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Nosotros no podemos preservar el
carácter judío y democrático
del Estado si continuamos reinando sobre palestinos de Gaza, Judea y Samaria.
Para ello se hace necesario el plan de Separación y la salida y
descolonización
de la franja de Gaza.
(Ariel
Sharon,
julio 2004).
La Palestina histórica (27.009
Km²) estuvo dominada por el Imperio Otomano desde 1516 hasta1917. Tras la
Primera Guerra Mundial fue
sometida a la autoridad británica que promovió el llamado Mandato Británico
como figura colonial de 1922 a 1947. Con la creación del Estado de Israel en
1948, el peculiar nacionalismo
exclusivista judío, el
sionismo, puso
en marcha un largo proceso de transformación de un territorio árabe
palestino
a un espacio dominado por los judíos. Los palestinos reclamaban la recuperación
de sus derechos nacionales, entre los que está disponer de un Estado propio y el
retorno de los refugiados.
Aparentemente,
el conflicto palestino-israelí podría parecer otro conflicto étnico sin más, en
el que dos pueblos se disputan un mismo territorio. Sin embargo, aunque los
palestinos sí mantienen una homogeneidad étnica, al ser todos árabes, entre los
israelíes podemos encontrar
hebreos, árabes (los llamados orientales), europeos (asquenazis), sefardíes
(descendientes de los judíos expulsados de España en 1492), etíopes,
tailandeses, indostanes, uzbekos, kurdos e incluso más etnias diferentes.
Muchas de éstas afirman descender de las famosas diez tribus perdidas de Israel
por efecto de la conquista asiria en el siglo VIII antes de la era cristiana.
Por otro lado, mientras los sionistas pretenden un territorio exclusivo para
judíos, los israelíes no sionistas y la gran mayoría de los palestinos hablan de
convivencia en común. Esta combinación hace que sea difícil considerar
simplemente el conflicto palestino-israelí como un conflicto territorial de
carácter étnico.
También
podría parecer un conflicto religioso, en el que los seguidores de dos
religiones contrapuestas luchan por controlar los lugares sagrados que ambas
tienen en común. Tanto hebreos como árabes afirman proceder del mítico Abraham,
a cuyos descendientes tanto el Yahvé de la religión judía como Alá de la
musulmana (el mismo Dios bíblico en realidad) les prometió la antigua tierra de
Canaan (Palestina, parte de Jordania, y el sur de Líbano y de Siria) en los
tiempos en los que como tribus beduinas abandonaban el nomadismo. El sionismo se
trata de legitimar en la consideración de que la Tierra Prometida fue otorgada
por Dios al pueblo judío, argumento que impide cualquier posibilidad de debate
al respecto, pues se considera dogma religioso. Sin embargo, los palestinos no
fundamentan su derecho a permanecer
en Palestina en base a criterios religiosos, sino históricos y jurídicos, ya que
esa tierra les pertenece en propiedad y la legalidad internacional les ha
asistido. Además, aunque hay una gran mayoría musulmana, podemos encontrar un
amplio sector de población cristiana y di-usa entre ellos, sin que
por ello se vean privilegiados en el trato que reciben de Israel.
Como en una
ocasión
dijo el periodista israelí Uri Avey:
“Estamos
asistiendo al preludio de una catástrofe fríamente calculada, Ariel Sharon
siempre ha querido completar lo que no se completó en el 48. Si pudiera,
expulsaría mañana mismo a todos los palestinos
de Cisjordania. Su estrategia va dirigida a liquidar toda esperanza de que un
día pueda haber un Estado palestino, a acabar con toda resistencia y con
Arafat,
por supuesto. Si alguien no le para, Sharon no parará. No sé qué está
pasando
en el mundo. ¿Cómo se puede mirar para otro lado?”.
El conflicto palestino-israelí
también podría parecer un típico conflicto colonial, en el que se trata de
controlar una zona periférica
rica en recursos naturales, como es Oriente Medio, implementando para ello
políticas de terror contra la población autóctona para obligarles a someterse.
