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La mujer es un eje esencial en la sociedad y desarrollo del pueblo palestino, en la lucha social y política contra el colonialismo británico primero, y contra la ocupación israelí después. Es la que sobrelleva la carga familiar, la educación y también la que lucha por conseguir mejores condiciones de vida y una equiparación con el hombre que ha dado lugar a un importante movimiento feminista o de lucha de género.
Las mujeres, que representan el 55% de la población
palestina, sufren una doble violencia y vulneración de sus derechos en situaciones tan críticas como las que atraviesa esta sociedad. Como dice el Informe de Naciones Unidas (enero 2002) sobre la situación de las mujeres palestinas y una resolución posterior de su Consejo Económico y Social (24 de julio de 2002):
"La ocupación israelí sigue siendo el más importante obstáculo para el adelanto y la autosuficiencia de la mujer palestina y para su integración en la planificación del desarrollo de su sociedad". "Es preocupante la violencia ejercida contra la mujer y el peligroso empeoramiento de la situación a la que se enfrenta la mujer palestina en el territorio palestino ocupado, incluida Jerusalén, y las graves repercusiones de las acciones que continúa realizando Israel en materia de asentamientos ilegales, así como por las severas condiciones económicas y otras consecuencias que tiene para la situación de las mujeres palestinas y sus familias el hecho de que frecuentemente se cierre y aísle el territorio ocupado".
Las palestinas que desempeñan un papel fundamental en la resistencia, se han visto afectadas por la ocupación y los desplazamientos de dos formas contradictorias entre sí. Una sería en dirección hacia la integración en igualdad con el hombre motivada por la actividad política laica de la lucha contra la ocupación. La otra ha sido dirigida a obtener un mayor control y peso de la mujer, en un entorno donde el
apartheid y los desplazamientos han socavado sus espacios de participación, y han servido para reforzar el patriarcado tradicional por el ambiente hostil del conflicto. Esta doble dirección ha hecho que no haya una homogeneidad ni una continuidad en la evolución de la situación de las mujeres en Palestina, y que las más desprotegidas hayan sufrido en mayor proporción las consecuencias de la ocupación israelí. Hay que diferenciar de cualquier modo la situación de las mujeres palestinas en los territorios ocupados, las mujeres árabes en Israel, la situación de las presas palestinas, las mujeres adolescentes, las mujeres sometidas a la tradición o las mujeres feministas, todas ellas con casuísticas especiales pero con un denominador común, la humillación y vejaciones añadidas por su condición de mujer.
En la primera mitad del siglo XX, las mujeres palestinas ya habían entrado en la enseñanza y la enfermería, más concretamente en los años veinte, y en los cuarenta en el periodismo y la literatura. Hay que señalar que en estos años, la única organización de mujeres, la Asociación de Mujeres Árabes, no tenía un discurso propiamente feminista pues se centraba ya en la lucha nacional trabajando contra la doble colonización británica y sionista que se vivía en la época. La implicación de la mujer palestina en la lucha nacional se produce desde principios del siglo. Los movimientos islámicos que surgen durante el colonialismo inglés proclaman una resistencia generalizada y popular que no olvida a las mujeres. Durante La revuelta palestina de 1936 contra el mandato británico, e1 mula A1 Qassem organiza círculos de alfabetización con inclusión de las mujeres, y también crea grupos de acción femeninos "Las camaradas de
Qassem", que reciben instrucción militar.
Como dice Islah
Jad`, esta visión de una movilización de todos los componentes de la sociedad por la resistencia no existe hoy en los movimientos islámicos de creación reciente que ignoran lo esencial de aquel método basado en la unión del pueblo, hombres y mujeres.
Después, tras la guerra del 48, la Nakba supuso un duro golpe para todos los estratos de la sociedad
palestina, al convertir en apátridas desarraigados a la mayoría de sus miembros desposeídos de sus hogares. Para la mujer, la Nakba implicó, además del deterioro de las condiciones de vida en general, la desaparición de la cobertura del ámbito íntimo del hogar y la interrupción de las redes sociales anteriores a los desplazamientos. A estas circunstancias se le añadió la importancia de la posterior emigración masculina hacia los cercanos países petroleros, lo que en la práctica implicó un aumento de las cargas familiares de la mujer, que debía ocupar en el precario hogar del campamento de refugiados el papel de cabeza de familia y educadora, a la vez que cuidaba de ancianos y niños. Por otro lado, la situación de opresión que se vivía en los campos de refugiados, tanto de Palestina como en el exilio, hizo que las comunidades se volvieran cada vez más hacia las costumbres tradicionales del medio rural como forma de mantener la propia identidad y cohesión comunitaria que la ocupación israelí trataba de destruir. De este modo, por efecto reactivo al acoso sionista, se intensificaron los controles sociales de la mujer en un retorno al patriarcado tradicional árabe y ésta, pese a su avance en otros sectores, perdió en muchos casos gran parte del control de su sexualidad, su fertilidad o su fuerza de trabajo.
