el Presidente paquistaní, Zia ul-Haq, el 17 de agosto de 1988 en un
accidente aéreo presuntamente provocado.
Raphael no sólo conocía hasta el último detalle de la "iniciativa secreta
iraní" de la administración Reagan-Bush, sino que fue uno entre dos altos
funcionarios, cuyo nombre apareció en documentos clasificados "top secret"
publicados durante el gobierno de Carter, referentes a las negociaciones
secretas de intercambio de armas por rehenes en octubre de 1980. Según
Edmund Muskie, secretario de Estado de Carter, Raphael "jugó un papel
instrumental en la liberación de los rehenes en Irán".
8. Mohammed Alí Rajai, ex presidente de Irán, muerto por una bomba que
explotó en sus oficinas en Terán. Rajai viajó a Nueva York para asistir a
una reunión de Naciones Unidas en octubre de 1980.
Fuentes cercanas al caso informaron que el 18 de ese mes, Casey y Bush
salieron a París, pero antes hicieron una escala en Nueva York para
reunirse secretamente con Rajai que esa misma noche regresó a su país.
9. Richard Beal, asistente especial del Presidente Reagan para Seguridad
Nacional. Falleció en Washington, el 3 de noviembre de 1984 de un súbito
infarto que sorprendió a su familia por su juventud "treinta y tantos
años" y por su buena salud. Beal elaboró el sofisticado programa de
computación que reveló a los republicanos la existencia de una posible
"Sorpresa de Octubre" antes de las elecciones presidenciales.
Aparentemente, la CIA financió los estudios de Beal que era un experto
programador. Como asistente especial de Reagan, Beal logró consolidar por
primera vez en la historia, toda la información de seguridad nacional del
Pentágono y de las agencias de inteligencia militares y gubernamentales,
en un programa altamente sofisticado y creado exclusivamente para la
computadora del Consejo de Seguridad Nacional. Oliver North, tenía acceso
a una de las terminales del nuevo sistema integrado...
10. Donald Fortier, subdirector de Seguridad Nacional bajo Robert
McFarlane y John Poindexter, muerto el 4 de diciembre de 1985. de cáncer
galopante, similar al que mató a Cyrus Hashemi, Fortier era uno de los
pocos funcionarios que conocían a fondo la génesis y los detalles de la
"iniciativa secreta iraní". En 1980, trabajaba muy de cerca con McFarlane
en la oficina del senador Tower y conoció paso a paso los arreglos que
hizo su amigo y compañero para reunir a Allen y Silberman con el
"emisario" del ayatolla Jomeini.
11. Gleen Souham, asesinado después de asociarse con los mercaderes de
armamento Adnan Khashoggi y Cyrus Hashemi. Su muerte ocurrió luego que
declaró que su venta de armas a Irán entre 1981 y 82, había sido parte de
las negociaciones relacionadas a la tardía liberación de los rehenes.
Souham falleció mientras su padre, un ex alto oficial de la OTAN, se
encontraba en una reunión en la Casa Blanca.
12. Abbie Hoffman, activista social que fue encontrado muerto en su casa
el 12 de abril de 1989. Unos meses antes de su fallecimiento, Hoffman
había estado en un accidente automovilístico, aparentemente provocado para
evitar que entregara un manuscrtio a la revista Playboy titulado "Una
Elección Rehen".
El artículo publicado en octubre de 1988, descubrió por primera vez ante
la opinión pública, los detalles de la conspiración detrás de la "Sorpresa
de Ocubre".
13. Mehdi Hashemi, jefe de la oficina de Jomeini para la exportación del
"Fundamentalismo Militante Islámico", fue ejecutado en Irán el 21 de
septiembre de 1987. Negoció con el agente iranoisraelí, Manucher
Gorbanifar la liberación del rehén estadunidense, reverendo Lawrence Jenco,
por supuesto a cambio de armamento, tres días antes de la reunión en
Jerusalén en julio de 1986, entre George Bush y Amiram Nir y supuestamente
también con su jefe, el primer ministro de Israel, Shimon Peres para la
firma de una iniciativa secreta. Tras el arresto de Hashemi, que levantó
sospechas de la posible participación de la administración Reagan para
deshacerse de él, Gorbanifar filtró la información del viaje secreto de
McFarlane, Oliver North y Amiram Nir a Terán en mayo de 1986, para
negociar la libertad de Jenco a cambio de un embarque de misiles. Esta
noticia, fue el detonador del asunto Irán-contra que finalmente explotó
con la captura de Hasenfus en Centroamérica en octubre de ese año.
14. Charles White, ex empleado de la Corporación Intergraph que según
Gleen McDuffie -una de las nueve víctimas que logró escapar de un atentado
contra su vida en 1982-, fue asesinado en noviembre de 1984 en Huntsville,
Alabama, por conocer las operaciones ilegales de intercambio de armas por
drogas que realizaba la empresa Intergraph desde EU, México e Irán.
McDuffie, que fue despedido de la Westinhouse Corportation luego de
advertir a sus jefes que la compañía embarcaba refacciones para misiles
Hawk a Irán, aseguró que el FBI desapareció deliberadamente todas las
huellas del asesinato de White para encubrir a la CIA. Además de
MacFarlane, consejero de Seguridad Nacional de Reagan, que intentó
suicidarse al verse descubierto como el cerebro detrás del Irán-contras y
de McDuffie, siete individuos más, vinculados a las operaciones
encubiertas del gobierno republicano, lograron salir ilesos de los
atentados contra sus vidas: el piloto de la CIA, Richard Brennecke, a
quien le dispararon en 1986 en Portland, Oregon. La bala pasó a unos
centímetros de su cabeza; el otro piloto, Heinrich Rupp, que llevó a Casey,
Allen y probablemente a Bush a las reuniones de París en 1980, fue
condenado en 1988 a 41 años de prisión acusado de un fraude bancario que
denunció como una fabricación de la CIA", para asegurar su silencio.
Anthony Parker, ex empleado de la Intergraph Corporation. Poco después de
la muerte de su compañero Charles White, hubo un atentado contra su vida;
Robert Jackson, un oficial menor de la Marina de EU que recibió amenazas
de muerte luego de avisar a sus superiores del "robo" de equipo militar
del S.S. Kitty Hawk y del Depósito Naval de Abastecimiento y de los
intentos por desviar la mercancía a Irán.
Del otro lado del mundo, también se registraron intentos de homicidio
contra Hassan Sabra, director del semanario libanés "Al Shiraa" que
publicó por primera vez la información sobre el viaje secreto de McFarlane,
North y Nir a Terán en mayo de 1986 y por supuesto, no podía faltar
Houshang Lavi, el "emisario iraní" que ofreció el intercambio de armas por
rehenes al equipo Reagan-Bush y que en su calidad de mercader de armas y
socio de Cyrus Hashemi, negoció con Irán y EU la transferencia de millones
de dólares en armamento.
"Los más grandes peligros de la libertad se ocultan en los abusos insidiosos
de quienes actúan con gran celo de su deber, pero que en el
fondo no entienden nada", afirmó en 1928 el juez de la Suprema Corte de
Justicia de EU, Louis Barndeis. Un diagnóstico más que acertado para
describir con unas cuantas palabras a Ronald Reagan, George Bush y a su
administración de terror.
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