Esto estaría en consonancia con la tendencia de la propia definición que la
izquierda no sionista israelí hace del conflicto, al autodenominarse muchas
veces, movimiento anticolonialista. Sin embargo, hay
que
tener en cuenta que el valor de Palestina no es tanto económico como
simbólico,
y debe su importancia estratégica más bien a los recursos naturales, en especial
el petróleo, de los países vecinos. No hay que olvidar que el origen de dicho
conflicto hay que buscarlo en la política colonialista del Reino Unido tras la
Primera Guerra Mundial, cuando Palestina quedó como Mandato Británico, así como
la de Estados Unidos como potencia hegemónica tras la Segunda Guerra Mundial
ante la importancia de Oriente Medio en cuanto a proveedor de petróleo y
consumidor de armamento. De hecho, actualmente, la ayuda militar de Estados
Unidos a Israel por año asciende a la increíble cifra de 2.068 millones de
dólares y la ayuda económica a 720 millones de dólares anuales -84.854.827.200
dólares desde 1949- (1.725 y 600 millones de euros respectivamente al cambio
actual). Si a esto le añadimos todas las donaciones de carácter privado que los
judíos sionistas norteamericanos
efectúan a Israel -1,5 billones de dólares al año- ( poner en cita: la facultad
de los estadounidenses
para
hacer que las cantidades deducibles de impuestos sean destinadas a un país
extranjero no existe en ningún otro país. Fuente: The Palestine Monitor),
obtenemos la clave para entender el poderío económico y militar israelí en la
zona. Sin embargo, a pesar de la decisiva importancia del apoyo estadounidense
a Israel, si reducimos el conflicto palestino-israelí a un problema
colonialista perderíamos las dimensiones étnicas y religiosas que hacen de este
caso algo peculiar que lo han convertido en el punto de mira de todo el mundo.
El gobierno de
los
Estados Unidos, se compromete a: “mantener y aumentar
la seguridad israelí y una ventaja cualitativa sobre cualquier combinación de
adversarios" y las importantes ventajas que el vínculo estratégico EE.UU.-Israelí
tiene y continuará proporcionándonos.
Fuente: The Palestine Monitor
Así pues,
todas
estas visiones tienen su parte de razón, pero la realidad va un poco más allá
que la mera suma de todas ellas. Por tanto, si bien el sionismo recurre a la
identidad nacional como elemento legitimador y el Islam es un componente
fundamental del nacionalismo árabe, el conflicto ni es religioso ni étnico a
secas, ya que existe una diversidad étnica entre los judíos y religiosa entre
los palestinos. La forma más apropiada
de resumir el conflicto israelo-palestino sería definirlo como un sistema de
apartheid, en el cual una comunidad originaria de Europa u occidentalizada, con
mayores recursos económicos, técnicos y militares, mantiene políticas de
segregación sobre otra comunidad étnicamente distinguible que es además la
población autóctona del territorio en cuestión. En este caso particular, la
legitimación para llevar a cabo las políticas segregacionistas israelíes se
fundamenta en la propia persecución secular del pueblo judío, que necesita de
un "hogar nacional" para escapar a la misma, sin tener en cuenta que para
solucionar el llamado "problema judío" se haya creado otro problema que está
afectando a las relaciones del mundo árabe con Occidente. Este supuesto rechazo
secular ha generado un complejo paranoico en los judíos reafirmado por el
terrible holocausto perpetrado por los
nazis durante la segunda
guerra mundial. Desde este punto de vista muy propio del sionismo, el judío se
contempla a si mismo como una eterna víctima sin un lugar en un mundo antisemita
por definición, de forma que la única posibilidad de supervivencia del pueblo
judío radica en la conquista de un territorio seguro, y que mejor para ello que
