ESPECIAL: "LA GUERRA DE BUSH"
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LA GUERRA DE BUSH PARECE QUE YA NO PUEDE ESPERAR. ¿QUE HAY DETRÁS DEL COLOSAL DESPLIEGUE BÉLICO, DIPLOMÁTICO Y PROPAGANDÍSTICO DESENCADENADO POR ESTADOS UNIDOS CONTRA IRAK? ¿LA CAÍDA DE UN DÉSPOTA O EL LIBRE ACCESO AL PETRÓLEO IRAQUÍ? ¿LA LUCHA CONTRA EL TERRORISMO O UNA NUEVA GEOPOLÍTICA MUNDIAL? ESTE REPORTAJE DESVELA LO QUE ESTÁ EN JUEGO SEMANARIO "EL IDEAL" |
Jerrold Post es un experto en los monstruos de este mundo: los herederos de Hitler, Stalin y Pol Pot. Este profesor de Psicología Política de la Universidad George Washington elabora psicogramas de los dictadores para el Gobierno americano. Ya ha emitido dictámenes sobre Mobuto, del Zaire; el general Noriega, de Panamá y, por supuesto, sobre Sadam Husein, del que ya en 1991 escribió: «No es un psicópata, muy al contrario, es frío y calculador. Cruel y sin escrúpulos, este artista de la supervivencia es capaz de todo por seguir en el poder. La situación llegará a su punto más peligroso e impredecible cuando no vea ninguna salida». Ahora el dictador parece tener todas las salidas cortadas. Los inspectores de la ONU están poniendo su país patas arriba, las tropas americanas se dirigen a sus fronteras...

Algunos generales de Bush advierten de los riesgos que supondrá una invasión. Francia y Alemania expresan sus reservas, también los Estados árabes aliados de Estados Unidos lo desaconsejan... A pesar de todo, Bush parece decidido. ¿Intenta hacer lo que su padre no consiguió, eliminar a Sadam? ¿Quiere implantar la democracia en Oriente Próximo o acabar con las armas que aún no se han encontrado? «Dejemos ya de contar tonterías al mundo», escribió Thomas Friedman, premio Pulitzer. «Sí, se trata del petróleo, es lo único que puede explicar el comportamiento del equipo de Bush.» Cuando en enero de 2000 el presidente Bush presentó a su gabinete de gobierno, una cosa quedó clara: a es te equipo nadie tenía que explicarle la importancia del oro negro. El propio George W. Bush trabajó en el equipo directivo de la empresa de prospecciones Harken. El vicepresidente, Richard Cheney, dirigió entre 1995 y 2000 la proveedora de petróleo Halliburton, de Texas (durante ese tiempo vendió equipos petrolíferos en Irak).

Que la voracidad del consumo energético en Estados Unidos, donde el gasto de petróleo ha vuelto a a mentar un 20 por ciento en la última década —mientras que en Europa, gracias a las medidas de ahorro y al éxito de nuevas energías, crece a la mitad de ese ritmo—, no puede sobrevivir sin importaciones por todo lo alto, es algo que los expertos tienen claro. La mayoría de los campos de Texas y Alaska hace tiempo que no rinden al máximo. La producción total de EE.UU. se encuentra hoy al mismo nivel que en los años 40. Y las necesidades actuales tampoco se pueden cubrir con pro veedores como Canadá, México o Venezuela, que han dejado de ser «seguros», como los del golfo Pérsico. Al principio de su mandato Bush convocó un comité para establecer una nueva política energética. Se decidió limitar las importaciones de la codiciada y odiada región del Oriente Próximo, sobre todo de Arabia Saudí, que para el año 2007 debían haberse reducido a cero.