A partir de los años 60 a través de su integración en el movimiento de trabajo social voluntario y su implicación en la propia lucha nacional, las mujeres palestinas lograron obtener una situación de menor discriminación que otras mujeres en el mundo árabe, como prueba la existencia actual de una tasa de alfabetización femenina del 80 % o que las mujeres compongan el 50% de la población universitaria. En el año 1964, la Unión General de Mujeres Palestinas, la
UGMP, vinculada a Al Fatah, todavía fomentaba el papel de la mujer tan solo para legitimar el mando central y crear organizaciones de beneficencia, como los Comités de Trabajo que surgieron en los Territorios Ocupados a partir de 1978. Sin embargo, ya en esta época dentro de los movimientos de izquierda, como el FPLP o el
FDLP, se fomentaba que las mujeres asumieran el papel de los hombres en condiciones de completa igualdad.
La Guerra del 67 y la consiguiente ocupación militar supuso de nuevo otro incremento de la presión sobre la mujer al dificultar la ocupación en las actividades sociales tradicionales de las mujeres árabes desarrolladas al margen de las domésticas y que están relacionadas con la conservación del orden social, familiar, comunitario, etc. En este duro contexto, los grupos de mujeres se dedicaron materialmente a proveer servicios a la sociedad palestina (luchando contra el analfabetismo, desarrollando pequeñas cooperativas. etc.) sin dedicar en general sus prioridades a las cuestiones derivadas de su estatuto discriminado y patriarcal en el seno de la sociedad
palestina. Los cambios políticos acaecidos después de la primera Intifada suponen un auge del islamismo político y de los movimientos islámicos que en su estrategia recogen las tradiciones culturales unidas a la religión, tradiciones sociales locales y ciertas referencias culturales concernientes en particular a las mujeres. Las organizaciones palestinas de mujeres serán pronto conscientes de que la liberación nacional no es sinónimo de liberación social.
Pero el proceso de la construcción de la ANP les llevó a plantear acciones a favor del cambio social y jurídico-legal de su situación como mujeres, es decir, a reivindicar que la constitución de un Estado Palestino Democrático tiene que articular la incorporación de leyes no discriminatorias hacia las mujeres en materia de trabajo, nacionalidad, derechos sociales y estatuto personal. Un momento importante de esta toma de conciencia fue la presentación a finales de 1994, por parte de un alto número de asociaciones de mujeres palestinas, de la Carta Palestina de las Mujeres, que viene a ser una declaración de principios sobre los derechos de las palestinas. Sin embargo la igualdad de género está todavía muy lejana y la mujer sigue teniendo limitados derechos de herencia, dificultades para conseguir créditos, salarios menores, etc, aunque la tasa de participación ciudadana es muy alta.
Con la llegada de las dos Intifadas se pudo observar un alto grado de implicación de la mujer en las actividades de resistencia, pero también adquirieron nuevos compromisos en la lucha nacional, como la búsqueda de alternativas a los productos israelíes, la preparación de ropas para los presos, o la confección de banderas. Por otro lado, dadas las excepcionales circunstancias en las que se desenvuelven sus vidas, ellas son las encargadas principales del acto de resistencia primordial que es la mera supervivencia diaria. La organización de mujeres palestinas Jerusalén Women Center habla de ello en uno de sus informes:
"La opresión israelí sobre la sociedad palestina afecta a las vidas de las mujeres en varios niveles. Las mujeres experimentan sufrimiento, cólera, pesar y pobreza en grado siempre creciente. Como madres y como esposas, ellas llevan la obligación especial de sacar adelante a la familia bajo circunstancias particularmente difíciles. En medio de una crisis política y económica, se espera de ellas no sólo que cuiden de la salud física y psicológica de sus familias, sino también que las sostengan económicamente en los casos en que sus maridos han sido muertos, heridos o encarcelados."
La importancia del papel de la mujer como cabeza de familia (en 2003 el
10'S% de las mujeres), se ha visto contrarrestada por la propia ocupación, así como por la ausencia de una política social adecuada, que ha hecho aumentar el peso de las redes de solidaridad familiares así como del número de hijos por mujer, ya que en estas duras circunstancias cada nuevo hijo supone mayores garantías de supervivencia en el futuro. Esto hace que en muchos casos, al tener que cuidar de una media de cinco o seis hijos,
la mujer quede atrapada en su condición de madre, y por tanto, relegada al ámbito privado familiar, mientras que el espacio público de resistencia es disputado mayoritariamente por los hombres. Por otro lado, hay que decir que el ejército israelí ha sido consciente en todo momento de la tremenda importancia de la mujer a la hora de resistir a las políticas de desarraigo que despliegan los sionistas, por lo que buena parte de sus estrategias se han ensañado especial mente contra los ámbitos específicos en los que estas se mueven. Así, tal como relata Rosemary
Sayigh:
"Los hogares palestinos siempre han sido el blanco del movimiento sionista y de los gobiernos israelíes. puesto que para un pueblo sin Estado, el "hogar" es una base de resistencia al desplazamiento o a la desaparición, ya sea como estructura física, base económica o unidad comunitaria. Los hogares y familias constituyen el campo de batalla, mientras que el género, la raza, la etnia y la clase definen los objetivos de ataque. Para las mujeres palestinas, el hogar ha sido un espacio de violencia física e ideológica más que un espacio para el trabajo doméstico protegido."