la legendaria Tierra Prometida que su dios tribal les había regalado en sus
relatos míticos. Así, la ocupación de Palestina es definida como una
guerra de supervivencia del tipo "o ellos o nosotros" que justifica las labores
de limpieza étnica que se están llevando a cabo. Este razonamiento se convierte
en fundamentalista desde el momento en que se tacha de antisemita todo lo que
sea antisionista, y se elimina así, cualquier posibilidad de debate sobre el
papel de Israel en el conflicto. Esto les permite calificar sin complejos a los
palestinos como terroristas y legitimar con ello todas las vulneraciones de los
derechos humanos que en este texto vamos a exponer. Por supuesto, hay un fallo
lógico en este razonamiento, y es que olvida tener en cuenta tanto la cruel
violencia que se ha dirigido contra los palestinos, como cualquier consideración
moral del asunto. David Ben Gurion, considerado el padre del Estado de Israel,
decía: "cualquiera que contemple el sionismo desde un punto de vista
moral, no es un verdadero sionista". Otro aforismo sionista
popularizado a
finales del siglo XIX hablaba de "una tierra sin pueblo para un pueblo sin
tierra", a pesar de que a principios del siglo XX estaba habitada por algo más
de 700.000 personas (80% musulmanes, 10% cristianos, 8% judíos y 2%
otros). Este dicho ayudó a forjar un supuesto imaginario, compartido y avalado
por los países europeos, según el cual Palestina era una tierra semidesértica
habitada por grupos de beduinos incivilizados. Así se establecería la dicotomía
entre "civilización" y "barbarie" tan necesaria para justificar las empresas
coloniales y que se sigue manteniendo en la actualidad.
La realidad de la violencia de
los israelíes sobre los palestinos se remonta a los tiempos del mandato
británico, cuando los sionistas más radicales de lo miles de colonos judíos que
empezaban a acudir a Palestina formaron milicias paramilitares para llevar a
cabo campañas de terror contra los árabes, mano a mano con el
ejército
británico en un principio. Los dirigentes de estas milicias, reputados
terroristas
que atentaron incluso contra los británicos cuando estos se opusieron a sus
intereses, Ben Gurion,
Menahen Beguin e incluso Isaac Shamir,
fueron posteriormente elegidos primeros ministros de Israel. Estos habían
dirigido comandos armados que asesinaron impunemente a miles de personas y
desplazaron a cientos de
miles de ellas, tal y como
está empezando a reconocer la historiografía postsionista ante la negación
total de los historiadores sionistas
que afirman sorprendentemente que el desplazamiento palestino fue voluntario. Y
es que, durante la fundación del Estado de Israel en 1948, las milicias
sionistas obligaron a desplazarse a unas 750.000 personas, todas de etnia árabe
y habitantes autóctonos de la zona. Para ello destruyeron más de quinientas
ciudades y pueblos, y cometieron masacres indiscriminadas de civiles
desarmados, como la de Deir Yashin, en la que se asesinó a sangre fría a 254
mujeres, niños y ancianos desarmados. Con ello, Israel se apropiaba por la
fuerza de 78% del terreno de la Palestina histórica bajo mandato británico,
cuando legalmente la ONU sólo había conferido el 55%, y eso a pesar de que sólo
componían un tercio de la población y que habían anunciado lo que ahora llamamos
limpieza étnica en las zonas que les correspondieran. Después de esto, unas
150.000 personas que lograron permanecer en el nuevo estado judío de Israel
pasaron a convertirse en lo que denominan como "árabes-israelíes", aunque no por
ello gozaran de todos los derechos de la ciudadanía ya que quedarían bajo
jurisdicción militar hasta el 67.
“Cómo vamos a devolver los territorios ocupados,
no hay nadie a quien devolvérselos, no hay tal cosa llamada palestinos”.
(Golda Meir, primera ministra israelí, 1969).