EN
IRAK LAS RESERVAS SIN EXPLOTAR SON TAN ENORMES QUE LA PRODUCCIÓN DE PETRÓLEO PODRÍA
CUADRIPLICARSE
El 11 de septiembre cambió la psique de toda una nación: Estados Unidos se convirtió en una superpotencial herida. Y se sabe vulnerable. Ahora los americanos sí parecen dispuestos a emprender intervenciones militares, aun sin la aprobación de Naciones Unidas, para proteger sus intereses. Los fundamentalistas islámicos tienen poco que ver con el dictador iraquí. Pero la reacción de Sadam al ataque, que costó la vida a 3.000 personas, fue una provocación que le convirtió en el blanco de los odios: «Sentid el mismo dolor que infligís y pensad que Estados Unidos está cosechando las espinas que sus líderes han sembrado en el mundo».
Pero en realidad se trata de algo más que odio. El 11 de septiembre ha hecho ver a EE.UU. las amenazas que se ciernen sobre el abastecimiento energético barato, vital para el funcionamiento del país. Además del propio Bin Laden, otros 15 de los 19 terroristas del atentado eran saudís. Durante décadas, el comercio de petróleo barato a cambio de armamento por valor de miles de millones ha fluido sin problemas. Pero ahora se ve a la monarquía del desierto bajo una nueva luz: el reino saudí ya no es el país con el que se pueden hacer tratos. De puertas afuera, el Gobierno de EE.UU. mantiene la amistad con Riad, pero entre bastidores ni siquiera Bush sigue pensando que los saudíes sean de fiar. De modo que en Washington ha empezado una febril búsqueda de proveedores alternativos. Emisarios estadounidenses han acudido en tropel a Rusia, el mar Caspio, África occidental. Todos ellos jugadores de reserva; pero el gran trofeo, el premio gordo, sigue siendo Irak.
Y ése es el problema: en la guerra del Golfo los americanos expulsaron a Sadam de Kuwait, pero no le derrocaron. En vez de eso, la comunidad internacional impuso al país unas sanciones cuyo resultado fue el goteo del petróleo iraquí. Para ayudar a la recuperación de la economía mundial, deberían levantarse esas sanciones, pero eso no haría sino ayudar a Sadam a conseguir nuevo armamento. Las sanciones sólo podrán retirarse cuando se haya expulsado a Sadam, y ése es el cálculo que ha hecho Estados Unidos. Y es que no hay otro sitio fuera de Arabia Saudí donde haya tanto petróleo a tan poca profundidad, tan fácil de extraer y que resulte tan barato llevarlo al mercado, y además de esa calidad. Una guerra rápida podría reactivar la economía y hacer descender el paro en Estados Unidos, dicen los economistas (entre ellos el ex gobernador de la Reserva Federal, Laurence Meyer) en un informe encargado por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington. Sólo ponen reparos a una guerra demasiado larga, por la amenaza de una recesión. Que la guerra probablemente costaría miles de vidas humanas, eso ni se menciona.
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Bush,
igual que sus colegas del gabinete, elude el tema del petróleo. Pero el
principal consejero económico de la Casa Blanca, Laurence Lindsey, habló
claramente en noviembre: «Si hay un cambio de Gobierno en Irak, cada día saldrán
al mercado entre tres y cinco millones de barriles adicionales. Si la guerra se
gestiona bien, será beneficiosa para la economía».
Dos
caballeros de una misma familia son considerados en Washington la esperanza para
un futuro iraquí del gusto estadounidense: los Chalabi. Por una parte está
Ahmed Chalabi, de 58 años, presidente del Congreso Nacional Iraquí (CNT),
sustentado por subvenciones millonarias de Washington. El CNI está considerado
como la principal organización opositora al régimen de Sadam. Chalabi aspira
al puesto de jefe de Gobierno en un Bagdad liberado. La última vez que vio su
patria tenía 13 años, ha estudiado en EE.UU. en la elitista universidad MIT.
En Jordania fue juzgado en rebeldía por malversación de dinero, una «intriga
iraquí», como él dice.