En su política de represión y terror, los sionistas han dirigido el castigo contra toda la población
palestina, especialmente a través de la política de demolición de casas, mancillando el carácter privado del hogar que ha dejado de ser un lugar seguro en Palestina. Esto ha forzado en muchos casos a las mujeres a salir fuera del ámbito doméstico y a manifestarse contra la ocupación. La interrelación familiar de las mujeres palestinas, es vilmente aprovechada por los sionistas (ya anteriormente lo habían hecho los británicos) al utilizar los valores tradicionales de la sociedad palestina para reprimir la resistencia, como el concepto del "honor", propiciando así una política de castigos, que en la mayoría de los casos recae en las mujeres y sirve para socavar la unión y la resistencia palestinas, dejando claro que la mujer puede ver mancillado su honor si se involucra en actividades políticas. Es decir, se agrede sexualmente a las detenidas por razones políticas, en público o delante de sus familiares, ya sea verbalmente con amenazas de violación. con gestos y actos obscenos u obligándolas a desnudarse. No se sabe hasta que punto hay violaciones en privado, pues incluso las violaciones acaecidas cincuenta años atrás, en la confusión de la
Nakba, son ocultadas todavía. Como es sabido en la cultura tradicional, el contacto sexual fuera del matrimonio, convierte en impura a la mujer de por vida. Una violación supone una mancha tal en el honor de la mujer que por extensión se contagia a las familias, que en el contexto de abuso total impuesto por la ocupación, se vuelven extremadamente celosas por la reputación de las jóvenes y se las prohibe participar en la política o se las obliga a contraer matrimonio a temprana edad para proteger su honor. Los soldados israelíes conocen perfectamente este punto débil de la sociedad palestina y en sus prácticas diarias se divierten con ello abusando de la autoridad que les otorga su superioridad militar, por ejemplo haciendo que se besen dos jóvenes en público con el chantaje de no permitir pasar ambulancias con heridos de vida o muerte y a sabiendas de que las familias les obligarán a casarse posteriormente.
Postergadas sus reivindicaciones durante años para dar prioridad a la lucha nacional por la creación del Estado Palestino, muchas mujeres palestinas rechazan la involución de la situación de la mujer que ha tenido lugar en los últimos años y subrayan la necesidad de proteger sus derechos, algo que recoge el discurso oficial de la Autoridad Nacional Palestina pero cuya práctica está todavía lejos de ser una realidad. Mientras que, en la franja de
Gaza, muchas mujeres consideran que la segregación de sexos debe ser todavía más rígida (separación de roles por género en el hogar, la educación, el trabajo), se observa un mayor porcentaje de laicidad y de lucha por los derechos de la mujer en la zona de
Cisjordania. Se exigen, por tanto, garantías, a través del código civil, hoy en día inexistente, o mediante una lectura y adaptación de la Sharia o ley islámica (actualmente vigente) más abierta y avanzada.
En resumen, la ocupación ha incidido sobre la situación de la mujer de manera desigual, facilitando la integración de las mujeres en la lucha nacional por un lado, y por otro bloqueando la posibilidad de implicarse en ámbitos específicos e incrementado el control social que ejerce la sociedad árabe tradicional. La mujer palestina sufre de forma máxima todas las restricciones y humillaciones que le impone y conlleva la ocupación israelí, dificultando incluso una vida de supervivencia: carencia de agua, de alimentos, usurpación de cultivos, restricción extrema del movimiento, falta de acceso a centros de salud, a la escolarización de sus hijos, al trabajo, a los campos,... Todo esto agravado al máximo por la existencia del muro que aísla familiares y recursos. Se ve obligada, con carácter casi de emergencia diaria, a improvisar una subsistencia familiar, a realizar la labor sanitaria y educativa, al mismo tiempo que ejerce apoyo psicológico a la familia, que se ve sometida a la carga estresante de la militarización y ocupación, sobre todo en la población infantil donde provoca importantes cuadros de patologías de la personalidad. En definitiva, se convierte en la figura que sustenta el núcleo familiar y social, eje fundamental de la transmisión de la memoria y cultura
palestina. Ellas son las responsables de que la educación se mantenga a pesar de la destrucción sistemática de las escuelas y universidades. Todo ello sin olvidar su papel en la lucha por existir como pueblo y como persona, ligando su contienda contra la ocupación con la lucha que mantiene en paralelo por hacer valer sus derechos en todo el territorio palestino.

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