Los 800.000 árabes-israelíes de
la actualidad,
descendientes de aquellos, no son por tanto considerados ciudadanos, sino
extranjeros sin derechos sobre el territorio y se les discrimina
sistemáticamente. Se puede decir por tanto que la discriminación institucional
israelí comenzó con la propia fundación del Estado de Israel en 1948. Desde
este mismo año los palestinos han sufrido una verdadera limpieza étnica: la
expulsión ha sido sistemática, planificada y ejecutada, vulnerando los más
mínimos derechos de las personas. Será a partir de 1967 cuando la segregación
mostrará su cara más dura, convirtiéndose realmente en un sistema de
apartheid en el que la sociedad palestina bajo la ocupación vive una
erosión de las libertades, una fuerte represión, toques de queda
indiscriminados, castigos colectivos y expropiación de tierras.
Se añadiría con la ocupación una tercera dimensión del conflicto, la del
apartheid sobre los habitantes de
los Territorios Ocupados, sumada a los dos problemas previos generados por la
creación del Estado de Israel: los millones de refugiados palestinos que aún hoy
esperan retornar a sus casas y la discriminación antidemocrática de los
árabes-israelíes
“Haremos con ellos un sandwich
de mortadela, insertaremos
una franja de asentamientos judíos justo a lo largo de Cisjordania, de manera
que en 25 años ni Naciones Unidas, ni Estados Unidos, ni nadie podrá separarlo”.
(Ariel Sharon. 1973).
El caso es que el nacionalismo
israelí más radical, conocido como "gran sionismo", establece reivindicaciones
territoriales exclusivistas también sobre Cisjordania y la Franja de Gaza,
arrebatadas ambas a Jordania y Egipto respectivamente en la Guerra de los Seis
días del 67, junto con la meseta del Golán a Siria,
actualmente
anexionada ilegalmente a Israel y la península del Sinaí, devuelta a Egipto. La
situación de ocupación que desde 1967 se vive en la Franja de Gaza y
Cisjordania, llamadas "Territorios
Ocupados", ha generado un
éxodo paulatino de otros cientos de miles de personas ante el brutal
apartheid contra ellos dirigido
por el ejército israelí, las temidas IDF (Fuerzas de Defensa de Israel). La
llamada "única democracia de Oriente Medio" niega desde 1967 el derecho a una
nacionalidad a los más de tres millones y medio de personas que viven en los
Territorios Ocupados (casi la mitad en campos de refugiados), y con ello pierden todo derecho a tener derechos, a la vez que otros seis millones de
personas han sido condenadas al exilio y viven en su mayoría en campos de
refugiados en Jordania, Líbano y Siria. En los Territorios Ocupados, compuestos
por la Franja de Gaza y Cisjordania, las normas que rigen son las más de dos
mil ordenanzas militares que regulan todos los aspectos de la vida y
subordinan
por completo la vida de los tres millones y medio de árabes-palestinos a la de
los aproximadamente trescientos ochenta mil colonos judíos que se han instalado
allí. En algunas zonas estas desproporciones se multiplican, así en el
departamento de Nablus, que incluye ocho pueblos y dos campos de refugiados,
184.000 palestinos viven rodeados por ocho colonias israelíes con unos 6.000
colonos. En Gaza la desproporción es todavía aún mayor, pues 1.300.000
palestinos viven subordinados a 7.000 colonos israelíes que tienen
completamente cercada a la población árabe. Es importante tener en cuenta que
durante los años del proceso de Oslo, entre 1992 y 2000, en los que se suponía
que estaba en marcha un proceso de pacificación, los colonos asentados en
Cisjordania y Gaza se duplicaron, pasando de 109.784 a 213.672 personas. Esto
excluye Jerusalén, cuya población colona pasó de 141.000 a 170.400 personas.