Su primo Fadhil Chalabi, de 73 años,
trabaja como director ejecutivo de Centro internacional de Investigación sobre
Energía (CGES), con sede en Londres. En los años 70 era viceministro de energía
de Irak, pero después huyó de Bagdad, «expulsado por el estilo de gobernar
cada vez más dictatorial de Sadam>. Este experto en petróleo ofrece estos días
la información más precisa disponible sobre los oleoductos iraquíes. «En
Irak hay abundancia de campos sin explotar», asegura. Según sus cálculos, la
producción de petróleo en Irak podría cuadriplicarse, las reservas que
duermen bajo tierra son tan enormes que las estimaciones de 250.000 millones de
barriles podrían alcanzar los recursos de Arabia Saudí. Los planes de Chalabi
& Chalabi ocupan un puesto preferente en la mesa del presidente.
Con la elección de su delegado jefe para Irak, George W. Bush dio otra pista sobre sus intenciones el pasado diciembre: un reconocido técnico petrolífero, Zalmay Jalilzad, de 51 años, nacido en Afganistán. En 1997 este hombre elaboró un informe para la californiana Unocal en el que analizaba las posibilidades de construir un oleoducto entre Afganistán y Pakistán, y para ello se reunió con representantes del Gobierno talibán que volaron a Houston. Sólo cuando fracasó este proyecto, Jabuzad criticó lo «inhumano» del régimen de Kabul. Tras la huida de los estudiantes del Corán, este hombre ha trabajado como delegado de Bush en Afganistán. «Él ha sido nuestro auténtico jefe de Gobierno», afirman miembros del gabinete de Kabul. Los colegas de Jalilzad no creen que haya abandonado el proyecto del oleoducto de Afganistán, pero ahora tiene otra prioridad los campos de Irak, mucho más prometedores.
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Por
mucho que Bus esté empeñado en la caída de Sadam y sus pozos, hasta un
imperio que gasta más en sus recursos militares que los siete países
siguientes juntos tiene que tener en cuenta a las otras potencias. El presidente
ha de prepararse para lo peor de los casos: que Sadam, viéndose en un callejón
sin salida, desencadene una catástrofe con sus últimas armas, precisamente lo
que supuestamente se pretende evitar con la guerra. Si ardieran los pozos de la
zona, Washington necesitaría aliados energéticos. En primera línea, se
encuentra Moscú, que ahora mismo está poniendo un hito en la política energética:
Rusia está a punto de desbancar a Arabia Saudita como mayor productor del mundo
de petróleo.

Viadimir
Putin juega sus cartas. Después del 11 de septiembre, por ejemplo, comprendió
que en la ‘guerra contra el terrorismo’ su país no podría impedir el
establecimiento de bases militares americanas en Asia central. Ya hace mucho
tiempo que Rusia, cuyo rendimiento económico está al nivel de Bélgica, se ve
obligado a colaborar con Estados Unidos si no quiere arruinar más su economía.
Moscú acepta casi todo lo que no parezca un dictado made in U.S.A. Lo principal
es que las contraprestaciones sean justas. Lo que Putin sacó a Bush a cambio de
su ayuda en Afganistán está claro: EE.UU. ha dado al presidente ruso vía
libre en Chechenia, donde ahora puede actuar contra los rebeldes sin preocuparse
de críticas ni sanciones. Su guerra en esta república del Cáucaso que lucha
por su independencia es parte de la «guerra mundial contra el terrorismo».
Negocios entre bastidores.
Lo
que Putin pide en compensación por tolerar un ataque americano a Bagdad, lo que
se negocia entre bastidores, se puede resumir en dos palabras: ‘asociación
energética’. Tras esta ex presión se oculta una revolución en el mercado
mundial de los recursos energéticos.
Rusia
quiere suministrar petróleo a EE.UU. a lo grande: para ello los americanos
inyectarán millones para explotar los pozos existentes y abrir nuevos. En la
planificación de un nuevo oleoducto, cuatro de las petroleras rusas más
importantes —Lukoil, Jukos, Tjumen Oil y Sibneft— mostraron una unidad extraña:
querían construir juntas antes de 2007 una tubería de más de 2.500 kilómetros
de longitud hasta Murmansk. Desde esta ciudad del mar de Barents el petróleo se
transportaría a Estados Unidos en superpetroleros, un camino más corto que
desde el Golfo. «Pronto podríamos conseguir una cuota en el mercado americano
tan alta como la que tiene Arabia Saudí», dice Michail Jodorkovski, directivo
de Jukos y, con el 36 por ciento de las acciones, el hombre más rico de Rusia.
Como gesto de buena voluntad, el dueño de la segunda petrolera más grande de
Rusia (cuyo modelo es John D. Rockefeller) ya ha enviado a Estados Unidos un
petrolero lleno a rebosar. En octubre, la junta directiva de la multinacional
americana Chevron-Texaco viajó a Moscú para negociar con el ministro de energía
de Rusia, Igor Yusufov. Después se reunieron en Houston (Texas) expertos
americanos y rusos.
Jukos
no tiene participaciones dignas de mención en el negocio iraquí, a diferencia
de Lukoil, empresa Iíder del mercado ruso, que sigue siendo estatal en un 7,6
por ciento y que a pesar de su gran volumen no consigue tantos beneficios. Sólo
hay que reunirse con los jefes de ambas compañías para saber el porqué. Jodor
kovski, de 39 años, parece un zar de la nueva era. El jefe de Lukoil, Vaguit
Alekperov, de 52 años, encarna a la vieja escuela.
BUSH
TIENE QUE PONERSE EN LO PEOR: SADAM PUEDE DESATAR LA CATÁSTROFE
INCENDIANDO LOS POZOS DE IRAK
En 1997, Alekperov firmó un contrato con el jefe de estado iraquí: Lukoil, como líder del consorcio, obtuvo los derechos de explotación de Kurna-West uno de los campos con mayor potencial del mundo. Los rusos se comprometieron a invertir seis mil millones de dólares. Según las estimaciones de los expertos, si se somete al máximo rendimiento, Kurna podría producir 20.000 millones de dólares. Pero los rusos también saben que en Irak no se podrán conseguir beneficios hasta que se levanten las sanciones de la ONU o haya un cambio de gobierno en Bagdad.
Hace cuatro semanas Sadam Husein rescindió de improviso el acuerdo con los rusos. La razón oficial era que Lukoil no había invertido lo suficiente. Alekperov protestó y uno de los miembros del consorcio de Lukoil culpó a Estados Unidos. Nikolai Tokarev habló de «intento de chantaje»: los americanos habían pedido a las empresas de Moscú que apoyaran económicamente a la oposición iraquí si querían seguir haciendo negocios con Irak después de que se produjera un cambio en el poder. Él, «a diferencia de otros», había rechazado ese trato. Tokarev, ex general de los servicios secretos, sabe de lo que habla: su empresa petrolera estatal, Sarubeschneft, hace negocios en Irak desde 1967 y conoce bien a Sadam: es posible que el dictador esté ahora saldando cuentas con todos aquellos rusos que ya están especulando con su caída.
Si Lukoil queda fuera, desaparecerá una de las principales razones para que los rusos apoyen a Sadam, ha difundido el Kremlin. Pero a Putin también le preocupa que Irak pague las deudas acumuladas por la compra de armas, que ascienden a 8.000 millones de dólares. Si EE.UU. garantiza a los rusos campos de petróleo en el nuevo Irak (como ha insinuado el embajador estadounidense en Moscú), entonces es posible que desaparezca la resistencia de Moscú a los planes americanos.