Según el Ministerio del Interior Israelí, en la actualidad hay cerca de 150
asentamientos en Cisjordania y 16 en la Franja de Gaza. Estas colonias sionistas
están directa e indirectamente subvencionadas por el gobierno israelí a través
de la obtención de ventajas fiscales, de la concesión de subvenciones a la
industria y al consumo y de la construcción de infraestructuras. En los años 90,
se construyeron 400 kilómetros de carreteras de circunvalación para los colonos,
que además de ser motivo para la expropiación de tierras, actúan como enormes
barreras entre las poblaciones palestinas, dejándolas aisladas entre sí y
creando una geografía fragmentada en pequeños cantones, más de 200 en toda
Cisjordania. Además, en las colonias funcionan milicias paramilitares armadas
por el gobierno y desde ellas se construyen los llamados "enclaves ilegales",
supuestamente sin permiso del Estado israelí, y que posteriormente se
convertirán en colonias, para lo que, con la protección del ejército, confiscan
la tierra (la mejor tierra), destruyen pozos, o roban árboles a veces
literalmente, pues muchos olivos son arrancados y trasladados (se estima en más
de 100.000 los árboles arrancados). De este modo, la sociedad palestina ha sido
fracturada desde 1948 y fragmentada en palestinos refugiados (más de 4.000.000
dispersos por varios países), palestinos de la diáspora ( 1.000.000 dispersos
por América Latina, EE.UU. y países del Golfo Pérsico), palestinos bajo
ocupación israelí (3.300.000) y palestinos con estatus de ciudadano israelí
(800.000).
Así mismo, se
olvida
el hecho básico de que la política de seguridad israelí, mediante la cual se
justifican todas las violaciones de los derechos humanos se trata, en realidad,
de una política ofensiva encaminada a la limpieza étnica y tiene como
consecuencias precisamente la pérdida de la seguridad de los ciudadanos
israelíes. Uno de los últimos objetores de conciencia israelíes, Daniel Tsal,
escribía a principios de 2004 una carta dirigida al Ministerio de Defensa en la
que se negaba a incorporarse en las Fuerzas de Defensa Israelí, las IDF. En
ella, Daniel resumía lo alejado que ha quedado Israel de lo que se entiende
usualmente como democracia:
"Los
principios
de la Única democracia de Oriente Medio, han perdido todo su sentido como
consecuencia de la conculcación de los derechos de unos tres millones de
personas y, de forma indirecta, de la destrucción en curso de los cimientos en
que se considera descansa el estado de Israel... En momentos históricos como
este, una persona sana tiene el deber de rebelarse contra el sistema que hace
posible la opresión que estamos presenciando. Tengo la obligación moral, -no la
opción, sino la obligación- de negarme a tomar parte en la ocupación y de
oponerme a las instituciones que conculcan derechos humanos tan elementales.
Cualquier persona sana, que no haya sucumbido al miedo y al racismo, debe, por
imperativo de elemental humanidad, negarse a ser parte de un sistema opresivo y
de ocupación como el que ha devenido el IDF."'
Desde su
fundación
en 1948 el Estado de Israel emprendió un camino continuo y sistemático de
violación de los Derechos Humanos sobre la población palestina que se concreta
en un sistema de verdadero apartheid. La construcción del Muro es el
elemento más visible de esto último. El propósito de este trabajo es mostrar a
la ciudadanía las brutalidades de la ocupación tal y como las denuncian las
organizaciones de derechos humanos, así como ofrecer claves para
interpretarlas. Con esa intención, se ha incluido un prefacio con una cronología
en la que se resumen los hechos más destacados del conflicto, pues aunque el
presente texto se centra en la situación actual, no queremos que se olvide el
trasfondo histórico que hay detrás. También hemos incluido en la parte final un
glosario con la terminología
especializada, así como
un breve resumen del desarrollo de las conversaciones, acuerdos y propuestas de
paz de estos últimos años. Pero antes de empezar, queríamos invitar al lector a
que lea detenidamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos para
que, tras la lectura de nuestro texto, pueda tratar de identificar el único
artículo que no es violado sistemáticamente por Israel. ¿Adivinan cuales son
los 29 que sí'?.

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