El botín de Bagdad. Que George W. Bush también antepone el pragmatismo a sus principios queda patente en el comercio con Irak. La tercera parte del programa Petróleo por Alimentos con el que la ONU limita las exportaciones de petróleo de Bagdad, lo realizan empresas rusas, y una buena cantidad de ese oro negro va a parar a Estados Unidos. El diabólico Sadam cubre así el cuatro por ciento de las importaciones de petróleo de Bush. Y a nadie le molesta.
Con todo, Rusia se encuentra ante un dilema. Moscú depende del goteo de petróleo. Si bajan los precios en el mercado mundial, surge el fantasma de la crisis económica. La explotación de los pozos de Siberia sólo merece la pena porque el petróleo iraquí, mucho más barato, no mana a raudales. Putin quiere estar presente en el futuro boom de Bagdad. Pero también debe buscar oportunidades en otras áreas. Y el mejor sitio es donde intervenga China, cuyo consumo energético es el de mayor crecimiento del planeta: la zona alrededor del mar Caspio. Aunque allí el negocio del petróleo siempre ha sido jugar con fuego y última mente EE.UU. también considera esta región como parte de sus dominios.
RUSIA
ASPIRA A SUSTITUIR A ARABIA SAUDI COMO MAYOR
PRODUCTOR
DE PETRÓLEO Y CUENTA PARA ELLO CON LA
INVERSION AMERICANA
En Bakú, Azerbaiyán, es difícil olvidar lo que está en juego: el acre olor del petróleo se eleva desde el paseo marítimo. Sobre el agua, zumban como langostas los helicópteros que sobrevuelan plataformas y torres Petrolíferas. El tema de conversación número uno en la ciudad es la guerra de Irak y el último megatrato. En septiembre se puso la primera piedra del oleoducto Ba kú-Tiflis-Ceyhan en presencia de los presidentes de Azerbaiyán, Georgia y Turquía y del ministro de energía americano. Se acaban de colocar los primeros tubos. Con unos costes de 3.000 millones de dólares, este oleoducto de más de 1.700 kilómetros será el más caro del mundo. Los expertos de Bakü coinciden en que esta obra no será rentable. Económicamente sería más ventajoso un oleoducto desde Bakú hasta el Golfo a través de Irán, pero Washington quiere impedir ese trazado. Teherán, parte del ‘eje del mal’, debe quedar fuera. Donde más tranquila parece la situación, como suele pasar, es en el ojo del huracán. Mina al Bakr es un puerto por donde pasan 800.000 barriles, más de la mitad de las exportaciones oficialmente permitidas por el programa Petróleo por Alimentos: cantidad justa para llenar un único petrolero cada día. Es sólo un chorrito comparado con las cantidades que en su día producía Irak. Una enorme red de oleoductos une Mina al Bakr con las estaciones de bombeo del sur de Irak. La red parece funcionar. «Pero si se observa de cerca, se ve lo oxidado que está todo», dice Mohamed Said, de 62 años, director de la estación. «Las bombas están estropeadas, las válvulas corroídas, la electrónica no funciona», dice Said. Cada vez le piden que se aumente la presión del oleoducto, Said le reza a Alá para que no salte todo por los aires.
En
los campos iraquíes se desperdician hoy millones de metros cúbicos de gas
natural cada día liberándolos en la atmósfera. Sería muy fácil construir un
gran centro para recoger y procesar el preciado gas, como se hace en todas
partes. Sólo lo impide el embargo de la ONU. El ministro de Asuntos Exteriores
estadounidense, Powell, acaba de decir que «Washington protegerá los campos de
Irak y garantizará que en el futuro su producción redunde en beneficio del
pueblo iraquí». ¿No suena eso a una promesa a la que hay que dar una
oportunidad? «Dentro de tres años me jubilo», dice el ingeniero jefe Said. «Eso
si sobrevivo al infierno de las bombas americanas.» La cuenta atrás ha
empezado. Henry Kissinger, ex ministro de Asuntos Exteriores americano, dijo una
vez: «El petróleo es demasiado importante para dejárselo a los árabes».
Seguro que George W. Bush piensa lo mismo.